22 de mayo de 2011

La misericordia de Dios en Edith Stein y Simone Weil

Tomás Alfaro Drake

Hace unas semanas, tras la beatificación de Juan Pablo II en el aniversario de su muerte, el día de la divina misericordia, dije que iba a hacer dos entradas dedicadas a la misericordia de Dios. Hice una, pero me falta la segunda. Ahí va.

***

La vida de Simone Weil (No confundir con Simone Veil, ex presidenta del Parlamento europeo) es, de alguna manera, paralela a la de Edith Stein, aunque sin dar el paso del bautismo, ni el de la vida religiosa, ni el del martirio final. Ambas eran judías, ambas eran grandes intelectuales, ambas sentían el dolor de la humanidad como algo lacerante en sus carnes, ambas fueron ateas convertidas al catolicismo, aunque Simone Weil no se bautizase.

Simone Weil encauzó, en primera instancia, ese dolor por la humanidad doliente hacia el marxismo y, más tarde, hacia el anarquismo. Esta parte de su vida está marcada por un anticlericalismo radical. En 1934, con 25 años deja una brillante carrera universitaria para hacerse obrera manual en la Renault. Escribe: “Allí recibí, por primera vez, la marca de la esclavitud, como la marca a hierro candente que los romanos ponían en la frente de los esclavos más despreciados. Después, me he considerado siempre como una esclava”. Su precaria salud hace que sus padres, muy preocupados, la lleven a Portugal en unas vacaciones. Allí, una noche, a orillas del mar, en una pequeña aldea de pescadores, presencia una procesión y escribe: “tuve de pronto la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, que los esclavos no podían dejar de seguirla... y yo con ellos”. Pero, aparte de la frase, no muy positiva hacia el cristianismo, aunque ella misma se considerase esclava, no parece que hubiese un mayor acercamiento a él. Tras una breve vuelta a la docencia, en 1936 lo deja todo y se viene, colaborando con grupos anarquistas, a participar en la guerra civil española. Es por esta época cuando se gana el apodo de “la virgen roja”. Termina asqueada de la brutalidad de la guerra y del poco respeto por la verdad y la justicia en ambos bandos.

Pero Dios no da puntada sin hilo y a través de España conoce y traba amistad con el escritor católico Georges Bernanos, que también estuvo en la guerra española en el bando republicano, a pesar de su profundo catolicismo. 1937 y 1938 son dos años de acercamiento al cristianismo. En el 37, en una visita a Asís se arrodilla ante Dios, según ella dice, por primera vez en su vida. Pasa la Pascua del 38, en la abadía de Solesmes donde tiene sus primeras experiencias místicas envueltas en las dolorosísimas jaquecas que sufría desde su infancia. Algunos meses más tarde tuvo una gran iluminación que cambió su vida. Nos dice: “Cristo mismo descendió y me tomó”. Desde entonces abraza la fe católica y su mirada del mundo adquiere una rotunda aceptación espiritual, aunque siempre se resistió, por causas poco definidas, a aceptar el bautismo. A partir de esa fecha, que ella guardó siempre en secreto, sus escritos toman un carácter místico que le permiten la comparación con los de los más grandes místicos.

En 1940 se refugia, huyendo de Hitler y ayudada por el sacerdote dominico J. Perrin, en la granja de un amigo de éste, el escritor católico Gustave Thibon. Se somete voluntariamente a agotadoras jornadas de trabajo en el campo que minan aún más su ya precaria salud. Las relaciones con su hospedador, al principio tormentosas, dan paso a una profunda amistad. En 1942 se va a Londres y se enrola en la Francia libre, pretendiendo ir al frente, pero consiguiendo tan sólo colaborar en labores administrativas. Enferma de tuberculosis es hospitalizada. Se niega a comer más de lo que sería la ración de una persona de la Francia ocupada. Parece, aunque no es un hecho fehaciente, que ya moribunda, accede al deseo de bautizarla de una amiga. Muere el 24 de Agosto de 1943. Posteriormente, y gracias a Gustave Thibon, a quien hizo depositario de sus obras, éstas han sido publicadas dando a Simone Weil el puesto que merece en el panorama cultural de Occidente.

Edith Stein, con quien he comparado al principio a Simone Weil, era también judía. Educada en un judaísmo respetuoso de las tradiciones, su vida derivó hacia el ateísmo radical. Tenía también un carácter perfeccionista y atormentado, así como un deseo de entrega total. Esta actitud de entrega, orientada de manera distinta a la de Simone Weil, le llevó, en la 1ª Guerra Mundial, a ser enfermera en un hospital de contagiosos, donde su celo la llevaba frecuentemente al agotamiento total. “Ahora mi vida no me pertenece –dice. Todas mis energías están al servicio del gran acontecimiento. Cuando termine la guerra, si es que vivo todavía, podré pensar de nuevo en mis asuntos personales ”.

Pero, a pesar de todo, nota dentro de sí misma un profundo vacío.

Ella misma nos cuenta hasta dónde le llevaban sus angustias perfeccionistas, esta vez en el campo de la investigación filosófica:

“Seguía trabajando en una constante desesperación. Por vez primera en mi vida me encontraba ante algo que no podía domeñar con mi fuerza de voluntad. Sin yo saberlo tenía profundamente grabadas en mi interior las máximas de mi madre que solía repetir: ‘Querer es poder’, ‘Lo que uno se propone, Dios lo ayuda’. Frecuentemente me había vanagloriado de que mi cabeza era más dura que las más gruesas paredes, y ahora me sangraba la frente y el inflexible muro no quería ceder. Esto me llevó tan lejos que la vida me parecía insoportable. Me decía frecuentemente a mí misma que esto era absurdo. Si no terminaba el trabajo de doctorado tenía más que suficiente para el examen de estado. Si no podía llegar a ser una gran filósofa, podía ser una pasable profesora. Pero los argumentos racionales no ayudaban nada. Yo no podía ir por las calles sin desear que un coche me atropellara. Si hacía una excursión, tenía la esperanza de despeñarme y no volver con vida. Nadie podía sospechar lo que estaba pasando dentro de mí ”.

Recordando desde su vida religiosa su época de intelectual atea, decía: “Mi nostalgia por la verdad era mi única oración”.

Pero Edith Stein encontró la paz total en el abrazo absoluto de la fe católica que la llevó a la profesión religiosa como carmelita, aunque esto no la libró, más bien al contrario, de morir gaseada en Auschwitz.

Me ha parecido necesario la pequeña nota biográfica anterior de Simone Weil para entender el atormentado texto que cito a continuación:

"Un hombre que todos los miembros de su familia hubiesen perecido torturados, que él mismo hubiese sido torturado durante mucho tiempo en un campo de concentración. O un indio del siglo XVI escapado él sólo del exterminio completo de todo su pueblo. Tales hombres, si creían en la misericordia de Dios, o bien dejaron de creer o bien la concibieron de otra manera distinta que antes. Yo no he pasado por tales cosas. Pero sé que tales cosas existen: entonces, ¿cuál es la diferencia?
Debo tender a tener una concepción de la misericordia de Dios que no se borre, que no cambie, sea cual sea el acontecimiento que el destino envíe sobre mí, y que pueda ser comunicada a cualquier ser humano"
.

Después de leer esto, me preguntaba, nada cómodo, por cierto, cómo podría resolverse el enigma de formular la misericordia de Dios de forma que no dependiese de ningún acontecimiento del destino y que pudiese ser comunicada a cualquier ser humano. En mi plan de lectura sistemática de la Biblia, me tocaba leer el capítulo 8 de la carta de san Pablo a los Romanos. De repente, mis ojos cayeron sobre la siguiente frase:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Ya lo dice la escritura:

Por tu causa estamos expuestos
a la muerte cada día:
nos consideran como ovejas
destinadas al matadero :

Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas.
Y estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”
.

Ahí estaba. Cristo también había sido torturado, llevado al matadero. Mi memoria se acordó de Isaías y mis dedos buscaron el cuarto poema del siervo del Señor. “Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador” había dicho Isaías, el segundo. Nos lo contaba seis siglos antes de que ocurriera. Ahí estaba el torturado, el masacrado. Pero más que eso. Si Cristo hubiese sufrido únicamente su tortura, sería “sólo” eso, su tortura, la suya. Terrible, injusta, pero la suya. Pero Cristo sufrió también la tortura del prisionero del campo de concentración y el sufrimiento del indio del siglo XVI superviviente de la masacre. Y también el sufrimiento de quien se está muriendo de cáncer en su juventud y de quien ha visto morir a sus seres más queridos. Ha sido también como cordero llevado a nuestro, a mi matadero, como oveja ante nuestro esquilador, ante mi esquilador, para curarnos, curarme, en sus llagas. “Sin embargo, llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos. Aunque nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, eran nuestras rebeliones lo que lo traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y en sus llagas hemos sido curados” .

Él sí ha sufrido la tortura. La suya, desde Getsemaní hasta el Gólgota, pero antes, en Getsemaní, sólo y sudoroso, bañado en sangre, las del hombre que todos los miembros de su familia hubiesen perecido torturados, que él mismo hubiese sido torturado durante mucho tiempo en un campo de concentración. O las del indio del siglo XVI escapado él sólo del exterminio completo de todo su pueblo, todas las crueldades, iniquidades, injusticias, muertes prematuras, etc. padecidas y engendradas en toda la historia por todos y cada uno de los seres humanos que hayan sido, sean o serán. El dueño del espacio-tiempo que Einstein descubriera como algo deformable, lo deformó para que todo el sufrimiento de toda la humanidad, de todos los tiempos se concentrase en él hasta que el espacio-tiempo termine. Es decir, eso, todo eso, lo está sufriendo ahora. Esa es la concepción de la misericordia de Dios que no puede borrarse, que no puede cambiar, sea cual sea el acontecimiento que el destino haga que caiga sobre mí. “Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios. Condenada al fracaso, no por propia voluntad, sino por aquél que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente”.

Y esa misericordia puede ser comunicada a cualquier ser humano a través de Cristo. Esta es la misericordia de Dios que, en palabras de Juan Pablo II, pone un límite al mal . Porque también sabemos, además, que en los que aman a Dios, todo contribuye para el bien . Ojalá sea capaz de entenderlo así, no sólo ahora, que la vida me sonríe, sino también cuando el destino me juegue la mala pasada de la que ningún hombre se libra de una forma u otra.

Ojalá el deseo ardiente sentido por todos los hombres de buena voluntad de que cesen la injusticia, el dolor y la tortura que aquejan a la humanidad, tome la forma de la oración de Edith Stein al principio de la 2ª Guerra Mundial, ya carmelita, desde el convento de Echt de donde fue sacada para ser inmolada en Auschwitz.

“Los brazos del crucificado están extendidos para arrastrarte hasta su corazón. Él quiere tu vida para regalarte la suya.
El mundo está en llamas. Pero en lo alto, por encima de todas las llamas se eleva la Cruz para extender la Resurrección. El mundo está en llamas. ¿Deseas apagarlas? Abrázate a Cristo crucificado. Desde el corazón abierto brota la Sangre del Redentor. Ella apaga las llamas de todo infierno.
Deja libre tu corazón a Dios; en él se derramará el Amor redentor hasta inundar y hacer fecundos todos los rincones de la tierra.
Oyes el gemir de los heridos, oyes la llamada agónica de los moribundos... oyes el gemir de cada hombre en el corazón de Cristo. Te conmueve el dolor de la humanidad y deseas aliviar, abrazar y curar sus heridas más hondas.
Abraza al Crucificado. Si estás esponsalmente unida a Él, en ti está su Sangre. Unida a Él estás omnipresente como Él.
En el poder de la Cruz puedes estar en todos los frentes, en todos los lugares de aflicción y esperanza. A todas partes llevas su amor misericordioso, en todas partes derramas su preciosísima Sangre que alivia, redime, santifica y salva.
¿Quieres sellar para siempre esta alianza con Él?
¿Cuál es tu respuesta?

Señor, ¿a quién vamos a seguir? Sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna”
.

Así sea.

2 comentarios:

Joaquín dijo...

Tremendo post ! Gracias
Estamos hechos a imagen de Dios porque somos capaces de AMAR, de ser misericordiosos, de perdonar...Me gusta mucho vivir lo que Pablo Dominguez me dijo en unos ejercicios: La misericordia es ese "superpoder" que hace que nuestro corazón cual odre nuevo pueda llenarse de agua viva para transformar lo viejo en nuevo. Pasar de la muerte a la vida verdadera.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Hola Joaquín, soy Tomás:

Muchas gracias por tus ánimos y me alegro que te haya parecido interesante. Magnífica idea la de Pablo Domínguez. Él era así.

Un abrazo.

Tomás