15 de noviembre de 2009

Vida y muerte de las civilizaciones según Arnold J. Toynbee (y VIII)

Tomás Alfaro Drake

Esta es la octava y última entrega de una serie de entradas bajo el título “Vida y muerte de las civilizaciones en la historia”. Recomiendo a quien empiece a leer esta serie desde aquí, que procure empezar por la entrega I realizada el 6 de Septiembre.

¿Cuál es la situación de la civilización Cristiana Occidental? ¿Cuál puede ser su futuro?

Siempre que he leído “El estudio de la historia” me he hecho la pregunta de la situación en la que se encuentra la civilización Cristiana Occidental. ¿Ha sufrido ya el colapso o está todavía en su fase de desarrollo? Toynbee también se hace esa pregunta y opina que nuestra civilización, aunque está en los tiempos revueltos, no ha sufrido todavía el colapso. Pero las incitaciones a la que se ve enfrentada son tales y de tal calibre que no es muy optimista sobre su capacidad para encontrar respuestas. “El estudio de la historia” termina en 1951. Sería muy largo resumir aquí todo el análisis de Toynbee que, además dejaría fuera algunas cosas que, en el momento histórico en el que escribió su magnífica obra, ni siquiera se planteaban. Voy a hacer por tanto un extractadísimo resumen al que añadiré algunas de esas cosas inexistentes en su tiempo. Por supuesto, tal y como dije en la introducción de esta serie, es parte de su objetivo inquietar a sus lectores, despertar su consciencia para que ellos mismos se hagan la pregunta, se la respondan a su manera y actúen en consecuencia.

Lo primero que debo decir es que, para Toynbee, todas las civilizaciones existentes hoy día, a excepción de la Cristiana Occidental y, tal vez, la Islámica –es decir, la Cristiana Ortodoxa Rusa, las dos del Lejano Oriente y la Hindú, han sufrido ya colapso y están siendo absorbidas por la Cristiana Occidental. De la Islámica tiene sus dudas.

Históricamente, ve cómo nuestra civilización ha ido soslayando una y otra vez episodios que podrían haber supuesto el golpe de gracia militar de uno de los estados parroquiales sobre los demás. En el siglo XIII los franceses estuvieron a punto de conquistar Inglaterra bajo el reinado de Juan sin Tierra, en lo que hubiese sido un “remake” de la guerra del Peloponeso. Llegaron incluso a tomar Londres en 1216. Esto forzó al rey Juan a conceder a la baja nobleza inglesa la Carta Magna, primer paso hacia la democracia occidental, para que le ayudasen a repeler la invasión y expulsar a los franceses de Inglaterra. Dos siglos más tarde, en la guerra de los Cien Años, fue Inglaterra quien podría haber asestado el golpe sobre Francia. Llegó también a tomar París, pero la aparición de Juana de Arco supuso un revulsivo que movilizó las energías francesas hacia la victoria hasta que expulsaron a los ingleses. Más tarde le llegó el turno a España, bajo Carlos V, pero las guerras de religión por un lado y la separación sucesoria de la corona de España y el Imperio por otro, lo evitaron. La derrota de la Armada Invencible, en un intento de Felipe II por conquistar Inglaterra, supuso el final de las aspiraciones españolas. Los siglos XVII, XVIII y XIX, fueron un tira y afloja de las potencias europeas en busca de un equilibrio de fuerzas, con alianzas siempre cambiantes, para evitar el triunfo de cualquiera de ellas sobre las demás. Así se conjuró el peligro de que Napoleón Bonaparte lograse dar el golpe de gracia. Ese equilibrio inestable estuvo otra vez a punto de romperse en el siglo XX con el doble intento de hegemonía total de Alemania que provocó las dos guerras mundiales. Es cierto que hay quien compara la actual hegemonía americana sobre Occidente con el imperio Romano. Pero ni los orígenes ni las formas de esas hegemonías son comparables. Los Estados Unidos jamás han intentado el asalto militar a Europa, salvo para sacar las castañas del fuego a ingleses y franceses en las dos guerras mundiales. Su hegemonía dista mucho de ser la de un Estado Universal impuesto por la fuerza de las armas sobre Occidente, como el que supuso Roma para la civilización Helénica.

Por otro lado, la civilización Cristiana Occidental ha dado respuesta a grandes incitaciones. Ha sido capaz de evitar la aparición de un proletariado interno gracias a la democracia y a un desarrollo económico sin precedentes que ha mejorado de forma impresionante el nivel de vida de toda su población. Todos los augurios de hundimiento del capitalismo occidental alimentados por el régimen comunista soviético –que es una etapa del Estado Universal de la colapsada civilización Cristiana Ortodoxa Rusa– han fallado estrepitosamente. Al contrario, la civilización Cristiana Occidental ha sabido soslayar la falsa respuesta futurista dada por la minoría creadora marxista fracasada. Ha sido, en cambio, el régimen soviético el que se ha hundido. De la misma forma, también ha sabido rechazar la respuesta arcaizante de las fracasadas minorías creativas nazi y fascista. El peligro de la creación de un proletariado interno importado, el de los esclavos negros traídos de África, ha sido soslayado con la abolición de la esclavitud. Con una mezcla de amor y odio, es cierto, pero el proletariado externo de la civilización Cristiana Occidental, que ya no son pueblos bárbaros, sino miembros de otras civilizaciones colapsadas, en desintegración o muertas, anhela en mayor o menor medida integrarse en ella. Estos son algunos de los hitos que han supuesto respuestas a las durísimas incitaciones que se le han presentado a la civilización Cristiana Occidental.

La educación es otro de los campos en los que Toynbee ve un avance de la civilización Cristiana Occidental, que puede, sin embargo, convertirse en un peligro. Le cito textualmente en este punto. “También había obtenido cierto éxito [La Civilización Cristiana Occidental] al verse frente al impacto de la democracia sobre la educación. Al abrir a todos una casa de tesoros intelectuales, que desde los albores de la civilización había sido un privilegio celosamente guardado y opresivamente explotado por una pequeña minoría, el espíritu de la democracia occidental moderna había brindado a la humanidad una nueva esperanza[1], aunque al precio de exponerse a un nuevo peligro. El peligro estribaba en las oportunidades que una educación universal daba a la propaganda y en la habilidad y falta de escrúpulos con que la habían aprovechado sagaces vendedores, agencias de noticias, grupos de presión, partidos políticos y gobiernos totalitarios. La esperanza estaba en la posibilidad de que estos explotadores de un público semieducado no pudieran ‘condicionar’ a sus víctimas hasta el punto de impedirles que continuaran su educación de modo que llegaran a hacerse inmunes a tal explotación”. Hoy en día parece que la educación está derivando hacia cuestiones puramente técnicas y utilitaristas, obviando la búsqueda de la verdad sobre el hombre y su situación en el mundo. Si este proceso no se invierte, aumentará el público semieducado, carne de cañón para la manipulación por parte de “grupos de presión, partidos políticos y gobiernos”, totalitarios o democráticos.

A pesar de estos éxitos, el panorama de nuestra civilización dista mucho de ser idílico. Por un lado, se observan en ella prácticamente todas las actitudes descritas por Toynbee como el cisma en el alma de una civilización en desintegración.

Abandono, deserción, sentido de estar a la deriva, sentido de pecado, en el sentido de Toynbee –al menos en algunas personas con una, quizá, demasiado rígida religiosidad formalista que ven los males que aquejan a la sociedad como un castigo divino–, sentido de promiscuidad –en su doble vertiente de vulgarización y barbarización–, arcaísmo –como el nazismo, añorando el mundo mitificado de los superhombres y los dioses germánicos–, futurismo –como el comunismo, dispuesto a sacrificar el presente de las personas a la dictadura del proletariado por el supuesto paraíso futuro de la sociedad socialista– y desapego. Sólo me he atrevido a quitar de la lista la actitud de autocontrol, martirio y la de sentido de unidad. También aparece, y en este caso como un rayo de luz y de esperanza, en una minoría, la actitud de transfiguración y, la de evangelismo, ésta última en el sentido de Toynbee y en el literal.

Por otro lado, como dije al principio de este resumen, toda respuesta de éxito a una incitación da lugar a nuevas incitaciones más exigentes que las anteriores.

Una de las grandes incitaciones de nuestra civilización, es integrar a las civilizaciones muertas o en desintegración, sin que se conviertan en proletariados internos. No es fácil. Hoy, el crecimiento de las economías occidentales, unido a su bajo índice de natalidad, hace necesaria la importación de grandes masas de mano de obra de otras civilizaciones o de civilizaciones absorbidas hace siglos por la nuestra. Pero esa importación no se produce desde la libertad, sino que los que vienen lo hacen porque “más cornadas da el hambre” en sus países de origen. Tienen que elegir entre ser proletariado interno allí o aquí. Y esto no es una respuesta. La respuesta sería que esas masas de emigración pudiesen ganarse la vida dignamente, si así lo quisieran, en sus países de origen. Pero si esta incitación se responde con éxito, ¿quién sacaría adelante a un occidente envejecido por la falta de natalidad?

Una de las civilizaciones que más difícil parece de integrar es la Islámica. Frente a este reto hay quien propugna una alianza de civilizaciones. Pero, en general, esta propuesta se hace desde una perspectiva de renuncia a las identidades religiosas de ambas civilizaciones. Esto es, por un lado, imposible para la Islámica y, por otro, perjudicial para la Cristiana Occidental. Es evidente que este entendimiento entre civilizaciones sólo se puede lograr con un decidido apoyo –económico, político y social– desde todo Occidente a la mayoría de los musulmanes moderados, secuestrados por minorías dominantes radicales, para que puedan hacer en el Islam una reforma religiosa, como la que supuso el cristianismo para el judaísmo, en la que aparezca alguien, un genio o una minoría creadora, que sea capaz de un equivalente al sermón de la montaña de Cristo que diga: “Habéis oído decir ‘ama a tu prójimo y odia a tu enemigo’; pero yo os digo: ‘Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen’[2]. ¿Está capacitado Occidente para promover y defender algo así?

Terminar con el hambre y la pobreza extrema en el mundo es otra de las grandes incitaciones a las que se ve enfrentada la civilización Cristiana Occidental. Indudablemente, tiene los medios para hacerlo pero, ¿está dispuesta, más allá de gestos, encomiables, sí, pero que buscan más acallar la conciencia que solucionar el problema? ¿Tenemos el convencimiento ético de que es nuestra obligación moral hacerlo?

Junto a las incitaciones anteriores aparece, terrible y ominosa, la del medio ambiente. No voy a entrar aquí en la polémica del cambio climático(ver entrada en el blog; Sobre el cambio climático, publicada el 7 de Febrero del 2008, pero es indudable que si todos los habitantes del planeta consiguiesen su lícita aspiración de vivir como vivimos en Occidente, los retos medioambientales de todo tipo serían formidables. Desde luego, la superación de esta incitación, como la de la anterior, pasa por un drástico cambio hacia una cultura de la generosidad y de la austeridad, muy lejana de la de nuestra civilización. La tecnología, fruto precioso de la inteligencia humana, puesta al servicio de estos fines, puede ser un medio de inmenso valor. Es la tecnología la que ha hecho estériles todas las profecías malthusianas sobre el colapso de la humanidad. Pero, ¿está la cultura Occidental orientada a hacer de la tecnología un medio para responder a este tipo de incitaciones o estamos endiosando la riqueza que permite crear poniéndola al servicio del egoísmo humano?(Ver entrada al blog; Tecnología, desarrollo material y espiritualidad, publicado el 13 de Septiembre del 2008)

Seguro que son muchas más las incitaciones a las que se enfrenta la civilización Cristiana Occidental para salir airosa de la prueba. Y si encuentra las respuestas, aparecerán nuevas incitaciones como consecuencia de esas respuestas. No es difícil ver que todas las respuestas que se puedan encontrar tienden hacia una eterealización sin la cual parecen imposibles. Y también es fácil constatar que la cultura occidental camina en la dirección contraria a la eterealización. ¿Entonces?

Si estas batallas han de ganarse, se ganarán, sobre todo, en el terreno espiritual. El mundo del siglo XX, que alguien ha dado en llamar el siglo de las ideologías, ha demostrado hasta la saciedad que los intentos de distintos signos de establecer un paraíso puramente material en la tierra, han acabado en un sangriento fracaso. A pesar de estas lecciones de la historia reciente, creo que se está perdiendo la batalla por recuperar lo que un día fue el alma de nuestra civilización. Lo que un día fue la fuerza creadora de su estilo se ha convertido hoy en una sombra. Los principios cristianos que dieron vida a nuestra civilización van, poco a poco, secularizándose. De su secularización a su negación hay sólo un pequeñísimo paso, como puede constatarse con el avance del aborto, la eutanasia y otros crímenes contra la vida y la dignidad humanas. Es un proceso que empezando con Descartes y el racionalismo y pasando por Kant, Hegel y el idealismo absoluto, ha acabado en el más craso relativismo y el escepticismo total respecto a la verdad (Este proceso está descrito con detalle en una larga serie de 13 entradas en este blog bajo el título de “El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento” publicadas entre el 21 de Enero del 2008 y el 20 de Julio del 2008). Y ese relativismo escéptico y cínico ha degenerado en tristeza, frustración, falta de valores, falta de sentido y, en última instancia, odio a la propia civilización y a lo que un día fue su estilo. Escribe Paul Valéry[4], ya en 1919: “Y, ¿en qué consiste ese desorden de nuestro Occidente[5] mental? En la libre coexistencia, dentro de los espíritus cultivados, de las ideas más dispares, de los más opuestos principios de vida y conocimiento. Esto es lo que caracteriza a una época moderna... Occidente de 1914 ha llegado, quizá, al límite de este modernismo. Cada cerebro de cierto rango es una encrucijada para todas las razas de opinión; cada pensador, una exposición universal de pensamientos... [...] El Hamlet europeo contempla millones de espectros. Pero es un Hamlet intelectual, un Hamlet que medita sobre la vida y la muerte de las verdades. Tiene por fantasma todos los objetos de nuestras controversias; tiene por remordimientos los títulos de nuestra gloria". ¡Si Valéry levantase la cabeza! Occidente vive hoy día, junto con el mayor progreso material de la historia de la humanidad, el mayor desencanto. Generaciones enteras que no encuentran el sentido de la vida y que se mueren de hambre espiritual en medio de un océano de opulencia, dan lugar a una apatía generalizada, aunque con brillantes excepciones. ¿Podrán las generaciones de la abundancia dar respuesta a las grandes incitaciones que se presentan? ¿Tendrán el nervio y la capacidad de sacrificio para ello? Porque son ellas las que tienen que buscar respuesta a esas grandes incitaciones. Y esta falta de sentido que acosa a las actuales generaciones ha dado paso, como se ha dicho antes, a una revuelta contra el estilo de nuestra civilización, que viene marcado por el cristianismo. En toda esta serie, llamo –como lo hace Toynbee– a nuestra civilización, Cristiana Occidental. Pero, ¿es cristiana? ¿Puede encontrar nuestra civilización su esencia, su sentido, negando sus raíces? Y si la luz que hay en nosotros no es sino oscuridad, ¿cómo serán nuestras tinieblas?, ¿cómo vamos a irradiar luz hacia fuera?

Toynbee ha suscitado en mí una cuestión vital. Si la Civilización Cristiana Occidental entra en desintegración, ¡ay de mí!, ¡ay de todos! Somos simples títeres en la cuerda floja de una Historia muerta. De una Historia que tiene que volver a empezar desde el principio. Me impresiona la imagen que propone Toynbee, y que comenté en la primera entrega de esta serie, de las Civilizaciones como trepadores que suben por un escarpado acantilado en varias cordadas, dándose el relevo de madres a hijas en cada una. Algunas de ellas, las Civilizaciones en desintegración, se caen del risco. Ahora sólo queda una, la que termina en la Civilización Cristiana Occidental. Pero resulta que por mor de la globalización, todas las cordadas están unidas en una superior. Y todas dependen de la suerte de la Civilización Cristiana Occidental. Las colapsadas que aún no se han desintegrado –la Islámica, la Hindú, las del Lejano Oriente y la Cristiana Ortodoxa Rusa–, dependen del dudoso agarre de la nuestra al risco. Si todavía no hemos llegado a colapsar, si todavía hay esperanza –siempre la hay, la libertad humana supera todo determinismo–, entonces la supervivencia depende de nosotros, los hijos de esta civilización. Entonces, el peso de una pluma puede decantar a nuestro automóvil, balanceándose al borde del abismo, a caer o a poder dar marcha atrás y salvarnos a nosotros y a las otras Civilizaciones. Creo que la respuesta a estas incitaciones tendrá que tener un grado de eterealización inmensamente mayor que todas las que ha sabido dar hasta ahora la humanidad. Un grado de eterealización superior incluso al que dio lugar a la aparición de religiones superiores en el seno de las civilizaciones de 2ª generación en desintegración. Una eterealización que vaya unida a un evangelismo –en la terminología de Toynbee y en sentido literal– que haga capaz a nuestra civilización de extender su religión y su Iglesia a todas las demás, por la convicción y el amor, no, desde luego, por la fuerza. Tal vez de forma similar a como lo hizo el cristianismo primitivo en el Imperio Romano. Esta combinación de eterealización y evangelismo debería dar lugar, si la respuesta tiene éxito, a una nueva civilización, la de la Justicia y el Amor. Debo decir, para respetar el pensamiento de Toynbee, que él, como agnóstico espiritual que era, veía la materialización de este reino espiritual como realizado por una especie de sincretismo entre todas las religiones superiores.

Llevado tal vez de mi optimismo, creo que esta respuesta sobreeterealizada es posible. Siento la primavera bajo el hielo de este invierno espiritual. Percibo la germinación de nuevas fuerzas de pensamiento y espirituales. En el mundo de la filosofía, en el siglo XX han aparecido corrientes, como la fenomenología y el personalismo, que pretenden regenerar el camino mal recorrido hacia el vacío desde la Ilustración[6]. En el mundo religioso, dentro de la Iglesia católica se está produciendo un renacimiento de movimientos y corrientes religiosas, suscitadas por el Espíritu Santo, que la están renovando desde dentro. Creo que éstas son las nuevas minorías creadoras que, tras decenios de retiro en una vida latente previa la aparición de toda minoría creadora, empiezan una fase de retorno en la que tal vez puedan encontrar las necesarias respuestas a las incitaciones planteadas. Pero también pueden ser convertidas en chivos expiatorios por el resto de la civilización. Es un riesgo que tienen que estar dispuestas a correr. Estas minorías creadoras pueden ser el peso de la pluma que tal vez decante el balanceo del automóvil hacia tierra firme en vez de hacia el abismo. Si hay un proceso claro en la historia, éste es el de la aceleración del tiempo. Los procesos históricos que antes duraban siglos, se suceden ahora con increíble rapidez. Por eso, me parece posible que lo que fueron los largos siglos entre las civilizaciones de 2ª y 3ª generación se transformen en un solapamiento entre la civilización Cristiana Occidental y la nueva civilización de la Justicia y el Amor que englobe a todas las demás. Que antes de que esta civilización de tiempos revueltos colapse o muera, pueda haber nacido la otra, de forma que la madre vea y reciba a la hija y sea salvada por ésta. Pero me parece imposible que esto ocurra únicamente con nuestras pobres fuerzas humanas. Ya hemos visto en qué han acabado los paraísos que se han intentado construir con sólo esas fuerzas. También Toynbee lo cree así, aunque no apele de forma directa al Dios cristiano. Yo creo que necesitamos la ayuda de nuestro Dios. No de cualquier dios. Del Señor de la Historia. De un Dios que ha entrado en la Historia encarnándose en Jesucristo para traer el Reino de los Cielos a esta tierra. De un Jesucristo que nos ha dicho: “Sin mí no podéis nada” pero “no tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”. De un Dios que ha querido que el Reino de los Cielos sea la culminación de un largo proceso histórico llevado por el hombre, con su ayuda y su presencia, a través de su Iglesia. Una Iglesia iluminada por el Espíritu Santo, eterealizada, pero regida por hombres, asumiendo el riesgo de militar en la tierra, pero evitando toda exclusión. Antes bien respetando todo lo que de positivo tengan otras religiones, para construir esta nueva civilización sobre el cimiento de Cristo, Dios encarnado en la Historia. Como cristiano, pienso –a diferencia de Toynbee– que si Dios ha entrado en la Historia encarnándose en Jesucristo, Él tiene que ser el cimiento de esta respuesta. Naturalmente, como he dicho hace unas líneas, por la convicción y el amor. Cimentar todo en Cristo no es anular las otras religiones, sino penetrarlas de Él, justificarlas a través de Él. ¿Es la visión de esta civilización de la Justicia y el Amor un sueño? ¿Ingenuidad? Puede, pero sólo así la Historia tiene sentido. Siempre las minorías creadoras han sido tachadas de visionarias por la masa de los que se resistían a su respuesta, pero “nunca tantos han debido tanto a tan pocos”. Como dijo André Malraux, “el siglo XXI será el siglo de la espiritualidad o no será nada en absoluto”.

Me gustaría ser uno de los hilos de la pluma. Me gustaría ser parte de esa minoría creadora.

[1] Conviene recordar aquí que el primer paso hacia la democratización del saber vino con la fundación de las Universidades, llevada a cabo por la Iglesia allá por el siglo XIII.
[2] Mateo 5, 43-44. Cfr. todo el sermón de la montaña, Mateo 5,1 – 7, 29.
[4] Paul Valéry, Variedad.
[5] Valéry habla de Europa. Yo me he permitido sustituir Europa por occidente. Tal vez tenga él razón. Tal vez sea en otras zonas más jóvenes de Occidente que no son Europa donde más fácilmente pueda surgir la minoría creadora que necesitamos.
[6] Vuelvo a hacer referencia a la serie de “El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento” citada en una nota anterior para explicar en que consiste este renacimiento filosófico.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tomás: ¿Podrías enviarme el resumen de 130 hojas? Tengo mucho interés en poder leerlo.
Mi correo es jamontero_90@yahoo.com

alan dijo...

Me interesa muchísimo toda la obra de Toynbee, así que por favor si me podés mandar el resumen de 130 páginas te lo agradecería.

Tengo varias cosas para discutir, realmente Toynbee le da un papel tan importante a la Iglesia católica en la civilización occidental? O es una traducción tuya, filtrandolo por tu propia religiosidad.
En mi país (Argentina), "civilización cristiana occidental" es un eufemismo que se dice en broma que defienden los muy conservadores que apoyan la tortura (de la dictadura militar), que están en contra del matrimonio homosexual, etc.

Eso, sin contar que lo que mueve la sociedad actual es el capitalismo: no la religión católica. De hecho, yo diría que una nueva civilización nació de la civ crist occ, allá por el siglo XVII, XVIII, con la Ilustración y la Revolución Francesa, etc.

Me causa mucha curiosidad que opinás de la posmodernidad (desde el punto de vista toynbeeano), que es la época en la que vivimos ahora.
Estas son las características desde el punto e vista de wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Postmodernidad#Como_periodo_hist.C3.B3rico

También me causa mucha curiosidad la opinión que tengas sobre Latinoamérica (es posible considerar a Latinoamérica como parte de la civilización occidental?). Las diferecias que tiene Latinoamérica con EEUU, por ejemplo, son enormes. Qué es Cuba, por ejemplo?
Puede ser interesante pensar el tercermundismo como una renovación por dentro de la iglesdia, pero en general el mundo está mucho más fragmentado de lo que Toynbee lo pinta.

El antiimperialismo que siente latinoamérica frente a, por ejemplo, el FMI (olímpicamente olvidó Toynbee el concepto de Guerra económica, eso es algo que debería arreglarse), puede verse, por ejemplo en este libro que sugiero que hojees:
http://www.taringa.net/posts/info/1234186/Manual-de-Zonceras-Argentinas---Jauretche-Arturo.html

Si escribo todo esto es porque Toynbee es uno de mis pensadores favoritos, junto con Spinoza y Lakatos.


PD: se puede pensar (jaja) el hiperconflicto y el hiperimperio respectivamente comno una forma de estado revuelto y estado universal, en "Breve historia del futuro", http://es.wikipedia.org/wiki/Breve_historia_del_futuro sólo para desvariar.

Así que bueno, espero con ansias el resumen de 130 páginas. Y gracias desde ya.

Anónimo dijo...

Querido Alan, soy Tomás: Lo primero, bienvenido a mi blog. Para enviarte el resumen de 130 páginas necesitaría un mail, porque es demasiado largo para ponerlo en el blog.

Por supuesto que es el propio Toynbee el que se refiere a la civilización cristiana occidental. Toynbee es un agnóstico religioso (no hay contradicción en esto) y se da cuenta de que las raíces de la civilización occidental son cristianas.

Si en tu país se refiere la gente a la civilización cristiana occidental como aquellos que defienden la tortura y están en contra del matrimonio homosexual, pues que pena corromper así el lenguaje y el sentido de la historia. Aparte de que eso de meter en el mismo saco a los que defienden la tortura y están en contra del matrimonio homosexual, me parece un dislate. Tal vez yo sea muy conservador, pero no defiendo la tortura y sí estoy en contra del matrimonio homosexual. Y no soy homófobo en absoluto.

Desde luego que la sociedad actual no la rige el catolicismo. Tampoco debe ser así. Pero los principios cristianos han informado y han hecho de ella una civilización única en el respeto a la dignidad humana, aunque la Iglesia haya tenido enormes sombras junto a grandes luces. Lo que ha empezado a ocurrir en la ilustración es una fase declive de la civilización cristiana occidental (Toynbee también lo cree así). Si quieres saber lo que opino de la posmodernidad y de la revolución francesa tengo una serie de entradas dedicada a la primera y una a la segunda. Seguro que te queda clara mi opinión.

Creo que latinoamérica es parte de la civilización cristiana occidental. Una civilización no es una cosa uniforme. Claro que hay grandes diferencias entre Europa USA y Latinoamérica, pero eso no hace que sean otra civilización, aunque allí hayan existido otras civilizaciones previas. A mi modo de ver, lo peor que le ha pasado a Latinoamérica es haberse visto dirigida desde su independencia por una minoría criolla masónica que la llevó al caos del que está intentando salir. Y, desde luego, como no va a salir es de la mano de antiimperialistas como Chavez o Morales, sino con gente de sentido común como Calderón, Uribe o, incluso Lula. Y será la economía de libre mercado la que saque al mundo de la pobreza, como ya lo ha hecho en gran medida, y no, desde luego el comunismo, que ha sido la mayor lacra de la humanidad. Cualquiera que vea la historia con los ojos abiertos lo ve. Toynbee tiene también palabras muy duras contra el comunismo.

Desde luego, Toynbee no cubrió todas las vicisitudes de la historia. Además a él no le interesaba especialmente la historia contemporánea, sino que veía el gran fresco de la historia de la humanidad como un todo y se le escapaban muchos detalles. No era un pintor hiperrealista. Era más bien como Goya que con grandes pinceladas hace un cuadro de una fuerza impresionante.

Otra vez, muchas gracias por compartir tus ideas y si me das tu mail te mando el resumen de 130 páginas.

Tomás