3 de mayo de 2009

Inmensidad del universo, pequeñez del hombre, amor de Dios

Tomás Alfaro Drake

“Vivimos en un universo demasiado armonioso, magnífico y abrumador para pensar que sólo es una casualidad”.

Hace poco leí esta frase en el libro “Martes con mi viejo profesor” de Mitch Albom. Fue pronunciada por el viejo profesor, Morrie Schwartz, ya cerca de la muerte a manos de una de las enfermedades más terribles que pueda haber, el ELA. La Esclerosis Lateral Amiotrófica afecta a las neuronas motoras y hace que el que la sufre pierda paulatinamente la movilidad, empezando por las piernas, hasta llegar, en unos dos o tres años, a los músculos respiratorios. Entonces el enfermo muere de anoxia. En todo ese proceso la mente del enfermo se mantiene completamente lúcida. Esa era la enfermedad del viejo profesor y en ese contexto, próximo ya del final, fue pronunciada esta frase. Porque el libro de Albom es una historia real. El autor puntualiza después de la frase: “¡Qué expresión para un antiguo agnóstico!”

Realmente es así; el universo es demasiado armonioso, magnífico y abrumador para pensar que es sólo fruto del azar. No puede no haber una intención detrás.

Y en ese universo estamos los seres humanos. Pequeñas motas de polvo perdidas en un planeta que se nutre de una estrella más bien mediocre que está en una galaxia con cientos de miles de millones de estrellas, que a su vez es una entre cientos de miles de millones de galaxias. Uno entiende entonces la asombrada expresión del salmista cuando dice maravillado al autor de esa “casualidad”:

“Al ver el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado;
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano para que de él te cuides?
[1]

Efectivamente el hombre es un ser pequeño y miserable dentro de ese cosmos. Sólo tiene una grandeza, que, desde luego, no proviene de él mismo. Esa grandeza es haber sido creado por amor. Todo lo demás es miseria y pequeñez. Pero esa grandeza es inmensa. Creado por amor gratuito para, a su vez, poder devolver ese amor a su Creador. Y este universo es, junto con otros, el libro en el que ese Creador ha dejado su legado y su firma.

“Totalmente insensatos son todos los hombres que no han conocido a Dios, los que por los bienes visibles no han descubierto al que es, ni por la consideración de sus obras han conocido al artífice. En cambio tomaron por dioses, rectores del mundo, al fuego, al viento y al aire sutil; a la bóveda estrellada, al agua impetuosa y a los luceros del cielo. Pues, si embelesados por su hermosura los tuvieron por dioses, comprendan cuanto más hermoso es el Señor de todo eso, pues fue el mismo autor de la belleza el que lo creó. Y si tal poder y energía los llenó de admiración, entiendan cuánto más poderoso es quien los formó; pues en la grandeza y hermosura de las criaturas se deja ver, por analogía, su Creador. Éstos, con todo, merecen más ligero reproche, porque quizá se extravían buscando a Dios y queriendo hallarlo. Se mueven entre sus obras y las investigan, y quedan seducidos al contemplarlas, ¡tan hermosas son las cosas que contemplamos! De todas formas, ni siquiera éstos son excusables porque, si fueron capaces de escudriñar el universo, ¿cómo no hallaron primero al que es su Señor?[2]

Esto es lo que les pasa a algunos hombres de hoy día. Ven la armonía del universo y dicen: no hay Dios, todo es fruto del azar. Totalmente insensatos. Y, en contra de lo que muchos de esos hombres creen, la causa de esta insensatez no es la ciencia. Los creadores del método científico, los artífices de la revolución científica –Copérnico, Kepler, Galileo, Newton–, eran profundamente creyentes. Inventaron un método para remontarse de los efectos a las causas materiales, pero jamás negaron que no hubiese otras causas que las naturales. Siempre creyeron que la ciencia tenía unas fronteras más allá de las cuales el método científico se tornaba inútil. Lo mismo opinaban los grandes científicos de la segunda gran revolución científica, en las primeras décadas del siglo XX, la revolución de la relatividad y la física cuántica. Einstein pensaba que “las leyes de la naturaleza manifiestan la existencia de un espíritu enormemente superior a los hombres... frente al cual debemos sentirnos humildes [...] como un niño que entra en una biblioteca inmensa cuyas paredes están cubiertas de libros escritos en muchas lenguas distintas. Entiende que alguien ha de haberlos escrito, pero no sabe ni quién ni cómo. Tampoco comprende los idiomas. Pero observa un orden claro en su clasificación, un plan misterioso que se le escapa, pero que sospecha vagamente. Esa es, en mi opinión, la actitud de la mente humana frente a Dios, incluso la de las personas más inteligentes”. Plank estaba convencido de que “el progreso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio cada vez que se cree haber descubierto una verdad fundamental[...]. La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la naturaleza”. Por su parte, Schrödinger afirmaba que “la imagen científica del mundo es muy deficiente. Proporciona una gran cantidad de información sobre hechos, reduce toda la existencia a un orden maravillosamente consistente, pero guarda un silencio sepulcral sobre [...] todo lo que realmente nos importa. [...]... no sabe nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad. A veces la ciencia pretende dar una respuesta a estas cuestiones, pero sus respuestas son a menudo tan tontas que nos inclinamos a no tomarlas en serio [...]. La ciencia es incapaz de explicar mínimamente por qué la música puede deleitarnos, o por qué y cómo una antigua canción puede hacer que se nos salten las lágrimas”. ¿Quién ha trastocado lo que era sólo un método de parcelación de la Realidad para mejor buscar en una de las parcelas –buscaremos sólo las causas naturales– en un dogma de fe –sólo lo material existe? ¿De dónde viene entonces el reduccionismo de algunos científicos con orejeras que postulan el dogma de fe de que algún día la ciencia explicará el amor, el heroísmo, la abnegación o el sacrificio por un mero juego de electrones y protones? Creo que de la soberbia encarnada en primera instancia en un filósofo patético del siglo XIX, Auguste Comte, padre del positivismo.

Pero volvamos a la pequeñez del hombre. En el mismo salmo citado hace unas líneas, el salmista, tras preguntarse, asombrado por la pequeñez del hombre, por las razones para que el creador de este magnífico universo se ocupe de él, afirma categóricamente;

“Lo hiciste poco inferior a un dios,
coronándolo de gloria y esplendor;
le diste el dominio sobre la obra de tus dedos,
todo lo pusiste a sus pies
[3].

La poesía a veces intuye inmediatamente lo que la ciencia y la razón tardan más en ver. No olvidemos que los salmos son, también y además, poesía. Otro poeta, Fernando Pessoa, desde una óptica totalmente distinta de la del salmista, afirma:

“Desde mi aldea veo cuanto desde la tierra se puede ver del universo...
Por eso mi aldea es tan grande como cualquier otra tierra,
porque yo soy del tamaño de lo que veo
y no del tamaño de mi estatura”
[4].

Pero si lo que el hombre es capaz de ver con su inteligencia le hace del tamaño del universo, no es gracias a sí mismo sino a un atributo regalado por el creador de ese universo.

La verdad es que los hombres no lo hemos hecho demasiado bien como dominadores de la obra de los dedos del Creador porque, junto a esa armonía del universo, vemos también el desorden, el caos creado por nosotros mismos. Porque Dios, una vez que nos creó libremente, por amor, para que encontrándole le amásemos, tuvo que crearnos libes para que pudiésemos amarle. Efectivamente, sólo los seres libres son capaces de amor. Y el pésimo uso que los seres humanos hacemos de ese don de la libertad, nos lleva a este caos en el que la codicia y el egoísmo crean infiernos. Y le echamos la culpa a Dios de este caos que hemos creado nosotros. Entonces, con una incoherencia proverbial, mientas por un lado hacemos de la libertad el máximo valor, por otro, alzamos el puño irascible hacia Dios pidiéndole que sea un dictador del bien. Y como, afortunadamente, no nos hace caso, pues Él sí toma en serio la libertad que nos ha dado, decimos, con una lógica de parvulitos: ¿Dónde está Dios? No hay Dios.

Sin embargo el hombre, en vez de protestar, siempre puede dejarse amar por ese Dios, que le ama hasta tal punto que, en esa sed de amor, se introduce en la creación, se hace una de sus pequeñas, míseras y amadas criaturas, se deja masacrar por ellas –¡por ellas!– , tan sólo para poder decirles: Yo he sufrido lo que tú has sufrido. Yo he sufrido el caos que tú has creado. Y mirad, si os amáis los unos a los otros como yo os he amado, si me hacéis caso y usáis bien vuestra libertad, vendrá el reino de los cielos a la tierra. Sé que eso es superior a vuestras fuerzas, pero no tengáis miedo, yo he vencido al mundo con mi muerte y resurrección y estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo para daros esa fuerza que necesitáis. Buscadme en la eucaristía que os da la Iglesia[5]. Porque nosotros, pequeños seres humanos, no somos tan pequeños que no podamos, con nuestra inteligencia, única en ese inmenso universo, leer en el libro de ese armonioso, magnífico y abrumador universo y encontrarle.

Y tras encontrarle, dejarnos conquistar por ese amor demostrado en la naturaleza y en la historia. Y, conquistados, repartir ese amor entre nuestros hermanos, los hombres, desde los más próximos a los más lejanos, desde los conocidos hasta los desconocidos, desde los que nos aman hasta los que nos odian, haciendo que nuestro amor sea como el de ese Dios, “Padre celestial que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos[6]. Podemos así, ser capaces de ver en cada ser humano la inmensa dignidad de ser la maravillosa obra cumbre de ese Dios, adoptado después, en Jesucristo, como su hijo y con una dignidad más allá de todo lo imaginable, independiente de lo que parezca ser por culpa del caos creado por nosotros mismos. A veces, en polémicas con no creyentes, se tacha a los creyentes de soberbios, por creerse la cumbre de la creación. Pero, ¿es soberbia creer que Alguien te ha dado un regalo inmerecido? ¿Es soberbia aceptar alegre y agradecidamente esa deuda que sabemos que nunca podremos pagar? ¿No es más soberbio querer creer, contra la evidencia del manifiesto orden del universo, que somos fruto de un azar ciego y que, de esta forma, nadie nos ha dado nada y no estamos, por tanto, en deuda con nadie ni tenemos nada que agradecer a nadie? Quienes así obran se parecen a un patético adolescente, rebelde sin causa, que se va de la casa paterna mientras usa la cuenta corriente que su propio padre se encarga de proveer de fondos, creyendo que esos fondos vienen de algún ciego azar, de errores repetidos cada primero de mes por entes anónimos.

Pero, si nos dejamos convertir por ese Dios en sus instrumentos, podremos aportar nuestro granito de arena en la construcción de la civilización de la justicia, del amor y la paz entre el estiércol de la civilización del egoísmo y de la muerte. ¿Merece la pena investigar si eso, que nadie más, salvo Jesucristo, ha hecho o dicho en la historia es verdad? ¿Hay gente que adhiriéndose a Él hace el mundo mejor a su alrededor? ¿Buscamos como el viejo profesor o seguimos protestando como adolescentes contra Dios perpetuamente instalados en la insatisfacción? ¿Analizamos con nuestra razón, libre de prejuicios, si esa respuesta –Dios hecho hombre– es válida y actuamos en consecuencia con nuestras conclusiones? ¿O es, tal vez, más racional anatemizar con viejos tópicos y recetas inútiles a los que intentan vivir esa adhesión? ¿Nos fijaremos en este caos del mundo como algo lejano y de lo que sólo cabe quejarse o nos daremos cuenta de que este caos es un reflejo amplificado de lo que hacemos con nuestra vida personal, familiar y profesional? ¿Pediremos a ese Dios que nos ha hecho libres que nos ayude a usar bien de nuestra libertad o seguiremos usándola de forma irresponsable? Esa es la responsabilidad de cada uno de los seres humanos. La tuya y la mía. "Buscad y encontraréis", nos ha sido dicho. Espero intentar en este blog, poco a poco, sin un ritmo determinado, hacer un análisis racional y libre de prejuicios sobre algunas de las cuestiones anteriores.
[1] Salmo 8, 4-5
[2] Sabiduría 13, 1-9
[3] Salmo 8, 6-7.
[4] Fernando Pessoa. (como Alberto Caeiro). El guardador de rebaños, VII
[5] Aunque está en cursiva, no es una cita de ningún texto.
[6] Mateo, 5, 45

14 comentarios:

Paco Cuéllar dijo...

Sr Alfaro:

Supongo que habrá oido hablar de la gripe porcina. Una gripe ocasionada por un virus habitual en los cerdos que ha mutado y esa mutación le ha permitido alojarse y desarrollarse en el hombre. Muchos ya afirman que es una prueba más de la teoría de la evolución de Darwin.
Yo quería preguntale su opinión sobre si esa mutación ha sido debida al azar, como afirman los evolucionistas puros, o es una mutación dirigida por Dios.

Anónimo dijo...

Sin ánimo de ofender, a mi me parece que la causa de todo este jaleo de la gripe es más simple que lo que plantea. Por un lado está el trapicheo de los laboratorios para vender vacunas y por otro del interés de los gobiernos en desviar nuestra atención de la crisis. Ni pandemia ni mutación. La gripe corriente mata muchas más personas que los ciento y pico muertos en todo el mundo en dos semanas. Alarmismo gratuito e interesado.

Paco Cuéllar dijo...

Anónimo, lo que planteas es salirse por la tangente. Lo tuyo si que es una maniobra de distracción para evitar responder a la pregunta. Pero si quieres la planteo de otra forma:
El SIDA o el ébola lo provoca virus típicos de chimpancé que han mutado para tener la capacidad de desarrollarse en el hombre. Esa mutación es ¿debida al azar o la ha dirigido Dios?.

mariajo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
mariajo dijo...

No me resisto Tomás , no lo publiques sino lo estimas conveniente.
Sr. Cuellar, he leído su pefil y aumenta mi perplejidad, como declarandose ateo pregunta si la mutación del virus está dirigido por Dios? si para usted Dios no existe..........cada vez entiendo menos , tedrá que disculparme.
Le envío un artículo a usted que asi mismo se declara "internacionalista" , de un hermano común (digo hermano común por que mi religión , la catolica , nos hace a todos hermanos), mexicano él, sobre la gripe porcina y el "mal" que ha hecho a ese hermoso país.

Escribe Emilio Deheza en Paper Papers, desde México DF:

“En México ya nos habíamos resignado a que lo peor estaba ocurriendo. Con las epidemias lo normal es que los números crezcan. Pero esta vez, no.

José Angel Córdova Villalobos, secretario de Salud mexicano declara y declara. Eran 20, luego 30, 68, 81, 149, 159. Ahora sólo 7 muertos por la gripe porcina. Certificado por la Organización Mundial de la Salud. Entonces ¿para qué sacudir al mundo entero y quebrar al país?

Queríamos todos confiar. Pero algo peor que una epidemia destruye México: El descrédito y la gran gran pifia de las cuentas. ¿Por qué no cuadran? Ningún gobierno aguanta tal ridículo y tal irresponsabilidad…”

Fuentes para la cobertura periodística de la nueva gripe (eCuaderno)

Paco Cuéllar dijo...

Amiga Mariajo ¿que tiene que ver mis creencia, el color de mi piel, mi nacionalidad, etc, etc, con una pregunta?. Las preguntas son preguntas y son independientes de quien las haga. Y la pregunta es fácil: "La mutación de los virus es espomtánea y al azar o es una mutación dirigida por Dios"

La Iglesia Catolica defiende que no hay incompatibilidad entre la idea de la creación de Dios con la evolución de Darwin; ya que, según esta, la evolución existe sólo que no se hace al azar, si no que la dirige Dios. Y esto queda muy bien cuando hablamos de la evolución humana; pero ¿que pasa cuando hablamos de la evolución de los virus?. ¿Dios dirige también la evolución de los virus?.

Anónimo dijo...

Hola Mariajo, soy Tomás:

Me parece que no merece la pena polemizar con Paco Cuéllar. No por lo que dice, que todo lo que se dice puede ser discutido, sino por la amargura con que lo dice. Ya dice el refrán que de la abundancia del corazón habla la boca. Pero en fin, haz como quieras. Te copio una frase del Dr. Nathanson, el famoso doctor muerte que practicó miles de abortos, el día que se convirtió.

“No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí durante todos los años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han sido escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos”.

Tal vez lo mejor que podamos hacer por él sea rezar "tozuda y amorosamente".

Un abrazo.

Tomás

mariajo dijo...

Sabes Tomás ? tienes razón, no merece la pena, no por que él no merezca la pena como perosona que la merece y toda sino por que no está dispuesto a abrir el corazón y sí a polemizar y eso sin lo otro no vale la pena.
Me hago eco de la frase del Dr. Nathanson, hala a rezar tozuda y amorosamente¡¡¡
Un abrazo fuerte.

Anónimo dijo...

D.Paco :

Elija Vd. la respuesta!...Dios, mutación, transmutación, chimpances, virus...

Haga Vd. su elección! a qué nos mete Vd. a los demás en sus "berenjenales".

Use su libertad!! hombre!! esa que le han regalado y no sabe utilizar a solas sin involucrar a otras personas en sus decisiones.

Que ese Dios (Abbá) que le quiere y en el que no cree lo bendiga y le ayude a decidir y sobre todo a discernir.

Un abrazo de,

Jaimón y yo.

Paco Cuéllar dijo...

Pero Jaimón, si yo la respuesta ya la se. Lo que he hecho es poneros un espejo delante a sabiendas cual sería vuestra actitud. Y vuestra actitud me reafirma en lo acertado de mi respuesta.

Tomás, yo si que soy una verdadera urraca que se va enriqueciendo con lo que encuentra por ahí (y por aquí). Busco, pregunto, indago, aprendo. Tu, en cambio, deberías cambiar el nombre a tu blog; Tarduloro sería más apropiado (otro espejo que no mirarás).

Anónimo dijo...

Hola a todos Soy José María,

La verdad viendo el comentario he recordado que llevo mucho tiempo buscando el libro el señor del azar, que está descatalogado.

Alguien podría decirme donde puedo conseguirlo

Anónimo dijo...

Retomo los apuntes de filosofía de la naturaleza:"Azar: lo que no sucede siempre ni la mayoría de las veces sino que es infrecuente o inusual"
"hablamos de azar cuando al efecto de una causa se añade accidentalmente algo, por tanto el acontecimiento azaroso obedece a otra causa, completamente extrínseca y ajena a la relación del proceso hacia el fin que en el acontecimiento azaroso se produce y es en este sentido en el que se denomina accidental."

Tengo la certeza de que Dios no ha creado un virus para contagiar al hombre sino que ha creado al hombre que ha jugado con el virus y ha provocado el accidente y creado el azar que ha hecho posible la mutación.

Carmen

Anónimo dijo...

Hola José María y Carmen, soy Tomás: Lo primero, José María, el libro de "El Señor del azar" está efectivamente descatalogado y no hay manera de encontrarlo. Yo lo he intentado a través de internet en librerías de viejo y no he sido capaz, pero a lo mejor tútienes más suerte porque eso de los libros viejos, más vale llegar a tiempo que rondar cien años.

Carmen: Desde luego, la causa de la mutación del virus no es Dios. Dios no es la causa del mal, pero lo permite. ¿Por qué? Sobre virus y tsunamis hablaré en la entrada de esta semana.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Pues felicidades!! D. Paco.

Encantados de servirle y enriquecerle en su apasionante estudio sociológico.

Y encantados también de reafirmarle.

Siga, siga Vd.con sus estadísticas y seguridades... si eso le hace feliz?? nosotros felices de que Vd. sea feliz.

Pero por favor, hombre de Dios!! deje Vd. que la gente se llame como quiera, no pretenda cambiarla el nombre.

Su libertad acaba donde empieza la de los demás...Vd. haga lo que quiera y diga lo que quiera pero sin meter a nadie en sus espejos.

Un abrazo de,

Jaimón y yo.