3 de octubre de 2010

La antesala de la felicidad

Tomás Alfaro Drake

Hace unos años, aal del diario de la noche de Telemadrid, Eduardo Punset estaba presentando un libro. No me enteré muy bien de qué iba, pero me sonaba a una explicación química de la felicidad humana. De repente oí una frase que me puso a pensar. “La felicidad se encuentra en la antesala de la felicidad”, dijo Punset.

Es verdad. Es una experiencia humana general que cuando obtenemos aquello que anhelábamos, nos encontramos con una cierta decepción, pequeña o grande. Cuando pasamos de la antesala de la felicidad a lo que creemos que es la consulta de la felicidad, nos damos cuenta de que estamos en otra antesala. No era eso, no era eso, decimos. Y así, una y otra vez. ¿De donde nos viene ese anhelo insaciable? ¿Hay algo que pueda saciarlo? Las dos preguntas tienen la misma respuesta: Dios. Ningún otro ser de la naturaleza tiene este anhelo. Cuando un perro tiene hambre y come, queda saciado, aunque luego vuelva a tener hambre. Lo mismo nos pasa a nosotros con nuestras necesidades físicas. Porque vienen de la naturaleza, como las de los animales. Pero hay otras cosas que no funcionan así. Son nuestros anhelos espirituales y esos no vienen de la naturaleza, porque no existen en ella. Sólo pueden venir de algo que trasciende la naturaleza. De quien la creó a ella inconsciente y a nosotros, los hombres, conscientes. De Dios. Y, de la misma forma, sólo Dios puede saciarla. Si esto no es una demostración de la existencia de Dios, se le parece mucho. Muchas veces he leído y oído decir que Dios es un invento del hombre para saciar esa sed. Pero no conozco a nadie que me haya sabido decir, ni he leído en ningún sitio, por qué sólo el hombre, entre todos los seres de este mundo, tiene esa necesidad de inventarse a Dios. ¿No será que Dios la ha puesto en nosotros, no para que nos lo inventemos, sino para que le busquemos? Como dice san Agustín. “Fui creado, Señor, para ti, y mi alma está inquieta y no hallará reposo hasta que descanse en ti”.

Pero volvamos a Punset. Si todo lo que la química me puede decir es que sólo hay antesalas y que la felicidad no está en ningún sitio, gracias, pero Punset puede quedarse con su respuesta. Yo creo en un Dios bueno que me está esperando en la consulta de la felicidad y que, cuando por fin abra la última puerta, le encontraré allí. Y no es sólo que lo prefiera. Es que mi creencia es enormemente más plausible que la suya y me encantaría poder debatir esto con él en cualquier foro serio. Porque el éxito aparente de la increencia no se apoya en la razón, sino en una extraña combinación, distinta para cada persona, de cuatro factores; la soberbia de no querer aceptar a alguien superior a nosotros, la necedad, en el sentido etimológico de no querer saber –ne scio–, dejándose llevar por ideas socialmente aplaudidas, el miedo a las exigencias del encuentro y la pereza ante el trabajo de la propia búsqueda. Pudiera parecer que hay un quinto factor de la increencia, que podría llamarse la inercia intelectual. Somos hijos de nuestro tiempo y hemos nacido en un mundo en el que el dogma de fe racionalista forma parte, casi inconscientemente, de nuestras estructuras mentales, configurándolas. “Todo lo que no pueda ser totalmente comprendido racionalmente mediante una cadena de silogismos, no existe”, dice este dogma indemostrado y falso. Naturalmente, Dios, que no entra en la categoría de lo comprendido por mi razón, puesto que la supera por todas partes, no existe para los racionalistas. En realidad, este factor de la inercia intelectual es una combinación de dos elementos: Soberbia y pereza. Soberbia, porque parte de la premisa racionalista de que mi mente tendría que ser superior a Dios. A decir verdad, esta soberbia tiene poco peso en las personas en las que no aceptan a Dios por esa inercia intelectual. La pereza es más activa en ella. Simplemente, se acepta acríticamente el dogma racionalista, casi de una forma inconsciente, porque “siempre ha sido así y así lo acepta ‘todo el mundo’”. Lo cual, también es falso y denota la necedad de no querer saber y el miedo a enfrentarse al “establishment” del pensamiento único y débil. De forma que, al final, los factores de la increencia siguen siendo cuatro.

Como escribió el poeta:

¡Oh, incredulidad, ceguera de los soberbios
que torpemente escupen sobre todo lo bello,
ingenio de los necios, castillo del cobarde,
lecho del perezoso!

Sería muy cómodo quedarnos aquí en la enumeración de las causas de la incredulidad. Todas caerían del lado de los no creyentes. Pero también los creyentes hemos tenido alguna culpa en el éxito de la increencia. Nuestros comportamientos han sido a menudo causa de escándalo. La Iglesia no se ha comportado siempre cono su condición de esposa de Cristo le exigiría. Ya Juan Pablo II pidió disculpas por ello. Y los cristianos, que somos los que formamos la Iglesia no hemos brillado muchas veces por el ardor de nuestra fe ni por nuestra coherencia con ella. Pero también aquí los no creyentes tienen buena parte de la culpa de su increencia. Porque se han sacado el ojo con el que podrían ver el maravillosos comportamiento de la Iglesia en la historia, el heroísmo de millones de cristianos a los largo de ella y su auténtica esencia. Para ilustrar esto nada mejor que el pensamiento de André Frossard, un converso proveniente de las filas de la intelectualidad comunista francesa:

Lo que ahora voy a afirmar nada tiene que ver con la teoría. Es consecuencia de mi experiencia personal. A lo largo de mi vida jamás medité la cuestión de la Iglesia.[...] Durante este tiempo (su época de increencia) viví –y ahora soy plenamente consciente de ello– a expensas de algunas ideas cristianas desviadas de su fin, arrancadas de sus raíces naturales, colocadas en conserva, y que presionaban sobre la tapa que las cubría. Por esto perdono a mi padre y a los hombres de buena voluntad, a quienes su ejemplo me ha enseñado a respetar.

Pero ¿cómo se puede aprender algo útil y verdadero sobre la Iglesia? Mis libros, mis Voltaire, mis Rousseau, mis exploraciones de la nada filosófica y mis hacedores de guerra civil solamente se referían a ella en términos difamatorios; se agarraban a sus pequeñeces y acentuaban sus faltas; olvidaban sus buenas obras e ignoraban sus grandezas y esplendores que, lamentablemente, desde hacía mucho tiempo no llegaban al interior de sus espíritus, porque estaban enteramente preocupados de sí mismos y trataban de evitar la admiración como una humillación.

[...]

Mis libros reconocían cuál había sido el poder que antiguamente ejercía la Iglesia, pero lo hacían con la finalidad de censurar el abuso que la Iglesia había hecho de él. Su historia era la de una gran y rentable empresa que dominaba la sociedad gracias a una máscara filantrópica. La Iglesia sólo predicaba la humildad para obtener resignación, y enseñaba la esperanza para evitar oír la palabra justicia. Esos libros citaban con profusión a los inquisidores, a los papas pendencieros, o a los «gatitos mitrados», en expresión de una dama de la Fronde. Pero nunca se referían a los mártires ni a los santos; exceptuando a Juana de Arco, víctima del poder pendenciero de los clérigos; o a Vicente de Paúl, cuya caritativa actividad evidenciaba las miserias y deficiencias sociales de su tiempo. Se mostraban con exceso esmerados en destacar la cabeza política de la Iglesia terrenal, pero silenciaban todo lo que tuviera relación con su corazón evangélico. Yo sabía todo acerca del comportamiento despótico de Julio II, pero lo ignoraba todo de los encendimientos poéticos de Francisco de Asís.

Nadie me había dicho que, si la Iglesia no siempre había arrostrado en este mundo el buen combate, por lo menos había conservado la fe, y que únicamente era la fe la que había conseguido en esta tierra que reinara la armonía. Nadie me dijo que la Iglesia nos había dado un rostro a quienes no sabemos con exactitud si somos dioses o gusanos cenagosos, si somos el adorno supremo del universo o un débil retortijón de moléculas en una parcela de barro perdido en un océano de silencio. La Iglesia sabía –y constatamos que era la única en saberlo en este siglo de terror– lo que implican la deportación y la muerte; sabía que el hombre es un ser que no cuenta finalmente más que para Dios.

No. Nadie se había ocupado de hacerme saber en esos libros que la Iglesia nos había salvado de todas las desmesuras a las que –indefensos– estamos entregados desde que no se la escucha, o cuando ella se calla. Nadie tuvo el valor de decirme que la Iglesia, por sus promesas de eternidad, había hecho de cada uno de nosotros una persona insustituible, antes de que nuestra renuncia al infinito hiciera de nosotros un átomo efímero, e indefinidamente sustituible, de baba o de espinazo del gran animal estático. Nadie fue capaz de decirme que sus cementerios no estaban llenos –en frase de no sé qué cínico– «de gentes que se creían indispensables», sino que allí conservaba como tesoros las sutiles y casi imperceptibles cenizas de donde un día surgirían los cuerpos resucitados.

En fin, que nadie me dijo en esos libros que los dogmas de la Iglesia eran las únicas ventanas horadadas en el muro de la noche que nos envuelve; y que el único camino abierto hacia la alegría era el pavimento de sus catedrales, desgastado por las lágrimas”
.

Esa es la Iglesia que quien mirase con los ojos de la verdad podría encontrar. Pero esa no es su esencia. Su esencia está en hacer presente cada día al Cristo vivo a través de la Eucaristía, del sacramento del perdón, a través de unos hombres separados para ello. En sacralizar para toda la vida la unión del hombre y la mujer dándoles los medios para perseverar n esa unión y crear una pequeña Iglesia doméstica. En acoger a cada ser humano al nacer, librándole de la muerte, acompañándole al final de su vida, a través de las puertas de la muerte, al país de la Vida. Esa es la auténtica Iglesia abierta a todo aquél que la quiera experimentar.

“El que busca encuentra”, nos ha sido dicho por quien tiene poder para decirlo. Hay una lista inmensa de personas que dicen haber encontrado y cuya vida está llena de equilibrio y belleza. Y uno que encontró, san Anselmo, dejó bellamente escrito: “Te buscaré deseándote, te desearé buscándote. Amándote te encontraré, encontrándote te amaré”. Me apunto. Y, diga lo que diga Punset, seguiré abriendo puertas de antesalas de la felicidad, sabiendo que, tras la última puerta, la encontraré en mi Dios acompañado en cada antesala por su Cristo.

8 comentarios:

luis dijo...

interesante articulo

Anónimo dijo...

Hola Luis, soy Tomás. Muchas gracias, me alegro que te haya intersado.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Muchas gracias Tomás por este artículo! me ha encantado!

un abrazo,

Marcelo

Anónimo dijo...

Hola Marcelo, soy Tomás:

Me alegro que te haya encantado el artículo. Gracias por seguir mi blog.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Muchas gracias Tomás,

Como siempre, es un placer seguir buscando también en tus líneas.

Un abrazo,
Fernando

Anónimo dijo...

Hola Fernando, soy Tomás:

Muchas gracias por buscar en mi nido de urraca.

Un abrazo.

Tomás

A+ dijo...

Hola Tomás, muy interesante, valiente y sincero análisis. He sido alumno tuyo y no me extraña que también en estos vericuetos disfrute con tus explicaciones aunque he de decirte que difiero en algo: como creyente, ¿no crees que toda la existencia es una antesala a la Felicidad y no por ellos quiere decir que la felicidad no habite en ella? En ese caso darías la razón a Punset (a medias) ¿no crees?. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola A+, soy Tomás. La A+, ¿te la puse yo, o te la has adjudicado tú? Por la pregunta, creo que te la has ganado tú. Me alegro que me sigas también por estos vericuetos.Bienvenido

Claro que aunque en este mundo no haya más que antesalas de la felicidad y la auténtica felicidad esté en el Otro, ya en este mundo hay atisbos de esa felicidad. Porque la creación entera habla por analogía de su Creador. Pero eso no le da, de ninguna manera la razón a Punset. La tiene en parte, pero por lo contrario, cuando dice que sólo existen antesalas, ya que no cree en un mundo más allá en el que nos espera Dios. Pero al decir que ya en este mundo podemos atisbar la felicidad porque le atisbamos a Él en su creación,mealejo de darle la razón.

En fin, un placer reencontrarte. Espero seguir sabiendo de ti.

Un abrazo.

Tomás