24 de octubre de 2010

El camino de Sheldon Vanauken hacia la luz I

La semana pasada indiqué que iba a empezar una serie de 5 entregas sobre la experiencia vital de un ateo por renuncia a su fe de cuna, contada por el mismo. Se trata de SHELDON VANAUKEN.

SHELDON VANAUKEN fue un escritor americano, nacido en 1914. Es uno de esos autores que se hace famoso por una sola de sus obras: “A severe mercy” (una misericordia severa). Es muy conocido en el mundo anglosajón y menos en el europeo continental. Estudió en Oxford. Era ateo por rechazo de su cristianismo de la infancia. Se reconvirtió al cristianismo en sus años de Oxford y tras su retorno a Virginia, fue profesor de Historia e Inglés. Se casó con Jean Davies, “Davy”, con quien tuvo un feliz matrimonio hasta la muerte de su mujer. Varios años después escribió su libro más famoso, “Una misericordia severa” donde narra su conversión, su amistad con C. S. Lewis, la muerte de su mujer y la superación del sufrimiento que esta muerte le causó. Posteriormente se hizo católico desde su cristianismo episcopaliano. Otro libro famoso suyo, continuación de “Una misericordia severa” es “Bajo la misericordia”. Murió en 1996.

“Encuentro con la luz”, el breve escrito que transcribo aquí en cinco partes de la que esta es la 1ª, narra, escrito por él mismo, su largo y difícil camino, primero, hacia la fe perdida en la juventud y, después, hacia la Iglesia católica desde la episcopaliana. Es un relato apasionante para todo aquel que se pregunte sobre el sentido de la vida con ardor y honestidad intelectual.



Dedicado a Davy,
la “única persona querida”.


Éste es el relato de un viaje espiritual, y nunca mejor dicho, dados los distintos cambios de perspectiva del viajero. Puede que haya habido un Alguien invisible (el Espíritu Santo) defendiendo y un Enemigo invisible atacando, pero yo no sospechaba su acción por aquel entonces. Y, en definitiva, puede que ellos hayan sido los verdaderos protagonistas, mientras yo desempeñaba el papel más modesto de la batalla, el de guardián del castillo... o el de mayordomo. Pero no sólo eso; porque, aunque me hayan ayudado enormemente, al final la elección corrió de mi cuenta y también yo tuve que arrostrar las consecuencias.


La luz apagada

Emprendí el camino de la conversión, supongo, en el momento de abandonar el cristianismo de mi infancia y volverme un pequeño ateo, y agresivo, a decir verdad. Parece que en la vida de bastantes intelectuales y, en general, de la gente independiente, el avance se realiza en tres pasos: primero, el abandono, a menudo provocado por la rebeldía ante un cristianismo imperfectamente entendido, pueril, apoyado sólo en la autoridad de los adultos; segundo, un retorno, gradual, a muchos de los principios morales y algunas de las ideas del cristianismo; y, tercero, la conversión. Pero, claro está, cada paso puede ser el último que se dé. Como explica el adagio aquel: “Para creer firmemente en algo, hay que empezar por dudarlo”.

Así pues, al dudar y dejar de lado un cristianismo aparentemente impropio, en el que nunca –es un decir– había creído por mí mismo, había avanzado un paso hacia una fe auténtica. Quizás es inadecuada cualquier creencia que uno no ha pensado a su propia manera. Pero, para colmo, veía cuatro inconvenientes en el único cristianismo que yo conocía: no era emocionante, ni positivo, ni suficientemente grande y no se relacionaba con la vida.

No resultaba atrayente: atrayentes eran los griegos de la historia, con su pasión por la verdad y la belleza, lúcidos como un templo dórico recortándose en un mar rojo vino, al anochecer; atrayente era la astronomía, con sus estrellas titilantes y sus enormes distancias; y también la poesía, que alcanza la belleza con el esplendor de las palabras; pero este cristianismo, con sus relatos salpicados de hazañas oscuras e incomprensibles en Palestina, y su tono solemne y sin gracia, resultaba demasiado envarado para entretener, demasiado monótono para conmover.

No era positivo: los cristianos que morían en los circos romanos habían muerto por algo; los caballeros cruzados, cabalgando bajo la cruz de oro, habían luchado por algo; pero este cristianismo no predicaba la cruzada: la cruz sólo estaba puesta ahí para ser venerada. A fin de cuentas, parecía que su mensaje consistía –en gran medida– en que uno era malo si hacía cualquiera de las cosas de una lista bastante larga, como decir “¡Maldita sea!”, o no ir a la iglesia, o beber el delicioso vino que había hecho Nuestro Señor en Caná –de hecho, las iglesias “eran mejores” que el inocente Jesús, por rechazar el vino ardiente que Él escogió como símbolo de la Eucaristía, en favor de un solemne mosto enlatado. Todo era negativo y, a la postre, represivo; uno no trabajaba por algo, excepto, quizá, por tener sillas nuevas en la catequesis y, por supuesto, por un cielo bastante insulso, e incluso las ocasiones en las que se suponía que alguien había llegado allá se vivían con una tristeza inconsolable.

Le faltaba grandeza: Este cristianismo, sencillamente, carecía de la suficiente grandeza para abarcar todos los mundos que giran alrededor del sol y todos los mundos que probablemente giran en torno a la friolera de un millón de soles en la espeluznante inmensidad del espacio; ¿cómo podría relacionarse la redención de la Tierra, en tanto que había sido redimida, con Aldebarán o las nebulosas espirales? Este cristianismo se quedaba, por tanto, demasiado pequeño para ser la verdad.

Por último, no se relacionaba con la vida: De la iglesia para afuera, latía la turbulencia, los enredos y el resplandor de la vida. ¿Qué tenían las iglesias que decir de esto? Con respecto a la guerra y las armas, la voz de este cristianismo era un breve susurro. Iba contra el pecado, a buen seguro; pero los hombres de negocios que practicaban una ética de “el hombre es un lobo para el hombre” seis días a la semana, eran bien recibidos al acercarse al altar... y su dinero en la colecta. Y jamás se reprendía a nadie por acercarse al altar cuando se sabía que no se hablaba con otra persona de la comunidad. Ni se rechazaba a nadie por orgulloso. Por otro lado, en honor a la verdad, estaba claro que uno no debía decir: “¡Maldita sea!”; sí había gente que no era bien recibida al acercarse al altar: la gente de color. ¿Quién iba a creer que aquí se encontraban las verdades de la vida y de la muerte? Yo no, y dudo que los demás sí. Me aparté de esta religión y me declaré ateo.

¡Qué alivio! ¡Qué libertad! El ateísmo era un tónico: si los dioses habían muerto, nada había por encima del hombre. ¡Magnífico! Y era una idea en completa oposición a aquel cristianismo imposible, un fuerte y audaz credo. ¿Pero qué he dicho? ¿Creencia? ¿Confesión? Ahí residía el fallo del ateísmo: uno debía creer en la no existencia de Dios. Y eso, también, es un modo de fe. Sin evidencia ni revelación; y por su propia naturaleza, no puede haberlas. Así que renuncié al ateísmo.

El siguiente paso era el agnosticismo: no saber y ser escéptico sobre la posibilidad de saber. Pero ya, al mismo tiempo, empecé a pensar que quizá se pudiera llegar a conocer algo un poquito. Buena prueba de ello eran los axiomas de la geometría, evidentes en sí mismos e indemostrables. ¿Habría axiomas que tuvieran que ver con el sentido de las cosas? Resolví que algo había creado el universo: esto resultaba evidente, axiomático. Entonces me apliqué al examen de los posibles indicios, evidentes en sí mismos, de la esencia, de esta “causa primera”. Capté un orden. Por supuesto, me había adentrado por sendas bien conocidas, pero eran nuevas para mí. Me empezaron a parecer axiomáticas la inteligencia e infinitud que había de poseer aquel poder creador del universo: el orden debía estar en función de la inteligencia; y sólo una inteligencia infinita podía aprehender la infinitud del espacio y el tiempo. Y la conciencia de la belleza, unida al reconocimiento de la hermosura que había en todo, excepto en lo que el hombre había echado a perder, me persuadieron de que tal belleza reflejaba la belleza de aquel Poder. (Fue mucho más tarde cuando leí a Platón y me entusiasmé al ver eso mismo). Durante mucho tiempo me pregunté si no podría ser la bondad, como la belleza, un atributo axiomático de este Poder. Pero la bondad no existía en esencia, sino en el hombre, y se hallaba bloqueada por el pecado y no se la podía atribuir, como evidente, al Poder, que seguía siendo un alguien impersonal. Yo no creía en la oración, no en la providencia, ni en el juicio; y mi ética no tenía conexión alguna con mi dios. Ya en el colegio había llegado a una forma de teísmo frío, que iba a conservar muchos años.

Una vez, durante mi primer año de universidad, vacilé; necesitaba una ayuda que sólo podía venir a través de una intervención milagrosa de un dios personal; improvisé unas cuantas oraciones urgentes a la desesperada. Cuando, como yo esperaba, no bajó ninguna Mano del cielo, me reafirmé en mi teísmo no cristiano. Durante los años subsiguientes me entregué, con devoción, a la belleza y al amor de una persona; y, teniendo juventud y buena suerte, era feliz, sobre todo por medio de aquel amor. En general, buscaba la bondad, entendiéndola, como el amor y la belleza, parte del Tao o del Camino. En realidad, venía a ser un tipo de paganismo sofisticado, sólo que las insuficiencias de una posición así son mucho menos obvias que las del materialismo.

Mientras tanto, el cristianismo, con el que no pretendía tener la más mínima relación, seguía presentándoseme como una religión ilusoria que proclamaba unas cosas demasiado increíbles sobre un valiente y fanático judío: una religión que debe perderse con la madurez, como la creencia infantil en las brujas y las hadas. Aunque había una cierta belleza en la historia cristiana (como la había en un cuento de hadas), no así en las iglesias: estrechas, pagadas y satisfechas de sí mismas, luchando vagamente con unas supuestas verdades que no podían aceptar; usaban clichés en unos parlamentos de una verborrea pomposa que daba náuseas, hablando de “experiencias en el Tabor” y de “comunidades fértiles”; cantaban unos himnos atronadores y espantosos, y construían un buen montón de horribles edificios.

No sólo no creía en el cristianismo, sino que lo odiaba con todas mis fuerzas; y si una persona se confesaba cristiana, perdía mi estima irremisiblemente. Pero podía guardar las distancias con bastante facilidad y así lo hice.

4 comentarios:

Juan GM dijo...

Muchas gracias, Tomás,
Ya estoy inquieto para recibir el siguiente capítulo. Creo que puede hacer mucho bien una experiencia como esta.
Y qué estupenda frase de Unamuno.
Un fuerte abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Hola Juan GM, soy Tomás:

Me alegro que te haya enganchado lo de Vanauken. Es maravilloso. Si prefieres tenerlo todo junto en vez de esperar a tenerlo en entregas semanales, mándame tu mail (no lo haré públiico) y te lo envío todo junto.

Un abrazo.

Tomás

Juan GM dijo...

No te preocupes, Tomás. Como cuando era pequeño y tenía que esperar a la siguente entrega de cromos, me esperaré a la siguiente.
Un abrazo, y muchas gracias
Juan GM

Anónimo dijo...

Hola Juan, soy Tomás:

A mí, de pequeño, lo que me tenía en ascuas de una semana para otra era "El Capitán Trueno" que siempre te dejaba en el momento más interesante.

De momento, ya tienes puesto el 2º capítulo.

Un abrazo.

Tomás