10 de abril de 2011

Conocer a Dios por analogía, por la música y por el amor

Tomás Alfaro Drake

Los griegos, “inventores” de la filosofía, llegaron, por la sola razón, a postular la necesidad de una Causa Primera, de un Motor Primero, del que sólo pudieron decir que era un Motor Inmóvil. No sé si a esa causa primera la llamaron Dios, pero, la llamasen como la llamasen era algo incognoscible, porque era absolutamente trascendente, totalmente Otro. Sin embargo, a pesar de ser totalmente Otro y absolutamente trascendente, sí se atrevieron a decir algo de Él (o sería mejor decir de Ello, porque en ningún momento le atribuyeron un carácter personal). Se atrevieron a hablar de Ello por analogía. Si el mundo existente tenía su causa en esa Causa Primera, todo lo que de bueno hubiese en este mundo existente, tenía que tener un origen en Ello. No pasaba lo mismo con todo lo malo, puesto que se habían dado cuenta de que el mal no tiene una existencia en sí misma, no tiene Ser, sino que es una ausencia de bien, bien que sí tiene ser. Dicho en román paladino. Yo puedo decir que la muerte es mala, porque existe la vida, que es buena. La muerte es un sinsentido, un no-ser sin la vida, que es Ser. Por este camino, ya Aristóteles –y es posible que otros filósofos griegos antes que él, no lo sé– llagaron a definir –inaugurando una rama de la filosofía que se conoce hoy con el extraño nombre de ontología– los trascendentes del Ser, de los que los más intuitivos son el Bien, la Verdad, la Belleza y la Unidad. Es decir, el Ser tiene que ser bueno, verdadero, bello y único. Si nosotros percibimos maldad, es porque hay en este mundo ausencias de Bien, si percibimos falsedad, es porque hay ausencias de Verdad, si percibimos fealdad, es por ausencias de Belleza y si vemos una realidad multiforme y mutable, es porque no somos capaces de captar la Unidad intrínseca del Ser.

Pero mucho antes de que los griegos llegasen a estas conclusiones, Dios se había empezado a revelar a los hombres. Para cuando los griegos, mediante el uso de la sola razón, alcanzaban sus conclusiones, la Revelación de Dios a los hombres, a través del pueblo judío, ya estaba casi completa, a falta sólo de la piedra angular (este sólo, no tiene un carácter de marginalidad. Aunque la piedra angular de un arco es una piedra pequeña en comparación con la mole del arco, es lo que lo sujeta como tal y lo que hace que pueda ser arco. Sólo cuando esta piedra está colocada se pueden quitar los andamios que hasta ese momento sujetaban su estructura). Los profetas ya habían anunciado esa piedra angular. El pueblo la esperaba. Aunque no sabían muy bien del todo en qué iba a consistir, la llamaban Mesías. En esa Revelación la Causa Primera ya nos había dicho que Él es el que Es. Ya nos había dicho que Él es el creador del mundo. Ya nos había dicho que es Él, no Ello, es decir que es persona, que tiene intenciones. Ya nos había dicho, aunque la última palabra a este respecto no la había dicho todavía, que es Amor, que su última intención es el Amor. Ya nos había dicho que es algo que los griegos también habían definido como aquello que hace que la realidad sea coherente y tenga sentido, es decir, que es Logos. Y, sobre todo, ya nos había dicho que nos había hecho a su imagen y semejanza, es decir personas, como Él. Se lo había dicho a un pueblo, el pueblo judío, al que había elegido, no para que tuviese esos conocimientos en exclusiva, sino para hacérselos saber a todos los hombres, no contradiciendo la razón, en la que eran maestros los griegos, sino sancionándola y dándole una explicación más profunda. En ese hablar de Dios por analogía, que los griegos también practicaban, los judíos hablaban con un lenguaje antropomórfico que un griego no podía entender. Pero conviene puntualizar que los judíos podían hablar en un lenguaje antropomórfico porque ellos sabían que eran personas precisamente porque Dios es Persona, y no viceversa. Era el hombre el que había sido creado a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, cuando en su analogía hablaban antropomórficamente de Dios era porque el judío sabía que él era, de alguna manera, como todos los seres humanos, teomorfo. Por eso la Revelación, para el judío era, también, una especie de “permiso”. Un “permiso” para buscar. Un “permiso” para adentrarse, con una linterna, en un terreno oscuro e inalcanzable para la razón sola. En un terreno en el que se podían conocer, también con la ayuda de la razón, pero partiendo de puntos de apoyo inalcanzables para ella sola, más cosas sobre la realidad del Ser. Las podía saber a la luz de la linterna de la Revelación. Linterna de la que los griegos carecían. Un “permiso”, en definitiva, para hablar más y mejor de Dios.

Sin embargo la Revelación no acaba con el Antiguo Testamento. Precisamente, la piedra de clave de esa Revelación no es un texto, es una persona, Cristo. Aunque los textos del Nuevo Testamento nos hablen sobre esa persona, su vida, sus enseñanzas y los primeros pasos de su continuidad en la historia, su Iglesia, lo importante no son esos textos, sino el propio Cristo, vivo y resucitado, con el que cada ser humano puede tener un encuentro vital a través de los sacramentos de la Iglesia. Cristo es la definitiva respuesta de Dios sobre cómo es Él, cómo nosotros somos personas, cuál es el verdadero Logos y cuál era la misión de ese Mesías anunciado en el Antiguo Testamento.

Precisamente por eso, los filósofos del Medioevo, se sintieron autorizados a hablar aún más y mejor de Dios. Más que los griegos, que carecían de la linterna de la Revelación. Mejor que los judíos, porque la revelación del Dios encarnado, es una linterna más potente que la del Antiguo Testamento. Pero me parece que la costumbre ha hecho que los cristianos hablemos demasiado a la ligera de Dios. A fin de cuentas, Cristo mismo, su encarnación, su vida, su muerte y resurrección, son un misterio. Dios sigue siendo el completamente Otro, aunque para decirnos más de Sí mismo se haya encarnado. Quizá nos hayamos extralimitado en ese “permiso” y hayamos querido despojar al misterio de su veladura más allá de lo que es posible y conveniente. Más allá de lo que debiéramos. Por eso me atraen las palabras de Pierre Charles cuando dice: “Hay siempre un peligro latente que acecha al creyente cuando se pone a reflexionar: el de considerar el misterio como un problema y el objeto de la fe como una doctrina. Porque el objeto de la fe es más que una doctrina: es una realidad, y el misterio es más que un problema: es un hechizo. Una doctrina sólo pide ser bien comprendida; un problema sólo necesita una solución. Después de lo cual todo se ha acabado y podemos pasar a otro ejercicio. Pero una realidad, una cosa, no ha dicho nunca su última palabra; y un misterio es estrictamente inagotable; una fuente de perpetua inspiración. Y para que el misterio no degenere en simple problema; para que Dios sea otra cosa que una esfinge que propone enigmas, es necesario que la inmensidad de la revelación no sea nunca enteramente prisionera de nuestras fórmulas indigentes”.

El actual Papa, Benedicto XVI en la larga entrevista que da contenido al libro “Dios y el mundo”, expresa esto en una bella imagen. Refiriéndose al misterio de la relación Padre-Hijo entre Dios y Cristo, dice que la analogía “nos permite mirar a Dios desde lejos, a través de una especie de ventana –ciertamente sabiendo siempre que, como dice el cuarto concilio de Letrán, la desemejanza de Dios con nosotros es infinitamente mayor que cualquier semejanza”, y que cualquier intento de llevar más allá esta analogía “llegaría tan arriba como un dedo índice extendido entre el cielo y la tierra”.

Por tanto, debemos saber resignarnos a hablar de Dios, mientras estemos en este mundo, y a pesar de la admirable Revelación del Padre en el Hijo y de la encarnación de éste en Cristo, sólo desde la aceptación del misterio. ¿Resignarnos? Creo que la palabra está mal usada, porque como expresaba la frase anterior de Pierre Charles un misterio es “una fuente de perpetua inspiración”. Einstein afirmaba que “la función más importante del arte y la ciencia es despertar el sentido de religiosidad cósmica en quienes lo buscan. La experiencia más bella que podemos tener es sentir el misterio [...] En esa emoción fundamental se han basado el verdadero arte y la verdadera ciencia [...] Esa experiencia engendró también la religión [...] percibir que tras lo que podemos experimentar se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, la razón más profunda y la belleza más radical, que sólo son accesibles de modo indirecto. Ese conocimiento y esa emoción es la verdadera religiosidad”. Una vida inspirada por una búsqueda del misterio en la que se sabe que al final se encontrará lo que se busca, no es una vida resignada, sino una vida plena de sentido.

En este punto me encontraba el otro día cuando fui a la entrega de premios “fronteras del conocimiento” que otorga la fundación BBVA. El premio en el apartado de música le fue concedido al compositor Cristóbal Halfter. Me parece un acierto que en un premio dado a las fronteras del conocimiento, cuyos apartados son casi todos de carácter científico, al estilo de los Nobel, haya uno dedicado a la música. Oscuramente intuía que la música es una forma de conocimiento. El discurso de aceptación de Cristóbal Halfter vino a confirmármelo con claridad. La música, y el arte en general no aportan ciertamente un conocimiento racional, aunque tampoco irracional. No es un conocimiento basado en silogismos, que jamás pueden llegar ni siquiera a rozar el borde del misterio. No es como la filosofía y la ciencia, que nos acercan al borde del misterio a través de la búsqueda de la Verdad. No es como el amor, que nos aproxima a su corazón a través del Bien. No, la música, creo que más que cualquiera de las artes plásticas, por su carácter efímero y sutil, nos lleva a intuir el misterio a través de la Belleza. Es un dedo sobre otro dedo entre el cielo y la tierra. Y creo que es un dedo más largo que el de la razón, aunque más corto que el del amor. Por eso, una mezcla de filosofía, ciencia, amor y música, en proporciones áureas, nos llevan casi hasta el núcleo del misterio de Dios a través de la Unidad.

Algo de esto debía intuir Pablo Casals cuando afirmaba:

“La humanidad todavía no ha descubierto el verdadero valor de la música, el sentido que encierra el hecho de que exista en el mundo el fenómeno musical; cuando se dé cuenta de ello, algo importante sucederá en el espíritu de las gentes. Es perjudicial sobremanera acostumbrarse a tomar las realidades y acontecimientos como algo consabido, cotidiano, normal, carente de todo enigma. Deberíamos aprender a verlos en toda su misteriosidad”.

Pues aprendamos. Y enseñemos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha servido para meditar sobre el conocimiento de Dios por analogía. Muchas gracias,
Ángela

Anónimo dijo...

Hola Anónimo, soy Tomás:

me alegro mucho que te haya servido. Bienvenido al blog. Espero que te des un paseo por él. Seguramente habrá más cosas que te interesen.

Un abrazo.

Tomás