30 de octubre de 2016

Dos verdades complejas para desmontar dos mentiras simples

Alexis de Tocqueville afirmó, con gran perspicacia, que la gente tendía a creer antes una mentira simple que una verdad compleja. Simple no es lo mismo que sencillo, como complejo no es lo mismo que complicado. Simple es una conclusión que para llegar a ella no se han tenido en cuenta más que una ínfima parte de las premisas que pueden condicionarla. Las conclusiones simples, sean verdaderas o falsas, no son fiables. Compleja es la conclusión en la que se han tenido en cuenta suficientes premisas como para que aquélla sea fiable o, por lo menos, suficientemente fiable. Es muy difícil que en un mundo complejísimo como el que vivimos se puedan tener en cuenta todas las premisas necesarias para llegar a una conclusión cien por cien fiable. En cambio, la sencillez o la complicación se refieren a la forma en que se explica un fenómeno. Explicar algo con sencillez es hacerlo fácilmente entendible. Explicarlo de forma complicada es hacerlo de forma de que nadie se entere. La sencillez o la complicación no afectan a la fiabilidad de la conclusión. La sencillez es una bendición para quien escucha, pero hay gente, sin embargo, que gusta disfrazar su ignorancia, o su ego, o una mentira simple con una explicación complicada para camuflarlas. Es cierto que hay veces, las menos, en que algo complejo no puede explicarse con sencillez, pero muy a menudo sí que es posible hacerlo. La gente que es capaz de hacerlo así es sabia. Hay un aforismo que dice: “Dios nos libre de la estupidez de hacer simple lo complejo y nos dé la sabiduría para hacer sencillo lo complicado”. Aspiro, tal vez vanamente, pues no soy lo suficientemente sabio, a poder explicar con sencillez las dos verdades complejas que desenmascaran dos mentiras simples. ¡Que Dios me conceda la sabiduría para ello! Ahí voy.

Primera mentira simple: Para alcanzar el pleno empleo hay que empezar por blindar cada puesto de trabajo. Efectivamente –dicen los que esto defienden–, si partiésemos de una situación de pleno empleo y cada puesto de trabajo estuviese blindado, siempre nos mantendríamos en ese pleno empleo. Puede parecer lógico para una mente simple, pero es una burda falsedad. Si esto fuese así, ninguna empresa contrataría nunca a nadie –o sería harto difícil que lo hiciera. Sin embargo, es inevitable que haya empresas que vayan mal por innumerables causas. Si estas empresas no pudieran despedir a nadie, irían de mal en peor y, un día, cerrarían y todos los empleados estarían en el paro. Tal vez si en su momento pudiesen despedir a una parte de los trabajadores, podrían salvar el trabajo del resto. Pero, si los puestos de trabajo están blindados… Ahora, si juntamos esas dos cosas, unas empresas no contratan porque les asusta y, poco a poco, otras empresas van cerrando, la situación de pleno empleo se deteriora y, al cabo de unos años, el paro alcanzaría cotas escandalosas, porque en un mercado global, las empresas de ese país dejarían de ser competitivas y la mayoría cerrarían. Claro, pueden decir los que defienden el blindaje de los puestos de trabajo, pero a esos a los que pierden el trabajo los podría contratar, subsidiariamente, el Estado. Quienes dicen esto suelen pensar en el Estado como un estamento con cantidades ilimitadas de dinero, que puede permitirse contratar a quien no tiene ningún trabajo útil que hacer y, si pierde dinero, no pasa nada, porque su riqueza es ilimitada. Más o menos, esto es lo que piensan los populistas de izquierdas. Es difícil encontrar una falsedad mayor y la experiencia así lo demuestra. Pero dejando aparte el hecho, comprobado hasta la saciedad, de que el Estado suele ser un pésimo administrador de empresas, la premisa del dinero ilimitado del Estado no puede ser más falsa. El Estado no tiene más dinero que el que obtiene de sus contribuyentes a través de los impuestos y si intenta recaudar demasiado, pronto se encontrará con el efecto contrario: recaudará cada vez menos porque al desincentivar el trabajo y la inversión, acabará recaudando un alto porcentaje de casi nada. Es decir, casi nada. Otra manera en la que el Estado puede conseguir dinero es endeudándose, pero esto acaba en la quiebra, como le ha pasado a Grecia. Y, si no se llega a la bancarrota, será la siguiente generación la que soporte el peso de esa deuda, lo cual representa una grave injusticia generacional de padres empobreciendo a hijos. La tercera manera en la que el Estado puede conseguir dinero es creándolo de la nada, si tiene atribuciones para ello[1]. Pero esto genera una inflación galopante que paraliza y arruina completamente al país. En cambio, la verdad compleja es que cuando las empresas se sienten libres para contratar porque si las cosas no funcionan puede despedir a los empleados contratados, a los emprendedores se les ocurrirán continuamente nuevas ideas de cosas útiles que hacer y que resuelven problemas y necesidades de la gente. Invertirán, contratarán sin miedos, y lo harán en cantidades suficientes como para compensar las pérdidas de puestos de trabajo en aquellas empresas que habían perdido competitividad y habían tenido que recurrir a despedir a parte de sus empleados. Probablemente, aunque de ninguna inevitablemente, el sueldo mínimo bajaría, pero todo el mundo tendría trabajo. Incluso, si se partiese de una situación con un alto porcentaje de paro, ese proceso llevaría al pleno empleo. Y es muy probable que las nuevas empresas nacientes, generasen más puestos de trabajo de los destruidos, porque hay una premisa importante: La gente siempre tiene necesidades o problemas que, si se satisfacen o resuelven, pueden hacer mejor, en un sentido amplio, su vida. Y si alguien lo consiguiese mediante un servicio o producto, habría muchas personas que gustosamente estarían dispuestos a pagar por él un precio que hiciese rentable ese producto o servicio, aparecerían muchas nuevas empresas prósperas que crearían numerosos puestos de trabajo. Y de esta forma, no sólo no bajarían los sueldos, sino que subirían y podría encontrar empleo toda una población creciente. Así ha sido desde el principio de la humanidad, muy especialmente desde la revolución industrial, y quien no lo vea se debería preguntar por qué no estamos todavía en la edad de las cavernas. ¿Será indefinido ese proceso? Lo ignoro, pero estoy convencido de que si tiene un límite, éste está todavía muy lejos. Sin pensar demasiado, se me ocurren decenas de productos o servicios que me encantaría que fuesen posibles y que con el avance tecnológico, lo serán. Y cuando se me agoten éstos, todavía quedan los que soy incapaz ni siquiera de imaginar. ¿Podría una persona del siglo XIX, que está a la vuelta de la esquina, ni siquiera imaginar en sus deseos más quiméricos, que con solo apretar un botón tendría en si casa una cosa que se llama electricidad y que, mediante un “sencillo” aparato podría calentar un litro de agua en 2 minutos? Jamás. Y si alguien dice que el que una persona del siglo XIX, por desear la electricidad y el microondas, si pudiese soñarlo, sería un consumista, creo que debería hacérselo ver.

Pero existe un freno a la formación de nuevas empresas que creen puestos de trabajo. En España –y la situación no es muy diferente en todo el mundo desarrollado– por cada 100€ que entran en el bolsillo de un trabajador, la Seguridad Social se lleva casi 35€ entre lo que le retiene al empleado y lo que le carga a la empresa. Es decir, un 35%. Pero no para aquí la cosa. Hagamos una sencilla suma. Para una renta anual de 30.000€, el tipo impositivo del IRPF es de un 28%. Además se paga un 21% de IVA. Es decir que 35% más 28% más 21% suman 84%. Y todavía faltan el impuesto de sociedades, sucesiones, transmisiones patrimoniales, etc., que aunque no sean sobre la renta de los ciudadanos sí frenan el desarrollo. ¿Todavía nos extraña que la economía de los países desarrollados no tire del carro? ¿Estamos tan intoxicados como para ver con naturalidad esta aberración? No puedo resistirme a poner una foto de cómo veo yo a los Estados modernos de los países desarrollados: 


Feo, ¿verdad? ¿No sería mejor que se pareciese a esto?

Podría parecerse si se hubiese mantenido delgado y en forma. Pero…

Pero volvamos a la protección del empleo. Podría argumentarse que hay un punto intermedio en el que una cierta medida de protección al empleo mediante, por ejemplo, una “razonable” indemnización de despido, nos llevaría en una situación óptima. Pero la verdad es que no hay ni una sola razón que nos haga pensar que habría más empleo si se pasase del despido libre a una “razonable” indemnización de despido.

Segunda mentira simple: el salario mínimo interprofesional protege a los trabajadores de ser explotados por un sueldo miserable. Si mañana un gobierno dijese que el salario mínimo fuese de 3.000€ al mes, en vez de 655, ¿alguien duda que habría muchas empresas que dejarían de hacer determinados productos, al no ser competitivas, despidiendo a los trabajadores que los hacían? Creo que caben pocas dudas de que así sería. Toda reglamentación que pretenda obligar a las empresas a pagar un salario superior al que le permite ser competitiva haciendo algo, lo que hace es crear paro. Pero hay algo todavía peor. Esas personas que van al paro, necesitan trabajar para mantenerse y, por lo tanto, aceptan cualquier contrato a cualquier precio. Y, precisamente por eso, aparecerá un mercado negro de trabajo sumergido en el que se contratará a personas por salarios mucho más bajos del que tendrían si no se hubiese puesto ese salario mínimo. Y ese mercado negro, no sólo lo será para el trabajo, sino que aparecerán productos producidos por empresas sumergidas que harán esos productos que ya no se pueden hacer con el salario mínimo obligatorio. Y esas empresas no pagarán impuestos, lo que pondrá en desventaja a las empresas legales que sí los pagan, amén de bajar la recaudación impositiva. Otra vez, como en la mentira anterior, se puede pensar que si en vez de los 3.000€ que he puesto como hipótesis se pusiese un “razonable” salario mínimo, éste no crearía paro. Pero el único salario mínimo “razonable” que no crea paro es aquél que es más bajo que el más bajo salario real y, en ese caso, ese salario mínimo no es “razonable” sino perfectamente inútil. La segunda verdad compleja es que el salario mínimo, o es inútil, o crea paro, trabajos miserables y economía sumergida.

Por tanto, creo poder afirmar que el mercado libre de trabajo, con despido libre, sin restricciones de salario mínimo es una aportación al bien común. En efecto, tanto la mentira simple de la protección como la del salario mínimo, dividen a los empleados en dos tipos, los privilegiados que tienen trabajo y los parados que tienen sólo remotas esperanzas de encontrarlo o sólo pueden encontrar uno en condiciones infrahumanas. Si esta división es bien común, que baje Dios y lo vea. Más bien me parece que es el pleno empleo el que se puede calificar como bien común, según lo define el documento Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II: El bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”. Y, tener un trabajo digno es una condición necesaria, aunque no suficiente, para alcanzar un cierto grado de perfección, mientras que el paro crónico que imposibilita a una persona obtener un trabajo es un paso hacia la destrucción de la persona.

Estas verdades complejas suenan a duras a los oídos acostumbrados a las mentiras simples. Por eso ante ellas hay tres tipos de personas. Primero, las que las aceptan e intentan que la sociedad las aplique. Segundo las que, llevadas por una repetición reiterada y machacona de las mentiras simples, se escandalizan y no pueden aceptarlas porque les parecen éticamente inaceptables. A éstas, normalmente cargadas de buena voluntad, el escándalo que les producen las verdades complejas les impiden seguir el razonamiento y aceptar sus conclusiones. Es más fácil y más socialmente aceptado aferrarse a las mentiras simples. Es importante intentar convencer a estas personas. Desgraciadamente, entre estas personas se encuentran muchos católicos y, más desgraciadamente todavía, muchos sacerdotes y miembros de la alta jerarquía eclesiástica. Pero nos ha sido dicho que la verdad os hará libres. En cambio, rechazar estas verdades puede hacer que uno se sienta bien. Pero esas mentiras simples son, como se ha visto antes, un atentado contra el bien común. ¿Qué es mejor para el bien común, que el salario sea –tal vez, sólo tal vez– algo más bajo y que nadie tenga el trabajo asegurado, pero que trabaje casi todo el mundo casi toda su vida[2] o que algún “ente” “garantice” el trabajo a todo el mundo con un salario ilusoriamente alto y el mundo se divida entre los privilegiados que tienen un trabajo “garantizado” y con un sueldo artificialmente alto y los marginados que es prácticamente imposible que encuentren trabajo nunca o se tengan que colocar en trabajos negros? Para alguien que ame la justicia distributiva no cabe duda, la primera. Pero a los sindicatos ideológicos parece que les gusta más la segunda. El tercer grupo de personas que se aferran a las mentiras simples son las que, siendo conscientes o no de que esas verdades complejas son verdades, no las quieren aceptar por cuestiones ideológicas. En este grupo están los populistas de izquierdas. Creo que a estas personas no merece la pena intentar convencerlas porque no hay más sordo que el que no quiere oír ni más tonto que quien no quiere razonar. Pero, tú, ¿en qué grupo estás? Yo, sin duda, en el primero. Y si eres una persona de buena voluntad, me gustaría convencerte de que estuvieras conmigo.

Al acabar con estas dos mentiras simples, se me han venido a la cabeza otras dos, pensando en Donald Trump, populista de derechas que, si Dios no lo impide, podría acabar siendo Presidente de los EEUU. La mentira simple de Trump, y otros populistas de derechas de países ricos, sería cómica si no pudiese llegar a ser trágica. Dice Trump que si llega a Presidente, prohibirá la deslocalización de empresas fuera de los EEUU. Su mentira simple afirma que así, si determinados productos de empresas americanas, en vez de fabricarse en países con mano de obra más barata –digamos que en México, únicamente por poner un ejemplo– se hiciesen en EEUU, se acabaría el paro en su país. Pocas cosas son tan simples y tan falsas. Porque tan pronto como un producto que antes se fabricaba en México, con un coste de mano de obra al nivel de México, se hiciese en EEUU a un coste de mano de obra de EEUU –porque un trabajador en paro de EEUU, acostumbrado a las mentiras simples, se sentiría explotado si se le pagase un sueldo del nivel de México– esos productos dejarían de ser competitivos, no podrían competir con otros fabricados en otros países –como Indonesia, por ejemplo– por empresas de otros países –como Alemania, por ejemplo– y las fábricas de EEUU acabarían también por cerrar. Eso sí, en el ínterin, México se empobrecería. Y esto daría lugar a graves desajustes mundiales que no traerían nada bueno. Aunque no voy a afirmar que algo parecido a esto fuese la causa de la II Guerra Mundial, sí que afirmo que fue un factor coadyuvante de la misma, precisamente por el proteccionismo del New Deal de F. D. Roosevelt. Para evitar el desempleo en los países desarrollados por la deslocalización de empresas, éstos deberían crear nuevas empresas que cubriesen ese gap con productos nuevos que resolviesen nuevas necesidades o problemas de la gente. Pero con una situación impositiva como la descrita más arriba esto es muy difícil que ocurra. Y si no ocurre, entonces no hay manera humana de cubrir con nuevos productos la pérdida de producción deslocalizada y, a largo plazo, el sistema se colapsa. A lo mejor en vez de populismos ridículos basados en mentiras simples, habría que pensar en corregir esto con alguna verdad compleja, ¿no? Pero con la mente de los ciudadanos de los países desarrollados intoxicada de mentiras simples, ¿quién le pone el cascabel al gato?

Hay gente que piensa que el hecho de que se hagan determinados productos en México o Indonesia pagando a la mano de obra menos de lo que se le pagaría en EEUU, es una forma de explotación de los tailandeses e indonesios[3]. Pero, si echamos la vista atrás, veremos que España, Irlanda, Corea del Sur, Taiwan y otros muchos países han salido de la pobreza en los últimos sesenta o setenta años, acercándose a los países más ricos –o incluso superando a muchos– gracias a haber sido en su día Méxicos o Indonesias. Pensar lo anterior sería otra mentira simple y aplicarla sería condenar a México e Indonesia a la pobreza. ¿Se podría llamar a esto bien común? Me temo que no. Dios nos libre de los populistas de derechas como Trump y de los hombres de buena voluntad que quieren salvar de la explotación a México o Indonesia dejándose llevar por mentiras simples.




[1] En principio todos los Estados tienen atribuciones para crear dinero a través de sus Bancos Centrales. Pero algunos de ellos, como los de la UE, han cedido esta prerrogativa a organismos supranacionales, como el BCE.
[2] Digo casi todo el mundo casi toda su vida, porque el pleno empleo al 100% es imposible. Siempre habrá algunas personas que han perdido (o dejado, porque no les gustaba) su trabajo y que tardan un cierto lapso de tiempo, generalmente corto, en encontrar uno nuevo. Dotar de un subsidio de desempleo a estas personas es algo que cualquier Estado se puede y se debe permitir. Pero un subsidio de desempleo para un alto porcentaje de la población que está en paro crónico, es insostenible a largo plazo para cualquier Estado.
[3] Quien esto piensa parte de la idea de que es injusto que, por el mismo trabajo, se paguen distintos sueldos en un país como México que en uno como EEUU. Pero este argumento falla por su base, porque la premisa de por el mismo trabajo, es falsa. Cuando un determinado trabajo se deslocaliza de un país como EEUU a otro como México, ya no vuelve a hacerse nunca en EEUU, porque si se hiciese en este país con sueldos de este país, el producto dejaría de ser competitivo. Por tanto no se hace el mismo trabajo en EEUU y México por distintos sueldos. Lo que se hace en México, ya no se hace en EEUU.

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