13 de junio de 2016

La multiplicación del dinero y la reserva fraccionaria

La semana pasada, en la entrada de “¿Democracia sin ciudadanos?”, hacía referencia y ofrecía la posibilidad de enviar un texto complementario citado a pie de página llamado “La multiplicación del dinero”. Como he recibido varias peticiones, lo pongo hoy como post. El tema es un poco técnico pero en él intento explicar en román paladino, en el cual suele el pueblo fablar a su vecino, por qué los únicos responsables de la multiplicación irresponsable del dinero son las autoridades monetarias públicas y por qué la llamada reserva fraccionaria (que explico lo que es) es condición sine qua non para el progreso. En esto me pongo enfrente de la, por otra parte admirada por mí por liberal, Escuela Austriaca de Economía. Allá voy.

Últimamente me he encontrado con varias personas que demonizaban el hecho de que los bancos pudiesen prestar usando como fondos para ello el dinero que sus depositantes les dejaban, lo que se conoce como “reserva fraccionaria”. Y lo demonizaban por dos motivos. El primero porque les parecía inmoral que prestasen el dinero de otros y, segundo, porque esta práctica hacía que la cantidad de dinero se multiplicase con la consiguiente consecuencia de la inflación, a la que consideraban odiosa. Por supuesto, comparto con ellos el aborrecimiento de la inflación. La inflación es una manera de robo. Pero no comparto ni que el hecho de la reserva fraccionaria sea inmoral ni perjudicial ni que la culpa de esa multiplicación del dinero sea de los bancos. Intentaré en lo que viene a continuación arrojar alguna luz sobre estas cuestiones.

Lo contrario de la “reserva fraccionaria” es la “reserva total”, según la cual, los bancos tendrían que mantener el liquidez total todos los depósitos que tuviesen, es decir, no pudiesen prestar nada de esos depósitos. Imaginemos un mundo con el principio de “reserva total”. Por supuesto, los bancos podrían recibir depósitos de la gente y guardárselos. Y no sólo guardárselos, sino además facilitarles el que pudieran disponer de ese dinero en cualquier momento, en cualquier parte del mundo, hacer con esos fondos depositados cuantos pagos a terceros les fuesen solicitados y otros muchos servicios relacionados con la transferencia del dinero depositado. Por supuesto, esto es un servicio enormemente útil para el que lo recibe y que tiene un coste para el que lo presta. Por tanto, es lógico que éste último, o sea, el banco, cobre al depositante un feepor todos estos servicios. Pero, además, la mera custodia del dinero, al margen delos movimiento que se ordenen hacer con él, tiene un riesgo de robo, fraude, etc. que el depositante transfiere al banco, por lo que sería lógico que éste le cobrase un interés, ya que, bajo la hipótesis de la reserva total no le está permitido hacer nada con este dinero. Estos servicios los han venido haciendo lo bancos desde que existen y lo cierto es que lo han hecho cada vez más eficientemente y a un coste cada vez más bajo. Esto es algo que no implica de ninguna manera prestar esos depósitos.

Otro servicio que podrían dar los bancos sería el de simple intermediación, si así lo desean sus clientes, entre gente que tiene dinero (ahorradores) y gente que quiere ese dinero para invertir, cobrando también un fee por esa mediación. Esto no daría lugar en sí mismo a ningún tipo de depósito. Pero, ciertamente, el volumen de estas transacciones directas sería tan solo una pequeña fracción del dinero disponible, puesto que la inmensa mayoría de los ahorradores necesitan la inmensa mayoría de su dinero de una forma continua, para los gastos diarios, aunque sus ingresos sean esporádicos. Todo lo más lo pueden “inmovilizar” duranteuno o dos años. Como es natural, estos mini ahorradores jamás podrán poner su dinero en un proyecto empresarial que lo quiera a 6 años. Esto es lo que se llama transformación de plazos del que hablaremos más adelante, pero que el pequeño ahorrador no puede asumir. Por tanto, si un banco no puede prestar los depósitos que tiene de sus ahorradores, sólo una pequeña fracción del dinero disponible por los ahorradores estaría en disposición de entrar en el circuito generador de riqueza llegando directamente a las empresas. El resto estaría en depósitos que, como hemos dicho en la hipótesis de partida, no se pueden prestar. Cierto que esto se puede paliar, al menos en parte, mediante la liquidez que proporciona otra de las bestias negras de quienes no entienden muy bien el sistema. La bolsa. Pero no es el momento de meternos ahora en este jardín. Y aquí se acabaría la película. Hoy en día, este servicio de mediación sin intermediación lo están prestando los bancos y otras instituciones de inversión a través de los fondos de inversión.

Si, en esta situación, una empresa viese que tiene una magnífica oportunidad para ampliar su negocio y así generar más riqueza, lo que tendría que hacer es esperar los años necesarios para, con el dinero que gana sin esa oportunidad menos lo que reparta de dividendos, llegar a reunir lo necesario para aprovechar esa magnífica oportunidad. Y si en vez de empresas hablamos de particulares, si uno se quiere comprar la casa de sus sueños (o el coche), debe empezar ahora mismo a ahorrar poquito a poco de su sueldo para, dentro de, tal vez 20 años, poder hacer su sueño realidad. ¿Podemos elegir vivir en un mundo así? Por supuesto que podemos. Alguien podría pensar que ese mundo sería idílico, pero en realidad sería terrible. Seguiríamos viviendo como en la era preindustrial. Y para aquellos que crean que la era preindustrial era idílica, les diría que la mortandad infantil y las muertes por hambrunas devastadoras eran la norma en todo el mundo. Si a pesar de todo quisiera irse a vivir a esa época, le auguro que antes de tres días estaría suplicando volver a este mundo tan poco idílico del que se había ido tres días antes. Así que la humanidad, decidió que no quería vivir así y yo me alegro de ello. Decidió que quería ser capaz de crear riqueza para salir del hambre.

Y aquí entró en juego –bendito sea Dios– la reserva fraccionaria. Pero, antes de seguir adelante creo imprescindible hacer una distinción fundamental entre riqueza y dinero. La riqueza es el conjunto de bienes que un país, un continente o la humanidad puede generar. El dinero es sólo un medio de pago para poder intercambiar esa riqueza. Pero, necesariamente, tiene que haber una proporción entre el dinero disponible, la llamada masa monetaria y la riqueza generada. Cuál sea la proporción áurea entre estas dos variables es algo que excede de lejos el propósito de estas líneas, pero es evidente que la riqueza no puede crecer si la masa monetaria se queda estancada. Y, por otro lado, si la masa monetaria se desboca más allá de la riqueza que se cree, los efectos de este desfase serían perversos.

Volvamos a la empresa que tenía esa magnífica oportunidad de ampliar su negocio y generar riqueza. Pensemos, por otro lado, en un banco que no puede prestar sus depósitos pero que se da cuenta de que, por la ley de los grandes números, la cantidad total de esos depósitos permanece razonablemente estable, con pequeñas fluctuaciones, a pesar de que los depósitos individuales de los ahorradores sufriesen grandes variaciones. Este banco, estaría pensando en que podría prestar una buena parte de esa masa total de depósitos. Pongamos que cree que sería razonable prestar el 80%, ya que nunca las fluctuaciones superan el 20%. Si pudiese prestar ese 80% a empresas que lo podrían utilizar para crear riqueza o a particulares que quieren comprarse viviendas o coches, aquéllas generarían nueva riqueza y éstos harían sus sueños realidad. A su vez, los pisos y coches comprados por éstos, darían lugar a nuevas oportunidades a nuevas empresas para producir pisos, lo que brindaría oportunidades de trabajo para más gente. Y todo ello a un ritmo mucho más y más rápido. Los bancos y las empresas estarían encantados de que fuese así. Pero, ¿y los ahorradores? Si estos creyesen que esto no iba a poner en peligro la liquidez de sus ahorros, para poder pedirlos cuando quisieran, ni su existencia, porque se prestasen a quien no puede devolverlos y si, además, el hecho de que esto se hiciese así, llevase a que no le cobrasen por tener su dinero depositado en el banco sino, al contrario, en determinados casos, le pagasen un interés, le podría parecer estupendo. Dicho y hecho. El que quiera que esto sea así, adelante y, el que no, puede tener su dinero en un fondo de inversión, como se ha visto anteriormente. Puede pensarse que habría gente que prefiriese tener sus ahorros en depósitos que no se prestasen. Si esto fuese así, existirían depósitos y fondos de inversión en cuyos estatutos figurase que el dinero estaría en total liquidez. Por supuesto, no producirían ninguna rentabilidad y se le cobrarían al ahorrador unos fees de “almacenamiento”. El hecho de que no existan esos fondos indica que nadie quiere depósitos que no se presten y que cuesten dinero. Si alguien los quisiese, no cabe la menor duda de que los bancos y otras instituciones de inversión los crearían. No los crean por la sencilla razón de que nadie los quiere.

Pero, claro, ese 80% del dinero inicial de los depósitos, acabaría, a su vez depositado en un banco. Entonces, la masa monetaria del sistema sería de 180 porque los depósitos son dinero (¿Hay alguien que considere que el dinero que tiene depositado en el banco no lo es?). Pero, esos 80 nuevos, a su vez se prestarían y, también ellos, acabarían en nuevos depósitos del sistema bancario, con lo que la masa monetaria sería 180+80*0,8=180+64=244. Se puede demostrar sin mayor dificultad (aunque no lo voy a hacer aquí) que si esto se repitiese indefinidamente, la masa monetaria acumulada sería de 500, es decir, se produciría una multiplicación por 5 de la cantidad de dinero inicial.

Y si este crecimiento de la masa monetaria estuviese impulsado por las oportunidades de creación de riqueza de empresas y particulares, el equilibrio entre masa monetaria y riqueza se mantendría. Habría el dinero que las empresas necesitan para generar riqueza, pero no tanto que apareciesen los perniciosos efectos de su exceso. Volveré más adelante sobre esto. Por supuesto, con esta intermediación aparecerían dos riesgos que antes existían. El riesgo de crédito y el riesgo de liquidez. Y, como todo en esta vida, esto se puede gestionar bien o mal. Pero el que un fenómeno tenga un riesgo que se pueda gestionar bien o mal, no es algo que afecte a la bondad o maldad intrínseca del fenómeno. Si así fuese, sería éticamente inaceptable cualquier actividad que entrañase el más mínimo riesgo y eso es algo sencillamente ridículo, además de imposible. El antídoto contra una mala gestión de los riesgos puede venir por dos vías, una liberal y otra intervencionista/proteccionista[1]. La liberal se basa en que los bancos tengan que ser transparentes en su política de riesgos y que los ahorradores actúen con libertad y responsabilidad decidiendo a quién dejan sus ahorros y de qué forma, con permiso para prestarlos o sin permiso para prestarlos y pagando por ello. La proteccionista/intervencionista regularía los parámetros que los bancos tengan que cumplir obligatoriamente. Hoy en día, sin duda, estamos en la vía proteccionista/intervencionista, en dos parámetros que todo banco debería gestionar pero que, en gran medida, lo gestionan por ellos los organismos reguladores. Ni quito ni pongo rey sobre cuál de las dos vías sería mejor. Hay muchísimos pros y contras, razones y sin razones por un lado y por el otro y creo que ninguna de las dos soluciones en estado puro es la ideal.

¿Cuáles son esos dos parámetros? Por un lado, precisamente, el porcentaje de los depósitos que se pueden prestar y, por otro, el capital que tienen que tener los bancos.

Vamos con el porcentaje de depósitos prestable. En una primera aproximación –y no voy a entrar en una segunda– ese porcentaje debería estimarse estadísticamente contestando a la pregunta de: ¿qué probabilidad estoy dispuesto a asumir de que ante una muy alta demanda de fondos en un momento dado no pueda hacer frente a esa demanda? La respuesta que no vale es el 0% porque eso sería soñar con un mundo de riesgo 0 que no existe, pero sí debería ser baja. Un banco cuyos depósitos experimentasen muy fuertes altibajos del saldo y aceptase una probabilidad alta de falta de liquidez, podría prestar un porcentaje muy bajo de sus depósitos. En el otro extremo, un banco que tuviese una gran estabilidad en su saldo de depósitos y estuviese dispuesto a asumir un riesgo más bajo de iliquidez, podría permitirse prestar una mayor parte de sus depósitos. La transparencia sobre esto no es muy complicada –insisto, en una primera aproximación–. Con publicar datos de volatilidad de los depósitos, porcentaje de riesgo de iliquidez asumido y el porcentaje de sus depósitos prestados, habría elementos para que se pudiese juzgar la conveniencia de tener el dinero en un banco u otro. Yo no tendría mi dinero en el primer banco de los dos ejemplos anteriores a no ser que tuviese un bajísimo porcentaje de depósitos prestados. En cambio me sentiría cómodo con mi dinero en el segundo banco de los ejemplos, aunque prestase un mayor porcentaje de sus depósitos.

La necesidad de capital responde a otra pregunta distinta. ¿Dado el riesgo de crédito que tiene un determinado banco y la probabilidad que está dispuesto a aceptar de perder no sólo sus fondos propios sino de llegar a perder parte del dinero de sus depositantes, cuánto capital debería tener el banco? Un banco que preste a malos prestatarios pero que exija un riesgo muy bajo de perder todos sus fondos propios, necesitará tener mucho capital. En cambio, otro banco que preste sabiamente a gente que paga en tiempo y forma y que aceptase un alto riesgo de perder todos sus fondos propios, estimaría razonable un capital muy bajo. Otra vez, no es –en una primera aproximación– excesivamente difícil ser transparente con estos parámetros. Como he dicho antes, se trata de buscar un equilibrio entre la responsabilidad y la transparencia de los inversores y depositantespor un lado y la regulación proteccionista/intervencioniesta por otro.

No obstante es importante ver dos cosas respecto al capital y al porcentaje de reserva. Si un banco opta, o es obligado por la regulación, a tener mucho capital, dado que el capital es una fuente de financiación cara, para obtener la rentabilidad necesaria tendría que prestar más caro. Y si además optase por tener un alto porcentaje de reserva que, en general de da una baja rentabilidad (o cero), tendría que compensar con el dinero que presta la falta rentabilidad de esa reserva de liquidez. Es decir, también tendría que prestar más caro. Por tanto, cuanto mayor sea el capital que tengan los bancos y cuanto mayor sea el porcentaje de reserva de liquidez, más caro será el crédito. No hay nada que objetar a esto, pero conviene saberlo.

Pero no es el objeto de estas páginas ver dónde deberían situarse esos listones de liquidez y capital, sino expresar mi convicción razonada de que para que se produzca generación de riqueza a un ritmo aceptable es imprescindible la posibilidad de que los bancos presten en cierta medida parte de los depósitos y cubran con capital de forma razonable el riesgo de que las pérdidas alcancen a los ahorradores. Sin eso, no hubiera habido desarrollo y, con toda probabilidad estaríamos en el nivel de riqueza de los primeros años de la revolución industrial. Naturalmente, este desarrollo, como cualquier otro avance, no se consigue sin la asunción de determinados riesgos. Lo importante es que éstos estén adecuadamente controlados y gestionados. Por supuesto, somos libres para decir si queremos un mundo sin riesgo de liquidez y de crédito, pero sin desarrollo o lo que tenemos ahora. Sin embargo, creo que quien diga que prefiere lo primero, lo dice por una determinada posición ideológica, del signo que sea, que no resistiría de ningún modo la prueba de la máquina del tiempo a la que he hecho alusión antes.

Pero no quiero dejar estas líneas sin tratar en ellas el tema, tremendamente espinoso, de la regulación de la masa monetaria, habida cuenta del proceso descrito de multiplicación del dinero. El principio de partida es, como he establecido antes, que el crecimiento de la masa monetaria debe venir impulsado por la generación de riqueza y guardar una razonable proporción con ésta. Si se crea más dinero del necesario, el exceso de éste crea burbujas que, tarde o temprano acaban en una crisis. Si se crea menos dinero del necesario, la economía empieza a chirriar y se ralentiza hasta llegar, en último extremo, a paralizarse. Por eso es importante preguntarse quién es el responsable del tamaño de la masa monetaria, quién la regula. Podría pensarse que, dado que la multiplicación de la masa monetaria proviene del préstamo de los depósitos por parte de los bancos, la responsabilidad la tienen éstos y que son ellos quienes la regulan. Esta presunción es absolutamente errónea y voy a explicar por qué lo es.

Como se ha visto anteriormente, el factor multiplicador del dinero depende de a cuanto ascienda la reserva de los depósitos. Con una reserva del 5%, por ejemplo, es decir, si los bancos pudiesen prestar el 95% de los depósitos, el factor multiplicador del dinero sería de 20. Es decir, si el dinero inicial fuese de 100, se habría convertido en 2000. Supongamos ahora que se considera que esta masa monetaria de 2000 guarda un razonable equilibrio con la generación de riqueza. Ya se ha visto que el porcentaje de reserva es algo regulado en mayor o menor medida por la prudencia y, en ausencia de ésta, por los poderes públicos, sean éstos los que sean. Pero supongamos que no existiese esa regulación y que los bancos, irresponsablemente, decidiesen disminuir la reserva al 3%, es decir, prestar al 97% de los depósitos. Esto llevaría el multiplicador a 33,3lo que, a su vez, elevaría la masa monetaria de 2000 a 3333, es decir un 67%. A la vista de esto, se podría decir que si los bancos tuviesen total libertad para fijar el porcentaje de reserva, la cantidad de dinero se dispararía. Pero, aparte de que no tienen esa libertad, ocurre que tampoco les interesa. Por una razón muy sencilla, porque una cantidad excesiva de dinero llevaría a unos tipos de interés muy bajos y los bajos tipos de interés son algo contrario a la cuenta de resultados de los bancos. ¡Qué más quisieran los bancos europeos de hoy que desapareciesen los tipos de interés negativos causados por quien sí tiene el poder omnímodo para crear dinero!

Pero demos un paso más. Imaginemos que, a pesar de todos los pesares, disminuyesen el porcentaje de reserva y, al hacerlo, aumentasen disparatadamente la masa monetaria. Esta masa monetaria es medible y, de hecho, las autoridades monetarias la miden continuamente. Si viesen que la cantidad de dinero se disparase por la irresponsabilidad de los bancos, tendrían dos métodos para frenar ese aumento. El primero, ordenar que el porcentaje de reserva volviese inmediatamente al 95%. Tienen autoridad para ello. Pero hay otro método menos autoritario para hacer esto. Según acabamos de ver, la actuación disparatada de los bancos de bajar el porcentaje de reserva del 5% al 3% había hecho que el multiplicador pasase de 20 a 33,3 e hiciese crecer la masa monetaria de 2000 a 3333 con una base de dinero de 100. Pues bien, las autoridades monetarias tienen diversos medios para reducir esa base monetaria de 100. Y si con ese multiplicador de 33,3 la redujesen de 100 a 60, la masa monetaria total, tras la multiplicación por 33,3, volvería a ser 2000. Si ese nivel de 2000, anterior a la supuesta movida de los bancos, fuese aceptable en relación con la generación de riqueza, la situación no se deterioraría en absoluto. Y modificar la cantidad básica de dinero es coser y cantar para los bancos centrales. Por tanto, queda demostrado que la masa monetaria disponible es responsabilidad, única y exclusivamente, de las autoridades monetarias. Así que, “al César lo que es del César…”

Fueron estas autoridades monetarias, básicamente la FED y el BCE, quienes tienen en EEUU y Europa el monopolio de la creación de dinero, los que durante un largo periodo de precrisis anterior al 2007 se dedicaron a crear ingentes cantidades de dinero para mantener artificialmente bajos los tipos de interés en la creencia, bastante estúpida, por cierto, de que esto era bueno para la economía a largo plazo. Esto hizo que apareciesen las burbujas de crédito y de activos como vivienda, que desembocaron en la crisis de la que a duras penas estamos saliendo. Y son ellos los que siguen empeñados en continuar creando ingentes cantidades de dinero que han llevado a los tipos de interés negativo y a cuyas nefastas consecuencias nos tendremos que enfrentar tarde o temprano. Y lo hacen porque la expansión monetaria camufla la necesidad de reformas estructurales enormemente impopulares que los gobiernos se resisten a tomar porque, muy probablemente, les lleven a perder las elecciones ante el populismo rampante. Esto del exceso de dinero es como la morfina en sustitución de la cirugía  para una persona que sufre grandes dolores por una causa que hace necesaria una intervención quirúrgica que no se quiere abordar. El dinero es el único producto que cumple con tres condiciones especiales que lo hacen explosivo. A) Crearlo tiene coste 0. B) Se crea por interés político y C) Tiene efectos “sedativos” que enmascaran las causas reales del malestar económico. Para evitar las consecuencias perversas de la expansión monetaria se pensó, dentro de la división de poderes, que las autoridades monetarias no estuviesen supeditadas a los gobiernos. Pero ocurre que, aún admitiendo que esta independencia fuese cierta (cosa más que dudosa. A título informativo diré que Miguel Ángel Fernández Ordóñez fue el primer Gobernador del Banco de España con carnet de partido en la boca –del PSOE, por cierto), si los gobiernos se niegan a aplicar las medidas estructurales para que la economía funcione de una forma sana, las autoridades monetarias no tienen el valor de cortar el suministro de morfina, no sea que los familiares del paciente le apedreen. O por lo menos, no lo están teniendo en esta coyuntura histórica.

¿Qué hacer entonces? Establecer por ley límites infranqueables que eviten un desfase excesivo entre la creación de riqueza y la de dinero. Pero, ¿quién le va a poner ese cascabel a éste gato? ¿Los políticos? Me permito dudarlo.

Como conclusiones. 1ª Podemos volver a un mundo con reserva total pero, sencillamente, nadie quiere sus consecuencias, como se ha dicho más arriba. 2ª No son los bancos los que regulan la masa monetaria y,3ª,si el hecho de que exista la reserva fraccionaria puede llevar a la expansión incontrolada de dinero, pongamos límites a quienes tienen el poder de hacerlo.

Quiero, para terminar, expresar mi estupor ante algo que me sorprende y me apena. Admiro a la llamada escuela austriaca de economía que es de corte profundamente liberal y que cree en la capacidad del ser humano para elegir. Pero, he aquí, que los gurús de esta escuela, a los que admiro, son contrarios a la reserva fraccionaria. Y lo son, creo, por un motivo equivocado. Piensan que las personas que gastan sus ingresos de forma regular a lo largo de breves periodos de tiempo, no son ahorradores y que, por tanto no se pueden prestar sus depósitos. Esto sería totalmente cierto si se mira los depósitos de cada uno de ellos por separado. Pero agrupados, ocurre que también estos depósitos presentan una base estadística que no está sujeta a fluctuaciones. Sobre esa base hay un determinado volumen de fluctuaciones mensuales y de corto plazo. Por supuesto, esas fluctuaciones entrarían en la parte de los depósitos que deberían estar sujetas a reserva de liquidez. Pero es que ese es el principio expuesto más arriba y eso de ninguna manera invalida la validez de la reserva fraccionaria. Pena tener que discrepar de una escuela de pensamiento económico de la que me siento tan afín. Pero, el hecho de no estar de acuerdo en un aspecto del mismo, no implica que, en su conjunto, no me parezca la escuela de pensamiento económico que mejor responde a las necesidades de libertad del hombre y a una economía basada en esa libertad.



[1] No utilizo el término proteccionista en el sentido del proteccionismo arancelario, sino para designar la protección del Estado al ciudadano de sus errores.

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