30 de noviembre de 2014

¡Cataluña, Cataluña! (Suspiro)

En los últimos meses estamos asistiendo a un acto más de un proceso que temo que, de forma casi ineludible, acabará en la secesión. Y oigo que, también sobre esto, se habla de la apatía de Rajoy. Lo dicen, por un lado, los que piensan que se debería haber suspendido la autonomía catalana, los que afirman (yo he sido de éstos) que habría que haber asfixiado económicamente a Cataluña y los que claman porque el 9-N no se haya sacado a la fuerza pública a la calle para evitar el simulacro de consulta. Por otro lado, y encabezados por los soberanistas catalanes y por el PSOE, están los que dicen que hay que buscar soluciones políticas al problema. Antes de entrar en esta polémica me gustaría dar al tema un poco de perspectiva histórica.

La Constitución de 1978, aprobada con abrumadora mayoría por la soberanía popular[1], sancionó el Estado de las autonomías. No voy a negar que a mí, esta forma de organización política de España (y sólo en el caso de España, no hablo de otros países como el caso de Alemania), me parece un cáncer que nos devora, en el sentido económico y en el político. Pero los que teníamos uso de razón en ese año deberíamos recordar que lo que estaba en juego era si la transición de la dictadura a la democracia se iba a hacer con o sin baño de sangre. Al final, gracias a Dios, se hizo sin. Pero para ello hubo que hacer concesiones que ahora, vistas desde la distancia, parecen disparatadas, pero que, en la situación de ese momento, no me atrevería a afirmar que lo fueran.

Esta Constitución preveía dos tipos de autonomía. La primera, amplia, aplicable únicamente de forma automática a las comunidades con una identidad histórica, caso de Cataluña, Vascongadas y Galicia, por la aplicación del artículo 151 de la Constitución. La segunda, más limitada, para el resto de las comunidades, por el artículo 143. Pero estas comunidades podían acceder a la misma autonomía que las históricas, por el artículo 151, si en un referéndum realizado a nivel autonómico se obtuviese el sí al 151 con MÁS DEL 50% DEL CENSO (no de los votantes) en TODAS LAS PROVINCIAS QUE CONSTITUYESEN LA COMUNIDAD. En Andalucía, con el apoyo del PSOE y toda la izquierda, y en contra de UCD que pedía el voto en blanco (que en la práctica era un NO), el sí obtuvo el 55% del censo, superándose el 50% en todas las provincias menos en Almería y Jaén que obtuvieron un 42 y un 49% respectivamente. En la estricta aplicación de la ley no se habían cumplido las condiciones estipuladas en la Constitución[2]. Pero se hizo la vista gorda y se admitió la vía del 151 para Andalucía. No me atrevería yo a decir que debería haberse aplicado literalmente la ley y haber denegado esa vía. Creo que eso sería vulnerar el espíritu de la ley. Pero ese resultado contrasta con el escaso 24% (un sedicente 80% de una participación que se estima a ojo en el 30%) de la pantomima sin ninguna garantía del 9 N en Cataluña.  Sí me parece, en cambio, que hubo una excesiva laxitud cuando la vía del 151 se aplicó de forma automática a todas las comunidades autónomas, sin referéndum, aunque no me cabe duda de que, de haberse hecho, los resultados hubiesen sido por el estilo que en Andalucía. Pero la ley es la ley y no se la puede uno saltar a la torera así como así. Naturalmente, catalanes y vascos decidieron inmediatamente que ellos querían más competencias que el resto. ¡No iban a ser iguales que los demás! Algunas competencias tenían que ser transferidas porque así lo estipulaba la Constitución, pero otras lo fueron por un acuerdo bilateral entre el Parlamento de España y el de la Autonomía. Y así empezó la carrera por la transferencia de competencias.

Se echa mucho la culpa del deslizamiento de ciertas autonomías hacia el nacionalismo radical –y con razón– a la educación dada desde la escuela en ellas, en la que se presentaba a España, poco más o menos, como una potencia ocupante, y se distorsionaba la historia hasta convertirla en una caricatura. Esto es totalmente cierto. Pero no lo es menos que, en los años transcurridos desde 1978, la izquierda, en bloque, ha hecho todo lo posible para pulverizar la idea de España. Sentirse español, llevar una bandera de España, aunque fuese con el escudo constitucional, era “fascista”. Todavía oigo las críticas del PSOE diciendo que el hecho de poner la bandera española en la plaza de Colón era una provocación. Recordar las gestas llevadas a cabo por España era considerado como estar en la senda de Franco. La “mística” de España fue pulverizada sistemáticamente por la izquierda, colaborando de esta manera al éxito de los nacionalismos y a su radicalización en las Vascongadas y Cataluña (y en menor medida en Galicia y otras autonomías) tan eficazmente como la torticera educación que se impartía estas dos comunidades. Para mejor jugar a dos bandas, el PSOE ha creado el engendro del PSC y el PSE, que no se sabe muy bien qué papel juegan en este proceso.

Esto, además de ser una traición a la “mística” de España, lo era a la tradición de la izquierda. El poeta comunista chileno Pablo Neruda escribió un magnífico libro de poemas bajo el título de “España en el corazón”. Miguel Hernández, también comunista, tiene poemas a España que ponen la carne de gallina. Gabriel Celaya, poeta español, también comunista, y vasco por añadidura, tiene en su poema “La poesía es un arma cargada de futuro” habla de “trabajar a España en sus aceros”: “Me siento un ingeniero del verso y un obrero/que trabaja con otros a España en sus aceros”. Me atrevo a hacer al final de estas líneas una pequeña antología de los cantos a España de estos poetas españoles (dejo aparte al gran poeta Pablo Neruda porque, aunque le agradezco su amor a España, quiero centrarme en los españoles). También puedo citar párrafos del discurso de Manuel Azaña en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de Julio de 1938: Destaco entre ellas que todos los españoles tenemos el mismo destino. Un destino común, en la próspera y en la adversa fortuna. Cualesquiera que sea la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento. Y que nadie pueda echarse a un lado y retirar la apuesta. No es que sea ilícito hacerlo: es que además, no se puede. […] La reconstrucción de España será una tarea aplastante, gigantesca, que no se podrá fiar al genio personal de nadie, ni siquiera de un corto número de personas o de técnicos; tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto, cuando reine la paz, una paz que no podrá ser más que una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres, una paz para hombres libres. […]… y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones,[…] que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que, […] abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”. Si esa “mística” se hubiese mantenido, otro gallo cantaría ahora. Pero cuando la esencia económica de una ideología fracasa estrepitosamente, hay que buscar otras agarraderas para mantenerse. Porque la historia de la economía española en democracia está marcada por dos empujones hacia la ruina de España dados ambos por sendos gobiernos del PSOE. Con una miopía escandalosa, se pensó que identificar la idea de España con el franquismo era una de esas buenas agarraderas. Aborto, matrimonio homosexual, etc, son otras agarraderas que no voy a comentar ahora. Pero esto puede que no sea suficiente para que dentro de poco más de un año, si los españoles no estamos a la altura de las circunstancias, se produzca el tercer, y me temo que definitivo, empujón hacia la ruina, económica y moral.

En el segundo de esos empujones Zapatero siguió la huida hacia adelante con todas las concesiones imaginables al nacionalismo radical, de la que cabe señalar el increíble Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006, aprobado por sólo el 35% de los catalanes con derecho a voto (el 73% del 48% que votaron), lo que hace aún más escandaloso que los resultados del 24% del pucherazo del pasado 9 N (como se ha dicho antes, 80% de una participación que se estima a ojo en el 30%) se consideren un éxito del nacionalismo independentista. Llegados a ese punto, al acabar la legislatura de Zapatero, la voracidad de los nacionalistas radicales estaba en el máximo histórico. Felipe González decía que negociar con los nacionalistas era como tener un salchichón del que alguien te decía que la mitad era suyo. Si cedías y le dabas la mitad que reclamaba, se la guardaba, miraba con ojos avariciosos la mitad que te quedaba y te decía que la mitad era suya. De nada servía que le dijeses que le acababas de dar la mitad del salchichón. Esa ya era suya de pleno derecho y ahora reclamaba la mitad de tu mitad. No importaba –decía González– cuántas veces partieras con él lo que te quedaba, él siempre quería la mitad del resto. Porque, por definición, si un nacionalista radical dijese que se daba por satisfecho con lo conseguido, habría perdido su razón de ser y habría firmado su finiquito como fuerza política.

Así llegamos al órdago del 9-N. Mas asegura, en son de crítica, que había hecho a Rajoy muchas propuestas y que éste le había dicho que no a todo. Lo que, según Mas, demuestra la incapacidad política del Presidente del gobierno. El órdago se hubiese apaciguado –hasta una nueva ronda del salchichón, por supuesto– con sólo darle al señor Mas más de lo que pedía. Derecho a más dinero. Si eso es una solución de imaginación política, que baje Dios y lo vea. De esa forma de hacer política, típica del zapaterismo, han venido los lodos que tenemos. Así que bendita sea la falta de ideas de Rajoy en este asunto y su no a las propuestas de Mas. Para ideas, lo del federalismo que preconiza el PSOE ignorando la esencia del federalismo. Federalismo viene de foederis, alianza, que aunque no viene de fides, fe, se le parece y se relaciona con ella. El federalismo es una alianza basada en la fe, en la confianza. Un bávaro tiene fe en Alemania y, sólo para manejar más eficientemente la cosa pública, dentro de una sólida alianza, asume la administración de una parte. Y lo mismo podría decirse de un estadounidense de Florida o de Texas. Pero ninguna de las dos cosas –fe y eficiencia– se da en el caso español. Ni los nacionalistas radicales tienen la más mínima fe en España, ni su afán de administrar los asuntos de Cataluña tiene como fin una mayor eficiencia en el manejo de la cosa pública, sino una mayor capacidad de “sacar tajada”. Por tanto, ¡basta ya de palabrería vacía a la que se llama imaginación política! Por el otro lado, se le pedía al gobierno la asfixia económica de Cataluña. ¿Realmente sería eso una solución, ayudaría a crear esa fe que ha destruido la izquierda? No lo creo. También hay quien acusa al gobierno de debilidad por no haber impedido la votación del 9 N con las fuerzas de orden público. ¿Alguien duda que había un ejército de radicales preparado para armarla si eso se hubiese hecho? Quien crea que no lo había peca de una ingenuidad sin límites. ¿Se imagina alguien las portadas de los periódicos de todo el mundo ante una escena de violencia callejera, tal vez con algún mártir, el 9 N? El gobierno ha hecho lo único que cabía hacer. Poner delante el muro de la ley y sus consecuencias. Imagino una cohorte de abogados del Estado reunidos en sesión continua viendo cómo cerrar los resquicios de todos los fraudes de ley que pudiera imaginar Mas. Al final Mas ha hecho una chapuza, pero infringiendo la ley. Si el Fiscal General del Estado, el resto de los fiscales y los jueces hacen su trabajo, podemos ver a Mas procesado y, si la ley se aplica como es debido, condenado. Pero lo que no se le puede pedir a Rajoy, ni a ningún otro político, es que arregle el inmenso desaguisado que, desde hace casi cuarenta años se está cocinando en España por culpa, casi exclusiva, de la izquierda irresponsable. Así es que, cuando oigo a Pedro Sánchez, coreado por cierto sector de la prensa, pidiendo a Rajoy imaginación política, me alegro de que el Presidente del gobierno tenga tan poca imaginación y me aterro de las zapateradas que se le ocurrirían a él si algún día gobernase.

Y, la gran pregunta, ¿cómo podrá recuperarse la mancillada “mística” de España?, ¿qué se puede hacer para arreglar el problema catalán? Me temo que, a estas alturas de la película, muy poco. Tan sólo caminar por el filo de la navaja de ganar tiempo sin que se rompa la baraja del todo. Porque el famosísimo seny catalán ha demostrado ser un auténtico bluf. Tengo un amigo que dice que ese famoso seny no ha ido nunca más allá del payés que tenía la precaución de llevar en el viaje en autobús dos bocatas en vez de uno por si el autobús se averiaba. Si alguna vez ha sido más que eso, se ha evaporado completamente en los últimos años. El buen payés catalán y los asimilados venidos de toda España, se han dejado engañar por unos políticos trileros que sólo buscan sus privilegios. El muro de la ley puede prestar amparo durante un cierto tiempo. Pero, por mucho que se tenga el amparo de la ley, la historia demuestra que para que ésta se cumpla hace falta una condición y, si ésta no se da, una segunda que en estos tiempos es inaplicable. La primera, que dicha ley sea generalmente aceptada por los ciudadanos, con lo que volvemos a la fe en ella. La primera en la frente. Sin la primera, habría que aplicar la segunda. Y ésta es el uso de la fuerza. Pero esta posibilidad está absolutamente deslegitimada y es, por tanto, inaplicable de todo punto. Y si se aplicase, me temo que sería peor el remedio que la enfermedad. Los muros de una ley que no se acepta, por razonable y sensata que sea, o que se quiere imponer por la fuerza, se van resquebrajando hasta que, más pronto o más tarde, se derrumban. La historia está llena de ejemplos de esto.

Entonces ganar tiempo, ¿para qué? Sólo tengo una esperanza que, a decir verdad, es remota. Esa esperanza es la Corona en la cabeza de Felipe VI. La Constitución Española dice, en su Título II, Artículo 56.1: El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…”. Si ésa es su primera función constatada por la Constitución, éste es el momento histórico de ejercerla. Es joven, extraordinariamente bien formado y, si quiere ser algo más que un florero, tiene que hablar y actuar ahora o nunca. Su padre se ganó mi respeto y el de la mayoría de los españoles ejerciendo como Rey el 23 de Febrero de 1981. Tuvo que improvisar. Felipe VI no tiene que hacerlo. Tiene que rodearse de los mejores consejeros jurídicos que le permitan situarse en los mismísimos límites que le permita la Constitución para poder actuar. Y por un equipo interdisciplinar, tan bueno como el anterior de historiadores, filósofos, profesores de literatura, escritores, artistas, empresarios, sociólogos y expertos en comunicación para poner en marcha una eficaz campaña total para intentar resucitar la “mística” de España. La pasta para hacerlo tendrá que conseguirla. El voto de confianza para hacerlo creo que lo tiene. Tendrá que saber utilizarlo y administrarlo. Será criticado por ello por todos lados (sobre todo por la izquierda), pero tal vez conecte con el español de la calle, catalanes y resto de españoles. Tendrá que caminar por el filo de la navaja. He dicho que mi esperanza era remota, pero no tengo otra. Sin embargo, debo decir que creo que no es imposible. Yo, español de a pie, desde estas líneas que seguramente él no leerá, le lanzo este reto al Rey de España. Si lo consigue, superará con creces a su padre en el 23 F y pasará a la historia como uno de los grandes Reyes de España, a la altura de un Recaredo[3], un Felipe II o un Carlos III. Si no, me temo que pasará a la historia como el último rey de España. Si pone todo su empeño y ardor en ello y no lo logra, será como el último emperador de Constantinopla, Constantino XI, que murió con gloria defendiendo las murallas de la ciudad del asalto del turco y ha pasado así a la historia. Si ni siquiera lo intenta, creo que pasará como lo hizo el último emperador del Imperio Romano de Occidente, Rómulo Augusto, ridiculizado con el cambio del nombre de Augusto por el de Augústulo, depuesto sin pena ni gloria por el general de los hérulos, Odoacro. O como Boabdil llorando ante Granada, entregada sin pena ni gloria  (de lo cual, dicho sea de paso, me alegro), entre lágrimas pusilánimes y blandos suspiros. La historia nos dirá qué pasa pero, en este caso, no seremos meros espectadores a través de los siglos, sino auténticos sufridores.

Animado por la pequeña antología que os prometí y que veréis más abajo, me permito adjuntar una poesía mía, recién nacida, pobre, no sobrecogedora como las del de Orihuela o las del vasco.

¡Cataluña! ¡Cataluña! (suspiro) [pero no blando].
¡No te apartes de tu madre!
Si oíste discusiones
en las que se decía que tu hogar
era opresor, olvida esas locuras
y hazlas olvidar a quien las dijo.
Si alguien dijo que no había
para ti plato en la mesa
haz oídos sordos a palabras torpes.
Eres parte de casa
y la casa de España es casa tuya.
Comparte en nuestra mesa,
que es la tuya, pan y vino.
No cuentes demasiado
lo que das y lo que tomas.
Contar mucho empobrece,
¿no lo sabes?
Mira que cada plato te enriquece.
Sin pensar si traes más que recibes,
la mesa común multiplica
las dádivas de todos.
El rancho aparte, en cambio,
sólo trae tristezas y miserias.
Ven, hablemos, pero no de dineros,
hablemos de de un futuro grande,
juntas.
No te dejes engañar
por cabezas de ratón
que quieren impedirte
ser parte de un león
para ser ellos los que coman.
Olvida mezquindades
propias y ajenas,
responde a ellas con grandeza,
recuerda gestas comunes,
mira hazañas de siglos
de las que no es posible
separar fronteras.
Dos mares,
a oriente y occidente,
rubrican y enmarcan
esas gestas.
Seamos grandes de nuevo
con el corazón entero.
Y tras las razones,
por si éstas no te bastan,
escucha la súplica de tus hermanas:
“¡Hermana, hermana,
no te vayas, no te vayas,
no te vayas de tu casa,
no te vayas hermana!
¡No des el portazo irreparable!”


Miguel Hernández


Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
Madre?

Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!

Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huecos caídos se levantan:
Madre.

Decir madre es decir tierra que me ha parido;
es decir a los muertos: hermanos, levantarse;
es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo
sangre.

La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.
El otro pecho es una burbuja de tus mares.
Tú eres la madre entera con todo su infinito,
Madre.

Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo.
Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.
Con más fuerza que antes volverás a parirme,
Madre.

Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,
volverás a parirme con más fuerza que antes.
Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:
¡Madre!

Hermanos: defendamos su vientre acometido,
hacia donde los grajos crecen de todas partes,
pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan
aires.

Echad a las orillas de vuestro corazón
el sentimiento en límites, los afectos parciales.
Son pequeñas historias al lado de ella, siempre
grande.

Una fotografía y un pedazo de tierra,
una carta y un monte son a veces iguales.
Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,
Madre.

Familia de esta tierra que nos funde en la luz,
los más oscuros muertos pugnan por levantarse,
fundirse con nosotros y salvar la primera
Madre.

España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos
de dolor y de piedra profunda para darme:
no me separarán de tus altas entrañas,
Madre.

Además de morir por ti, pido una cosa:
Que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,
vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,
Madre.


Extracto de “Vientos del pueblo”

[…]

Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

[…]

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
[…]



Gabriel Celaya

(De "Cantos iberos", 1955)

España extraña
Esta fuerza extraña,
viva, enmarañada,
esta entraña a gritos que llamamos España
está en mí, no la pienso,
no puedo pensarla según la teoría con que quieren castrarla
los que en nombre de un pasado dicen: gloria, punto y raya.

Esta fuerza real que llamamos España,
rabiosa, suficiente,
no es gótico-galaico-leonesa-romana,
ni es árabe, ni griega, ni austriaco-castellana.
Es ibera, terrible, sagradamente arcaica,
mi materia y mi magia.

Yo no puedo pensarla.
Yo no puedo decir mi España es buena o mala,
si es triste o violenta, si es hermosa o si mata.
Yo no puedo juzgarla
porque yo soy en ella y ella en mí, transcendiendo,
y así a fondo me sumo fieramente existiendo.

Porque soy, porque soy
tierra roja y cargada sustancia milenaria,
dulce aceite espesado,
seco esparto, sal pura, ríos con larga historia,
cuerpo ibero con venas de metales hirientes,
que fulgen golpeando,

montañas decididas
en lo llano absoluto de un planeta pensante,
gritos por fin absueltos,
cara a un cielo que todo lo refleja sin mancha,
voluntades paradas,
gestas que, no la tinta, la geología exalta,

costas rotas que muerden con amor violento,
muriendo de su muerte, los mares más lejanos,
terrones trabajados
por muertos anteriores a la historia contada,
hazañas de una entraña que aún no agotó sus formas,
nutre mi carne de patria.

¡Que no vengan a decirme que es un problema mi España!

Yo la tengo sin pensarla
y, adorando o maldiciendo, soy desde dentro un «¿qué pasa?».
Y este físico misterio
como un cuerpo de amor, me tiene tanto
que yo mismo no distingo si es que lo adoro o lo ataco.

Fiera amante, madre amarga,
te maldigo, me deshago, te violo, canto claro,
y esta rabia que te grito
es la rabia con que trato de dar a luz lo más mío,
y es mi manera de amarte,
y es mi manera de hablarme sin perdonarme a mí mismo.

España ciega, mi España
seca, hermosa, exasperante,
ancha España que en vano cabalgo, nunca abarco,
España que en mí lates
y más y más te afirmas cuanto más te combato,
y eres yo sin ser mía, no consciente, de carne.

Como me tienes, te tengo,
te tengo, me tienes, y poco importa qué pienso,
pues en ti vivo y respiro.
Tú eres mi aire y mi tierra, tú, mi cuerpo y mi elemento,
y maldecirte, maldigo
de mí mismo porque pienso que aún no cumplí lo que debo.


España en marcha

Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.
No vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.
Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.
Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.
De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.
¡A la calle!, que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.
No reniego de mi origen,
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.
Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.
Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.
Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.
No quiero justificarte
como haría un leguleyo.
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.
España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.



[1] Participación del 67% con un porcentaje de síes del 88,5%, lo que supone haber sido aprobada por el 59% de los españoles con derecho a voto.
[2] El referéndum tuvo una participación del 64% con un porcentaje de síes del 55%, sobre el total del censo. Por provincias, los resultados fueron: Almería: Participación 51%, síes 42% del total del censo; Cádiz: Participación 61%, síes 55% del total del censo; Córdoba: Participación 70%, síes 60% del total del censo; Huelva: Participación 59%, síes 53% del total del censo; Jaén: Participación 63%, síes 49% del total del censo; Málaga: Participación 58%, síes 51% del total del censo; Sevilla: Participación 64%, síes 55% del total del censo.
[3] Como Recaredo está muy lejos en el tiempo, recuerdo que fue un rey visigodo del siglo VI que consiguió la fusión en un solo pueblo de la mayoría hispano-romana con la minoría dominante visigoda. Eso hizo del reino visigodo de Toledo algo realmente grande durante casi un siglo.