14 de noviembre de 2010

El camino de Sheldon Vanauken hacia la luz III

Tomás Alfaro Drake


Hace unas semanas indiqué que iba a empezar una serie de 5 entregas sobre la experiencia vital de un ateo por renuncia a su fe de cuna, contada por el mismo. Se trata de SHELDON VANAUKEN.

SHELDON VANAUKEN fue un escritor americano, nacido en 1914. Es uno de esos autores que se hace famoso por una sola de sus obras: “A severe mercy” (una misericordia severa). Es muy conocido en el mundo anglosajón y menos en el europeo continental. Estudió en Oxford. Era ateo por rechazo de su cristianismo de la infancia. Se reconvirtió al cristianismo en sus años de Oxford y tras su retorno a Virginia, fue profesor de Historia e Inglés. Se casó con Jean Davies, “Davy”, con quien tuvo un feliz matrimonio hasta la muerte de su mujer. Varios años después escribió su libro más famoso, “Una misericordia severa” donde narra su conversión, su amistad con C. S. Lewis, la muerte de su mujer y la superación del sufrimiento que esta muerte le causó. Posteriormente se hizo católico desde su cristianismo episcopaliano. Otro libro famoso suyo, continuación de “Una misericordia severa” es “Bajo la misericordia”. Murió en 1996.

“Encuentro con la luz”, el breve escrito que transcribo aquí en cinco partes de la que esta es la 3ª, narra, escrito por él mismo, su largo y difícil camino, primero, hacia la fe perdida en la juventud y, después, hacia la Iglesia católica desde la episcopaliana. Es un relato apasionante para todo aquel que se pregunte sobre el sentido de la vida con ardor y honestidad intelectual.


Un cruce de cartas

A C.S. Lewis de Sheldon Vanauken (I)

Escribo por un impulso –que por la mañana quizá deseche por parecerme imprudente y presuntuoso. Pero hace unos instantes sentí que me había embarcado para un viaje que me podría conducir a Dios algún día. Incluso ahora, cinco minutos más tarde, me inclino a añadir un “puede ser”. Hay un salto que no sé cómo dar; se me ocurre que usted, habiéndolo dado, habiendo hallado certeza en el cristianismo, podría, no ya hacerlo por , pero sí darme una pista de cómo hacerlo. Después de sentir el atractivo histórico y estético del cristianismo y de emprender su estudio, he llegado a tomar conciencia de la fuerza y la “posibilidad” de la respuesta cristiana. Me gustaría creerla. Deseo conocer a Dios, si es que es cognoscible. Pero no puedo rezar con la convicción de que Alguien me escuche. No puedo creer.

Simplemente, me parece que algún poder inteligente construyó el universo y que todos los hombres deben conocerlo, por axioma, y deben sentir temor ante la infinitud de su poder. Me parece natural que los hombres, conociendo y sintiendo así, intentaran elaborar algo a partir de una cosa tan sencilla: Los profetas, el Príncipe Buda, el Señor Jesús, Mahoma, Brahmanes, y que así nacieran las religiones en el mundo. Pero, ¿cómo se puede escoger una como la verdadera? Para un visitante inteligente de Marte, el cristianismo ¿no le resultaría meramente una religión de tantas?

Dije al principio que me sentía como si fuera por un largo camino que un día me conduciría al cristianismo; debo creer, entonces, que lejos de ser una moda es la verdad. ¿O es sólo que quiero creerlo? Pero, al mismo tiempo, algo más, dentro de mí, me dice: “Desear creer conduce al propio engaño. Vale más la honestidad que cualquier consuelo fácil. Ten coraje de encararte al hecho de que todos los hombres pueden no ser nada para el Poder que hizo las estrellas”.

Y aun así me gustaría creer que el Señor Jesús es de verdad mi Dios misericordioso. Para los apóstoles que pudieron hablar con Jesús, debió de haber sido fácil. Pero vivo en un “mundo real” de autobuses rojos y calcetines de nylon y bombas atómicas. Sólo tengo los relatos de las experiencias con la deidad dados por otros. Sin ángeles, ni voces, ni nada. O, mejor, con una cosa: Los cristianos vivos. De alguna forma usted, que está en este mismo mundo, con los mismos datos que yo, significa más para mí que los obispos del pasado fiel. Usted dio el salto del agnosticismo a la fe: ¿Cómo? No sé bien cómo me he atrevido a escribirle esto a usted, un ocupado catedrático de Oxford, no un sacerdote. Pero sí lo sé: usted sirve a Dios, no a usted mismo; usted debe hacerlo, si es cristiano. Quizá si tuviera la sensatez de verlo, mi respuesta radique en el hecho de haberle escrito.

De C.S. Lewis a Sheldon Vanauken(I)

Mi propia posición a las puertas del cristianismo era exactamente la opuesta a la tuya. Tú deseas que sea verdad; yo deseaba ardientemente que no lo fuera. Al menos, aquél era mi deseo consciente: puedes sospechar que tenía deseos inconscientes de diferente signo y que fueron éstos los que al final me empujaron. Cierto: pero entonces, también yo puedo sospechar que, bajo tu deseo consciente de que sea verdad, se oculte un fuerte deseo inconsciente de que no lo sea. Esto nos lleva a que todo ese material moderno sobre los deseos ocultos y los pensamientos deseables, por útil que pueda resultar para explicar el origen de un error ya reconocido como tal, resulta perfectamente inútil para decidir, de dos creencias, cuál es la errónea y cuál la verdadera. Porque: (a) uno nunca conoce todos sus deseos y: (b) en las cuestiones importantes, como ésta, incluso los deseos conscientes apuntan casi siempre en ambas direcciones.

Lo que sí que pienso que se puede decir con certeza es esto: la idea de que a cualquiera le gustaría que el cristianismo fuera verdad y que por consiguiente todos los ateos son unos valientes que han aceptado el fracaso de sus más profundos anhelos, es sencillamente una rematada tontería. ¿Piensas que gente como Stalin, Hitler, Haldane, Stapledon (un escritor formidable, dicho sea de paso), estarían contentos de levantarse una mañana y encontrarse con que no eran sus propios amos, que tenían un Señor y Juez, que no había nada incluso en el más hondo rincón de sus pensamientos sobre lo cual pudieran decirle: “¡Fuera! Privado. Esto es asunto mío?” ¿De verdad lo crees así? ¡Qué va! Su primera reacción sería (como fue la mía) de rabia y de terror. E incluso dudo mucho que tú lo encuentres simplemente agradable. ¿No es verdad que la creencia en el cristianismo satisfaría algunos de tus deseos (algunos que en realidad sentimos muy pocas veces) y violentaría muchos otros? De modo que abandonemos el asunto de los deseos. Todavía no le ha ayudado a nadie a resolver ningún problema.

No estoy de acuerdo con tu visión de la historia de la religión en cuanto que Cristo, Buda, Mahoma y otros hayan desarrollado una idea simple original. [...] Una religión clara, lúcida, transparente, simple [...] es un desarrollo posterior, que surge usualmente entre personas altamente educadas en las grandes ciudades. Con lo que en realidad comienzas es el ritual, el mito, y el misterio, la muerte y retorno de Balder u Osiris, las danzas, las iniciaciones, los sacrificios, los reyes divinos. Frente a ellos están los filósofos, Aristóteles o Confucio, difícilmente clasificables como religiosos. Los únicos dos sistemas en los que el misterio y la filosofía se dan la mano son el Hinduismo y el Cristianismo, el budismo es una simplificación posterior del Hinduismo y el Islam del Cristianismo; el Tao es un bien ético, más bien triste, por otro lado. Ahí tienes (En el hinduismo y el cristianismo) tanto la metafísica como el culto (en continuidad con los cultos primitivos). Por eso es por lo que mi primer paso era asegurarme de que uno u otro de éstos tenía la respuesta. Porque la realidad no puede ser la que apela o bien sólo a los salvajes, o sólo a los eruditos. Las cosas reales no son así (p. ej., la materia es la primera y más obvia cosa que te encuentras –leche, chocolates, manzanas–, y también el objeto de la física cuántica). El problema no es simplemente una multitud de religiones desconectadas. La elección está entre (a) La visión materialista del mundo: que yo no puedo creer. (b) Las verdaderamente arcaicas religiones primitivas: que no son suficientemente morales. (c) La (pretendida) plenitud de estas en el Hinduismo. (d) La (pretendida) plenitud de estas en el Cristianismo. Pero la debilidad del Hinduismo es que realmente no junta los dos cabos. En el Hinduismo, la religión irredimiblemente salvaje avanza en la aldea; el Ermitaño filosofa en el bosque: y ninguno de los dos interfiere realmente en el otro. Es sólo el Cristianismo el que impulsa a un erudito como yo a participar en una fiesta ritual de sangre, y el que también impulsa al converso centroafricano a seguir un ilustrado código universal de ética.

(Creo que esta larga respuesta de Lewis a Veneuken sobre la verdad del cristianismo es demasiado traída por los pelos. A mí me parece mucho más contundente una distinción a la que Vanauken llega más adelante: que la gran diferencia entre Cristo y los grandes creadores de otras religiones es que Cristo es el ÚNICO de todos ellos que declara ser el mismo Dios, encarnado para la salvación de TODOS los hombres y presente en el mundo hasta el fin de los siglos. Ningún otro ha tenido semejante pretensión. Y esto deja al cristianismo y a la Iglesia católica ante un dilema de cada persona: O esa pretensión es verdad, Cristo es Dios y se hace presente en la historia cada día a través de la Iglesia, por pecadores que sean las personas que la forman, o es la mayor y más terrible mentira que haya sufrido nunca la humanidad. No hay término medio. La primera alternativa es revolucionaria y debería marcar la vida de quien la acepte. Si es así, el cristianismo, a través de la Iglesia católica es la Salvación de toda humanidad. Quien opte por la segunda alternativa, se encuentra con el marasmo de religiones, todas con una parte de verdad, pero ninguna para TODA la humanidad y ninguna que pueda salvar al hombre, porque no pasa de ser una construcción de su mente, exceptuando a la judía que era una preparación del mismo Dios para la venida de Cristo. Ser o no ser, he ahí la cuestión. No decidir ante esta cuestión es decidir de la manera más irracional que darse pueda: como las avestruces).

¿Has leído los Analecta de Confucio? Termina diciendo “Este es el Tao. No sé si alguien lo ha cumplido alguna vez”. Cosa interesante: se puede realmente pasar directamente de aquí a la Epístola a los Romanos...

A C.S. Lewis de Sheldon Vanauken (II)

He aquí mi dilema fundamental: No puedo creer en Cristo a menos que tenga fe, pero no puedo tener fe a menos que crea en Cristo. Éste es “el salto”. Si ser cristiano es tener fe (y claramente es eso), no puedo ir más allá: debo aceptar a Cristo para ser cristiano, pero debo ser cristiano para aceptarle. No tengo fe y todavía no creo; pero parece que el mundo dice: “Debes tener fe para creer”. ¿Y de dónde la saco? ¿O va a decirme usted algo distinto? ¿Hay alguna prueba? ¿Puede la Razón pasarle a uno el abismo... sin fe?

¿Por qué espera Dios tanto de nosotros? ¿Por qué exige este esfuerzo para creer? Si nos pusiera claro que Él es –tan claro como que el sol sale o como una piedra o como el llanto de un niño– ¿no sería bien gozoso optar por Él y por su ley? ¿Por qué en el recto ejercicio de nuestra libre voluntad ha de haber ese miedo a la falta de honradez intelectual.

Debo escribir más sobre el tema de mis “ganas de que sea verdad”, aunque admito que probablemente tenga ganas de una cosa y de la otra, y que mi deseo no me ayuda a resolver ningún problema. Su argumento de que Hitler y Stalin (y yo) se horrorizarían al descubrir un Maestro al que nada se le oculta es muy fuerte. De hecho, nada hay en el cristianismo que me repugne tanto como la humildad, el doblar la rodilla. Si yo llegara a saber por encima de la esperanza o la desesperación que el cristianismo es verdad, mi lucha en adelante sería ir contra el orgullo del: “me rompo pero no me doblo”. Y, aún así, ¿no aceptaría yo (y también Stalin) la humillación de un Maestro para escapar del horror de dejar de ser, de la nada, al morir? Además, el saber que Jesús era de verdad Señor no sería una mera noticia agradable que satisficiera uno de nuestros raros anhelos. Sería arrollador: (a) que el Materialismo fuera tan falso como feo; (b) que algunas de las repugnantes predicciones formuladas por los marxistas, los freudianos, y las manipulaciones de los sociólogos no fueran reales (incluso aunque se produjeran); (c) que el crecimiento propio hacia la sabiduría no va a perderse, y (d) sobre todo, que la bondad y la belleza sobrevivirían. Y entonces desearía que fuera verdad y pienso que aceptaría cualquier humillación, con tal que lo fuera. Lo malo de desear que sea verdad es que miro con recelo cualquier impulso que siento hacia la fe, como derivado de las ganas; pero lo bueno es que el deseo sí da el salto. Así que, en adelante; he de seguir tan lejos como pueda.

De C.S. Lewis a Sheldon Vanauken(II)

La contradicción “debemos tener fe para creer y debemos creer para tener fe” pertenece a la misma clase de aquellas con que los filósofos Eleáticos probaban la imposibilidad del movimiento. Existen muchas otras. No puedes nadar si no sabes mantenerte en el agua y no puedes mantenerte en el agua sin saber nadar. O, de nuevo, en un acto de volición (p. ej. levantarse por la mañana) ¿el principio de tal acto es en sí mismo voluntario o involuntario? Si es voluntario, entonces debes haberlo querido,... tú ya lo estabas queriendo,... no fue realmente el principio. Si involuntario, entonces la continuación del acto (habiendo sido determinado por el primer momento) es involuntario también. Pero a pesar de esto, de hecho nadamos y salimos de la cama.

No creo que haya una prueba (como la de Euclides) demostrativa, del cristianismo, ni de la existencia de la materia, ni de la buena voluntad y honestidad de mis mejores y más antiguos amigos. Pienso que las tres cosas son (excepto quizá la segunda) mucho más probables que las opuestas... y sobre el por qué Dios no lo hace evidente: ¿estamos seguros de que a Él puede siquiera interesarle un tipo de deísmo que consistiera en un consentimiento lógico a un argumento concluyente? ¿Nos interesa a nosotros en nuestros asuntos personales? Exijo de mi amigo que crea que mi buena intención es cierta sin tener una prueba demostrativa. No aceptaría su confianza si él necesitara una prueba rigurosa. ¡Caramba, todos los cuentos de hadas esconden una verdad! Otelo creyó en la inocencia de Desdémona cuando quedó probada: pero demasiado tarde. Lear creyó en el amor de Cordelia cuando se demostró: pero ya era demasiado tarde. “Pierde su fama quien espera a que todo salga a la luz”.

Se nos pide la magnanimidad, la generosidad de fiarnos de una probabilidad razonable. Pero ¿y si se cree y al final no es verdad? Porque, entonces, habrías mirado al universo como no le correspondía. Entonces, el error sería incluso más interesante que la realidad. ¿Cómo podría ser así? ¿Cómo podría un universo sin inteligencia haber producido criaturas cuyos solos sueños son mucho mejores, más vigorosos y sutiles que él mismo?

Fíjate que la vida después de la muerte, que todavía te parece lo esencial, fue en sí misma una revelación tardía. Dios preparó a los judíos durante siglos para que creyeran en Él sin prometerles una vida después y, con su gracia, me instruyó a mí de la misma manera durante un año. Es como el príncipe disfrazado del cuento que gana el amor de la heroína antes de que ella sepa que es algo más que un leñador. Si viniera antes lo que debe venir después, sería una especie de soborno.

Y ahora, otra cosa sobre los deseos. Un deseo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero ¿qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: “Tener hambre no prueba que tengamos pan”. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto no tenga “comida”, sí prueba que existe la comida. P. ej. si fuéramos una especie que no comiera normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo es “feo” (creo conveniente una aclaración. El mundo del materialismo es el mundo en el que sólo hay materia, del que se excluye el espíritu. Esta fealdad no se refiere al mundo material, que está lleno de belleza. La propia Biblia, desde el principio, después de todos los actos de creación de Dios, dice: "Y vio Dios que era bueno" (y bello). Pero es el espíritu el que percibe la bondad y la belleza de una creación en la que el hombre tiene ese espíritu para contemplar la belleza de un universo creado para una finalidad espiritual). Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista, ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hicieren, ¿no sugeriría fuertemente este mismo hecho que no hubieran sido siempre criaturas acuáticas? Date cuenta de cómo continuamente nos sorprendemos del paso del Tiempo. (“¡Cómo vuela el tiempo! ¡Parece mentira que fulanito ya sea tan mayor y se case! ¡Casi no puedo creerlo!”). En nombre del cielo, ¿por qué? A menos que, en realidad, haya algo en nosotros que no sea temporal...

Pero pienso que tú ya estás cogido en la red. El Espíritu Santo va tras de ti. ¡Dudo que te escapes!

Tuyo, C.S. Lewis.




Estas cartas de Lewis me dieron mucho que pensar y también me asustaron – especialmente el chocante párrafo último. Yo era todavía incapaz de dar el “salto”. Varias personas oraban por mí y yo consideraba esta actividad con desasosiego y sospecha. Sentía que estaban esperando que algo pasara: me dirigían complacientes miradas inquisitivas cuando nos encontrábamos en la calle. Así mismo, recelaba de cualquier pequeño arrebato sentimental sobre el Señor Jesús y me amonestaba a mí mismo contra el sentimentalismo. Pero ya admitía que había un lugar para la emoción, como para la razón. Escribí en mi cuaderno:

"Parece que el cristianismo requiere las dos cosas: un asentimiento emocional y uno intelectual. Si sólo hay emoción, la razón plantea preguntas que, si no se contestan, pueden conducir a errar el camino, porque el amor no puede sostenerse sin comprensión. Por otro lado, hay un vacío que debe cubrirse con la emoción. Si se recela de un acceso de sentimiento que puede ser una fe incipiente, ¿cómo va uno a cruzar el puente?"

Mi posición en este punto –al borde ya del sí– era más o menos: Yo tenía mi “segunda mirada” al Cristianismo mucho antes de decidirme. ¿Qué había encontrado? Ciertamente mucho más de lo que esperaba. Ahora el cristianismo me parecía estimulante intelectualmente, estéticamente apasionante, emocionalmente conmovedor. Me había medio enamorado de Jesús; suspiraba por Él y deseaba caer de rodillas ante Él. Como la mujer de Graham Green, que llegó a la fe de la misma forma que uno se enamora, yo me estaba enamorando, pero mi cabeza desconfiaba: Algo dentro de mí me seguía diciendo: “¡No te rindas! ¡Conserva la cabeza! ¡Por muy delicioso y consolador que sea, no des tu brazo a torcer!”.

La iglesia ya no me parecía un montón de sectas en lucha que la deshonraran: Ahora veía a la Iglesia espléndida y terrible, atravesando los siglos con sus himnos y sus cruces brillantes, con la mirada firme de los santos. La fe ya no era cosa de niños; había personas inteligentes que la guardaban con fortaleza, caminando al son de un canto secreto que yo no podía oír. ¿O sí que oía algo, irresistiblemente dulce, alto y claro? Una persona querida que me había acompañado estando fuera de la fe, de pronto, al pasar por una habitación, quedó arrebatada por aquel canto, la compañía de los fieles. Me había quedado solo y, enfadado, me sentí traicionado. Si yo no podía avanzar, tampoco los demás deberían. El cristianismo me parecía probable; todo giraba en torno a Jesús: ¿Era Él, de veras, Cristo, el Señor? ¿Era Él “Dios de Dios”? Ahí estaba el meollo del asunto. La pretendida prueba era la de la Resurrección; el creer que Cristo resucitó de entre los muertos, bien lo sabía, había sido lo que convenció a los primeros cristianos. Y yo veía con claridad que, en realidad, sólo había tres posibilidades: O los apóstoles inventaron la historia después de la crucifixión; o el propio Jesús se inventó la pretensión de su divinidad y lo demás era un sueño de los otros; o era precisamente una verdad fehaciente. Yo ya había superado la ingenua creencia de que la ciencia moderna ha demostrado la imposibilidad de que sucedan milagros. Sabía que la ciencia, que se refiere a la naturaleza, no podía decir nada en absoluto sobre la posible intervención de la Sobrenaturaleza. La Encarnación y la Resurrección podían ser verdad. Era simplemente una cuestión de evidencia, y el hecho de que yo en concreto nunca haya visto un milagro no implica que no pueda haber milagros en la ocasión suprema de la historia. Parece extremadamente improbable que los apóstoles hayan maquinado esta historia: Los Evangelios suenan a sinceros y, además, la gente no muere proclamando en su último aliento lo que saben que es mentira, especialmente cuando podían salvar sus vidas negándolo. Muchos de estos hombres habían sido ejecutados de un modo desagradable y, de haberse retractado, la fama de su negación habría corrido como la pólvora. E, igualmente, no me entraba en la cabeza que el propio Jesús se hubiera engañado: un hombre que va perdonando los pecados, diciendo haber existido desde toda la eternidad [antes de que Abraham existiese, era Yo], proclamando que cualquiera que le hubiera visto a Él, había visto al Padre (nótese que no sugirió modestamente que la divinidad estuviera en cada uno, o que el que hubiese visto a Pedro había visto al Padre). Un hombre así no se engaña: o es un perturbado, un megalomaníaco más bien horrible, o está diciendo la verdad. Y yo no me creía que un lunático hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña o las parábolas. Me quedaba la tercera opción; que fuese cierto. No era un imposible; era lo único plausible; pero de una magnitud excesiva para comprenderse. Sabía que se trataba de una posibilidad razonable (susceptible de ser razonada); sospechaba que era verdad. Vislumbraba que todos aquellos anhelos sin nombre que había sentido, cuando las últimas luces otoñales ardían al crepúsculo, cuando los gansos salvajes graznaban en sus vuelos nocturnos, cuando la primavera asomaba por una mañana de abril, en realidad eran ansias de Dios.

Pero la sospecha no es certeza. Todavía quedaba un vacío entre lo plausible y lo probado; si iba a apostar toda mi vida por Cristo Resucitado, quería letras de fuego a lo largo del cielo. No las tuve. Y esperé.

Una noche, leyendo, profundamente desasosegado, la tremenda obra de Dorothy Sayers "El hombre nacido para ser rey", me impresionó la trascendencia de la respuesta a una pregunta de Jesús sobre la fe: “Señor, yo creo: pero ayuda a mi incredulidad”. Qué contradicción. Una paradoja. Pero ¿podría ser la clave para aquella otra paradoja: “uno debe tener fe para creer, pero debe creer para tener fe”? ¿Una paradoja soluciona otra paradoja? Sentí que sí; y también comprendí que éste constituía un “punto de partida importante”.

Un día después vino el segundo “punto de partida” intelectual: la espeluznante consideración de que no podía dar marcha atrás. En mi antiguo y fácil deísmo, había tenido el cristianismo por una especie de cuento de hadas y ni aceptaba ni rechazaba a Cristo, porque tampoco me había encontrado con Él. Pero ahora sí. No era, como había pensado cómodamente, una mera cuestión de aceptarlo o no. Ahora se trataba de aceptarlo, ¡o rechazarlo! ¡Dios mío! También había un vacío detrás de mí. Quizá el salto al sí me aterrorizaba, pero ¿y el salto a la negación? Podía no haber certeza de que Cristo fuera Dios, pero, ¡santo cielo!, ¡tampoco la certeza de que no lo fuera! Si le aceptaba, probablemente, tendría que enfrentarme a este pensamiento durante años: “Quizá, después de todo, es mentira; me la han jugado”. Pero si lo rechazaba, sin duda alguna me atormentaría un pensamiento terrible: “Quizá es verdad: ¡y yo he rechazado a mi Dios!”.

No aguantaba más. No podía rechazar a Cristo. Sólo podía hacer una cosa. Me volví y me lancé al vacío por Cristo. Una mañana primavera, el 29 de marzo, escribí en mi diario y a C. S. Lewis:

“Elijo creer en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en Cristo, mi Señor y mi Dios. El cristianismo tiene el sonido, el sentimiento de la única verdad. La verdad esencial. Por él, la vida queda llena y no vacía, llena de sentido, en vez de sin sentido. El cosmos se hace hermoso en el Centro, en vez de espantosamente feo bajo el agradable sentimiento de la primavera. Pero el vacío, el sin sentido y la fealdad sólo pueden verse, pienso, cuando uno ha vislumbrado la plenitud, el sentido, la belleza. Cuando ambos, el cielo y el infierno, se han vislumbrado, entonces volver atrás es imposible. Pero también el dar el paso adelante parecía imposible. Barruntar no es ver. Hay que elegir: no hay certeza. Sólo se puede elegir un lado. De modo que yo escojo ahora mi lado: escojo la belleza; elijo lo que amo. Opto por creer en creer. No puedo hacer más: elegir. Confieso mis dudas y pido a Cristo que entre en mi vida. No sé lo que Dios sea, pero le digo: Haz en mí según tu voluntad. No afirmo que no dude, dudo, pero pido ayuda, tras haber elegido, para superarlo. Dudo pero digo: Señor, creo, pero ayuda a mi incredulidad”.

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