28 de febrero de 2009

Más sobre José María Cervelló gracias a Borja

Recibo una entrada en mi blog (En Galileo y la Iglesia) de Borja, ex alumno de José María Cervelló. Hace un par de meses cambié las reglas de mi juego en este blog diciendo que cuando contestase a una entrada lo haría como un contertulio más y no como blogger. Hoy me salto esta norma. Lo hago porque percibo en la entrada de Borja un gran cariño a José María y porque una pregunta típica de José María que cita en su entrada me da pie a tratar un asunto que, vagamente, quería tratar desde hace tiempo. Borja empieza su entrada diciendo que perdone la confianza y yo le contesto que no hay nada que perdonar y que, al contrario, se lo agradezco mucho.

Efectivamente, José María, en el desarrollo de sus clases solía hacer a los alumnos que afirmaban algo que no aparecía por ningún lado la siguiente pregunta: “¿Dónde pone eso?”. Borja, que se declara en su entrada “ateo por consecuencia y curioso por jesuítico”, y a mí me da la impresión de que es un hombre de mente abierta que quiere encontrar respuestas a las preguntas verdaderamente importantes, quiere poder hacerle a un creyente la pregunta de José María: “¿Dónde pone eso?”. Y este creyente, con enorme respeto y desde la amistad del que es amigo de amigos, quiere decirle dónde cree haberlo leído, por si le sirve.

Este creyente cree que lo que cree lo pone en tres libros. El de la naturaleza, el de la Biblia y el de cierta gente con “algo”. Cuando uno mira un cielo estrellado y se queda pasmado en su contemplación, está leyendo una página de libro de la naturaleza. Cuando uno lee en el Evangelio: “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo que no hagáis frente al que os hace el mal; al contrario, al que te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, dale también el manto; y al que te exija ir cargado mil pasos, ve con él dos mil. Da a quien te pida y no des la espalda a quien te pide prestado”. O, “venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. O cuando lee en Isaías: “Entonces clamarás y te responderá el Señor, pedirás auxilio y te dirá: ‘Aquí estoy’. Si alejas de ti toda opresión, si dejas de acusar con el dedo y de levantar calumnias, si repartes tu pan al hambriento y satisfaces al desfallecido, entonces surgirá tu luz en las tinieblas y tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te guiará siempre, te saciará en el desierto y te fortalecerá. Serás como un huerto regado, como un manantial inagotable; reconstruirás viejas ruinas, edificarás sobre antiguos cimientos; te llamarán ‘reparador de brechas’ y ‘restaurador de viviendas en ruinas’”. Cuando lee esto, está leyendo algunas páginas de la palabra de Dios. Cuando uno se encuentra con alguien de su entorno que, sin ser escandalosamente bueno, es alguien que es algo más que “legal” y que quiere ser “eso que es algo más que legal” cada vez más y que dice que si lo va consiguiendo poco a poco y con muchos fallos es porque se encuentra con el del yugo cada día, está leyendo unas líneas del tercer libro.

Lo que ocurre es que estos libros, como los libros de leyes de José María, o sus casos, tienen varias claves de lecturas. La primera es leerlos queriendo ver. Uno puede ver un cielo estrellado y decir: “¡Bah, otra noche más!”, o leer la Biblia y decir: “¡Cosas de beatas muy vistas!”, o ver a una de esas personas y pensar: “¡Un meapilas!”. Entonces jamás llegará a ver lo que pone en esos libros, ni en los casos de José María. Y uno no tiene que ser un experto para extasiarse ante un cielo estrellado, o para maravillarse de la belleza y bondad de tantos pasajes de la Biblia y el Evangelio o para sentir la amistad de una persona como la descrita.

Sin embargo, sí se puede profundizar en esos libros, como en los casos de José María, y ver cosas que no se perciben a la primera. Toda sabiduría tiene su metalenguaje que, si se quiere profundizar en ella, hay que aprender. Y esa profundización suele requerir arduo esfuerzo. Tanto más, cuanto más profunda es esa sabiduría. ¿Cuántas horas le dedicaste al estudio del derecho y a los casos de José María? ¿Cuánto sabe de derecho el que ha hecho la carrera sin dar un palo al agua y luego ni master ni nada. Quizá pueda ilustrar esto mejor con una cosa que me pasó hace años.

Un amigo mío me invitó un día a un aguardo de jabalís en su finca. Yo, que no soy cazador y nunca me había visto en esta situación, decidí tomármelo con el máximo interés. Era una noche helada de luna llena del mes de febrero en una finca de los montes de Ávila. Yo estaba quieto, congelado, atento a todo ruido para oír entrar al jabalí al ir a beber a la charca. El campo nocturno hervía de pequeños ruidos, pero ninguno especial. De pronto mi amigo, tocándome en el hombro, me hizo ostentosos gestos con la boca. AHÍ ESTÁ EL JABALÍ –me decía sin emitir un solo sonido mientras señalaba con el dedo hacia un lugar próximo a mí. Escuché con más atención. NO OIGO NADA –dije con similares movimientos de la boca. Yo no oía nada, pero el jabalí sí oyó nuestros “silenciosos” movimientos. Con un bufido, a menos de tres metros de mí, echó a correr rompiendo monte. Lo había tenido a mi lado sin siquiera enterarme. Mi amigo, que estaba entrenado, lo había oído. Yo no. Me dijo más tarde que al jabalí no se le oye nunca. Se oye su silencio. Se descubren sus signos. El campo se calla por donde pasa. Un grillo deja de cantar. Un pájaro sale volando. Aparentemente nada, pero el que está entrenado, “oye” al jabalí.

Lo mismo pasa con estos tres libros. Si uno quiere saber más de la maravilla que es el universo y ver qué esconde en su metalenguaje, tiene que entrenarse. Eso pretendo con mi serie de artículos. Si uno quiere entender a fondo, de verdad, la Biblia, tiene que sumergirse en su metalenguaje. Para ello, no le queda más remedio que leerla muchas veces, lentamente, de a pequeños sorbos. Labor paciente que puede durar largos años y que no acaba nunca, como oír jabalíes o leer en el libro del universo o entender lo que pone en un libro de leyes o en un caso de José María. Y es que la Biblia, por debajo –o por encima– de las palabras que forman frases que transmiten ideas, tiene otro lenguaje en el que pone muchas cosas. Algo similar pasa con la música. Cuando uno oye una sinfonía de Mahler, no aprende nada concreto, pero si uno llega a apreciar la música y la oye con frecuencia, algo le cambia en el cerebro y en el alma. ¿Qué? No sabría definirlo, pero su vida se hace más jugosa. Y también con el libro de la gente “algo más que legal” que dice que progresa gracias a Jesucristo, el del yugo, pasa lo mismo. Si uno les espiase, vería que van a misa y comulgan más allá del domingo. Que todos los días buscan un hueco para dejarse permear por ese Dios hecho hombre. Podríamos decir que se ponen en adobo en su presencia para ir cogiendo su sabor. Que se suelen reunir de cuando en cuando con otros como ellos para buscar en comunidad, por una de las muchas vías que hay, a ese Dios encarnado. Pueden ser Carismáticos, Kikos, del Regnum Christi, del Opus Dei, de Comunión y Liberación o de cualquier otro grupo, afín a su idiosincrasia, que les ayuda en su lento y penoso progreso por el camino de tener más de ese “algo”. Pascal decía: “Si quieres entenderlos haz lo que ellos hacen”. Y nada le impide a uno acercarse a personas que sí son escandalosamente buenas y hacer un poco de lo que ellas hacen. Puede uno, por ejemplo, irse a pasar una noche al mes con las misioneras de la caridad de Madre Teresa para echarles una mano. O ir al rincón más abandonado del mundo –que cada uno elija– a ver cómo llevan la presencia de Dios a gentes con las que no nos gustaría pasar ni una hora. ¿Quién no ha visto en la televisión a la “típica monjita” que, cuando las embajadas de su país están repatriando a sus conciudadanos dice que ella se queda allí caiga quien caiga. Y a menudo, caen ellas, pagando su “atrevimiento” con la vida. Son casos excepcionales, pero mucho más corrientes de lo que creemos. A lo mejor los vemos en televisión, los admiramos y, después, nos olvidamos. Pero el libro está ahí.

Querido Borja: ¿Querías preguntarle, siguiendo la pregunta de nuestro querido José María, a un creyente y amigo dónde pone lo que él cree? Pues aquí está mi respuesta. En estos tres libros yo lo he leído. ¿Loco? ¿Idiota? ¿Esquizofrénico que ve visiones? ¿Aprendiz de algún metalenguaje? Elige.

Un abrazo y muchas gracias por tu entrada que me ha hecho escribir esto.

Tomás

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tomás,

Le agradezco el gesto y le reconozco su perspicacia.

Mi admiración por Cerve (así le llamábamos hace 15 años) no era tanto por su calidad profesional sino por la humana. Tenía curiosidad y eso para mí era sorprendente. Hace 15 años la sociedad se movía al compás del sutil bombazo del relativismo moral y económico que ya había explotado bajo el nivel del mar pero cuya marea no había llegado a la orilla. El consumidor/cliente siguió durante casi una generación tostando su cuerpo al sol ajeno a la gran ola. Ésta ha llegado ahora.


En su primera clase se organizó un debate acerca de Banesto, que en aquella época había sido intervenido. Él era de natural, y sólo como sabría después, contrario a la intervención del Estado pero se oponía a la clase dirigente porque ya veía entonces que el sistema no permitía redistribuir la riqueza en un sentido global, planetario. Me llamó la atención tanto su capacidad de pensamiento lateral como por lo que a mi juicio suponía un garbanzo negro en el IE: lugar de pensamiento único.

Solo ahora lo he recordado gracias a Ud.

El caso es que al salir de esa clase me acerqué para agradecerle el modo en que volteaba el pensamiento común y miraba desde otro ángulo. Terminamos hablando de ...las hormigas. Cerve tenía curiosidad por las hormigas, por la forma de vertebrarse socialmente. Ese es mi recuerdo de él.

Las hormigas y la curiosidad.

Una cosa lleva a la otra. No he aprehendido su entrada: antes debo de leerme las 33 previas sobre religión/ ciencia porque la última deduzco que es el corolario a todas ellas. Respeto su forma de pensar porque no la comparto: nunca trataré de convencerle de lo contrario porque ciencia y religión discurren por dos planos del pensamiento parelelos y porque el hecho de declararse ateo ya es una forma de religión entendida como forma de "ser religioso"

La Biblia, la naturaleza y la gente buena y cabal. Ese es su sistema. Permítame cambiar la Biblia por la Literatura (o el conocimiento) y estaremos de acuerdo. La vida se resume en eso: un buen libro (o una buena pelicula -vea The Reader-), una noche estrellada en el cabo de Gata y una conversación con una señora de 70 años con osteoporosis que va tres tardes por semana a Cáritas y ahí tendrá nuestros puntos en común y la esperanza de nuestra especie.

Un cordial saludo,


Borja

(Coda.- no es una frase hecha pero una persona muere cuando se olvida. Cerve no se olvida gracias, entre otros, a Ud. Gracias de nuevo. De verdad.).

Anónimo dijo...

Querido Borja:

Soy Tomás. Sólo ahora puedo sentarme a contestarte. Nunca me he sentido una persona perspicaz, al menos en su sentido de astuto. Más bien creo que soy auténtico y, generalmente demasiado transparente, que expreso mi pensamiento abiertamente. Agradezco que no intentes convencerme, como yo no intento convencerte a ti, aunque tal vez pudiera parecerlo. Hace mucho que me he dado cuenta que el sistema de pensamiento de cada uyno se articula sobre un cúmulo enorme de vivenciaspersonales e influencias externas tan grande que lo único que uno puede hacer es echar un poco de uno mismo en el saco de otros. Eso es lo que yo pretendo con este blog, más por necesidad vital que por cálculo.Digo lo de necesidad vital, porque me creo portados de un tesoro que no sé muy bien cómo he llegado a tener, pero que necesito repartir con otros, tal vez egoístamente,puesto que de este tesoro se tiene más cuanto más se da. Un tesoro que, por otra parte, llevo en vasijas de barro. Respeto, pero no comparto lo de cambiar la Biblia por la literatura y eso que soy tan lector como mi escaso tiempo me permite. Y digo que no comparto el canje, sí el además de, porque la Biblia tiene ese metalenguaje del que te hablaba que la literatura no tiene. Ese metalenguaje que no se aprehende con las palabras escritas, sino que se destila línea a línea de una manera imperceptible con la reiteración. No se me ocurriría leer 30 veces ninguna obra de la literatura a razón de una o media página diaria. Y si no se sabe ese metalenguaje, que sólo se aprende como te digo, entonces la Biblia, claro, hay que sustituirla por la literatura. Además de la literatura, me gustan los cielos estrellados, aunque no sea en el cabo de gata, el cine y las señoras de 70 con osteoporosis. Pero si esa es toda la esperanza de nuestra especie, me parece pobre. Yo tengo sed de eternidad y me pregunto por qué el ser humano es el único ser sobre la tierra que la tiene.

Ni que decir tiene que te agradezco que seas capaz de leer la serie de artículos, que, por cierto, todavía no he publicado entera, estoy en ello. Pero no creo que al terminar su lectura me comprendas mucho mejor que ahora.

En fin, que te agradezco tu interés y tu desinterés por convencerme. Por supuesto respeto tu manera de pensar que tampoco comparto, pero no hay que compartir maneras de pensar para tener cosas en común.

Un abrazo.

Tomás