24 de septiembre de 2016

Tres preguntas sobre el impasse político actual

Llevamos unos meses los ciudadanos españoles rasgándonos las vestiduras con indignación creciente por la incapacidad de los políticos para formar gobierno. Incluso me han llegado iniciativas de firmas para pedir que los diputados no cobren el sueldo hasta que haya gobierno. Hasta se ha convocado una manifestación para ello. Nos indigna tener que volver a las urnas en Diciembre. Todo el mundo con el que hablo está de acuerdo con esto, aunque sea con matices. Es de las pocas cosas entre las que se encuentra unanimidad, incluso entre los gallitos peleones de las tertulias televisivas o radiofónicas.

Pero me pasa una cosa. Hace años leí –no me preguntéis dónde, por favor– que en la República Romana, si los magistrados que juzgaban a un reo le condenaban por unanimidad, le dejaban libre. No creo al pie de la letra en la bondad de esta sentencia, pero reconozco que a menudo la unanimidad huele a chamusquina y cuando encuentro un asunto en el que hay unanimidad, me mosqueo y se me exacerba el espíritu crítico. Y esto me ha pasado con lo de la formación de gobierno. ¡Hay que formar gobierno como sea!, oigo decir una y otra vez. Pero, no sé por qué, esta expresión me recuerda al infausto Zapatero cuando en una cumbre Euromediterránea en 2005, el micrófono abierto por descuido, captó esta conversación entre el Presidente del Gobierno y su director de internacional, Carles Casajuana: «Los textos no van muy bien, estamos intentando cerrar algo», dijo a Zapatero su asesor. A lo que éste respondió: «¡Hay que cerrar, hay que cerrarlo como sea, vamos!». Se estaba negociando, nada menos, que la política antiterrorista. Pero había que hacer algo –no importaba qué– para llegar a un acuerdo como fuese –no importaba cómo fuese ese acuerdo. Tal vez ese acuerdo, al que al final se llegó, sea la lluvia que trajo los lodos que han causado más muertes que la riada de lodo de Biescas en 1996 o la del volcán Nevado del Ruiz en Colombia en 1985. Pero, ¡había que hacer algo para llegar a un acuerdo como fuese!

Ante esto, me hago muchas preguntas de las que sólo formulo tres. ¿También ahora hay que hacer algo para formar gobierno como sea? ¿Qué grado de responsabilidad tienen los diputados actuales en la situación en la que estamos? ¿Es realmente una carga tan pesada ir una mañana de domingo (siempre que no sea el día de Navidad) a depositar un voto o votar por correo? Intentaré dar, lo más brevemente posible, mi respuesta a estas tres preguntas.

1ª ¿También ahora hay que hacer algo para formar gobierno como sea? Mi respuesta a esto es un categórico NO. Si para que el PSOE acabe por abstenerse hay que hacer concesiones como dar marcha atrás a la reforma laboral o embarcarse en políticas de gasto público disparatado o subir impuestos o rebajar todavía más el nivel de la enseñanza –ya está en los medios la consigna que a buen seguro apoyará el PSOE: ¡mueran los deberes!–, prefiero que no se forme gobierno. Si digo esto, no es por una posición ideológica o egoísta, sino porque estoy convencido que este tipo de reformas serían nefastas para España, léase para el paro presente y futuro. Ni que decir tiene que si para formar gobierno tiene que ser a base de que PSOE haga un pacto mortal con Podemos y las fuerzas soberanistas –ya amenaza el alevín de Zapatero con acudir a las bases para forzar a los que quedan en el PSOE con sentido común–, la verdad, prefiero marcharme de España. Pero si, por algún pacto extraño de abstenciones arrastrando los pies, se llegase a formar gobierno, el gobierno que saliese estaría incapacitado para gobernar. Y, ¿de qué sirve un gobierno títere que no gobierna, al albur de un Pedro Sánchez, un Pablo Iglesias y unos partidos soberanistas que es difícil que pacten para hacer algo, pero que seguro que pactan para impedir que se haga cualquier cosa. No quiero que España esté a merced del perro del hortelano, que ni come ni deja comer.
2ª ¿Qué grado de responsabilidad tienen los diputados actuales de la situación en la que estamos? Por supuesto que no diré que ninguna. Pero sí que poca. Y ello por dos razones, una reciente y otra desde que se aprobó la Constitución.

Empiezo por la Constitucional. Y debo decir que no se pueden cargar demasiadas responsabilidades en los “padres” constituyentes porque, en la situación en la que estaba España en los años 70, el objetivo, que se consiguió, era que no hubiese un golpe de Estado que nos llevase otra vez a la dictadura o, peor aún, a una guerra civil más o menos declarada. Y para ello, los “padres” constituyentes tuvieron que caminar por el filo de una cuchilla afiladísima y tragarse sapos de tamaño descomunal. Y claro, así, es muy difícil no cometer errores. Pero, tras esta petición de indulgencia para ellos, errores los hubo, y de bulto. Y esos sapos mal tragados, nos están produciendo un reflujo gástrico de padre y muy señor mío. En primer lugar, el Estado de las Autonomías. Desde el principio era evidente que lo que se pretendía con las autonomías no era una mayor eficiencia y racionalidad en la administración del gasto público, sino todo lo contrario. Duplicar muchísimos gastos con fines electoralistas y crear reinos de Taifas en los que cada uno pudiera hacer de su capa un sayo. Esto se plasmó, sobre todo en las transferencias educativas que en todas las autonomías. Y esto ha degenerado en una perdida estúpida de sentido de la visión global de España. A título de ejemplo, y tomando a Andalucía, se da más importancia al Genil o al Guadalhorce, que al Ebro o al Tajo que, como no pasan por Andalucía, no merecen ser estudiados con detalle. El ejemplo puede parecer chusco, pero no por ello es menos real. Esto, que he calificado de estúpido, pasa a ser trágico cuando la transferencia de las competencias en educación se usa para presentar a España como una potencia ocupante, deformando la historia o para intentar reducir el idioma español al marginalismo.

Pero hay un error constitucional todavía más grave. Haber creado un sistema electoral que permite que partidos regionales, a menudo desleales con su pertenencia a España, tengan en el Parlamento General mucha más representación de la que por su peso les correspondería, permitiéndoles así convertirse en bisagras que venden su apoyo por concesiones que, poco a poco –o no tan poco a poco– han llevado a la disparatada situación actual de intentos de ruptura de España. No ha habido gobierno en minoría sea de UCD, sea del PP o sea del PSOE, que para lograr sus votos no les haya hecho concesiones inadmisibles. Pero el colmo de los colmos ha sido el Estatuto de Autonomía de Cataluña auspiciado –creo que hasta de buen grado y con entusiasmo– por el PSOE de Zapatero, de infausta memoria. Y, aquí estamos.

En lo que al error reciente se refiere, creo que la culpa nos la tenemos que echar los ciudadanos, cada uno en la medida que le toque, por el voto visceral en vez de racional. Jaleados por los medios, muchos han decidido con alborozo lo magnífico que resulta el fin del bipartidismo y se han consagrado en cuerpo y alma al voto de castigo, sin pensar que con este cuatripartidismo –al que hay que sumar las joyas de los partidos soberanistas– al que hemos llegado, la formación de gobierno es imposible además de indeseable. Las democracias más serias o son prácticamente  bipartidistas o, si hay un tercer o cuarto partido importante, pueden hacer pactos entre ellos que no sean contra natura. Pero en España, por la conjunción de la aritmética y de un PSOE deshomologado con las socialdemocracias europeas la situación es especialmente grave. Pero, da igual… ¡viva la muerte del semibipartidismo! ¡Viva la italianización de la política!


No sé si ha quedado clara mi respuesta a esta segunda pregunta: La responsabilidad que les toca a los actuales diputados en el fracaso de la formación de gobierno es muy poca. Los milagros se piden en Lourdes. Estoy harto de que tomen mi nombre en vano diciendo que los españoles hemos votado que haya pactos. Yo –que hasta donde sé soy español– no he votado que haya pactos. No quiero un pacto con un partido como el PSOE, ni quiero un gobierno agarrado por el cuello –o, peor aún, por otras partes de la anatomía masculina– por esos mastuerzos. Nos harían mucho daño. Y creo que hay muchos españoles que piensan como yo, aunque no los conozca o no me lo digan.


3ª ¿Es realmente una carga tan pesada ir una mañana de domingo (siempre que no sea el día de Navidad) a depositar un voto o votar por correo? Esta es la más sencilla de contestar. Por supuesto que no es una pesada carga. Si para un ciudadano el ir una mañana a votar (NO EN NAVIDAD) o votar por correo, es una pesada carga, es que ni es ciudadano ni es ná. A mí, precisamente por la respuesta a las dos anteriores preguntas, me encantaría. A lo mejor un día, tras 4 o 5 elecciones, los ciudadanos nos damos cuenta, el que no se haya dado cuenta todavía, de que votar con las vísceras para castigar es un craso error que no conduce más que a un callejón sin salida y, una vez caídos del guindo, voten usando el sentido común en vez de las tripas.