12 de julio de 2016

Me da pena mi Dios

Sé que el título de estas páginas puede sonar a “herejía” y a contrasentido. ¿Yo, miserable ser humano, sujeto a dolor, enfermedad y muerte, menos que una mota de polvo en el universo que Él ha creado, me voy a compadecer de Dios? ¿No será al revés? Es Dios quien se puede compadecer -y se compadece- de la débil naturaleza humana y no al revés. Ciertamente es así. Pero Dios no sólo se compadece de los pobres seres humanos, sino que esa compasión le hace sufrir o, más bien podría decirse, tiene compasión porque sufre al vernos sufrir. ¿Qué cómo puede Dios sufrir? Por supuesto, no en su naturaleza divina, pero sí en su naturaleza humana, en Cristo. Porque Cristo, ya existía desde toda la eternidad. Nos lo dice san Pedro en su primera carta: “Cristo estaba presente en la mente de Dios antes de que el mundo fuese creado” (1 Pe 1,20). Cristo, Dios y hombre. No sólo el Hijo, segunda persona de la Trinidad, sino Cristo, con sus dos naturalezas, humana y divina. También lo dice san Juan en su Evangelio y san Pablo en su carta a los romanos: “Antes de que Abraham naciera, yo soy”. (Jn 8, 58); “Padre […] tú me amaste antes de la creación del mundo”. (Jn, 17, 24); “[…] al Dios que ha revelado el misterio mantenido en secreto desde la eternidad”. (Romanos 16, 25). Ese misterioso secreto era la encarnación de Cristo que, existente en la mente de Dios, esperaba el momento de manifestarse. Y es indudable, que Cristo sufre. Así se ve en dos pasajes del Evangelio en los que llora de pena por Jerusalén y por la muerte de su amigo Lázaro.

Me imagino a Dios, circuito de amor desbordante de las tres Personas, desbordando su amor para crear criaturas que pudiesen ser felices amándole. Y amando especialmente a la más pequeña que había imaginado en su mente. Esa mínima criatura sería, sin embargo, la imagen de ese Cristo que existía desde toda la eternidad unido en una persona con dos naturalezas al Hijo. Una criatura tan pequeña que viviese en un mundo de tan sólo tres dimensiones, el mínimo posible. El más pequeño y al que más tiernamente amaría, porque era un “capricho” del Hijo. Un “capricho” pensado desde toda la eternidad. Para ello empezó la más impresionante obra de ingeniería imaginable. Para hacer realidad el regalo al Hijo, crearía el universo. Lo creó en germen, metiendo en un espacio inferior a la punta de una aguja todo lo que en potencia podría llegar a ser. Ideó unas leyes impresionantes que harían que ese germen se desplegase en una evolución inaudita. Esa punta de alfiler empezó a extenderse y a enfriarse. Los cuarks se unieron y aparecieron los primeros átomos de hidrógeno. Al hacerlo, el universo se hizo transparente y la luz, quedó liberada para viajar. La sopa de hidrógeno tenía grumos y, alrededor de ellos, por una de sus leyes, la de la gravedad, empezaron a formarse estructuras complejas. En un momento dado, en el centro de una nube de hidrógeno, de acuerdo con otras de sus leyes, saltó la chispa y se encendió la primera estrella. Y después otra, y otra, y otra… Pero estas estrellas, como los granos de una uva están agrupados dentro de la misma, estaban agrupados en cúmulos estelares. Y como las uvas se agrupan en racimos, éstos estaban agrupados en galaxias. Y éstas, a su vez, como los racimos se encuentran dentro de la vid, se se hacinan en cúmulos de galaxias que, como las vides se agrupan en viñedos, forman super cúmulos de galaxias y… Algunas estrellas explotaban y mandaban al cosmos las semillas de elementos nuevos, combinaciones de Protones, neutrones y electrones en mezclas geniales creadas por sabias leyes. Con estos nuevos elelemtos vagando por el cosmos, ya podía aparecer una cosa llamada vida. Otras estrellas que se seguían formando a partir de ese magma enriquecido, lo hacían, además, con unos anillos que, en su momento, siempre siguiendo el diseño marcado por las sabias leyes pensadas por Dios, se transformaron en pequeños granos que orbitaban a su alrededor. Al tiempo, al menos uno de esos granos, reunía las condiciones para que esa extraña e improbabilísima cosa llamada vida apareciese. Y, al menos en uno de esos granos, apareció. Y no sólo apareció, sino que, siempre siguiendo las leyes creadas desde el principio, evolucionó hacia formas cada vez más complejas. Una de ellas desarrolló un improbable órgano que sería el soporte físico, el hardware, necesario para soportar un software de una naturaleza distinta que la quincalla del hardware. Había llegado el momento. Todo el universo, en su magnífica ingeniería, en su impresionante grandeza, no era otra cosa que el soporte para que a unos seres insignificantes a escala cósmica se les regalase un software capaz de entender, eventualmente, esa imponente obra de ingeniería. Es decir, insignificantes en su hardware pero del tamaño del universo en su inteligencia.

Pero ese software era mucho más que la inteligencia. Era capaz de acceder a la verdad, la bondad y la belleza. Era capaz de amor. Dios había soñado que esos seres tan peculiares, le amasen, como Él los amaba a ellos. Y que, amándole a Él, se amasen entre ellos, creando una sociedad de amor a la que nunca le faltaría de nada. Su software no sólo estaría a la altura del cosmos, sino que lo trascendería. Estaría también fuera, más allá de él, con Él. Así, desde ese más allá, podrían conseguir que su software mandase al universo. Tendrían siempre, al alcance de la mano todo lo que necesitasen para construir ese mundo de felicidad plena. Jamás habría escasez. Sólo tendrían que pedírselo a Él. No, ni siquiera tendrían que pedírselo, les bastaría desearlo en su Nombre y lo tendrían instantáneamente. Por amor. No habría pena, ni muerte, ni dolor, ni mal, ni lágrimas. Pero había un “pequeño” problema. Esos seres, para poder amarle y lograr todas esas cosas por amor, deberían ser libres. El cosmos entero giraba en un vals lleno de armonía bajo la batuta de Dios. Pero, el cosmos no era libre. No podía amar. Y por eso Dios, en su amor por esos seres, en su deseo de hacerles felices amándole, les concedió la libertad. Cuanto más pienso en lo que representa para Dios habernos hecho libres, más me asombro, porque para hacer al hombre libre, Dios tuvo que autolimitarse. Y lo hizo por amor.

Tuvo que renunciar por amor a una parte de su omnipotencia, para no poder obligarnos a hacer nada contra nuestra libre voluntad. Y tuvo que renunciar también a una parte de su omnisciencia, porque si supiese lo que íbamos a hacer, como el conocimiento de Dios es perfecto, lo que conoce, ES y, entonces, nuestra libertad sería tan sólo una ficción. Pues bien, Dios renunció a ambas cosas. Como dice Gustave Thibon: Dios ha consentido por amor en no ser todo, para que nosotros pudiéramos ser algo”. Pero, aún sin saber lo que los hombres iban a hacer, podía soñar lo que esperaba que hiciesen para que su plan de felicidad plena se realizase. Imagino a Dios en el momento en que concedió a los hombres su software conteniendo la respiración en espera de que el uso de nuestra libertad permitiese hacer realidad su sueño de amor. Cristo estaba preparado para encarnarse y, uniendo su naturaleza humana a la nuestra, dar el estatus de definitivo al sueño del Padre. Pero no, el hombre, cuando se vio manejando en Nombre de Dios todas las fuerzas del universo, decidió que no quería hacerlo en Su Nombre, sino en el suyo propio. Y todo se hundió. El vergel se convirtió en desierto, en tierra quemada y asolada. El sueño de Dios, que llevaba miles de millones de años materializándose, se derrumbó estrepitosamente, ardió como un montón de paja. Y, por supuesto, el software de los hombres, se deterioró. Y Dios… lloró.

No quiero fijarme aquí en el hombre. He oído muchas veces la queja: ¿Por qué yo tengo que padecer lo que hicieron los primeros seres humanos? Es mirarse el ombligo. Quiero fijarme en la tristeza del Cristo preexistente. En sus lágrimas, que se repetirían a lo largo de la historia: “¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces he querido reunirte debajo de mis alas como la gallina reúne a sus polluelos u tú no has querido!” Así lloró Cristo, una vez más, ni la primera ni la última, ante el sufrimiento de la humanidad por su rebeldía. ¿Dónde estaba Dios en Auschwitz? Estaba en la fila de los priaioneros que iban a ser gaseados. Era ese niño que lloraba. Al lado de ese sufrimiento infinito, ¿qué es mi sufrimiento, qué mi dolor, qué mis lágrimas? No son un castigo. Dios no castiga. Son tan sólo un pálido reflejo de su sufrimiento, de su dolor, se sus lágrimas, una consecuencia de esta tierra quemada al que hemos reducido su sueño. Por eso me da pena mi Dios, porque su sufrimiento es infinito. Tan infinito como Él mismo. Pero, ¿tal vez Dios, decepcionado del hombre porque no había estado a la altura de su sueño, decidió abandonarlo? De ninguna manera. Cierto que Dios había renunciado a parte de su omnisciencia y no sabía lo que íbamos a hacer. Pero sí había previsto que eso podría ocurrir. Y desde el día siguiente a la catástrofe puso en marcha su plan B, el que también tenía previsto y pactado con Jesucristo, con el Hijo, desde toda la eternidad. Habría que reavivar el jardín, el vergel que Él había soñado. Pero su omnipotencia, a la que había en parte renunciado ante nuestra libertad, no podía hacerlo sola. Necesitaba de nosotros, de nuestra libertad, de nuestro amor, para que el sueño se hiciese realidad desde las cenizas a las que había quedado reducido. Eso sí, no estaríamos solos. En ese plan B, desde el día D+1 empezó un proceso educativo sustentado en una promesa. Cristo se encarnaría, pero no para que nuestra naturaleza humana se uniese a la suya sin solución de continuidad, sino para sufrir exactamente los mismos sufrimientos que nosotros, además de los que sufría como Dios. Y para que, a través de ese sufrimiento y con su ayuda, pero no sin nuestra aportación, fuésemos capaces de restaurar nuestro software y recrear con Él el vergel que habíamos calcinado. Pero había que pasar por una nueva prueba de libertad. Está la pasó una pequeña jovencita judía: María. La soñada por Dios. Así dejé escrito este momento en mi libro “El Señor del azar”:

Así pues, llegado el momento adecuado de la historia, fue concebida una niña en un pequeño rincón del mundo […]. La niña creció, se hizo mujer, y llegó el momento de plantearle la gran cuestión. ¿Querría participar en el Plan de Dios y concebir milagrosamente al Salvador anunciado por el Antiguo Testamento? Desde luego, María, como buena judía que era, debía conocer de memoria, por imperativos de su propia religión, todos los libros de la Ley judía, que son, salvo algunas excepciones, que los que forman lo que llamamos el Antiguo Testamento. Por lo tanto, cuando le fue planteada la cuestión, ella sabía lo que se le estaba proponiendo. El Evangelio de san Lucas nos dice que fue el Arcángel Gabriel el que se la planteó. Veinte siglos de repetición de la historia, de arte y de sensiblería, nos ocultan la crudeza del tema. Imagínese el lector a una pobre jovencita aldeana, que ha decidido llevar una vida sencilla dedicada a la contemplación y a la oración, desposada, pero todavía no casada, con un hombre con el que había llegado al acuerdo de no tener ninguna relación sexual. En un instante, una aparición que no debía tener nada de tranquilizadora le pregunta, de un solo golpe, si quiere ser madre del Rey Mesías, del Hijo del Hombre, del Siervo Sufriente y del mismo Dios. Todos los profetas del Antiguo Testamento, Moisés, Jeremías o Jonás, por poner algunos ejemplos, aceptan su elección como una pesada carga de la que en repetidas ocasiones se lamentan amargamente. Y debían ser hombres curtidos. Qué losa debió caer sobre esa pobre muchacha. Y sin embargo, a ella solo se le ocurre una pregunta. "¿Cómo ha de ser eso si no conozco varón?" A lo que se le responde que no es necesario, que su desposado, y cualquier otro hombre, será ajeno a todo. Supongo que por mucha que fuese la ingenuidad de esa pobre chica, no se le ocultarían los enormes problemas que podría tener. Aunque la lapidación de las adúlteras era una ley que había caído en desuso hacía tiempo, el panorama no debía ser nada tranquilizador. Y sin embargo, sin preguntar más, con una sencillez que causa más asombro cuanto más se reflexiona, ella no responde nada más ni nada menos que: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí segun tu palabra". Compárese esta sencilla respuesta con la opinión que le merece a Jeremías la responsabilidad de haber sido elegido por Yavé como su heraldo. "Maldito el día enque nací; el día en que mi madre me parió no sea bendito. Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: << Te ha nacido un hijo varón>>, llenandole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que Yavé destruyó sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos, y al mediodía alaridos. ¿Por qué no me mató en el seno materno, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna de sus entrañas? ¿Por qué salí del seno materno para no ver sino trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta?" Jeremías(20, 14-18). ¿Pudo haberse negado María? A mí no me cabe la menor duda. Dios necesita de nuestra libertad para nuestra salvación. Imagino a todos los seres conscientes de la Creación, que conocían el Plan de Dios y deseaban la restauración de Humanidad, con la respiración contenida, esperando la respuesta. Imagino a la propia Humanidad, si fuese consciente de su suerte, esperando, como un reo sometido a juicio, la lectura de su veredicto de condena a muerte o de amnistía. Puedo oír el suspiro de alivio y hasta el sollozo de alegría, después de la tensión contenida, de todos los seres creados. "Hagase en mí según tu palabra". Luz verde, vía libre, adelante. Una pequeña mujer ha abierto el camino de la Salvación. "¡Bendita tú entre las mujeres!" le dirá inspirada por Dios su prima Isabel. "Una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones" le dirá, también inspirado por Dios, el anciano Simeón anticipando la visión del Siervo Sufriente. Por su parte, Jesús sancionó todas estas alabanzas cuando en medio de la muchedumbre, alguien gritó: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron", a lo que Él respondió: "Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan", frase que, lejos de disminuir el mérito de María, lo traslada de una razón biológica a otra espiritual.


Por supuesto, el proceso de restauración llevaría tiempo pero, ¿qué era eso comparado con los quince mil millones de años que había llevado la preparación del terreno?

Y, entonces, Dios, apretó los ojos y los puños y se puso a soñar con mayor intensidad. Para reconstruir su sueño tuvo que fragmentarlo en centenares de miles de millones de nini-sueños. Tantos como seres humanos iban a pasar por este mundo a lo largo de su existencia. Pero sus mini-sueños no podían alterar la libertad de cada uno de esos seres humanos. Cada uno de ellos tenía que dejarse soñar por Dios. La continuación de la frase de Gustave Thibon citada anteriormente nos da la clave. La primera parte, decía: Dios ha consentido por amor en no ser todo, para que nosotros pudiéramos ser algo…”. La frase continua: “…; es necesario que nosotros consintamos por amor en no ser nada, para que Él vuelva a serlo todo. Se trata, por tanto de abolir en nosotros el yo. [...] Fuera de esta humildad total, de este consentimiento incondicional a no ser nada, todas las formas de heroísmo y de inmolación, siguen sometidas a la gravidez y a la mentira. No se puede ofrecer más que el yo. Si no, todo lo que llamamos ofrenda no es otra cosa que una etiqueta puesta sobre una revancha del yo”. ¡Humildad total! ¡Quien la pudiera conseguir! Está completamente fuera de nuestro alcance. Sólo podemos hacer una cosa: exponernos a su amor, como a una radiación que viene de fuera y que nos transforma. Me voy a permitir una comparación osada.

El otro día vi en televisión un reportaje sobre niños y adultos autistas o con síndrome de Asperger. Me pareció que querían a toda costa ser amados por sus padres pero que, al mismo tiempo, se resistían de forma dolorosísima a recibir ese amor. Sólo algunos padres que perseveraban hasta un grado heroico lograban hacer la barrera algo más permeable, en mayor o menor medida. El otro día, sin embargo, vi en misa, en un banco varias filas delante de la mía a un niño con síndrome de Down que estaba con sus abuelos. ¡Era todo lo contrario! Se deshacía en ternura, cariños y mimo hacia sus abuelos. Pedía cariño y lo recibía. Me emocioné profundamente. Recé: “Dios mío, permíteme ser ante ti un niño con síndrome de Down. Transforma mi autismo, que a menudo se resiste a tu amor aunque lo necesita en síndrome de Down o, si no, persevera para hacer permeable mi barrera. ¡Quiero con toda mi alma dejarme soñar por ti!”

Y creo firmemente, aunque no por experiencia, porque sigo en mi autismo ante Dios, que en el momento en que uno permite a Dios que le sueñe, las cosas empiezan a ser distintas. Nada se te hace más fácil en la vida. Nada se resuelve automáticamente. Pero nuestra vida fluye entre las dificultades como el agua baja por el cauce de un torrente sin estancarse. Se golpea con las piedras, se roza con el fondo, pero no se estanca. Las obras de quien se deja soñar por Dios puede que sean las mismas, pero son distintas. Porque no salen del yo, sino que salen directamente del sueño de Dios. Fluyen. Eso no evita el esfuerzo y el sacrificio, pero esa fluencia hace que se vivan desde la alegría, desde la aceptación feliz. Dejan de ser “una etiqueta puesta sobre una revancha del yo”.

Como soy persona más de imágenes que de razonamiento abstracto, me voy a atrever a proponer otro recuerdo mío. Allá por mis 16 o 17 años, me dio por hacer puzles de forma compulsiva. Compraba los más grandes y dedicaba una enorme cantidad de tiempo, que robaba de otras actividades más productivas, a construirlos. En el afán del “más difícil todavía”, los compraba sin echar siquiera un vistazo a la imagen que se trataba de formar con el puzle. Y los intentaba construir sin poner debajo esa imagen, completamente a ciegas. Era una labor ardua. De repente encontrabas dos piezas que encajaban, pero no sabías dónde ponerlas. Las dejabas aparte y poco a poco esa isla empezaba a crecer al tiempo que aparecían otras islas de piezas. Todas flotaban en el vacío pero, poco a poco, cada isla iba dejando intuir una figura con sentido, aunque parcelaria. De repente, dos islas se unían en un ¡eureka! Imperceptiblemente, se empezaba a adivinar el plan global de la imagen. En todo ese proceso, la velocidad de ensamblaje aumentaba exponencialmente. Al final, cada minuto se encontraba una ficha para ponerla en su sitio. Parecerá una tontería decir que a medida que avanzaba ese proceso, sentía una especie de euforia, como si un gas hilarante me saliese del fondo de mis tripas. Y la sensación de colocar la última ficha me hacía correr a comprar otro puzle.

Pues creo que algo así pasa cuando nos dejamos soñar por Dios. Uno se convierte en una ficha colocada por Él en su sitio exacto. Pero no sólo eso. Además, de ese sueño brotan señales, como las feromonas que emiten las hormigas o las abejas para cohesionar el hormiguero o la colmena. Y esas señales atraen a las fichas que deben estar alrededor formando una isla e indican su sitio a fichas lejanas que pueden así iniciar una nueva isla. Y esto no lo hacemos por nuestra sabiduría ni por nuestra fuerza. ¿Qué sabemos nosotros de la imagen que se está dibujando ‘sub espetie aeternitatis’? ¿Qué fuerza nuestra podría mantenernos firmes en nuestro sitio frente a la tempestad de la vida? La sabiduría inconsciente y la fuerza que surge de nuestra debilidad fluyen del sueño con que nuestro Dios nos sueña si le dejamos. No importa qué hayamos hecho de nuestra vida hasta ahora. No importa lo insignificantes que creamos ser. No importan las heridas y traumas que podamos tener. No importa nada. NADA. Porque la sabiduría para encontrar nuestro sitio y las señales de orientación que emitamos desde él surgen de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado para reconciliar al universo con el Padre. En un texto del Papa Juan Pablo II leí que cada vez que celebraba la Eucaristía pensaba que, a través de esa Eucaristía, el universo entero, redimido por la sangre de Jesucristo, era presentado, de nuevo puro, al Creador. Así lo explica también san Pablo en su carta a los Romanos: “La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. [...] La creación entera gime y siente dolores de parto [...] y nosotros mismos gemimos, suspirando por que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo”. (Romanos 8, 19-23)

Y así, poco a poco, las personas que quieren dejarse soñar por Dios, van creando un tapiz de humus del que la tierra calcinada podrá volver a florecer y la estepa árida convertirse en el vergel que siempre debió ser. Y se irá formando la imagen de un mundo redimido, el mundo inicialmente soñado por nuestro Dios. Me permito un último recuerdo. Mi padre era un amante de la jardinería. Cuando yo era pequeño, teníamos una casa en Vitoria con un jardín bastante grande diseñado por él. La casa estaba en el extremo más alto del jardín que bajaba en una suave pendiente. El balcón de la habitación de mi padre daba al jardín. Cada mañana, desde temprano, se pasaba horas en el balcón, con las manos en la barandilla, quieto, moviendo sólo ligeramente la cabeza y los ojos, mirando cada detalle. El paseo flanqueado de tilos y de rosales trepadores encaramados sobre sus estacas, el estanque, lleno de nenúfares y rodeado de una rocalla que explotaba de flores, la inmensa pajarera con pájaros de los más vistosos colores, los sauces llorones, los abetos, las magnolias, los manzanos rebosantes de manzanas en su estación, los prunos que daban una flor rosada al llegar la primavera para cuajarse luego de ciruelas… Luego bajaba y se paseaba por el jardín mirando de cerca cada cosa. Después llamaba al jardinero y le explicaba los trabajos del día, qué tenía que podar, dónde convenía abonar, que había que plantar, qué fruta había que recoger, etc. Yo solía ir a su lado y le miraba. A menudo su mirada se cruzaba con la mía y me sonreía feliz. Y yo le devolvía la sonrisa también feliz. Así me imagino a Dios soñando el mundo que va a volver a restaurar a través de los que se dejen soñar por Él. Feliz viendo más allá del erial que puede parecer.


Pero Dios no sólo tiene capacidad de entristecerse. También la tiene de alegrarse. Nos lo dice el profeta Sofonías: “… el Señor tu Dios en medio de ti es un salvador poderoso. Dará saltos de alegría por ti, su amor te renovará, por tu causa danzará y se regocijará como en los días de fiesta”. (Sofonías 3, 17). Eso le pasa a nuestro Dios cuando nos dejamos soñar por Él. Y por eso me alegro yo también, porque en su alegría nos dice: “¡Da gritos de alegría Sión, exulta de júbilo Israel, alégrate de todo corazón Jerusalén! El Señor ha anulado la sentencia que pesaba sobre ti, […] El Señor es Rey de Israel en medio de ti, no tendrás que temer ya ningún mal”. Por eso, no, no es verdad el título de este escrito, no me da pena mi Dios y la pena que me da la humanidad doliente está llena de esperanza.

2 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

muy bonito el texto!

me recordo a uno que usamos en mi grupo de pastoral en epoca navideña, se llama 'Al principio Navidad', una historia muy tierna de Dios planeando un gran belen todo dispuesto para el dia en que naciera su hijo :-) Lo voy a buscar y te lo mando, google no me ayudo mucho ahora...

solo, permiteme preguntar, me entra la duda de esta parte "Imagínese el lector a una pobre jovencita aldeana, que ha decidido llevar una vida sencilla dedicada a la contemplación y a la oración, desposada, pero todavía no casada, con un hombre con el que había llegado al acuerdo de no tener ninguna relación sexual." La verdad, no me imagino a María así, dedicada así y habiendo llegado a un acuerdo así :-o

Tomás Alfaro Drake dijo...

Hola Javier. Me alegro de que te haya gustado. Me encantaría leer el que me dices, si lo encuentras.

Lo del acuerdo de María y José? Por supuesto, no creo que fuese un acuerdo explícito, escrito y firmado. Pero me caben pocas dudas de que había un acuerdo tácito de virginidad. De otra manera José hubiera estado engañado, en vez de aceptar libre y conscientemente el plan de Dios. Pero, claro, eso solo lo sabremos cuando lo veamos en el cielo, donde espero que nos lleve la misericordia de Dios.

Un abrazo

Tomas