19 de julio de 2009

Sartre; ecce homo III

Tom'as Alfaro Drake

Esta es la tercera entrada sobre Sartre. Creo que es un poco larga, pero tambi'en creo que merece la pena.

Casi a mitad de camino entre los recuerdos de infancia de Sartre en “Las palabras” y sus reflexiones retrospectivas de “La esperanza ahora”, está Barioná. En 1940 Sartre, como oficial del vencido ejército francés, sufre prisión en el stalag 11D del campo de oficiales de Tréveris, en Alemania. En esa difícil situación procura encontrar alivio dando clases de la filosofía de Heidegger a un sacerdote católico, también preso. El sacerdote, por otro lado, está preparando, para esa Navidad el que los prisioneros canten unos villancicos. El jefe del campo es un oficial bábaro católico de la Wermach y les da permiso. Sartre propone que los villancicos se canten dentro de un auto de Navidad que él mismo escribirá. Lo hace y así nace Barioná.

Barioná es el jefe de una pequeña aldea próxima a Belén. Indignado por una inicua subida de impuestos por parte de los romanos, que va a ahogar al pueblo, idea un plan. En el pueblo se dejará de procrear. Espera que su ejemplo sea seguido por toda la población judía y que así los romanos se vean dueños de un territorio muerto. Les dice a sus hombres de los que arranca un terrible juramento:

“¿Os lamentáis? ¿Osaríais, entonces, crear vidas jóvenes con vuestra sangre podrida? ¿Queréis refrescar con hombres nuevos la interminable agonía del mundo? ¿Qué destino deseáis para vuestros futuros hijos? ¿Qué se queden aquí, como buitres en una jaula, solitarios y desplumados? ¿O bien que bajen allí, a las ciudades, para convertirse en esclavos de los romanos, trabajar por salarios de hambre para acabar por morir en la cruz? Obedeceréis. Y deseo que nuestro ejemplo sea anunciado por toda Judea y que sea el origen de una nueva religión, la religión de la nada, y que los romanos sean los dueños de nuestras ciudades desiertas y que nuestra sangre caiga sobre sus cabezas. Repetid conmigo el juramento que voy a hacer: Ante el Dios de la Venganza y de la Cólera, delante de Jehová, juro no engendrar nunca más. Y si falto a mi juramento, que mi hijo nazca ciego, que sufra la lepra, que sea un objeto de desprecio para los demás y de vergüenza y dolor para mí. Repetid, judíos, repetid”

Justo después de este terrible juramento, su mujer, Sara, horrorizada le dice que acaba de maldecir a su hijo puesto que ella está embarazada. Él le dice que aborte y ante sus súplicas para que le deje tener el niño, Barioná le dice:

“Sara, soy señor del pueblo y dueño de la vida y la muerte. He decidido que mi familia se extinguirá conmigo. Ve. Y no tengas añoranza; tu hijo hubiese sufrido, te hubiese maldecido”.

A lo que ella le responde:

“Aunque tuviese la seguridad de que me traicionaría, que moriría en la cruz como los ladrones y me maldijera, incluso así, le traería al mundo. [...]. Quiero darle también el sol y el aire fresco y las sombras violetas de las montañas y la risa de las niñas. Te lo ruego, deja nacer un niño, deja al mundo, una vez más, una oportunidad”.

Entonces Barioná, la interpela duramente con una arenga del más lapidario existencialismo ateo:

“¡Cállate! Es una trampa. Siempre creemos que hay una oportunidad más. Cada vez que se trae a un niño al mundo creemos que le damos una oportunidad, y no es verdad. Los naipes están marcados de antemano. La miseria, la desesperanza, la muerte, le esperan en cada esquina. Mujer, este niño que tú quieres hacer nacer es como una nueva edición del mundo. A través de él, las nubes y el agua y el sol y las casas y el dolor de los hombres existirán una vez más. Vas a recrear el mundo, va a formarse como una costra espesa y negra alrededor de una pequeña conciencia escandalizada que vivirá ahí, prisionera en el centro de la costra, como una larva. ¿Comprendes qué enorme incongruencia, qué monstruosa falta de sensibilidad, traer nuevos seres a este mundo fallido? Hacer un niño es aprobar la creación en el fondo del corazón, es decirle al Dios que nos tortura: “Señor, todo está bien y te doy gracias por haber creado el universo”. ¿Verdaderamente quieres cantar ese himno? ¿Puedes asumir decir: si este mundo pudiera volver a hacerse, lo reharía exactamente como es? Déjalo, mi dulce Sara, déjalo. La existencia es una lepra vergonzosa que nos roe a todos, y nuestros padres han sido los culpables. Mantén tus manos puras, Sara, y que puedas decir el día de tu muerte: no dejo a nadie detrás de mí para perpetuar el sufrimiento humano”.

“¿Y si, sin embargo, fuese voluntad de Dios que engendrásemos?” –le replica Sara. L

La sacrílega respuesta de Barioná no se hace esperar:

“Entonces, que haga un signo a su servidor. Pero que se dé prisa, que me envíe sus ángeles antes del alba. Porque mi corazón está cansado de la espera y no se desprende uno fácilmente de la desesperanza una vez que se ha probado”.

Pero, en el auto de Navidad de Sartre, justo ese día, nace el Cristo. Así es como Sartre pinta el anuncio del ángel a los pastores:

“Escuchad: es en Belén, en un establo. Atended y haced el silencio. Hay en el cielo un gran vacío y una gran espera, porque todavía no ha ocurrido nada. Y hay un frío en mi cuerpo similar al frío del cielo. En estos momentos, en un establo, hay una mujer acostada sobre la paja. Haced el silencio porque el cielo se ha vaciado entero como un gran agujero, está desierto y los ángeles tienen frío. ¡Ah! ¡Qué frío tienen!

[...]

¡Ya está! ¡Ha nacido! Su espíritu infinito y sagrado está prisionero en un cuerpo de niño todo sucio y se extraña de sufrir y de ignorar. Ahí está. Nuestro dueño no es nada más que un niño. Un niño que no sabe hablar. Tengo frío, Señor, ¡qué frío tengo! Pero ya basta de llorar sobre la pena de los ángeles y el inmenso desierto de los cielos. Por todas partes en la tierra corren olores ligeros y ha llegado el momento para los hombres de alegrarse. No tengáis miedo de mí, Simón, Caifás, Pablo; despertad a vuestros compañeros”.


Cuando los pastores llegan al pueblo y despiertan a todos anunciando que el Cristo ha nacido para traer paz a los hombres de buena voluntad, Barioná les contesta con dureza en una segunda declaración del más puro existencialismo sartriano:

“¡Ja! ¡La buena voluntad! ¡La buena voluntad del pobre que se muere de hambre bajo la escalera del rico sin quejarse! ¡La buena voluntad del esclavo al que flagelan y que dice: gracias! ¡La buena voluntad de los soldados empujados a la masacre que luchan sin saber por qué! ¿Por qué no está aquí vuestro ángel y no hace sus encargos él mismo? Le contestaría: no hay paz para mí en la tierra; ¿y si quiero ser un hombre de mala voluntad? [...] ¡La mala voluntad! He blindado mi corazón con una triple coraza; contra los dioses, contra los hombres y contra el mundo. No pediré compasión ni diré gracias. No doblaré mi rodilla delante de nadie, pondré mi dignidad en mi odio, llevaré cuenta exacta de todos mis sufrimientos y de los demás hombres. Quiero ser el testigo del dolor de todos; lo recogeré y lo guardaré en mí como una blasfemia. Quiero elevarme contra el cielo como una columna de injusticia; moriré solo e irreconciliado y quiero que mi alma suba hacia las estrellas como un gran clamor de metales, el clamor de la ira. [...]. Aunque el Eterno me hubiese mostrado su rostro entre las nubes, rehusaría oírle porque soy libre; y contra un hombre libre, ni el mismo Dios puede nada. Puede reducirme a polvo o incendiarme como a un arbusto, puede hacer que me retuerza en mis sufrimientos como el sarmiento en el fuego, pero no puede nada contra este pilar acerado, contra esta columna inflexible: la libertad del hombre”.

Cuando Barioná ha desengañado a sus hombres de su esperanza, aparecen, en el auto de Navidad de Sartre, los Reyes Magos. Tiene entonces lugar el primer combate verbal de Baltasar contra Barioná. Lo más sorprendente de todo es que en la representación que se hizo en el campo el día de Navidad, Sartre no hizo, como cabría esperar, el papel de Barioná, sino el de Baltasar. (El único papel femenino de la obra, el de Sara lo representó la mujer del oficial alemán al frente del campo de concentración)

- “No creo más en el Mesías que en todas vuestras fábulas. Veo claro el juego de los ricos y los reyes como vosotros. Tomáis el pelo a los pobres con engaños para que estén tranquilos. Pero os digo que a mí no me tomaréis el pelo. Habitantes de Bethaur, ya no quiero ser vuestro jefe, porque habéis dudado de mí. Pero os lo repito una última vez: mirad vuestra desesperanza cara a cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza”.

- “¿Estás seguro de que no está más bien en su esperanza? No te conozco de nada, pero veo en tu cara que has sufrido y veo también que te has complacido en tu dolor. Tus rasgos son nobles, pero tus ojos están medio cerrados y tus oídos parecen taponados. Veo en tu rostro la gravidez que se percibe en los ciegos y los sordos; te pareces a uno de esos ídolos trágicos y sanguinarios que adoran los pueblos paganos. Un ídolo iracundo, con el ceño fruncido, ciego y sordo a las palabras de los hombres y que no oye sino los consejos de su orgullo. Sin embargo, míranos: nosotros hemos sufrido también y somos sabios entre los hombres. Pero cuando esta estrella nueva se ha elevado, hemos dejado nuestros reinos sin dudarlo, la hemos seguido y vamos a adorar a nuestro Mesías”.

- “Bien: id a adorarle. ¿Quién os lo impide y qué hay entre vosotros y yo?”

- “¿Cuál es tu nombre?”

- “Barioná. ¿Y?”

- “Tú sufres Barioná. Sufres y, sin embargo, tu deber es esperar. Tu deber de hombre. Es para eso para lo que el Cristo ha bajado a la tierra. Para ti más que para cualquier otro, porque tú sufres más que cualquier otro. El Ángel no espera nada, porque goza de su alegría y Dios le ha dado todo por adelantado y la piedra tampoco espera, porque vive estúpidamente en un presente perpetuo. Pero cuando Dios dio forma a la naturaleza del hombre, fundió juntas la esperanza y la preocupación. Porque el hombre, ¿sabes? es siempre mucho más de lo que es. Ves a este hombre, apesadumbrado por su carne, enraizado en su sitio por sus dos grandes pies y dices, extendiendo la mano para tocarle: Está aquí. Y no es verdad: esté donde esté un hombre, Barioná, está siempre en otra parte. En otra parte, más allá de las cimas violetas que ves desde aquí, en Jerusalén; en Roma, más allá de este día helado, mañana. Y todos estos que te rodean, hace tiempo que no están aquí: están en Belén, en un establo, alrededor del pequeño cuerpo caliente de un niño. Y todo este porvenir en el que el hombre está imbricado, todas las cimas, todos los horizontes violetas, todas las ciudades maravillosas que le deslumbran sin haber puesto nunca en ellas sus pies, todo eso, es la Esperanza. La Esperanza.
(Señalando a los prisioneros del público. En este momento hubo lágrimas y sollozos entre los oficiales prisioneros). Mira a los prisioneros que están delante de ti, que viven en el barro y el frío. ¿Sabes lo que verías si pudieses seguir su alma? Las colinas y los dulces meandros de un río. Y viñas, y el sol del sur. Sus viñas y su sol. Es allí donde están. Y las viñas doradas de septiembre, para un prisionero aterido de frío y cubierto de piojos, son la Esperanza. La Esperanza es lo mejor de ellos mismos. Y tú quieres privarles de sus viñas y de sus campos y del brillo de las colinas lejanas, tú no quieres dejarles más que el barro y las pulgas y las chinches, tú quieres darles el presente desorientado de los animales. Porque esa es tu desesperanza: rumiar el instante fugaz, mirarte el ombligo con una mirada rencorosa y estúpida, arrancar de tu tiempo el futuro y encerrarlo en un círculo alrededor del presente. Entonces ya no serás un hombre, Barioná, no serás más que una piedra dura y negra en el camino. Las caravanas pasan por ese camino, pero la piedra permanece sola y rígida como un mojón en su resentimiento”.

- “No haces más que chochear, viejo”.

- “Barioná, es verdad que somos muy viejos y muy sabios y que conocemos todo el mal de la tierra. Sin embargo, cuando hemos visto esa estrella en el cielo nuestros corazones han palpitado con una alegría como la de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar. El que pierda la esperanza, Barioná, ese, será expulsado de su pueblo, será maldito y las piedras del camino serán más duras para él y los espinos más hirientes. La carga que lleve le resultará más pesada y todas los infortunios se abatirán sobre él como abejas irritadas y cada persona se burlará de él gritándole. Pero, para aquél que espera, todo serán sonrisas y el mundo le será dado como un regalo. Vosotros, los demás, ved si debéis quedaros aquí o decidiros a seguirnos”.

Sorprendente lección de esperanza viniendo de la pluma y de los mismísimos labios de Sartre. Los hombres y mujeres de Bethaur, Sara entre ellas, siguen a los Reyes y bajan a Belén a ver al niño. Barioná se queda sólo rumiando su frustración y su abandono y lanza una maldición al mismísimo Dios:

“Se han ido. Estamos solos, Señor, tú y yo. He conocido muchas penas, pero ha hecho falta que viviese hasta este día para sentir el amargo sabor del abandono. ¡Ay, qué solo estoy! Pero no oirás, Dios de los judíos, una sola queja de mi boca. Quiero vivir mucho tiempo, abandonado sobre esta roca estéril. Yo que nunca pedí nacer, yo, voy a ser tu remordimiento”.

Pero, en su soledad, no puede por menos que reflexionar sobre qué representaría un Dios que se hiciese hombre:

“¡Un Dios transformarse en hombre! ¡Que idiotez! No veo qué podría tentarle en nuestra condición humana. Los Dioses viven en el cielo, ocupados en gozar de ellos mismos. Y si decidiesen descender entre nosotros, lo harían bajo alguna forma brillante y fugaz, como una nube púrpura o un relámpago. ¿Se cambiaría un Dios en hombre? El todopoderoso, en el seno de su gloria, ¿contemplaría a estas pulgas que pululan sobre la vieja costra de la tierra y que se revuelcan en sus excrementos y diría: quiero ser uno de esos gusanos? No me hagas reír. ¿Un Dios rebajarse a nacer, a vivir nueve meses como una fresa de sangre? [...]. Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría con exclusión de todos los demás, habría como un lazo de sangre entre él y yo y no tendría suficiente vida para demostrarle mi agradecimiento: Barioná no es un ingrato. Pero, ¿qué Dios sería lo suficientemente loco para eso? No el nuestro, desde luego. Siempre se ha mostrado más bien distante. [...]. Un Dios-Hombre, un Dios hecho de nuestra carne humillada, un Dios que aceptase conocer este sabor amargo que hay en el fondo de nuestra boca cuando todos nos abandonan, un Dios que aceptase por adelantado sufrir lo que yo sufro ahora... Venga, es una locura”.

Sin embargo, una visión del hechicero del pueblo le hace ver a Barioná el final del Cristo crucificado y su duda se transforma en odio hacia ese Mesías:

“¡No queréis comprender! Esperábamos un soldado y se nos envía un cordero místico que nos predica la resignación y nos dice: ‘Haced como yo, morid en vuestra cruz, sin quejaros, con dulzura, para evitar escandalizar a vuestros vecinos. Sed dulces. Dulces como niños, Lamed vuestro sufrimiento despacio, como un perro pegado lame a su amo para hacerse perdonar. Sed humildes. Pensad que habéis merecido vuestros dolores, y si son demasiado fuertes, soñad que son pruebas y que os purifican. Y si sentís crecer en vosotros una cólera de hombre, asfixiadla bien. Decid gracias, siempre gracias. Gracias cuando os abofeteen. Gracias cuando os den de patadas. Haced niños para preparar nuevos culos para las patadas del porvenir. Hijos de viejos que nacerán resignados y rumiarán sus antiguos pequeños dolores marchitos con la humildad que conviene. Niños que nacerán expresamente para sufrir como yo: nacidos para la cruz. Y si sois suficientemente humildes, si habéis hecho resonar vuestro esternón como una piel de asno, golpeando vuestra culpa con aplicación, entonces, tal vez, tendréis una plaza en el reino de los humildes, que esta en los Cielos’... ¿Mi pueblo llegar a ser eso? ¿Una nación de crucificados consentidores? Pero, ¿qué has llegado a ser, Jehová, Dios de la venganza?”

Entonces decide que va a ir a Belén para estrangular a ese niño-mesías.

“Si pudiera impedir eso... Conservar en ellos la llama pura de la rebelión... ¡Oh, mis hombres! Me habéis abandonado y ya no soy vuestro jefe. Pero, por lo menos, haré esto por vosotros: Bajaré a Belén. Las mujeres retrasan vuestra marcha y conozco atajos que no conocéis. Llegaré allí antes que vosotros. ¡Y no hace falta mucho tiempo, imagino, para retorcer el frágil cuello de un niño, aunque sea el Rey de los judíos!”

Y aquí, en un intermezzo, con el telón bajado y explicando como un viejo narrador ciego pintaría a María, al niño y a José, Sartre ha escrito una de las más bellas descripciones de la escena del establo, llena de teología de la encarnación de Dios hecho hombre verdadero, junto a una de las más tiernas descripciones de la figura de José y de la aceptación de su destino:

“He aquí a la Virgen, y he aquí a José y, he aquí al niño Jesús. El artista ha puesto todo su amor en este dibujo, pero es posible que lo encontréis un poco ingenuo. Ved, los personajes tienen bonitos vestidos, pero están completamente rígidos: se diría que son marionetas. Seguramente no eran así. Si estuvieseis ciegos como yo... Pero, bueno: no tenéis más que cerrar los ojos para oírme y yo os diré como los veo dentro de mí.

La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que describir de su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño! Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten exiliadas de esa vida nueva que han hecho con su vida, pero donde habitan pensamientos distintos. Mas ningún niño ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como este niño, pues Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar.

Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo.

Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: “Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mi. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mi. Es Dios y se parece a mi.

Y ninguna mujer, jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe. Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

Eso en cuanto a Jesús y la Virgen María.

¿Y José? A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado.

Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya del lado de Dios. Porque Dios explota como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar”.

Pero Barioná, que, efectivamente, llega a la gruta de Belén antes que los de su pueblo, no es capaz de estrangular al niño:

“Se hace tarde, los otros estarán pronto aquí. Esta será la última proeza de Barioná: estrangular a un niño. (Entreabre la puerta). La lámpara humea, las sombras llegan hasta el techo, como si fueran grandes pilares en movimiento. La mujer está de espaldas y no veo al niño. Imagino que está sobre sus rodillas. Pero veo al hombre. ¡Es verdad! ¡Cómo la mira! ¡Con qué ojos! ¿Que puede haber detrás de esos dos ojos claros, claros como dos ausencias en una cara dulce y a la vez curtida. ¡Qué esperanza! Y yo no traigo esperanza. Qué nubes de horror subirían desde lo más profundo de sí mismo para oscurecer esos dos retazos de cielo, si me viese estrangular a su hijo. No he visto todavía a ese niño y ya sé que no voy a tocarle. Para reunir el valor con el que apagar esa pequeña vida entre mis dedos, no tendría que haberme fijado antes en los ojos de su padre. Estoy vencido”.

Los hombres y las mujeres de Bethaur, con Sara, llegan y entran. Pero Barioná se queda fuera, escondido, atisbando la alegría de los de dentro, que cantan los villancicos para los que escribió el auto de Navidad, y meditando:

“Sara está ahí, con todos. Está pálida... Mientras esta larga marcha no la haya agotado. Sus pies sangran. ¡Ah! ¡Que felicidad respira! No queda detrás de esos ojos luminosos ni el más pequeño recuerdo de mí. [...] ¿Qué hacen? No se oye ni un ruido, pero este silencio no es como el de las montañas, como el silencio helado y vacío que reina entre las moles de granito. Es un silencio más rotundo que el de un bosque. Un silencio que se eleva hacia el cielo y que acaricia las estrellas como un inmenso árbol con la copa mecida por el viento. ¿Estarán arrodillados? ¡Ah, si pudiera estar entre ellos sin que me vieran! Porque, verdaderamente, el espectáculo no debe ser nada corriente; todos esos hombres, duros y austeros, resistentes al dolor y a la ambición, arrodillados delante de un niño que gime. El hijo de Shalam, que le dejó a los quince años por haber recibido demasiados mamporros, se hartaría de reír al ver a su padre adorar a un niño de teta. ¿Será esto el reino de los hijos sobre los padres? (Un silencio) Ahí están, ingenuos y felices, en el establo tibio después de su gran caminata en el frío. Han juntado sus manos y piensan: Algo acaba de comenzar. Y se equivocan, por supuesto. Han caído en una trampa y lo pagarán caro más tarde; pero, incluso así, siempre tendrán este minuto; tienen suerte de poder creer en un nuevo comienzo. ¿Que hay más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo y la ambigua juventud y el comienzo de un amor, cuando todo es todavía posible, cuando el sol, antes del amanecer, flota en el aire y en las caras como un fino polvo y cuando se presienten en la frescura agria de la mañana las grandes promesas de un nuevo día? [...]. En este establo empieza una nueva mañana... En este establo habita la mañana. Y aquí, fuera, es de noche. Noche en los caminos, noche en mi corazón. Una noche sin estrellas, profunda y tumultuosa como el alta mar. ¡Ay!, la noche me zarandea con sus olas como a un tonel y el establo, detrás de mí, luminoso y cerrado, navega como el Arca de Noé a través de la noche encerrando en él la mañana del mundo. Su primera mañana. Porque el mundo nunca había tenido una mañana. Había huido de las manos de su indignado creador y caía en un horno ardiente, en la oscuridad. Y las inmensas lenguas ardientes de esa noche sin esperanza pasaban sobre él, cubriéndole de ampollas y regalándole escorpiones y tarántulas. Y yo, yo, habito en la inmensa noche terrestre, en la noche tropical del odio y la desgracia. Pero –¡oh poder engañoso de la fe!- para mis hombres, millones de años después de la creación, se levanta, en este establo, a la tenue claridad de un pábilo, la primera mañana del mundo. (La muchedumbre canta un villancico). Cantan como peregrinos que se han puesto en camino en la fresca noche con la calabaza, las sandalias, el bordón y ven aparecer a lo lejos la primera palidez grisácea del día. Cantan, y ese niño está ahí, entre ellos, como el pálido sol del Oriente; el sol de la primera hora, al que todavía se puede mirar de frente. Un niño desnudo del color del sol naciente. ¡Ah, qué bella mentira! Daría mi mano derecha por poder creer en ella, aunque sólo fuese un instante. ¿Es acaso mi culpa, Señor, si me habéis creado como una bestia nocturna y si habéis grabado en mi piel este terrible secreto?: Jamás habrá una mañana. ¿Es acaso mi culpa si sé, yo, que vuestro Mesías no es sino un pobre paria que reventará en la cruz, si sé que Jerusalén será siempre esclava? (Segundo villancico) ¡Ay!, ellos cantan y yo me encuentro solo en el umbral de su alegría, como un búho que hace guiños deslumbrado por la luz. Me han abandonado y mi mujer está entre los que se regocijan. Han olvidado hasta mi existencia. Estoy en el extremo del camino de un mundo que termina y ellos están en el extremo en que comienza. Me siento más solo al borde de su alegría y de su oración que en mi pueblo desierto. Y lamento haber bajado en medio de los hombres, porque ya no encuentro en mí suficiente odio. ¡Ay!, ¿por qué el orgullo del hombre es como la cera, y bastan los primeros rayos de la aurora para reblandecerlo? Querría decirles: camináis hacia la infame Resignación, hacia la muerte de vuestro valor, seréis parecidos a las mujeres y a los esclavos, y cuando os abofeteen en una mejilla, pondréis la otra. Pero me callo y me quedo quieto. No tengo tripas para quitarles esa confianza bendita en la virtud de la mañana”. (Tercer villancico).

En eso, Barioná es sorprendido por Baltasar y de nuevo, tiene lugar un intercambio de ideas sobre la esperanza, el sufrimiento, el sentido de la vida y de la libertad. Quiero recordar que es Sartre el que habla por boca de Baltasar.

- Baltasar: “¿Estás aquí, Barioná? Sabía que te encontraría”.
- Barioná: “No he venido para adorar al Cristo”.
- Baltasar: “No, has venido para castigarte a ti mismo y quedarte solo al margen de nuestra feliz multitud. Lo mismo harán un día los hombres que esta noche han acudido a su cuna de paja; le traicionarán como te han traicionado a ti. Hoy le cubren con sus regalos y su ternura, pero no hay ni uno solo entre ellos, ni uno, me oyes, que no le abandonase si conociese el porvenir. Porque les decepcionará, Barioná, les decepcionará a todos. Esperan de él que expulse a los romanos, y los romanos no serán expulsados, que haga crecer flores y árboles frutales sobre las rocas, y la roca permanecerá estéril, que ponga fin al sufrimiento humano, y dentro de dos mil años la humanidad sufrirá como lo hace ahora”.
- Barioná: “Eso es lo que les he dicho”.
- Baltasar: “Lo sé. Y por eso te hablo a ti ahora, porque tú estás más cerca del Cristo que todos ellos y tus oídos pueden abrirse para recibir la verdadera buena noticia”.
- Barioná: “¿Y cuál es esa buena noticia?”
- Baltasar: “Escucha: El Cristo sufrirá en la carne porque es hombre. Pero es también Dios y toda su divinidad está más allá del sufrimiento. Y nosotros, los hombres, hechos a la imagen de Dios, estamos también más allá de nuestros sufrimientos en la medida en que nos parecemos a Dios. ¿Ves?, hasta esta noche el hombre tenía los ojos cegados por el sufrimiento como Tobías por el excremento de los pájaros. No veía más allá de él y se tenía por un animal herido y loco de dolor que galopa a través de los bosques para huir de su herida y que lleva su dolor con él a todas partes. Y tú, Barioná, tú eres el hombre de la antigua ley. Has considerado tu dolor con amargura diciéndote: estoy herido de muerte. Y querías tumbarte sobre tu costado y consumir el resto de tu vida en la meditación de la injusticia que se te había hecho. Pero hoy, el Cristo ha venido para redimirnos; ha venido para sufrir y para enseñarnos como hay que tratar al sufrimiento. Porque no hay que rumiarlo, ni poner el honor en sufrir más que los demás, ni tampoco resignarse a él. El sufrimiento es una cosa completamente natural y corriente y conviene aceptarla como algo que nos fuese debido. Es malsano hablar demasiado de él, aunque sea con uno mismo. Ponte en regla con él lo antes posible; instálalo cálidamente en el hueco de tu corazón, como un perro tumbado junto al hogar. No pienses nada sobre él, sino que está ahí, como esta piedra está en el camino, como la noche está ahí, alrededor de nosotros. Entonces descubrirás esta verdad que el Cristo ha venido a enseñarte y que tú ya sabías: tú no eres tu sufrimiento. Hagas lo que hagas y lo afrontes como lo afrontes, le sobrepasas infinitamente, porque no puede ser más que lo que tú quieras que sea. Tanto si le arropas con tu cuerpo, como una madre que se acuesta sobre el cuerpo helado de su niño para calentarlo, como si, al contrario, le das la espalda con indiferencia, eres tú quien le da su sentido y le haces ser lo que es. Porque, en sí mismo, no es nada sino materia humana. Y el Cristo ha venido a enseñarte que eres responsable ante ti mismo de tu sufrimiento. Es de la naturaleza de las piedras y de las raíces, de todo aquello que tiene gravidez y que tiende naturalmente hacia abajo. Es él el que te enraíza en la tierra, es por él por el que te aplastas pesadamente sobre el camino y presionas el suelo con la planta d tus pies. Pero tú, que estás más allá de tu propio sufrimiento y que le das forma a tu voluntad, tú eres ligero, Barioná. ¡Ah!, si supieras cuan ligero es el hombre. Y si aceptases tu ración de sufrimiento como el pan de cada día, entonces estarías más allá. Y todo lo que está más allá de tu dote de sufrimiento y más allá de tus preocupaciones, todo eso, te pertenece. Todo. Todo lo que es ligero, es decir, el mundo entero. El mundo y tú mismo, Barioná, porque todo tú eres un don gratuito a perpetuidad. Sufres, y no tengo ninguna compasión de tu sufrimiento: ¿por qué debieras no sufrir? Pero tienes alrededor tuyo esta bella noche de tinta y tienes esos cantos en el establo y tienes este frío seco y duro, hermoso, implacable como la virtud. Y todo esto te pertenece. Esta bella noche henchida de tinieblas y de fuegos que la atraviesan como los peces hienden el mar, te está esperando. Te espera al borde del camino, tímida y tiernamente, porque el Cristo ha venido para regalártela. Lánzate hacia el cielo y serás libre –¡oh! criatura superflua entre todas las criaturas superfluas– libre y palpitante, asombrada de existir en pleno corazón de Dios, en el reino de Dios, que está en el Cielo y también en la tierra”.
- Barioná: “¿Es eso lo que el Cristo ha venido a enseñarnos?”
- Baltasar: “Tengo también un mensaje para ti”.
- Barioná: “¿Para mí?”
- Baltasar: “Para ti. Ha venido a decirte: deja nacer a tu hijo. Sufrirá, es verdad. Pero eso no te incumbe. No te compadezcas de sus sufrimientos, no tienes derecho. Sólo él tendrá que tratar con ellos y hará de ellos exactamente lo que quiera, porque es libre. Lo mismo si es cojo, si tiene que ir a la guerra y pierde sus piernas o sus brazos, incluso si la mujer que ama le traiciona siete veces, es libre, libre de regocijarse eternamente de su existencia. Me decías hace un momento que Dios nada puede contra la libertad del hombre, y es verdad. ¿Entonces? Una nueva libertad va a lanzarse hacia el Cielo como un pilar etéreo ¿y tú tendrás la osadía de impedirlo? El Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, el Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para escapar en él y por él, eternamente, de todos los dolores. Viene a decir a los ciegos, a los parados, a los mutilados, a los prisioneros de guerra: no debéis absteneros de hacer niños. Porque incluso par los ciegos, para los parados, para los prisioneros de guerra y para los mutilados, existe la alegría”.
- Barioná: “¿Es todo lo que tenías que decirme?”
- Baltasar: “Sí”.
- Barioná: “Entonces, está bien. Entra en ese establo y déjame solo, porque quiero meditar y hablar conmigo mismo”.

Estas conversaciones con Baltasar, su dolor y sus propias meditaciones hacen que Barioná dude si entrar o no en el establo y así acaba la escena. Sartre no nos dice si lo ha hecho o no, pero a la vista de la siguiente escena parece que sí, y que ver al niño le ha convertido en una persona distinta. La siguiente escena nos muestra a un Barioná dispuesto a morir por ese niño al que quería matar hace un momento. A muchos les parece un cambio demasiado drástico, pero a mí no me lo parece. Porque una conversión que aparentemente se produce súbitamente en un momento, es el momento de la explosión de algo que lleva mucho tiempo bullendo a fuego lento hasta que estalla. Tenemos como ejemplo las conversiones repentinas de Paul Claudel y de André Frossard. Si a eso le sumamos el encuentro con el Cristo Niño, parece que Sartre sabía lo que hacía.

Pero oigamos al nuevo Barioná reaccionando ante la amenaza de los que vienen a matar al niño.
- Barioná: “Entonces, ¿soy de nuevo vuestro jefe?”
- Todos sus hombres: “Sí, sí”.
- Barioná: “¿Ejecutaréis mis órdenes ciegamente?”
- Todos sus hombres: “Te lo juramos”.
- Barioná: “Entonces, escuchad mis órdenes: tú, Simón, ve a prevenir a José y a María. Diles que ensillen el asno de Lelius y que sigan el camino hasta el cruce. Tú les guiarás. Tú les llevarás por el atajo de las montañas hasta Hebrón. Que luego vuelvan a descender hacia el norte: el camino está libre”.
Uno de sus hombres: “Pero Barioná, los romanos estarán antes que ellos en el cruce”.
- Barioná: “No, porque nosotros, escucháis, nosotros, vamos a salir a su encuentro y les haremos retroceder. Les ocuparemos durante el tiempo suficiente para que José pueda pasar”.
Uno de sus hombre: “¿Qué dices?”
- Barioná: “¿No queríais a vuestro Cristo? Y bien, ¿quién podrá salvarle si no sois vosotros?”
Otro de sus hombres: “Pero nos van a matar a todos. No tenemos más que cayados y navajas”.
- Barioná: “Atad vuestras navajas a vuestros cayados y usadlos como lanzas”.
- Hombre 3: “Nos masacrarán”.
- Barioná: “¡Por supuesto que sí! Estoy seguro de que nos masacrarán a todos. Pero escuchad. Ahora creo en vuestro Cristo. Es verdad; Dios ha venido a la tierra. Y en este momento reclama de vosotros este sacrificio. ¿Se lo negaréis? ¿Impediréis a vuestros hijos recibir su enseñanza?”
Hombre 1: “Barioná, tú, el escéptico, tu que te negaste a seguir a los Reyes Magos, ¿crees realmente que este Niño...?”
- Barioná: “En verdad, en verdad os digo: este niño es el Cristo”.
- Barioná: “Mis compañeros, soldados de Cristo, tenéis aspecto feroz y resuelto y sé que combatiréis bien. Pero quiero de vosotros algo más que esta resolución sombría. Quiero que muráis en la alegría. El Cristo ha nacido, ¡oh!, mis hombres, y vosotros vais a culminar vuestro destino. Vais a morir como guerreros, como soñabais en vuestra juventud, y vais a morir por Dios. Sería indecente hacerlo con esas caras crispadas. Vamos, bebed un pequeño trago de vino, os lo permito, y marchemos contra los mercenarios de Herodes, marchemos, ebrios de cantos, de vino y de Esperanza”.
- Todos: “¡Barioná! ¡Barioná! ¡Navidad! ¡Navidad!”

La obra acaba cuando, justo antes de partir hacia la muerte por Cristo, Barioná se enfrenta al público, unos cinco mil prisioneros del campo y les dice:

- Barioná: “(Al público) Y vosotros, prisioneros, aquí termina nuestro auto de Navidad que ha sido escrito para vosotros. No sois felices y puede que haya más de uno entre vosotros que haya sentido este sabor de hiel, este sabor acre y salado del que hablo. Pero creo que también para vosotros, en este día de Navidad —–y en todos los demás días— ¡existirá, todavía, la alegría!”.

Tal es la obra que se encuentra en un momento de la vida de Sartre, después de “El ser y la nada”, entre los sueños de su infancia y su “La esperanza ahora” de unos días antes de su muerte. Cuando Sartre salió del campo, su deseo de inmortalidad por las letras sentido en su niñez, hizo que desterrase Barioná al olvido, prohibiendo su publicación. Sólo en 1962, veintidos años más tarde, permitió una publicación de 500 ejemplares porque los supervivientes del campo se lo suplicaron. Hizo, no obstante, que en la primera página apareciese esta frase:

“Si he tomado el tema de la mitología del cristianismo, eso no significa que la dirección de mi pensamiento haya cambiado ni siquiera por un momento durante el cautiverio. Se trataba simplemente, de acuerdo con los sacerdotes prisioneros, de encontrar un tema que pueda hacer realidad, la noche de Navidad, la unión más amplia posible entre los cristianos y los no creyentes”.

¿Es creíble esta afirmación? No lo sé. Sólo el propio Sartre podría saberlo. Pero tal vez fuese el primer hervor del caldo de cultivo en que se fraguó “La esperanza ahora” y el que, me gustaría pensar, pudo hacer que la olla a presión explotase entre la publicación de esta última entrevista y su muerte. Si el tiempo no existe para Dios, yo le pido hoy, veintinueve años después de su muerte, que así sea.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Impresionante. La mas bonita descripción del portal de belen que nunca vi... y no me canso de leerla!!

El resto, en especial las conversaciones con Baltasar son increibles.

Con seguridad la Misericordia de "la mitologia cristiana" le acogió, y pudo ver con sus ojos esa imagen del portal que tan preciosamente describe.

GRACIAS TOMAS!!
Siempre eres luz para el camino. PLL

Anónimo dijo...

Querido PLL, muchas gracias por tu comentario. Estoy seguro de que ese "mito", si como creo, se arrepintió, le ha acogido en su seno.

Si quieres que te mande el texto completo de Barioná y algunas cosa más relacionada con cómo se llegó a escribir la obra y una película que quiero promover sobre ello, mándame un comentario con tu mail, comentario que no publicaré, y te lo hago llegar.

Un abrazo.

Tomás