29 de mayo de 2011

Lección de despedida a los alumnos licenciados de la Universidad Francisco de Vitoria

Este viernes tuve el honor de pronunciar la lección de despedida a los alumnos de Administración y Dirección de Empresas y Ciencias Empresariales que terminaban sus estudios, de los que soy director. Jamás leo nada en clase, pero éste era un acto protocolario, por lo que llevaba el discurso escrito. Transcribo el texto de esta lección.

***

Excelentísimo señor rector magnífico,
Ilustrísimo señor director,
Venerables maestros y profesores
Estimados padres de alumnos
Muy queridos alumnos:

Aún recuerdo el primer día que os di clase cuando entrasteis en 1º. Luego, a los de ADE, os he vuelto a tener en clase en 4º. A los de Diplomatura os he podido seguir la pista aunque no haya tenido más clase con vosotros. ¡Cómo habéis cambiado! Os miro a los ojos y sé algo de la vida de cada uno. Todos los años me pregunto, mirando a los alumnos que terminan: ¿Cómo les irá en la vida? ¿Sabrán manejar el timón de su barco? ¿Mantendrán sus ilusiones dentro de 40 o 50 años? No son preguntas retóricas, sino existenciales, porque me importáis. Os miro a los ojos y no veo un rostro anónimo. Veo a Blanca, o a Alberto, o a Rocío. Vosotros nos importáis a todos los que en esta universidad os hemos dado clase u os hemos podido ayudar de cualquier forma que sea. No sois números para nosotros. Sois un poco hijos. No tanto, evidentemente, como lo sois para vuestros padres que os acompañan hoy, pero sí un poco. Por eso, desde este cariño, me atrevo a daros algún consejo que tal vez, sólo tal vez, pueda ayudaros a mantener intactas vuestras ilusiones durante toda la vida.

Me voy a apoyar para estos consejos en los dos últimos versos del romance anónimo del Conde Arnaldos. Permitidme que os lea el romance casi entero. Es breve, no os asustéis.

¡Quién hubiese tal ventura
sobre las aguas del mar,
como hubo el conde Arnaldos
la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano
la caza iba a cazar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar.
[…]
marinero que la manda
diciendo viene un cantar
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar,
los peces que andan nel hondo
arriba los hace andar,
las aves que andan volando
nel mástil hace posar.
Allí habló el conde Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
-Por Dios ruego, marinero,
dígaisme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
-Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.

Yo no digo esta canción, sino a quien conmigo va. Sobre estos dos cortos versos es sobre lo que os quiero hablar. Estos dos simples versos nos dicen muchas cosas. Fijaros, que el Conde Arnaldos, de quien se envidia la suerte de vivir este episodio, no oyó la canción del marinero. Pero tal vez su suerte fue que pudo intuir algo de ella. Y tal vez él, un orgulloso noble, tuvo la humildad de aprender de un humilde marinero. Os voy a ayudar a intuir el significado profundo de esos dos versos.

Lo primero que nos dicen es que el marinero tiene una canción que cantar. Y parece que es una canción bellísima, pues la mar ponía en calma, los vientos hace amainar, los peces que andan nel hondo arriba los hace andar, las aves que andan volando, nel mástil hace posar. Os deseo con toda el alma que vosotros también tengáis una canción así que cantar. Y que esa canción sea vuestra propia vida. Pero, ¿cómo se hace de la vida una canción así?

Esa canción tiene que transmitir paz. Transmitid paz a vuestro alrededor. Para ello, tenéis que tener paz en vuestro interior. Tarea nada fácil, vive Dios. Pero hay una receta infalible para la paz. Se llama perdón. Perdonad siempre a todo el mundo. Siempre. Incondicionalmente. De forma inmediata. Los pequeños y los grandes agravios. Que la puesta del sol nunca caiga sobre vuestro enojo. Y pedid perdón siempre que hagáis daño a alguien voluntaria o involuntariamente. Entonces, sólo entonces, os podréis perdonar y amar a vosotros mismos. Tendréis paz para vuestro mar y vuestro viento. Si así lo hacéis, la paz lloverá sobre vuestros campos amasando vuestra tierra. Entonces los pájaros del cielo vendrán a posarse en vuestro hombro, y los peces del mar cantarán para vosotros cantos de sirenas de vida, y los hombres de buena voluntad os darán su aprecio y buscarán vuestra cercanía.

Pero la canción del marinero tiene que transmitir también ilusión. Una canción argentina de mi época, popularizada por los Chalchaleros, el “sapo cancionero”, nos dice “que la vida es triste si no la vivimos con una ilusión”. (Si me atreviese la cantaría). Muy cierto, el sapo tiene razón, la vida es triste si no la vivimos con una ilusión Pero, ¿cómo se consigue vivir con ilusión? Abrazad con ardor una causa que lo merezca. No por lo grandiosa que pueda ser, sino porque sea bienhechora. Me atrevería a decir que humildemente bienhechora. Porque una causa humilde y bienhechora nunca os fallará, dejándoos con las manos vacías. Alguien dijo, “La diferencia entre el hombre insensato y el prudente estriba en que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras el segundo aspira a vivir humildemente para ella”. No creo que sea necesario que os recomiende ser de los segundos. Tened éxito profesional. Triunfad humanamente. Pero, al mismo tiempo, haced que ese triunfo os haga vivir humildemente para una causa humildemente bienhechora.

Empezad a componer vuestra canción desde hoy mismo. No esperéis a mañana. Y si desentonáis en un momento dado, que desentonaréis, marcha atrás. Deshaced el camino equivocado lo antes posible y reemprendedlo de nuevo en donde errasteis.

Lo segundo que nos dicen esos dos versos es que el marinero tenía alguien a quien cantar esa canción. Si las palabras para componer la canción son paz, perdón e ilusión, la palabra para tener compañía es compromiso. ¿Sabéis quién es Juan Palomo? Sí, es ese. El de yo me lo guiso, yo me lo como. ¡Qué triste es la vida de Juan Palomo! Y, sin embargo, parece ser el héroe de nuestros días. El modelo más presentado en estos tiempos de mediocridad que nos ha tocado vivir. Vosotros NO. NO. Vosotros sed personas de compromiso fiable. Que la gente vea en vosotros una roca sólida en la que apoyarse. Sea vuestra palabra una. Sí, sí. No, no. Chesterton nos dice en un breve escrito titulado “Una defensa de las promesas temerarias”:

El hombre que hace una promesa se cita consigo mismo en algún lugar y tiempo distantes. El peligro que esto conlleva es que no acuda a la cita. Y en tiempos modernos este terror de uno mismo, de la debilidad y mutabilidad de uno mismo, ha aumentado peligrosamente y se ha convertido en la base real de la objeción a los votos o promesas de cualquier tipo.

Y acaba este breve pero intenso artículo diciendo:

A todo nuestro alrededor se encuentra la ciudad de pequeños pecados, pero tarde o temprano, se alzará desde el puerto la llama dominante anunciando que se ha acabado el reino de los cobardes y que un hombre –o una mujer, añado yo– está quemando sus naves.

No creáis que con esto de quemar las naves esté refiriéndome a algún tipo de pirómano. No.Cuando Hernán Cortés, al desembarcar en México, se vio con sólo 600 hombres ante la inmensidad del nuevo mundo que se abría ante ellos, tuvo la tentación de volver atrás. Pero, para que no hubiera otra posibilidad que seguir adelante, quemó sus naves.

Ójala vosotros seáis uno de esos hombres o una de esas mujeres. Tendréis compañía fiel durante toda la vida. Mujer o marido e hijos cordiales, es decir, de corazón. No seáis Juanes Palomos. Comprometeos en fundar una familia sobre la roca. Sólida, pero con espacio para que dentro de vuestro hogar quepan cientos de amigos. De amigos leales que pagan con lealtad vuestra fiabilidad. Haced una cita con vosotros mismos para dentro de cincuenta años... y acudid a ella.

Pero hay otra palabra necesaria para tener alguien a quien cantar vuestra canción. Se llama ternura. Que vuestra solidez no sea nunca una solidez seca y dura, sino jugosa y tierna. Empapad vuestra solidez en la leche de la ternura. Sed tiernos con todos y cada uno de los seres humanos con los que os crucéis en la vida pero, sobre todo, con los más necesitados de ella. Da igual si sois hombres o mujeres, la ternura es lo que nos hace más humanos.

Lo tercero que nos dicen esos dos versos es que el marinero era independiente. No estaba vendido ni a los poderosos ni a los ídolos. Cantaba su canción a quien iba con él y era él el que elegía su compañía. El conde Arnaldos, con el halcón al puño, no podía obligarle a cantarle su canción. Porque el marinero iba en su barco. Que vuestro barco sea la verdad, la rectitud, la honestidad. Con éstas en vuestra vida, seréis independientes. Seréis libres. No con la libertad de hacer lo que os de la gana. Esa libertad acaba siempre en esclavitud. Con la libertad de los hijos de Dios, pues eso es lo que sois.

Pero no quiero engañaros con bellas palabras. No os engañéis. Nadie, NADIE puede ser así. Sois, todos lo somos, seres humanos. Ni más ni menos que eso. Los héroes griegos son de cartón-piedra. Os equivocaréis. Os traicionaréis a vosotros mismos. No acudiréis a muchas de vuestras citas. No os desaniméis si no sois perfectos. No lo sois ni podéis serlo. Tampoco exijáis perfección a las personas a quienes elijáis para cantar vuestra canción. Hugh Auden escribió: Tenemos que aprender a amar a nuestro mezquino prójimo con nuestro mezquino corazón. ¡Qué fácil sería la vida si todos a nuestro alrededor fuesen magnánimos! O si nosotros lo fuésemos. Pero no, no lo somos. Amar a nuestro mezquino prójimo con nuestro mezquino corazón. ¡Imposible! No, no es imposible. No lo es porque más allá de vuestras mezquindades, sois amados por quien sí tiene un corazón magnánimo. Agarraros a ese amor. No en vano este acto está presidido por Jesucristo. En vano vigila el centinela la muralla si Dios no vigila con él. Sólo Él puede restaurar las brechas de vuestra muralla. Sólo con Él podréis, a pesar desánimos, fracasos, huidas, mezquindades y sufrimientos, mantener intactas vuestras ilusiones hasta el último día. Los héroes griegos, ya os lo he dicho, no existen. Los santos sí, y son de carne y hueso. Como vosotros.

Que Dios os bendiga.


(Aplausos de ritual)

Al terminar los aplausos, continío:

Pero, pecaría de desagradecimiento si estos aplausos no se los dedicase a mi querido amigo José María Cervelló. Él fue quien me enseño el secreto de estos dos versos. Pero, más allá de lo que estos dos versos puedan enseñar sobre la vida, él fuen un ejemplo de vida para mí con su vida. Pero más aún con su muerte. Mi amigo José María, murió hace unos años de una terrible enfermedad: el ELA. El Ela te va paralizando poco a poco los músculos, desde los de los pies hasta los de la cara, en un proceso irreversible y de velocidad incontrolable pero inexorable que dura varios años. Pero te deja intacta la cabeza. Durante esos años, José María nos dio a todos sus amigos la última lección. Cuando le íbamos a ver nos transmitía optimismo y ganas de vivir hasta sus últimos días. Durante su enfermedad aprendió astrofísica, apreciación musical y matemáticas, entre otras cosas. De él aprendí que una muerte digna no es otra cosa que el final de una vida digna. La muerte es la cita más importante de la vida de todo ser humano. La única cita a la que acudimos seguro. Pero es una cita que no hemos hecho nosotros. Otro la ha hecho por nosotros. Lo que hay que acudir es a la hora exacta que nos ha fijado ese Otro. Ni antes ni después. Una muerte digna es acudir a la cita a la hora en punto, dejando tras uno una vida digna. Esta fue la última lección de mi amigo José María cuya enseñanza de esos dos versos os he transmitido. Gracias José María. Estos aplausos son para ti.

2 comentarios:

Joaquín dijo...

Bello romance, y también como lo canta Amancio Prada

Anónimo dijo...

Hola Joaquín, soy Tomás. No lo he oído nunca cantado por Amancio Prada, pero supongo que lo encontraré en youtube

Gracias.

Tomás