4 de julio de 2009

La fe salva la razón

Tomás Alfaro Drake

Es, tristemente, muy frecuente encontrar cristianos que están convencidos de que su fe es algo irracional. Y, así, dan la razón a los ateos que, opinan exactamente eso. También hay agnósticos que afirman, casi como una queja: “A mí me gustaría creer, pero no puedo”. En ese no puedo, hay implícito un... porque iría contra la razón. A veces incluso llegan a decir que la fe es una gracia y que Dios no se la ha dado a ellos. Todo esto crea una enorme confusión.

La Iglesia ha tenido buen cuidado, desde hace siglos, de llamar “fideísmo” al error de creer que la fe va contra la razón y que, por tanto, para tener aquélla, hay que violentar ésta.

La fe es, desde luego, un don sobrenatural, una gracia de Dios, pero es una gracia que Dios da, de antemano, a todo el que se bautiza. (Y recuerdo aquí algo que es a veces clamorosamente olvidado: además del bautismo de agua, existe el bautismo de deseo y de sangre. Para más información al respecto, basta con referirse al Catecismo de la Iglesia católica. Nº 1260). Lo que ocurre es que ese don, esa gracia, necesita, para vivir, de un acto libre de la voluntad. Y este acto libre de la voluntad necesita de la razón. Es decir, tiene que ser un sí racional, razonable. Por eso hay un dicho que afirma que la fe es un don razonable.

Lo que pasa es que en este mundo, supuestamente ilustrado, en el que vivimos, la inmensa mayoría de la gente confunde lo racional con el racionalismo. De una manera concisa, el racionalismo es una manera de ver la realidad que afirma que sólo se puede creer en lo que se pueda demostrar con una cadena de silogismos que acabe en un categórico e inapelable “quod erat demostrandum”. Esto, desde luego, es una simpleza, porque ni el racionalista más acérrimo sería capaz de demostrar la mayoría de las cosas que sustentan su vida. ¿Podría demostrarse al modo racionalista el amor de los hijos a los padres o de un matrimonio enamorado tras cuarenta años, o la confianza en un viejo amigo? Desde luego que no. Y, a menos que además de racionalista se sea un misántropo, todo el mundo basa en esas cosas indemostrables su vida que, sin algunas de esas certidumbres, sería intolerable.

Porque el racionalismo, como muchos otros errores del pensamiento, se equivoca al tomar la parte por el todo, la razón por el hombre completo. El hombre es racional, pero no es sólo razón y lo racional es buscar respuestas que satisfagan a todo el hombre y no sólo a su razón.

Pero volvamos al don razonable de la fe. Es evidente que mediante el uso de silogismos no podemos llegar a demostrar que existe un Dios Único y tres veces personal, que una de esas Personas se ha encarnado en Jesucristo, que lo ha hecho en María, concebida sin pecado original, etc. Todas estas son cosas que nos vienen por la Revelación. Pero sí podemos, desde ellas, encontrar su lógica, la de todas ellas. Y el resultado es algo que no sólo salva la razón, sino que salva todas las más hondas apetencias de amor que hay en el hombre, incluso en el hombre racionalista.

Empecemos por la existencia de un Dios personal. Ya he expuesto en una larga serie de entradas en este blog por qué es enormemente más razonable creer en un Dios personal y bueno antes que en el ciego azar como causa del mundo en el que vivimos. No repetiré aquí nada de aquello. Y una vez establecido esto como premisa mayor, la Revelación nos dice algo silogísticamente indemostrable: Que ese Dios es una relación de amor entre dos personas y que esa relación es, a su vez, persona, la tercera persona en concordia. Este dato revelado, le hace a la inteligencia gritar ¡eureka! al encontrar en el Amor de las Personas divinas una razón para la creación –razón buscada silogísticamente, y no encontrada, por Aristóteles. Y es la razón la que nos lleva de la mano a la necesidad de la libertad del ser amado para poder devolver amor al Amor. Porque es razonable pensar que sólo se puede amar desde la libertad.

Nada más razonable que pensar que esa necesaria libertad implicaba un riesgo de mal uso y que un Dios de amor tiene que tener un plan B de contingencia para ese caso. ¿Quién de nosotros no lo tiene cuando se embarca en una actividad de riesgo? Pero además –como establece magníficamente el Papa Benedicto XVI en una lección de sus audiencias que publiqué como anexo a una entrada mía anterior, de 15 de Mayo de este año, tituada "La bondad de Dios y el mal de la ciega naturaleza"–, el pecado original es la única explicación del mal que no nos condena a su irremediabilidad. Responde, por tanto, a la lógica y al ansia de bien del ser humano. Cabeza y corazón.

Que ese Dios revele su plan B al hombre, de una forma didáctica, histórica, paulatina y adaptada a su situación en cada momento histórico, es algo totalmente lógico. ¿Sería más lógico, sentadas las premisas mayores anteriores, que nos dejase en las tinieblas? Me parece que no. Y es, por tanto razonable reconocer la autoridad de las Escrituras como dato de partida. Desde luego, que ese plan B sea, nada menos que la entrada en la historia, como hombre, de una de las Personas de ese Dios que creó al hombre por amor, es, ciertamente, alucinante, porque nos enseña la profundidad de ese amor. Es, desde luego mucho más de lo que le podríamos exigir o, incluso de lo que nos podríamos atrever a soñar o, siquiera, imaginar. Pero, ¿no es esa la lógica de un amor infinito?

Llegados a este punto, que decidiese hacerlo a través de una mujer y que preservase a esa mujer de ese pecado que introdujo el mal en el mundo, parece una decisión muy sensata y razonable. El Bien no podía entrar en el mundo más que sin lo que causó el mal. Y nuevamente esta es una lógica que abarca a todo lo que es el hombre no sólo a su razón, al todo, no sólo a la parte.

Seguramente podría seguir avanzando en la razonabilidad de todos y cada uno de los dogmas cristianos, pero no se trata de aburrir con esa larga lista. Sin embargo esto nos enseña una forma de usar la razón diferente del método racionalista. Nuestra inteligencia es tan sólo cemento. El cemento es un material indispensable para la construcción de una casa, pero no se puede construir una con sólo cemento. Los materiales que le dan su sostenibilidad son otros; vigas, ladrillos, piedras, etc. que no son reductibles a cemento. Lo mismo pasa con la fe. No puede construirse con sólo la razón, necesita otros elementos que sin ser reductibles a la razón, son sin embargo razonables. La Revelación es uno de ellos. El testimonio de millones de santos es otro. Un dato de experiencia que requiere una explicación.

Es cierto que para que se produzca el acto de fe, libre y razonable, que permita actuar al don sobrenatural, previamente concedido, hace falta la rendición del racionalismo, del “yo quiero creer pero no puedo porque necesito una demostración como la del teorema de Pitágoras”. Hace falta, en definitiva, humildad. Santa Teresa decía que la humildad es vivir en la verdad. La verdad en la que hay que vivir humildemente es, en este caso, el hecho, por otra parte evidente, de que nuestra razón no puede abarcar la realidad en su totalidad, en la infinitud de sus dimensiones. Debe conformarse con poderosos indicios que apuntalan la verosimilitud de la fe. Pero el resultado de esta humilde rendición parcial de la inteligencia es una vida habitable para el hombre como un todo.

Sin embargo, me gustaría ir un paso más allá. El no aceptar la fe sí es un acto irracional. Porque la primera pregunta de la inteligencia, tiene que ser sobre ella misma y sobre la sed de Verdad, Bondad y Belleza que la acompañan. ¿Por qué existo?, se tiene que preguntar la inteligencia. ¿Por qué no puedo dejar de buscar la verdad? ¿De dónde ha salido la sed de Verdad, Bondad y de Belleza que siempre me acompañan? ¿Dónde se podrá saciar esa triple sed? Dejar de buscar sería irracional, pero la inteligencia jamás llegará a la fuente que sacie esta triple sed si no es en la casa de la fe. Y renunciar a saciar esa sed es también irracional, además de descorazonador. Los griegos descubrieron la idea de Logos, aquello que daba consistencia y explicación a todo el cosmos. “Pues una sola cosa es la sabiduría, conocer la inteligencia que gobierna todas las cosas a través de todas las cosas”, nos dijo Heráclito, primer portavoz del Logos. Pero he aquí que el Logos está más allá de los límites del racionalismo. Por lo tanto, decir que sólo existe lo que está dentro del alcance de la razón, es negar la existencia del Logos y, con ella, la de la lógica de las cosas y, por tanto, al cabo del círculo, negar la razón. Antonio Machado, con intuición de poeta, nos lo dejó escrito:

El hombre es por naturaleza la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de la nada un mundo y, su obra terminada,
“ya estoy en el secreto –se dijo– todo es nada”
[1].

¡Magnífico!

Por su parte, con precisión de matemático, Kurt Gödel dio razón de esta incongruencia de los sistemas lógicos. Todos ellos se basan en unos axiomas indemostrables desde dentro del sistema. Toda la geometría euclídea, por ejemplo, está basada en el llamado postulado de Euclides, tan evidente como indemostrable. “Desde un punto exterior a una recta puede trazarse una y sólo una perpendicular a la misma”. Desde que Gödel, en 1931, demostró con precisión y rotundidad matemática el teorema de la incompletitud, quedó claro que todos los sistemas lógicos son incompletos, es decir que no pueden abarcar toda la realidad. Punto. Fin del racionalismo. Es decir al abjurar del racionalismo abandonamos un barco hundido y abrazar la fe libremente es aceptar un don razonable y subirnos a un barco que navega con viento favorable.

Así pues, nada de fideísmo. Nada de ver la fe como algo irracional que hay que aceptar ciegamente. Al contrario, el racionalismo, al limitar el espacio de la realidad, deja fuera el Logos, que es la realidad fundante, cae, de esta manera, en la sinrazón y acaba, como la historia demuestra, en la tiranía del nihilismo y del relativismo. Por tanto la fe, no sólo es razonable, sino que salva a la razón de su sinrazón. El sueño de la razón –el racionalismo– produce monstruos. Monstruos de los que sólo la fe nos salva.
[1] Antonio Machado; Proverbios y cantares XVI.

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