28 de julio de 2013

La agonía del ateísmo. ¿Es la religión el opio del pueblo?

Tomás Alfaro Drake

Esta es la última entrada del blog hasta Septiembre, si Dios quiere.

Hace unos meses me invitaron a dar una charla sobre este tema. Cuando me dijeron que querían que hablase sobre eso, sin posibilidad de cambiar el título, se me presentaron tres alternativas. La primera, decir que no. La segunda decir que sí y hablar de lo que me diese la gana. La tercera, decir que sí e intentar poner patas a tema tan peculiar y sin mucha relación entre la afirmación inicial y la pregunta retórica subsiguiente.

Descarté la primera porque siempre digo que sí a estos retos. Descarté la segunda por vergüenza torera. Si te piden que hables de una cosa, hay que ser un político para hablar de otra que no tiene nada que ver y la política no es mi fuerte. Por descarte, me quedé con la tercera y con una profunda preocupación por lo que pudiera decir.

Como me avisaron con bastante antelación, dejé que el tema rondase por la cabeza buscando conexiones de ideas. Al final, me salió una charla bastante apañada en la que fui capaz, creo, de hablar de las dos partes y, luego, establecer una razonable conexión entre ambas. Aunque no la puse por escrito, pues cuando doy una charla, llevo sólo un guión, más o menos dije lo siguiente:

***

El ateísmo en occidente está en agonía. Esta afirmación puede parecer absurda. Y lo sería si emplease el término agonía para decir que el ateísmo está muriendo, extinguiéndose. Pero no me refiero a eso. Creo que, más bien, el ateísmo en occidente es un fenómeno en auge. Y sin embargo, está en agonía. Utilizo agonía en el sentido real de la palabra, que es el que usó Unamuno cuando escribió su conocida obra “La agonía del cristianismo”.

La palabra agonía viene del griego αγωνία y del latín agonia idiomas en los que significa ‘lucha’, ‘combate’. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua Española en su 3ª acepción de esta palabra dice: “Angustia o congoja provocadas por conflictos espirituales”. Y es en esta acepción en la que digo que el ateísmo está en agonía. Porque no cabe demasiada duda de que el ateísmo está sometiendo a la civilización occidental a una gran angustia y congoja. O desencanto, vacío y náusea, si se prefiere.

Sin embargo, cuando pensamos en términos de globalización, el ateísmo es un fenómeno, si no marginal, sí claramente minoritario, aunque en occidente nos estemos zambuyendo en él cada vez más profundamente. El siguiente cuadro nos da una idea de esto.

Cristianos (incluye los católicos)               33%                2310 MM     
Musulmanes                                              21%                1470 MM
Hinduistas                                                 14%                  980 MM
Budistas                                                      5%                  350 MM
Religión tradicional china                           5%                   350 MM
Judaísmo                                                    0,22%                15 MM
Shiks                                                          0,36%                25 MM
Religiones primitivas                                 5%                    350 MM
Otras                                                          4%                    280 MM
Ateos y agnósticos                                   12%                    840 MM

Este cuadro puede tener una lectura triunfalista: “El cristianismo, en su conjunto, es la religión con más adeptos del mundo”. Pero yo prefiero una interpretación mucho más prudente. Primero, porque habría que ver cuántos de ese 33% de cristianos realmente lo son. Y, segundo, porque veo el vaso medio vacío o, mejor, vacío en sus dos terceras partes. Me duele más ese 67% de gente que no abraza todavía a Cristo, que el 33% que, si no somos críticos, lo abrazan.

Tal vez convenga hacer un repaso a vuelo de pájaro de la historia del ateísmo en occidente y sus raíces.

En la antigüedad clásica, las clases dirigentes eran ateas. El pueblo creía en un panteón politeísta que era, además, una religión de Estado cuya ficción se mantenía por esas clases dirigentes ateas. Sin embargo, los filósofos necesitaban encontrar un principio de todas las cosas, una causa primera, una razón del universo. Heráclito, en el siglo VI-V a. de C. habló del Logos al que definía como “la inteligencia que gobierna todas las cosas a través de todas las cosas”[1], y del que decía: “Es prudente escuchar al Logos, no a mí”[2]. Platón, un siglo más tarde, situaba a esa razón de ser de todas las cosas en el mundo de las ideas, como generadora de todas las demás. Conviene recordar que para Platón el mundo real era el de las ideas, del que la realidad sensible era un burdo reflejo. Aristóteles, poco después, le llamó la causa primera, necesaria para la existencia del cosmos.

Pero ese Logos, esa la idea generadora, esa causa primera, eran conceptos fríos, incapaces de dar sentido a la existencia humana. Y si esa causa primera no podía dar sentido a la vida, ¿qué decir del ateísmo? Por eso el ateísmo estaba también en agonía en el mundo clásico.

Fue en ese ateísmo agónico y sin respuestas en donde prendió el cristianismo como el fuego en la yesca. De repente, una doctrina, encarnada en una persona, daba sentido a la vida. Esa fría causa primera se convertía en un Dios trinitario, creador por amor y encarnado en la naturaleza humana sufriente. No hubo persecuciones capaces de frenar este novísimo. Rodney Starke, en su magnífico libro –escrito desde el agnosticismo– “The rise of christianity”, dice que en el año 313, cuando Constantino promulgó el edicto de Milán, los cristianos eran unos 6 millones, aproximadamente un 10% de los habitantes del Imperio Romano. Según este autor, fue este crecimiento imparable el que hizo al emperador promulgar el edicto de tolerancia. Si en el año 33, justo tras la resurrección de Cristo, los cristianos eran tan sólo unos 500 y en el año 313 –lapso de tiempo que representa tan sólo 9 generaciones –eran 6 millones, el crecimiento generacional fue del 270%, es decir, en cada generación, el número de cristianos se multiplicaba casi por 4. Si hoy, en el 2013, hay en el mundo 2310 millones de cristianos, y desde el 313 han pasado 51 generaciones, el crecimiento acumulativo generacional ha sido del 12,4% que, a lo largo de 1700 años, no está mal. Y, este mérito, hay que atribuírselo a la Iglesia. Porque, ¿quién conocería hoy a Cristo si no fuese por la Iglesia? ¿Quién creería que Jesús es verdadero hombre y, al mismo tiempo, Dios encarnado? ¿Quién conocería el extraordinario código ético contenido en las bienaventuranzas, en la parábola del hijo pródigo, en el pasaje evangélico de la mujer adúltera o en el Padrenuestro, por citar algunas muestras del mismo? Corrijo: el mérito no es de la Iglesia, sino del Dios encarnado de la que ella es su cuerpo en la tierra.

Pero los seres humanos somos capaces de enfriar el hierro candente encorsetándolo y enfriándolo en moldes hechos a nuestra medida y convirtiendo ese novísimo en una doctrina más. Peor aún, casi haciendo de esas figuras de hierro sólido un ídolo a nuestra medida, sustituto del Dios infinito. Y así ocurrió a lo largo de los siglos. Los cristianos hicimos del cristianismo una religión en vez de un encuentro con el Dios encarnado, una doctrina y hasta una idolatría, en vez del anuncio de una buena noticia. Los primerísimos cristianos, no argumentaban, no discutían. Simplemente anunciaban ardientemente lo que habían visto, lo que habían vivido. A ese anuncio le llamaban el kerigma, que en griego significa anuncio, proclamación. Y ese kerigma ardiente, prendía en muchos corazones que también experimentaban ese encuentro –no sensorialmente, sino sacramentalmente– y prolongaban el kerigma. Y muchos cristianos, en los veinte siglos de cristianismo, han tomado esa antorcha de fuego y la han traído, como los atletas que llevan la antorcha olímpica desde Olimpia hasta el lugar en el que se celebren las olimpiadas, hasta hoy. Pero, como dice Jesús: “por la maldad creciente, se enfriará el amor de la mayoría” (Mateo 24,12), hasta preguntarse: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18, 8). No pensemos que esa maldad es sólo la de los ateos o pecadores. Es, también, en buena medida, la de esos muchos cristianos que hemos solidificado el hierro hasta hacernos un ídolo. Y tarde o temprano, tenía que pasar que hubiese gente que rechazase el frío metal en que se había convertido, en gran parte, el cristianismo. Al principio el cristianismo usó con éxito la filosofía griega para dar razón apologética de ese anuncio. Y seguramente fuese necesario hacerlo así ante la cultura griega, para “dar razón de nuestra esperanza a todo el que pida explicaciones”, como aconsejaba Pedro (1Pedro 3, 15). Pero la tragedia es que a menudo esta apologética sustituía al kerigma, en vez de añadirse a él, incumpliendo la segunda parte del consejo de Pedro: “pero hacedlo con dulzura y respeto, como quien tiene limpia la conciencia”. Y así, el cristianismo-religión pronto quedó encerrado en el molde de esa filosofía que, poco a poco, se fue volviendo contra él. Así se inicia un proceso de siglos, tras los pasos de los Occam, Descartes, Kant, Hegel, Nieszche y Heidegger, entre otros muchos, que acabó desembocando en el nuevo ateísmo de nuestros días (ver la serie de entradas en este blog bajo el título “El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento”, publicada entre Enero y Julio de 2008). Sería farisaico negar que buena parte de la culpa de este proceso la tenemos los cristianos, que hemos aprisionado el cristianismo en sus corsés de religión y doctrina en vez de ser fuego, metal fundido, encuentro con el Dios encarnado y anuncio de la buena noticia. Y así, hemos conseguido que todo este movimiento de escape de la religión sea visto por muchos como una liberación. Pero, con todo, este nuevo ateísmo no es menos agónico y falto de respuestas que el de la antigüedad. Pero sería injusto no ver que, a lo largo de estos veinte siglos, siempre ha habido personas que han sabido mantener ese fuego sagrado. Y siempre lo han hecho al amparo de los sacramentos instituidos por Cristo y mantenidos por la Iglesia, por más que ésta, en muchas de sus actuaciones, represente, tristemente, tan sólo a la religión y a la doctrina.

Pero en el siglo XXI el cristianismo se ha convertido en un “dejá vu”, ha dejado de ser un novísimo, y el ansia de respuestas de mucha gente se vuelca en doctrinas exóticas, antiguas y nuevas, como el Budismo o el New Age.

Ante este panorama, ¿qué hacer? ¿Tal vez confiar en que tras tocar el fondo del abismo del nihilismo, la humanidad se vuelva hacia la religión? No basta. Y no basta, porque habría demasiadas pérdidas en el camino de descenso y retorno a ningún sitio en el de vuelta. ¿Entonces? Tenemos que hacer revivir las ascuas, que siempre han estado ahí, del auténtico cristianismo, encender el fuego, reavivarlo, volver al amor primero, al anuncio del amor de Dios encarnado, en un reencuentro con Cristo resucitado. Reencontrar el cristianismo de la misericordia y del perdón, de la gratuidad del amor de Dios. Romper los ídolos de hierro sólido, fundir sus pedazos para que pueda volver a fluir, ardiente.

El nuevo Papa Francisco anuncia esto. Dice que la Iglesia, que somos todos los cristianos, debemos salir al encuentro de todas las marginalidades y pobrezas de la humanidad. Y hacerlo, no desde la suficiencia, sino desde nuestra propia marginalidad y pobreza, pero apoyados en la fuerza de Cristo. Francisco dice que una Iglesia encerrada es una Iglesia enferma, que salir al encuentro de esas marginalidades puede producir accidentes, pero que prefiere mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma.

Debemos, en definitiva, recuperar la pasión por la santidad, que es fuerza y fuego, lo contrario de la mediocridad.

Llego aquí al ecuador de mi charla, a la agonía del ateísmo. Tengo que entrar ahora en la segunda parte, aparentemente inconexa: “¿es la religión el opio del pueblo?” y, lo que es más difícil, intentar establecer un nexo entre ambas partes.

¿Es la religión el opio del pueblo? Esa acusación nace de Karl Marx, dirigida al cristianismo. Y no le faltaba razón, porque puede serlo muy fácilmente y, a veces, lo es. Voy a hacer una afirmación provocadora: El cristianismo no es una religión. Ya se ha podido intuir esto en algunas frases anteriores. No es una religión en el sentido de un catálogo de cosas en las que hay que creer y una pesada y más o menos larga lista de normas que hay que cumplir. Por supuesto que hay cosas que creer en el cristianismo, pero no como algo externo, sino como algo en lo que creemos porque lo hemos experimentado y nos ha llenado la vida de ardor y fuerza. Por supuesto que hay unas normas que cumplir, pero no como una pesada imposición, sino como un código de felicidad pensado por el Dios de amor que nos ha creado para la verdadera felicidad y que sabe el camino hacia ella. Unas normas que, así, se cumplen con agradecimiento, con amor y con alegría. Y cuando se hace del cristianismo una religión, le ocurre, como a cualquier religión, que está muy cerca de convertirse en el opio del pueblo y darle la razón a Marx.

Permítaseme poner las acepciones que la Real Academia de la Lengua Española hace de la palabra religión.

1. Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.
2. Virtud que mueve a dar a Dios el culto debido.
3. Profesión y observancia de la doctrina religiosa.
4. Obligación de conciencia, cumplimiento de un deber.

Echo en falta, en la definición de religión tradicional de la RAE un 5º punto:

5. La búsqueda de la salvación individual.

Esas acepciones son la perfecta definición de esa religión que fácilmente puede convertirse en el opio del pueblo. Permítaseme ahora la osadía de dar mi definición del cristianismo. Es una definición peculiar, pero creo que ortodoxa. Aunque hay en ella varios puntos, no son distintas acepciones, sino, si se quiere, el orden cronológico por el que se llega al auténtico cristianismo.

1ª El Amor DE DIOS. Dios nos amó primero y gratuitamente. DEJARSE AMAR POR DIOS GRATIS.
2ª El encuentro con una persona viva y actuante, encarnación de ese Amor; Jesucristo. Encuentro a través de los medios que él ha establecido, que son los sacramentos, que sólo se pueden encontrar en esa Iglesia que tantas veces en la historia ha ayudado al establecimiento de la religión-idolatría.
3ª El amor A DIOS, A TRAVÉS DE JESUCRISTO como respuesta a ese amor gratuito de Dios, a ese encuentro.
4ª El amor a todos los hombres en general, pero también y al ser humano concreto que tenemos al lado como respuesta a ese amor nuestro a JESUCRISTO.
5ª El compromiso para hacer mejor este mundo como consecuencia de ese amor.
6ª La sed de salvación personal y para toda la humanidad basada en el amor A DIOS EN JESUCRISTO. Lo que lleva al apostolado.
7ª El culto, los ritos, la conducta moral, la liturgia, la alabanza, el agradecimiento, la oración, etc. basados en el amor A DIOS EN JESUCRISTO.

Me parece a mí que estas dos definiciones tienen poco en común. Si reducimos lo segundo a lo primero, hacemos fácilmente de la religión una idolatría, que es mucho peor que el opio del pueblo. Y así es imposible dar a la agonía del ateísmo la respuesta que merece. ¿Cómo se va a sentir ningún ateo atraído por esa caricatura del cristianismo? Es más, tienen razón cuando buscan una liberación de una carga insoportable. Y, ¡cuántas veces hemos hecho eso los cristianos a lo largo de la historia! Podría citar muchos pasajes de los Evangelios en los que Jesús nos previene, a los que somos practicantes de alguna religión, en este tipo de idólatras. Generalmente se refiere a los escribas y fariseos que, al parecer, tenían una mentalidad mercantilista para “comprar” la salvación y excluir de ella a los que ellos pensaban que no pagaban el precio que ellos sentenciaban que había que pagar. ¿No somos muy a menudo los cristianos más fariseos que los fariseos?

Podría parecer anacrónico hablar de idolatría en Occidente, en el siglo XXI en el que parece que hay un avance del ateísmo –aunque este avance produzca agonía– que parece la negación de toda religión e idolatría. Pero no es así. Los ateos pueden tener su idolatría y los cristianos, además de poder participar en la de los ateos, pueden tener la suya propia.

La primera idolatría es la idolatría del YO. YO soy mi propio dios. Nada por encima de MÍ. YO soy mi propia norma. YO decido qué es bueno para mi felicidad, sin atender a mi innegable condición de ser limitado sujeto a error. YO defino cómo es mi naturaleza, haciendo caso omiso a toda evidencia natural. No creo que descubra nada nuevo si digo que los seres humanos parecemos unos auténticos especialistas en labrar nuestra propia infelicidad. No es de extrañar, si despreciamos lo que somos, criaturas creadas por Dios de acuerdo a una naturaleza, y las normas de amor que Dios, que sabe de nosotros infinitamente más que nosotros, nos ha dado para alcanzar esa anhelada felicidad. Como he dicho ateos y cristianos –o creyentes de cualquier religión, podemos compartir –y de hecho compartimos– perfectamente esta idolatría.

La segunda idolatría es, en cambio, exclusiva de los seguidores de alguna religión. Consiste, como se ha dicho anteriormente en crearnos un diosecillo a nuestra medida, a la medida de nuestros intereses. Un diosecillo con el que se puede establecer un contrato y, luego, entrar en trapicheos para cumplirlo. Si yo cumplo con mi parte del contrato, compro algún tipo de salvación –qué tipo de salvación es algo que depende de cada religión– porque he pagado el precio estipulado. Precio que, además, puede entrar en subasta a la baja. Por otro lado, quien no paga ese precio, o lo rebaja más de lo que a nosotros nos parece rebajable, pierde esa salvación. Esto convierte a los seguidores de cualquier religión en unos idólatras que, además, se hacen odiosos y crean un profundo –y muy comprensible– rechazo hacia su religión.

En el fondo –o no tan en el fondo– debemos estar agradecidos a los ateos –y, en general a los enemigos de la Iglesia– por su aportación. Aunque no lo hayan hecho con esa intención, han sido muy a menudo una señal de que algo va mal. Muchos ateos –y mucha gente que odia a la Iglesia– lo son por el mal ejemplo y esa actitud idolátrica de muchos cristianos y de algunos estamentos de la Iglesia. Y son para el organismo de la Iglesia como la fiebre para nuestro cuerpo. Una señal de alarma que no debemos ignorar, despreciar ni, mucho menos, anatemizar, sino curar su causa. Tal vez debiéramos preguntarnos: ¿qué hay de razón en ese rechazo de la fe y de la Iglesia?, ¿qué debemos cambiar en nosotros mismos para que esa actitud se suavice?, en vez de sentirnos víctimas completamente inocentes, incomprendidas u odiadas.

En conclusión, para que el cristianismo no sea el opio del pueblo y sirva como respuesta a la agonía del ateísmo, la palabra clave es gratuidad. Aceptar que por pura misericordia de Dios estamos salvados. Que Cristo nos ha comprado con su sangre, un precio que jamás podríamos pagar nosotros. Esto no quiere decir que nuestras buenas obras sean inútiles. Si salen con alegría del agradecimiento a esa salvación gratuita, son agradables a Dios y pueden, por tanto, servir para la santificación del mundo y la salvación de todos los hombres haciendo que muchos acepten el regalo. Anuncio, proclamación, kerigma, que llevan con alegría a las buenas obras, no moral farisaica de vía estrecha que crea rechazo y distanciamiento. Gratuidad y agradecimiento, no contrato y exigencia. Sentirnos inmensamente pobres para comprar esa salvación, necesitados de ese regalo y agradecidos de haberlo recibido. Copiar a Dios con una oración de alabanza gratuita a Él por su grandeza y su misericordia gratuita.



[1] Fragmento XLI; citado por Diógenes Laercio, IX, 1.
[2] Fragmento L; citado por Hipólito, en “Refutatio”, IX, 9, 1.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenos Días Tomás, soy un antiguo alumno suyo y le hago una pregunta la cual no me atreví en persona:

Cómo nos creemos tan concienzudos la resurrección de Cristo y por el contrario rechazamos la existencia de extraterrestres (inteligentes claro).

Siento que mi pregunta parezca frívola o de broma, pero me encantaría saber su opinión.

Anónimo dijo...

Querido anónimo ex alumno. Gracias por intervenir en el blog. Por supuesto, no considero tu comentario ni frívola ni una broma. Te contesto lo mejor que sé.

De la credibilidad de la figura de Cristo no cabe ninguna duda. Puedes ver una serie de entradas entre Enero y Marzo del 2010 o buscar los apuntes que al respecto os dí en el curso correspondiente. Otra cosa es su resurrección, que, sin estar ni poder estar probada, en una cuestión de fe, pero sustentada en razonamientos lógicos que puedes ver en esas entradas.

En cambio, de los extraterrestres, no hay ni una sola prueba. ¿Puede que los haya? Puede. En una entrada que ahora no recuerdo cuando publiqué, pero que se llama ¿Hay alguien ahí fuera?, de la serie Dios y la ciencia, y que también tienes en los apuntes correspondientes, hablo de la impresionantemente baja probabilidad de que aparezca la vida, de que evolucione hasta producir organismos y de que aparezca una cosa que se llama inteligencia. Esa probabilidad casi nula, hay que compararla con el inmenso número de estrellas que hay en el universo. ¿habrá vida inteligente? Mi opinión es que creo que no, pero si un día recibiésemos un mensaje de seres inteligentes, estaría encantado. Lo que pasa es que si esta a, digamos 20.000 años luz (que es una distancia ínfima para el tamaño del universo, tararíamso 40.000 años en recibir respuesta a nuestras preguntas. Una conversación un poc aburrida.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Muchas gracias Tomás. Como bien puedo sacar de sus palabras, La fe mueve montañas, tenemos que tener cuidado en que creemos. Un saludo y gracias de nuevo.

Anónimo dijo...

Buenas noches Tomás. Si me permite una pregunta se la hago: me dispongo a ingresar mi primer sueldo y quiero rentabilizarlo desde ya.Me gustaría ahorrar para este futuro incierto. ¿me puede aconsejar?

Rafael Angel Marañón dijo...

Hoy todo está en agonía como dice el título del libro de Unamuno, porque los tiempos se apresuran y la técnica que debería ser nuestra servidora se yergue en dueña de los hombres y ya dependemos tanto de ella que no concebimos otra clase de horizonte sino la técnica.
El hombre entronizado como rey de la historia y Dios relegado a un conocimiento epidérmico o no se acepta de plano.
De Jesucristo ni hablar porque no es aceptado por nadie. Se tiene como admirado por todos como un actor famoso pero su resurrección no cuenta para casi nadie.
Gracias por un escrito tan nutrido de sugerencias.

Anónimo dijo...

Hola Anónimo que me preguntas por tu primer sueldo. Imagino que eres antiguo alumno mío. Lo primero, ¡enhorabuena! Lo segundo, ¿qié hacer? Sin la menor duda te aconsejo que desde ahora empieces, con lo que buenamente puedas, a hacer un fondo de pensiones. Porque una cosa es casi absolutamente segura: Que cuando te jubiles no vas a tener más jubilación que la que tú te hayas montado. Cuanto antes empieces, más dinero tendrás para tu jubilación, poniendo menos cada mes. Cuando ganes suficiente como para que después de lo que apartes para el fondo, te quede dinero para ahorrar, hablamos.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Hola Rafael Ángel, soy Tomás. Bienvenido al blog y gracias por tu comentario.

Creo que eres excesivamente pesimista. Claro que el mundo está en agonía, en el sentido unamuniano. Pero siempre lo ha estado y no creo que ahora lo esté más que en cualquier época pasada. Y ese mundo en agonía necesita más de nuestro amor que de nuestro desencanto y rechazo. Creo que debemos aprender a ver el mundo como Dios lo ve a través de nuestros ojos. Con amor, que no con complacencia. Debemos ejercitarnos en eso.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
EN LA CONDUCCION DIARIA

Cada señalización luminosa es un acto de conciencia

Ejemplo:

Ceder el paso a un peatón.

Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

Poner un intermitente

Cada vez que cedes el paso a un peatón

o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


Atentamente:
Joaquin Gorreta 55 años

Anónimo dijo...

Hola Joaquín, soy Tomás. Totalmente de acuerdo contigo cada pequeño acto que hacemos, por pequeño que parezca, es una oportunidad de desarrollar nuestra conciencia ética y espiritual y los desaprovechamos inconscientemente. Deberíamos estar más atentos a ello. Me encanta lo de "trabaja tu inteligencia para desarrollar tu conciencia". Lo completaría diciendo "trabaja tu atención para desarrollar tu conciencia.

Un abrazo y gracias por participar en el blog.

Tomás