23 de enero de 2011

Primera no-casualidad

En la entrada de la semana pasada, con el título de “religión de Cristo y cristianismo”, dije que había tres no-casualidades que pretendía desarrollar, a saber:

No es casualidad que la tensión creativa entre poder civil-poder religioso haya nacido en una cultura cristiana.
No es casualidad que la ciencia se haya desarrollado en una cultura cristiana.
No es casualidad que la civilización que más riqueza ha creado haya surgido en una cultura cristiana.
Pues hoy abordo la primera



Primera no-casualidad: No es casualidad que la tensión creativa entre el poder civil y el poder religioso haya nacido en una cultura cristiana.

Estoy convencido de que la tensión es algo imprescindible para la creatividad. No hay más que ver la vida de la inmensa mayoría de los genios para percatarse de ello. Una vida plácida, sin tensiones, sin sobresaltos, sin dificultades, es altamente improbable que sea una vida creativa. Y lo que pasa a nivel individual, ocurre también en la cultura de una civilización. Toynbee muestra cómo todo progreso en una civilización se produce cuando aparece lo que él llama una incitación, que no es otra cosa que una tensión surgida tras dar respuesta a una incitación anterior. Walt Whitman expresa esto admirablemente cuando dice: “Está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”. Es evidente que las fuentes de incitaciones que empujan a una civilización hacia su progreso son muchas. Pero una de ellas, y no la menor, es la tensión entre los dos poderes, civil y religioso.

En la historia de todas las civilizaciones que ha desarrollado la humanidad, junto con las religiones que llevan aparejadas, siempre ha ocurrido que, o bien el poder civil se adueñaba completamente del religioso o viceversa, con lo que esa fuente de tensión creativa, de incitaciones, desaparecía o, al menos, se reducía a mínimos que la hacán inútil para producir ningún progreso.

En las antiguas Grecia y Roma, la religión oficial era un instrumento al servicio del Estado. En Roma, el emperador era también el sumo pontífice. Los romanos fueron maestros en domesticar todas las religiones de los pueblos conquistados, fagocitándolas, incorporando sus dioses a su panteón. Todas, menos el judaísmo y el cristianismo.
A partir de un cierto momento de la Roma Imperial, el propio emperador era considerado como un dios.

En las sucesivas civilizaciones del extremo oriente, china y japonesa, siempre ha ocurrido algo parecido. También en la civilización cristiana de Oriente el emperador, tras romper con el incómodo papado, nombraba a los patriarcas a su antojo.

Hay otras civilizaciones en las que ha ocurrido lo contrario. En las civilizaciones de la India, siempre el poder religioso ha estado por encima del civil. Tienen la creencia religiosa de que las personas nacen con distinta calidad humana intrínseca en función de sus encarnaciones anteriores, lo que hace que durante toda la vida sean brahamanes o intocables, por nombrar las dos castas extremas de la escala social. Esta convicción religiosa ha llevado a una ordenación política y social basada en el paralizante sistema de castas.

En las civilizaciones como la azteca o la inca sus creencias religiosas influían hasta el punto de obligar a actos rituales de sacrificios humanos. Sacrificios cuya materia prima se procuraba que fuesen personas de otras naciones o tribus, lo que llevaba a un sistema de guerras o razias de captura de víctimas para los sacrificios. Este sistema produjo unos terribles odios intertribales que hicieron posible la conquista de estos imperios por un puñado de españoles. Sin estas enemistades, esa conquista no hubiese sido posible.

En la civilización del antiguo Egipto, aunque el faraón era un dios, era un dios cautivo del sistema religioso. Véase si no, en qué acabó el experimento monoteísta de Amenotep IV, con su culto a un único Dios, Atón, por el que este faraón cambió su nombre por Akenatón –adorador de Atón. El experimento duró lo que su vida.

El Islam es un caso especial. Mahoma dejó claro en el Corán que la religión debería marcar la legislación hasta en sus menores detalles. Hasta la conquista turca, el título de Califa, sucesor del profeta, era el que daba la legitimidad para gobernar, por supuesto, de acuerdo con la ley coránica, la saria. El hecho de que desde casi el principio hubiese dos califatos en discordia, chiíes y suníes, no hizo sino reforzar esta sumisión. Tras la conquista del oriente próximo por los tucos selyúcidas y posteriormente por los turcos otomanos, los sultanes turcos, que no eran de raza árabe, tuvieron reparos en romper una tradición por la que el califa debía ser un descendiente del Profeta y, por tanto, de raza árabe, y separaron el poder político, ejercido por ellos, del religioso, ejercido por un califa. Pero ese califa no era otra cosa que un títere, prisionero de los sultanes, que no hacía más que lo que éstos le ordenaban. El poder político anuló totalmente al religioso. En el siglo XVI llegaron a cansarse de esa tradición y decidieron que el sultán fuese también el califa, por lo que la sumisión fue ya total, sin siquiera la ficción de un califa diferente. No fue hasta 1922 cuando Mustafá Kemal Ataturk, abolió el califato, con lo que ya no había siquiera poder religioso. Sin embargo, los pueblos árabes, tras verse libres del yugo turco, aún sin volver a instaurar el califato, comenzaron a desarrollar un fundamentalismo islámico, con su saria y sus fatuas como normas de dirección política en los países en los que se hacían con el poder, justificando el uso de la violencia como medio de conquistar y mantener ese poder. Esa marea está todavía subiendo, amenazando incluso con someter a la propia Turquía. En la historia musulmana se ha dado por lo tanto una alternancia de ida y vuelta, pero en cada una de las fases un poder dominaba totalmente al otro, sin ningún tipo de tensión creativa.

No ha ocurrido así en el cristianismo. Ya desde el principio Cristo dijo claramente que cada uno de los poderes tenía su propio ámbito. La famosa frase de “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, citada por los tres evangelistas sinópticos cuando le preguntan a Cristo si es lícito pagar el tributo al César, es clara a ese respecto. Pero hay otro pasaje que especifica que nuestra conducta en el mundo deben estar sujeta a la ley superior del amor y la justicia, contraria al egoísmo. Y esto también cuando el hombre promulga leyes y aún siendo éstas independientes del poder religioso. Así, cuando alguien le dice a Jesús (Cfr. Lucas 12, 13-15): “Maestro, dile a tu hermano que reparta la herencia conmigo”, éste responde: “Amigo: ¿Quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?”, lo que indica la independencia del poder civil. Pero añade: “Tened mucho cuidado con todo tipo de avaricia, [...]”. Sería como, por poner un ejemplo, la independencia del poder judicial frente al ejecutivo, pero estando sujeto a la Constitución.

Este camino de actuación señalado por Jesús, encuentra su eco en la primerísima Iglesia. En efecto, san Pedro, el primer papa, dice en su primera epístola (1 Pedro 2, 13-17): “En atención al Señor, obedeced respetuosamente a toda institución humana, ya sea el jefe del Estado, en cuanto soberano, ya sean los gobernadores en cuanto comisionados por él para castigar a los malhechores y premiar a los que actúan bien. Pues esta es la voluntad de Dios: que al hacer el bien tapéis la boca a los ignorantes e insensatos. [...] Mostrad aprecio a todos, amad a los hermanos, honrad a Dios, respetad al jefe del Estado”. Conviene recordar que cuando san Pedro escribe esto, el jefe del Estado era Nerón. En este pasaje se establece que la ley humana debe estar hecha para castigar a los malhechores y premiar a los que actúan bien. La ley, incluso las leyes injustas de Nerón, deben ser obedecidas, sin dejar por ello de practicar el bien, pues ésta es la voluntad de Dios ya que es así como se tapa la boca a ignorantes e insensatos. Los primeros cristianos obedecían las leyes civiles de Roma, pero no se doblegaron al politeísmo romano de su religión oficial.

Esto dio lugar, en la tradición cristiana a la llamada “teoría de las dos espadas”. Siglos más tarde, en plena época de tensiones entre el imperio de Oriente y la Iglesia, el papa san Gelasio I (492-496), declaró: “El único poder reside en Cristo pero Él, de hecho, a causa de la debilidad y la soberbia humana, ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios (civil y religioso), de manera que ninguno se ensoberbezca”.

Son estos mimbres los que han hecho que únicamente en el occidente Cristiano haya podido mantenerse durante veinte siglos esa tensión creativa. La soberbia humana, tanto de los hombres de la Iglesia como de los hombres de Estado ha hecho que unos y otros se equivocarán a lo largo de la historia . Pero siempre tenían enfrente otro poder para llamarle al orden. No ha sido fácil y, muchas veces, las tensiones han llegado a límites durísimos. Pero ninguno de los dos poderes, en ningún momento de los últimos 2000 años, se ha rendido completamente ante el otro. Sería largo enumerar todos los episodios de estas tensiones . A título de ejemplo citaré brevemente sólo algunos.

A lo largo de todas las disputas trinitarias y cristológicas de los primeros siglos, los emperadores bizantinos pretendían imponer las opciones más contemporizadoras para la unidad del conjunto de sus súbditos, con independencia de la revelación. Jamás el papa cedió ante las presiones imperiales, lo que produjo destierros y muertes entre los obispos que se mantenían fieles al papado en contra de la postura imperial. Incluso algún papa pagó cara la osadía de enfrentarse al dogma exigido por el emperador. Si se hubiese cedido, posiblemente se hubiese perdido el concepto de que en Cristo coexisten, indisolublemente unidas en una sola persona, dos naturalezas, la humana y la divina. Y un Cristo que fuese sólo hombre no daría respuesta a la esperanza cristiana y uno que fuese sólo Dios no nos daría la certidumbre de que un hombre real haya vivido en sus carnes todas las injusticias y las muertes que vivimos los humanos. Un Cristo que no fuese hombre no nos respondería al misterio del sufrimiento humano. Estas disputas culminaron en el cisma de la Iglesia ortodoxa griega, que sí se sometió casi totalmente al poder imperial. A partir de la caída de Constantinopla en 1452 ante los turcos y del dominio de éstos sobre lo que había sido el territorio europeo del Imperio Bizantino, el centro de gravedad de la Iglesia Ortodoxa se desplazó hacia Rusia, donde continuó sometida al poder de los duques moscovitas primero y de los zares más tarde. Cuando triunfó el comunismo en Rusia, fue la Iglesia católica la que le plantó cara, con el desenlace que todos conocemos.

En el Occidente, Carlomagno y sus sucesores directos e indirectos, los emperadores francos primero y germanos después, protegieron a la Iglesia, pero exigiendo como contrapartida la potestad para nombrar obispos y otros cargos eclesiásticos. Esto, llevado al límite, provocó un largo y durísimo enfrentamiento entre el papado y el imperio, que se conoce como la guerra de las investiduras. Fue por este motivo por lo que Lutero, siglos más tarde, tuvo éxito en su llamada reforma, porque cedió totalmente ante el poder de los príncipes alemanes que le protegieron.

Más tarde, las monarquías medievales, en Francia e Inglaterra principalmente, intentaron imponer el pode real sobre la Iglesia. En Inglaterra este enfrentamiento culminó, en el siglo XVI, tras siglos de tensión, con la ruptura de la iglesia anglicana de la que Enrique VIII se autoproclamó cabeza máxima. Pero nunca dejó de haber una minoría católica, privada de muchos derechos, que ha subsistido hasta hoy en día. Es significativo que el ex-Premier Británico Tony Blair o los duques de Kent, se convirtiesen recientemente al catolicismo. Cuesta un poco ver al príncipe Charles como el futuro cabeza de la iglesia anglicana.

En España, si bien no hubo grandes tensiones, ya que la monarquía española abrazó incondicionalmente el catolicismo, si fue significativo el papel de las órdenes religiosas –franciscanos, dominicos, carmelitas, jesuitas y otros– en la humanización del trato a los indios durante y tras la conquista. Los dominicos, y muy en concreto fray Bartolomé de las Casas en un papel activo y fray Francisco de Vitoria en un papel de presión intelectual, forzaron a la corona –a Carlos V, concretamente– para que promulgase las leyes de indias de 1542, únicas en la historia en las que un pueblo conquistador se plantea los límites de sus derechos de conquista. En contra de lo que afirme la leyenda negra contra la Iglesia y la monarquía Española, en Hispanoamérica, la población autóctona tiene, en la mayoría de los países, una enorme presencia, inexistente en la América sajona. Y también, a pesar del pensamiento políticamente correcto, fue tras la independencia de esos países, lograda por una minoría criolla y masónica, cuando mayor fue la opresión a esa población autóctona.

La Ilustración aumentó paulatinamente la tensión ente los dos poderes. Inicialmente ésta se produjo en un plano filosófico agresivo, representado por el grito de Voltaire de “écrasez l’infame” "aplastad a la infame", referido a la Iglesia, hasta degenerar en una sangrienta represión, en la revolución francesa. El gobierno jacobino de Francia inventó la Iglesia constitucional, sometida absolutamente al poder civil, que acabó en un fracaso histórico tan pronto como llegó el Directorio. En el Imperio Austro-Húngaro, este intento tuvo su reflejo en el llamado josefinismo y, aún hoy en día, el gobierno chino intenta someter a la muy minoritaria Iglesia católica con la llamada iglesia nacional china. Más tarde, Napoleón intentó someter a la Iglesia católica obligando al papa Pío VII a que le coronase emperador en París. Tras la Restauración, pero sobre todo a partir de 1830, la relación entre ambos poderes fue de cierta tolerancia, despectiva por parte del poder civil y vigilante por parte de la Iglesia.

Esta situación se ha prolongado, más o menos, hasta nuestros días desembocando en una beneficiosa laicidad de los Estados modernos, que a veces se trasforma en un laicismo ideológico excluyente en el que se intenta silenciar a la Iglesia en todas sus denuncias sobre leyes injustas como el aborto y reducir la fe al ámbito estrictamente privado.

Es indudable que esta tensión entre ambos poderes ha tenido efectos perniciosos, como el cisma de Oriente o la separación entre católicos y protestantes. Indudablemente, si la Iglesia católica se hubiese sometido, estos cismas probablemente no se hubieran producido pero a costa, seguramente, de la muerte del cristianismo. Pero, desde una perspectiva histórica sus efectos beneficiosos para la civilización Occidental han sido inmensos y no se hubiesen dado con ese sometimiento.

Sin duda alguna, fue la institución del papado la que permitió esa resistencia contra viento y marea. Institución que fue expresamente creada por Cristo. A quien quiera profundizar en esta afirmación, le recomiendo la lectura de mi entrada a este blog de fecha 28 de marzo del 2010, con título “La fe en Cristo VII; ¿Cristo sí, Iglesia no?”.

Pero quiero ahora ceder la palabra a dos autores agnósticos como Toynbee y Amín Maalouf para que afirmen el papel del papado y expliquen cuáles han sido los efectos beneficiosos de esta resistencia. Nos dice Toynbee en su enciclopédica obra “El estudio de la historia”:

“¿No es acaso cierto que la Iglesia romana está incomparablemente más vigorosa y ejerce una influencia mucho mayor en el siglo XX que en ninguna época anterior a partir del concilio de Trento? [...] ¿No es también cierto que en el momento de escribir estas líneas la Iglesia romana, en su armadura tridentina, sería la única institución capaz de desafiar y resistir al estado comunista totalitario y neopagano? ¿Y no queda ello demostrado por el temor y el odio particulares con que Moscú mira al Vaticano? Si fuera así, la imagen de los tegumentos exteriores del dinosaurio sería menos apropiada que la de un largo sitio resistido con éxito; la fase tridentina de la historia católica podría asemejarse a la fase churchiliana de la historia británica desde la caída de Francia hasta el día D (del desembarco en Normandía). [...] Si tomamos una vista sinóptica de las diferentes formas sobrevivientes de cristianismo occidental en su estado presente y las comparamos respecto a su relativa vitalidad, encontraremos que ésta varía en razón inversa al grado en que cada una de estas sectas ha sucumbido al dominio secular. Indudablemente el catolicismo es la forma de cristianismo occidental que muestra hoy señales más vigorosas de vida; y la Iglesia católica –a pesar de los extremos a que los modernos gobernantes han llegado, en ciertos países y en ciertos momentos, para afirmar su propio dominio secular sobre la vida de la Iglesia dentro de sus fronteras– nunca ha perdido la inestimable ventaja de estar unida en una sola comunión bajo la presidencia de una sola autoridad eclesiástica suprema”.

Toynbee escribió esto antes del Concilio Vaticano II y, por supuesto, antes de la caída del muro de Berlín. Si lo hubiese visto este último acontecimiento, se hubiese sentido halagado por la perspectiva y la agudeza de su visión histórica. Tampoco sé su opinión, que seguro la tenía, pues murió en 1975, sobre el Concilio Vaticano II, pero no creo que sea disparatado pensar que hubiese visto en él, el equivalente al desembarco en Normandía una vez que se consideró que había llegado el momento de llevar la “guerra” al territorio “enemigo” en vez de permanecer a la defensiva. Sugiero la lectura de mi entrada de fecha 18 de Julio del 2010 que lleva por título “El nuevo milenio, la Iglesia y el Espíritu Santo”.

Por su parte, Amín Maalouf, en su obra “El desajuste del mundo; cuando nuestras civilizaciones se agotan”, escribe:

“Nadie pretenderá decir, supongo, que los papas fueron, en el curso de la historia, los promotores de la libertad de pensamiento, del progreso social o de los derechos políticos. No obstante, lo fueron; indirectamente y algo así como de rebote, pero con mucha fuerza. Al hacerles de contrapeso a los poseedores del poder temporal, pusieron trabas continuamente al arbitrio de las monarquías, les bajaron los humos a los emperadores y así le crearon a un sector significativo de la población europea, sobre todo en las ciudades, una zona en la que se podía respirar. En este intersticio entre dos absolutismos se fue desarrollando despacio el embrión de la futura modernidad que un día iba a socavar los tronos de los monarcas y la autoridad de los soberanos pontífices”.

Ciertamente, hoy en día ya no hay, al menos en Occidente, gobiernos dictatoriales, y también la Iglesia ha cambiado. Pero sigue esa tensión creativa bajo distintas formas. Por ejemplo, bajo la oposición a un laicismo ideologizado que promueve la dictadura del relativismo moral bajo la etiqueta demagógica de una falsa “tolerancia”. Y es más que discutible que la Iglesia haya perdido su autoridad, en su sentido etimológico de “auctoritas”, aunque sí haya perdido, afortunadamente, su poder, en el sentido de “potestas”.

“Lo que garantizó la permanencia de los papas, y de lo que carecieron los califas, fueron una Iglesia y un clero” –continua Maalouf.

Maalouf, en esta obra se muestra muy preocupado por las raíces del choque Islam-Occidente, de ahí esta comparación y otras muchas, que omitiré en estas citas por motivos de brevedad y porque no son el tema de estas páginas.

“Pero la influencia del papado no se limitó a ese papel de contrapoder. Como guardián de la ortodoxia, contribuyó a la preservación de la estabilidad intelectual de las sociedades católicas e, incluso, a su estabilidad a secas. [...] Cuando teorías radicales, como la que predicaba en Florencia en el siglo XV el monje Savonarla, empezaron a propagarse, Roma se opuso y su autoridad permitió terminar con ellas de forma definitiva. El desdichado acabó en la hoguera. En tiempos más cercanos a los nuestros, y en otro registro, cuando a algunos católicos de América Latina los tentó, a partir de la década de 1960, una “teología de la liberación” y algunos sacerdotes –como, por ejemplo, el colombiano Camilo Torres– llegaron a empuñar las armas codo con codo con los marxistas, la Iglesia puso un punto final firme a esa “desviación”. [...]; lo que me parece significativo es la eficacia del mecanismo al que recurrió la institución papal para acabar radicalmente con esos excesos”.

Conviene diferenciar entre esos “mecanismos”. Mientras en el siglo XV, Savonarola acabó, desgraciadamente, en la hoguera, en el ejercicio de la “potestas” que entonces tenía la Iglesia, en el siglo XX fue sólo la “auctoritas” la que puso final a la “teología de la liberación”.

“Otra de las paradojas del papado es que esa institución, eminentemente conservadora, ha permitido salvaguardar, entre otras cosas, el progreso”.

Maalouf expone aquí un ejemplo anecdótico que se refiere al uso del velo por las mujeres en las celebraciones religiosas católicas. Ejemplo que omito por largo e insignificante, pero que luego traeré a colación por una generalización indebida de Maalouf.

“En la historia de Occidente, la institución eclesiástica funcionó a menudo de esa forma y, así, contribuyó al progreso material y moral de la civilización europea, al tiempo que se esforzaba en ponerle coto. Ya se trate de ciencia, de economía, de política o de conductas sociales, sobre todo en temas de sexualidad, la actitud del papado fue siempre en la misma dirección. Al principio rechazo airado, cortapisas, condenas, prohibiciones. Luego, con el paso del tiempo, casi siempre de mucho tiempo, cambian de opinión: reconsideraciones y posturas suavizadas. Después, aceptación, con algunas reticencias, del veredicto de la sociedad de los hombres; se le da validez al cambio y queda anotado, como quien dice, en el registro de las cosas lícitas. A partir de ese momento ya no se tolera a los excesivamente celosos que quieran dar marcha atrás”.

Ni que decir tiene que esa forma de funcionamiento de la institución eclesiástica, que es cierta para el uso del velo y para otras costumbres que son preceptos humanos, como el ayuno antes de la comunión o la Misa en lenguas vernáculas, no se produce para las cosas que forman parte del núcleo fundamental del dogma y la moral cristiana. No se ha producido en lo que respecta a la ordenación sacerdotal de las mujeres, ni a las relaciones prematrimoniales, ni a la indisolubilidad del matrimonio, ni al aborto, ni a la práctica de las relaciones homosexuales ni a un largo etcétera de aspectos medulares de la moral cristiana. Y estoy convencido de que no se producirán. Porque la Iglesia sabe que no es la propietaria de la doctrina que predica sino, únicamente su depositaria. Sí podría cambiar, aunque espero que no lo haga, el celibato sacerdotal, porque éste es un mandato canónico, pero no teológico. En un aspecto sustancial difieren en gran medida el judaísmo y el cristianismo por un lado, y el Islam por otro y esto debiera saberlo bien Maalouf. La revelación judeo-cristiana no es literal, sino que ha sido inspirada por Dios a personas concretas en circunstancias históricas y personales concretas. Cabe, por tanto, interpretar qué es ropaje y qué es núcleo de la revelación. No ocurre así en el Islam, que afirma que el Corán le fue dictado textualmente a Mahoma como un código completo en sí mismo y no interpretable. Como la Iglesia resistió en el pasado, y a costa de muchas penalidades, toda presión sobre las dos naturalezas de Cristo o el dogma Trinitario, con más razón lo hará en este siglo ante la presión mediática y social, insistente pero incruenta para que cambie normas esenciales de la revelación.

“Durante siglos, la Iglesia católica se negó a creer que la Tierra fuese redonda y que girase alrededor del Sol; y en lo tocante al origen de las especies, empezó por condenar a Darwin y el evolucionismo; hoy en día tomaría medidas si a uno de sus obispos se le ocurriera interpretar los textos sagrados estrictamente al pie de la letra, como lo hacen aún algunos ulemas de Arabia (todos los ortodoxos) o algunos predicadores evangelistas de Norteamérica”.

Este párrafo denota una crasa ignorancia por parte de Maalouf. Nunca la Iglesia se negó a creer que la tierra era redonda. Eso era cosa ya sabida desde la Grecia clásica y sólo el pueblo llano y los marinos supersticiosos creían en una tierra plana y en el correspondiente finisterre. Podría citar textos del siglo VII de Beda el Venerable, pero no hay más que recordar la iconografía cristiana románica para ver a Jesucristo, el Salvador del mundo, con la tierra redonda en la mano. Jamás la Iglesia católica condenó el darwinismo. Fue la iglesia anglicana la que se opuso ferozmente a Darwin. No creo necesario recordar que los predicadores evangelistas a que se refiere Maalouf son protestantes, así como los que intentan que en las escuelas de Estados Unidos se enseñe el creacionismo en pie de igualdad con la teoría de la evolución. Sobre este tema recomiendo la lectura de mis entradas a este blog, ambas con fecha 3 de Julio del 2007 y títulos “Visión cristiana de la evolución” y “Carta a un católico antievolucionista”. En cuanto a la disputa heliocéntrica, la Iglesia católica no dijo nada en su contra cuando Copérnico –que era un canónigo católico– le dedicó al papa León X su libro “De revolutionibus”. De hecho, permitió que en sus universidades se explicase esta teoría como una hipótesis. Sólo cuando Galileo se empeñó en cambiar el sentido de las escrituras en base a lo que esa teoría era entonces, una hipótesis, le prohibió a éste presentarla como cierta, aunque le estaba permitido exponerla, como ocurría en la Universidades, como una hipótesis. No fue su opinión sobre esa teoría lo que hizo que Galileo fuese condenado a arresto domiciliario. Fue su desobediencia la prohibición de presentar el heliocentrismo como mera hipótesis, en su libro “Diálogo sobre los dos sistemas del mundo” sin ser capaz de demostrar su teoría. Indudablemente que hubo abuso de la “potestas” que entonces tenía la Iglesia, pero no oscurantismo ante la ciencia. En cuanto esta teoría fue demostrada por Newton, más de medio siglo después de la muerte de Galileo, la Iglesia la aceptó sin mayor problema y procedió a cambiar el sentido de las Escrituras, como el cardenal Bellarmino le había dicho a Galileo que harían tan pronto como fuese demostrada como cierta. Para este tema recomiendo la lectura de mi entrada a este blog de fecha 22 de Febrero del 2009 y título “Galileo y la Iglesia”

“La desconfianza que prevalece en la tradición musulmana y en la protestante respecto a una autoridad religiosa centralizadora es totalmente legítima y de inspiración democrática; pero tiene un efecto secundario calamitoso: al no existir esa intolerable autoridad centralizadora, ningún progreso queda establecido de forma irreversible. Incluso cuando los creyentes viven su fe, durante décadas, de la manera más generosa, más ilustrada y más tolerante que darse pueda, nunca están a salvo de una “recaída”, nunca están a salvo de una interpretación celosa que aparezca un día y se lleve por delante lo ya conseguido. Y ya se trate, también aquí, de ciencia, de economía, de política o de conductas sociales [...]. Vuelven una y otra vez las mismas controversias referidas a lo lícito y lo ilícito, lo pío y lo impío; al faltar una autoridad suprema, no se “valida” ningún progreso de una vez por todas y ninguna opinión expresada en el transcurso de los siglos queda definitivamente catalogada como obsoleta. Tras cada paso adelante, viene un paso atrás, hasta el punto de que ya ni se sabe qué es atrás ni qué es adelante. La puerta queda siempre abierta a todas las escaladas, a todas las virulencias y a todos los retrocesos”.

A la vista del párrafo anterior parece obvio que esa desconfianza que prevalece en la tradición musulmana y en la protestante respecto a una intolerable autoridad religiosa centralizadora, será totalmente legítima y de inspiración democrática, pero es errónea desde el punto de vista del progreso. Me parece además que Maalouf hace un uso también erróneo de término democracia. La democracia es, en palabras de Churchill, “el menos malo de los sistemas de gobierno una vez descartados todos los demás”. Dado que es difícil saber dónde está la verdad en cuanto a cual es la mejor manera de proceder en política, el criterio democrático se ha demostrado como el menos malo. Pero cuando el concepto de democracia se saca de su terreno y se lleva a otros, como el científico o el ético o el de la búsqueda de la verdad, pierde su sentido y su legitimidad.

Siento que esta entrada se ha alargado más de lo razonable. Pero cada cosa requiere su tiempo y su espacio, y ser más sintético hubiese sido caer en el simplismo. Podía haberme ahorrado la larga cita de Amín Maalouf y mis comentarios a la misma, pero me ha parecido muy adecuada, más aún viniendo de una persona agnóstica.

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