4 de septiembre de 2016

Pues eso

Antes de empezar este escrito ya me temo que va a salirme demasiado complejo porque son muchos los temas que, aunque relacionados unos con otros, siguen una cadena que hace que el último y el primero de ellos no tengan mucha relación. Hasta tal punto es así que he sido incapaz de ponerle un título. Me saldría algo así como: “La mano invisible de Bernard Mandeville y Adam Smith, las teorías de los precios y del valor de las cosas en Adam Smith y Karl Marx, pasando por David Ricardo, Thomas Malthus y la inteligente solución anticipada de la Escuela de Salamanca”. Naturalmente he renunciado a un título tan absolutamente intolerable y he optado por otro más lacónico, aunque menos explicativo: “Pues eso”. Pero basta de rollos introductorios y, al grano.

Es bastante corriente que nos formemos opiniones de muchas cosas dejándonos ilustrar por lo que no son sino meras leyendas urbanas, lugares comunes, tópicos sin base o con una base equivocada. Es normal. No podemos saber de todo y, a menudo, construimos nuestras creencias y certidumbres sobre bases muy poco sólidas. Pero tenemos que estar dispuestos a destruir el edificio de nuestro conocimiento, si está mal construido, para reconstruirlo sobre bases sólidas. Mucha gente se ha formado una idea de la llamada “Mano Invisible” de Adam Smith (1723-1790)  –y de la propia figura de Adam Smith– sin saber nada de ella e identificándola a menudo con la avaricia y la codicia. Por eso creo que merece la pena alguna aclaración.

Adam Smith no era ningún desalmado que le importase tres pimientos la suerte de los seres humanos. Al contrario, tenía una fina sensibilidad hacia la suerte de los otros. Una de sus primeras grandes obras, publicada en 1759 lleva por título “Teoría de los sentimientos morales” y en ella pueden leerse frases como las siguientes:

“La naturaleza, cuando formó al ser humano para la sociedad, lo dotó con un deseo original de complacer a sus semejantes y una aversión original a ofenderlos. Le enseñó a sentir placer ante su consideración favorable y dolor ante su consideración desfavorable. Hizo que su aprobación le fuera sumamente halagadora y grata por sí misma, y su desaprobación muy humillante y ofensiva”.

“Así como amar al prójimo como a nosotros mismos es la gran ley de la cristiandad, el gran precepto de la naturaleza es amarnos a nosotros mismos sólo como amamos a nuestro prójimo, o, lo que es equivalente, como nuestro prójimo es capaz de amarnos”.

 “Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos resulte necesaria, aunque no derive de ella más que el placer de contemplarla”.

“Pareciera que la naturaleza, cuando nos cargó con nuestros propios pesares, consideró que eran ya suficientes, y por tanto no nos ordenó que incorporásemos una cuota adicional de los dolores ajenos más allá de lo necesario para impulsarnos a aliviarlos”.

Diecisiete años más tarde, en 1776, publicó su obra más conocida: “Investigaciones sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”. Es en esta obra donde aparece la famosa mano invisible, que queda patente en frases como las siguientes.

“No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero por las que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

“Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga […] Al orientar esta actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible le conduce a producir un objetivo que no entraba en sus propósitos […] Al perseguir su propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo”.

Hay gente que opina que algo debió pasarle a Smith en esos 17 años para que se produjese esa transformación. Pero no hubo tal. Primero porque en la riqueza de las naciones no se alaba ni el egoísmo ni la avaricia ni la codicia, sino el propio interés, que es algo diferente de las cosas anteriores. Y segundo porque ya en la “Teoría de los sentimientos morales” se habla de la mano invisible, como puede verse en la siguiente cita de esta obra:

“Los hombres de negocios están guiados por una mano invisible […] y de esta manera, sin buscarlo, sin saberlo, sirven al interés de la sociedad”.

Al tiempo que en “La riqueza de las naciones” afirma que “no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”.

Es decir, no hay tal ruptura en el pensamiento de Adam Smith que en esos diecisiete años le llevase de la benevolencia al egoísmo.

Pero, y volviendo al punto de uno de los párrafos anteriores; ¿Es el propio interés sinónimo de egoísmo, avaricia o codicia? De ninguna manera. Todos los seres humanos actuamos en mayor o menor medida y en diferentes aspectos de la vida llevados por nuestro propio interés sin que tengamos necesariamente por ello que caer en el egoísmo. Por supuesto que el propio interés puede degenerar en egoísmo, pero eso sería una aberración desordenada del mismo y, de ninguna manera, tiene necesariamente que producirse esa aberración. Por ejemplo, una persona que a lo largo de su vida ha logrado reunir unos ahorros que pueden ser el sustento de su vejez, puede –y debe– sin ser por ello egoísta, invertirlo en aquello que piense que le puede dar una mayor rentabilidad sin poner sus ahorros en peligro. Más aún, el propio interés y el interés ajeno pueden ser, y muy a menudo son, sinérgicos. El ahorrador, cuando busca la mayor rentabilidad para sus ahorros, sin darse cuenta, canaliza éstos hacia las empresas que más riqueza generan. Cuando un empresario quiere ganar dinero, lo primero que se debe preguntar, si es inteligente, es qué puede hacer para satisfacer las necesidades de sus clientes para que estos le compren sus productos. Y lo segundo, a corta cabeza de lo primero, que debe hacer para atraer el talento a su empresa y que las personas que trabajen en ella, desde el más alto directivo hasta el más humilde operario, den voluntariamente lo mejor de sí mismos. La realidad empresarial está plagada de miles de ejemplos de ambas cosas. ¿Lo hace el empresario por propio interés? Sin duda, pero eso de ninguna manera tiene que ir contra el interés ajeno. Además, aunque indudablemente la primera motivación de casi todos los empresarios es su propio interés, eso no tiene por qué excluir un honesto sano y recto interés por los demás porque, como dice Smith, “existen evidentemente en su naturaleza [la del hombre] algunos principios que […] hacen que la felicidad de éstos [los demás seres humanos] resulte necesaria, aunque no derive de ella más que el placer de contemplarla”. Gustave Thibon señaló acertadamente que “uno de los signos cardinales de la mediocridad de espíritu es ver contradicciones allí donde sólo hay contrastes”. Es cierto que, lamentablemente, muchos hombres de empresa e ideólogos de la economía de libre mercado, creo que con una enorme miopía, identifican también el propio interés con el egoísmo y hasta se vanaglorian de ello. Pero, ¿por qué el libre mercado, que ni en Adam Smith ni en ninguno de sus más insignes representantes adolece de esa miopía, por qué, pregunto, debería cargar con la estupidez de unos pocos?

Entonces, ¿por qué esa idea que subyace en tanta gente sobre la maldad de la mano invisible? Ocurre muy a menudo en la historia que una persona carga con los sambenitos o las alabanzas que deberían ser aplicadas a otra, incluso aunque esta última haya caído casi en el más absoluto olvido. Tal es la transferencia que ocurre entre Adam Smith y otro escritor que vivió unos años antes que él: el holandés Bernard de Mandeville (1670-1733). Mandeville tenía 53 años cuando nació Adam Smith y dieciocho años antes del nacimiento de este último ya había escrito la obra de inmenso éxito en su época y que le dio una gran fama: “La fábula de las abejas o cómo los vicios privados hacen la prosperidad pública”. Esta obra sí que afirma, sin ningún tipo de pudor, que el soporte de la sociedad –y por tanto también del libre mercado– es el vicio y la maldad. Lo hacía, como el nombre de la obra indica, refiriéndose a la vida de un panal de abejas. Su conclusión era: “Dejad, pues, de quejaros: sólo los tontos se esfuerzan por hacer que un gran panal un panal honrado. Fraude, lujo y orgullo deben vivir si queremos gozar de sus dulces beneficios”. Y, por si alguien pensase que esto era sólo algo aplicable a las abejas pero que el autor no pretendía que fuese aplicable a las sociedades humanas, he ahí otra perla: Me congratulo a mí mismo por haber demostrado que ni las cualidades amigables, ni los tiernos afectos que son naturales en el hombre, ni las virtudes reales que es capaz de adquirir por la razón y la abnegación son el fundamento de la sociedad; sino que lo que llamamos mal en el mundo […] es el gran principio que nos hace criaturas sociables […], de la vida y del soporte de todas las transacciones y contrataciones de trabajo, sin excepción: que en el momento en que el mal cese la sociedad será expoliada si no totalmente disuelta”. Difícil de encontrar frase más terrible, a la vez que falsa.

Podría pensarse que, cuando el río suena, agua lleva y que si esos principios acabaron en el imaginario popular aplicándose a Adam Smith, debió ser porque de una manera más o menos suavizada, bebió de ellos. Por supuesto, Smith conocía la obra de Mandeville pero, lejos de aprobarla, ni siquiera en una versión suavizada, la consideraba opuesta a la suya. En la “Teoría de los sentimientos morales” afirma: “Hay otro sistema que parece desechar la distinción entre el vicio y la virtud y cuya consecuencia es, en mi opinión, absolutamente perniciosa: Me refiero al sistema del Sr. Mandeville”. ¡Qué terrible tiene que ser que la Historia te gaste semejante jugarreta como la de cargar sobre Smith la aberración de Mandeville! Por eso, vaya aquí mi modesta aportación para limpiar la memoria de Adam Smith.

Sin embargo, y siguiendo la máxima de a cada cual lo suyo, debo despojar a Smith de un mérito que le es atribuido sin ser suyo. A menudo se le considera como el padre del libre mercado. Falso. Smith cae en una contradicción. A pesar de no ver nada pernicioso en el propio interés, recela del mercado como forma adecuada de fijar los precios o al menos el precio correcto de las cosas. Ocurre que sobre una contradicción en la base es difícil construir un edificio coherente. Así, sobre este tema del precio justo y el valor de las cosas, Smith da vueltas en círculo a lo largo de todas sus obras, embrollando su pensamiento y sin llegar a ninguna conclusión, creando así enorme confusión en quienes han querido interpretarle. Por supuesto, en lo que viene a continuación tengo que ser un poco (o un mucho) simplista, porque hay ríos de tinta intentando clarificar estas cuestiones. Para él, las cosas tienen un precio natural, algo que, de alguna manera es esencial a la cosa. Y ese es su precio correcto. Sin embargo, el mercado, guiado por la escasez y la apetencia de la cosa –los términos oferta y demanda no se habían acuñado todavía–, fija para las cosas precios distintos del precio natural. Y estos precios fluctúan según las circunstancias y deberían hacerlo alrededor de su precio natural. Le produce enorme perplejidad ver que esto no es así[1]. Pone como ejemplo el precio del agua y los diamantes.

En su confusa teoría del valor habla del valor de uso y el valor de cambio en un vano intento de clarificación. Para él, el precio natural está determinado –nefasta influencia la que esto produjo en Karl Marx– por la cantidad de recursos que la cosa acumula, es decir, la mano de obra y las rentas de la tierra y del capital acumuladas. También utiliza el término de “simpatía” –en el sentido de afinidad– para la fijación de precios. Supone que los demandantes llegan al mercado con una información sobre el precio natural y que los que no están dispuestos a pagar ese precio natural suponen un primer recorte a la “demanda” del mercado (recuérdese que los conceptos de oferta y demanda no estaban todavía formulados). Pero no es nada claro sobre cómo deben valorarse los precios de esos factores. Para el precio del factor trabajo parece que aboga por el mínimo de subsistencia del trabajador, sin que esto quiera decir que ese sea el precio real de ese factor, sino el usado para el cálculo del precio natural. Más adelante, veremos que esto dará pie a la ley de hierro de los salarios de Thomas Malthus, David Ricardo y a la teoría marxista de la plusvalía y de la inexorable muerte del sistema capitalista por sus contradicciones internas. En cuanto a la renta del capital, Smith se limita a hablar de las tasas históricas de interés. Las alusiones a las rentas de la tierra son aún más escasas. Es decir, Smith cae en el error de complicar las cosas de forma innecesaria para intentar inútilmente explicar una contradicción de partida. Debería haber recordado a Guillermo de Occam: “Entia non sunt multiplicanda sine necesitate”.

Todo esto contrasta con la elegante simplicidad, que no multiplica innecesariamente las explicaciones, de los autores de la Escuela de Salamanca, dos siglos anteriores a Smith. Para éstos, el precio de mercado, fijado por la oferta y la demanda –usando anacrónicamente los términos– era, sin más, el precio justo, siempre que no mediase engaño, uso de la fuerza o monopolios concedidos por el poder. No me alargaré explicando los puntos de vista de esta Escuela. Tan sólo pondré alguna cita de algunos de sus autores.

“Donde quiera se halla alguna cosa venal de modo que existen muchos compradores y vendedores de ella, no se debe tener en cuenta la naturaleza de la cosa ni el precio al que fue comprada, es decir, lo caro que costó y con cuantos trabajos y peligros,…”[2]

“Debemos observar, en segundo lugar, que el precio justo de las cosas tampoco se fija atendiendo sólo a las cosas mismas en cuanto son de utilidad del hombre, como si, caeteris paribus, fuera la naturaleza y necesidad del empleo que se les da lo que de forma absoluta determinase la cuantía del precio; sino que esa cuantía depende, principalmente, de la mayor o menor estima en que los hombres desean tenerlas para su uso. Así se explica que el precio justo de la perla, que sólo sirve para adornar, sea mayor que el precio justo de una gran cantidad de grano, vino, pan o caballos, a pesar de que el uso de estas cosas, por su misma naturaleza, sea más conveniente y superior al de la perla”[3].

“Y debemos tener en cuenta no sólo la valoración de los hombres prudentes, sino también la de los imprudentes, si en un lugar éstos son suficientemente numerosos. […] La valoración común, aún en los casos en que es disparatada, aumenta el precio natural de los bienes, ya que éste depende de la estimación. La abundancia de compradores y dinero[4], incrementa el precio natural, disminuyéndolo los factores opuestos”[5].

Merece la pena hacer notar que todos los miembros de esta Escuela eran religiosos y no escribían en cuanto a académicos de la economía, sino que escribían, cada uno por su lado, usando su pensamiento riguroso en cuestiones de moral, para determinar la validez ética de las prácticas comerciales que les proponían los comerciantes de la época, preocupados por la salvación de su alma. Y llegaban a las mismas conclusiones usando esos principios: El precio de mercado, en ausencia de engaño y sin violencia, era el precio justo. Punto. “Entia non sunt multiplicanda sine necesitate”. Y no puede de ninguna manera decirse que expresasen esa opinión para agradar a los poderosos comerciantes que les preguntaban. Más de un fraile de esta escuela pagó con prisión la osadía de sus durísimas denuncias a los poderosos por la concesión o uso de monopolios basados en el privilegio o por adulterar la ley de la moneda. Así pues, en este caso, fue Smith el que “robó” el mérito de describir la formación de los precios justos por la “oferta y la demanda” a la Escuela de Salamanca, casi olvidada hasta hace unos años y rescatada por la Escuela Austriaca de Economía.

Volvamos, a retomar el hilo de lo dicho anteriormente sobre Malthus (1766-1834), Ricardo (1772-1823) y Marx (1818-1833). Los tres daban por hecho que el precio del trabajo llegaría realmente a ser, no como el mero artilugio de cálculo usado por Smith, sino realmente, el precio del salario mínimo de subsistencia. Marx dio una vuelta más de tuerca a la errónea teoría de Smith sobre los precios, descartando del precio natural la retribución del capital y de la tierra y dejando el trabajo como única fuente lícita del valor. Cualquier diferencia entre el precio de mercado y el coste del trabajo acumulado era para Marx una plusvalía, injustificada e injustificable, que suponía una apropiación, véase robo, del capitalista de lo que en justicia correspondía a los trabajadores. De ahí que éste, el capitalista, tratase por todos los medios, siempre según Marx, que la retribución del trabajo se mantuviese en el mínimo de subsistencia, para ganar él más. Esto hacía, siempre según Marx, inevitable la lucha de clases ya que todo el proceso económico era un juego suma 0 en el que si uno ganaba más era a costa de que otros ganasen menos. Ni que decir tiene que la realidad ha demostrado hasta la saciedad la falsedad de estas predicciones apocalípticas maltusianas, ricardianas y, en especial, marxistas. Pero tras estos errores, está la sombra de Smith.

Así pues, creo que queda claro que Adam Smith, lejos de fomentar el egoísmo o la codicia al propugnar la mano invisible, era un hombre con un sentimiento moral que, por falta de discernimiento, no llegó a una conclusión realmente cierta sobre la formación de los precios y su justicia. Tuvo que cargar con el sambenito de Mandeville pero, sin la más mínima mala voluntad, vampirizó e ignoró –posiblemente no los conociese– los logros a los que había llegado dos siglos antes la Escuela de Salamanca.

Queda un tema por tratar: ¿Funciona la mano invisible? ¿Realmente hace que el empresario, siguiendo su propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo”? ¿Realmente “los hombres de negocios están guiados por una mano invisible […] y de esta manera, sin buscarlo, sin saberlo, sirven al interés de la sociedad”? Se puede enunciar el funcionamiento de la mano invisible de dos maneras: en su versión fuerte y en su versión suave. La versión fuerte podría formularse más o menos de esta forma. La mano invisible hace que la economía funciones a la perfección, haciendo que no haya nadie que tenga carencias vitales. Es evidente que nadie en su sano juicio suscribiría el enunciado fuerte de la mano invisible. Aunque es cierto que la mano invisible no garantiza que nadie, sin excepción, pase necesidad, es cierto que, por un lado, disminuye notablemente la miseria y por otro, la inmensa mayoría de estas necesidades extremas no son por su causa. La mayoría de las veces la causa de estas necesidades extremas son el robo, las guerras o el abuso de poder. Los países que viven en la miseria lo hacen, casi sin excepción, por culpa de los tiranos que las gobiernan con mano de hierro y deciden quién puede y quien no ganar dinero en su país. Y, naturalmente, los que pueden hacerlo son él, su familia, sus amigos y quien le paga a él por ello. Por tanto, tras la mano invisible son necesarias acciones preventivas y correctoras de las que más tarde hablaré. Sin embargo, las acciones humanas posteriores no pueden ser en la forma de corrección de las decisiones de la mano invisible en cuanto a precios y volúmenes de producción de los distintos bienes y servicios. Si la corrección o prevención se hiciese así, se empeorarían las cosas. La forma que puede tomar la acción humana posterior es de dos tipos. El primero, preventivo, mejorar las leyes civiles en el sentido de que den las mayores garantías jurídicas, eviten los abusos de mercado (monopolios y oligopolios creados por el poder político, creación artificial de escasez, uso de información privilegiada o emisión de informaciones falsas que alteren los precios, etc.) y de poder que irían contra las premisas del buen funcionamiento del mismo. Este tipo de actuaciones entran en la esfera de la legislación. Tratan de hacer leyes –pocas y razonables– que hagan que se respeten las reglas del juego y que estas sean las mismas para todos. El cumplimiento de las leyes, debe ser garantizado por el poder ejecutivo del Estado. El segundo tipo de actuación, paliativa, es la caridad. Es obligación, no de justicia, pero sí de humanidad, subvenir a las necesidades vitales no cubiertas de las personas más vulnerables, sea cual sea su causa. Pero esto no debe ser hecho por ninguna autoridad externa que se arrogue coercitivamente a quién y cuánto hay que quitarle algo de lo que en justicia es suyo para dárselo a quiénes y de qué forma. Esto, que es lo que hoy en día toma el nombre, inadecuado, de redistribución de la renta es contraproducente, acaba en abusos, arbitrariedades y corrupción y va contra la justicia. La caridad es algo que atañe a la esfera íntima de la conciencia de cada uno y que, por su propia esencia, debe hacerse libremente. Creo que aquí vienen como anillo al dedo las palabras de Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno:

“… tanto la Sagrada Escritura como los Santos Padres de la Iglesia evidencian con un lenguaje de toda claridad que los ricos están obligados por el precepto gravísimo de practicar la limosna, la beneficencia y la liberalidad.

Ahora bien, partiendo de los principios del Doctor Angélico (cf. Sum. Theol. II-II q. 134), Nos colegimos que el empleo de grandes capitales para dar más amplias facilidades al trabajo asalariado, siempre que este trabajo se destine a la producción de bienes verdaderamente útiles, debe considerarse como la obra más digna de la virtud de la liberalidad y sumamente apropiada a las necesidades de los tiempos”. Quadragesimo anno, nos 50 y 51.

Para esa acción de la caridad los individuos, libremente, pueden formar asociaciones que hagan esta acción más eficaz, pero jamás debe esto ser llevado a cabo por el Estado.

El enunciado débil de la mano invisible podría expresarse de la siguiente manera: La mano invisible crea una sociedad más equitativa y más justa que cualquier otra forma de organizar la economía y que cualquier intento por parte de instituciones superiores de corregir su rumbo. Me atrevería a decir que este enunciado, está más allá de cualquier duda razonable y meridianamente mostrado por la experiencia empírica. El entramado de las decisiones de producción y precios necesarias para crear la inmensa cantidad de bienes y servicios de una sociedad moderna es tan sumamente extenso, intrincado, complejo y tan estrechamente interrelacionado que ninguna mente humana, ni cualquier superordenador, por potente que sea, puede lograr hacerlo mejor que la inteligencia distribuida de cientos de millones de agentes que actúan libremente, buscando su propio interés, guiados por un sistema espontáneo de precios, y que pagan con su dinero sus errores de la misma forma que se benefician con sus aciertos en saber qué quiere la gente en qué cantidades y a qué precio. Cualquier intento de dirigir artificialmente la mano invisible repercutirá en ineficiencias que crearían problemas mayores de los que se pretendían resolver.

Decir que ese entramado es extenso, intrincado, e interrelacionado, aun añadiendo diversos adjetivos calificativos de grandeza, es casi como no decir nada. Sin embargo, el otro día leí un relato breve extremadamente sencillo, escrito en 1958 por Leonard Reed[6] con el nombre de “Yo, Lápiz”. Relata cómo él, un sencillo lápiz, ha llegado a existir. Al final de estas líneas pongo un link al relato completo en inglés y añado una traducción mía del mismo. Aquí pondré sólo un breve pero descriptivo resumen del mismo sacado del libro citado en la nota a pie de página:

“Pensamos que un lápiz es simple. Y, sin embargo, un único lápiz requiere innumerables antecedentes que implican a millones de personas, desde Albania hasta Zimbabwe, realizando todo tipo de diferentes tareas. Primero hay un cedro talado en los bosques del norte de California; los trenes para transportar la madera, la planta de procesamiento con hornos y tintes; la electricidad que viene desde la presa para dar energía a la planta; los millones de dólares invertidos en distintos equipos de la planta; El grafito procedente de Sri Lanka, mezclado con arcilla del Mississippi y sustancias químicas de Dios sabe dónde; la cera de México y otros sitios, la laca amarilla con aceite de ricino, para que no sea un anodino lápiz color madera, el latón para sujetar la goma, forjado con cobre y zinc de minas de diferentes partes del mundo; la goma, hecha con caucho de Indonesia y piedra pómez de Italia pulverizada. Finalmente están los camiones que distribuyen los lápices y las tiendas que los venden al público por algo así como diez céntimos cada uno. Todo eso y mucho más se necesita para hacer un lápiz”.

Pero un lápiz es sólo un lápiz. Si miro a mi alrededor veo cientos, miles, de objetos cuya presencia al alcance de mi mano es un milagro comparable con el del lápiz. El ordenador en el que escribo, el smartphone en el que al mismo tiempo veo en internet el relato de “I, pencil”, la mesa en la que me apoyo y la silla en la que me siento, la ropa que me viste, el cuadro que hay enfrente de mí. Acaba de sonar el timbre y me llega una batidora que encargué ayer a Amazon, etc., etc., etc., … etc. ¿Debo continuar enumerando los objetos que alcanza mi vista y los que he usado en los últimos días o los servicios que me han sido proporcionados? Mejor no. Llenaría miles de aburridas páginas. Pero en su lugar, sí citaré el final del relato del lápiz: serán sólo unas líneas, menos de una página, llenas de interés.

“Yo, Lápiz, soy una compleja combinación de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, y demás. Pero en mí se ha añadido un milagro más extraordinario que los milagros que se manifiestan en la naturaleza: la configuración de energías creativas humanas – millones de pequeños know hows configurados natural y espontáneamente en respuesta a las necesidades y deseos humanos y en ausencia de cualquier mente rectora que dirija el proceso–. Dado que sólo Dios puede hacer un árbol, insisto en que sólo Dios puede hacerme a mí, Lápiz. Un hombre no puede dirigir estos millones de know hows necesarios para que yo exista, de la misma manera que no puede poner juntas las moléculas para crear un árbol.

Lo anterior es a lo que me refiero cuando digo que si no puedes darte cuenta del milagro que yo simbolizo, no puedes ayudar a salvar la libertad que la humanidad está, desgraciadamente, perdiendo. Porque si uno se da cuenta de que estos know hows se organizarán a sí mismos naturalmente y, sí, espontáneamente, en respuesta a las necesidades y demandas humanas –esto es, en ausencia de la dirección gubernamental o de cualquier otra mente rectora coercitiva–, entonces, uno poseerá un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: la fe en la gente libre. La libertad es imposible sin esta fe.

Una vez que el gobierno tiene el monopolio de una actividad creativa como, por ejemplo, la distribución del correo, muchos individuos creerán que el correo no puede ser distribuido eficientemente por personas actuando libremente. […] Ahora bien, en ausencia de la fe en la gente libre –en la falta de atención al hecho de que millones de diminutos know hows cooperarán de forma natural y milagrosa para satisfacer esta necesidad– los individuos no pueden evitar alcanzar la errónea conclusión de que el correo sólo puede ser distribuido por la mente rectora del gobierno.

La distribución del correo es extraordinariamente simple si se compara con, por ejemplo, la fabricación de un automóvil o una calculadora o una dosificadora de grano o una serrería mecánica o decenas de miles de otras cosas. ¿Distribución? ¿Por qué, en este área, cuando a los hombres se les ha permitido libertad para intentarlo, han distribuido la voz humana por todo el mundo en menos de un segundo, han distribuido visualmente y en movimiento un acontecimiento, en directo, a cualquier persona, han distribuido a 150 pasajeros desde Seatle hasta Baltimore en menos de cuatro horas, han distribuido gas desde Texas hasta cada horno de cada hogar en Nueva York a precios increíblemente bajos y sin subsidios; han distribuido cada dos kilos de petróleo desde Golfo Pérsico –al otro lado del mundo– hasta la costa Este por menos dinero del que nos carga el gobierno para distribuir una carta de unos gramos al otro lado de la calle?

La lección que me gustaría dejar es esta: Quitemos las trabas a todas las energías creativas. Simplemente organicemos la sociedad para que actúe en armonía con esta lección. Hagamos que el aparato legal de la sociedad elimine todos los obstáculos lo mejor que pueda. Permitamos que estos know hows creativos fluyan libremente. Tengamos fe en que los hombres y las mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esta fe se verá confirmada. Yo, Lápiz, aparentemente más simple de lo que soy, ofrezco el milagro de mi creación como testimonio de que ésta es una fe práctica, tan práctica como el sol, la lluvia, un cedro, la buena tierra”[7].

Pues eso.



Yo, Lápiz. Mi árbol genealógico como se lo conté a Leonard E. Read

Soy un lápiz normal –un lápiz corriente de madera, familiar para todos los chicos y chicas y adultos que sepan leer y escribir.

Escribir es mi vocación y mi hobby, las dos cosas, y eso es lo que hago.

Os podéis preguntar por qué escribo una genealogía. Bueno, para empezar, mi historia es interesante. Y, además, soy un misterio –más que un árbol, una puesta de sol o, incluso un rayo de luz. Pero, desgraciadamente, soy tomado como una cosa anodina por los que me usan, como si fuera un mero incidente, sin una historia detrás. Esta actitud arrogante me relega al nivel de un lugar común. Este es un tipo de lamentable error en el que la humanidad no puede permanecer mucho tiempo sin perecer. Por esto, el sabio G. K. Chesterton observaba: El mundo nunca morirá por falta de maravillas, sino sólo por la falta de asombro”.

Yo, Lápiz, tan simple como aparento ser, merezco vuestro asombro y sobrecogimiento, una afirmación que intentaré probar. De hecho, si podéis entenderme –no, esto es demasiado pedir para cualquiera– si podéis llegar a ser conscientes del milagro que simbolizo, podréis ayudar a salvar la libertad que la humanidad está, desgraciadamente, perdiendo. Tengo una profunda lección que enseñar. Y puedo enseñar esa lección mejor que un automóvil o un avión o un friegaplatos, porque… –bueno, porque soy, aparentemente, más simple.

¿Simple? Sin embargo, ni una sola persona sobre la faz de la tierra sabe cómo hacerme. Esto suena a fantasía, ¿no? Especialmente cuando se da uno cuenta de que en EEUU se producen más o menos mil quinientos millones de lápices como yo cada año.

Tómame y échame un vistazo. ¿Qué ves? El ojo no encuentra mucho. Hay un poco de madera barnizada, una etiqueta impresa, carbón de grafito, una pizca de metal y una goma.

Innumerables antecedentes

De la misma forma que no podéis trazar el árbol genealógico de vuestra familia hasta demasiado lejos, también es imposible para mí enumerar y explicar todos mis antecedentes. Pero me gustaría señalar suficientes de ellos como para intuir la riqueza y la complejidad de todo lo que hay detrás de mí.

Mi árbol genealógico empieza, de hecho, en un árbol, un cedro de alto y de derecho tallo que crece en el norte de California y en Oregón. Ahora, contemplad todas las sierras y camiones y sogas y los incontables otros ingenios usados en la tala y transporte de los troncos de cedro hasta el andén del ferrocarril. Pensad en todas las personas y las innumerables habilidades que se aúnan en su fabricación: la minería del mineral, la fabricación del acero y su transformación en sierras, ejes, motores; el cultivo del cáñamo y su elaboración a través de múltiples pasos para llegar a ser una pesada y fuerte soga. Los campamentos de leñadores con sus camas y vestuarios, las cocinas y el cultivo de todo el alimento. ¡Cómo miles de personas anónimas aportan su ayuda en cada taza de café que los leñadores beben!

Los troncos son enviados a una serrería en San Leandro, California. ¿Podéis imaginar los individuos que hacen vagones planos y raíles y máquinas de ferrocarril y los que construyen e instalan las líneas de comunicación dedicadas a ello? Todas estas legiones están entre mis antecedentes.

Considerar la serrería de San Leandro. Los troncos de cedro se cortan en pequeñas piezas de la longitud de un lápiz y de menos de medio centímetro de grueso. Se secan en un horno y se tiñen, por la misma razón que una mujer se da colorete en la cara. La gente prefiere que yo parezca bonito y no de blanca palidez. Las piezas se enceran y se secan al horno otra vez. ¿Cuántas habilidades se aúnan en la fabricación de los tintes y de los hornos, en el suministro de calor, luz y potencia eléctrica, de las correas de trasmisión, motores y tantas otras cosas que una serrería necesita? ¡Habría que incluir también a los hombres que forjaron el hormigón de la presa de la Pacific Gas & Electric Power que suministra la energía a la serrería!

No pasemos por alto a los ancestros presentes y distantes que echan una mano transportando sesenta camiones llenos de estas piezas por todo el país.

Una vez en la fábrica de lápices –4.000.000 de $ en maquinaria y edificios, todo el capital acumulado por los austeros ahorradores padres de los propietarios–, se hacen en cada pieza seis surcos con una compleja máquina, tras de lo cual, otra máquina deposita la mina en una pieza, aplica pegamento y pega otra pieza encima –un sandwich de grafito, por decirlo de alguna manera. Siete hermanos y yo somos formados a partir de ese sandwich de madera prensada.

Mi mina –no tiene plomo en absoluto[8]– es en sí misma compleja. El grafito se obtiene de minas en Ceilán. Considerad éstas, a estos mineros y a los que hacen las muchas herramientas que usan y a los que hacen los sacos de papel en los que se empaqueta el grafito para su distribución y a los que hacen los alambres con los que se mantienen juntos los paquetes y a los que los estiban en el barco y a los que hacen el barco. Hasta los guardianes de los faros de la ruta del barco asistieron a mi nacimiento –y los prácticos del puerto.

El grafito se mezcla con arcilla del Mississippi para cuyo proceso de refino se usa hidróxido de amonio. Después se añaden agentes humidificadores como grasa sulfatada –grasa animal químicamente tratada con ácido sulfúrico. Tras pasar por numerosas máquinas, la mezcla pasa finalmente por la extrusión de un tornillo sin fin y como una cortadora de salchichas, es cortada a su medida, secada y horneada durante varias horas a 1850º Fahrenheit. Para aumentar su fuerza y suavidad las minas se tratan con una mezcla caliente que contiene cera de velas de México, cera de parafina y grasa natural hidrogenada.

Mi madera de cedro recibe seis capas de barniz. ¿Conocéis todos los ingredientes de este barniz? ¿Quién pensaría que los cultivadores de habas de ricino y los refinadores de aceite de esa leguminosa forman parte de él? Pero lo hacen. ¡Porque, incluso el proceso por el cual la laca se hace de un amarillo precioso conlleva las habilidades de más personas de las que uno podría enumerar!

Observad el etiquetado. Es una película formada aplicando calor a una mezcla de carbón negro y resinas. ¿Cómo se hacen resinas y que es, por favor, el carbón negro?

Mi trocito de metal –la abrazadera de la goma– es latón. Pensad en todas las personas que participan en la minería del zinc y del cobre y los que tienen las habilidades para hacer una fina lámina de latón de esos productos de la naturaleza. Esos anillos negros en mi abrazadera son de níquel negro. ¿Qué es el níquel negro y cómo se aplica? La historia completa de por qué la parte central de mi abrazadera no tiene níquel negro llevaría páginas para explicarse.

Ahora viene mi corona de gloria, despectivamente llamada “la tapa”, la parte que los hombres usan para los errores que cometen usándome. Un ingrediente llamado “factice” es lo que produce el borrado. El producto es una especie de goma hecha mediante la reacción de aceite de colza traído de las Indias Orientales holandesas con sulfato clorhídrico. La goma, contrariamente a lo que se piensa, cumple sólo funciones de coalescencia. Además, también hay numerosos agentes vulcanizantes y aceleradores. La piedra pómez viene de Italia y el pigmento que da su color a la “tapa” es sulfato de cadmio.

Nadie sabe cómo

¿Quiere alguien discutir mi afirmación anterior de que no hay una sola persona sobre la faz de la tierra que sepa cómo hacerme?

Realmente, millones de seres humanos han hecho su aportación para crearme, ninguno de los cuales sabe apenas nada de los demás. Podréis decir que he ido demasiado lejos relacionando con mi creación a los recolectores de las bayas de café en lo profundo de Brasil y los cultivadores de alimentos en muchas partes; que esto es una asunción extrema. Yo me mantengo en mi aseveración. No hay una sola persona entre todos estos millones, incluido el presidente de la compañía de lápices, que contribuya con algo más que con una pequeña infinitesimal parte del know how necesario. Desde el punto de vista del know how, la única diferencia entre el minero de grafito en Ceilán y el leñador en Oregón es el tipo de know how. Ni al minero ni al leñador puede atribuírseles más que al químico en la fábrica o al trabajador del campo petrolífero –al ser la parafina un derivado del petróleo.

He aquí un hecho asombroso: Ni el trabajador en el campo petrolífero ni el químico ni el que extrae el grafito o la arcilla ni quien maneja o fabrica los barcos, los trenes o los camiones, ni quien maneja la máquina que hace la laminación de mi trocito de metal ni el presidente de la compañía, llevan a cabo su tarea particular porque me quieran a mí. Cada uno de ellos me quiere menos, tal vez, que un niño de primaria. Por supuesto, hay muchos entre esta vasta multitud que nunca han visto un lápiz ni sabrían cómo usarlo. Su motivación no soy yo. Tal vez sea algo como lo siguiente: cada uno de estos millones ve que puede cambiar su pequeño know how por los bienes y servicios que necesita y quiere. Yo puedo estar o no estar entre esas cosas.

No hay una Mente Rectora

Hay un hecho todavía más asombroso: la ausencia de una mente rectora o de alguien dictando o dirigiendo por la fuerza estas incontables acciones que me traen a la existencia. No puede encontrarse ni rastro de semejante persona. En cambio, vemos a la Mano Invisible trabajando. Este es el misterio al que me referí anteriormente.

Se ha dicho que “sólo Dios puede hacer un árbol”. ¿Por qué estamos de acuerdo con esto? ¿No es tal vez porque nos damos cuenta de que no podemos hacer uno por nosotros mismos? Más aún, ¿podemos siquiera describir un árbol? No podemos, salvo en términos superficiales. Podemos decir, por ejemplo, que una cierta configuración molecular se manifiesta como un árbol. Pero, ¿qué mente hay entre los hombres que pueda ni remotamente registrar, por sí mismo, los constantes cambios en las moléculas que se producen en el horizonte de la vida de un árbol? ¡Este hecho es completamente impensable!

Yo, Lápiz, soy una compleja combinación de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, y demás. Pero en mí se ha añadido un milagro más extraordinario que los milagros que se manifiestan en la naturaleza: la configuración de energías creativas humanas –millones de pequeños know hows configurados natural y espontáneamente en respuesta a las necesidades y deseos humanos y en ausencia de cualquier mente rectora que dirija el proceso–. Dado que sólo Dios puede hacer un árbol, insisto en que sólo Dios puede hacerme a mí, Lápiz. Un hombre no puede dirigir estos millones de know hows necesarios para que yo exista, de la misma manera que no puede poner juntas las moléculas para crear un árbol.

Lo anterior es a lo que me refiero cuando digo que si no puedes darte cuenta del milagro que yo simbolizo, no puedes ayudar a salvar la libertad que la humanidad está, desgraciadamente, perdiendo. Porque si uno se da cuenta de que estos know hows se organizarán a sí mismos naturalmente, sí, espontáneamente, en respuesta a las necesidades y demandas humanas –esto es, en ausencia de la dirección gubernamental o de cualquier otra mente rectora coercitiva–, entonces, uno poseerá un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: la fe en la gente libre. La libertad es imposible sin esta fe.

Una vez que el gobierno tiene el monopolio de una actividad creativa como, por ejemplo, la distribución del correo, muchos individuos creerán que el correo no puede ser distribuido eficientemente por personas actuando libremente. He aquí la razón: Cada uno sabe que él sólo no sabe cómo hacer todas las cosas que inciden en la distribución del correo. También reconoce que ningún otro individuo puede hacerlo. Estas asunciones son correctas. Ningún individuo posee los suficientes know hows para hacer un lápiz. Ahora bien, en ausencia de la fe en la gente libre –en la falta de atención al hecho de que millones de diminutos know hows cooperarán de forma natural y milagrosa para satisfacer esta necesidad– los individuos no pueden evitar alcanzar la errónea conclusión de que el correo sólo puede ser distribuido por la mente rectora del gobierno.

La distribución del correo es extraordinariamente simple si se compara con, por ejemplo, la fabricación de un automóvil o una calculadora o una dosificadora de grano o una serrería mecánica o decenas de miles de otras cosas. ¿Distribución? ¿Por qué, en este área, cuando a los hombres se les ha permitido libertad para intentarlo, han distribuido la voz humana por todo el mundo en menos de un segundo, han distribuido visualmente y en movimiento un acontecimiento, en directo, a cualquier persona, han distribuido a 150 pasajeros desde Seatle hasta Baltimore en menos de cuatro horas, han distribuido gas desde Texas hasta cada horno de cada hogar en Nueva York a precios increíblemente bajos y sin subsidios; han distribuido cada dos kilos de petróleo desde Golfo Pérsico –al otro lado del mundo– hasta la costa Este por menos dinero del que nos carga el gobierno para distribuir una carta de unos gramos al otro lado de la calle?

La lección que me gustaría dejar es esta: Quitemos las trabas a todas las energías creativas. Simplemente organicemos la sociedad para que actúe en armonía con esta lección. Hagamos que el aparato legal de la sociedad elimine todos los obstáculos lo mejor que pueda. Permitamos que estos know hows creativos fluyan libremente. Tengamos fe en que los hombres y las mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esta fe se verá confirmada. Yo, Lápiz, aparentemente más simple de lo que soy ofrezco el milagro de mi creación como testimonio de que ésta es una fe práctica, tan práctica como el sol, la lluvia, un cedro, la buena tierra[9].

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[1] Al final, Smith acaba teniendo razón en esto. A largo plazo y gracias a la competencia, el precio de mercado acaba ajustándose a la suma del coste de los recursos que la empresa más eficiente necesita para producir el bien. Pero esto de ninguna manera quiere decir que el precio claramente superior al de mercado que consigue una empresa innovadora, que encuentra una nueva necesidad insatisfecha de la gente o una manera más eficiente de producir, no sea el precio natural de lo que produce. Cuando la competencia la alcance, el precio acabará por ajustarse al coste de los recursos, capital incluido, por supuesto. Pero el periodo de altos precios de que disfruta esa empresa innovadora es absolutamente natural debido a su ingenio. Es un premio a ese ingenio y redunda en el bien de la sociedad. Así ha ocurrido en los últimos 200 años.
[2] Francisco de Vitoria (1483-1546). (Dominico, comúnmente considerado fundador de la Escuela de Salamanca), De Iustitia.
[3] Luis de Molina (1535-1600, Jesuita), La teoría del precio justo.
[4] La escuela de Salamanca también tiene ideas muy claras sobre la política monetaria y sobre la inflación, condenando durísimamente la creación de dinero por parte del príncipe.
[5] Juan de Lugo (1583-1660, Jesuita, Cardenal de la Iglesia), De Iustitia.
[6] Lo leí en un libro titulado titulado “Money, greed and God: Why Capitalism is the solution and not the problem”. “Dinero, avaricia y Dios: Por qué el capitalismo es la solución y no el problema”. Este otoño aparecerá publicado en Español y haré una reseña del mismo.
[7] Las negritas aparecen también resaltadas en el original.
[8] Juego de palabras intraducible ya que la palabra lead significa en inglés mina de lápiz y plomo.
[9] Las cursivas aparecen también resaltadas en el original.