20 de noviembre de 2010

Sobre el cierre al culto público de la basílica del Valle de los Caídos

Tomás Alfaro Drake

El mismo día que el Papa estaba en Santiago de Compostela, el gobierno cerraba al culto público la Basílica del Valle de los caídos. Ni que decir tiene que me parece un acto arbitrario e injusto. Un abuso de poder y un atentado contra la libertad religiosa. Por eso, leí con verdadera expectación la homilía del abad de los monjes Benedictinos del Valle de los caídos de ese Domingo, que añado al final para que sirva para contrastar lo que digo.

Pero debo decir que sufrí una decepción. Soy católico, practicante, y doy testimonio público de mi fe. La defiendo a través de libros, de este blog, de numerosos envíos de mail, de la radio y de otros medios. Sin embargo, me parece que en esa homilía y en muchos círculos católicos, se está deformando de forma rayana en la caricatura la “persecución” a los católicos en España. He empezado estas líneas diciendo que el cierre de la basílica del Valle al culto público me parece un atropello. Por supuesto, entiendo perfectamente el dolor y la rabia que al abad de los Benedictinos del Valle le produce este atropello. Pero de ahí a compararnos, como se hace en la homilía, con la familia a la que se tortura en el segundo libro de los Macabeos, o con el perseguido pueblo polaco de los años 80 bajo la bota comunista, o con los católicos de Bagdad, o con los mártires cristeros de México, hay un abismo. Crear este abismo es algo totalmente disculpable en el caso de la comunidad Benedictina del Valle, pero no lo es, o lo es en muy pequeña medida, el que los católicos aceptemos esta deformación sin espíritu crítico. Es cierto que vivimos en una sociedad laicista, de un laicismo militante, de ninguna manera neutro ni respetuoso con la libertad religiosa, que intenta borrar todos los valores cristianos que, en definitiva, son valores humanos. Es también cierto que ese laicismo puede ser más perjudicial para la fe que una persecución abierta.

El Papa, el día anterior del cierre de la basílica del Valle, en el avión que le traía a Santiago, hizo unas declaraciones que levantaron la polémica en los medios. Dijo: “Pero también es verdad que en España ha nacido una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como lo vimos precisamente en los años treinta, y esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, se realiza hoy nuevamente en España”. No me parece que estas palabras esten entre las más afortunadas de este magnífico Papa. Bien es verdad, que las dijo en una entrevista improvisada en el avión, sin preparación previa. Ciertamente que hay en España un secularismo, un laicismo y un anticlericalismo fuerte y agresivo. Pero esta agresividad y este enfrentamiento entre la fe y la modernidad, se dirige a los valores cristianos, no a la persecución de los cristianos. Que es tan agresivo como en los años treinta, aunque de otra forma, lo pueden atestiguar los cientos de miles de abortos. Pero a esos seres humanos nonatos no se les mata por ser cristianos. Entre las palabras del Papa citadas más arriba, no aparece, sin embargo, la palabra persecución. Decir que los cristianos españoles estamos tan perseguidos como los polacos de los años 80 o como los católicos de Irak o como los cristeros de México, es sencillamente falso. Se cuentan con los dedos de una mano, de puro excepcionales, los casos de las personas que hayan sufrido agresiones por su condición de católicos. Y cuando éstas se han producido, no ha sido por las autoridades públicas, sino por exaltados o delincuentes. Casi igualmente excepcionales son los casos de las personas que se han visto perjudicados en sus bienes o en su trabajo por su condición de católicos. Más allá de que nos llamen retrógrados, integristas o “meapilas”, pocos son los perjuicios adicionales de los cristianos en España.

Yo, personalmente, soy un cristiano que me significo como tal y que todo el mundo, en todos los medios en los que me muevo, sabe de mis creencias. Jamás me he sentido perjudicado por ellas. Si alguien me señala con el dedo como retrógrado, integrista o “meapilas”, me fumo un puro. Seguramente no tendría el valor de afrontar una persecución como las mencionadas anteriormente. Le pido a Dios que, si un día llegara a producirse algo así en España, me diese el valor necesario. Pero de momento eso no ha llegado y, si soy sincero, no creo que llegue. No en la secularizada sociedad española ni de ningún otro país de Occidente, al menos mientras Occidente siga siendo Occidente, que no está claro que lo vaya a seguir siendo dentro de unos decenios. Pero esto es otra historia.

No me parece buena estrategia la del victimismo. Este falso victimismo da alas a los laicistas españoles, sencillamente porque falta a la verdad y es la verdad la que nos hace libres y no la deformación de la realidad. En vez de quejarnos de persecuciones inexistentes, sería mejor estrategia proclamar nuestros valores sin vergüenza, defender cívicamente nuestros principios, testimoniar públicamente nuestra fe. Por eso, he firmado, y pido a todo el mundo que la firme, las dos peticiones de que se reabra al culto público la basílica del Valle, aunque no me parezca procedente la homilía de su abad. Protestemos por ello con toda energía, pero no confundamos las churras con las merinas.

Debo también decir, y lo digo con pena, que me ha sorprendido la falta de reacción de la jerarquía de la Iglesia española sobre este tema. Ciertamente, todo lo relacionado con el Valle de los Caídos está envuelto en unas connotaciones histórico políticas muy peculiares. Pero, sea cual sea la postura que uno tenga sobre los motivos y forma de la construcción de la basílica y de la Cruz, lo que es indudable es que los Benedictinos que hoy se encuentran allí, nada tienen que ver con todo ello. Imagino que es el miedo a que la tachen de nostálgica del franquismo lo que ha llevad a la jerarquía católica a inhibirse en este tema. Pero eso me parece faltar a la justicia por miedo. No miedo a la persecución, sino miedo a la manipulación que se pudiera hacer desde los medios de comunicación. Pero si la Iglesia no defiende a las duras la justa libertad religiosa, ¿quién lo va a hacer? Por supuesto, los propios cristianos debemos hacerlo. Pero ojala, todavía es tiempo, la jerarquía de la Iglesia de España alce su voz contra ese atropello, digan lo que quieran decir los medios de comunicación. Sin embargo, también es verdad que es muy fácil decir lo que otros tienen que hacer cuando uno no tiene responsabilidad sobre los acontecimientos que se puedan derivar de determinadas actuaciones. La jerarquía católica sí la tiene y yo no. Tampoco tengo suficiente información. No tengo ni idea de lo que la conferencia episcopal esté tratando con el gobierno en este momento. Pero hay un hecho que tal vez tenga alguna conexión con su silencio. El gobierno ha pospuesto la tramitación de una ley de libertad religiosa que, a buen seguro, será más bien una ley de limitación de libertad religiosa a los cristianos. Tal vez la conferencia episcopal tenga que ver con la retirada de esa ley. Y tal vez, en esta situación sea una cuestión de elemental prudencia y no de miedo, guardar silencio sobre un tema puntual para no desencadenar uno general muy perjudicial para los católicos. Son sólo tal veces, pero son plausibles. Y prefiero conceder el beneficio de una duda razonable antes que arrojar la primera piedra. Sin duda, la mejor actitud hacia la jerarquía católica es rezar para que el Espíritu Santo ilumine a los obispos sobre lo que tienen que hacer y les de la fuerza para hacerlo.

Sigue a continuación la homilía que ha dado pie a este comentario.

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Las lecturas de hoy resultan sugerentes sobre todo para dos aspectos de nuestra vida actual. Por un lado, nos encontramos en el mes de noviembre, dedicado a la intercesión por las almas de los difuntos: se abre con la solemnidad de Todos los Santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad ante Dios y a la salvación eterna; y al día siguiente prosigue con la conmemoración de los Fieles Difuntos, que instituyó el abad cluniacense San Odilón a inicios del siglo XI.

Es precisamente en el segundo libro de los Macabeos donde se encuentran algunos de los textos en los que la Iglesia Católica fundamenta la creencia en el Purgatorio o unas penas purgatorias, que es un dogma de fe definido por el II Concilio de Lyon en 1274. Para pasar a contemplar la belleza infinita de Dios, las almas deben estar limpias de toda mancha dejada por sus pecados. Nosotros podemos ofrecer nuestras oraciones, penitencias, limosnas y sobre todo el Santo Sacrificio de la Misa para que las almas que se encuentran en ese estado puedan pasar a disfrutar de Dios.

En el texto que hoy se ha leído, contemplamos la firme esperanza de los hermanos Macabeos en el premio eterno por su muerte martirial en defensa de la fe. “Dios quiere que todos los hombres se salven”, dice San Pablo. Y Jesús nos habla de la inmortalidad, pues Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”. Dios desea que todos podamos llegar a gozar de la visión de Él en el Cielo. La secta de los saduceos, que trataron de poner a prueba a Jesús, tuvo su origen precisamente en la época de los Macabeos: fueron los judíos helenizantes que colaboraron con las autoridades impías y aceptaron elementos provenientes del paganismo y del racionalismo. Serían unos de los responsables en llevar a Jesús al Calvario. Aquí entra la segunda consideración.

Los Macabeos son un ejemplo de martirio en tiempos de persecución religiosa. No tenían miedo a la muerte, porque creían en el premio eterno. Jesucristo ha culminado lo que ellos anticiparon y se ha convertido en el Gran Mártir de la verdad y del amor de Dios, la Víctima que se ha ofrecido al Padre para redimirnos del pecado y abrirnos las puertas del Cielo. Por eso todos los mártires han dado desde entonces su vida por Él y con Él.

Hoy vivimos tiempos difíciles para la fe en España y el testimonio de los mártires debe servirnos de estímulo frente a la adversidad. Ayer mismo celebrábamos la memoria de los mártires españoles del siglo XX. En el avión de venida, el Santo Padre Benedicto XVI dijo ayer que España está sufriendo una ofensiva laicista muy semejante a la de los años 30. Vosotros mismos lo podéis contemplar hoy en esta celebración, que a mí me recuerda a las misas del Beato mártir Jerzy Popieluszko en la Polonia de los años 80.
Por ello, debemos mirar el valor de los mártires para llenarnos nosotros mismos de valor. Traigamos a la memoria los cerca de 50 católicos asesinados esta semana en Irak por elementos islamistas. Ojalá los católicos españoles seamos capaces de decir con convicción lo que ha dicho el cardenal arzobispo de Bagdad: “No tememos la muerte”.
Es preferible una Iglesia mártir −y recordemos que la palabra mártir significa “testigo”− que una Iglesia connivente con el mal por temor a perder un bienestar temporal. A medio y largo plazo, la Iglesia que realmente pervivirá será la primera. Hoy no honramos a ciertos eclesiásticos que en los años de la persecución en México pactaron los denominados “arreglos” con el gobierno masónico, sino que veneramos como santos y beatos a los mártires cristeros, procedentes sobre todo del pueblo sencillo.

No tengamos miedo a defender la verdad de Cristo. San Juan Crisóstomo fue desterrado dos veces por denunciar públicamente la corrupción de la corte de Constantinopla, pero ante la persecución afirmaba: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir’. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena’. ¿La confiscación de los bienes? ‘Sin nada vinimos al mundo y sin nada nos iremos de él’. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. Yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo: […] ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’”.
Evitemos el odio que pueda surgir en nuestro corazón hacia quienes persiguen la fe. Oremos por ellos y que el amor de Cristo venza el muro del odio. Pero, sin dejar de amarles, sepamos también mostrar nuestra firmeza, porque el Señor está con nosotros y tenemos que defender su heredad, de la que forman parte las iglesias y los lugares de culto. Que podamos decir con convencimiento las mismas palabras que el abad benedictino Santo Domingo de Silos dijera a un rey de Navarra en el siglo XI: “La vida podéis quitarme, pero no más”.

Quiero terminar extractando algunos preciosos versos de una canción que entonaban los cristeros mexicanos y que revelan el valor y el anhelo de eternidad que debemos tener. Dicen así: “El martes me fusilan / a las seis de la mañana / por creer en Dios eterno / y en la Gran Guadalupana. […] Matarán mi cuerpo, pero nunca mi alma. / Yo les digo a mis verdugos / que quiero me crucifiquen, / y una vez crucificado / entonces usen sus rifles. […] No tengo más Dios que Cristo, / porque me dio la existencia. / Con matarme no se acaba / la creencia en Dios eterno: / muchos quedan en la lucha / y otros que vienen naciendo. […] ¡Viva Cristo Rey!”

Que la Santísima Virgen nos alcance del Espíritu Santo el don de fortaleza y haga que la visita del Santo Padre traiga sobre nuestra querida y atribulada España frutos copiosos de una fe recia y de un espíritu ardiente.

2 comentarios:

Juan GM dijo...

Gracias por tu comentario, Tomás. Hacen falta pensamientos (y artículos en este caso) como el tuyo. En un país donde se pueden identificar dos posturas antagónicas, como la católica y la no católica, puede ser fácil que unos y otros se sientan víctimas del contrario. En el caso de los católicos, la tarea es la de hacer misión, lo que está lejos de sentirse víctima de una u otra situación. Ciertamente el victimismo no es una postura adecuada, y si nos lleva a reaccionar, puede que lo hagamos en la dirección incorrecta. Idenficado el enemigo, que es el pecado, y el Amigo, que es Cristo, es más clara la solución.
Un abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Gracias a ti, Juan GM, como siempre.

El Amigo, como bien dices es Cristo y el enemigo el pecado.

Un fuerte abrazo.

Tomás