19 de mayo de 2011

En el centenario de la muerte de Gustav Mahler

Tomás Alfaro Drake

Gustav Mahler es para mí uno de los compositores más emblemáticos del siglo XX y su música es reflejo de una intensa y agónica busqueda de trascendencia. Por eso, en mi libro "Cartas a poetas muertos" (Editorial Biblioteca de Autores Cristianos) le escribí una carta, que hoy, en vez de las frases de los miércoles, transcribo aquí:


30-X-2002

Carta para entregar a Gustav Mahler músico austríaco del siglo XIX y umbrales del XX.

Querido Gustav:

Recuerdo perfectamente mi primer encuentro con tu música. Fue en el Teatro Real de Madrid, cuando todavía no se había convertido en teatro de ópera y era sólo sala de conciertos. Fue tu primera sinfonía, Titán. Debía ser hacia el año 1981 ó 1982, cuando yo contaba con unos treinta años. Mi acercamiento a la música fue temprano o tardío, según se mire. Desde muy pequeño recuerdo a mi padre haciendo un ritual de la audición de música todos los sábados por la tarde. Tenía, por los años cincuenta, un excelente equipo de música para los estándares de la época y una extraordinaria colección de discos. Los sábados por la tarde, a eso de las seis, venían a casa varios amigos suyos y, cómodamente instalados, con un vaso de whisky en la mano, se disponían a una tarde musical. Encerrados en su despacho, con la música a tope, el resto de la casa debía permanecer en sepulcral silencio mientras oían música. Así, desde mis años más tempranos, empezó a llegar a mis oídos la música de los grandes maestros, desde Palestrina hasta Berio. Pero si dijese que yo escuchaba con deleite detrás de la puerta esa música mentiría como un bellaco. Generalmente yo estaba en otro rincón de la casa, dedicado a mis cosas, sin prestarle la más mínima atención a los sonidos que llegaban desde el despacho de mi padre. Si hubiese querido entrar, mi padre me hubiese recibido con entusiasmo, pero lo último que podía ocurrírseme era asistir ni cinco minutos a la velada musical. No es que me disgustase, es que ignoraba totalmente la música. Era sólo un sonido familiar de la casa, ni agradable ni desagradable que, simplemente, estaba ahí. Supongo que alguna vez llegaría a mis oídos tu música, pero si fue así, lo ignoro.

Muchos años más tarde, cuando se iba a desmantelar la casa de mis padres, se presentó el problema de qué hacer con los discos de música que llenaban estanterías enteras. Ni yo ni ninguno de mis hermanos teníamos ninguna afición por la música clásica. Yo ya estaba casado y, más bien por el valor sentimental de la discoteca que por cualquier otro motivo, me llevé los discos a casa, no sin una cierta preocupación acerca de dónde colocar tanto álbum y sin la más mínima intención de oírlos. Pero un día, casi inevitablemente, cogí un disco –recuerdo que era el concierto Emperador– y me dispuse a escucharlo. Un nuevo universo se abrió ante mí. Un universo que se había ido gestando en años de silencio. A mi madre no le gustaba la música, por lo que desde la muerte de mi padre, durante trece años, los discos habían dormido el sueño de los justos. Es verdad que en alguna ocasión habría llegado a mis oídos algún retazo de música clásica, en la televisión, la radio o el cine pero, si así ocurrió, no gozó de la menor atención por mi parte. Pero el concierto Emperador, fue la llave que abrió el desván en el que se habían acumulando, en mi niñez, las notas creadas por tantos genios de la música. Fue como una iluminación, como un rayo en la oscuridad más espesa, iluminando una escena que sólo espera la subida del telón para que empiece el espectáculo.

Pero no toda la música que me esperaba en los discos me gustaba. Empezó un proceso, que dura todavía, de asimilación, de educación del oído. Estaba al principio de ese proceso cuando fui al concierto donde se interpretaba tu 1ª sinfonía, Titán. Me horrorizó. Grotescas marchas se mezclaban con canciones populares deformadas histriónicamente. Las melodías se rompían en disonantes acordes retorcidos. Los clímax de fuerza insospechada se morían de repente, agotados en pianísimos lejanos. Unísonos de cuerdas alternaban con estridentes fanfarrias de metales y las maderas se ahogaban entre los timbales y los tachundas de platillos. Salí espantado. No sabía que no hacía sino repetir la reacción que se produjo el día del estreno de tu sinfonía en Budapest ante un público entre sorprendido e indignado. Creo que decidí no volver a escuchar nada tuyo. Pero unos años más tarde me pregunté, ante el disco de tu novena y última sinfonía, en qué habría acabado la evolución de ese músico caótico. Me puse a oírlo e inmediatamente me di cuenta de que tanto tú, en los veintiún años que habían pasado entre Titán y la novena, como yo, en unos pocos años, habíamos evolucionado musicalmente. No voy a hablar de tu novena, pero sí de su final. Recuerdo vívidamente mi escalofrío ante ese final en un largo pianísimo de las cuerdas, con largos silencios que hacen creer que ha llegado el final, en el que es imposible decir cuándo realmente ha acabado la sinfonía. La música se va apagando con tal lentitud hasta llegar a tal umbral de levedad, que parece que respirar sea un sacrilegio. Y cuando ya no cabe duda que se ha acabado, teme uno hacer el menor movimiento por miedo a romper no sé qué mágico y misterioso hechizo. Siempre que oigo ese final se repite el mismo frágil momento.

Desde entonces me convertí en un entusiasta de tu música. En la discoteca de mi padre había otras dos sinfonías tuyas aparte de la novena. La cuarta y la séptima. Naturalmente, las oí y, sin llegar al asombro de la novena, me produjeron un estupor casi extático. No hice lo que cualquiera hubiera hecho, lanzarme a comprar todas tus sinfonías para atracarme de ellas. Me daba miedo. Miedo al empacho, a perder por el abuso esa sensación de transporte que me procuraban. Decidí ir conociendo tu obra sólo a través de audición en vivo y únicamente después de conocerlas en una sala de conciertos, incorporarlas a mi discoteca. Hice una excepción a esta norma, tu 1ª sinfonía, Titán. Quería ver si mi evolución musical había sido suficiente como para cambiar mi primera impresión. La compré y la oí. Ahí seguían las charangas, los desmesurados cambios de humor, las transiciones de lo etéreo a lo grotesco. Pero aunque la sinfonía era la misma que hace unos años, yo era otro. La añadí a mi lista de obras imprescindibles, de las que te cambian tu visión del mundo. Hoy, a duras penas puedo entender que haya habido algún momento de mi vida en el que tu 1ª sinfonía no me haya apasionado.

Poco a poco fui encontrando oportunidades de conocer otras obras tuyas. Algunas de esas ocasiones las recuerdo con especial nitidez. Recuerdo un verano, cuando todavía el festival de Santander se celebraba en la plaza Porticada, en que fui a ver Carmina Burana en ballet. No conocía el programa completo y como el plato fuerte, el que quería ver, era precisamente la obra de Orff, no me preocupé de saberlo. Me sorprendí gratamente cuando vi que en el programa figuraba, de “entremés”, una obra tuya adaptada a ballet, las Kindertotenlieder. Entonces no sabía que esa larga palabra en alemán quiere decir las canciones de los niños muertos. La impresión fue enorme. Aquel día íbamos al ballet con unos amigos nuestros que tenían una niña gravemente enferma. La compañía de ballet era extraordinaria, la música impresionante, pero el texto de las canciones era, es, sencillamente sobrecogedor. Texto y música pasan por el dolor desgarrador, la desesperación y la resignación, para acabar en el consuelo de la esperanza de la inmortalidad. La última de las cinco canciones en la que se narra cómo los niños luchan en vano contra la terrible tempestad de la muerte acaba diciendo:

“Con este tiempo, en este tumulto, en esta furia,
reposan como en su casa materna,
ninguna tempestad les espanta,
protegidos por la mano de Dios,
reposan como en su casa materna”.


Y la penúltima asegura:

“¡Solamente nos han precedido
y no quieren volver a casa!
¡Les alcanzaremos en lo alto de las cimas
bañadas por el sol! ¡El día es radiante!”

Poco después la hija de nuestros amigos murió. Cuando rezo por ellos, pido que recuerden esas palabras que tú habías elegido de boca del poeta Friederich Rückert. Las escribió poco después de que muriese su niña. Tú compusiste la música poco antes de que muriese la tuya. Estas kindertotenlieder empezaron a hacer que me interesase por tu sentido de la trascendencia. Pero de ese nuevo camino de encuentro contigo te hablaré más adelante. Ahora quiero seguir con mi hallazgo musical. Algún año más tarde, también en la Porticada, Santander y la Porticada han jugado un papel enorme en nuestro encuentro, fui a oír la Canción de la Tierra. Y después de una hora de no dar crédito a mis oídos, se volvió a repetir el añorado sentimiento que yo mismo me dosificaba para que no perdiese su sentido. Volví a encontrarme con otro final paralizante. Otro final que hace que un ejército de hormigas recorran tu espina dorsal y te hagan contener la respiración por miedo a espantarlas. Pero esta vez, ¡ay! el resto del público no parecía sentir lo mismo que yo. Después de que la contralto repitiese siete veces –número eterno– la palabra ewig –eternamente–, después de que la música se apagase con lentitud, después de que el director relajase la tensión contenida de su cuerpo, estalló una impresionante salva de aplausos. Nunca he añorado más el silencio. Suelo ser de los que aplauden entusiastamente después de una representación que me llega al corazón, pero aquello era distinto. Aquello requería silencio, inmovilidad, recogimiento. Mis hormigas, espantadas por el escándalo, huían de mi espalda y la carne de gallina que me envolvía volvía a ser, demasiado rápidamente, mi carne.

Una vez más la Porticada sirvió de lugar de lugar de cita para nosotros. Esta vez fue tu sinfonía nº 8, llamada la sinfonía de los Mil por la enorme cantidad de intérpretes que requiere su representación. Tu sinfonía exige que parte de la orquesta esté distribuida en distintos lugares fuera del escenario. Yo recuerdo todos los balcones de la fachada de la plaza que están sobre el escenario, llenos de músicos. Casi todos ellos eran metales; trompetas, trompas, tubas y demás. Solamente ver situarse a la orquesta y oírla afinar bajo la supervisión del concertino, era ya un espectáculo increíble. Pero cuando el órgano ataca las primeras notas y el coro invoca al Espíritu Santo –Veni, creator Spiritus– empieza una apoteosis musical que no acaba hasta que más de una hora después el coro recuerda, en palabras de Goethe, que la eternidad nos espera como una madre para llevarnos a su seno.

También en Santander, pero ya en el recién inaugurado Palacio de Festivales, me asombraste con tu sexta interpretada por Esa Peka Salonen. En el último movimiento, me produjo escalofrío tu terrible premonición, con los tres golpes que matarían al héroe. Pocos años más tarde moría tu hija, te cesaban como director de la Ópera de Viena y te diagnosticaban una gravísima dolencia cardíaca que acabaría con tu vida a la edad de cincuenta y un años.

Cada obra tuya, un mundo. El conjunto, un universo. Todas tus sinfonías dibujan una gran sinfonía. Si tuviese que decir una constante que recorra tu obra y tu vida, sería la búsqueda de sentido para la vida, ante la certidumbre de la muerte y del sufrimiento. Todo en ti es pregunta. ¿Por qué? ¿Para qué? Tu gran amigo y discípulo, Bruno Walter, nos cuenta de ti: <<“¡Qué siniestras tinieblas se esconden bajo la existencia”, me dijo un día con una profunda emoción, y su aspecto descompuesto reflejaba todavía los tormentos de los que salía con dificultad. Y continuó, evocando con voz entrecortada el trágico dilema de la condición humana. “¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Es verdad, como dice Shopenhauer, que he deseado realmente vivir antes de ser concebido? ¿Por qué me creo libre, mientras mi personalidad me aprisiona como un calabozo? ¿Para qué sirven estos sufrimientos? ¿Cómo la crueldad y el mal pueden ser obra de un Dios misericordioso? ¿Nos revelará por fin la muerte el sentido de la vida?”>> A veces pareces estar a punto de encontrar las respuestas, otras parece que el desaliento y el cansancio te aplastan. Pero siempre, en búsqueda de la trascendencia.

Me gustaría haber podido hablarte cuando te hacías esas preguntas. Estoy seguro que ahora ya no te hacen falta mis palabras, porque nos ha sido dicho que el que busca encuentra y al que llama se le abre, y tú no hiciste otra cosa que buscar y llamar durante toda tu vida. Pero si hubiera podido decirte algo cuando estabas en vida, te hubiese contestado con las palabras finales de una oración de san Anselmo: “Te buscaré deseándote, te desearé buscándote. Amándote te encontraré. Encontrándote, te amaré”. Me hubiese gustado decirte que al misterio insondable del sufrimiento humano, Dios responde con la inmolación voluntaria de Cristo. Que en Getsemaní, Cristo está bebiendo la amargura y el dolor de todas las copas de sufrimiento que nos causamos los hombres. Tal vez –aunque no lo creo– si hubiera podido decirte esto, no habrías escrito la maravillosa música que escribiste y yo no sabría de ti y no te estaría escribiendo esta carta, y la humanidad hubiese perdido algo magnífico. Por eso todo está bien como está. Tu sufrimiento, tus preguntas, tu angustiada búsqueda no han sido inútiles, y ahora estás recibiendo la recompensa que ese Dios misericordioso, del que a veces dudabas, guardaba para ti.

Espero que algún día, cuando todas las preguntas hayan sido contestadas para todos, podamos seguir hablando, no de preguntas sino de respuestas. No de las tinieblas que se esconden bajo la existencia sino de la Luz que la envuelve. Y en esa Luz, tu música seguirá existiendo y seguirá siendo bella, aunque la escuchemos como quién oye los balbuceos de un niño. Y en esa Luz, que baña las cimas donde nos esperaban los niños muertos, la mano de Dios nos protegerá para siempre mientras hablamos.

Un abrazo.

Tomás

P.D. del 25 de Agosto del 2006.

Otra vez tú y Santander. Otra vez me he encontrado contigo. Otra vez tú música y su puesta en escena me han sugerido ideas que no puedo por menos que comentar contigo ahora, mientras aún tengo fresca la impresión. El plato fuerte del programa era Titán. Pero no voy a hablarte de esta sinfonía de la que ya te hablé en la carta. El preludio de tu 1ª lo constituían las “cuatro canciones de un compañero errante”, basadas, como los Kindertotenlieder, en poemas de Rückert. He tenido una sensación muy especial que te quiero comentar. Mientras el barítono, delante de la orquesta y del director a los que no podía ver, mirando al público, desglosaba su queja errante en busca del amor, yo miraba a la orquesta. La obra tiene una orquestación poderosa. Si en un momento dado los instrumentos tocasen con una fuerza media, la voz del barítono quedaría totalmente ahogada. Sin embargo, la orquesta, contenida en su fuerza por el director, acompañaba suave y delicadamente la queja de la poesía mientras el barítono, de frente al público y dando la espalda a orquesta y director, parecía ajeno a esa especie de caricia. Parecía no darse cuenta de que con un gesto de la mano del director, esa fuerza sonora, enormemente mayor que la suya, ahogaría su voz. Y ahí empezó mi imaginación a urdir relaciones. ¿No nos pasa lo mismo a los hombres? No nos pasa que nos quejamos de nuestros dolores mientras las fuerzas de la vida, inmensamente más poderosas que nosotros, controladas por el Director, nos acompañan y nos mecen? Es cierto que a veces esas fuerzas estallan y nos zarandean, pero ese es el momento, precisamente, de suspender nuestro lamento. Ese es el momento de la fuerza de la orquesta. Luego, volveremos a ser nosotros la línea melódica y, las fuerzas de la naturaleza el delicado acompañamiento. Entonces, después de la prueba del silencio, nuestra queja se transforma en oración. Mientras pensaba estas cosas, llegó el final de la última canción y la música se volvió serena y risueña, mientras la poesía decía:

“Al borde del camino se elevaba un tilo,
¡allí encontré al fin un sitio donde dormir!
¡Bajo la copa del tilo!
El polen de sus flores cayó lentamente
hasta cubrirme cual copos de nieve.
Y entonces olvidé el amargo dolor de mi existencia.
¡Todo, todo estaba bien otra vez!
¡Ah, todo era diáfano y bueno!
Todo; el amor y las penas,
el mundo y el sueño...”


Todo está bien. Aunque muchas veces no entendamos, todo está bien. El amor y las penas. El mundo y el sueño. Todo. La música de Dios, su amor, nos acompaña siempre mientras nosotros la buscamos en otra parte. Como nos dice san Agustín en sus Confesiones:

“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba conmigo”.

La orquesta del mundo le está sometida y, al final, como tú haces ya, dormiremos con el sueño que sabe que existe, cubiertos por un polen de paz, bajo la copa del tilo eterno de Dios y todo estará, eternamente, bien.

2 comentarios:

Otro Victor dijo...

Me ha encantado la carta. Como dijiste en el post de los Dragones: al acabar de leerla he tenido ganas de ser mejor persona.

Anónimo dijo...

Hola Otro Víctor, soy Tomás. Me alegro que te haya gustado. Muchas gracias.

Un abrazo.

Tomás