28 de octubre de 2016

Norma y su escenografía en la Royal Opera House

El domingo, a las 6 de la tarde, iba yo, más contento que unas castañuelas, a la ópera. Bueno, no a la ópera, iba al cine, a ver en pantalla gigante y en directo desde la Royal Opera House de Londres la ópera Norma de Bellini, que es una de las más maravillosas. Como la mayoría de las óperas, es una tragedia escalofriante, pero cuando uno va a al ópera, ya sabe que va a ver, casi siempre, una tragedia. Como Norma la he visto u oído muchas veces, me sé de memoria la historia. Norma es una druida celta que se ha enamorado y ha tenido dos hijos con Pollione un general romano que está al mando de las legiones de ocupación. Por supuesto, es un amor proscrito. Tras muchas vicisitudes que no vienen a cuento, Norma confiesa su amor proscrito hacia el romano y es condenada por los druidas a morir en la hoguera. Efectivamente, es quemada en ella y Pollione, lleno de admiración por su sacrificio, va con ella a la pira. Tragedión. Pero allí estaba yo, en mi butaca del cine, saboreando de antemano la música de “Casta diva” y otras arias, duetos y coros inolvidables. Empieza la ópera, en directo desde la Royal Opera House. Y he aquí que los druidas celtas son una extraña mezcla de militares con aspecto fascistoide, miembros de la orden de Jerusalén, con sus capas con la cruz de Jerusalén y sacerdotes y obispos católicos. El tenebroso bosque en el que tiene lugar la acción es un bosque en el que los árboles son crucifijos. Miles de crucifijos con Cristo crucificado. Y en ese escenario se empieza a desarrollar el tragedión. Claro, los textos del libreto, que aparecían en la pantalla en subtítulos, no concuerdan ni poco ni mucho con lo que se ve en escena. Yo me empiezo a poner de mala leche y soy incapaz de concentrarme en la música. Como sé el final me imagino a Norma y Pollione ardiendo en la hoguera de los perversos híbridos de fascistas y obispos. Pero mi indignación es también para los escenógrafos, cada vez más frecuentes, que, en vez de poner lo que podría ser su arte al servicio de la música y la historia, se sienten divos que pretenden ser los protagonistas y convierten así lo que podría ser un arte en un esperpéntico monumento a su ego. Y el arte y la belleza se esfuman convertidas en un confuso poporri de lugares comunes progres –en el peor sentido de la palabra– que busca la aprobación de los más papanatas del coro de los grillos sin el más mínimo respeto para el auténtico artista: Bellini. Tras algo así como veinte minutos de representación, no puedo aguantar más y, echando espuma de indignación por la boca, me salgo del cine. Blanca, mi mujer, que venía conmigo, se quedó. Efectivamente, al final ocurrió lo que esperaba. Los malos pseudoartistas son muy predecibles. Norma y Pollione son quemados en una hoguera que sale de una cruz. ¡Qué obra de arte! Lo más alucinante es que los críticos de los distintos medios se quitan la palabra para alabar la escenografía. “Norma pedía a gritos que se hiciera una versión contemporánea” afirma Alex Ollé, el escenógrafo. ¿Sí? Te lo pedía a ti? Y, ¿tal vez el Partenón te pide que pintes el Guernica en el frontón? ¿O Velázquez que vistas con nikes y pongas piercing a las Meninas? Pero, ¿quién coño te has creído que eres? ¡Ay Bellini y Romani (el libretista de la ópera), si levantaseis la cabeza os volveríais a morir al ver como un ególatra se aprovecha de vosotros! Preguntaréis: ¿Por qué nos cuentas esto? No lo sé, ¿para desahogarme de la indignación del degüello del arte por un matarife narcisista? Posiblemente.

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