1 de febrero de 2009

In memoriam de José María Cervelló y María Teresa

Tomás Alfaro Drake

Hace ahora casi seis meses que murió mi amigo José María Cervelló y un poco menos que lo hizo su mujer, Maria Teresa.

El otro día, yendo de viaje, me olvidé en casa el libro que estaba leyendo. Sin demasiada convicción y aprovechando el tiempo por el retraso del avión para salir de Barajas, me di un paseo por la librería del aeropuerto. Nada, los típicos “best sellers” por los que no tengo el menor interés. De repente me encontré con un libro que se llama “Martes con mi viejo profesor”. Recordé vagamente que un ex-alumno mío me había hablado de ese libro, no recuerdo en qué circunstancia ni cómo, pero, a falta de nada mejor y un poco a desgana, lo compré sin mucha convicción. Al leer la solapa, vi que era, también este libro, un best seller. Pero un best seller distinto. Hablaba del amor, de la muerte, de la familia, de la amistad, del perdón, de la misericordia, del sufrimiento, de la aceptación, del poder, del dinero y de otras cosas de ese estilo. De la vida y su sentido, en dos palabras. Temas que no suelen formar el núcleo de los “best sellers” en boga. Eran conversaciones, siempre los martes, del autor con el que había sido su profesor en sus años universitarios, hacía más de veinte. El viejo profesor tenía ELA, Esclerosis Lateral Amiotrófica. Una terrible enfermedad que afecta a las neuronas motoras y te hace perder paulatinamente la movilidad, empezando por las piernas, hasta llegar, en unos tres o cuatro años, a los músculos de la cara. Cuando la enfermedad llega a los músculos respiratorios el enfermo muere de anoxia. Es una muerte relativamente suave, porque no hay un momento en el que dejes de respirar y te asfixies, sino que, poco a poco, el nivel de oxígeno en sangre baja, a la par que aumenta el de anhídrido carbónico, sumiéndote en el sopor de la muerte. En ese momento, el enfermo es todavía capaz de comunicarse verbalmente y se siente comunicado. Pero si entonces se hace la traqueotomía y se conecta a un respirador, puede vivir un año o un año y medio más pero los últimos meses pierde completamente la capacidad de comunicarse, ni siquiera con movimientos de los ojos. Sin embargo, la mente, en todo ese proceso, se mantiene completamente lúcida.

Conozco bien esta enfermedad, porque mi buen amigo, José María Cervelló, ha muerto de ella el pasado 10 de Agosto. Y es de mi amigo José María de quien quiero hablar. Le conocí, hará unos veinte años, siendo ambos profesores en el Instituto de Empresa, él del área jurídica, yo de la empresarial. Nuestra relación era cordial, pero no había llegado a la amistad. Luego yo me distancié un poco del Instituto de Empresa y perdí el contacto con él. Cuando me enteré de su enfermedad, ya avanzada, ya sin movilidad desde el cuello hacia abajo, restablecí el contacto con él, como le había ocurrido al autor del libro. Por entonces él ya se había hecho la traqueotomía. De hecho, me enteré de su enfermedad cuando se la hizo. Tomó la decisión de ir hasta el final de acuerdo con su mujer, María Teresa, y totalmente conscientes ambos de lo que hacían. No la tomó por motivos religiosos, sino por motivos puramente humanos. Quería luchar por la vida, aún sin esperanza, hasta el final. Si no hubiese tomado esa valiente decisión, mi relación con él, que ha sido para mí una de las más impresionantes y enriquecedoras experiencias vitales, se hubiese quedado en el embrión de hace años. Recuerdo el primer día que le fui a ver. Tras bastantes años sin vernos, de repente, nos encontramos hablando sobre la muerte, la vida, el sufrimiento, el sentido de ambos, la moral, la religión, etc. Cuando uno ve la muerte cerca no se anda con tonterías de conversaciones de salón, sino como dice el poeta:

“Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la de la conciencia.
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros d la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”
.

Aquél día hablamos de las verdades. No eran bárbaras ni eran crueldades, aunque sí terribles y amorosas. Y su fruto fue una amistad profunda con José María y con María Teresa. No iba todos los martes a verles, como el ex-alumno a su viejo profesor. Iba, más o menos, sin llevar las cuentas, una vez al mes y las verdades terribles y amorosas seguían fluyendo entre nosotros. Después perdió la capacidad de hablar, pero las verdades seguían fluyendo con una cartulina con letras que el señalaba con los ojos cada vez más torpemente, mientras nosotros jugábamos a adivinar la palabra, como si estuviésemos jugando a las charadas. Después, ni eso fue posible. Pero quedaba la sonrisa y la mirada y el apretón de manos y el abrazo, pues las neuronas sensitivas sí funcionaban. Después, murió. Pero su lucha hasta el final fue asombrosa. Jamás le dio vergüenza que sus amigos viésemos su deterioro y pérdida de independencia física. ¿Por qué le iba a dar vergüenza? Ambas cosas las convertía en dignas él mismo al vivirlas y padecerlas como lo hacía. Tal vez pudiera escribir yo también un best seller de mis conversaciones con mi casi joven colega –tenía la misma edad que yo– en las, más o menos, quince largas conversaciones que tuve con él. Pero sólo voy a contar algo de la única clase suya a la que fui. Él dirigía en el Instituto de Empresa el Master en Asesoría Jurídica. Un tema recurrente para él era la independencia del abogado. Cuando ya no pudo ir a dar clase, recibía pequeños grupos de alumnos en su casa. Pero el día de la clausura del último master, que se hizo coincidir con la apertura del póstumo, cuando ya no podía hablar, pero sí dictar para que otro hablase por él, dictó, textualmente hablando, su última lección magistral. No fue sobre derecho. Fue sobre la vida. Para mí, también resultó una lección magistral que todavía recuerdo. Habló de arte, de poesía, de alegría, de bondad, de sufrimiento, de aceptación, de amor y, como no, quiso acabar con su tema, la independencia. Y lo ilustró con el final del romance del infante Arnaldos. Va este infante a caballo por la orilla del mar, cuando ve pasar un barco con un marinero en él, que va cantando una canción. Le dice el infante:

“Por tu vida marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
Yo no canto mi canción
sino a quien conmigo va”
.

La lección magistral acabó más o menos así:

“Estos versos nos dicen al menos tres cosas:

La primera, que el marinero tenía una canción que cantar. Ójala vosotros tengáis una canción que cantar en vuestra vida. Ojalá vuestra misma vida sea ese cantar.

La segunda, que el marinero tenía a quién cantar su canción. Ojalá vosotros tengáis alguien a quien cantar vuestra canción, a quien entregar esa vida que espero que sea vuestra canción.

Y la tercera, que el marinero tenía independencia para cantar su canción a quien él quisiera. Ojalá, vosotros, a base de honestidad, mantengáis siempre en vuestra vida la libertad e independencia frente al poder y el dinero injustos”
.

Lección para no olvidar. Este escrito es ad memoriam de José María Cervelló, pero también a la de María Teresa. María Teresa dedicó por entero su vida a estar al lado de José María. Full life, 24 horas al día, 365 días al año. Era casi imposible arrancarla de su casa para llevarla al cine o a comer. Y eso a pesar de que tenían enfermeros que hacían turnos para cuidarle con un cariño que iba mucho más allá de la profesionalidad. Cariño que ellos se ganaban. No tenían hijos. Además de cuidarle, María Teresa llevaba su agenda para que nunca coincidiésemos más de dos visitas. Afortunadamente, tenía la agenda llena. Ella sabía hacer coincidir visitas que pudiesen encontrarse a gusto. Otras veces, se las apañaba para que la visita fuese en solitario. Al morir José María la vida de María Teresa se quedó vacía. Dos meses después, María Tersa se moría, literalmente, de pena. Las cenizas de ambos descansan en paz, juntas, en la cripta de la iglesia de santa Bárbara, en Madrid. Estoy seguro que se cantan una canción que, como la del marinero, está llena de clama, de paz y de amor.

“Marinero que la guía,
diciendo viene un cantar, que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar; los peces que andan al hondo,
arriba los hace andar; las aves que van volando,
al mástil vienen posar”
.

Seguro que los ángeles se paran para escucharla.

Os doy gracias, José María y María Teresa, por haberme permitido ir de grumete en vuestro barco y haberme dejado escuchar vuestra canción.

Hasta el cielo.

Un abrazo.

Tomás.

11 comentarios:

mariajo dijo...

Hola Tomás: yo si me leí ese libro, y enlazando con tu entrada envidio , la experiencia que describes, no tienes que leer el libro tu lo viviste
Y bien puede ser una continuación de tu respuesta de la entrada anterior al texto de Benedicto XVI. Esas vidas brillan por si mismas por que dejan a Dios ser Dios en ellos, ojala, los cristianos nos lo lleguemos como tú bien dices a creer con tanta intensidad que nuestra luz apague las tinieblas de este mundo y muchos por fin VEAN¡¡¡ el mundo nos necesita , Dios nos necesita .
Un abrazo

Anónimo dijo...

Hola Mariajo, soy Tomás: Veo que recibes mi envío de los viernes y me alegro. Si quieres que te lo envíe directamante dame tu mail y te pongo en la lista. Sí, efectivamente, el mundo necesita cristianos que crean de verdad y que sepan comunicar con sus vidas esa buena noticia del amor de Dios, de la grandeza de su misericordia y de la fuerza de su salvación.

Un abrazo.

Tomás

Adriana dijo...

¡Qué historia tan bonita! Qué Dios los bendiga y los tenga en la gloria muy cerquita de Él.

Gracias Tomás por alimentar con tanto cariño nuestra alma.

Un abrazo,
Adriana

Anónimo dijo...

Hola Adriana, soy Tomás. Sí, vamos a pedirle a Dios que los tenga en sus brazos.

Gracias a ti por tus palabras.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Querido Tomas: Tu dedicatoria a José María y María Teresa me ha parecido preciosa. Son dos personas de esas a las que será dificil olvidar. Te adjunto una entrada en un blog que ambos hicieron hace un año y medio que, si no la conoces, estoy segura te gustará.

Como lo bonito es la diversidad, soy seguidora (con poca convicción religiosa) de tu blog y te animo a que nos deleites con más entradas de este tipo (sin menospreciar las otra que, cuánto menos, me han hecho pensar).

Un saludo.

____________________________


MI CUMPLEAÑOS por José María Cervelló.



INTRODUCCION (por María Teresa):

Aunque yo no formo parte del grupo de los que escriben en este blog, dada la cantidad de referencias que José María hace de mí, creo tener ya confianza con vosotros, sus lectores, para escribir una introducción a este artículo.

El 11 de diciembre José María cumplió 60 y pese a que hacia meses que su situación, como él cuenta, era muy dura, en numerosas ocasiones me había expresado su ilusión en cumplir 60 años: - “Es para mi un reto,” me dijo un día.

Lo que viene a continuación es una parte del texto que José María escribió y que Carlos de la Pedraja leyó el día de su cumpleaños. Aunque hay cosas que ya ha contado en otros artículos, pienso que merece la pena.


PARTE DEL TEXTO ESCRITO por José María, con motivo de su 60 CUMPLEAÑOS:

Hoy cumplo 60 años y este hecho me lleva a compartir confidencias.

Mi padre se murió, en un mes, a los 52 años.

Cuando yo cumplí 50 años ese hecho, a veces, me venía a la cabeza. Cuando cumplí 53 respiré, pero a los 56 llegó la ELA.

Cuando llegó la crisis respiratoria grave y me plantearon la disyuntiva entre la muerte o la traqueotomía, decidí decir que no a la traqueotomía. Me llevó a ello, ver mi vida llena, mi espíritu en paz, el miedo a esa nueva vida, las molestias que iba a causar y el dinero que iba a costar.
Pero fui egoísta y no me di cuenta que faltaba la opinión de MaríaTeresa, y cuando ella me dijo que no, que adelante, comprendí que tenía que decir que sí, porque el amor estaba por encima de mis argumentos e incluso de mi miedo.

Estos casi 4 años de prorroga, cargados de momentos buenos y malos, arrojan un saldo positivo.

La fase peor la tengo cercana. A finales de julio fuimos al velatorio de Rodrigo Uría y al salir me acerqué a ver a mis chicas del Instituto en Príncipe de Vergara. Al subir al taxi para volver a casa falló el respirador y terminamos en la UVI del Ruber.

Tuve todo tipo de complicaciones.

Como siempre, me sacaron adelante, pero con un bajón físico y por primera vez también moral. Todo ello coincidió con mi imposibilidad para hablar que había empezado en diciembre, cuando di mi última clase.

En aquel momento tuve que suspender las visitas.

Pero poco a poco me ví con más fuerzas y decidí que la crisis había pasado aunque ya no pudiera hablar. Había sistemas sustitutorios, aunque sólo lo fueran en parte.

Hoy recibo una inyección de moral que espero me saque de la crisis definitivamente.

Quiero terminar mi referencia a lo prórroga con otras confidencias:

Hay 3 momentos que están gravados a fuego en mi corazón:

El primero fue la salida del Ruber tras la traqueotomía y con el respirador: Mercedes Cuesta me dijo que se venía conmigo en la ambulancia. (Nunca olvido que era un sábado.) Que se iba a quedar conmigo hasta que me encontrara bien, y que si no, nos volvíamos al Ruber. José Echave trajo en su coche a M. Teresa y a M. Jesús, y también se quedó conmigo. Cuando llegamos estaba Raquel con todo preparado y un cartel de “bienvenido a casa”.Pero a la salida del Ruber pasó algo más. Las enfermeras de la UVI, encabezadas por Lili, estaban en fila para ir despidiéndose de mí. La emoción fue inenarrable.

El segundo se produjo en la entrega de premios al mejor Profesor en el 2006. Yo sabía que era el último, (a los 5 meses dejaba las clases.) Los aplausos y gritos interminables de los alumnos son una imagen y un sonido que tengo muy grabados.

El tercero fue en la presentación de mi Tesis Doctoral en el Prado, yo sabía que también era la última vez que hablaba en público. Al terminar, los infinitos aplausos se notaban cargados de emoción y cariño.

Otra imagen y sonido grabados en el corazón.

Quiero haceros una última confidencia que es más una confesión desde mis inesperados 60 años:

Cómo era yo a los 17 años cuando se murió mi padre.

Como ya he contado otras veces, mi formación intelectual y la estructuración de mi cabeza se la debo a él. Además le debo una serie de principios que nunca he olvidado y que he procurado seguir como he podido:

- Que hay que hacer las cosas bien porque hay que hacerlas así y porque es rentable, lo que llevaba un fuerte mensaje ético.

- Tener sensibilidad social.

De pequeños Mª Jesús y yo le acompañábamos a hospitales, asilos y al chabolismo vertical que había en Cádiz. Consistía en dividir una casa en habitaciones y alquilar una a cada familia con unos servicios comunes para todos. Llevábamos ayudas, evidentemente insuficientes, pero el baño de realidad y el contraste con nuestra casa y nuestra la vida dejaban huella.

- La independencia entendida como la libertad para poder hacer en cada momento lo que uno cree que debe hacer.

A mis 17 años, cuando murió mi padre, yo era una persona tímida, introvertida y poco habladora; pero era una esponja para lo que oía. Era miedoso y con ciertos complejos. Había terminado primero de derecho pero no me gustaba, me atraía más la filosofía y la historia del arte. Y sobre todo eso cayó la responsabilidad de la falta de mi padre.

Ahora, cuando desde mis 60 años contemplo a aquel adolescente, me sumo en un profundo estado de perplejidad. ¿Somos la misma persona? Encuentro alguna posible explicación.

La primera fue sacar la oposición. Ello me dio seguridad en todos los sentidos.

La segunda fueron dos descubrimientos que hice en mi primer destino:

- Que la aplicación del derecho sí tenía sentido y que era un ejercicio intelectual estimulante.

- Además descubrí mi pasión por la docencia. Y también empecé la carrera de historia del arte.

La tercera, ya en Madrid, fue aprender a no decir nunca que no a las oportunidades que me ofrecían. Una vez dentro, buscar el hueco y jugaba por las bandas.

Y la cuarta fue el afianzamiento del edificio, y eso, eso se lo debo a María Teresa.


A partir de ahí ya sabéis mi trayectoria. Una primera fase en la administración, caracterizada por la aceptación de pluriempleos; y otra segunda, caracterizada por la concentración de actividades en el Instituto de Empresa y en Ernst & Young.

Y al margen, la bibliofilia y la tesis.

Para terminar quiero daros las gracias a todos, y podéis tener la seguridad que sin vosotros, este provinciano de tan pocos halagüeños principios, sesentón y cascadísimo física y moralmente no seguiría viviendo.

Y no quiero dejar de deciros que cada visita vuestra es una cariñosa inyección de vida en vena que, a su vez, me transmite vuestra vida y los acontecimientos de vuestro mundo común.

Si los médicos me han prorrogado la vida, vosotros me habéis prorrogado la ilusión por vivir.


FIN

Anónimo dijo...

Querida Anónima, soy Tomás:

Muchas gracias por tu comentario. Te agradezco también lo que me mandas de José María. Seguí su blog según lo iba publicando, pero recordarlo siempre es bonito. La verdad es que conocer a personas como ellos en una suerte y una lección para la vida. Tuve la suerte de estar en el cumpleaños de José María y de escribir, junto con mi hija Marta, que fue durante nás de un año su profesora de música, un capítulo del libro que le regaló María Teresa.

Te agradezco que sigas mi blog con la convicción religiosa que tengas, poca o mucha. Que me digas que algunas de las cosas que escribo te hacen pensar me llena de alegría. No es otro el propósito del blog. Desde luego no es el de intentar convencer a nadie, sino poner mis pensamientos al aire para que puedan completar los de otros. Y si esos otros me iluminan con los suyos, pues ¡qué maravilla! Al final todos somos náufragos que nadamos en el mismo océano intentando ver, y si es posible, pisar tierra. Cada uno vamos en nuestra balsa, pero las balsas pueden ayudarse unas a otras.

Un abrazo.

Tomás

Carlos C dijo...

Estimado Tomás,
Me ha enriquecido y confortado lo que has escrito aquí sobre la muerte de tu amigo y compañero. Hace apenas un mes y medio, murió mi padre, que también era mi profesor, mi consejero y mi soporte.
Tus palabras me han confortado.
Te seguiré leyendo, recibe un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Querido Carlos C, soy Tomás:

No sabes cómo me alegro que esto que he escrito te haya reconfortado. Al fin y al cabo, ese es el objetivo último de este blog: que pueda aportar a quien lo lee un poco de la luz que todos necesitamos en la travesía de la vida. Te agradezco que me leas.

Rezaré por tu padre y por ti. Por él, para que Dios le tenga en sus brazos y por ti, para que encuentres pronto consuelo para esa pérdida tan dolorosa.

Un abrazo.

Tomás.

Anónimo dijo...

Querido Carlos C, soy Tomás:

No sabes cómo me alegro que esto que he escrito te haya reconfortado. Al fin y al cabo, ese es el objetivo último de este blog: que pueda aportar a quien lo lee un poco de la luz que todos necesitamos en la travesía de la vida. Te agradezco que me leas.

Rezaré por tu padre y por ti. Por él, para que Dios le tenga en sus brazos y por ti, para que encuentres pronto consuelo para esa pérdida tan dolorosa.

Un abrazo.

Tomás.

Anónimo dijo...

Buscando temas de derecho he encontrado por casualidad este blog, y me he enterado de la etapa final de D. Jose María Cervelló.

Hice el Master de Asesoría Jurídica allá por el año 1996 en el IE y tuve la suerte de que D. Jose María fuera profesor mío. No llegué a intimar o trabar amistad con él, pero tengo un vívido recuerdo de su preclara inteligencia y su pasión por la enseñanza y el derecho.

El final de D. Jose María me ha impresidonado mucho, en especial porque mi madre tiene una enfermedad parecida.

Mi mas sinceras gracias al Autor de este blog por compartir estas experiencias, y mi recuerdo y un fuerte abrazo para mi profesor, alla donde quiera que esté.

Anónimo dijo...

Querido xxx, soy Tomás, el autor del bolg:

La verdad es que los que conocimos a José María tuvimos un gran privilegio. Junto a su preclara inteligencia y su pasión por la enseñanza y el derecho, le acompañaba una bondad recia que le hacía un ser muy especial. Yo me acuerdo mucho de él. Tal vez no sepas que al poco tiempo de su muerte, murió su mujer, Mª Teresa, el amor de su vida. Yo aseguraría que murió de pena.

En este mismo momento estoy teniendo una oración para tu madre, en su dura enfermedad y para ti, que también la sufres indirectamente.

Soy yo el que te agradece el comentario. Estoy seguro de que José María está en el cielo, juntoa a su amada Mª Teresa.

Un fuerte abrazo.

Tomás