25 de marzo de 2011

La Encarnación de Dios en María

Hoy, 25 de Marzo es la fiesta de la Anunciación a María o, mejor dicho, de la Encarnación de Dios en María. Digo lo de mejor dicho porque recuerdo las palabras de un guía que, estando en Tierra Santa, en Nazaret, nos enseñó la basílica de la Encarnación. Verbum caro factum est, El Verbo se hizo carne, reza la inscripción en el frontispicio de la basílica. Este guía nos dijo cómo en la Biblia hay varias anunciaciones de ángeles, o profetas, que dicen a una mujer estéril, o a su marido, que va a tener un hijo de forma extraordinaria. Está la anunciación a Sara, la mujer de Abraham. Son tres ángeles los que se la anuncian. También un ángel anuncia el nacimiento de un hijo a Sorá, la madre de Sansón. A Ana, madre de Samuel, no es un ángel el que le anuncia que tendrá un hijo, sino el profeta Elí. El nacimiento del Bautista sí lo anuncia un ángel, aunque la anunciación no se le haga a Isabel, sino a su marido, Zacarías. Y todos esos hijos nacieron de forma extraordinaria de mujeres estériles, pero fueron concebidos en ellas por sus maridos. Sin embargo, encarnaciones de Dios sólo ha habido y habrá una. La de Jesús en el seno virginal de María. Sin intervención humana, por pura voluntad divina. Quiero hoy, pues, celebrar este día con tres textos. El primero es mío y está sacado de mi libro “El Señor del azar”. El segundo es nada menos de de Jean Paul Sartre extraído de su obra de teatro “Barioná”. Y, como dice Sartre más abajo, el día de la Encarnación “es la fiesta de los hombres porque es el momento en el que el hombre va a ser sacralizado”. Efectivamente, de ahí arranca nuestra salvación. El tercero es el que da sentido a los dos anteriores. Sin él, ni los dos primeros textos existirían, ni el mundo sería un lugar habitable. Gracias a él podría ser un paraíso. Efectivamente, hoy es nuestra fiesta. Hoy vamos a ser sacralizados. En nuestras manos, sacralizadas por el Dios encarnado está que sea lo uno o lo otro. Bendito sea Dios.

“Así pues, llegado el momento adecuado de la historia, fue concebida una niña en un pequeño rincón del mundo y le fue asignada una de las dos almas libres de pecado original. La niña creció, se hizo mujer, y llegó el momento de plantearle la gran cuestión. ¿Querría participar en el Plan de Dios y concebir milagrosamente al Salvador anunciado por el Antiguo Testamento? Desde luego, María, como buena judía que era, debía conocer de memoria, por imperativos de su propia religión, todos los libros de la Ley judía, que son, salvo algunas excepciones, que los que forman lo que llamamos el Antiguo Testamento. Por lo tanto, cuando le fue planteada la cuestión, ella sabía lo que se le estaba proponiendo. El Evangelio de san Lucas nos dice que fue el Arcángel Gabriel el que se la planteó. Veinte siglos de repetición de la historia, de arte y de sensiblería, nos ocultan la crudeza del tema. Imagínese el lector a una pobre jovencita aldeana, que ha decidido llevar una vida sencilla dedicada a la contemplación y a la oración, desposada, pero todavía no casada, con un hombre con el que había llegado al acuerdo de no tener ninguna relación sexual. En un instante, una aparición que no debía tener nada de tranquilizadora le pregunta, de un solo golpe, si quiere ser madre del Rey Mesías, del Hijo del Hombre, del Siervo Sufriente y del mismo Dios. Todos los profetas del Antiguo Testamento, Moisés, Jeremías o Jonás, por poner algunos ejemplos, aceptan su elección como una pesada carga de la que en repetidas ocasiones se lamentan amargamente. Y debían ser hombres curtidos. Qué losa debió caer sobre esa pobre muchacha. Y sin embargo, a ella solo se le ocurre una pregunta. "¿Cómo ha de ser eso si no conozco varón?" A lo que se le responde que no es necesario, que su desposado, y cualquier otro hombre, será ajeno a todo. Supongo que por mucha que fuese la ingenuidad de esa pobre chica, no se le ocultarían los enormes problemas que podría tener. Aunque la lapidación de las adúlteras era una ley que había caído en desuso hacía tiempo, el panorama no debía ser nada tranquilizador. Y sin embargo, sin preguntar más, con una sencillez que causa más asombro cuanto más se reflexiona, ella no responde nada más ni nada menos que: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí segun tu palabra". Compárese esta sencilla respuesta con la opinión que le merece a Jeremías la responsabilidad de haber sido elegido por Yavé como su heraldo. "Maldito el día enque nací; el día en que mi madre me parió no sea bendito. Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: te ha nacido un hijo varón, llenandole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que Yavé destruyó sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos, y al mediodía alaridos. ¿Por qué no me mató en el seno materno, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna de sus entrañas? ¿Por qué salí del seno materno para no ver sino trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta?" Jeremías(20, 14-18).

¿Pudo haberse negado María? A mí no me cabe la menor duda. Dios necesita de nuestra libertad para nuestra salvación. Imagino a todos los seres conscientes de la Creación, que conocían el Plan de Dios y deseaban la restauración de Humanidad, con la respiración contenida, esperando la respuesta. Imagino a la propia Humanidad, si fuese consciente de su suerte, esperando, como un reo sometido a juicio, la lectura de su veredicto de condena a muerte o de amnistía. Puedo oír el suspiro de alivio y hasta el sollozo de alegría, después de la tensión contenida, de todos los seres creados. "Hagase en mí según tu palabra". Luz verde, vía libre, adelante. Una pequeña mujer ha abierto el camino de la Salvación. "¡Bendita tú entre las mujeres!" le dirá inspirada por Dios su prima Isabel. "Una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones" le dirá, también inspirado por Dios, el anciano Simeón anticipando la visión del Siervo Sufriente. Por su parte, Jesús sancionó todas estas alabanzas cuando en medio de la muchedumbre, alguien gritó: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron", a lo que Él respondió: "Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan", frase que, lejos de disminuir el mérito de María, lo traslada de una razón biológica a otra espiritual”.

Tomás Alfaro, El Señor del azar.



“Mis buenos señores, soy ciego por accidente, pero antes de perder la vista he mirado más de mil veces las imágenes que vais a contemplar y las conozco de memoria porque mi padre era pregonero de imágenes como yo y me ha dejado estas en herencia. Esta que veis detrás de mí y que señalo con el bastón, sé que representa a María de Nazaret. Un ángel acaba de anunciarle que tendrá un hijo y que ese hijo será Jesús, Nuestro Señor.

El ángel es inmenso, con dos alas como dos arcos iris. Ustedes pueden verlo, yo no, pero lo veo aún en mi cabeza. Ha penetrado como una inundación en la humilde casa de María llenándola con su cuerpo fluido y sagrado y con su gran vestido flotante. Si miráis atentamente el cuadro, os daréis cuenta que se pueden ver los muebles de la habitación a través del cuerpo del ángel. Se ha querido remarcar así su transparencia angélica. Está delante de María, que apenas le mira. María reflexiona. El ángel no tiene necesidad de hacer oír su voz, similar a la del huracán. No ha hablado; ella le presentía ya en su carne. En este momento el ángel está delante de María y María es innombrable y misteriosa como un bosque por la noche y la buena noticia se ha adentrado en ella como un viajero se pierde en los bosques. Y María está llena de pájaros y de largos murmullos de hojas. Y mil pensamientos sin palabras se despiertan en ella, pesados pensamientos de madres que sienten dolor. Y mirad, el ángel parece no poder penetrar en esos pensamientos demasiado humanos: siente ser ángel, porque los ángeles no pueden nacer ni sufrir. Y esta mañana de Anunciación, ante de los ojos sorprendidos de un ángel, es la fiesta de los hombres porque es el momento en el que el hombre va a ser sacralizado. Mirad bien la imagen, mis buenos señores, y suene la música”.

Jean Paul Sartre, Barioná.


Del Evangelio según san Lucas:

En aquellos días, envió Dios al ángel Gabriel a una aldea de Galilea llamada Nazaret, a una joven prometida a un hombre llamado José, de la estirpe de David. El nombre de la joven era María. El ángel entró donde estaba María y le dijo:
- Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo.
Al oír estas palabras ella se turbó y se preguntaba qué significaba tal saludo. El ángel dijo:
- No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor. Concebirás y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús. Él será grande, será llamado hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin.
María dijo al ángel:
- ¿Cómo será esto, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?
El ángel le contestó:
- El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con sus sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará hijo de Dios. Mira, tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez y ya está de seis meses la que llamaban estéril; porque para Dios nada es imposible.
María dijo:
- Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Y el ángel la dejó.

Y el Verbo, se hizo carne y habitó entre nosotros.

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