20 de septiembre de 2009

Vida y muerte de las civilizaciones según Arnold J. Toynbee (III)

Tomás Alfaro Drake

Esta es la tercera entrega de una serie de entradas bajo el título “Vida y muerte de las civilizaciones en la historia”. Recomiendo a quien empiece a leer esta serie desde aquí, que procure empezar por la entrega I, publicada el 6 de Septiembre.

Antes de entrar en el contenido de esta entrada, quiero poner en guardia a los que lo leais hacia una noticia err'onea aparecida hoy, 20 de Septiembre, en El Mundo citando mal a Toynbee. Dice 'Angel Vivas, en la secci'on cultural de ese diario, como subtitular: El historiador (se refiere a Adrian Goldsworthy, autor de un libro sobre la caida del emperio romano del que Vivas hace una resena) no considera decisiva (para la ca'ida del imperio romano), como Toynbee, la irrupci'on del cristianismo. Sin duda, Vivas se deber'ia referir a Gibbon y a su obra cl'asica "Ascenso y ca'ida del imperio romano", en la que s'i achaca al cristianismo la responsabilidad de la ca'ida del imperio romano. De hecho, Toynbee, en su obra, desmiente expl'icita y categ'oricamente esta visi'on de Gibbon. En sucesivas entregas veremos el papel que Toynbee da al cristianismo en su relaci'on con el imperio romano. Vaya esta aclaraci'on por delante por los que puedan haber leido la noticia aludida de El Mundo.

4. El desarrollo de las civilizaciones.

En los seres vivos, el desarrollo del organismo es algo automático, ordenado por un código genético. No es así en el caso de las civilizaciones. Ninguna civilización tiene garantizado su desarrollo ni éste, si llega a producirse, está condicionado por ningún código. Toynbee analiza cómo cualquier incitación a la que la civilización responda con éxito, lleva en sí el germen de una nueva incitación producida por esa fuerza sobreabundante que es la que, precisamente, hace que la respuesta tenga éxito. En palabras de Walt Whitman: “Está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”. La capacidad de responder con éxito a esta nueva incitación es la condición sine qua non para que la civilización se siga desarrollando. La respuesta con éxito a una incitación no procede del conjunto de la civilización sino de un individuo, o de un pequeño grupo de individuos, que Toynbee llama el genio creador y la minoría creadora, respectivamente. Esta minoría creadora que encuentra la respuesta de éxito tiene que ser capaz de arrastrar tras de sí al resto del cuerpo social de la civilización. Este arrastre se produce como en capas concéntricas en las que las capas más interiores captan la esencia de la respuesta y la siguen con convencimiento y entusiasmo. Pero a medida que nos alejamos del centro de la respuesta dada por la minoría creadora, es más bien por una especie de mímesis –así la llama Toynbee– o imitación más o menos refleja por lo que se sigue la respuesta. Sin embargo, el papel de minoría creadora no está exento de riesgos. La civilización puede rechazar su respuesta. En ese caso, es muy normal que la tome como chivo expiatorio, y ejerza represalias sobre ella. Así pues, el desarrollo de una civilización necesita de una cadena de incitación-respuesta de éxito-incitación. Por supuesto, las minorías creadoras no tienen conciencia de serlo. Su motivación para la búsqueda de la respuesta no suele ser, salvo muy raramente, salvar a la civilización. Carecen de esta perspectiva histórica que nos brinda Toynbee. Su motivación suele ser el impulso interno del genio creador que, tras un retiro del mundo para entenderse a sí mismo, retorna para empezar a formar la minoría creadora. Toynbee ve en esto una especie de misticismo en un movimiento que llama de retiro y retorno. De hecho, para la definición de este genio creador se apoya en Henri Bergson y en la definición del misticismo cristiano que desarrolla en su obra “Las dos fuentes de la religión y la moral”. En la próxima entrada, como un paréntesis en esta serie, publicaré la descripción que hace Bergson sobre el misticismo cristiano. Aunque sea un poco larga, creo que merece la pena. En esta cadena de incitación-respuesta de éxito-incitación, ninguna respuesta esta condicionada por ningún código, sino que son fruto de la libertad humana. Las respuestas pueden, por tanto ser diferentes en distintas civilizaciones ante incitaciones similares. En esta cadena se forja lo que Toynbee llama el estilo de la civilización, el sello de su personalidad.

Analizando multitud de ejemplos, Toynbee detecta que casi nunca es la misma minoría creadora que dio respuesta a una incitación determinada la que responde a la siguiente. Al contrario, la minoría creadora que encontró la respuesta a la incitación anterior, se encastilla en ella y suele representar un obstáculo para el éxito de la respuesta a la siguiente incitación. De hecho, cada respuesta es más difícil que la anterior porque hay más minorías creadoras preteridas que les cuesta seguir, por convencimiento o mímesis, la nueva respuesta de éxito.

¿Cuál es el signo del desarrollo de una civilización? Como siempre, Toynbee, buscando ejemplos históricos que lo avalen, detecta que ni la expansión geográfica, ni el desarrollo técnico, ni el poderío militar, son signos del crecimiento de una civilización. Estos signos los encuentra en las características de las incitaciones. En esa serie de incitaciones se detecta una tendencia hacia lo que Toynbee llama la eterealización. Oigamos cómo explica él este término:

“La historia del desarrollo de la técnica, como la historia de la expansión geográfica, no nos ha proporcionado un criterio de crecimiento de las civilizaciones, pero revela un principio por el que está gobernando el progreso técnico, que puede describirse como la ley de la simplificación progresiva[1].
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Quizá la palabra simplificación no es totalmente exacta o, al menos, no enteramente adecuada para describir estos cambios. Simplificación es una palabra negativa que representa omisiones y eliminaciones, mientras que lo que ha ocurrido en cada uno de estos casos no es una disminución sino un acrecentamiento de eficacia práctica o de satisfacción estética o de comprensión intelectual. El resultado no es una pérdida, sino una ganancia; y esta ganancia es el resultado de un proceso de simplificación porque el proceso libera fuerzas que están presas en un medio más material y, por tanto, ponerlas en libertad supone no sólo una simplificación del aparato, sino una transferencia subsiguiente de energía o cambio o acento desde una esfera inferior del ser o de la acción a una superior. Quizá podamos describir el proceso de un modo más claro si lo llamamos, no simplificación, sino eterealización
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Para Toynbee, la forma externa que mejor manifiesta el desarrollo de una civilización es la creación artística. Por otro lado, la fuerza del desarrollo de la civilización, hace que ésta no necesite una frontera –un limes, como le llama Toynbee– que mantenga a raya a los pueblos bárbaros que la circundan. Su prestigio y su influjo son sus mejores escudos y estos pueblos sueñan con integrarse pacíficamente un la civilización a la que admiran. Según Toynbee, esa fuerza de desarrollo sobreabundante hace a la civilización prácticamente invencible ante los ataques de otra civilización vecina.

Toynbee nos abruma con cantidad de ejemplos que ilustran esa cadena incitación-respuesta de éxito-incitación para distintas civilizaciones. Yo voy a poner sólo algunos ejemplos de la civilización Helénica.

Las primeras colonias griegas solucionaban el problema del crecimiento de la población mediante la emigración. Así se fundaron las principales polis griegas de la llamada Magna Gracia en las costas de Asia menor en el mar Egeo y en sus islas. Pero esta era una respuesta que hacía que los mejores talentos de cada ciudad se fuesen, condenándola a una vida vegetativa. Distintas ciudades-estado de Grecia encontraron diferentes respuestas a esta incitación. Atenas optó por la potenciación del comercio como fuente de riqueza para mantener a su población creciente. Esparta, por el contrario, optó por la esclavización de una de sus ciudades vecinas, Mesenia. Mientras el comercio dejaba libres energías sobreabundantes en Atenas, Esparta necesitaba todas sus energías para mantener a raya a sus esclavos mesenios, que se sublevaban continuamente, obligando a los espartanos a especializarse en un Estado militarizado en el que la libertad del individuo estaba totalmente supeditada al mismo y en el que, para evitar la superpoblación, tenían que recurrir a la matanza sistemática de niñas. Esparta se estancó, mientras que el desarrollo del comercio en Atenas creaba unas clases de comerciantes y artesanos que suponían un reto para su régimen aristocrático. La respuesta a esta incitación fue la democracia. El arte ateniense florecía, mientras en Esparta no hubo ninguna manifestación artística reseñable, aunque era, sin duda, la potencia militar más poderosa de Grecia. Sin embargo, cuando la civilización Helénica se vio atacada por la civilización Siríaca, a la sazón bajo el Imperio Persa, no fue Esparta, sino Atenas, la ciudad-estado que se puso al frente de la federación panhelénica que se formó –la confederación de Delos– para rechazar la invasión persa. Ciertamente, tanto el Salamina, como en las Termópilas, como en Micala o Platea, el peso militar lo llevaban los espartanos, pero la estrategia la dictaban los atenienses. No en vano, al siglo de esplendor que siguió, le llamaron el siglo de Pericles, por el gobernante ateniense. Pero Atenas se mostró incapaz de encontrar respuesta a la incitación de la definitiva unión política de Grecia. Su soberbia, elevada a la enésima potencia por sus éxitos, impidió que nadie más que ella pudiese liderar el proceso, y ella pretendía imponer tales cargas a sus aliados que lo hizo imposible. Esto dio lugar a la guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta que, naturalmente, ganó Esparta, pues la fuerza moral de Atenas se había eclipsado, y que, según Toynbee fue el primer colapso de los varios que tuvo la civilización Helénica.
[1] Aquí Toynbee pone una serie de ejemplos de los que el más significativo, a mi modo de ver, es el paso de la escritura por ideogramas de los egipcios al uso del alfabeto, inventado por la civilización Siríaca.