27 de septiembre de 2009

El Cristo de la paciencia y la humildad

Tomás Alfaro Drake

Interumpo esta semana la serie que estaba publicando sobre "Vida y muerte de las civilizaciones en la historia según Arnold J. Toynbee", porque no quiero dejar pasar más tiempo sin transmitir una vivencia espiritual de este verano. La semana que viene volveré a retomar la serie.

***

Hasta hace poco, creía que ya lo había visto todo en lo que a la imaginería de la Pasión de Cristo se refería. Me parecía que entre el Vía Crucis y los misterios dolorosos del Rosario, plasmados en miles de obras de arte, ya estaban representadas todas las escenas posibles de la pasión y muerte de Jesús. Tanto las que aparecen en el evangelio como las transmitidas por tradición oral: las caídas de Jesús, la Verónica enjugando su rostro, el encuentro con su madre en la Vía Dolorosa o la propia Piedad. Han tenido que darse un cúmulo de circunstancias para que encontrase una escena inédita para mí. Y en esta nueva imagen de la pasión de Nuestro Señor que he conocido, he encontrado una extraordinaria fuente de piedad y de oración.

Este 22 de Agosto, mi hijo Pedro se ha casado en Buenos Aires y, con este motivo, allí nos hemos ido toda la familia. La boda fue en la tradicional iglesia del Pilar, junto a la Recoleta. El día antes de la boda me acerqué a ver la iglesia, no tanto para conocer el teatro de operaciones del día siguiente, cuanto porque me habían hablado de la devoción que se respira en esa iglesia y quería ir a experimentarla antes de la ceremonia más festiva del día siguiente.

Al acercarme, la puerta abierta de par en par dejaba ver en perspectiva el magnífico retablo del altar. Entré y recorrí la nave, absorto en él. Recé un poco ante el sagrario. Otras personas rezaban a mi lado con gran recogimiento. Cuando salía, descubrí, a mi derecha, la puerta que lleva a la capilla donde está el Santísimo en adoración perpetua. Una pequeña capilla con una antecámara, con tres o cuatro pequeños bancos. Después, una cámara aun más pequeña y en penumbra justo ante la Eucaristía. En la cámara pequeña, seis sillas con sendos reclinatorios. En una urna, una custodia muy sencilla, en una semioscuridad que vela todavía más el misterio de la presencia de Cristo vivo y resucitado en la Eucaristía. Todo invita al recogimiento. La capilla está perennemente llena, con gente haciendo espera para entrar. Casi siempre hay en ella chicas en postración de adoración, sentadas sobre sus talones y con la frente apoyada en las rodillas o jóvenes sentados en el suelo, como si estuviesen en la pradera de un campus universitario, pero con una actitud de meditación o escribiendo sus reflexiones en un bloc. Se puede cortar el silencio y se perciben en él todo tipo de oraciones silenciosas de adoración, alabanza, contemplación, acción de gracias, expiación por los pecados del mundo, petición de perdón y peticiones personales. Yo diría que todas ellas vibraban en una música tan armoniosa como callada.”Música callada, soledad sonora”, en palabras del místico y poeta san Juan de la Cruz. O como una fuga a seis voces de Bach, escrita para “laudatio Deo et recreatio cordis” –alabanza a Dios y recreo del corazón. Allí estuve un buen rato, intentando armonizar mi oración con las que sentía a través de mi piel.

Al salir, un poco levitante, lleno de una alegría increíble, volví a adentrarme por la nave principal de la iglesia, para volver a contemplar el retablo. Ya me iba, cuando lo vi.

En una capilla lateral, la segunda de la derecha entrando por la entrada principal, casi enfrente de la entrada a la capilla del sagrario, había una imagen de Cristo, sentado en una roca, la sangre corriéndole desde la corona de espinas, las rodillas descarnadas y también sangrantes de las caídas, con un ronzal al cuello. No tenía, sin embargo, las llagas de manos y pies ni la del costado. Apoyaba su mejilla derecha sobre el puño del mismo lado, mientras el codo de ese brazo se apoyaba en el muslo. La mano izquierda estaba posada, como desmayada, sin fuerza, con la palma abierta hacia arriba, sobre el otro muslo, perpendicular al mismo. El torso, inclinado, hacía que la mirada de Cristo apuntase al suelo, medio metro delante de los pies y un poco a su izquierda, mientras el cabo del ronzal pendía entre las rodillas desde el lazo que formaba alrededor del cuello. Indudablemente, su utilidad era tirar del condenado si este ralentizaba la marcha. Al principio no entendí qué momento de la pasión podía representar. Y, de repente, caí en la cuenta: Así estaba el buen Jesús, ya en el calvario, manso, humilde y paciente, esperando que se llevasen a cabo los últimos preparativos de la cruz en la que iba a ser clavado y colgado en unos momentos.

-¡Tú, estate ahí quieto mientras preparamos tu cruz! –podría haberle dicho unos minutos antes un soldado de gesto imperioso y voz áspera.

La imagen estaba en un altar, los pies como a un metro y medio de altura, lo que permitía a quien quisiera, poner su cabeza y sus ojos exactamente en el punto en el que caía la mirada del Salvador. Yo lo hice. Unos ojos de miel, tristes, parecidos a un manantial de ternura, llenos de preguntas dirigidas a mí, decididos a cumplir su pasión hasta el final, me miraron, clavándose en los míos. ¿Servirá de algo lo que estoy haciendo por ti? parecían preguntarme. Me acordé de la petición del Sagrado Corazón a santa Margarita de Lacoque: “Al menos tú, ámame”. Y mi oración fluyó. “Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que soy un pecador. Que te he negado y que te negaré. Que te he traicionado y te traicionaré, que he pasado al lado de tu pasión sin conmoverme y que volveré a pasar. Pero también sabes que te quiero con las pequeñas fuerzas que tengo para amar. Pero al menos hoy, al menos en este momento en el que estás sólo esperando la muerte sin que nadie se ocupe de ti, concédeme la gracia de amarte con una infinitésima parte del amor con el que Tú me amas. No creo que este mísero amor mío valga para expiar ningún pecado de nadie. Pero a lo mejor sí vale para compensar, aunque sea en su millonésima parte, el desamor y la indiferencia de tantos y tantos por los que estás aquí, solo, esperando paciente y humildemente a ser crucificado. Que este miserable amor mío pueda ser como los panecillos de ese joven que, por tu gracia, dieron de comer a miles de seres humanos”.

Estoy seguro de que lo que voy a decir ahora es fruto de mi imaginación. Pero creo que el Señor de la paciencia y la humildad –ese es el nombre de la imagen– me sonrió con agradecimiento y ternura.

10 comentarios:

Susana dijo...

Soy de Formosa y quiero que sepan que siempre tuve la estampita,pero en un viaje a corrientes,encontré la imagen,en madera,tallada por los indios y expuesta en el ala izquierda de la Basilica de Itatí.Creo que hoy se encuentra mas resguardada en el museo del mismo lugar

Susana dijo...

Nuevamente me comunico para contarles que en la Catedral Basílica de Santiago del Estero,está la imágen de este Cristo en un altar siguiendo por el ala derecha.Es una réplica muy delicada,realizada en porcelana.Su tamaño es pequeño,está dentro de una cripta de cristal y fue donada hace unos años por la Flia,Alvarez.Es preciosa.Muy delicada.

Anónimo dijo...

Hola Susana, soy Tomás:

Gracias por la información. Bienvenida al blog.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Hola Tomás, me gustó mucho la oración.
Un día fui a la iglesia de San Expedito cerca de once y descubrí al Cristo de la Paciencia, me llamó tanto la atención el nombre que me puse a contemplarlo, a agradecerle, a disculparme y sobre todo a rogarle que me de su paz, su humildad y su paciencia. Tengo 27 años y me cuesta mucho recibirme, por eso le pido fuerzas para poder terminar y hacer algo por los demás.

Muy lindo tu blog.

Sole

Anónimo dijo...

Hola Sole, soy Tomás: Me alegra que te haya gustado la oración y el blog. Ánimo para conseguir recibirte, pero piensa que hay muchas maneras de hacer algo por los demás aunque uno no se reciba.

Un abrazo y, adelante hacia Dios, recibida o no recibida.

Tomás

Anónimo dijo...

Hola, mi nombre es Pamela. Mi mamá y yo conocimos al Cristo de la paciencia en la iglesia de San Expedito, en Balbanera. Desde entonces quiero saber todo sobre él y quiero agradecerle por haberme dado la paciencia suficiente para esperar lo que tanto esperé y por fín llegó. Si conocen algún sitio web o libro sobre él, por favor diganmelo. Gracias...

Anónimo dijo...

Hola Pamela, soy Tomás:

No hay nada más que pueda decirte sobre este Cristo de la paciencia y la humildad, más allá de lo publicado en el blog. Pero quiero darte la enhorabuema por eso que tanto esperaste haya llegado de la mano del Cristo de la paciencia.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Me gustaría conocer si el Cristo de la Paciencia tiene una oración.
Me gustaría conocerla.
Soy devoto del Cristo de las Maravillas. En mi país lo tenemos en varias iglesias.
No conocía nada sobre el Cristo de la Paciencia.

Anónimo dijo...

ORACION
Vi tu sangre correr por tu frente. Vi tu carne rota por el látigo. Te insultaron y te ofendieron¡y no exclamaste ningún lamento !
Tus pasos se volvieron lentos y tu mirada cansada, llevas a cuestas la cruz de nuestros pecados, ¡y no culpas a nadie¡, más bien pides perdon por todos nosotros.
Tu voz se ha debilitado y tus palabras ya no se escuchan, y aún así, consuelas a las mujeres¡

Te han crucificado entre ladrones y uno de ellos pide tu perdón¡y tu señor, le das esperanza de vida. Le ofreces tu reino por creer en Ti!.

¡Enseñame Jesus a tener Paciencia, enseñane a conocer tu misericordia!

¡Oh amadisimo Jesús!
Quiero ser el Sireneo que te ayudo a cargar la cruz, quiero mojar tus labios, dejame curar tus heridas.

LLéname Jesús de tu paz, cubre mi alma con tu presencia, y fortaleceme con tu espiritu.
Amén.

Anónimo dijo...

Queridos últimos dos anónimos. Iba a decir al primero que no conocía ninguna oración al Cristo de la Paciencia y la Humildad, más allá de la que pongo en el post, cuando he recibido del segundo una maravillosa oración.

Gracias a ambos.

Tomás