17 de abril de 2011

Sobre religiones, violencia y guerras

Tomás Alfaro Drake

No suelo ser un navegante activo que vaya de blog en blog. Vivo muy atareado y bastante tengo con mantener activo mi blog. Sin embargo, el otro día, mi amigo Jaime Chicheri me mandó un mail con el enlace a un vídeo en el que la doctora Wafa Sultán habla sobre el Islam. Su testimonio es tan impresionante como veraz. Incluso en algunas cosas se queda corto. Pero después ver el vídeo, me fije en algunos comentarios y vi el siguiente:

  • Con todos mis respetos hacia esta persona y su sufrimiento, pienso que está equivocada en algo: el problema no es el Islam. El problema son las religiones y sus seguidores fanatizados. TODAS las religiones. Y sus normas absurdas, arcaicas y contrarias a la racionalidad humana.

solserpiente hace 2 días

Esto del anonimato en internet hace que cualquier indocumentado pueda poner lo primero que se le ocurre o lo que ha oído de cualquier papanatas de turno. Y esa de que TODAS (en mayúscula en el texto del comentario de solserpiente) las religiones son fanatismos engendradores de violencia es una de esas idioteces sin sentido repetida innumerables veces. Dejaré el Islam de lado para hablar de la religión que mejor conozco: el cristianismo. Aportaré datos de la historia y comparé la violencia, en forma de guerras (Sobre el tema de la Inquisición ya hablé en un post del 24 de Enero del 2008) traída por el cristianismo (y por las religiones en general) con la violencia creada por la errada racionalidad humana. A la luz de esto, contestaré a solserpiente (por cierto, hay pseudónimos que merecerían la atención especial de Freud).

Ciertamente, existen las llamadas guerras de religión provocadas por el mundo cristiano, ya se hayan desarrollado entre cristianos o entre cristianos y otras religiones. Permítaseme citar cuatro. Posiblemente haya más, pero son de una envergadura muy limitada. Las voy a citar por orden cronológico. Son las cruzadas, las guerras de Carlos V, las guerras de religión de Francia, en la que se enmarca la matanza de hugonotes de la noche de san Bartolomé y la guerra de los 30 años. Hablaré Primero de la guerra de los 30 años, luego de las de Carlos V, después de las guerras de religión francesas y la matanza de san Bartolomé. Por último, abordaré las cruzadas.

La guerra de los 30 años fue una guerra muy sangrienta que asoló y empobreció a Europa durante 30 años a partir de 1618. Pero no fue una guerra de religión. O, al menos, no fue más que muy secundariamente una guerra de religión. Ciertamente, la elección de Fernando II –hombre de vehemente catolicismo, pero sobre todo, partidario de la unión religiosa como forma de unidad política– como emperador de Austria-Hungría, no fue lo más conveniente para la paz. Cuando el emperador mandó unos embajadores para hablar con los nobles checos secesionistas, en su mayoría calvinistas, éstos defenestraron en Praga a los enviados imperiales y nombraron príncipe de Bohemia a Federico V del Palatinado, calvinista como ellos. Casi inmediatamente hicieron del calvinismo una especie de bandera diferenciadora entre un bando, el imperial, católico, y el independentista, calvinista. Empezó, por tanto, como una guerra local y nacionalista de secesión. Pero en el equilibrio político de la época, el conflicto se generalizó y la mayoría de los príncipes alemanes se alinearon con los independentistas, ya que su enemigo común era el hegemónico imperio Austro-húngaro. Como gran parte de los príncipes alemanes habían abrazado el protestantismo, parecía que había un bando protestante y otro católico. Pero había no pocos príncipes protestantes en el lado llamado católico y viceversa, debido a sus intereses políticos. La católica España, regida por la dinastía Habsburgo, aliados de sus primos austriacos, tomó partido por el imperio. Pero la no menos católica Francia, cuyos intereses políticos eran contrarios a España y al imperio, entró del lado supuestamente protestante. ¿Guerra de religión? Desde luego, no principalmente. No más de lo que lo haya podido ser la “guerra” del Ulster entre “católicos” y “protestantes”.

Mayores tintes religiosos tuvieron las guerras de Carlos V. Pero, aún así, estimo que sus raíces hay que buscarlas en cuestiones políticas. El triunfo del protestantismo en Alemania tuvo un componente no despreciable de rechazo de los príncipes alemanes al papado, mucho antes de que apareciese en escena Lutero, no en cuanto a institución religiosa, sino en cuanto a actor político de los Estados Pontificios, como un Estado más, en la Europa de la edad media. Las guerras entre güelfos –partidarios del papado– y gibelinos –partidarios del emperador–, son muy anteriores a la reforma luterana. Ésta encontró el caldo de cultivo en el sentimiento de rechazo político de los alemanes contra el papado. Y ese odio político fue el que atizó el fuego de la reforma luterana contra el papa y el emperador, en este caso, el católico y españolizado Carlos V. La codicia se unió a este rechazo político para el éxito de la reforma luterana. Efectivamente, los príncipes alemanes que abrazaban la reforma, se adueñaban de los bienes de la Iglesia. La pólvora estaba cebada y era política y económica. La religión fue instrumentalizada para atizar esos intereses preexistentes. Se puede decir que la riqueza de la Iglesia y la existencia de los Estados Pontificios eran elementos muy negativos. Básicamente, aunque con muchas puntualizaciones, podría estar de acuerdo con esto, pero lo cierto es que esto poco o nada tiene que ver con la religión.

Las llamadas guerras de religión francesas, que fueron hasta ocho, son en realidad guerras entre distintos elementos de la nobleza francesa, con sus aspiraciones de poder por medio y que, al final, acabaron siendo una guerra de sucesión ante la evidencia de que el rey de Francia, Enrique III, moriría sin descendencia. Su origen hay que buscarlo en el rey de Francia Francisco I, contemporáneo de Carlos V y al que se opuso siempre porque por su culpa, el rey de Francia vio frustradas sus aspiraciones a ser emperador de Alemania. Para ello, apoyó todo lo que pudo a los príncipes alemanes, en su mayoría protestantes, que se oponían al emperador Carlos. Pero también veía en sus súbditos protestantes, calvinistas en su mayoría, una amenaza contra su poder real, por lo que les hacía la vida todo lo imposible que podía. El típico concepto francés de la política le llevaba a apoyar a los príncipes protestantes alemanes con una mano y a reprimir a sus súbditos protestantes con la otra, amén de a aliarse con los turcos otomanos con tal de meter palos en los radios de la bicicleta de Carlos V. Esa represión que, insisto, era más política que religiosa, se fue agudizando ante un progresivo debilitamiento del poder de la corona de Francia. Tras Enrique II, hijo de Francisco I, reinaron sucesivamente sus tres hijos, Francisco II, Carlos IX y Enrique III, enzarzados en una política sin escrúpulos por su intrigante madre Catalina de Medicis. Ante la evidencia de que no habría sucesión en la dinastía Valois, dos grandes familias se disputaban el poder. Los Borbón, reyes de Navarra con aspiraciones al trono francés, calvinistas formaban un bando. La familia Guisa, apoyaba el bando católico. Esas guerras culminaron en la llamada octava guerra de religión francesa, también conocida como guerra de los tres Enriques, Enrique III, Enrique de Borbón y Enrique de Guisa, los dos segundos aspirantes al trono de Francia cuando muriese Enrique III. Es decir, una auténtica guerra sucesoria. Alrededor de estos tres bandos tomaron partido los distintos reinos Europeos, evidentemente, para conseguir la mayor ganancia de pescadores en este río revuelto de Europa. Y como la seta venenosa, que envenena todo el guiso, se encontraba de por medio la intrigante Catalina de Medicis. Si alguien puede llamar a esto seriamente guerra de religión, que me lo diga. En medio de todos estos episodios de guerras políticas en Francia que instrumentalizan la religión, tuvo lugar el sangriento episodio de la matanza de los hugonotes en la noche del 23 al 24 de Agosto de 1572. Pero, aunque fue una masacre de protestantes llevada a cabo por católicos, lo que fue en realidad fue una matanza llevada a cabo por un bando político sobre otro, enmarcado en una guerra política gestionada por una monarquía débil que daba carrete a uno y otro bando aplicando burdamente lo de “divide y vencerás”. Nuevamente, decir que fue una matanza por la religión es como decir que los atentados del IRA en Irlanda del norte son por motivos religiosos.

Llegamos a las cruzadas, las más antiguas de las “guerras de religión” que traigo aquí. Lo primero que hay que hacer es encuadrar estas guerras en un marco histórico más amplio. Desde que en el año 634 Omar se convierte en el segundo califa, el Islam empieza una serie de guerras de conquista que llevan en el 711 a los árabes a conquistar, por el Oeste, toda España y el sur de Francia en Europa y, por el Este, grandes territorios en el Imperio Bizantino. Tanto el Imperio como la Cristiandad occidental reaccionan contra esas invasiones. El móvil musulmán para estas conquistas era, fundamentalmente, religioso. No así el de occidente y el Imperio, que era puramente defensivo. En esta óptica hay que entender el largo conflicto entre cristianos y musulmanes. Pero, aún en este marco, desde que en el siglo VII los musulmanes conquistaron Jerusalén, hasta el año 1076 en que esta ciudad cae en manos de los turcos selyúcidas, los peregrinos cristianos podían ir a Jerusalén con una relativa tranquilidad. En el año 1009, el califa Fatimí de Egipto, Al Hakem, conocido por la historia como el Nerón egipcio, destruye la basílica del Santo Sepulcro construida por la emperatriz Elena, madre de Constantino, en el siglo IV y la propia roca del sepulcro. Pero ni siquiera esto provoca una guerra de religión. Sin embargo, a partir de la conquista de Jerusalén por los selyúcidas, éstos someten a esclavitud o muerte a los peregrinos cristianos.

Paralelamente, tras la derrota bizantina en Mantzikert a manos de los selyúcidas en 1071, tras la que todo el Imperio está a punto de derrumbarse, los papas reciben reiteradas peticiones de auxilio por parte de los emperadores bizantinos. Miguel VII pide ayuda al Papa Gregorio VII en 1074 y, en 1095, Alejo I se la pide a Urbano II. El motivo de estas peticiones de ayuda no era religioso, sino militar, podríamos decir que hasta geopolítico, ya que si los tapones occidental y oriental a la expansión musulmana se derrumbaban, nada hubiera podido impedir la islamización de toda Europa. La razón para que esa ayuda se le pida al Papa reside en que éste era el único que podía aunar las fuerzas de la cristiandad occidental. Si no hubiera sido por estas ayudas, es más que probable que toda Europa fuese hoy día musulmana.

En medio de este ambiente, es en el que se produce la 1ª cruzada, que se inicia en el 1096. El ejército cruzado toma Jerusalén, pero los musulmanes, perpetuamente enredados en reyertas entre distintos reinos e intestinas dentro de cada uno de ellos, no ven a ese ejército como un ejército cristiano, sino como un contendiente más en esas guerras. De hecho, jamás la 1ª cruzada hubiese tomado Jerusalén si no hubiese sido por el juego de alianzas con unos y otros de los bandos musulmanes. Es bastante ilustrativo leer el libro de “Las cruzadas vistas por los árabes” de Amin Maalouf. Las cruzadas se prolongan hasta la octava, en 1270 y acaban con la expulsión definitiva de los francos de San Juan de Acre en 1291. Como todas las guerras, fue terriblemente sangrienta, y en muchas de sus fases tuvo aspectos lamentables por ambos bandos, pero no fue una guerra de religión.

Las cruzadas fueron, probablemente, la guerra geopolítica más larga que ha existido que, con distintas variantes, llega hasta nuestros días. Me atrevo a decir que, afortunadamente, parece que occidente ha mantenido su hegemonía, y espero que la siga manteniendo. Pero no ha sido fácil. Tuvo que haber un Carlos Martel y una España que los contuviera por occidente y, tras las cruzadas y la caída de Constantinopla en 1453, hubo que levantar en dos ocasiones el sitio turco sobre Viena, en 1529 y en 1683. Sin esta resistencia, Europa sería ahora, a buen seguro, musulmana. Las cruzadas me recuerdan, más que una guerra de religión, a la guerra entre Roma y Cartago, en la que lo que estaba en juego era qué visión del mundo iba a prevalecer, si la del derecho romano o la de la tiranía cartaginesa. Con las diferencias notables que puedan establecerse, las cruzadas se parecen más a la guerra que Escipión llevó a África contra Cartago que a una guerra de religión. O a la segunda guerra mundial, en la que el nazismo y la democracia enfrentaron sus diversas maneras de entender el mundo. O a la guerra fría entre el comunismo y la democracia, sólo que caliente.

Jugar a los futuribles es siempre ocioso, pero me atrevo a decir que si el reino latino de los francos hubiese subsistido en Palestina, la actual situación de oriente medio sería muy otra. Permítaseme citar un pasaje revelador. Ibn Yubayr, historiador andalusí, gran viajero, nacido en Valencia en 1145, viaja a Siria en época de los reinos cruzados poco después de la reconquista de Jerusalén por Saladino. En su cuaderno de viaje escribe:

“Al salir de Tibnin (Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de casa de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany -¡Alá nos libre de las tentaciones!–. Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad”.

No parece descabellado decir que si esa seguridad jurídica, que es uno de los pilares de occidente, se hubiese mantenido durante los siguientes ocho siglos y se hubiese extendido al mundo musulmán, éste no sería hoy lo que es.

Cambiemos, aparentemene, de tema. ¿Cuántos muertos se han producido por causa de las guerras en la historia de la humanidad? Es esta una pregunta difícil, si no imposible de contestar. Sin embargo, no falta quien lo ha intentado. La verdad es que los resultados no pueden ser más dispares. Cito a continuación los dos extremos, el más sensacionalista y el más moderado.

En el extremo sensacionalista, están muy extendidas unas cifras, cuyo origen han investigado recientemente los profesores Jongman y van der Dennen de la universidad de Groningen, en Holanda. Han llegado a la conclusión de que su origen se remonta a una fuente periodística sensacionalista sin ningún valor analítico. No obstante, ahí van. Esta fuente afirma que desde el año 3600 a. de C. hasta nuestros días han tenido lugar 14500 guerras con un total de 3600 millones de muertos. Esto da lugar a unas 4 guerras por año con un promedio de 248 mil muertos por guerra. El primer promedio no me parece excesivo, pero el primero es disparatado.

En el extremo moderado, las cifras más conservadoras provienen de la “Enciclopedia de la Historia militar” de Dupuy&Dupuy (1986). En esta enciclopedia se dice que, entre el año 3500 a. de C. y nuestros días, se han librado 4345 batallas, lo que, si asignamos arbitrariamente 5 batallas por guerra, darían 867 guerras, es decir, una guerra cada 6 años, lo que parece extremadamente bajo. No se aventura en esta enciclopedia una cifra de muertos.

Quizá el estudio más serio nunca hecho sobre la cuantificación de las guerras es el realizado por Lewis Fry Ricardson, y publicado póstumamente en 1960 bajo el título “Statistics of deadly quarrels”. La pena es que sólo abarca desde 1820 hasta 1950. En este periodo Richardson identifica 315 conflictos con más de 300 muertos y con un total de unos 60 millones de muertos, lo que da una media de 190.000 muertos por guerra.. Pero esta media es engañosa porque sólo las dos guerras mundiales arrojan, ellas solas 36 millones de muertes. Por lo tanto, la media de muertos del resto de las guerras es de 76.000. Por tanto, el promedio de las guerras más antiguas, con menos medios de destrucción debería ser bastante menor que este. Si extrapolamos las 315 guerras en 130 años a los 5500 años que van desde hoy hasta el año 3500 a. de C., nos dan 13.000 guerras. Cabe pensar que la frecuencia de guerras era menor cuando menor era la población del planeta.

Entre los dos extremos, y teniendo en cuenta los datos de Richardson me decanto por acercarme a unas 10.000 guerras, que me parece un número redondo bastante razonable. Me siento tentado a dividir por 10 el disparate de 248 mil muertos por guerra, dejándolo por tanto en 25 mil, que, además, resulta ser la tercera parte de muertos por guerra de Richardson, excluidas las dos mundiales. Con estas estimaciones a dedo, saldrían un número de muertos de 250 millones.

Pero sigamos con el ejercicio de plausibilidad. Según estimaciones procedentes del ajuste de una curva de crecimiento exponencial a la población de 7.000 millones de habitantes en el mundo de hoy, se ha llegado a cifrar el número de personas que han vivido sobre la faz de la tierra entre 16.000 y 20.000 millones de habitantes. De estos, si hay 7.000 millones vivos, han muerto unos 11.000 millones. 3600 millones de muertos en guerra supondría que el 33% de los muertos de la humanidad han sido en conflictos bélicos. Me parece totalmente falto de realismo. Sin embargo, según el cálculo que he hecho más arriba, de 250 millones de muertos en guerra, esta cifra representaría el 2,3% de los seres muertos de la humanidad. Esta cifra se me antoja más plausible.

Retomando los datos de Richardson, los siete conflictos mayores catalogados por él, después de las dos mundiales, son las siguientes, por orden cronológico: La rebelión de Taiping, en China (1851-1864); la guerra civil norteamericana (1861-1865); La gran guerra de la Triple Alianza ente Paraguay por un lado y Argentina, Brasil y Uruguay por otro (1865-1870); las secuelas de la revolución bolchevique (1918-1920); la primera guerra comunista en China (1927-1936); la guerra civil española (1936-1939) y las revueltas comunales en la India y Pakistán (1946-1948). La que menos muertes provocó de estas guerras alcanzó medio millón de muertos y la que más, 2 millones. Si Richardson hubiese vivido un poco más hubiera añadido a esa lista de guerras entre 500.000 y 2 millones de muertos algunas más entre la que se me viene a la cabeza la represión de Pol Pot en Camboya. De estas ocho terribles guerras, más las dos mundiales, ninguna, absolutamente ninguna puede considerarse una guerra de religión en sentido estricto. Si bien es cierto que las guerras de India y Pakistán enfrentaron a musulmanes y hinduistas, no lo es menos que su causa fue, en mucha mayor medida, étnica y nacionalista que religiosa.

No me puedo resistir a hablar del enorme caudal de muertos producido por la ilustrada revolución francesa, que, si no recuerdo mal, entronizó a la diosa razón. Remito al que esté interesado en esta muestra del fruto de la razón errada del hombre al post del 22 de Noviembre del 2009 en este blog.

Lo que me lleva a una frase del párrafo de internet que me hace escribir estas líneas. Nuestro inefable solserpiente asegura que “el problema son las religiones y sus seguidores fanatizados. TODAS las religiones. Y sus normas absurdas, arcaicas y contrarias a la racionalidad humana”. Me parece que es la errada racionalidad humana la causa de los nacionalismos, las ideologías totalitarias, la apetencia de conquista territorial o de recursos naturales, y un largo etc. de formas de error de la racionalidad humana –entre ellas la instrumentalización de las religiones, que no las religiones en sí– la que ha causado la inmensa mayor parte de los terroríficos 250 millones de muertes por guerras. El ser humano es capaz de los más magníficos heroísmos y de las más abyectas bajezas, debido a los errores de su razón, oscurecida por tantas cosas.

Precisamente los códigos morales de las religiones lo que intentan es corregir esos terribles errores en los que cae la razón humana. Por supuesto, hay códigos éticos buenos, regulares y malos. Hay religiones que tiran del hombre hacia arriba y otras que ensalzan lo peor de su naturaleza. El Islam estaría entre las segundas y el cristianismo entre las primeras. Cualquiera que haya leído el Evangelio y conozca la vida y enseñanzas de Jesucristo sabe que esto es cierto. No pretendo ser exhaustivo, pero ni en la vida ni en las enseñanzas de Jesucristo hay ni un solo acto ni una sola palabra que incite a la violencia y sí cientos que llaman a la paz, al perdón, a soportar con paciencia las injurias, todo ello en niveles que podríamos llamar sobrehumanos. Precísamente esta semana celebramos el supremo acto de perdón y de paz. Cristo en la cruz reconcilia al mundo con Dios y perdona a todo el género humano. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¿Es posible un código moral menos violento y más elevado? Rotundamente, NO Ciertamente, la mayoría los cristianos no hemos estado ni estamos a la altura del código moral de Cristo. Pero también es cierto que hay cristianos ejemplares que han transformado el mundo con su forma de vida y sus enseñanzas, en imitación de su Maestro. Por tanto, si muchos cristianos, a lo largo de la historia no hemos tenido una conducta a la altura de lo que nuestra religión nos pide, la culpa no es, evidentemente, de nuestra religión, sino de nosotros mismos. Tal vez de esa razón oscurecida y errada que nos hace actuar mal a pesar de nuestra religión. Pero creo que no exagero si digo que cuando uno ve quienes son las personas que más se ocupan de aliviar los dolores de los que sufren, de los oprimidos, de los desheredados del mundo, los que más destacan, con mucho, aún sin ser los únicos, son los cristianos más entregados a su religión.

Así es que, a solserpiente y todos los que, sin pensarlo racionalmente, sacan esas conclusiones, les digo, ¡basta ya de idioteces! Si se consideran tan racionales, que usen esa razón para pensar y no para decir sandeces. Qué aprendan un poquito de historia. Qué se enteren un poquito de lo que dice realmente cada religión. Que aprendan a hacer, al menos, tres silogismos seguidos correctos. ¿Han leído, al menos una sola vez el Evangelio? No, ni lo harán. Porque no lo necesitan. Son del tipo de gente que dice: “¿Leer el Evangelio? Para qué. Sabemos lo que nos gusta y nos gusta lo que sabemos, y el Evangelio no entra ni en lo que sabemos ni en lo que nos gusta, ¿para qué lo vamos a leer y, mucho menos, pensar sobre lo que nos dice?” Desgraciadamente, ya dijeron los romanos que numerus stoltorum infinitus est. ¡Qué le vamos a hacer!, habrá que seguir aguantando a los idiotas que piensan que diciendo ciertas idioteces parecen más intelectuales.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero lo realmente importante de las religiones es que lleven a entender que Dios te quiere.
El texto escrito por los cuatro evangelistas (los Evangelios) seguidores de Jesucristo pervive no por qué sí, no, pervive porque transmite palabras de amor, porque por todas partes te lleva a comprender que Dios te ama. Eso es lo que necesita saber el hombre de hoy, y de siempre, que Dios le ama. Saber que alguien te ama porque sí, es lo más ansiado por el hombre. Que alquien te ama aunque seas feo, aunque seas egoísta, aunque seas malvado, aunque seas ladrón, aunque seas asesino, que alguien te ama a pesar de tus miserias,... Y eso es lo que cuentan los testigos de aquel hombre que murió en la cruz. Cuentan que ese hombre les dijo que les quería aunque sabía que le iban a negar, que le iban a abandonar,... y encima les dijo que perdonaran a los que le iban a crucificar. Fueron testigos de como desde la cruz gritaba "Padre perdónales".
Los evangelios son el testimonio de que el perdón existe, de que el amor es posible, y eso es lo que necesita saber el hombre. Por eso el hombre de hoy día está tan perdido, porque no se siente querido. Ve como ante un fallo le deja de querer su mujer, su amiga, su compañero, su jefe, ¿quién quiere al hombre de hoy día?
Hoy día no hacemos las cosas para mejorar interiormente, para superarnos, por la safisfación del deber bien cumplido,... No, nos mueve el quedar mejor o sea el dejar a alguien peor. En medio de esta rivalidad contínua el hombre (que aspira al amor por naturaleza) se pierde; necesita que llegue alguien que le quiera, que le demuestre que le quiere. Por eso los Evangelios desde hace 2000 años siguen siendo noticia nueva, porque siempre el hombre necesita leer que le quieren.
Tomás, perdona esta intromisión, pero es lo que a mí me mueve a ser cristiana.
Un abrazo,

Sagrario

Anónimo dijo...

Hola Sagrario, soy Tomás.

De ninguna manera es una intromisión, sino un comentario con el que no puedo estar más de acuerdo y que me parece muy pertinente, porque al intentar contestar a determinadas cosas, se pierde la perspectiva de lo que es realmente el cristianismo.

Un abrazo y te animo a seguir colaborando en el blog.

Tomás

Antonio Masa. dijo...

La sociedad de hoy, independientemente de la religión que se profese, conoce realmente el sentido y significado de"ser hombre"? o simplemente y aún conociéndolo se está diluyendo a través de la cultura imperante?, pues pudiera ser más cómodo abogar por el principio hedonista más extricto y la total falta de solidaridad entre nuestros semejantes? Cada día observando como en nuestro alrededor se desarrolla la vida afirmo más mi creencia: la sociedad en la que vivimos tiene y el conflicto interés-razón-interés, mina aún más si cabe uno de los principios básicos de nuestra existencia, el amor y preocupación entre nosotros.

Gracias Tomás por seguir creando esos empujes a la reflexión.

Antonio.

Anónimo dijo...

Hola Antonio, soy Tomás. Todas esas preguntas que te haces dan que pensar mucho. ¿Hacia donde vamos? Yo no soy catastrofista, pero es cierto que este mundo necesita dar un enérgico golpe de timón. Los cristianos deberíamos tener mucho que decir a ese respecto. Muchas gracias a ti, por participar en el blog y darle vidilla.

Un abrazo.

Tomás