1 de noviembre de 2009

Amar a la Iglesia en el día de Todos los Santos y en todos los demás

Tomás Alfaro Drake

Todos los años, la liturgia de la fiesta de Todos los Santos me sorprende. Especialmente, me maravilla y llena de alegría la lectura del libro del Apocalipsis: los ciento cuarenta y cuatro mil de las doce tribus de Israel, doce veces doce mil, número mágico; la muchedumbre vestida de blanco que viene de la gran tribulación tras lavar sus vestiduras en la sangre del Cordero; sus aclamaciones: “Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén”; el coro de los ángeles cantando con voz poderosa: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justo y fiel tu proceder, rey de las naciones. ¿Cómo no respetarte, Señor? ¿Cómo no glorificarte? Sólo Tú eres Santo y todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque se han hecho patentes tus designios de salvación” [...] “¡Aleluya! La salvación, la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios”; el regalo del ángel: “ ‘¡Ven! Te mostraré la novia, la esposa del Cordero’. Me llevó en espíritu aun monte grande y alto y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo enviada por Dios, resplandeciente de gloria. Su esplendor era como el de una piedra preciosa deslumbrante, como una piedra de jaspe cristalino”. Y qué decir de las oraciones intercaladas, como la de antes de la consagración: “En verdad es justo y necesario [...] Porque hoy nos concedes celebrar la gloria de tu ciudad santa, la Jerusalén celeste, que es nuestra madre, donde eternamente te alaba la asamblea festiva de todos los Santos, nuestros hermanos, Hacia ella, aunque peregrinos en país extraño, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia. En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad. Por eso, unidos a estos Santos y a los coros de los ángeles, te glorificamos y cantamos diciendo: Santo...”. Y cada año la liturgia me hace ver con los ojos de la fe y escuchar con esos mismos oídos a esos coros de ángeles y santos, a esa Nueva Jerusalén ataviada como una novia. Y distingo entre la muchedumbre a todos mis seres queridos y las alas de la esperanza me llevan con ellos y ellos rezan por mí, para que sea pacífico, misericordioso, pobre de espíritu, limpio de corazón; bienaventurado. Y veo lo que durante el resto del año se me ha ido difuminando: A la Iglesia, la bellísima Esposa de Cristo, sin mancha ni arruga. Tan distinta, siendo la misma, de ésta que lucha en la tierra entre la bondad y el error, entre el amor, la debilidad y el pecado. Y amo a las dos, porque son la misma.

Por eso hoy, que es la fiesta de Todos los Santos, transcribo algunos textos y poesías que presentan una visión de la Iglesia muy distinta de la que el mundo en que vivimos pretende que veamos. Una visión sobrenatural, que me mueve a la admiración y al amor.

“Cuando yo no entendía casi nada de todo esto y vivía desde mi razón y criterios personales, critiqué muchas veces a la Iglesia con amargura, aún siendo su sacerdote. Tal vez fuera por amor, deseándole el bien, buscando que fuera una madre bella y limpia, sin mancha ni arruga de ninguna clase. Pero lo hacía desde mi mismo, desde mi visión puramente humana. No sé si he sido un perfeccionista; sin embargo, he actuado desde el perfeccionismo. Quería una Iglesia que, seguro, no era otra cosa sino la proyección de mis propias carencias.

La realidad, sin embargo, es tozuda, y no se deja moldear. La Iglesia sigue siendo pobre y criticable, pero inconmovible. En alguna ocasión me acometía la tentación de dejarlo todo y abandonar. Doy gracias al Señor porque se apiadó de mí y no me dejó marchar tras mis errados caminos. Me ha ido revelando el sentido de la pobreza de su Iglesia; cómo, gracias a ella, yo también tengo un puesto en su seno. Es pobre, pero es mi madre. Antes quería abandonarla despechado y soberbio; ahora rezo compungido: “Señor, que tu Iglesia no me abandone a mí”. He comprendido lo que tiene de don. Es más, he comprendido que la comunidad no es un club de perfectos sino de necesitados. Si no fuera así, el pertenecer a la Iglesia sería el mayor acto de soberbia y de fariseísmo jamás imaginado.

Su seno es gestante y matricio. En él, el Espíritu Santo nos revela nuestro pecado, que, fundamentalmente, es el de haber juzgado a Jesucristo y a los hermanos, habiendo pedido su muerte al Pilatos de turno. Ahí, la Palabra nos denuncia nuestras actitudes falsarias, y sentimos que Dios no piensa como nosotros; ahí es donde podemos arrepentirnos y preguntar qué salida nos queda. Ahí es donde podemos asumir nuestras pobrezas y las de los demás, encontrando en ello una fuente de fraternidad y comunión, descubriendo a Jesucristo que busca resucitar en lo que sin Él sería desunión irremediable.

Hoy en día, el Señor me ha revelado abundantemente que el mayor pecado es juzgar a su Iglesia. En ese juicio, el corazón se endurece más que con cualquier otra actitud, porque la Iglesia es el Jesucristo pobre que habita en medio de nosotros. Son nuestros pecados y nuestra necesidad de oscuridad, para que no se vean nuestras obras, las que la juzgan. Junto con la Iglesia, también los sacerdotes son juzgados duramente en sus pobrezas. Tampoco en este caso se entiende la encarnación de Dios en unos sujetos tan pobres y tan sometidos a tentación y miseria. Este hecho, racionalmente lo entiende todo el mundo y, sin embargo, arrecian los juicios como un vendaval. Nadie se da cuenta de que la pureza consiste en la capacidad de convivir con la mancha. No es extraño que se pueda decir en el evangelio que el que juzga a uno de estos pequeños, a mí me juzga. Es evidente que cuando se endurece el corazón, se juzga a Jesucristo”
.

Del libro “Vivencias de gratuidad”. Chus Villaroel O. P.

Pero la Iglesia sólo es imperfecta en este mundo caído y terrible en el que tiene que militar usando a pobres seres humanos de barro también caído como combatientes. “Cristo ve en la imperfecta, orgullosa, fanática o tibia Iglesia terrena a la Esposa que un día estará ‘sin mancha ni arruga’, y se esfuerza para que llegue a serlo”. (C. S. Lewis. Los cuatro amores). Un día la veremos gloriosa, como la ve Gertrud von LeFort, conversa desde el luteranismo.

“Pero cuando un día se inicie
el gran fin de todos los misterios,
cuando el Escondido surja como un relámpago
en las tremendas tempestades
del amor desencadenado,
cuando su regreso suene como tormenta
por el universo,
y dé gritos de júbilo la soterrada añoranza
de su creación,
cuando los globos de los astros estallen en llamas
y surja de su ceniza la luz liberada,
cuando se rompan los sólidos diques de la materia
y se abran todas las esclusas de lo invisible,
cuando los milenios vuelvan con rumor de águilas
y regresen a la eternidad
las escuadras de los eones,
cuando se rompan los recipientes de los idiomas
y se precipiten las aguas torrenciales de lo nunca dicho,
cuando las almas más solitarias salgan a la luz
y se manifieste lo que ninguna sabía de sí misma:
Entonces el Revelado levantará mi cabeza
y, ante su mirada, mis velos se alzarán en fuego,
y yo estaré postrada
cual espejo desnudo ante la faz de los mundos.
Y los astros reconocerán en mí su luz glorificante
y los tiempos reconocerán en mí lo que tienen de eterno,
y las almas reconocerán en mí lo que tienen de divino,
y Dios reconocerá su amor en mí.
Y ya no recaerá sobre mi cabeza ningún velo
como el deslumbramiento de mi Juez.
En él se sumergirá el mundo.
Y el velo se llamará Gracia,
y la gracia se llamará Infinitud...
y la Infinitud de llamará Bienaventuranza.
Amén”
.

Gertrud Von le Fort, “Himnos a la Iglesia”.

Este libro tiene en su introducción el siguiente comentario de D. Olegario González de Cardedal:

“El libro de Gertrud es una palabra dirigida a la Iglesia por alguien que está en camino hacia ella y la saluda de lejos, tras haberla descubierto. Es el canto alborozado de quien viene de una larga navegación, que ha avanzado muchas millas entre la niebla, emitiendo largos gemidos sonoros con la sirena para evitar choques y lanzando ráfagas de luz desde sus propios faros, para ver si divisa tierra. Por fin la tierra aparece en su figura, espesor y luminosidad. Es el saludo jubiloso de quien ya la ve real y se dispone a desembarcar en ella, aun cuando todavía esté a una distancia. Esta es la situación vital en que está escrito el libro. Saludo a la Iglesia católica de quien todavía no pertenece a ella”.

¡Qué diferencia con tantos católicos que hemos nacido en la tierra prometida de la Iglesia y, con la apatía del que tiene más de lo que necesita, sólo vemos en ella los defectos, en vez de gritar ¡tierra! cada día llenos de alegría. Sirvan de contraste estas palabras de André Frossard, converso desde las filas del comunismo francés:

“¿Cómo entrar después en una de esas iglesias, donde le tenido la fortuna de asistir a mi propio nacimiento, sin experimentar ese suave pellizco de la ternura liviana? Cuando salí de la capilla de la calle de Ulm era consciente de cuatro cosas. O, mejor dicho, fui consciente de cuatro aspectos que todavía me asombran: que existe otro mundo; que Dios es una persona; que estamos salvados aunque paradójicamente estemos por ganar la salvación, y que la Iglesia es una institución divina.

Lo que ahora voy a afirmar nada tiene que ver con la teoría. Es consecuencia de mi experiencia personal. A lo largo de mi vida jamás medité la cuestión de la Iglesia, como tampoco lo hice sobre mi abuela, que durante la noche cantaba canciones breves, en las que «Caballeros de la luna» danzaban valses, «cada cual con cada una». Nunca me planteé analizar a mi abuela ni criticar su canción. Lo que importaba no era la calidad del texto, sino estar sentado en su regazo y sentir que nada me movería de allí, ni siquiera el fin del mundo que llegaba cuando lograba conciliar el sueño.

La Iglesia también canta y en esta tierra a veces desentona; pero ¿es la Iglesia –propiamente hablando– este minúsculo segmento visible de un orbe prodigioso que nadie ha abarcado y que transcurre por la eternidad? ¿Quién puede decir dónde comienza y dónde termina la Iglesia, quiénes forman parte de ella y quiénes están excluidos o, mejor dicho, quiénes se excluyen de ella, porque no imagino que puedan ser expulsados de ella? Por lo general, sólo tenemos la visión de una ínfima parte de esta inmensa proa –compuesta de caras dirigidas hacia la luz, que va delante de una inmóvil salpicadura de sombra–, sumergida con nosotros en ese conjunto de cosas o ideas desordenadas o superfluas que conforman este mundo. Sólo es ese pedazo de la quilla del barco carcomida por la sal y ligeramente manchada a quien los críticos se agarran como lapas. Pero ¿y lo demás, lo que centellea por encima de las aguas?

La Iglesia es una institución divina porque es Dios quien le confía las almas, y no al contrario, como piensan ciertos burócratas de sacristía que seleccionan los niños para el bautismo. A este tipo de Iglesia no le he dado mi apoyo; [..]. Esta sensación de connivencia entre la Iglesia y lo divino ha sido tan intensa que siempre me ha dado `prudencia al evaluar los errores cometidos en cada siglo por la gente de Iglesia y para evitar tomar la parte por el todo: las pilas de agua bendita de San Pedro, por el lago de Tiberíades; la teoría de los canónigos capitulares de Notre-Dame, por la Iglesia. Sobre la Iglesia nunca he tenido la menor tentación de proferir el más pequeño de los juicios. Su santidad invisible me impresiona, sus debilidades e imperfecciones en la tierra me tranquilizan y me la hacen más próxima. Porque la realidad es que yo tampoco soy un ser perfecto.

Desde el primer día la Iglesia me ha parecido una institución hermosa. Los cristianos de cuna, como denominan los americanos al fiel que ha nacido en el seno de una familia cristiana, a menudo me han preguntado –con la cara del indígena que quiere conocer la opinión del turista sobre las últimas iniciativas municipales– si la Iglesia no ha decepcionado a ese joven converso que fui durante mi juventud. Cuando me planteaban esta cuestión no se daban cuenta del contraste absoluto que la Iglesia presentaba para mí en comparación con el bagaje ideológico recibido durante mi infancia. Durante este tiempo viví –y ahora soy plenamente consciente de ello– a expensas de algunas ideas cristianas desviadas de su fin, arrancadas de sus raíces naturales, colocadas en conserva, y que presionaban sobre la tapa que las cubría. Por esto perdono a mi padre y a los hombres de buena voluntad, a quienes su ejemplo me ha enseñado a respetar.

El cristianismo y su Iglesia poseían los colores de la vida; hasta su inocente y piadosa imaginería me parecía rebosante de salud, comparada con la uniformidad gris de las construcciones mentales que yo acababa de abandonar. Me parecía sugerente la idea de que los intelectuales, llegados al cielo [...] llorarían por ello de agradecimiento y de alivio.

Pero ¿cómo se puede aprender algo útil y verdadero sobre la Iglesia? Mis libros, mis Voltaire, mis Rousseau, mis exploraciones de la nada filosófica y mis hacedores de guerra civil solamente se referían a ella en términos difamatorios; se agarraban a sus pequeñeces y acentuaban sus faltas; olvidaban sus buenas obras e ignoraban sus grandezas y esplendores que, lamentablemente, desde hacía mucho tiempo no llegaban al interior de sus espíritus, porque estaban enteramente preocupados de sí mismos y trataban de evitar la admiración como una humillación.
[...]
Mis libros reconocían cuál había sido el poder que antiguamente ejercía la Iglesia, pero lo hacían con la finalidad de censurar el abuso que la Iglesia había hecho de él. Su historia era la de una gran y rentable empresa que dominaba la sociedad gracias a una máscara filantrópica. La Iglesia sólo predicaba la humildad para obtener resignación, y enseñaba la esperanza para evitar oír la palabra justicia. Esos libros citaban con profusión a los inquisidores, a los papas pendencieros, o a los «gatitos mitrados», en expresión de una dama de la Fronde. Pero nunca se referían a los mártires ni a los santos; exceptuando a Juana de Arco, víctima del poder pendenciero de los clérigos; o a Vicente de Paúl, cuya caritativa actividad evidenciaba las miserias y deficiencias sociales de su tiempo. Se mostraban con exceso esmerados en destacar la cabeza política de la Iglesia terrenal, pero silenciaban todo lo que tuviera relación con su corazón evangélico. Yo sabía todo acerca del comportamiento despótico de Julio II, pero lo ignoraba todo de los encendimientos poéticos de Francisco de Asís.

Nadie me había dicho que, si la Iglesia no siempre había arrostrado en este mundo el buen combate, por lo menos había conservado la fe, y que únicamente era la fe la que había conseguido en esta tierra que reinara la armonía. Nadie me dijo que la Iglesia nos había dado un rostro a quienes no sabemos con exactitud si somos dioses o gusanos cenagosos, si somos el adorno supremo del universo o un débil retortijón de moléculas en una parcela de barro perdido en un océano de silencio. La Iglesia sabía –y constatamos que era la única en saberlo en este siglo de terror– lo que implican la deportación y la muerte; sabía que el hombre es un ser que no cuenta finalmente más que para Dios.

No. Nadie se había ocupado de hacerme saber en esos libros que la Iglesia nos había salvado de todas las desmesuras a las que –indefensos– estamos entregados desde que no se la escucha, o cuando ella se calla. Nadie tuvo el valor de decirme que la Iglesia, por sus promesas de eternidad, había hecho de cada uno de nosotros una persona insustituible, antes de que nuestra renuncia al infinito hiciera de nosotros un átomo efímero, e indefinidamente sustituible, de baba o de espinazo del gran animal estático. Nadie fue capaz de decirme que sus cementerios no estaban llenos –en frase de no sé qué cínico– «de gentes que se creían indispensables», sino que allí conservaba como tesoros las sutiles y casi imperceptibles cenizas de donde un día surgirían los cuerpos resucitados.

En fin, que nadie me dijo en esos libros que los dogmas de la Iglesia eran las únicas ventanas horadadas en el muro de la noche que nos envuelve; y que el único camino abierto hacia la alegría era el pavimento de sus catedrales, desgastado por las lágrimas”.

André Frossard “No estamos solos”. Belacqua de Ediciones y publicaciones.

Acabo, por último con una poesía mía escrita el 5 de Enero del 2001 tras la ceremonia del cierre de la Puerta Santa de la Basílica de Santa María la Maggiore, en Roma. Fue una ceremonia próxima, íntima. Salimos todos de la Basílica para el cierre de la Puerta Santa. El templo quedó vacío. Acabada la ceremonia del cierre de la Puerta, llevada a cabo por un Cardenal cuyo nombre no recuerdo, volvimos a entrar todos para un Te Deum. Al entrar, percibí una corriente de gente que se desviaba hacia la izquierda de la puerta de entrada, hacia la Puerta Santa del Perdón que ahora estaba cerrada. Seguí la corriente y ví que algunas personas se arrodillaban junto a ella apoyando las palmas de las manos y la frente en sus hojas. Lo hice yo también. Me sentí invadido por una gozosa corriente de alegría. El Te Deum fue magnífico. Mi cabeza estaba llena de imágenes. Al terminar, allí mismo, en un banco, escribí:

“Impresiones de un peregrino, desde Santa María la Maggiore, el día del cierre de la Puerta Santa al final del Jubileo del año 2000”.

“Madre cuyo claustro siempre espera mi retorno.
Cansado, todavía casi viejo, con algo de nieve en la cabeza,
imploro el palpitante útero protector de tus entrañas.
Nave salvadora, flotante arca de Noé con rumbo,
en tu seno cabe la humanidad entera
rescatando a la naturaleza gemidora.
Dos veces milenaria, aún eres joven
y si alguna vez fuiste dura con tus hijos
el reciente perdón, pedido y ofrecido,
convierte en lágrimas los ácidos reproches.
Puente de suspiros de cárcel a palacio,
permites que cuantos a ti acuden te recorran.
Muchedumbres incontables, en la gran tribulación errantes,
como ovejas sin pastor a ti se acogen
para lavar sus ropas en la sangre del Cordero
que atesoras en insondables pozos de agua viva.
Brillante luna circular de plata,
reflejando la luz del Sol de soles
haces más clara esta larga noche,
que sería tenebrosa si tú no la alumbraras.
Jerusalén eterna con un pie aquí
y el otro en las celestes tierras prometidas.
Manchada y pura novia del Eterno,
ataviada para bodas de vinos generosos,
cuerpo amante y amado de un Dios enamorado,
a través de ti, también yo soy amado.
Hoy he visto cerrarse la puerta que hace un año abriste,
hoy he visto eternamente abierta
la puerta del Camino, de la Verdad y de la Vida”
.

Ojalá este año no se vaya difuminando la visión que hoy, día de Todos los Santos, tengo de la Iglesia.

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