22 de diciembre de 2013

Carta abierta al Papa Francisco acerca de la visión de la economía que se desprende de la exhortación Evangelium Gaudii

Antes de pasar al texto de la carta necesito hacer unas aclaraciones. Esta carta no representa, ni remotamente un reto, ni mucho menos una impugnación a este Papa. Soy un profundo admirador, desde la fe, de este Papa. Me parece que está volviendo a las más puras esencias evangélicas, a veces enterradas bajo muchas capas en la historia de la Iglesia. En este mismo blog, en la entrada del 5 de Diciembre, he expresado mi admiración por él y mi acogida, llena de alegría de su exhortación apostólica.

Esta carta es una llamada de auxilio, una botella lanzada al océano por alguien a quien le gustaría poder tener una conversación con su Papa para transmitirle la visión de la economía en la que cree y de la que piensa que es un gran bien para la humanidad y de la que el Papa Francisco parece tener una visión que pudiéramos llamar negativa. Nada más que eso.

Con la remota esperanza de que la botella llegue a su destino, ahí va la carta.

Muy querido Papa Francisco:

Empiezo por decirle en esta carta que su llegada a la Sede de San Pedro ha sido para mí un motivo de profunda alegría. Antes de ser elegido Papa no le conocía. Pero justo después de su elección se hicieron públicas las notas que usted dio al Arzobispo de La Habana, Mons. Jaime Ortega. Fueron para mí motivo de alegría pues revelaban las líneas de lo que está siendo su pontificado. Posteriormente, muchas de sus afirmaciones y propuestas han sido criticadas por determinados sectores católicos. Pero a mí me parecían música celestial. La primacía del anuncio del amor de Cristo y el perdón sobre cierta manera de presentar la ética como si fuésemos guardianes de la Gracia me da una inmensa esperanza. Creo que el mundo está ansioso de oír de la Iglesia ese mensaje, que es el de Jesucristo, antes que el anatemizador que a tantas personas ha alejado de ella. La mayoría de sus palabras han despertado en mí un eco de añoranza del mensaje evangélico que tantas veces ha sido muy enterrado en la propagación del mismo. Creo que muchas personas de las marginalidades y del exterior de la fe se están acercando poco a poco a la Iglesia gracias a usted (perdóneme que no le trate de Su Santidad, pero creo que su talante me permite esta informalidad).

Por eso es con mucha pena como le escribo estas líneas, porque me gustaría estar de acuerdo con usted en todo. Pero ni mis conocimientos ni mi experiencia me permiten estar de acuerdo con usted en su discurso sobre la economía. Y esta carta busca comentar con usted estas cosas, aunque sólo sea un desahogo, ya que es más que dudoso que pueda tener respuesta. Desde luego, créame que estas líneas están escritas desde el amor a su persona y a la Iglesia. Me atrevo a escribirlas, en primer lugar por su talante abierto y comprensivo y, en segundo lugar porque entiendo que los puntos de vista de un Papa sobre sistemas económicos, siendo, por supuesto muy a tener en cuenta, no forman parte del núcleo más esencial del magisterio de la Iglesia.

Por supuesto, sí que estoy totalmente de acuerdo con usted en que la justicia y la caridad mandan imperiosamente que todos los hombres de buena voluntad, y con mayor razón los cristianos, nos embarquemos en la “cruzada” de la lucha contra la lacra de la miseria y la pobreza. No diré que la pobreza me duele tanto como a usted porque mentiría. Pero sí le digo que la siento lacerantemente. En una época de mi vida, esto me llevó a militar, equivocadamente, pero de buena voluntad, en las filas del comunismo marxista. También creo que los pobres deben ser elegidos primordialmente por la Iglesia como objeto prioritario de cuidado y evangelización. No es en esto en lo que mis puntos de vista difieren de los suyos.

Mi divergencia se centra en cuáles son los medios posibles para la lucha contra la pobreza y cuáles, no sólo no lo son, sino que hacen crecer la pobreza que se quiere combatir. Empiezo por enunciar mi tesis que luego intentaré desarrollar, y hasta justificar, brevemente.

Tesis: Creo que la única esperanza de que la pobreza disminuya drásticamente en el mundo está en la economía de libre mercado y en el sistema de libre empresa que, para no caer en mistificaciones, llamaré capitalismo[1]. Creo que la pobreza y la cultura del descarte no tienen su origen ni en la economía de libre mercado ni en el capitalismo.

Lo primero que debo decir es que la economía de mercado y el capitalismo adolecen de grandes lacras que yo también, como usted, denuncio y condeno. Pero creo que esas lacras no son consustanciales al sistema, sino que provienen del corazón humano. En el ser humano habitan, además de magníficas grandezas, que tienen su origen en el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios,  terribles lacras de seres heridos por el pecado original. La avaricia, la corrupción, la violencia, la ley del más fuerte, la soberbia, la envidia y otras miserias nacen del corazón del hombre, existían antes de que apareciesen la economía de libre mercado y el capitalismo y ni uno ni otro, creo, alimentan estos pecados humanos. Se dice a menudo que el capitalismo nace del espíritu de la avaricia. No lo creo. Nace más bien de la libertad de emprender, de la creatividad, de la inteligencia, de la capacidad de asumir riesgos, del esfuerzo y, naturalmente un sano afán de lucro que no tiene por qué ser codicioso. Pero estos pecados humanos son al capitalismo como la arena a un mecanismo de engranajes, lo vician, lo pervierten y dan lugar a un capitalismo deforme y malsano que aborrezco mucho más de lo que me gusta el capitalismo sano.

Uno de estos capitalismos enfermos es el que yo llamo capitalismo de compinches[2] y que se da, fundamentalmente, en regímenes totalitarios y populistas, aunque no está totalmente –ni lo estará nunca– erradicado de las economías capitalistas avanzadas. Consiste en que los poderosos impiden, por la fuerza o por poner barreras a la igualdad de oportunidades, que los ciudadanos normales puedan emprender libremente las empresas que se les ocurran. Esto da lugar a cárteles y monopolios mantenidos por el poder, totalmente contrarios al espíritu del capitalismo. Pero el capitalismo de compinches no es capitalismo. Es una degeneración del mismo. Si condenar el capitalismo es condenar esto, entonces coincido con usted, pero creo que habría que establecer la diferencia.

Otra degeneración del capitalismo sería lo que yo llamo las enfermedades autoinmunes de la economía de libre mercado. Es una enfermedad más sutil que la de compinches. Supone que los poderosos alteran sutil pero eficazmente a su favor las reglas de la libertad de mercado, creando ventajas injustas de información, haciendo el mercado opaco de forma artificiosa o creando escasez de forma premeditada. Si condenar el capitalismo es condenar esto, entonces, yo también lo condeno, pero otra vez, habría que establecer diferencias.

Pero si se deja de llamar capitalismo a lo que no lo es, entonces creo que el capitalismo ha sido enormemente beneficioso para la humanidad. Ha creado una enorme cantidad de riqueza y bienestar y, además, los ha repartido bastante bien –en comparación con su distribución en las épocas preindustriales–, disminuyendo la pobreza en el mundo. En los países donde el capitalismo funciona razonablemente bien, aunque no perfectamente, ha aparecido una numerosísima clase media que hace 100 años era impensable. Y las marginalidades de la pobreza extrema, han disminuido –siempre comparativamente con épocas pasadas–. Cuando leo la encíclica Quadragesimo anno, escrita en 1931, tengo la impresión de que describe una situación totalmente superada en las economías avanzadas. Pienso que su antecesor Pío XI no hubiese podido creer que ochenta y dos años más tarde la situación económica que describe se transformase en la que hoy es.

Podría pensarse que lo que digo vale únicamente para el desarrollo interno de los que ahora son países desarrollados, pero no es así. Los países en los que el capitalismo funciona razonablemente bien son países en vías de desarrollo y sus economías crecen a un ritmo mayor que las de los países más desarrollados. Si en los siglos XIX y XX se abrió un hueco de diferencia entre unos países y otros, fue porque unos se industrializaron rápidamente y otros no. Este retraso estuvo causado tanto por causas espontáneas como por mentalidades colonialistas que nacen del corazón herido por el pecado y que son anteriores al capitalismo. Creo que en los próximos ochenta y dos años las diferencias entre países se habrán paliado de forma muy notable. Todos los países padecen, en mayor o menor medida, lo que podría llamarse los tres cánceres para el desarrollo: la corrupción, la inseguridad jurídica y el populismo, que no son fruto del capitalismo sino, también ellos, de la naturaleza caída del hombre. De hecho, el auténtico capitalismo ha surgido como consecuencia, entre otras cosas, de la seguridad jurídica. Pero el sistema es enormemente resiliente a estos cánceres. En los países en los que éstos no se dan de una forma escalofriante, a pesar de ellos, el sistema es capaz de generar riqueza y de repartirla razonablemente. Pero en otros países estos cánceres alcanzan proporciones que ahogan totalmente al sistema. Usted ha vivido en uno de ellos y, perdóneme el atrevimiento, creo que ve el capitalismo a través de esa lente. Si condenar el capitalismo es condenar estos cánceres, entonces estoy de acuerdo con usted, pero, una vez más, habría que diferenciar.

Si uno toma tranchas de tiempo de 50 en 50 años, por decir un intervalo, creo que el mundo va a mejor en casi todos los aspectos. No es una mejoría a ritmo uniforme ni plana. No es tan rápida como nos gustaría. Hay ciclos y bolsas en las que este progreso se retrasa todavía más o, incluso empeora. Pero en general, y visto de 50 en 50 años, la mejoría es evidente en muchos campos importantes. El racismo, el colonialismo, la discriminación de la mujer, la opresión de las minorías, el cuidado de la salud, la protección a los que no tienen trabajo (a veces hasta llegar a crear un concepto de Estado del Bienestar que a menudo va más allá de lo razonable), la conciencia de ayuda a los más necesitados a través de ONG’s y entidades sin ánimo de lucro (que caben en el sistema capitalista) y un largo etcétera de cosas han mejorado en la mayoría de los países donde el capitalismo ha funcionado razonablemente. Tal vez sólo sea porque cuando uno vive más desahogadamente puede permitirse el lujo de ser más generoso, pero así ocurre. Ciertamente, en ese avance hay enormes y terribles bolsas de aberraciones como el aborto. Me indigna que haya leyes que lo quieran legitimen e, incluso, lo quieran hacer un derecho, pero me temo que el aborto ha sido siempre una lacra que, legislada o no, estaba en el corazón de muchos hombres.

En cambio, si tomamos esas tranchas de 50 años en los países donde el capitalismo no ha existido, o se ha convertido en un capitalismo de compinches o se ha visto carcomido por los tres cánceres o aquejado de enfermedades autoinmunes o se ha reprimido, sólo encontramos un terrible crecimiento de la pobreza. De todo esto concluyo que haríamos mal en demonizar la economía de libre mercado y el capitalismo. Correríamos el riesgo de aumentar la pobreza en el mundo. Debemos, en cambio, evitar el “compincheo”, dar “quimioterapia” a los cánceres y prevenir las enfermedades autoinmunes, pero distinguiendo bien esta terapia de la esencia del capitalismo, para no correr el riesgo de romper “la increíble máquina de hacer pan”. Es decir, evangelizar para cambiar el corazón del hombre, que es de donde vienen todas estas enfermedades, señaladas por Cristo mucho antes de que existiese el capitalismo.

No me resisto a citar a Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate”: “La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social.

Como a usted, a mí también me gustaría poder saltarme todo este largo proceso histórico para, con un chasquido de dedos, hacer que la pobreza desapareciese. Pero me temo que no es posible. Mientras tanto, ¿qué se puede hacer? Varias cosas, todas dentro del sistema y ninguna es la panacea.

La primera, evangelizar a los que tienen responsabilidades económicas y empresariales, haciéndoles ver que tienen el grave deber moral de actuar con ética y justicia y de ayudar a los más necesitados, pero sin decirles que el sistema creado por sus empresas es malo. Ese deber moral, si evangelizamos de la manera que usted preconiza, no debe ser una pesada carga, sino una gracia que nos permite imitar a Dios en si longanimidad. Creo que Pío XI lo dice magistralmente en su encíclica “Quadragesimo anno”: “... los ricos están obligados por el precepto gravísimo de practicar la limosna, la beneficencia y la liberalidad. Ahora bien [...]colegimos que el empleo de grades capitales para dar más amplias facilidades al trabajo asalariado, siempre que este trabajo se destine a la producción de bienes verdaderamente útiles, debe considerarse como la obra más digna de virtud de la liberalidad y sumamente apropiada a las necesidades de los tiempos”.

La segunda, regular los mercados para que estos no caigan en enfermedades autoinmunes. Pero no está, ni mucho menos claro, que el Estado pueda garantizar que esa regulación vaya a asegurar que se eviten esas enfermedades. Y ello por varios motivos: a) que la economía es un sistema enormemente complejo en el que cualquier actuación, aún hecha con buena voluntad, puede conllevar efectos contrarios a los que se buscaban; b) que muy a menudo los que intentan regular los mercados son ignorantes que no tienen ni idea de esa complejidad del mercado y que buscan caminos directos y simples que suelen ser contraproducentes; c) que muy a menudo ni siquiera existe esa buena voluntad. El Estado, que está regido por políticos. Estos políticos deberían buscar el bien común pero, demasiado a menudo buscan resultados electoralistas, populistas, de clientelismo o mero lucro personal a través de los bienes que administran y d) que demasiado a menudo los políticos le toman demasiado gusto a regular por la sensación de poder que les produce y llegan a hacer una tela de araña regulatoria que paraliza la actividad económica y la creación de riqueza. Por tanto, creo que confiar demasiado en el papá Estado que, a menudo es el Estado padrastro usurpador es, casi siempre, peligroso. Pero con la política pasa como con el capitalismo. El hecho de que haya políticos corruptos no hace ni que todos lo sean ni que la política sea mala. Es un bien necesario que a menudo se usa mal.

La tercera, la utilización de un sistema fiscal de impuestos progresivos para la redistribución de la renta a través de servicios financiados con ese dinero público, aunque sean empresas privadas las que los presten ya que lo suelen hacer, casi siempre, mejor que los entes públicos. Son absolutamente necesarias dos cuestiones para que esto sea efectivo. 1ª que el dinero recaudado no vaya a usos, como los dichos más arriba, electoralistas, populistas, clientielistas o de lucro personal y que el aparato de administración del Estado sea austero y no hipertrofiado, como ocurre con demasiada frecuencia. 2ª Que las exacciones impositivas no sean tan fuertes que mermen drásticamente el espíritu emprendedor ni que los servicios suministrados a la población sean tan amplios y generales que disminuyan el incentivo a trabajar.

Aún así, la solución no podrá ser tan inmediata como a usted y a mí nos gustaría.  Pero usted mismo, en su exhortación apostólica Evangelium Gaudium dice:

“Para avanzar en esta construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad, hay cuatro principios relacionados con tensiones bipolares propias de toda realidad social. […] … quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero.

El tiempo es superior al espacio

Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. […]. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. (La cursiva es suya) El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

[…]

Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo […]”.

Los otros tres principios que usted enumera son:

No a una economía de la exclusión

No a la nueva idolatría del dinero

No a un dinero que gobierna en lugar de servir

Respecto al primer principio, que el tiempo es superior al espacio, entiendo que usted se quiere referir a su creencia de que el capitalismo privilegia los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Pienso que no es así. Por el contrario, creo que el capitalismo, desde que existe, no ha dejado de evolucionar hacia mejor en un continuo proceso y él mismo es fruto del proceso dinámico de utilización, por parte del ser humano, de su libertad, su inteligencia y su creatividad, empleadas para mejorar su condición material y en lucha con lo más mezquino de su condición humana. La economía de mercado es como un espejo que nos refleja fielmente. Si lo que vemos en él no nos gusta, la culpa no es del espejo. Pero con la erradicación de la pobreza nos pasa como decía la letra de una canción de Queen: “I want it all and I want it now”, y eso no puede ser. Creo que sin el capitalismo sí que nos quedaríamos anclados en el tiempo. Creo que el capitalismo sano es el proceso que requiere su tiempo para ir disminuyendo la pobreza.

Ni que decir tiene que estoy totalmente de acuerdo con usted en los tres últimos principios, pero no creo que la economía de libre mercado y el capitalismo, bien entendidos, sean una economía de exclusión, no creo que la idolatría del dinero sea nueva ni creada por el capitalismo y no creo que sea inherente al capitalismo que el dinero gobierne en vez de servir. De hecho creo que el dinero gobierna menos ahora que en ningún otro momento de la historia o en otros espacios donde no ha habido capitalismo. Los poderosos de ahora en los países desarrollados abusan de su poder, desde luego, pero no es comparable a cómo lo hacían en otras épocas de la historia o en sitios donde se pretendía construir un paraíso económico que siempre ha degenerado en opresión.

Sería demasiado largo poner los múltiples ejemplos históricos comprobables que, si no demuestran, ilustran exhaustivamente que la teoría de las tranchas de 50 años es consistente. Pero creo que cada uno puede hacerlo. Al que después de hacer este experimento mental piense que no es consistente, le pediría que eligiese a qué trancha del pasado querría transportarse si pudiese. Creo que nadie, ni rico ni pobre, se movería hacia el pasado y creo que, si alguien lo hiciese, estaría pidiendo a voces antes de muy poco tiempo que lo trajesen de nuevo a casa. A veces, lo que nos ocurre a los seres humanos es que nuestra visión temporal es muy deficitaria. Idealizamos el pasado y menospreciamos las cosas positivas que tenemos en el presente, pensando en un futuro mejor. Es propio de la condición humana desear ese futuro mejor, pero es peligroso al hacerlo, despreciar los logros del presente. El arcaísmo y el futurismo son dos utopías peligrosas.

No quisiera de ninguna manera que estas páginas en las que expreso mi desacuerdo con su visión de la economía fuesen las últimas palabras de este escrito. Por eso acabo como empecé: Desde el principio de su pontificado he visto en usted una gran esperanza para la Iglesia al intentar sacar al primer plano la esencia evangélica del amor de Dios gratuito y de la alegría de saberse salvados, como motor de la evangelización en todas las periferias. Si la importancia de lo que se dice en un documento fuese proporcional al espacio que se le dedica, tendría que llenar miles de páginas repitiendo lo que digo en este último párrafo.

Pido disculpas de todo corazón si en algún punto de este escrito puede parecer que falto al respeto que le debo como hijo de la Iglesia. Si no lo considera osadía por parte de uno de sus pequeños hijos, pido para usted todas las bendiciones de Dios y que Él le dé fuerza y luz para profundizar en el camino empezado que creo que, a despecho de muchos, traerá un inmenso bien para la Iglesia y para la humanidad.

Su hijo espiritual.

Tomás Alfaro Drake.



[1] Sé que la palabra capitalismo está teñida de connotaciones negativas y podría haber usado otro término. Pero me parece que detrás de esas connotaciones está la gramática normativa de Gramsci para manipular ideológicamente el lenguaje. Por eso reivindico la palabra y la sigo usando.
[2] El término no es mío. Creo que está acuñado por Hans Küng y creo que no se refiere a lo mismo que yo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Tomás:
Capitalismo "sano", es un término utópico por su propia naturaleza, el dinero es un ídolo y no va a dejar de serlo.
El comunismo es peor, porque además de la opresión y del engaño, los dirigentes de inmediato en cuanto son ricos, se vuelven "capitalistas" de golpe, véase ciertos Estados de África, a costa de explotar a su pueblo.
La libertad no debería asociarse con el capitalismo, añoro el sistema gremial que su evolución fue abortada con el capitalismo, y donde el dinero era un medio y no un fin.
La única esperanza, es que en el capitalismo, -donde sobreabunda la corrupción al mismo nivel que estuvo en el comunismo-, está tocado de ala, y puede que para sobrevivir, se tenga que ir reconduciendo a unos parámetros más coherentes con la dignidad humana.
En la alegría y el espíritu cristiano que compartimos, desear para todos una Feliz Navidad.
Saludos
Juan

Anónimo dijo...

Querido Juan: Me alegro de saber de ti de nuevo y te agradezco la diferencia de opinión que sabes que no comparto.

El capitalismo sano es tan utopía como el hombre purificado del pecado original, pero el sistema es bueno y es el único capaz de dar de comer a miles de millones de personas algún día. La alternativa, incluido el sistema gremial que añoras, es la condena al hambre y la miseria universales. Estoy seguro de que si teletransportaras a esa época que te parece dorada, volverías corriendo a este "sucio" capitalismo. No me puedo creer que digas en serio que el capitalismo y el comunismo están al mismo nivel. Ayer vi un documental en el que salían fervorosos partidarios de Maduro y del loco de Corea del Norte, diciendo lo mismo que tú. No caigas en esa ceguera. El comunismo es perverso como sistema. El capitalismo es bueno como sistema, porque nace de la libertad, la inteligencia, la vreatividad y el afán de superación del ser humano. Adolece también de las heridas del ser humano, pero no en su esencia, sino en su aplicación. El dinero no es un ídolo. El hombre caído lo conviete en un ídolo. El dinero es un medio de intercambio necedsario y bueno en sí.

En fin, que me alegro de este desencuantro, porque nos encontramos en la Navidad y en la esperanza del nacimiento de Dios.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Yo también Tomás, me alegro mucho que los desencuentros sirvan, paradójicamente para acercarnos en lo importante, como es en lo que bien dices, en la esperanza del nacimiento del niño Dios que vino a traer con su ejemplo, la salvación para todos. Y aunque no conteste, sabes que te leo.
Un abrazo
Juan

Anónimo dijo...

Lo sé y te lo agradezco.

Un abrazo.

Tomás

Juan GM dijo...

Muchas gracias, Tomás, y Feliz Navidad. Todo lo que dices habría que repetirlo una y otra vez a los cuatro vientos, porque no creo que lo sepa mucha gente... ¡Puede que el Papa tampoco lo tenga claro!
Un abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Feliz Navidad Juan GM. Gracias por tu comentario. Me cuesta creer que el Papa no lo tenga claro, pero hay cosas que no entiendo. Por eso la carta abierta es una botella en el océano por si la Providencia hace que ocurra el milagro, le llegue, la lea y pueda hablar con él un rato.

Un abrazo.

Tomás

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

Interesante!
y acabo de encontrarme este que me recordó tu entrada en cuanto lo leí...

https://thejesuitpost.org/2014/01/papal-economics-or-francis-the-communalist

saludos!