20 de junio de 2009

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Tomás Alfaro Drake

El pasado domingo de Resurrección, en una conversación de sobremesa, salió el tema de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Inmediatamente surgió el típico y tópico comentario: “Qué tontería pensar que por comulgar nueve primeros viernes de mes seguidos se tenga la garantía de poder confesarse antes de morir”. Todos los que participábamos en la conversación éramos creyentes y practicantes, pero nuestra fe está llena de un racionalismo que lo invade todo, y es muy difícil zafarse de él.

Empezamos por desconocer absolutamente cuál es la auténtica devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Es cierto, desde luego, que muchas de las devociones han caído en la ñoñería y la beatería. Pero, ¿las hace eso ridículas o absurdas? Serán, tal vez, ridículos y absurdos los que las han devaluado, pero no las devociones en sí. Las devociones, como la plata, son algo a lo que se debe sacar brillo cada día si no queremos que se conviertan en algo deslucido en vez de ser, como son, algo brillante. El corazón de Cristo fue traspasado por una lanza. Estuvo realmente abierto y sangrante. Estuvo abierto y sangrante por amor. Pero Cristo no está muerto. No es un bonito recuerdo. Está vivo, en cuerpo y alma. Esto debía ser una verdad palpitante para nosotros, cristianos del siglo XXI, como lo fue para los del primero. Ese era su mensaje inicial lleno de fuerza, ardor y entusiasmo. Muchos dieron la vida por proclamarlo. Ese debía ser nuestro ardiente mensaje al mundo, especialmente ahora. Y el corazón de Cristo sigue abierto. En él metió la mano Tomás días después de la Resurrección. Cristo le hizo decir al Bautista que Él venía a bautizarnos con Espíritu Santo y fuego[1]. Él mismo nos dijo que había venido a traer fuego al mundo y que deseaba que ardiese[2]. Los corazones de los discípulos de Emaús ardían cuando Él les explicaba las escrituras[3]. En la última cena dijo a sus discípulos: “He deseado ardientemente comer esta pascua con vosotros antes de mi pasión. Os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el Reino de Dios”[4]. Es decir, lo sigue esperando ardientemente. Y sin embargo, los hombres parecemos haber olvidado este amor ardiente de un Dios hecho hombre, que sigue vivo y con el corazón traspasado y ardiendo en la fiebre de la espera y del amor no correspondido. O peor aún, correspondido con indiferencia, desprecio, ofensas y sacrilegios. Todo esto es tan extraño como maravilloso. Desde luego, que Dios nos ame de esa forma, que se haga hombre por nosotros, que por nosotros sufra pasión, muerte, resurrección y anhelo de ser correspondido tiene mucho de extraño y grandioso. Pero es así, aunque nuestro racionalismo miope se niegue a aceptarlo de verdad y nuestra fe se quede en meras palabras sin brillo. Y es extraño y maravilloso que, llegados a este punto, Cristo haya elegido a un alma sencilla pero fuerte, completamente entregada a Él, para confesarle su dolor de Dios-hombre. A fin de cuentas es Dios y es todopoderoso, aunque nuestro racionalismo no lo entienda. “Al menos tú, ámame” –le dijo a santa Margarita María de Alacoque, una pequeña monja inflamada de amor a Cristo a la que se apareció con el corazón abierto y ardiente. A lo que ella respondió: “Te ofrezco todo lo que tengo y todo lo que soy, para que uses de mí como un instrumento de tu amor”. Respuesta recia y valiente donde las haya, sin el más mínimo atisbo de ñoñería. Tan recia y valiente como el “Hágase en mí según tu palabra” de María. Y al que le parezca beatería, que intente hacer este ofrecimiento pensando lo que hace. “Aunque haya tanta ingratitud, tanta indiferencia, tanto desprecio, tanto sacrilegio, tanto pecado, tanta maldad, al menos tú, ámame” –nos dice hoy a nosotros, que nos llamamos cristianos. Si hay ñoñería y beatería en esta devoción, que baje Dios y lo diga. Ya lo ha hecho, ya nos ha dicho que su corazón está sangrante y ardiente de amor, en espera de nuestra respuesta.

¿Y qué hay de los nueve primeros viernes y la confesión?

¿Acaso es malo desear morir confesado? ¿Es que la confesión es una inutilidad? Es cierto que la misericordia de Dios es inmensa y que un acto de contrición basta para salvarnos. Pero, ¿hace eso menos buena la confesión? ¿No nos gustaría morir de la mano de nuestro ser más querido en este mundo y consolados por él? Ojalá nos fuese dado. ¿Por qué entonces no consideramos una maravilla morir de la mano de Cristo –mejor, dentro del corazón de Cristo– a través de la confesión y, consolados por Él, envueltos en Él, llegar directamente al Padre Eterno? Porque eso es la confesión, un encuentro con Cristo que nos abraza y nos acoge en su corazón. ¿O es que nuestro racionalismo –perro del hortelano que ni come ni deja comer, ni ve ni deja ver– tampoco nos va a dejar creer en esto? Lo curioso es que, en esta conversación estábamos dos personas cuyos respectivos padres murieron maravillosamente, recién confesados. Mi padre, hombre bondadoso, creyente, pero no muy clerical y, tal vez, un poco deísta, vio su muerte, una madrugada, unas horas antes de que llegase. Tuvo un derrame cerebral de los que no privan instantáneamente del sentido, despertó a mi madre y le dijo: “María, me muero, llama a la Iglesia”. Vino la Iglesia en la forma de un sacerdote y con él, Cristo. Su vida se fue apagando y una hora después de confesarse se fue de este mundo de su mano. El padre de otra de las personas de esa reunión murió casi instantáneamente en un accidente de coche poco después de pasar Burgos hacia Santander. En el coche de detrás venía –¡oh casualidad!, si existe la casualidad– el Obispo de Burgos, que le confesó antes de morir. También se fue al cielo de la mano de Cristo. No puedo asegurar que lo que digo a continuación sea cierto, pero tiene todas las posibilidades de serlo. Mi padre, educado en los maristas y el padre de esta otra persona, educado en los jesuitas, es más que probable que hubiesen hecho los nueve primeros viernes de mes en su infancia. Pero las promesas de Dios no tienen fecha de caducidad y, años más tarde, es más que probable que se hicieran realidad en ambos. Hay una última pregunta socarrona de nuestro pobre e incrédulo racionalismo que cree entenderlo todo y no entiende nada de lo que realmente merece ser entendido: ¿Por qué nueve comuniones? ¿Por qué viernes? ¿Por qué los primeros de mes? Es, seguramente, la más osada de las preguntas de la ignorancia. Me acuerdo de aquel poderoso general sirio, Naamán, que se presentó cubierto de lepra ante el profeta Eliseo para que le curase. El profeta le dijo, por medio de un mensajero, sin dignarse ir a él por muy poderoso que fuera:

- Anda, báñate siete veces en el Jordán y tu carne quedará limpia.

Naamán, indignado, se marchó murmurando:

- Pensaba que saldría a recibirme, invocaría el nombre del Señor, su Dios, me tocaría, y así curaría mi lepra. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no son mucho mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio?

Y se fue indignado. Pero sus siervos le dijeron:

- Padre, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? Pues, cuánto más, habiéndote dicho: “Báñate y quedarás limpio”.

Entonces Naamán bajó al Jordán, se baño siete veces, como había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Acto seguido, regresó con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios y, de pie ante él, dijo:

- Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra, fuera del Dios de Israel.
[5]

¿Por qué el Jordán? ¿Por qué siete veces? ¿Es que le vamos a enseñar a Dios a ser Dios? No hay nada de malo y sí mucho de bueno en que comulguemos los siete, nueve o dieciocho primeros viernes, jueves o martes de mes. O los de en medio. O los del final. O todos los días. Si Cristo ha dicho nueve, viernes y primeros es por una buena razón: Porque quiso. Y no nos toca a nosotros decirle cómo tiene que hacerlo. Dejemos a Dios ser Dios. Sólo nos queda, como a Naamán, aceptar una gracia tan fácil y maravillosa, respetarla, postrarnos con agradecimiento ante su corazón herido y ardiente de amor por nosotros y amarle con todas nuestras fuerzas en expiación por tanta ofensa, desagradecimiento, indiferencia y sacrilegio. Tal vez, después de sacar brillo a la plata de esta devoción, al ver una imagen del Sagrado Corazón de Jesús en una casa o en una puerta, le digamos a Él: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Al menos yo, te amo. O por lo menos, lo intento. Y si Tú me concedes esa gracia, te amaré. Sagrado corazón de Jesús, en Ti confío.

P.D. ¡Qué maravilla que España haya sido consagrada otra vez al Sagrado Corazón de Jesús! ¡Buena falta le hace!
[1] Lucas 3, 16.
[2] Lucas 12, 49.
[3] Lucas 24,32.
[4] Lucas 22, 15-16
[5] 2º libro de los Reyes, 5, 10-15.

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