30 de enero de 2011

Segunda no-casualidad: No es casualidad que la ciencia se haya desarrollado en una cultura cristiana.

En la entrada de hace dos semanas, con el título de “religión de Cristo y cristianismo”, dije que había tres no-casualidades que pretendía desarrollar, a saber:

No es casualidad que la tensión creativa entre poder civil-poder religioso haya nacido en una cultura cristiana.
No es casualidad que la ciencia se haya desarrollado en una cultura cristiana.
No es casualidad que la civilización que más riqueza ha creado haya surgido en una cultura cristiana.
Pues hoy abordo la segunda



Segunda no-casualidad: No es casualidad que la ciencia se haya desarrollado en una cultura cristiana.

Es una idea muy extendida, asumida como dogma de fe por la cultura inculta de nuestro tiempo, que la Iglesia ha sido una organización oscurantista, opuesta al avance científico por considerarlo una amenaza para su poder sobre las almas. No es el objeto de este escrito deshacer este prejuicio, sino mostrar cómo es enormemente plausible que la ciencia naciese en una cultura impregnada de cristianismo y cómo es muy difícil que se hubiese desarrollado en cualquier otra cultura. Pero para lograr este objetivo, es necesario antes desmontar este mito de la Iglesia oscurantista. Este prejuicio totalmente falso se apoya en tres patas. La primera data de hace casi cuatro siglos y es la dialéctica entre Galileo y la Iglesia por el tema del heliocentrismo. La segunda data de hace casi dos siglos y es una supuesta e inexistente oposición de la Iglesia a la teoría de la evolución. La tercera es la oposición, real, de la Iglesia a determinadas realizaciones que la ciencia hace posibles, pero que no son éticamente aceptables. Sobre la primera, la dialéctica del heliocentrismo, no voy a decir aquí nada, porque ya he publicado una entrada en este blog al respecto (ver Galileo y la Iglesia, 22 de Febrero del 2009) y, sobre todo, he escrito un libro con el título de “La victoria del sol” (publicado por ediciones Palabra) en el que hablo extensamente de este tema. Sobre la segunda, también se pueden encontrar en este blog entradas al respecto (“Visión cristiana de la evolución” y “carta a un Católico antievolucionista”, ambas de 3 de Julio de 2007). Sólo citaré aquí el primer pronunciamiento de la Iglesia sobre este tema, que data de 1951 y aparece en la encíclica de Pío XII “Humani generis”.

“Por eso, el magisterio de la Iglesia no prohibe que, según el estado actual de las ciencias humanas y de la sagrada teología, se trate en las investigaciones y disputas de los entendidos en uno y otro campo, de la doctrina del evolucionismo en cuanto busca el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente –pues las almas nos manda la fe católica sostener que son creadas inmediatamente por Dios– ; pero de manera que con la debida gravedad, moderación y templanza se sopesen y examinen las razones de una y otra opinión, es decir, de los que admiten y los que niegan la evolución”.

Parece evidente que no hay ninguna condena por parte de Pío XII sobre la teoría de la evolución. La mención a que la fe católica sostiene que las almas son creadas inmediatamente por Dios, en nada se opone a la teoría de la evolución, ya que el alma es algo que cae fuera del ámbito de la ciencia. Ciertamente que hay católicos furibundos antievolucionistas pero, evidentemente, son más papistas que el Papa. La oposición al evolucionismo vino desde el principio, y continúa viniendo hoy de las confesiones más retrógradas del protestantismo.

Respecto al tercer tema, es cierto que la Iglesia se opone a las prácticas científicas que suponen una clara violación de la vida y dignidad humanas, como son la investigación con embriones humanos, la clonación humana, etc. Pero el principio de que todo lo que es científicamente posible es éticamente aceptable, mantenido por algunos cientifistas radicales, es un error que puede costar muy caro a la humanidad. No hay que olvidar que era en nombre del progreso científico por el que los nazis investigaban con judíos. Son muchas las voces de científicos de enorme prestigio que creen que la ciencia debe estar sujeta a límites éticos externos a ella misma. Incluso muchos, que no son católicos, ni siquiera creyentes, creen que la Iglesia católica es la mejor garante de esa limitación ética de la ciencia. Cito aquí las declaraciones de un grupo de premios Nobel que expresan esto a través de una asociación internacional con el nombre de “Nova Spes”:

DECLARACIÓN DE 12 PREMIOS NOBEL HECHA EN
ROMA EL 22 DE DICIEMBRE DE 1980

NOVA SPES, Movimiento Internacional para la promoción de los valores y del desarrollo humano.

J. Dausset, Nobel de Medicina, Francia. C. de Duve, Nobel de Medicina, Bélgica. L. Eccles, Nobel de Medicina, Austria. F. O. Fischer, Nobel de Química, Alemania. L. R. Klein, Nobel de Economía, U.S.A. H. A. Krelos, Nobel de Medicina, Gran Bretaña. F. A. von Hayek, Nobel de Economía, Gan Bretaña. S. Ochoa, Nobel de Medicina, España. I. Pricogine, Nobel de Química, Bélgica. C. H. Townes, Nobel de Física, U.S.A. M. F. H. Wilkins, Nobel de Medicina, Gran Bretaña. R. S. Yallow, Nobel de Medicina, U.S.A.

“Nosotros, ganadores del premio Nobel, compartimos con Alfred Nobel su preocupación por que la ciencia sea beneficiosa para la humanidad.

La ciencia ha proporcionado grandes bienes y nosotros esperamos que continúe proporcionándolos en adelante.

Sin embargo, el conocimiento científico se ha aplicado en ocasiones de forma absolutamente indeseable, como en la guerra, por ejemplo, al tiempo que su utilización para fines buenos puede tener efectos secundarios inesperados que no son deseables.

Además, la soberbia intelectual que la ciencia ha proporcionado, ha cambiado la idea que la humanidad tiene de sí misma y de su lugar en el universo, lo que ha llevado a los seres humanos a un empobrecimiento espiritual y a un vacío moral.

Creemos que los científicos deben tener una especial sensibilidad ética y estamos deseosos de derribar la tradicional barrera –o incluso oposición– entre la ciencia y la religión.

Las Iglesias, sin duda, pueden desempeñar un papel importante en el intento por conseguir este objetivo; y en particular reconocemos que la Iglesia católica está en una situación única para aportar una orientación moral a escala mundial.

Por consiguiente, acogemos muy gustosos la oportunidad que nos ha brindado Nova Spes de reunirnos para estudiar la situación de la ciencia en nuestra cultura y agradecemos vivamente la disponibilidad de Vuestra Santidad para tratar con nosotros los problemas de la humanidad a la luz de la ciencia moderna”.


Doy aquí por terminada esta especie de introducción, ajena al objeto de estas líneas, pero necesaria para poder abordar el tema que nos ocupa.

Que la ciencia pueda nacer, presupone una estructura mental, una manera de concebir el mundo, una cosmovisión previa, sin las que este nacimiento es prácticamente imposible. Dos son las ideas generatrices necesarias.

La primera es creer que ese mundo exterior es bueno y merece ser conocido. La segunda es pensar que hay un mundo exterior que es inteligible, es decir que está imbuido de una lógica interna que le hace comportarse de una manera previsible, de forma que determinadas causas produzcan siempre determinados efectos mediante unas leyes que puedan deducirse de la observación empírica.

Ya la primera de estas idas generatrices descarta la posibilidad [1] de que la ciencia apareciese en las cosmovisiones que se derivan del hinduismo y el budismo. En efecto, en la cosmovisión hinduista/budista, el mundo es un engaño de los sentidos, una especie de apariencia, una venda delante de los ojos que impide la liberación del espíritu. Para que esta liberación se produzca es necesario desprenderse de todas las ataduras que nos unen a ese mundo engañoso. Dedicar tiempo a la simple observación de ese mundo es un serio obstáculo para esa liberación. Parece bastante evidente que en una cosmovisión así sea altamente improbable la aparición de una ciencia que busque conocer las leyes por las que se rige ese mundo exterior. Esto deja fuera todo el lejano oriente, desde la India hasta China o Japón.

Más sutil es el caso de las culturas mesopotámicas de los sumerios, acadios, caldeos, asirios, persas, etc. Estas culturas tenían una base religiosa en la que dos principios, el del bien y el del mal, igualmente poderosos, se oponían entre sí. Creían en un mundo material real, que había sido creado por el principio del mal y que el espíritu, que aspiraba al bien, estaba prisionero de este mundo material, en el que se enfrentaban los dos principios. Sin embargo, observaban ese mundo real, porque habían percibido en el movimiento de los astros unas regularidades y creían que las posiciones de éstos les podían dar señales del equilibrio de fuerzas entre el principio del bien y del mal en cada momento, aconsejándoles, según ese equilibrio, emprender o no determinadas actividades. Construían zigurats y otras inmensas estructuras piramidales para observar mejor los astros y poder así predecir el sino de esa lucha entre el bien y el mal. Pero no les interesaban lo más mínimo las causas de esas regularidades que se producían en los astros y, mucho menos, del caótico mundo de la tierra, el mundo sublunar, en el cual, esas regularidades no eran tan evidentes. El seguimiento del movimiento de los astros por su influencia en los acontecimientos terrestres, dio lugar a la astrología, actividad que no tiene nada de ciencia y sí mucho de superstición y que no es, de ninguna manera, la puerta de entrada a la astronomía como ciencia. La astronomía empezó a ser ciencia cuando se descubrieron las leyes del movimiento que permitía explicar el de los astros. No parece probable que la ciencia pueda nacer en una cultura con esa cosmovisión. Las pirámides de las culturas mexicanas o egipcias, así como los puntos altos naturales como el Machu Pichu de los Incas, tenían más bien una utilidad ritual, funeraria o sacrificial, más que ser lugares para la observación de los cielos, cosa que también hacían estas culturas, pero sin intentar remontarse de los efectos a las causas.

Llegamos a la cultura griega. Es moneda corriente la creencia de que los griegos practicaban la ciencia como se practica hoy día. Pero es una creencia errónea. Los griegos establecían una distinción radical entre el mundo perfecto de las esferas celestes, desde la esfera de la luna, inclusive, hasta la de las estrellas fijas, y el mundo sublunar. En el mundo celeste descubrieron, como cualquier pueblo que mirase las estrellas, una clara regularidad, una lógica a la que dieron el nombre de Logos, la razón de todas las cosas. Pero jamás se preguntaron por las causas de esa regularidad. Simplemente el cosmos, con su Logos, era una emanación de la Causa Primera y su movimiento era como era porque esa era su naturaleza. No era necesario explicar ese movimiento como causa de unas leyes de la mecánica. Era su movimiento natural. En lo referente al mundo sublunar, existía también un movimiento natural, impuesto por la naturaleza de las cosas, que era el que hacía que estas tendiesen a dirigirse hacia el centro de la tierra, no a causa de ninguna ley de la gravedad, sino porque el centro de la tierra era –creían– el centro de las esferas celestes y del cosmos y era propio de las cosas del mundo sublunar tender hacia ese centro. Si en ese mundo sublunar imperfecto había cuerpos con otros movimientos no naturales, era por acciones extrañas sobre ellos. Si un cuerpo se movía en una dirección distinta al centro de la tierra, necesariamente tenía que haber algo que le impulsase continuamente a ello. Por ejemplo, cuando un objeto era lanzado horizontalmente, pensaban que era el aire que se cerraba tras él después de pasar el que le seguía impulsando en cada momento hacia delante. Fue este prejuicio, causado por su cosmovisión, lo que les hizo incapaces de descubrir el principio de inercia, principio que, como veremos, está en la base de la ciencia actual.

Ciertamente, los griegos eran grandes observadores y había otras cosas del mundo sublunar que les llamaban la atención. Por ejemplo, les sorprendía que al quemarse un trozo de madera, esta desapareciese y, tras apagarse la llama, sólo quedasen cenizas. Pensaron, bastante ingeniosamente, que las cosas estaban compuestas de cuatro elementos indestructibles que se combinaban en distintas proporciones entre sí en cada cuerpo. Estos cuatro elementos eran la tierra, el agua, el aire y el fuego. Así, cuando un trozo de madera se quemaba al contacto con el fuego, liberaba a su vez el fuego y el aire que tenía dentro y quedaba tan sólo la tierra, en forma de cenizas. Demócrito, llegó a idear un sistema atomista en el que cada elemento estaba formado por partículas indivisibles, llamadas átomos, es decir, sin partes. Cada material tenía una proporción distinta de átomos de cada elemento. Indudablemente, esto era una intuición muy fina e ingeniosa, pero nada les permitía establecer las causas de por qué los átomos de distinto tipo se mantenían unidos en una sustancia y qué hacía que, en un momento dado, se separasen y se recombinasen de otra manera para dar lugar a otras sustancias. Esto, que es lo que hoy llamamos química, no puede explicarse más que después de conocer las leyes del movimiento de cuerpos como los electrones. Cuerpos que se descubrieron, precisamente, tras descubrirse las leyes del movimiento. Los griegos, y más tarde los romanos, también buscaban en los sucesos físicos una anticipación del porvenir. Pero más que en el mundo celeste, buscaban esa explicación en el extraño mundo sublunar. En Delfos, las emanaciones de la tierra que se producían allí dieron lugar a los oráculos de la pitonisa de Delfos –que ayudada por Apolo sabía interpretarlas– sin los que ningún griego emprendía jamás ninguna actividad. Los romanos tenían sus augures que interpretaban el devenir de las cosas según el aspecto del hígado de un ganso, o cosas parecidas.

Es indudable, y sería un desagradecido histórico si no lo dijese así, que la ciencia actual, está en deuda con el pensamiento griego y con sus intuiciones paracientíficas. Pero no es menos cierto que la cosmovisión griega, impedía dar el paso más allá de esas intuiciones. En el mundo de las esferas celestes, el hecho de que el mundo tuviese que tener su centro en la tierra para explicar el movimiento natural de caída de los cuerpos hacia la tierra, hizo que los griegos ignorasen totalmente la intuición heliocéntrica de Aristarco de Samos. Las irregularidades que percibían en los movimientos de los astros les llevaron a complicar enormemente el sistema de esferas, suponiendo los epiciclos para evitar tener que renunciar a la perfección de las formas circulares que, necesariamente, debían constituir el perfecto cosmos celeste. Todo menos pensar en unas imperfectas órbitas elípticas. En el mundo sublunar, el convencimiento de que había movimientos naturales y antinaturales que requerían de un algo continuo para su mantenimiento, impidió a estas mentes preclaras descubrir algo tan evidente como el principio de inercia.

Sin embargo, es algo tan sencillo como eso lo que dio inicio a la ciencia. Y para ello, hubo que librarse del prejuicio de que el cosmos era perfecto en las esferas celestes y que había distintas calidades de movimientos en el mundo sublunar. Estos prejuicios nacían, conviene recordarlo, de que el cosmos era eterno, consustancial con la Causa Primera y, por tanto perfecto. Nacían de una especie de panteísmo que identificaba la sustancia del cosmos con la de la Causa Primera. Y ese prejuicio fue el que vino a romper la revelación judeo-cristiana. Porque para esta revelación, el mundo no era consustancial con una Causa Primera impersonal. El mundo era una creación de esa Causa Primera, dotada de personalidad, Dios. Era distinto de él, era una criatura. Había sido creado bueno, pero no perfecto. Sin embargo, en ningún pasaje de la Torá –el Antiguo Testamento– hay nada que haga pensar que ese mundo tenga que tener unas leyes que lo hagan inteligible. Esto es una idea de origen puramente griego. Pero fue la unión de estos dos principios –un mundo bueno, aunque no perfecto y una lógica autónoma, sin prejuicios a priori, que lo haga inteligible– lo que dio lugar al nacimiento de la ciencia como hoy la conocemos. Y esta unión sí se da nítida y tajantemente en la revelación cristiana, en la que se identifica a la segunda persona de la Trinidad divina, el Hijo, como el Logos, engendrado por el Padre, que comunica libremente ese Logos a la creación. El Evangelio de san Juan empieza afirmando tajantemente: “Al principio ya existía el Logos. El Logos estaba junto a Dios, y el Logos era Dios. Ya al principio estaba junto a Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir ” [2] (Juan 1, 1-3). La Segunda Persona de la Trinidad y no el cosmos, es el Logos y ésta sí es engendrada desde la eternidad por el Padre. Es ella la que comunica libremente, sin limitaciones apriorísticas, su Logos a la creación. Por eso la creación es buena e inteligible y sus leyes están libres de prejuicios panteístas. Por eso en esa cosmovisión, y sólo en ella, pudo producirse el nacimiento de la ciencia.

Conviene ahora ver rápidamente cuál es la esencia de esta ciencia moderna de la que hablamos. Los grandes logros tienen, muy a menudo, orígenes muy modestos. El modesto cimiento de la ciencia actual hay que buscarlo en el principio de inercia. Este principio fue el que permitió a Isaac Newton dar el paso hacia la formulación de los otros dos principios del movimiento. Al primero, el de inercia, Newton añadió el de acción y reacción –es decir que toda fuerza que un cuerpo hace sobre otro, genera una fuerza igual y de signo contrario del segundo sobre el primero– y, sobre todo, el tercero, el que pone en relación matemática la aceleración de un cuerpo, su masa y la fuerza que actúa sobre él, según la fórmula a=F/m. Sólo tras el enunciado de estos tres principios pudo Newton descubrir el principio de gravitación universal que es la base de la astronomía moderna. Estos tres principios del movimiento, junto con el de la gravitación universal, quedaron expuestos en su obra Principia Mathematica que se considera el texto fundacional de la ciencia moderna. Pero el principio de inercia no es original de Newton. El lugar común dice que ese principio de inercia fue descubierto por Galileo. Pero eso no es cierto. Fueron dos clérigos universitarios medievales, Jean Buridan y Nicolás de Oresmes los que, en el siglo XIV –tres siglos antes de Galileo y rompiendo con la cosmovisión griega gracias a la cosmovisión nacida de la revelación cristiana–, formularon algo tan evidente como el principio de inercia.

El Renacimiento, con el encumbramiento de la cultura griega, puso a Aristóteles en la cima del pensamiento, eclipsando la cosmovisión cristiana y obstaculizando la aparición de la ciencia. Posteriormente, pensadores como Copérnico, Kepler, Galileo o Newton –todos ellos cristianos convencidos e imbuidos de la cosmovisión cristiana–, contribuyeron al nacimiento de la ciencia. Pero no es sólo que la cosmovisión cristiana permitiese quitarse la venda para ver el modesto principio de inercia. Esta cosmovisión, al romper con el peculiar panteísmo cosmológico griego permitió superar en todos los campos la idea de unas leyes que debían responder a priori a determinados prejuicios sobre cómo debían ser éstas. Me refiero al prejuicio de los movimientos circulares de las esferas o del movimiento natural hacia el centro de los cuerpos sublunares.

Una vez superado este prejuicio, las leyes del movimiento permitieron explicar las causas de los principios de la termodinámica como movimientos de agitación de las partículas, hicieron posible descubrir y, por tanto llegar a explicar, ciertas irregularidades en las órbitas de algunos planetas, permitiendo la formulación de la teoría de la relatividad, dieron pie al descubrimiento de la estructura del átomo como un conjunto de partículas unidas por fuerzas y dotadas de movimiento lo que permitió la explicación científica de la química. Este descubrimiento abrió la puerta al electromagnetismo y desde él, a la física cuántica y así, un largo etcétera hasta llegar al estado actual de la ciencia.

Posteriormente, una vez puesto en marcha el mecanismo de razonamiento científico y demostrado su éxito predictivo y sus aplicaciones prácticas, el pensamiento científico pudo desarrollarse fuera de su matiz, bajo cualquier premisa. Pero todos los científicos, lo sepan o no, sean creyentes, agnósticos o ateos, están dando gloria a Dios y a su Logos mientras intentan desentrañar todos los entresijos de sus leyes del universo.

Desde luego, este progreso de la ciencia, desde sus inicios en la matriz de la cosmovisión cristiana, no ha sido siempre armónico con esa matriz en la que fue engendrada. Aunque los burdos estereotipos de la incompatibilidad entre ciencia y fe son falsos, es cierto que en sus inicios hubo tensiones entre ambas. Pero éstas fueron debidas, sobre todo, a que muchos humanistas cristianos renacentistas y posrenacentistas abrazaron la cosmovisión griega casi con más apego que la cristiana. Este error se transmitió al mundo universitario –no hay que olvidar que las universidades fueron una creación de la Iglesia. Es en esta dificultad para cortar las amarras necesarias con la venerada tradición griega donde hay que buscar la causa de esas desavenencias y no en la Revelación cristiana. Muy al contrario, como acabamos de ver fue la cosmovisión nacida de esa Revelación la que hizo posible el nacimiento de la ciencia, que hubiese sido prácticamente imposible bajo cualquier otra cosmovisión cultural.


[1] Cuando uso términos como “descarta”, “hace imposible”, etc, no quiero expresar imposibilidad. La libertad de pensamiento humana puede sobrepasar esas barreras culturales, pero aunque un genio las sobrepase, el caldo de cultivo de sus ideas sería hostil o, en el mejor de los casos, indiferente a esas ideas y por lo tanto, éstas no encontrarían el humus social en el que desarrollarse. Sin embargo, esto no imposibilita totalmente su desarrollo aunque lo hace muy difícil. Quiero dejar esto claro aquí de una vez por todas, porque no quiero estarlo repitiendo cada vez que use esos términos.


[2] En las traducciones normales del Evangelio de san Juan no se utiliza la palabra Logos, sino palabra o, a veces, Verbo. Pero eso ocurre porque estas traducciones proceden, en la mayoría de los casos de la traducción latina de la Vulgata. pero el Evangelio de san Juan fue escrito originalmente en griego y el término que él utilizaba era Logos.

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