20 de mayo de 2012

Historias de otros mundos 7: El vagabundo y su isla

Tomás Alfaro Drake


El 11 de Marzo, inicié la publicación de una serie de 11 relatos que titulo genéricamente “Historias de otro mundos”. Este es el séptimo. Son relatos con un cierto componente fantástico. Me han servido de modelo, en su barroquismo los relatos y cuentos de Oscar Wilde.

El vagabundo y su isla

Un viajero que había navegado los siete mares y recorrido los doce continentes me contó que había en cierto remoto lugar una pequeña isla. No era una isla como tantas otras –decía. Siempre, hasta donde se extendía la memoria colectiva, había estado cubierta de una capa de blancas nubes. Las leyendas contaban que por encima de las nubes había tres astros brillantes y cegadores que iluminaban el día, cinco discos de luz plateada con formas variables, como manzanas mordidas, y millares de luciérnagas de luz que danzaban, dibujando señales en la noche. La superficie de la isla se iba haciendo más y más abrupta a medida que se ascendía, hasta que se llagaba a un acantilado negro y brillante, liso como el cristal, de una enorme dureza, que se elevaba a pico sobre un terreno pedregoso y ya muy empinado. Era un misterioso monolito perfectamente cilíndrico del que nadie pudo dar una explicación. Llegar a su pie era ya una proeza. Las piedras sueltas estaban en el límite de su equilibrio con la pendiente. Cualquiera que intentase pasar sobre ellas provocaría, con toda seguridad, un alud de piedras que arrasaría cualquier ciudad que se encontrase ladera abajo. Pero si llegar hasta el monolito era una hazaña, trepar por su lisa superficie era totalmente imposible. Cuando todavía había quien se aventuraba hasta su falda, algunos montañeros habían intentado clavar picas que permitiesen la escalada. Todo fue siempre en vano. Era absolutamente imposible perforar el material del que estaba hecho. A bastante altura sobre la base, la capa de nubes ocultaba el inmenso cilindro, por lo que nadie podía decir hasta dónde llegaba. Debido al peligro de provocar un alud de piedras, las autoridades prohibieron, mucho tiempo ha, el ascenso a su falda. Nadie, desde hacía siglos, había llegado a la base del monolito.

Pero –contaba la gente de la isla– vivió hace mucho tiempo un hombre que la recorría continuamente. Conocía cada palmo de la misma. Sus frondosos bosques, sus inmensas llanuras, sus profundos valles umbríos, sus largas playas, sus acantilados costeros que parecían precipitarse al mar desde las alturas. Amaba la naturaleza. La isla era su vida y siempre la recorría descalzo y desnudo. Hacía tiempo que había renunciado al calzado y a la ropa, porque le daban la impresión de que le separaban del resto de la naturaleza de la que se sentía parte integrante. Le gustaba sentir la isla palpitando bajo sus pies. A través de sus plantas, callosas para las piedras pero sensibles a las señales telúricas, percibía sus vibraciones. Las brisas, al acariciar su piel desnuda le contaban lo que ocurría en cualquier otro lugar. Era un hombre inquieto que se hacía preguntas sobre todo. No sólo sobre el monolito. Es cierto que el monolito era un objeto misterioso, pero a él no se lo parecía mucho más que los bosques, que cambiaban de color varias veces al año, las llanuras, donde las hierbas crecían a mayor altura que un hombre, hasta que eran arrasadas por pavorosos incendios causados por fulminantes serpientes de fuego que bajaban del cielo, los valles, por los que a veces corrían mansos y cristalinos hilos de agua que, de repente, se convertían en tumultuosos torrentes llenos de barro, piedras y árboles, las playas, que aparecían y desaparecían cinco veces al día a intervalos sincopados cambiando su forma y el color y la textura de la arena cada vez, o los acantilados, en cuyo borde había agujeros por los qué, siguiendo ritmos misteriosos, salían vientos huracanados que le permitían mantenerse flotando en el aire, cabalgando el viento. Toda la isla era para él una fuente de misterios y preguntas sin respuesta.

Dice la leyenda que hubo una época en la que este hombre fue como cualquier otro. Vivía en la ciudad una vida ajetreada en la que cada día era igual que el anterior y un ritmo repetitivo y trepidante le marcaba lo que tenía que hacer cada segundo, sin darle tiempo para preguntarse el por qué o el para qué. Se vivía la vida sin hacerse preguntas, se buscaban distracciones para no hacérselas y se procuraba ahogar las que emergían a la consciencia. Pero hubo un día en que las preguntas fueron demasiado acuciantes para él y fue incapaz de ahogarlas. Ese día se dio cuenta que nada tenía sentido y se preguntó si era posible encontrarlo, si la propia vida lo tenía. Una noche oscura, se asomó al límite de la ciudad y vio a lo lejos, en la llanura, un rojo resplandor. Aún no sabía que era uno de los inmensos incendios que asolaban periódicamente la llanura, y le pareció de una belleza inenarrable. La ciudad mantenía a un ejército de jornaleros que cortaban a ras de tierra la hierba en muchos kilómetros la redonda. Volvió a entrar en la selva de edificios y en la rutina y preguntó a mucha gente la causa del fenómeno que había presenciado. Nadie lo había visto nunca. Tenían cosas más importantes en las que ocuparse que mirar rojos resplandores inútiles y preguntarse por su causa. No conocían el significado de la palabra belleza. Desde entonces, todos los días, al caer la noche, salía de la ciudad a contemplar el horizonte en espera de ver otra vez lo que una vez vio. Sólo muy de cuando en cuando se repetía el espectáculo de color, pero merecían la pena las noches en vela. No le importaba en absoluto el cansancio que sentía por la falta de sueño. Al día siguiente, aunque agotado, cumplía bien con sus obligaciones. Pero cada vez se le hacía más acuciante buscar el sentido de la vida. Los intentos de conversación sobre ello con sus conciudadanos chocaban siempre con un muro de indiferencia e incomprensión que, poco a poco, se fue convirtiendo en desprecio. El veredicto se fue haciendo unánime. Ese hombre, que se pasaba las noches en estúpida observación y los días haciendo ridículas preguntas a todo el que encontraba, estaba loco. Más aún, era un peligro para la paz de la ciudad. Y un día se encontró sometido a juicio, condenado y expulsado. De nada le sirvió aducir que siempre había realizado sus tareas con solvencia y seriedad. No era esa la cuestión. Era una persona peligrosa y debía ser apartado del contacto con el resto de los ciudadanos.

A partir de ese día empezó a vagar por toda la isla. Al principio se sentía un paria, abandonado, solitario, condenado al ostracismo. Sentía que la ropa le aplastaba, le oprimía, por eso fue abandonando cada prenda, una a una, hasta que quedó completamente desnudo. Tan sólo llevaba un sombrero que él mismo se había hecho con las altas hierbas de las praderas y que le protegía del resplandor hiriente de las nubes sin impedir el diálogo de la brisa con su pelo. A punto estuvo de deslizarse hacia la locura y la licantropía, pero algo le protegió de ellas. Y así empezó a desarrollarse su amistad con la isla. Al cabo de largos años, su nueva existencia llegó a parecerle mucho más atractiva que la antigua. Era libre, la brisa le susurraba dónde ir, pero él iba sólo si quería. La isla le hablaba a través de las plantas de sus pies y él le contestaba con ligeras variaciones en el ritmo de su corazón que se transmitían también al suelo amplificadas por el arco de sus plantas y se mezclaban con la brisa llevando casi inaudible tam-tam a los más recónditos lugares. Pero seguía sin encontrar la respuesta al sentido de la vida. ¿Para qué era libre? ¿De qué servía poder comunicarse con la tierra y el aire?

Un día le llegó, clara, nítida, perentoria, la llamada unísona de la brisa y la tierra. Todo su ser se estremeció desde la planta de sus pies y la piel hasta lo más profundo del tuétano de sus huesos. Lo supo. Tenía que ascender por la terrible pendiente de rocas sueltas hastaa la base del monolito y, una vez allí, esperar algo, no sabía qué. Tuvo un escalofrío de pavor. Conocía todos los recovecos de la isla, pero jamás había puesto un pie en el empinado canchal de piedras sueltas que rodeaba el monolito. Muchas veces había llegado al borde y, desde allí, forzando la vista, había divisado el negro brillo de su pulida superficie. Le intrigaba saber qué había más allá de las nubes, donde tan sólo el monolito llegaba. Pero nunca había osado poner un pie el la primera piedra.

 - Moriré en el intento –pensó para sí– y haré morir a muchos bajo el peso de una avalancha de rocas. ¿Cómo podré hacerlo? –preguntó al aire y a la tierra.

 - Tan sólo ve –sonó la respuesta en lo más profundo de sí mismo y, luego, el silencio.

Tomó consigo muchas provisiones, porque no sabía cómo de larga sería la ascensión ni cuánto duraría la espera en la base del monolito. Apesadumbrado, dubitativo, lleno de preguntas sin respuesta, empezó a subir lentamente hacia la misteriosa y negra superficie. Cuando llegó al borde del canchal se detuvo, a punto de dar media vuelta y desandar lo andado. Pero una fuerza interior le impulsó a mover su pie y apoyarlo, sin el peso del cuerpo, en una de las primeras piedras. Inmediatamente supo, por un sutil temblor, que no aguantaría. Probó con otra, y otra, y otra, hasta que encontró una en la que todo se conjugaba para decirle sí. Y cargó el peso del cuerpo. La piedra aguantó. Repitió la operación con el otro pie. Le costó mucho encontrar otra piedra afirmativa, paro la encontró. Así, paso a paso, metro a metro, muy lentamente, fue avanzando. Su trayectoria se parecía más a la de un borracho que a la de alguien que sabía a dónde iba. Más de una vez se encontró en callejones sin salida en los que ninguna piedra le decía sí, y tuvo que deshacer penosamente lo andado para encontrar la bifurcación en la que se había equivocado. Sintió hambre, y tuvo que comer de pie. Cayó la noche muchas veces, y siguió su camino sin poder abandonarse al sueño.

Trazó incontables espirales dubitativas y de sentido cambiante alrededor del monolito, cada vez más cerca de él, hasta que un día, al amanecer, llegó a su base. Con los dos pies clavados en la antepenúltima fila de piedras antes de la lisa superficie, pudo apoyar su cuerpo en él y extender los brazos a su alrededor, con las palmas de las manos en contacto con su brillante superficie negra. No podía decir mucho de su tamaño, pero le pareció muy grande porque pegado a él parecía casi plano. A través de las yemas de sus dedos y de las líneas de sus manos le llegaron mil sensaciones confusas e indescriptibles. Sentía, no ya la isla, sino el mundo a través de ellas. El frío polar y el calor del ecuador oponiéndose sin mezcla. El estruendo de inmensas cataratas sobre el silencio frío de desconocidos espacios estelares ejecutando una música callada llena de misterio. El sabor salmuera de un mar muerto dominado por la dulzura de la miel de un millón de flores distintas, derrotando a la amargura de la traición de mil amigos y a la acidez corrosiva de la crítica despiadada. Incontables matices de cinco concéntricos arcos de colores  separando la luz de las tinieblas. Olores olvidados desde la infancia, cargados de nostalgias, que recordaban el primer bizcocho haciéndose en el horno de leña de la cocina, la tierra recién regada en un jardín de madreselvas o la leche materna recién salida del pecho sentida a través del paladar. Y paz, una inmensa, redonda, suave paz. Al cabo de un tiempo, notó un casi imperceptible cambio en el tacto de la columna, un sutilísimo estremecimiento de las piedras que tenía bajo los pies, y una imprecisa corriente de aire que acariciaba sus mejillas. Al principio no supo cuál era su origen, pero pronto se dio cuenta de que la columna se estaba hundiendo en la tierra a una velocidad vertiginosa. La perfección de su forma cilíndrica y la absoluta lisura de su superficie evitaban prácticamente todo rozamiento, por lo que ni la tierra, ni el aire ni sus manos podían apenas detectar el movimiento. Tan sólo un ligero aumento de la temperatura de sus manos, causado por el imperceptible rozamiento denunciaben el rápido movimiento de la columna.

Perdida la noción del tiempo, pasó así, nunca lo supo, una eternidad o unos escasos segundos. En un momento notó en las palmas de sus manos cómo la velocidad de la columna se iba haciendo más y más lenta hasta que sus brazos se encontraron abrazando el aire. El ligero sombrero de hierbas que le cubría voló de su cabeza con el remolino que se produjo al acabarse el cilindro. La cúspide de la columna, una inmensa plataforma circular, se encontraba a la altura de su pecho, de sus caderas, de sus rodillas, de sus tobillos, hasta pararse. El hueco ocupado por el cilindro entre las nubes quedó abierto y por él se filtraba el más magnífico rompimiento de gloria que hubiese visto nunca. Cinco dedos de luz convergentes caían sobre un punto de la plataforma. Acostumbrado a apoyarse en el monolito, casi perdió el equilibrio. Sin un momento de vacilación, pero con inmensa cautela, puso el pie derecho en la plataforma y se encontró sobre ella. También sin dudarlo avanzó, ahora con paso decidido, hacia el punto en el que convergían los dedos de luz. Cuando llegó a una cierta distancia del lugar, percibió de lejos algo como una redonda hogaza de pan blanco y una copa de agua. En ese momento la columna inició el ascenso. La enorme aceleración hizo que su peso se multiplicase hasta doblarle las rodillas y después el tronco. Tuvo que tumbarse cuan largo era, rostro a tierra y con los brazos en cruz. Sólo el contacto de sus palmas con el suelo del cilindro evitaba que el pánico se apoderase de él mientras la presión de su cuerpo contra el suelo se hacía insoportable.

Poco a poco la aceleración fue disminuyendo hasta que la velocidad de ascensión se hizo constante. Pudo entonces volver a ponerse en pie. El hueco de las nubes se había cerrado y vio con pánico que éstas se acercaban a él con velocidad de vértigo. Temió morir aplastado contra ellas, pero la columna las penetró sin la menor resistencia. La bruma impedía ver más allá del alcance del brazo y la luz, filtrada y dispersada por las nubes, adquiría un tinte lechoso en cualquier dirección que se mirase. Después de un tiempo indefinido, de repente, se inició la deceleración. Sus pies seguían pegados a la plataforma, pero ingrávidos, sin apenas peso. Le parecía estar flotando en un levísimo líquido amniótico. La falta de orientación y gravidez le produjo un intenso mareo. Y entonces se hizo la luz. Cenital, deslumbrante, cegadora. Tres discos de fuego presidían el día azul. Uno, en el cenit, el más brillante, blanco. En puntos opuestos del cielo, casi pegados al horizonte, los otros dos, rojos como la sangre. La hogaza y la copa seguían ahí. Brillaban con tanta luz como los tres soles juntos con todos los colores imaginables e inimaginables. A pesar de su esplendor se las podía mirar directamente sin quedar ciego. Los cinco discos de plata, lleno el del centro y con mordiscos simétricos el resto, las escoltaban. Un sueño inmenso cayó sobre él. Los párpados le pesaban enormemente y se sumió en un profundo sueño. Le despertó una voz interior que le decía:

- Levántate, come y bebe.

Se levantó. Seguía ingrávido. Sólo un ligero resto de peso le permitía apoyarse en el suelo para avanzar hacia el pan y el agua. Se dio cuenta entonces de que sus provisiones se habían quedado al pie de la columna y de que tenía un hambre y una sed inmensas. Cuando llegó al pan y al agua, bebió y comió con avidez y volvió a quedarse profundamente dormido. Nuevamente le despertó la voz.

- Levántate, come y bebe que el camino es superior a tus fuerzas.

No podría decir cuánto durmió, pero cuando se despertó era un hombre nuevo. Los músculos de la cara le transmitían la sensación de relajación de todo el cuerpo y la alegría le inundaba el alma. Una nueva hogaza y otra copa de agua estaban a su cabecera. Cuando fue a beber, apenas el agua entró en contacto con sus labios, se convirtió en un vino fuerte, poderoso. Lo paladeó en su lengua, lo sintió pasar por su garganta, bajar a su estómago y penetrar en su torrente sanguíneo proporcionándole una fuerza sobrenatural.

La columna terminó su ascenso y él sintió cómo el peso volvía otra vez a sus miembros, pero su fuerza multiplicada le hacía seguir sintiéndose ligero. Tras un rato para acostumbrarse a la nueva sensación, volvió a notar la ingravidez. Se iniciaba el descenso. Poco tiempo después, las nubes lo envolvieron todo otra vez. Al salir de ellas volvió a ver el pan y el agua alumbrados por otro rompimiento de gloria, pero esta vez sabía que no estaban ahí para él. Al cabo de un tiempo la desaceleración de la parada le hizo sentir de nuevo un inmenso peso, pero ahora su fuerza le permitió mantenerse en pie. En seguida se encontró otra vez al nivel de las rocas. Le pareció como si estuviese en otra era o en otro eón, pero el sombrero que voló de su cabeza antes de subir a la columna, todavía no había tocado el suelo. En el tiempo de la isla no debían haber pasado más de unas escasas décimas de segundo. Añoró tener que bajar del monolito, pero sabía que tenía que hacerlo. Sabía muchas cosas. Sabía por qué crecía la hierba. Conocía la naturaleza de la serpiente de fuego que la incendiaba. Sabía de la causa de las mareas de las playas y de los vientos huracanados que salían de las rocas. Los cambios de color del bosque no eran un secreto para él ni la causa de los torrentes de los valles. Pero todo eso era irrelevante. Lo único verdaderamente importante, lo que daba sentido a su vida, era que tenía una misión. Conocía el sentido de la vida. Estaba en el monolito. Todo su ser lo había oído, cada poro de su piel lo había absorbido, las plantas de sus pies lo habían voceado: “Ponte en camino. Comunica lo que has visto a todos los pueblos y razas. YO, EL QUE SOY, estaré contigo todos los días hasta el fin de los tiempos”. Ese YO era el sentido de la vida. El principio y el fin, el alfa y el omega, el creador de campos y hierbas, valles y torrentes, playas y relámpagos, bosques y colores, acantilados y huracanes y, por supuesto, hombres. Era un YO personal que se manifestaba en la columna y se hacía carne nuestra y sangre nuestra en el pan y el agua convertida en vino de la columna. Ese YO guardaría a cada hombre, vivo por toda la eternidad, en un mundo al que se llegaba a través del monolito. Mucho más arriba de donde él había llegado.

El descenso del canchal fue infinitamente fácil. Ya no tenía que tantear. Sabía el nombre de cada piedra y lo que podía esperar de ella. Todas las piedras podían aguantar su peso si las miraba de la forma adecuada y conocía de antemano como debía ser esa mirada. Bajo en línea recta, a pico. Recorrió la isla recogiendo sus ropas abandonadas cuando salió de la ciudad. Se volvió a vestir, pero para su sorpresa, la ropa ya no le oprimía, porque sabía para qué se la ponía. Ya vestido, llegó al borde de la ciudad. Nadie le dijo nada cuando entró en ella, nadie se acordaba de él. Buscó a sus amigos, pero no le recordaban. Volvió a empezar su vida. En todo parecía un ciudadano normal, pero ni un solo día olvidó su misión. Enseñó a muchos el camino al monolito. Los cuerpos de los muertos, si lo habían deseado en vida, eran llevados allí en la noche. Cuando murió, también su cuerpo fue llevado allí.

Y cuentan los habitantes de la isla, o al menos eso me contó el viajero, que cuando llevaron su cuerpo al monolito, millones de luciérnagas voladoras danzaron al son de una música de esferas y cuerdas a su alrededor y alumbraron la noche hasta que el cilindro penetró en las nubes. Las luciérnagas se fueron con el monolito, pero la música no dejó nunca de oírse.