1 de noviembre de 2011

Una tumba bajo la colina vaticana I

Tomás Alfaro Drake


En una visita a Roma que hice hace años, teníamos una invitación especial para visitar las excavaciones que se están llevando a cabo bajo la basílica de san Pedro en las que había aparecido la que, con grandes posibilidades, podía ser la tumba de san Pedro. Lo que cuento a continuación son mis recuerdos de lo que ahí oí y viví, enriquecido con algunas investigaciones posteriores. Lo publico en dos partes de la que esta es la primera.

Una arqueóloga del Vaticano, nos tomó bajo su guía. Lo primero que nos dijo es que las excavaciones habían empezado porque el Papa Pío XI había pedido ser enterrado debajo de una de las capillas de la basílica de san Pedro, junto a unos restos de la primera basílica, mandada construir por Constantino y sobre la que está construida la actual.

Cuando en el mismo año de la muerte de Pío XI, 1939, se iniciaron unas pequeñas excavaciones para cumplir la voluntad del Santo Padre, poco se sospechaban las sorpresas que esto iba a deparar.

Efectivamente, a poco de empezar, se dieron cuenta de que en el terreno de debajo de la basílica de Constantino, era una antigua necrópolis romana. Parecía ser una necrópolis de gente de clase baja, por las pobres ofrendas que acompañaban a los enterramientos. Las tumbas estaban desordenadas, no estaban alineadas en paralelo, formando calles, como ocurre, por ejemplo en la necrópolis de Pompeya, que acababa de visitar unos días antes de lo que estoy contando. Los enterramientos eran caóticos, tanto en su distribución como en su orientación.

Pío XII dio la orden de hacer todo lo necesario para, con el máximo cuidado y usando toda la capacidad técnica y todos los conocimientos científicos disponibles, llevar a cabo una investigación que aportase un conocimiento profundo de qué era esa necrópolis y quienes eran los enterrados en ella. Muchas de las personas sepultadas allí habían sido incineradas y sus cenizas se guardaban en urnas, otras habían sido enterradas sin quemar. En muchas de ellas había inscripciones enternecedoras. Recuerdo vagamente una en la que un marido se lamentaba por la pérdida de su querida esposa con un dolor que traspasaba los siglos. Pero había algunas, pocas en porcentaje, en las que ponía simplemente: “En depósito”. Tertuliano, un apologista cristiano entre el siglo II y III, escribe en su obra titulada “La resurrección de los muertos”: “La carne resucitará, toda la carne, precisamente la carne. Allí donde se encuentre, se encuentra en depósito ante Dios, en virtud del fidelísimo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, que restituirá Dios al hombre y el hombre a Dios”. Esas tumbas eran, sin lugar a dudas, tumbas cristianas. Y, a medida que iban identificando tumbas con esa inscripción, los arqueólogos se dieron cuenta de una cosa extraña. Las cabezas de todos esos enterrados apuntaban hacia un mismo punto. Naturalmente, se tomó la decisión de excavar hacia ese punto.

Pero, antes de llegar a ese punto, voy a dar un rodeo por la tradición. A partir del siglo III consta por escrito la tradición de que Pedro fue martirizado en Roma en la persecución de Nerón. Pero todas las tradiciones escritas de la antigüedad, son hijas de una tradición oral anterior. Pues bien, la tradición escrita constata, no sólo el martirio de Pedro, sino el hecho de que su cuerpo, recogido por cristianos piadosos, fue enterrado en la colina vaticana, no lejos de donde había sido martirizado, bajo seis grandes tejas planas, colocadas a dos aguas y junto a un muro puntado con una pintura roja. También afirma esa tradición que, más tarde, hacia finales del siglo II, otros cristianos habían construido sobre su tumba un pequeño monumento al que se le da el nombre de “trofeo de Gaio”. Nada aparatoso, un pequeño frontón triangular, como el de los templos clásicos, sobre dos pequeñas columnas. El conjunto no mediría más de un metro y medio de altura. Más tarde, en el siglo III a un lado del trofeo, como protegiéndolo por uno de sus flancos, se construyó un pequeño muro lateral, quedando el trofeo como encajonado por dos de sus lados. Por un lado, el muro rojo existente antes del enterramiento y, en ángulo recto, por este muro nuevo.

Volvamos ahora a las excavaciones del Vaticano. Cuando llegaron al punto señalado por la orientación de las tumbas cristianas, encontraron, exactamente como lo describía la tradición, el trofeo de Gaio con el gran muro rojo y el pequeño de protección. Se encontró el hueco excavado en la arena en el que debieron estar depositados los restos de san Pedro. Se encontraron restos de las tejas. Pero ningún resto humano.

En las excavaciones se encontraron también, como no podía ser de otra manera, las ruinas de la primera Basílica de san Pedro, empezada a construir por el emperador Constantino en el 323. Para su construcción había sido necesario rellenar con arena apelmazada el terreno, enterrando la necrópolis bajo varios metros de arena. Hay evidencia histórica de que el propio emperador participó físicamente en el transporte de arena y su apelmazamiento. ¡Extraña actividad para un emperador! No se sabe de ningún otro que haya aportado sus propias manos a sus obras. Hay, pues, tres niveles. El de la necrópolis, el de la basílica constantiniana y el de la actual.

Constantino había hecho construir su basílica en un lugar extraordinariamente problemático. Primero estaba el desnivel de la colina vaticana que obligó, por un lado a tapar con arena la necrópolis y por otro a realizar grandes desmontes de terreno para alisar una explanada en la que construir la basílica. Aparte de la dificultad arquitectónica, no es desdeñable el hecho de la impopularidad que debió tener, para una mayoría de población pagana de Roma el que el emperador cubriese la necrópolis donde muchos tenían enterrados a sus seres queridos, para construir encima una iglesia a ese Dios que había irrumpido desde el lumpen de los cristianos. ¿Por qué precisamente ahí? Porque el crucero, y en él el altar mayor de la basílica de Constantino, está justo en la vertical del trofeo. Empieza aquí la apertura, de dentro hacia fuera de un conjunto de cajas chinas. Alrededor del trofeo, Constantino hizo construir, antes de iniciar las obras de la basílica, un monumento. San Gregorio Magno (Papa 590-604) hizo construir un altar, ya dentro de la basílica, sobre el monumento de Constantino. Calixto II en 1123 hizo rodear este altar con otro monumento. Más tarde, en 1502, Julio II haría demoler la basílica constantiniana para construir la actual de san Pedro, y Clemente VIII, en 1594, construyó encima el actual altar, que se encuentra justo en la vertical del eje de la gran cúpula diseñada por Miguel Ángel. ¿Casualidades? Imposible de creer. Uno puede creer que el arquitecto de la actual basílica respetase el punto del crucero de la antigua, la de constantino, como punto clave de la suya. ¿Pero todo lo demás? Por este motivo, Pío XII, en la alocución radiofónica de Navidad de 1950 notificó al mundo que se había encontrado la tumba de san Pedro.

Voy a contar dos pequeñas anécdotas para ilustrar la fuerza de la tradición que hablaba del trofeo de Gaio.

La primera en Roma. Antes de que Julio II demoliese la basílica de Constantino, Los reyes Católicos encargaron a Bramante, en la colina del Gianicolo, propiedad hasta hace poco la corona española, un pequeño monumento, conocido como “il tempietto”, preludio del estilo renacentista italiano. En la planta semienterrada, hay, ni más ni menos, una reproducción del trofeo con una estatua de san Pedro enmarcada en él.

Pero más curiosa es la segunda. La provincia de Cantabria está llena de diminutas capillitas, apenas un cobertizo cerrado con una verja, que la gente del pueblo llama “santucos”. Suelen estar vacíos porque, con el tiempo, los “santucos” a los que estaban dedicados han desaparecido. Pero un verano, después de conocer la tumba de san Pedro, paseando por Mazcuerras, un pequeño pueblo de la provincia, mi mujer y yo vimos uno que aún tenía “santuco”. Tenía un pequeño monumento, torpe copia del trofeo de Gaio, con un santo debajo. Apostamos con los que nos acompañaban a que era san Pedro. Ellos decían que no podía ser san Pedro porque la iconografía siempre le representa con unas llaves. Pasó uno del pueblo que venía de trabajar el campo con el azadón y le preguntamos que santo era. “Quién va a ser –nos dijo como quien contesta a un niño ignorante que ha hecho una pregunta tonta– Pedruco”. ¿Cuándo y por qué medios llegó a Mazcuerras esa tradición de representar a san Pedro enmarcado por un trofeo? No lo sé, pero llegó. Tanto en la época de los reyes Católicos como cuando se construyese l santuco Pedruco de Mazcuerras, nadie había visto el trofeo de Gaio desde que quedase enterrado en el 312, bajo la basílica de Constantino.