27 de junio de 2009

Jean Paul Sartre; Ecce homo I

Tomás Alfaro Drake

Empiezo aquí una serie de cuatro entradas sobre Jean Paul Sartre que pretenden analizar su personalidad y trayectoria ideológica a traves de tres textos suyos. La cuarta entrada será una carta que le escribí y que aparece en mi libro "Al sueño de la muerte hablo despierto" editado por la BAC. Posiblemente, Sartre sea uno de los autores que más huella ha dejado en las dos últimas generaciones y que más ha contribuido a la descristianización de occidente. Por eso creo que merece la pena este recorrido.

“Cherchez la femme”, “buscad la mujer”, dice un viejo adagio francés cuando se produce una situación que se sale de lo normal en la vida de un hombre. “Buscad al ser humano”, me atrevería a decir cuando se analiza el pensamiento de alguien. Y el ser humano se encuentra en el niño. “Buscar el niño”, por tanto, si queréis conocer las razones profundas de la forma de pensar de alguien. Si queremos saber las razones profundas del pensamiento de Sartre, dejémosle a él mismo que nos descubra su infancia. Sigamos el hilo del libro autobiográfico de su niñez, escrito cuando tenía unos cincuenta y tantos años. Me refiero a “Les mots”, “Las palabras”. Tal vez así entendamos cuál es la razón profunda del odio de Sartre hacia Dios y hacia la religión, cuales son las razones que le han llevado a empujar a tanta gente hacia la desesperanza y la náusea de la vida. Hagamos silencio y escuchemos. Yo, me abstendré de ningún comentario. Si alguien quiere profundizar, que se compre el libro. Si quiere comprobar lo que escribo, sigo el texto francés, que traduzco aquí, de Editions Gallimard, colección “folio”, de mayo del 2002. Después, que cada uno saque sus conclusiones.

“No hay padre bueno, es la regla; no se tome esto como un agravio a los hombres sino a la relación de paternidad, que está podrida. ¡Hacer niños, nada mejor; tenerlos[1], qué iniquidad[2]! (Creo que merece la pena leer esta nota a pie de página). Si hubiese vivido, mi padre se hubiese acostado sobre mí cuan largo era y me hubiese aplastado” (pag. 18).

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“Mandar, obedecer, es un todo. El más autoritario manda en nombre de otro, de un parásito sacralizado –su padre–, transmite las violencias abstractas que sufrió. En mi vida, no he dado ninguna orden sin reírme, sin hacer reír. Y es que yo no fui roído por el afán de poder: Nunca me enseñaron la obediencia”.

“¿A quién obedecería? Me enseñan una joven gigante, me dicen que es mi madre. Por mi parte, más bien la tomaría por una hermana mayor. Esta virgen en residencia vigilada, sometida a todos, veo claramente que está ahí para servir. La quiero, pero ¿cómo podría respetarla si nadie la respeta? Hay tres habitaciones en nuestra casa, la de mi abuelo, la de mi abuela, la de los “niños”. Los niños somos nosotros: igualmente menores e igualmente mantenidos. Pero todos los cuidados son para mí. En mí habitación, pusieron una cama de soltera. Esta soltera duerme sola y se despierta castamente; yo duermo todavía cuando ella se levanta y se va al cuarto de baño; vuelve completamente vestida. ¿Cómo podría yo haber nacido de ella? Me cuenta sus desgracias y yo escucho con compasión: más adelante me casaré con ella para protegerla. Se lo prometo: extenderé mi mano sobre ella, pondré mi joven importancia a su servicio. ¿Se puede pensar que la vaya a obedecer? [...]”

“Quedaba el patriarca: se parecía a Dios Padre, al que tomaban a menudo por él. Un día, entró en una iglesia por la sacristía; el cura amenazaba a los tibios con los rayos celestiales: “¡Dios está ahí y os ve!” De repente, los fieles descubrieron junto al altar a un gran anciano barbudo que les miraba: salieron huyendo. Otras veces mi abuelo decía que se abrazaron a sus rodillas. Le tomó gusto a las apariciones. [...]. Cuando su barba era negra, había sido Jehová y sospecho que Emilio (Emilio era el padre de Sartre, yerno de ese abuelo-Jehova. La aclaración es mía), murió de él, indirectamente. Este Dios de cólera se nutría de la sangre de sus hijos. Pero yo aparecí al término de su larga vida, su barba había blanqueado, el tabaco la había amarilleado y la paternidad ya no le divertía. Pero, sin embargo, si me hubiese engendrado creo que no hubiese podido librarse de servirme: por hábito. Mi suerte fue pertenecer a un muerto: un muerto había derramado algunas gotas del esperma que es el precio ordinario de un niño; yo era un feudatario del sol, mi abuelo podía disfrutar de mí sin poseerme: yo fui su “maravilla”, porque deseaba acabar sus días como viejo maravillado; tomo el partido de considerarme como un favor singular del destino, como un don gratuito y siempre revocable; ¿qué podía exigir de mí? Yo le llenaba con mi sola presencia. Él fue el Dios de Amor, con su barba de Padre y el Sagrado Corazón del Hijo; me imponía las manos, yo sentía sobre mi cráneo el calor de sus palmas, el me llamaba su pequeñito con una voz que desbordaba ternura, las lágrimas empañaban sus ojos fríos. Todo el mundo exclamaba: “¡Este adorno le ha vuelto loco!” Me adoraba, eso era manifiesto. ¿Me amaba? En una pasión tan pública me cuesta distinguir la sinceridad del artificio: no creo que él haya testimoniado mucho afecto a sus otros nietos; es cierto que apenas los veía y que no tenían ninguna necesidad de él. Yo dependía de él en todo, él adoraba en mí su generosidad”. (Pags. 20-22)

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De sus 5 años recuerda

“Me sentía de más, por lo tanto, era necesario desaparecer. Yo era un logro insípido en instancia perpetua de abolición. En otras palabras, era un condenado, de un segundo a otro podía aplicarse la sentencia. [...]”

“Dios me habría sacado del trance: si hubiese sido una obra maestra firmada; seguro de tener mi parte en el concierto universal, hubiera esperado pacientemente a que Él me revelara sus designios y mi necesidad. Presentía la religión, la esperaba, era el remedio. Si me la hubiesen rehusado, la hubiera inventado yo mismo. No me la rehusaban: educado en la fe católica, aprendí que el Todopoderoso me había hecho para su gloria: eso era más de lo que me atrevía a soñar. Pero, a continuación, en el Dios maleable que me enseñaron no reconocía al que esperaba mi alma: necesitaba un Creador y me daban un Gran Patrón; los dos no eran sino el mismo, pero yo lo ignoraba; servía sin calor al Ídolo farisaico y la doctrina oficial me desanimaba a buscar mi propia fe. ¡Qué suerte! Confianza y desolación hacían de mi alma un terreno de elección para sembrar en él el Cielo: sin este desprecio, hubiese sido monje. Pero mi familia había sido tocada por el lento movimiento de descristianización que nació en la alta burguesía volteriana y tardó un siglo en extenderse a todas las capas de la sociedad. [...] Naturalmente, en casa, todo el mundo creía: por discreción. [...]; un ateo era un original, un furioso al que no se invitaba a cenar por miedo a que “tuviese una salida”, un fanático lleno de tabús que se negaba el derecho de arrodillarse en las iglesias, de casar en ellas a sus hijas, de llorar en ellas deliciosamente, que se imponía la tarea de probar la verdad de su doctrina por la pureza de sus costumbres, que se encarnizaba contra sí mismo y contra su felicidad hasta el punto de privarse del medio de morir consolado, un maníaco de Dios que veía en todas partes Su ausencia y que no podía abrir la boca sin pronunciar Su nombre. En conclusión, un señor que tenía convicciones religiosas. El creyente no las tenía en absoluto: Tras dos mil años, las certidumbres cristianas habían tenido tiempo de tener sus pruebas, pertenecían a todos, se les pedía brillar en la mirada de un sacerdote, en la media luz de una iglesia e iluminar las almas pero nadie tenía necesidad de hacerlas suyas; eran patrimonio común. La buena sociedad creía en Dios para no hablar de Él. ¡Qué tolerante aparecía la religión! ¡Qué cómoda era! El cristiano podía desertar de la misa y casar religiosamente a sus hijos, sonreírse ante la piedad simple de Saint-Sulpice y llorar de emoción con la Marcha nupcial de Lohengrin; No se esperaba de él que llevara una vida ejemplar, [...]. En nuestro medio, en mi familia, la fe no era más que un nombre ostentoso de la dulce libertad francesa; me habían bautizado, como a tantos otros, para preservar mi independencia: negándome el bautismo, hubiesen temido violentar mi alma; inscrito como católico era libre, era normal: “más tarde, decían, hará lo que quiera”. Creían que era mucho más difícil obtener la fe que perderla”.

“Charles Schweitzer
(el abuelo materno de Sartre. La nota es mía) era demasiado comediante como para no necesitar un Gran Espectador pero apenas pensaba en Dios, salvo en momentos especiales; seguro de encontrarlo en el momento de su muerte, lo mantenía al margen de su vida. En privado, por fidelidad a nuestras provincias perdidas, para gran alegría de los antipapistas, sus hermanos[3], no desperdiciaba una ocasión de poner en ridículo al catolicismo: [...] Acerca de Lourdes no se contenía: Bernardette había visto a “una mujeruca que cambiaba de camisa”; una vez habían metido a un paralítico en la piscina y cuando lo sacaron “veía por los dos ojos”. Contaba la vida de san Labre, cubierto de piojos, la de santa María Alacoque, que limpiaba los excrementos de los enfermos con la lengua. Estas burlas me prestaban un buen servicio; me inclinaban tanto más a elevarme por encima de los bienes de este mundo, de los que no poseía ninguno y me hacían encontrar fácilmente mi vocación en mi confortable falta de medios; el misticismo les viene bien a las personas desplazadas, a los niños que están de más: Para precipitarme en él hubiera bastado presentarme el asunto por el otro extremo; corría el riesgo de ser presa de la santidad. Mi abuelo me la hizo desagradable para siempre: la vi a través de sus ojos, esa locura cruel me descorazonó por lo ajado de sus éxtasis, me aterrorizó por su desprecio sádico del cuerpo; [...] Escuchando estas narraciones, mi abuela hacía que se indignaba. llamaba a su marido “incrédulo” y “parpaillot[4]”, le daba golpes en los dedos, pero la indulgencia de su sonrisa acababa por desengañarme; no creía en nada; sólo su escepticismo le impedía ser atea. Mi madre se guardaba muy mucho de intervenir; tenía “su Dios para ella misma” al que apenas le pedía que la consolase secretamente. El debate proseguía, agotador, en mi cabeza: otro yo mismo, mi hermano negro, contestaba lánguidamente todos mis artículos de fe; era católico y protestante, unía en mí el espíritu crítico y el de sumisión. En el fondo, todo esto me aturdía: fui conducido a la increencia no por el conflicto de los dogmas, sino por la indiferencia de mis abuelos”. (Pags. 81-84)

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Recuerdo de sus 8 años.

“Tres meses más tarde, releí esta novela con la misma reverencia[5]; pero no me gustaba Miguel, lo encontraba demasiado juicioso: era su destino lo que me daba celos. Adoraba en él, encubiertamente, el cristiano que me habían impedido ser. El zar de todas las Rusias era Dios Padre; extraído de la nada por un decreto singular, Miguel, encargado, como todas las criaturas, de una misión única y capital, atravesaba nuestro valle de lágrimas, apartando las tentaciones y franqueando los obstáculos, degustaba el martirio, se beneficiaba de un una ayuda sobrenatural (salvado por el milagro de una lágrima. Nota a pie de página en el original), glorificaba a su creador y después, al término de su tarea, entraba en la inmortalidad. Para mí, este libro fue veneno: ¿había, entonces, elegidos? ¿Les trazaban la ruta las más altas exigencias? La santidad me repugnaba: en Miguel Strogoff me fascinaba porque había tomado los derroteros del heroísmo”. (Pags. 108-109)

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Más recuerdos de sus 8 años

“Había otra verdad. En los jardines de Luxemurgo, los niños jugaban, yo me acercaba a ellos, me rozaban sin verme, yo los miraba con ojos de pobre: ¡qué fuertes y rápidos eran! ¡qué bellos eran! Delante de estos héroes de carne y hueso, yo perdía mi inteligencia prodigiosa, mi saber universal, mi musculatura atlética, mi destreza de espadachín; me apoyaba en un árbol y esperaba. Por una palabra del jefe de la banda lanzada brutalmente: “Avanza, Pardaillan, tú harás de prisionero”, hubiera abandonado mis privilegios. Incluso un papel mudo me hubiese llenado; hubiese aceptado con entusiasmo hacer el papel de un herido en una camilla, un muerto. No me fue dada la ocasión: había encontrado mis verdaderos jueces, mis contemporáneos, mis pares y su indiferencia me condenaba. [...] Mi madre escondía mal su indignación: esta grande y hermosa mujer, se amoldaba muy bien a mi pequeña estatura y no veía en ella sino algo natural: los Schweitzer son grandes y los Sartre pequeños, yo me parecía a mi padre, eso era todo. [...] Pero viendo que nadie me invitaba a jugar llevaba su amor hasta adivinar que yo corría el riesgo de tomarme por un enano –cosa que no soy en absoluto– y sufrir. Para salvarme de la desesperación fingía impaciencia: “¿A qué esperas, tontorrón? Pregúntales si quieren jugar contigo”. Yo sacudía la cabeza: hubiera aceptado las tareas más bajas, pero ponía mi orgullo en no solicitarlas. Ella señalaba a las señoras que hacían punto en las butacas de hierro: “¿Quieres que hable con sus mamás?” Yo le suplicaba que no hiciese nada, ella me tomaba de la mano y partíamos, íbamos de árbol en árbol, de grupo en grupo, siempre implorantes, siempre excluidos. Al crepúsculo, reencontraba mi estrado, los lugares altos en los que soplaba el espíritu, mis pensamientos: me vengaba de mis desilusiones mediante seis palabras de niño y la masacre de cien soldados. No importa: esto no pasará siempre”. (pags. 81-84)

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Con 9 años.

“Mi vocación cambió todo. Los golpes de espada se esfuman, los escritos quedan. [...] El azar me había hecho hombre, la generosidad me haría libro; podría gravar mi discurso, mi conciencia, en caracteres de bronce, reemplazar los ruidos de mi vida por inscripciones imborrables, mi carne por un estilo, las volutas espirales del tiempo por la eternidad, [..., llegar a ser una obsesión para la especie, ser otro, en una palabra, otro distinto de mí, otro distinto de los otros, otro distinto de todo. Comenzaría por darme un cuerpo indesgastable y después me entregaría a los consumidores. No escribiría por el placer de escribir, sino para tallar este cuerpo de gloria en las palabras. Mi nacimiento, considerado desde lo alto de mi tumba, se me apareció como un mal necesario, como una encarnación totalmente provisional que prepararía mi transfiguración: para renacer era necesario escribir, para escribir era necesario un cerebro, ojos, brazos; terminado el trabajo, estos órganos se reabsorberían ellos mismos: hacia 1955[6], una larva eclosionaría, veinticinco mariposas en folio escaparían, batiendo todas sus páginas para ir a posarse sobre una estantería de la Biblioteca nacional. Estás páginas no serían otra cosa que yo mismo. Yo: veinticinco tomos, dieciocho mil páginas de texto, trescientos grabados con el retrato del autor. [...] Me toman, me abren, me colocan sobre la mesa, me leen la palma de la mano y a veces me desgarran. Yo me dejo hacer y después, repentinamente, fulguro, deslumbro, me impongo en la distancia, mis poderes atraviesan el espacio y el tiempo, fulminan a los malos, protegen a los buenos. Nadie puede olvidarme ni someterme al silencio: soy un gran fetiche manejable y terrible. Mi consciencia está en migajas: mucho mejor. Otras consciencias me han tomado a su cargo. Me leen, salto a los ojos; me hablan, estoy en todas las bocas, lengua universal y singular; en millones de miradas me hago curiosidad prospectiva; para aquél que sabe amarme soy su inquietud más íntima, pero, si quiere tocarme, me esfumo y desaparezco: No existo en ninguna parte, ¡soy, por fin! estoy en todas partes: parásito de la humanidad, mis buenas acciones la roen y la obligan sin cesar, a resucitar mi ausencia”.

“Este juego de magia tiene éxito: amortajo la muerte con la sábana de la gloria”. (Pags. 158-159)

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Recuerdos de 5ème del liceo en Francia, 13 años, al menos en los planes de estudio se hoy. Puede que en esos años fuese diferente. Si efectivamente Sartre tenía 13 años, ya vivía en La Rochelle, donde se fue a vivir a los 12 años tras el segundo matrimonio de su madre.

“Al final del invierno, murió (se refiere a Bénard, un compañero suyo del liceo). [...] Guardo confusamente el recuerdo de una evidencia atroz: esta costurera, esta viuda, había perdido todo. Verdaderamente, ¿habré asfixiado con horror este pensamiento? ¿Habré entrevisto el Mal, la ausencia de Dios, un mundo inhabitable? Creo que sí. ¿Por qué, si no, en mi infancia negada, olvidada, perdida, la imagen de Bénard habría guardado su nitidez dolorosa?” (Pags. 184-185)

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Memorias de sus 10 años.

“A los diez años, pretendía no amarlas más que a ellas (se refiere a las sorpresas, los imprevistos de la vida). Cada malla de la red de mi vida debía ser un imprevisto, sentir la pintura fresca. Asentía por adelantado a los contratiempos, a las desventuras y, para ser justo, debo decir que les ponía buena cara. [...] Dicho de otra manera, yo conservaba el orden de los fines en toda circunstancia, a cualquier precio; yo miraba mi vida a través de mi muerte y no veía sino un recuerdo cerrado del que nada podía salir, en el que nada entraba ¿Se puede imaginar mi seguridad? Las casualidades no existían: yo solo me fijaba en sus contratiempos providenciales. Los periódicos podían dar la impresión de que fuerzas caóticas se adueñaban de las calles, segaban a la gente: a mí, el predestinado, no me encontrarían. Podría perder un brazo, una pierna, los dos ojos. Pero todo estaba en el guión: mis infortunios no serían nunca más que pruebas, más que medios para hacer un libro. Aprendí a soportar las penas y las enfermedades: veía en ellas las primicias de mi muerte triunfal, los peldaños que ella misma me tallaba para elevarme hasta ella. [...] A los diez años estaba seguro de mí mismo: modesto, intolerable, veía en mis fracasos las condiciones de mi victoria póstuma. Ciego o sin piernas, extraviado por mis errores, ganaría la guerra a fuerza de perder batallas. No veía diferencia entre las pruebas reservadas a los elegidos y los fracasos en los que yo tenía responsabilidad, [...]: siempre me ha gustado más echarme la culpa a mí que al universo; no por bondad: para bastarme a mí mismo. Esta arrogancia no excluía la humildad: me creía falible tanto más a gusto cuanto que mis desfallecimientos eran necesariamente el camino más corto para llegar al Bien”. (Pags. 189-190)

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No hay manera de ver la edad que tenía en este relato, pero por el contexto se puede deducir que muy pocos. Por la cercanía y la continuidad con un párrafo anterior podrían ser 10 años.

“Recuerdo sin fecha: estoy sentado en un banco en los jardines de Luxemburgo: Ana María (Su madre) me ha pedido que descanse a su lado porque estoy empapado en sudor por haber corrido demasiado. Éste es por lo menos el orden de las causas. Me aburro tanto que tengo la arrogancia de dales la vuelta: he corrido porque era necesario que estuviese bañado en sudor para darle a mi madre ocasión de llamarme. Todo desembocaba en ese banco, todo debía desembocar allí. ¿Cuál es la razón de que sea así? Lo ignoro y no me preocupo: de todas las impresiones que aflorasen de mí, no se perdería ni una; hay una finalidad: yo la conoceré; mis sobrinos la conocerán. Balanceo mis cortas piernas que no tocan el suelo. [...]. Me repito en éxtasis: “Es de la máxima importancia que permanezca sentado”. El aburrimiento se redobla; no me resisto a echar un vistazo a mi interior: No pido revelaciones sensacionales pero querría adivinar el sentido de este minuto, sentir su urgencia, disfrutar un poco de esta oscura presciencia vital que atribuyo a Musset, a Hugo. [...]. Tengo hormigas en mis piernas, me remuevo inquieto. Muy oportunamente, el Cielo me encarga una nueva misión: es de la máxima importancia que me ponga a correr otra vez. Me pongo en pie, me arrastro vientre a tierra; al final del parterre me vuelvo: nada se ha movido, no se ha producido ningún cambio. [...]. Me siento en plenitud, me exalto; para forzar la mano del Espíritu Santo, le doy un voto de confianza: juro, en mi frenesí, merecer la suerte que me ha concedido. Todo está a flor de piel, todo se ha desarrollado por nervios y lo sé. [...]. Por fin, el pequeño pretendiente calamitoso se encuentra en la biblioteca, [...]; me acerco a la ventana, diviso una mosca a través de los visillos, la atrapo en un cepo de muselina y dirijo hacia ella un dedo asesino. Este momento está fuera de programa, extraído del tiempo común, puesto aparte, incomparable, inmóvil, [...]. Solo y sin futuro, en un minuto estancado, un niño busca sensaciones fuertes en el asesinato; ya que se me niega un destino de hombre, yo seré el destino de una mosca. No me apresuro, le doy tiempo para adivinar el gigante que se inclina sobre ella; ¡avanzo el dedo, la mosca explota, soy importante! ¡No había que matarla, Dios mío! De toda la creación, era el único ser que me temía; no cuento para nadie. Asesino de insectos, me pongo en el lugar de la víctima y me convierto en insecto. Soy una mosca y lo he sido siempre. Esta vez he tocado fondo. [...] Este es el momento palpitante que mi gloria ha elegido para reingresar en su domicilio, la Humanidad para despertarse en un sobresalto y llamarme en su auxilio, el Espíritu Santo para murmurarme palabras conmovedoras: “no me buscarías si no me hubieras encontrado”. [...]. Como si no hubiese oído más que esta declaración, el Ilustre Escritor hace su entrada; un sobrino lejano en el tiempo inclina su cabeza rubia sobre la historia de mi vida, el llanto le moja los ojos, el porvenir se levanta, un amor infinito me envuelve, las luces dan vueltas en mi corazón; no me muevo, no doy ni un vistazo a la fiesta”.

(Aquí, sin ningún signo de separación hay un gran hueco entre párrafos)

“He ahí mi comienzo: huía; fuerzas exteriores modelaban mi huída y me hicieron. A través de una concepción obsoleta de la cultura que servía de maqueta, se trasparentaba la religión: en su simpleza, nada más próximo a un niño. Me enseñaban la Historia sagrada, el Evangelio, el catolicismo, sin darme los medios para creer: el resultado fue un desorden que se transformó en mi orden particular. Hubo plegamientos, un desplazamiento considerable; diseccionado del catolicismo, lo sagrado se posó en la Literatura y apareció el hombre de pluma, ersatz (En alemán en el original. En ese contexto ersatz podría traducirse por “sustituto”) del cristiano que yo no podía ser: su única ocupación era su salvación, su estancia aquí abajo no tenía otro fin que hacerle merecer la beatitud póstuma por las pruebas soportadas dignamente. La muerte se reducía a un rito de tránsito y la inmortalidad terrestre se ofrecía como sustituta de la vida eterna”. (Pags. 198-202)

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12 años. Ya vive en La Rochelle después del segundo matrimonio de su madre.

“Una mañana, en 1917, en La Rochelle, yo esperaba a mis compañeros que debían acompañarme al liceo; tardaban, pronto no supe que inventar para distraerme y decidí pensar en el Todopoderoso. En ese instante, se disolvió en el cielo azul sin dar una explicación: no existe, me dije con una extrañeza educada y creí arreglado el asunto. Y lo estaba, en cierta manera, porque nunca después he tenido la menor tentación de resucitarlo. Pero el Otro se quedó, el Invisible, el Espíritu Santo, el que garantizaba mi mandato y regentaba mi vida a través de grandes fuerzas anónimas y sagradas. De éste me costó más desembarazarme porque se había instalado en la parte de detrás de mi cabeza en las nociones manipuladas de las que me valía para comprenderme, situarme y justificarme”. (Pag. 203)

Termino aquí las citas. Como dije al principio, me abstengo de hacer comentarios. Que cada uno saque sus conclusiones.
[1] Todas las cursivas se mantendrán como en el original.
[2] No puedo por menos que juxtaponer, junto a la afirmación de arriba, unas palabras de la primera obra de teatro de Sartre, un auto de Navidad escrito en 1940 y representado esa Navidad en el campo de concentración de Tréveris, en el que estuvo recluido como oficial del ejército francés. El papel de Baltasar lo representó el propio Sartre, por lo tanto, las palabras que vienen a continuación salieron, no sólo de su pluma, sino también de su boca.
Bariona: ¿Es eso lo que el Cristo ha venido a enseñarnos?
Baltasar: Tengo también un mensaje para ti.
Barioná: ¿Para mí?
Baltasar: Para ti. Ha venido a decirte: deja nacer a tu hijo. Sufrirá, es verdad. Pero eso no te incumbe. No te compadezcas de sus sufrimientos, no tienes derecho. Sólo él tendrá que tratar con ellos y hará de ellos exactamente lo que quiera, porque es libre. Lo mismo si es cojo, o si tiene que ir a la guerra y pierde en ella sus piernas o sus brazos, incluso si la mujer que ama le traiciona siete veces, es libre, libre de regocijarse eternamente de su existencia. Me decías hace un momento que Dios nada puede contra la libertad del hombre, y es verdad. ¿Entonces? Una nueva libertad va a lanzarse hacia el Cielo como un pilar etéreo ¿y tú tendrás la osadía de impedirlo? El Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, el Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para que escape en él y por él, eternamente, de todos los dolores. Viene a decir a los ciegos, a los parados, a los mutilados, a los prisioneros de guerra: no debéis absteneros de engendrar niños. Porque incluso para los ciegos, para los parados, para los prisioneros de guerra y para los mutilados, incluso para ellos, existe la alegría.
Barioná: ¿Es todo lo que tenías que decirme?
Baltasar: Sí.
[3] Charles Schweitzer, el abuelo materno de Sartre era de una familia protestante de la que habían salido dos pastores de esa religión, uno de ellos de cierta fama: Albert Schweitzer. Eran de origen Alsaciano, lo que, debido a los sucesivos cambios de manos de Alsacia entre Francia y Alemania, había dividido a la familia entre estas dos nacionalidades. Su mujer, la abuela de Sartre era católica.
[4] Nombre dado despectivamente en ciertas regiones de Francia a los protestantes.
[5] Se refiere a Miguel Strogoff.
[6] Esto ocurriría, según esta visión del Sartre de 9 años, hacia sus 50 años.

2 comentarios:

Isabel W dijo...

Hola Tomás,
Gracias por iniciar un tema tan interesante, yo he querído meterme en la cabeza de Sartre y no lo he conseguido, pero si encontré un artículo sobre la conversión de Alber Camus(http://www.es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/592/1515/articulo.php?id=40200) en el que se dice textualmente sobre Sartre: "Su ateísmo era militante y algunas de sus obras causan graves daños a la fe y a la moral de muchos. A pesar de todo, Tatiana Gorisceva bajo la férrea censura soviética anticristiana, llegó al cristianismo a través de las obras de Sartre, las únicas a las que tenía acceso del mundo occidental, las únicas en las que percibía el aliento de la libertad, aunque para el autor fuese una condena: ¡las raíces cristianas de Europa, mal que pese a tantos!". Al tiempo que se habla de una serie de artículos escritos en su revista "Le Nouvel Observateur", al final de su vida en el que pone en jaque todo la base de su pensamiento a lo largo de su vida. Estos artículos; cuya publicación enfadó seriamente a su mujer Simone de Beauvoir, se publicaron en "El País" en varias semanas http://www.elpais.com/articulo/cultura/SARTRE/_JEAN-PAUL/Jean/Paul/Sartre/estuve/desesperado/senti/angustia/elpepicul/19800416elpepicul_6/Tes y sucesivos), y en ellos pone en entredicho su pensamiento sobre Dios y la Eternidad, es decir, ¿es posible que al igual que Voltaire (http://www.feyrazon.net/fe/iglesia/conversiones/voltaire.htm), Sartre se planteara seriamente que es posible que Dios exista al final de su vida, al tiempo que echaba abajo toda su construcción filosófica? Hay otro artículo interesante sobre este tema que se puede encontrar en http://www.mexicodiplomatico.org/noticias/Jean_Paul_Sartre.pdf

Me parece apasionante investigar sobre este tema, y creo que aprenderá mucho de lo que vayas publicando.

Un abrazo,

Isabel Warleta

Anónimo dijo...

Hola Isabel, soy Tomás:

me alegra mucho que te interese el tema. La verdad es que Sartre es una persona bastante impenetrable, parapetada detrás de una coraza. Sin embargo, no hay coraza sin grietas. La de su infancia es una de ellas. En la próxima entrada sobre él me referiré a sus entrevistas casi póstumas en "Le nouvel Observateur" que son otra ventana a su mente. En otra entrada me referiré a Barioná. A mí me parece que con estas tres ventanas hay bastante luz como para analizar las profundidades de su personalidad. Pero ese juicio os lo dejo a los que lo leáis.

Un abrazo.

Tomás