16 de abril de 2021

Travesía de la Biblia; 5ª singladura

 Abraham (I)

En esta singladura nos encontramos con Abram, al que Dios cambiará el nombre por Abraham y que es el primero de la saga de los patriarcas Isaac y Jacob cuyos doce hijos dieron lugar a las tribus de Israel.

Abraham es el primer personaje de la Biblia que tiene visos de ser histórico. Con esto no quiero decir que haya testimonios escritos de su vida. Difícilmente podrían haber sido escritos, y mucho menos sobrevivir al paso de los siglos, testimonios de un personaje que, si existió, fue un personaje que, en sus tiempos, no pasó de ser una persona corriente, sin ningún relieve por el que pasar a la historia. Sin embargo, lo que sí hay es una inmensa cantidad de tablillas sumerio-acadias que nos describen con enorme lujo de detalles, los aspectos más prosaicos de la vida cotidiana –tales como contratos, contabilidad, prácticas de los distintos oficios, etc., etc., etc.– de los habitantes de Mesopotamia de los primeros siglos del segundo milenio, época en la que podría situarse Abraham. Y cuando se lee lo que la Biblia dice de Abraham y se pone delante del decorado de fondo de lo que se sabe de aquella época, el personaje encaja en ese decorado de forma impresionante. Es decir, parece altísimamente improbable que haya sido un personaje inventado seis siglos más tarde por Moisés al escribir el Génesis. Sería como si alguien que no hubiese leído en su vida un libro de historia nos contase las aventuras de un navegante portugués del siglo XIV. Cualquiera que conociese las navegaciones de esa época, aunque sólo fuera someramente, se daría cuenta de que el personaje no encajaba ni a martillazos. Pues con Abraham pasa lo contrario. Cuanto más se sabe de la época en que vivió, más asombro causa su realismo. Con toda probabilidad fue un personaje muy especial, cuyas noticias llegaron a Moisés y al Génesis a través de la tradición oral familiar tan típica de los pueblos semitas[1]. Y, lo mismo se puede decir de su hijo Isaac, de su nieto, Jacob y de sus bisnietos, los doce hijos de este último, y de sus respectivas familias. 

La figura e historia de Abraham son de tal densidad teológica que le tendré que dedicarle más de una singladura en esta travesía de la Biblia. Intentaré mostrar a través de él los dos binomios básicos que vimos en la 2ª singladura de esta travesía de la Biblia, a saber: El binomio pecado-conversión-perdón y el de promesa universal-anuncio del Mesías salvador. 

La primera noticia que nos da la Biblia de Abram se produce al final de la genealogía de Sem, el hijo al que Noé bendice. Al final de esa genealogía, nos dice: “Téraj tenía setenta años cuando engendró a Abram, a Najor y a Aram”. En un momento de su vida Téraj decide, por motivos que desconocemos, abandonar, con parte de su familia la ciudad de Ur de los caldeos, en Mesopotamia, e ir a la tierra de Canaán. En unas líneas nos describe cuál es esa familia. Son: su hijo Abram, que estaba casado con Saray, cuya ascendencia desconocemos y que se nos dice que era estéril y su nieto Lot, hijo de Aram, que murió al poco tiempo. Su hijo Najor, que se había casado con su prima hermana Melcá, también hija de Aram, no parte con su padre Téraj.

Pero la intención de la familia de llegar a la tierra de Canaán, se ve truncada cuando llegan a Jarán, situada a mitad de camino entre Ur y Canaán. Tampoco sabemos la razón de este cambio de planes. Pero Dios es tozudo con sus planes. Si Téraj se había quedado en Jarán, el plan sería continuado por su hijo Abram. Así, Dios le dice a Abram:

“Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré”. Es decir, no le dice a dónde tiene que ir, sólo que tiene que dejar su tierra. Es imposible saber cómo habla Dios a las personas que elige para una misión, que a menudo produce una muy fuerte aversión en quien la recibe, pero lo que es indudable es que cuando les llama lo hace con una fuerza que no deja el más mínimo lugar a dudas, porque aún a regañadientes, los elegidos, generalmente, se lanzan al cumplimiento de esa misión y embarcan en ello toda su existencia. Así pues, Abram parte, nos dice la Biblia, con Saray, su mujer estéril, con Lot, su sobrino, y lleva consigo todas sus posesiones y los esclavos que tenía en Jarán. Nada nos dice la Biblia que pueda hacernos pensar que sentía un enorme peso por la misión que le había encomendado Dios. Pero Dios le bendice diciéndole (en verso):

“Yo haré de ti un gran pueblo,

te bendeciré y haré famoso tu nombre,

que será una bendición.

Bendeciré a los que te bendigan

y maldeciré a los que te maldigan.

Por ti serán benditas

todas las naciones de la tierra” 

Esta es la primera promesa universal hecha a Abram que abarca a todas las naciones de la tierra, no únicamente a su descendencia. Pero el hecho es que Abram se ha convertido de un urbanita, en un nómada que va plantando su tienda allí donde se lo permiten los ocupantes de esa tierra. Y, tras ir un poco de un sitio a otro, tras construir un altar entre Betel y Ay, donde el Señor le promete que dará esa tierra a su descendencia, se tuvo que instalar en el desierto del Néguev, al sudoeste del mar muerto. Y allí le sorprende una hambruna de las que solían asolar regularmente la tierra de Canaán y, claro, muy especialmente, el desierto del Néguev.

Empieza ahora el primero de los tres ciclos de pecado y perdón. Porque empujado por el hambre, Abram y su familia se tienen que ir a Egipto y allí Abram comete una bajeza inimaginable. Antes de llegar, le dice a Saray, su mujer:

“Mira, yo sé que eres una mujer muy bella; en cuanto te vean los egipcios, dirán: ‘es su mujer’ y me matarán, dejándote a ti con vida. Hazme este favor, di que eres mi hermana, para que me traten bien gracias a ti y, por consideración a ti, respeten mi vida”.

Efectivamente, así lo hacen. Y cuando el Faraón vio a Saray, la hizo llevar a su palacio y colmó a Abram de bienes, dándole “ovejas, vacas y asnos, siervos y siervas, camellos y asnas”. El Génesis no es explícito acerca de hasta dónde llegó el Faraón en su relación con Saray, pero sí dice que el Señor la castigó, a él y a su familia, con grandes plagas. Hasta el punto de que, éste, entre aterrado e iracundo llama a Abram y le dice:

“¿Qué es lo que me has hecho? ¿Por qué no me dijiste que era tu mujer? ¿Cómo me dijiste que era hermana tuya, dando lugar a que yo la tomase por esposa? Toma a tu mujer y márchate”.

Le pone una escolta y le expulsa con su mujer y sus posesiones. Aunque no se menciona en este momento, Saray se va de Egipto con una esclava, regalada por el Faraón, de nombre Agar. Agar jugará un papel muy importante en el segundo de los ciclos pecado-perdón de Abram. Expulsado de Egipto, vuelve al altar que construyó entre Betel y Ay y allí, se postra ante el Señor, arrepentido. Y parece que el Señor le perdona.

Poco después de esto, Abram y Lot, estando entre Betel y Ay, deciden separarse y seguir cada uno su camino. A pesar de vivir de prestado sobre la tierra de Canaán, a ambos, tío y sobrino, que pastorean juntos sus rebaños, les va muy bien. Pero, precisamente por eso, surgen rencillas entre sus pastores, que amenazan con contagiarse a los dueños, hasta el punto de que Abram le dice a Lot:

“Evitemos las discordias entre nosotros y entre nuestros pastores, porque somos hermanos[2]. Tienes delante toda la tierra; sepárate de mí; si tú vas a la izquierda, yo iré hacia la derecha, y si vas hacia la derecha, yo iré hacia la izquierda”.

Lot ve, hacia el Este, el fértil valle del Jordán, “de regadío como el jardín del Señor y las tierras de Egipto” y lo escoge para sí, yéndose a vivir a la ciudad de Sodoma, que aparece nombrada por primera vez en la Biblia, de la que dice que sus “habitantes eran muy malos y pecaban gravemente contra el Señor”. Deja así de ser un nómada para volver a ser un urbanita, como lo había sido en Ur y en Jarán y, lo que es peor, establece una relación estrecha con el mal y el pecado, aunque él siga siendo justo. Dado que en ningún pasaje anterior se habla de que Lot tuviese familia, cabe pensar que se casó con una mujer de Sodoma y que allí tuvo a sus dos hijas. Abram, en cambio, se establece en la tierra de Canaán, en el encinar de Mambré, cerca de Hebrón, donde levanta un nuevo altar al Señor. Ambos son ricos y multiplicarán su riqueza, pero Abram lo hace manteniéndose fiel al Señor y a sus promesas, mientras que Lot entra en connivencia con el pecado.

Poco después, los reyes de unas ciudades-estado poderosas declaran la guerra a los reyes de Sodoma y Gomorra y los derrotan. Entre el botín, se llevan cautivos a Lot y a su familia. Abram, siendo tan sólo un nómada, sale en persecución de los reyes victoriosos. Con tan sólo trescientos dieciocho criados y, con la ayuda de Dios, los derrota. Y tras esa victoria, rescatado Lot del poder de esos reyes, Abram recibe la bendición de un misterioso personaje. Se trata del rey de Salem, rey de la paz, llamado Melquisedec, que es también sacerdote del Altísimo y del que siglos más tarde nos dirá el autor de la epístola a los Hebreos, ya en el Nuevo Testamento, que “se presenta sin padre, ni madre, ni antepasados; no se conoce el comienzo ni el fin de su vida, y así, a semejanza del Hijo de Dios, es sacerdote para siempre”. Pues bien, este personaje lanza esta bendición en verso sobre Abram:

“Que el Dios Altísimo,

que hizo el cielo y la tierra,

bendiga a Abram.

Bendito sea el Dios Altísimo

que te ha dado la victoria

sobre tus enemigos”.

Entonces Dios dice a Abram: “No temas, Abram, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande”. Es decir, que, a pesar de su pecado, y gracias a su arrepentimiento, Dios no retira a Abram su promesa ni su protección. Por primera vez, se oye la queja de Abram: “Señor, Señor, ¿para qué me vas a dar nada, si voy a morir sin hijos y el heredero de mi casa será ese Eliazer de Damasco? No me has dado descendencia, y mi heredero va a ser uno de mis criados”. A lo que Dios responde con una nueva promesa: “No, no será ése tu heredero, sino uno salido de tus entrañas […] Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Así será tu descendencia”. Y la Biblia nos aclara: “Creyó Abram al Señor y el Señor lo anotó en su haber”. Y continua Dios: “A tu descendencia daré esta tierra, desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eufrates”. Abram deberá esperar hasta que el rey David haga cierta esta promesa, que después se esfumará para su descendencia. Al menos en el sentido material.

Aquí entra en juego la esclava egipcia de Saray, Agar, y un nuevo ciclo de pecado-perdón para Abram. Según una tradición semítica, cuando una mujer era estéril, su marido podía engendrar un hijo en una esclava de su mujer. Si la esclava paría al niño sentada en las rodillas de su ama, una ley consuetudinaria afirmaba que el niño era legalmente hijo de la mujer estéril y de su marido. De acuerdo con esto, Saray, llevada por la impaciencia y la desconfianza en las promesas de Dios, propone a Abram que se acueste con Agar y que  tenga así un descendiente que sea legalmente hijo de Saray. Abram, llevado también por su propia impaciencia y desconfianza, accede a la propuesta de su mujer. Agar se queda esperando y así nace Ismael. Pero este hijo provoca los celos y el odio entre las dos mujeres. Nada nos dice la Biblia sobre el arrepentimiento de Abram por esa desconfianza, pero lo cierto es que trece años más tarde, Abram vuelve a recibir la bendición del Señor. Le dice:

“Yo soy el Dios Poderoso. Camina en mi presencia con rectitud. Yo haré una alianza contigo y te multiplicaré inmensamente”.

Y, entonces, como muestra de esa bendición, Dios hace algo que no había hecho nunca en lo que la humanidad tenía de existencia. Les camba el nombre a él y a su mujer, Saray:

“Esta alianza hago contigo: tú llegarás a ser padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás Abram, sino que tu nombre será Abraham, porque yo te hago padre de una muchedumbre de pueblos. Te haré inmensamente fecundo; de ti surgirán naciones, y reyes saldrán de ti. […] A tu mujer, Saray, ya no la llamarás Saray, sino Sara. Yo la bendeciré y haré que te de un hijo; la bendeciré y haré que se convierta en un pueblo numeroso y que de ella salgan reyes”.

Lo de cambiar el nombre, es algo mucho más importante que una anécdota. En la cultura semita cada persona tenía dos nombres, uno por el que era conocido y otro, el que Dios le había dado y que, generalmente, ni el propio interesado conocía. Dar nombres era una atribución divina. Por eso es asombroso que en el primer acto de la creación del hombre, a su imagen y semejanza, Dios concediera a Adán el dar nombre a todos los seres vivos. Si alguien conocía el auténtico nombre de otro, era como si tuviese un dominio especial sobre él. En el libro del Apocalipsis, cuando Cristo habla a la iglesia de Pérgamo, le dice: “Al vencedor […] le daré una piedra blanca en la que hay escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe”. Esa piedra blanca con nuestro verdadero nombre nos está esperando a que salgamos vencedores, con la ayuda de Dios, como Abraham, de la batalla de la vida. Por eso, este cambio de nombre que Dios hace a Abraham y Sara es algo verdaderamente portentoso. Pero más portentosos será, como se verá más adelante, cuando Dios revele su propio nombre a Moisés.

Pero Abraham no confía en la promesa de Dios de darle un hijo y se ríe para sí. Dios, no obstante las dudas de Abraham, insiste y aclara algunas cosas:

“Te digo que Sara, tu mujer, te dará un hijo; lo llamarás Isaac; y yo estableceré con él y con sus descendientes una alianza perpetua. En cuanto a Ismael, acepto tu suplica. Yo lo bendigo, lo haré fecundo y lo multiplicaré inmensamente. […] Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el hijo que te dará Sara el año próximo por estas fechas”.

Efectivamente, tres meses más tarde, aparecen tres ángeles en donde Abraham tenía plantada su tienda, un lugar llamado el encinar de Mambré, cerca de la ciudad de Hebrón. Los ángeles vuelven a prometer a Abraham que tendrá un hijo con Sara. Esta vez es Sara la que se ríe y no se lo cree. Pero el Señor no tiene en cuenta la desconfianza de ambos y, efectivamente, nueve meses más tarde nace Isaac.

Pero los ángeles que hacen este anuncio a Abraham, tienen otra misión que cumplir: Ir a Sodoma y Gomorra para ver hasta dónde llega la maldad de estas ciudades y, si es tan grande como lo que ha llegado a sus oídos, destruirlas. Pero, antes de hacerlo, Dios decide alertar a Abraham de sus propósitos y le dice:

“El clamor contra Sodoma y Gomorra es tan grande y su pecado tan horroroso, que voy a bajar a ver si realmente sus acciones corresponden al clamor que contra ellas llega hasta mí. Lo voy a saber”.

Evidentemente, Dios ya sabía hasta donde llegaba esa maldad. La misión de esos ángeles no podía ser otra que, como nos dice la Biblia que hará Jonás, muchos siglos más tarde, en Nínive, instar a los habitantes de Sodoma y Gomorra a la conversión. Pero cuando los tres ángeles, bajo la apariencia de hombres obtienen la hospitalidad de Lot, la población de Sodoma, pide que se los entregue para violarlos en la plaza pública. Es entonces cuando tiene lugar una subasta a la baja en la que Abraham pide a Dios que perdone la suerte de ambas ciudades si en ellas hubiera un número determinado de justos, ya que no deberían perecer junto a los pecadores. La subasta empieza por cincuenta justos. Dios perdonaría a ambas ciudades si en ellas hubiese cincuenta justos. Abraham sabe que no los hay y va bajando el número hasta diez. La conversación acaba con la frase de Dios: “Por consideración a diez, no la destruiría”. He ahí, en Abraham, la figura de alguien que intercede pos la humanidad, anticipo del Salvador. Pero ni siquiera hay diez justos en toda Sodoma y Gomorra. Sin embargo, aunque la conversación acabe ahí, la acción de Dios no. Los enviados a destruir Sodoma y Gomorra dicen a Lot que tome a su mujer, sus dos hijas y a sus dos futuros yernos, seis en total, y abandonen la ciudad. Los dos futuros yernos se ríen de los mensajeros y el propio Lot no se acaba de decidir a abandonar la ciudad con su mujer y sus hijas. Los tres ángeles tienen que arrastrarles para que la abandonen. Sólo entonces Dios manda “una lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra. Y destruyó estas ciudades y toda la llanura, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo. […] Abraham se levantó muy temprano y se dirigió al lugar donde había estado en presencia del Señor. Volvió la vista hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la llanura y vio la humareda que subía desde la tierra; era una humareda como la de un horno”. La mujer de Lot, en su huida, añora la vida de pecado que deja atrás y queda convertida en estatua de sal.

Las cuestiones sobre las que me gustaría hablar a continuación  son: ¿Existieron realmente Sodoma y Gomorra y la lluvia de fuego sobre ellas? ¿Cuál fue la naturaleza de su pecado?

Respondiendo a la primera pregunta, si consideramos lo que dice el Génesis cuando Abram y Lot se separan, Sodoma y Gomorra estaban al norte del mar Muerto, en la ribera Oeste del valle del Jordán y Lot se va hacia ese valle y se instala en Sodoma. Pues bien, hasta hace poco no se había encontrado en todo el valle del Jordán ningún hallazgo arqueológico que permitiese detectar rastros de algún tipo de catástrofe como la descrita en el Génesis sobre Sodoma y Gomorra. Sin embargo, recientemente, los investigadores Phillip Silvia y Steven Collins, de la Trinity Southwest University, (Alburquerque, Nuevo México) han descubierto las ruinas de una ciudad, en lo que hoy es una elevada colina llamada Tall-el-Hammam, en Jordania, al nordeste del mar Muerto. Parece que fue una importante ciudad-estado de la edad de bronce, con una economía agrícola próspera. Sin embargo, hacia el primer tercio del segundo milenio a. de C, época aproximada en la que parece que vivió Abraham, fue abandonada súbitamente y no fue repoblada hasta unos setecientos años más tarde. Se ignoran las causas de este abandono. Estos mismos investigadores, descubrieron algunos restos de vasijas y ladrillos cristalizados sólo por una cara, así como esqueletos en posiciones extrañas. También en una amplia zona aparecieron rocas con una cristalización similar. Parece que esa cristalización hubiese necesitado para producirse una altísima temperatura durante un tiempo muy breve y que esto es compatible con la irrupción de un meteorito en la atmosfera, que hubiese destruido las ciudades de la zona. La historia del planeta Tierra está llena de fenómenos así, desde el monstruoso impacto en la península del Yucatán, hace 65 millones de años, que causó un brutal cambio climático global que llevó a la desaparición de los dinosaurios, hasta el que tuvo lugar en Tunguska, Siberia, el 30 de Junio de 1908. Un meteorito tan grande como el de Yucatán deja un inmenso cráter, pero uno más pequeño, como el de Tunguska, de unos 65 metros de diámetro, se desintegró como una bola de fuego a entre 5 y 10 Km de altura sobre la tierra, sin dejar ningún cráter. Las estimaciones, muy imprecisas, sobre la magnitud de esa explosión hablan de entre 3 y 30 megatones. Incluso tomando la cifra más baja de esta horquilla, la violencia de la explosión sería 60 veces la de la bomba lanzada sobre Hiroshima. Afortunadamente, en lo más profundo de Siberia, la población es tan escasa que sólo hubo tres muertos, que estaban a unos 50 Km del “impacto”, pero una superficie de bosque de unos 70 Km de largo por 55 Km de ancho, quedó arrasada, destrozando unos 80 millones de árboles dejándolos con los troncos calcinados y abatidos en la dirección radial a la zona del “impacto”.


 Imagen del bosque de Tunguska 19 años más tarde del “impacto”.

De ser ciertas las conclusiones de estas investigaciones[3], nos encontraríamos, como vimos en el caso del diluvio, con un fenómeno natural que debió dejar una inmensa huella en la conciencia de las personas que vivían en esa época y que fue transmitida a la posteridad por tradición oral o escrita. Bajo ese ropaje, el autor bíblico del Pentateuco, inspirado por Dios, transmitió el mensaje del castigo divino por los pecados. Pero para la transmisión del mensaje no es en absoluto necesario que esa explosión haya existido. Esta explosión sería sólo el ropaje. Haya o no existido, el mensaje sigue siendo el mismo que el del diluvio: pecado-consecuencias nefastas del mismo-perdón para los justos. Pero, ¿son plausibles las conclusiones de esa investigación arqueológica? La mayoría de los científicos no las apoyan, lo que, por otro lado, suele ocurrir con cualquier investigación que rompe un paradigma. También se debe considerar que la Trinity Southwest University es una universidad de confesión protestante evangélica. Sólo imparte enseñanzas bíblicas y arqueológicas y rechaza, como una intromisión del estado en la separación con la religión, la obtención de cualquier acreditación o ayuda económica estatal. En su Mission & Philosophy Statement afirma: “Humildemente remitimos nuestras mentes a la Biblia abrazando la Escritura (incluido el antiguo Tanakh hebreo y el Nuevo testamento) como la única representación escrita de la realidad, divinamente inspirada, dada por Dios a la humanidad, hablando con absoluta autoridad en todos los asuntos que aborda”. Hasta donde he podido llegar a saber, esta universidad está próxima a posturas fundamentalistas como el creacionismo o similares. Es posible, aunque no afirmo que sea así, que esa visión les pueda llevar a la flexibilización del método científico para hacer que llegue a conclusiones apriorísticas. Pero si eso fuese así, tampoco es descartable que las conclusiones de sus investigaciones sean, a pesar de ello, acertadas. Sin embargo, como acabo de decir, que lo sean o no sólo afectaría al ropaje, pero es indiferente para el mensaje bíblico. Que cada uno saque su conclusión, indiferente, en cualquier caso, para el mensaje bíblico.

Acabo aquí esta singladura. En la próxima, seguiré con la figura de Abraham, empezando por la respuesta a la pregunta formulada más arriba: ¿Cuál fue la naturaleza del pecado de Sodoma y Gomorra?



[1] Ver lo dicho al respecto de la autoría del Génesis en la 4ª singladura de esta travesía de la Biblia.

[2] Abraham llama hermano a Lot, cuando en realidad eran tío y sobrino. La palabra hebrea para esta denominación de hermano es “aj”. En las lenguas semíticas el concepto de familia era diferente al que tenemos ahora. Normalmente, tres generaciones vivían unidas bajo el patriarca, el abuelo. Esto hacía que los primos viviesen juntos y la palabra hebrea “aj” reflejaba este hecho. Significaba más bien “pariente próximo que vivía en el mismo clan”. Este término de “aj”, para denominar a parientes próximos no hermanos propiamente dichos, se usa en otras partes en la Biblia. Probablemente José, el padre de Jesús, viviría con sus hermanos Cleofás/Alfeo y Jacob. El primero era el marido de otra María que aparece al pie de la cruz, y eran padres de Santiago, “el hermano del Señor”. El segundo hermano de José, Jacob, era padre de Judas Tadeo, también discípulo y “hermando” de Jesús. Aunque los evangelios están escritos en griego, ésta no era la lengua nativa de los evangelistas y, por eso usaban el término griego “adelphós” en una traducción servil del término arameo, lengua semítica materna de Mateo, Marcos y Juan, equivalente al “aj” hebreo para hablar de los “hermanos de Jesús”. Lucas y Pablo, que sí tenían el griego como lengua materna, toman el término “hermanos de Jesús” de los otros evangelios. Marcos y Mateo, citan incluso los nombres de estos “hermanos”: Santiago, José, Judas y Simón, y aluden a sus “hermanas”, sin citar los nombres de éstas.

[3] Las conclusiones de esa investigación están plasmadas en un paper publicado bajo el título: “The Civilitation-Ending3,7KYrBP Event: Archaeological Data, Sample Analyses, and Biblical Implications” (KYrBP=KiloYears Before Present). Como simple curiosidad, añado debajo un link a un reportaje muy bien hecho (por lo que precisamente hay que tener cuidado para que no nos den gato por liebre) por los autores de esta investigación.

https://www.dailymotion.com/video/x30dv4e

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