17 de abril de 2016

Comentarios sobre la exhortación apostólica "Amoris Laetitia"

Lo que viene a continuación no pretende, en modo alguno, ser un resumen de la exhortación apóstolica “Amoris Laetitia”, sino algunas de mis impresiones.

Ha sido para mí imposible hacer ningún tipo de resumen de la exhortación. El documento, aunque dividido en capítulos, cada uno con un tema específico, es, dentro de cada uno de ellos, una acumulación tan exhaustiva y prolija de puntos que su resumen es poco menos que imposible, o así me lo ha parecido a mí. Lo cual no significa, de ninguna manera, que su lectura sea árida. Recomiendo encarecidamente su una lectura hecha con calma, lentamente, sin prisas, y meditativamente, deteniéndose en cada epígrafe.

No era mi intención ir directamente a los temas que se han convertido en el nudo gordiano de esta exhortación, tanto por la trascendencia de los mismos como por que han sido sobre los que han incidido los medios, a saber: 1) el problema del acceso a los sacramentos de los divorciados que han vuelto a constituir una nueva relación, 2) el problema de las parejas y familias no basadas en el matrimonio y 3) la cuestión de la homosexualidad y, más en concreto, del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero, al final, no he podido resistir la tentación de ir a esos temas tras la lectura de unos dos tercios del documento. Pero debo decir que, aunque hay lugares en el documento en los que se trata específicamente de estos temas, hay referencias más o menos directas a los mismos todo a lo largo y ancho de la exhortación. Dentro de unas líneas me centraré, pues en lo que se dice sobre esos temas. Pero no puedo, antes, de hacer un comentario general.

El Papa presenta desde el principio el matrimonio y la familia como un maravilloso sueño de Dios para que su criatura más amada, el ser humano, sea feliz. El matrimonio y la familia son una necesidad de la humanidad y encarnan sus más hondos anhelos y aspiraciones. No son por tanto, ni una carga ni unas instituciones de conveniencia. Son consustanciales a la felicidad y realización del ser humano en este mundo. Dice la exhortación: “La pareja que ama y genera la vida es la verdadera «escultura» viviente —no aquella de piedra u oro que el Decálogo prohíbe—, capaz de manifestar al Dios creador y salvador. Por eso el amor fecundo llega a ser el símbolo de las realidades íntimas de Dios”. […] “El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente” […] “De este encuentro, que sana la soledad, surgen la generación y la familia”. Esa belleza intrínseca de la familia no obsta para que el Papa vea, como cualquiera que tenga ojos para ver el mundo, que los seres humanos la hemos convertido a menudo, como hemos hecho con nosotros mismos, en una caricatura a veces grotesca de lo que Dios había soñado para nosotros. Y la Iglesia debe velar por mantener el ideal del matrimonio y de la familia soñadas por Dios pero sin por ello cerrar los ojos al sufrimiento que causa en tantos seres humanos la caricatura en que nos hemos convertido y en la que, en consecuencia hemos convertido a veces el matrimonio y la familia. La pastoral de la Iglesia debe, por tanto estar en los dos frentes. Si se olvida el ideal del sueño de Dios sobre el hombre a través del matrimonio y la familias, se pierde la perspectiva. Pero la contemplación de ese ideal no debe evitar que veamos las heridas y el sufrimiento de tantos seres humanos que han perdido o no han encontrado el camino. Ni el ideal debe ser adulterado por los casos de sufrimiento particular, ni éstos deben ser olvidados en nombre del ideal. Si es verdad que Dios ha dado un instrumento al ser humano para su felicidad y la Iglesia debe cuidar del brillo de ese ideal, no lo es menos que debe también acompañar, consolar, ayudar y acoger a las personas que, al romperse ese ideal, por las causas que sean, viven situaciones de intenso sufrimiento. Recomiendo pues una lectura desde una doble óptica. El asombro por la bondad y belleza del plan de Dios y la misericordia hacia una humanidad doliente de la que formamos parte todos y cada uno de nosotros.

Dicho esto, vamos a las tres cuestiones planteadas al principio:

1ª) El problema del acceso a los sacramentos de los divorciados que han vuelto a constituir una nueva relación.

Aunque lo que digo en este párrafo no se corresponde directamente con la cuestión planteada, creo que conviene resaltar que la exhortación afirma que hay situaciones en las que la defensa de la propia dignidad no solo aconseja, sino que exige que uno de los cónyuges se separe con la custodia de los hijos. Por ejemplo esto puede darse en casos de violencia física o psíquica sufrida por uno de los cónyuges e infligida por el otro.

Centrándonos ya en el punto en cuestión, hay en la exhortación una aclaración, que no es ninguna novedad, pero que lo es en la forma en que se dice y en la forma en que sale al paso de un malentendido y una desinformación muy vigente: Los divorciados que han iniciado una nueva relación, sean cuales sean las causas que han llevado a ello, NO ESTÁN EXCOMULGADOS. Que no puedan recibir el sacramento de la Eucaristía y de la Reconciliación es algo muy diferente a estar excomulgados. El Papa insiste en que forman parte de la comunidad de la Iglesia de la que son hijos muy queridos.

Para entender la postura de la exhortación sobre la posibilidad de que puedan recibir el sacramento de la Eucaristía y acercarse al de la Reconciliación hay que remontarse a los dos anteriores sínodos extraordinarios sobre la familia que tuvieron lugar recientemente. Si alguien quiere que le mande la relatio final de ambos sínodos y las opiniones que expresé en su día, no tiene más que pedírmelo. Pero explico brevemente las dos posturas que había. Sin embargo, antes de exponerlas sucintamente, quiero dejar constancia de que ninguna de las dos posturas pone en tela de juicio, ni tampoco, por supuesto, lo hace la exhortación, la indisolubilidad del matrimonio ni ninguna otra doctrina aceptada por la Iglesia hoy. Copio a continuación el nº 62 de la exhortación:

“62. Los Padres sinodales recordaron que Jesús «refiriéndose al designio primigenio sobre el hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble entre ellos, si bien diciendo que “por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así” (Mt 19,8). La indisolubilidad del matrimonio —“lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt19,6)— no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los hombres sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio [...] La condescendencia divina acompaña siempre el camino humano, sana y transforma el corazón endurecido con su gracia, orientándolo hacia su principio, a través del camino de la cruz. De los Evangelios emerge claramente el ejemplo de Jesús, que [...] anunció el mensaje concerniente al significado del matrimonio como plenitud de la revelación que recupera el proyecto originario de Dios (cf. Mt 19,3)»”

Lo que se planteó en el sínodo fueron dos posturas no antagónicas, puesto que están de acuerdo en lo fundamental, que podrían expresarse así: ¿Debería la Iglesia seguir negando, sin discernir casos particulares, el acceso a los sacramentos a todos los divorciados vueltos a casar o debería considerar caso por caso y considerar algún caso excepcional? En la relación final del sínodo no aparecía por ningún lado el “barra libre para todos”, con perdón por la frivolidad de la expresión. Los que eran partidarios de discernir casos particulares lo eran en la atención de que podía haber casos en los que una persona divorciada y vuelta a casar podía no estar en situación de pecado mortal y, en ese caso, no había razón alguna para decir que no podía acceder a la Eucaristía y a la Reconciliación para que pudiese reconocer y obtener el perdón de otros pecados que, como todo ser humano pudiera tener. Los que defendían esto se apoyaban en una vieja tradición de la Iglesia, reflejada en el Catecismo de la misma, que afirma que para que se de la situación de pecado mortal tendrían de darse tres condiciones. A) Materia grave, B) plena advertencia de esta materia grave y C) perfecto consentimiento en la comisión del pecado. Los Padres que defendían en el sínodo la excepcionalidad, lo hacían en la perspectiva de que podía haber casos en los que la condición C) no se diese y que si el discernimiento de quien correspondiese en la Iglesia llegaba a la conclusión de que no se daba, se le podía permitir al acceso pleno a los sacramentos.

Pues bien, es evidente que el Papa se identifica con ella. Dice:

“La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, «puede haber factores que limitan la capacidad de decisión»”.

Pero ojo, en ningún momento dice que “adelante con los faroles” ni establece los métodos y procesos a seguir para determinar esas excepciones. Más bien lo que hace es prevenir contra la ligereza en este asunto. Cito de forma textual y completa el nº 300 de la exhortación.

“300. Si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas, como las que mencionamos antes, puede comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que «el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos», las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas. Los presbíteros tienen la tarea de «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento de acuerdo a la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento. Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie». Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que «orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. La conversación con el sacerdote, en el fuero interno, contribuye a la formación de un juicio correcto sobre aquello que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer. Dado que en la misma ley no hay gradualidad (cf. Familiaris consortio,34), este discernimiento no podrá jamás prescindir de las exigencias de verdad y de caridad del Evangelio propuesto por la Iglesia. Para que esto suceda, deben garantizarse las condiciones necesarias de humildad, reserva, amor a la Iglesia y a su enseñanza, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y con el deseo de alcanzar una respuesta a ella más perfecta». Estas actitudes son fundamentales para evitar el grave riesgo de mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente «excepciones», o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores. Cuando se encuentra una persona responsable y discreta, que no pretende poner sus deseos por encima del bien común de la Iglesia, con un pastor que sabe reconocer la seriedad del asunto que tiene entre manos, se evita el riesgo de que un determinado discernimiento lleve a pensar que la Iglesia sostiene una doble moral”.

Por tanto, el Papa, aún tomado postura a favor de la apertura discernida, no ha abierto ninguna puerta a los sacramentos. ¿Lo hará en el futuro? Sólo él lo sabe. Pero a mí no me extrañaría, y me alegraría, que pronto saque un documento de rango más reglamentario y de derecho canónico para, como hizo con el tema de las nulidades matrimoniales, definir ese camino. Qué esto se produzca o no, es algo que hoy por hoy es mera especulación. Por lo tanto, dejemos, y pidamos, al Espíritu Santo que actúe sobre el Papa para iluminarle sobre lo que es bueno para la familia, la Iglesia y la humanidad.

2ª) El problema de las parejas y familias no basadas en el matrimonio.

En lo que se refiere a este tema, la exhortación pretende, con un equilibrio a mi modo de ver exquisito transformar los peligros en oportunidades. En ese sentido procura ver, con prudencia, todas las formas de convivencia entre un hombre y una mujer no basada en el matrimonio como un avance positivo, en distintos grados según los casos, hacia el matrimonio. No creo que pueda hacer nada mejor sobre este punto que copiar íntegramente todo un epígrafe de la exhortación.


293. Los Padres también han puesto la mirada en la situación particular de un matrimonio sólo civil o, salvadas las distancias, aun de una mera convivencia en la que, «cuando la unión alcanza una estabilidad notable mediante un vínculo público, está connotada de afecto profundo, de responsabilidad por la prole, de capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión de acompañamiento en la evolución hacia el sacramento del matrimonio». Por otra parte, es preocupante que muchos jóvenes hoy desconfíen del matrimonio y convivan, postergando indefinidamente el compromiso conyugal, mientras otros ponen fin al compromiso asumido y de inmediato instauran uno nuevo. Ellos, «que forman parte de la Iglesia, necesitan una atención pastoral misericordiosa y alentadora». Porque a los pastores compete no sólo la promoción del matrimonio cristiano, sino también «el discernimiento pastoral de las situaciones de tantas personas que ya no viven esta realidad», para «entrar en diálogo pastoral con ellas a fin de poner de relieve los elementos de su vida que puedan llevar a una mayor apertura al Evangelio del matrimonio en su plenitud». En el discernimiento pastoral conviene «identificar elementos que favorezcan la evangelización y el crecimiento humano y espiritual».

294. «La elección del matrimonio civil o, en otros casos, de la simple convivencia, frecuentemente no está motivada por prejuicios o resistencias a la unión sacramental, sino por situaciones culturales o contingentes». En estas situaciones podrán ser valorados aquellos signos de amor que de algún modo reflejan el amor de Dios. Sabemos que «crece continuamente el número de quienes después de haber vivido juntos durante largo tiempo piden la celebración del matrimonio en la Iglesia. La simple convivencia a menudo se elige a causa de la mentalidad general contraria a las instituciones y a los compromisos definitivos, pero también porque se espera adquirir una mayor seguridad existencial (trabajo y salario fijo). En otros países, por último, las uniones de hecho son muy numerosas, no sólo por el rechazo de los valores de la familia y del matrimonio, sino sobre todo por el hecho de que casarse se considera un lujo, por las condiciones sociales, de modo que la miseria material impulsa a vivir uniones de hecho». Pero «es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza». Es lo que hizo Jesús con la samaritana (cf. Jn 4,1-26): dirigió una palabra a su deseo de amor verdadero, para liberarla de todo lo que oscurecía su vida y conducirla a la alegría plena del Evangelio.

295. En esta línea, san Juan Pablo II proponía la llamada «ley de gradualidad» con la conciencia de que el ser humano «conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento». No es una «gradualidad de la ley», sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley. Porque la ley es también don de Dios que indica el camino, don para todos sin excepción que se puede vivir con la fuerza de la gracia, aunque cada ser humano «avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor definitivo y absoluto en toda la vida personal y social»”.
 
Creo no haber leído en la exhortación, a pesar de su exhaustividad nada acerca de las uniones que tienen el deseo explícito de no tener nunca hijos. Los llamados DINKis (Double Income No Kids) ni de las personas, parejas o individuos aislados que tras decenios de huir de tener hijos como si fuese una terrible enfermedad, y tras haber hecho todo, aborto incluido, para evitarlos, deciden que el tener un hijo pase de ser una enfermedad a ser un derecho inalienable. Imagino que estas actitudes no encajan estas cosas en esa ley de la progresividad, aunque, por supuesto, también demandan misericordia y comprensión.

3ª) La cuestión de la homosexualidad y, en concreto, del matrimonio entre personas del mismo sexo.

El Papa afirma categóricamete: “deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar «todo signo de discriminación injusta» y particularmente cualquier forma de agresión y violencia”. Por supuesto, esto no es ninguna novedad, pero está muy bien que se repita de forma reiterada porque no pocas veces algunos cristianos (y no cristianos) han despreciado a los homosexuales. El Papa afirma sin ambages que las personas con tendencias homosexuales son amados por Dios, pertenecen a la comunión de la Iglesia que debe cuidarles y acompañarles en sus dificultades que, se diga lo que se diga, son duras y difíciles. Pide a las familias en las que hay una persona con esas tendencias que las ayuden y las acompañen con todo el amor del mundo. Pide para ellos “un respetuoso acompañamiento, con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida”. Lo que es una forma de decir que están también llamados a la santidad, pues la santidad no es otra cosa que la realización plena de la voluntad de Dios en la vida de una persona.

Ahora bien, en lo que se refiere a la unión matrimonial entre personas del mismo sexo, la exhortación es tajante. Afirma:

“…los proyectos de equiparación de las uniones entre personas homosexuales con el matrimonio, «no existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia [...] Es inaceptable que las iglesias locales sufran presiones en esta materia y que los organismos internacionales condicionen la ayuda financiera a los países pobres a la introducción de leyes que instituyan el ‘matrimonio’, entre personas del mismo sexo»”.


Como he dicho al principio, no es mi propósito con lo dicho anteriormente sustituir la lectura sosegada, atenta, profunda y abierta de esta exhortación que es, a mi entender, un auténtico tratado del matrimonio y la familia dentro del plan de Dios y de la forma de abordar desde la misericordia y el amor las sombras que la naturaleza caída del hombre arroja sobre este luminoso instrumento divino.

9 de abril de 2016

Sobre el bien común

Cuando se habla del capitalismo, del beneficio de las empresas y de su maximización, etc., siempre sale a relucir que esto no debe chocar con el bien común o se discute si el capitalismo contribuye al bien común o a su deterioro. Y, claro está, no puedo más que estar de acuerdo con esa primera afirmación y encuentro serias dificultades en esa discusión. Pero conozco a poca gente, y yo no me incluyo entre ellos, que tengan claro qué es el bien común. La gente, en general, se mueve un una nebulosa de buenos sentimientos difíciles de definir. Porque el concepto de bien común es tan elusivo como importante. Al menos en las cosas que he leído intentando buscar una idea clara de lo que es y en las preguntas que he hecho a gente que decía saber lo que es, no he encontrado ninguna expresión clara del mismo, sino vaguedades contradictorias. Lo que viene a continuación es un somero repaso de algunas respuestas que he encontrado y la presentación de una que me parece LA respuesta a qué es el bien común.

Hay quien considera el bien común como el conjunto de los bienes públicos. Ni que decir tiene que me parece una definición paupérrima de algo tan importante. No le dedicaré por tanto ni una palabra más. Hay quien considera el bien común como la suma de los bienes particulares de los habitantes del ámbito en que se quiera establecer. Entre estos los hay puramente cuantitativos que consideran únicamente los bienes medibles económicamente, es decir, algo parecido al PIB. Otros dicen que en esa suma habría que incluir también otros bienes no directamente traducibles a dinero, si bien entre estos bienes no económicos habría que considerar una enorme disparidad de opiniones sobre cuáles son y cómo se miden. Para algunos, esta suma de bienes, sean estos sólo económicos o de otra índole, no sería el bien común, sino un nuevo concepto que llaman el bien total, que no debería confundirse, afirman, con el bien común. Los que así piensan opinan que en la “ecuación” que llevase al bien común deberían entrar, además del bien total –cuando creen que éste es una parte del bien común, cosa que no siempre ocurre–, cosas como la distribución de la renta, el acceso a sanidad, educación, la mortandad infantil, la esperanza de vida, etc., etc., etc., o, más ampliamente, la justicia distributiva o, todavía más ampliamente y mucho más elusiva, la justicia social. Existe un índice llamado Índice de Desarrollo Humano (IDH), que pretende medir, al menos en parte, estas cosas. Sin embargo, nadie sabe decir en qué medida una mejor distribución de la renta compensaría una menor cantidad de bien total. ¿Cuánta mayor equidad distributiva justificaría un PIB, digamos, un 10% menor. Por ejemplo, ¿compensaría una bajada del índice de Gini[1] de 40 a 35 el que hubiese un descenso del PIB un 10% menor? Ni siquiera los más cuantitativistas pueden responder a esto. Cuánto menos los que buscan en la “ecuación” cuestiones no cuantitativas.

En dos intentos loables de aclarar esto, sendas personas me pusieron dos ejemplos, uno imaginario muy poco cuantificable y otro muy cuantitativo. El primero me habló de una comunidad de vecinos en un edificio de cuatro plantas en la que vivía una anciana en la 4ª planta. El resto de los inquilinos eran personas jóvenes. La casa tenía un ascensor viejo que era necesario sustituir por las normas de seguridad del ayuntamiento. En caso de no sustituirlo, no podría ser usado. La comunidad de vecinos se reunió para considerar el tema y decidió por tres votos contra uno, el de la anciana, que no era económicamente interesante sustituir el ascensor, por lo que lo que se decidió quitarlo. Es evidente, decía quien me ponía este ejemplo, que con esa decisión puede que haya aumentado el bien total, al ahorrarse el oneroso coste del nuevo ascensor, inútil para los jóvenes vecinos del 1º, 2º y 3er pisos, pero se había deteriorado el bien común. Ciertamente, coincido en que así es, pero me pareció un argumento demasiado casuístico y muy poco válido para orientar la acción. El otro argumento, el cuantitativo, comparaba el bien total con la media aritmética de los bienes particulares, se definiesen éstos como se definiesen, mientras que el bien común sería más bien la media geométrica. Para quien no esté familiarizado con estos términos pondré dos ejemplos: La media aritmética de cuatro números 2, 7, 5 y 8, por ejemplo, sería (2+7+5+8)/4=5,5, mientras que la media geométrica sería la raíz cuarta de (2x7x5x8) que sería 4,86. Si bajásemos al de 8 a 6 y subiésemos el de 2 a 3, la media aritmética bajaría a 5,25 y la geométrica subiría a 5,01. ¿Compensaría? ¡Vaya usted a saber! El sencillo mundo de estos cuatro individuos, aunque fuese menos rico, sería más igualitario y, por tanto, podría decir alguien, más justo. Que sería más igualitario es indiscutible, pero no es evidente que fuese más justo. Habría una infinidad de cosas que matizar antes de poder asegurar semejante cosa. Por otra parte, y en un planteamiento puramente utilitarista, es evidente que si la desigualdad supera un cierto umbral, el problema sería que los que están más abajo rompiesen la baraja y, al final, tanto el bien total como el común así definido se fuesen al garete. Por otro lado, y también desde un planteamiento utilitarista, si la renta de los que más ganan se redujese para transferirla a los que menos, tal vez aquéllos no tuviesen incentivo para hacer cosas que pudieran repercutir en que todos los individuos ganasen más, con lo que, también, tanto el bien total como el común se deteriorarían.

Con los párrafos anteriores lo que quiero decir es que, asumiendo que creo que el bien común es un objetivo importantísimo para una sociedad, me encontraba en una situación de notable perplejidad con respecto a este concepto. Me parecía, además, que, bajo cualquiera de las perspectivas del mismo planteadas, mucha gente llegaba a una disyuntiva un poco esquizofrénica. A saber: El bien común era, en gran medida, como una restricción al bien total. Algo así como: “Si queremos aumentar el bien común, no queda más remedio que disminuir el bien total”. Este tipo de planteamientos simplistas que, repito, late en el fondo de muchas personas preocupadas por el bien común, me exasperan bastante. ¿Por qué hay que plantear estas dicotomías?

Supongo que con lo dicho hasta aquí habré logrado transmitiros mi confusión y perplejidad ante algo tan importante como el bien común. Pero hace uno o dos años tuve que preparar una charla sobre el cincuentenario del Concilio Vaticano II. Y me leí, cosa que no había hecho en 50 años, todos los documentos del Concilio. En la Gaudium et Spes encontré una definición del bien común que me gustó. Pero como estaba pensando en otra cosa, se quedó en la parte de atrás de mi memoria. Sin embargo, el otro día, lo rescaté de allí y lo busqué en la Gaudium et Spes. La definición era la siguiente:

“El bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”.

¡Bingo! ¡Ahí estaba! Por supuesto, esta definición no gustará a los cuantitativistas pero, ¿quién ha dicho que todo lo importante tiene que ser cuantificable? Al refrescar esta definición se me vino a la cabeza la tesis del libro “¿Por qué fracasan los países?” de James Robinson y Daren Acemoglu que leí este verano. En el envío del 3 de Setiembre de 2015, os incluí una síntesis del libro mezclada con mis impresiones personales (si alguien quiere que se la vuelva a enviar, no tiene más que pedírmelo). Muy, muy, muy sucintamente, la tesis es que los países que han triunfado económicamente –y los que puedan triunfar en el futuro– lo han hecho –o lo harán– si han creado –o saben, pueden  y quieren crear– instituciones políticas y económicas inclusivas. Mientras que los que han fracasado –o seguirán sumidos en el fracaso– son los que se han quedado anclados en instituciones políticas y económicas que los autores llaman extractivas. En la síntesis que hice, intenté explicar lo mejor que pude qué eran las instituciones políticas y económicas inclusivas o extractivas. Ahora me doy cuenta de que la frase ce Gaudium et Spes sobre el bien común es la más breve, precisa y esclarecedora definición de las instituciones de uno u otro signo. Sencillamente, los países que han desarrollado el bien común, tal y como se expresa en esa definición, son países que han creado instituciones inclusivas y han triunfado. Los que no han sabido, podido o querido hacerlo, son los que han fracasado.

Cuando os mandé esa síntesis, alguno me reprochó que identificase éxito o fracaso de los países (por supuesto no hablo de las personas) con éxito o fracaso económico. Y sí, lo hice. Y ahora veo que estaba bien hecho. No porque el éxito económico de los países sea igual al éxito en general. Creo que el éxito es algo que está íntimamente relacionado, si no identificado, con esa definición de bien común y, por tanto, según la tesis del libro, el éxito económico es una consecuencia del bien común. Los países que han conseguido el éxito económico, lo han hecho de la mano del logro del bien común. Y digo de la mano porque el proceso histórico no ha sido el logro previo del bien común y, después, conseguido el primero, el éxito económico. No. Ha sido un proceso evolutivo impulsado por una relación simbiótica y de realimentación positiva entre una cosa y la otra. Aquí no hay huevo y gallina. Lo primero fue un pequeño paso en la dirección del bien común. Este pequeño paso generó un paso, también mínimo en el éxito económico. Gracias a éste, se pudo dar un nuevo pasito en el bien común que, a su vez, hizo posible un paso más, siempre mínimo, en el éxito económico. Y esta pequeña bola de nieve que echó a rodar, generó el alud de bien común y éxito económico que viven algunos países. Nada de dicotomías esquizoides entre bien común y éxito económico. Simbiosis. Aquellos países que no han empezado a dar el primer paso en el bien común, todavía están anclados en el fracaso general. Los que lo han empezado más tarde, llevan retraso, pero están en la senda. El proceso lo empezaron Inglaterra. EEUU tras su independencia, continuó en la misma senda. Otros países se han ido adhiriendo. Los últimos podrían llamarse Corea del Sur, Taiwan, Chile y, también España e Irlanda. El “milagro” económico de estos países no es tal. Es el hecho de que han avanzado en esa senda. Y el producto, en vías de producción –no estará acabado nunca– siempre imperfecto, siempre con lacras que no gustan –¿hay alguna actividad humana que no las tenga?–, se llama capitalismo, pese a quien pese y moleste a quien moleste.

¿Pueden los países que están avanzados en ese proceso ayudar a los que están estancados? Sí y no. Empiezo por el no. El inicio de esa senda es algo que tiene que empezar, dado el derecho de los Estados soberanos a definir sus instituciones, desde dentro de cada país. No es posible –ni, por supuesto, deseable– que países avanzados –en el sentido de este proceso– obliguen a los que están estancados a iniciarlo. El primer paso lo tienen que dar ellos. Sin embargo, aunque sólo sea por mimetismo, ese primer paso puede que se de por seguir lo que se ve. El problema es que los que en esos países tienen el poder omnímodo pueden pensar, y de hecho a menudo piensan, aquello de “ande yo caliente, muérase la gente” (versión adaptada de TA). Y, en estos casos la cosa puede acabar en represión sangrienta. Pero sí es posible –y altamente deseable– que los países avanzados apoyen cualquier paso dado en la dirección correcta por los estancados. ¿Cómo debe ser ese apoyo? Por supuesto, no un apoyo de ayudas de Estado a Estado que se han demostrado no sólo inútiles, sino contraproducentes, sino un apoyo de inversión en esos países por parte de la iniciativa privada de los avanzados. Y para eso no es necesaria ninguna orden ministerial, ningún 0,7%, ninguna ONU, ni nada por el estilo. A poco que se perciba por parte de las empresas privadas de los países avanzados un progreso en el bien común –que conlleva seguridad jurídica– en los estancados, la inversión de aquéllos fluirá hacia éstos. Es lo que ha pasado en los “milagros” citados anteriormente. Las “perversas” multinacionales irán como han venido a España, Irlanda, Taiwan, Corea del Sur, etc. y como está pasando en Cuba e Irán[2]. Por supuesto, ya sé que hay multinacionales que no son ni mucho menos ejemplares. Pero yo he trabajado en y con un buen puñado de multinacionales y sí lo han sido. Inicié mi segunda vida profesional en Johnson Wax y no puedo decir más que cosas magníficas de su comportamiento. He hecho consultas a empresas españolas y multinacionales durante muchos años y, si tuviera que decir cuáles tenían un comportamiento más responsable, en todos los ámbitos, diría que las multinacionales. Tengo amigos que han trabajado en multinacionales de muy diverso tipo y, todos, casi sin excepción, coinciden con mi apreciación. El resto, es demagogia, aunque ciertamente, para que la demagogia sea creíble, tiene que haber casos de abusos impotables, que los hay, para que sean elevarlos a la generalidad. Y las multinacionales, en espacial las americanas, son más responsables porque vienen de un país más avanzado en ese proceso, es decir, más capitalista. Repito, sé, no hace falta que nadie me lo recuerde, que no es oro todo lo que reluce, pero en el proceso de inversión extranjera en los países que inauguran una era de seguridad jurídica hay enormemente más oro que mierda pintada de purpurina. Además, la irrupción de la inversión de las multinacionales en los países estancados genera un proceso de cascada de creación de empresas locales. Esto, en la parte alta de la pirámide empresarial. En la parte baja, si existe la suficiente seguridad jurídica como para que aparezcan microempresas locales, los países avanzados pueden ayudar a través de actividades de microfinanzas. Así pues, claro que los países avanzados pueden, en gran medida, apoyar a los estancados si ellos inician el camino. Pero no a través de las ayudas al desarrollo como se dan ahora que han demostrado sistemáticamente su ineficacia.

Estas reflexiones, compartidas con mi colega en la UFV y compañero de despacho, Rafael Alé, hicieron que éste me sugiriera un nuevo concepto: el de riqueza antropológica. Es una excelente manera de comprender el producto emergente del proceso de desarrollo económico y de bien común que se puede definir como capitalismo. Aunque la encarnación de ese proceso en el capitalismo presenta, como todo aquello en lo que participa la actividad humana, importantes e indiscutibles lacras y no pocos errores, no cabe duda de que este proceso tiene un signo positivo que genera riqueza antropológica. Es propio de la naturaleza humana fijar más la atención en lo malo que en lo bueno, pero creo que esa es una mala receta para hacer buenos diagnósticos que permitan actuar de forma que los países más pobres y estancados entren en el único camino que existe para que puedan salir de su miseria y recuperar la esperanza en su futuro. Hacer que las personas se sientan en la mayor medida posible dueñas de su futuro es algo que confiere una enorme dignidad, es la esencia del bien común y crea este tipo de riqueza que Rafael Alé ha definido como antropológica. Y creo que si se compara la situación de hace doscientos años con la actual en los países avanzados, no es posible negar que se ha creado, además de una inmensa riqueza económica, una enorme riqueza antropológica. Y aunque en menor medida creo que eso también se puede decir de los países que han entrado, aunque sea tarde, en la senda del bien común, en la evolución simbiótica del capitalismo.



[1] El índice de Gini es un parámetro que mide la distribución de la renta (o del patrimonio) en un determinado país o área geográfica. Es un numero del 0 al 100. Cuanto más bajo sea el índice de Gini, más equitativa es la distribución de la renta (o del patrimonio). Un índice 0 significaría igualdad total. Un índice 100 significaría que una sola persona tiene toda la renta (o patrimonio) de esa región.
[2] No me quiero meter en aguas demasiado profundas, pero en todos los “milagros” reseñados, a los que podría añadirse Singapur y, tal vez prematuramente, China, el primer paso lo han dado “buenos” dictadores que han dicho: “Empresas del mundo entero, vengan a invertir aquí y les aseguro que, si ganan dinero, no se lo voy a quitar” Y vinieron. Esto no es, ni de lejos, un alegato a favor de la dictadura. En todos estos países, de una u otra forma, la dictadura que lo propició dio paso a sociedades en gran medida democráticas, es decir, inclusivas, es decir, con un mayor bien común. Singapur y China son una incógnita. Si son capaces de dar los pasos necesarios hacia la democracia, su progreso será sostenible. Si no, me temo que no.

3 de abril de 2016

Diversas cosas sobre en diálogo de la Iglesia con la masonería

El hermano de un amigo mío me ha preguntado estos días sobre el diálogo que, me dice, se ha iniciado recientemente entre el Cardenal Gianfranco Ravasi y la masonería. Hasta donde yo sé, no ha habido ningún movimiento oficial en este sentido. Todo arranca de una carta abierta del Cardenal Gianfranco Ravasi en el periódico italiano Il Sole Domenica del 14 de Febrero pasado en la que éste se dirige a los masones. La carta fue respondida unos días más tarde por el Gran Maestre Stefano Bisi en el mismo diario Il Sole 24 Ore. Hasta donde yo sé, no ha habido ninguna conversación adicional más allá de estas dos cartas. Adjunto la traducción al inglés ambas. No soy responsable de esta traducción, por lo quien sepa italiano y quiera ir a las fuentes no creo que le cueste mucho encontrar en internet ambas cartas en su original italiano.

Y a continuación transcribo, con alguna pequeña modificación en mi respuesta y manteniendo el anonimato de mi amigo y su hermano, los mails que he cruzado con él.

Me dice mi amigo:

Estimado amigo : Soy hermano gemelo de xxx y como él, […] procuro ser un buen cristiano.
Aunque no tengo el gusto de conocerte, he oído hablar muy bien de ti, como persona muy integrada en lo religioso y buen escritor y ensayista (sic).
El tema que motiva estas líneas es simple. Hace unos días y con ocasión de unas conferencias técnicas, tuve ocasión de hablar con un ingeniero aeronáutico, jubilado, que ejerció como profesor en las Escuelas de Ingenieros Aeronáuticos y posteriormente de Arquitectura.

Resultó que es un escritor y ha publicado una serie de libros que calificaría de ''pensamiento'' y resultó ser Maestro Masón grado 18, equivalente al 33  de la Francmasonería.

Da la coincidencia de que el tema Masonería y el del Exorcismo, han ocupado mis preferencias desde hace unos años. Son temas a los que he dedicado horas, porque considero no están suficientemente abordados por la Iglesia Católica, porque parece que se les tenga miedo y hablo de monseñores incluso.

El hecho es que con  mi interlocutor, XXX,  hemos cruzado varios correos en los que si bien le expongo la doctrina de la Iglesia Católica sobre la materia, clara y rotunda, el me indica que no obstante, actualmente, el Cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Colegio Pontificio para la Cultura, ha iniciado unas reuniones para la aproximación de ambos, Masones y Católicos.

Desearía, si te fuera posible, me pudieras documentar acerca de exactamente cuál es o ha sido el alcance de estas reuniones o conversaciones, para no tocar de oído.

El tema es muy importante, porque en principio pongo en entredicho que los Masones estén dispuestos a corregir sus modos de pensar y actuar.

Agradeciéndote todo lo que pudieras informarme, te envía un cordial saludo



A lo que le he contestado:

Hola xxx: Encantado de comunicar contigo. Tu hermano yyy me había dicho que me escribirías. Parafraseando el refrán, los hermanos de mis amigos son mis amigos. Le pongo a él también en copia de este mail.

Lo primero, te agradezco mucho tu confianza en mí. Esto me va a servir de tema para mi próximo envío de los viernes.

Tengo conocimientos muy limitados sobre la masonería, por lo que seguro que tú sabes más que yo. No obstante, ahí van mis cometarios por lo que puedan valer.

Hablar de la masonería es algo extremadamente complejo puesto que hay un número inmenso de ramas, con distintas normas, “credos”, etc. En general me parece que, naturalmente con excepciones son, al menos hoy en día, gente bienintencionada con un sincero deseo del progreso de la humanidad a través de la tolerancia y la filantropía. A lo largo de la historia, algunas de sus ramas no ha tenido, sin embargo, un comportamiento tan idílico como pretenden. Podría decirse incluso que algunas han tenido comportamientos desastrosos. Pero es difícil distinguir el mito de la realidad. Además, cuando se mira con la lupa de la historia cualquier institución humana, incluida la Iglesia en su faceta humana, ninguna se queda impoluta, por lo que en ese tema es mejor aplicar lo de que “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Si nos vamos a sus creencias y su actitud ante los dogmas de la Iglesia, siempre salvando la inmensa ramificación, creo que no han sido más agresivos contra los dogmas de la Iglesia que otras muchas corrientes de pensamiento o que ciertas corrientes de ateísmo militante. Tal vez me atreviese a decir que, en general, lo han sido menos. De hecho, en una de sus constituciones que, por cierto, fue redactada en 1739 por el Pastor Presbiteriano James Anderson, dice que el masón “no será ni un estúpido ateo –sus palabras, no las mías– ni un irreligioso libertino”.  Creo que por eso, a lo largo de su historia han intentado atraer a su órbita a muchos cristianos. Creo que, en general, para entrar en la masonería no se ha exigido a los cristianos hacer ningún acto de apostasía. Pero lo cierto es que en su fe deísta en el Gran Arquitecto no tiene cabida la salvación a través de Jesucristo en el que ellos no creen. Ellos creen que la salvación de la humanidad, en un sentido muy abstracto, viene de la propia humanidad. Y, a veces, los medios que han utilizado para traer esa salvación han incluido guerras y atropellos históricos en nombre de ese paraíso. No está de más darse cuenta de que, muy a menudo, estas esperanzas de paraísos en la tierra meramente humanos han acabado en inutilidad o, peor aún, en tragedia histórica. Ahora bien, el cristiano no puede formar parte de una “religión” –Y la masonería, en cierta manera lo es– que niegue que la salvación viene a través de la encarnación, vida, obras, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Si lo hace, le obliguen o no  a apostatar, está apostatando. En ese sentido, la Iglesia, velando –con los errores humanos que se quiera, pero con la gracia sobrenatural– por la salvación de sus hijos, no podía aceptar esa doble pertenencia ambas vías de salvación. Porque, de hecho, muchos cristianos que entraban en la masonería acababan perdiendo la fe en Jesucristo como salvador. Así, varios pontífices (Benedicto XIV, Pío IX y León XIII hasta donde yo sé) han condenado esta doble pertenencia. ¿Lo han hecho en términos demasiado anatemizantes? No lo sé. No me siento con capacidad para juzgarlo. Desde luego, algunas condenas han sido muy duras. Citando traducido un texto de los que te adjunto, del propio cardenal Ravasi en una reciente carta a Il Sole de fecha 14-II-2016 cita un canon del Derecho Canónico de 1917 en el que se dice: “Los que se enrolen en la secta masónica o en cualquier otra asociación del mismo tipo que conspire contra la Iglesia o las autoridades civiles legítimas, incurre, ipso facto, en excomunión reservada a la Santa Sede”. Sin embargo, en un nuevo   código de 1983, firmado por el entonces prefecto de la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, bajo el pontificado de Juan Pablo II, suavizaba esta condena quitando de ella a la masonería y dejándola exclusivamente para los que se enrolen en organizaciones que conspiren contra la Iglesia.

Pero dejando aparte el hecho de que los católicos que entren en la masonería estén o no excomulgados, creo que puede haber un diálogo serio con ellos o, al menos, con aquellas facciones –en el buen sentido de la palabra– que no conspiren contra ella y no tengan una animadversión explícita hacia la Iglesia. No veo por qué no. Si es bueno dialogar con las personas de buena voluntad que se declaran ateos o agnósticos o que practican cualquier religión, no se me ocurre ninguna razón para evitar el diálogo con los masones, siempre que no exista esa animadversión. No me cabe duda –hasta ahí podríamos llegar– de que entre los masones, ateos, agnósticos o cualquier otro grupo humano con cualesquiera creencias o increencias hay personas de buena voluntad. Y dialogar con las personas de buena voluntad, piensen lo que piensen, no puede sr más que bueno. Pero ojo dialogar no es negociar ni hacer un ejercicio de sincretismo o de “cambiar cromos”. Y hay que tener sumo cuidado, porque en ese diálogo se pueden producir errores graves. Por poner un ejemplo, el diálogo de muchos católicos con comunistas acabó en que muchos de ellos se hicieron comunistas y acabaron por abandonar su fe, amén de desembocar en la teología de la liberación. Y, claro, la Iglesia debe velar por esto, porque existe para llevar la salvación de Cristo a los hombres. Por supuesto velar no quiere decir prohibir, pero sí orientar, guiar, acompañar. Pero para dialogar sin arriesgar la fe hay que tener una sólida formación de la que muchas veces quien se acerca a dialogar carece. La Iglesia dejaría de cumplir su función si no tuviese este cuidado. El hecho de que en momentos históricos haya tenido conductas lamentables para quien abandonaba o adulteraba la fe, no debe llevarla a dimitir de su obligación de orientar a sus fieles, de forma correcta, hacia la salvación a través de Jesucristo, que es su esencia, su razón de ser.

La persona que ha iniciado este diálogo –si es que existe este diálogo más allá de ese cruce de cartas, cosa que ignoro–, el cardenal Ravasi es, a mi entender, una persona muy adecuada. Fue creado Cardenal por Benedicto XVI y en la actualidad es Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y de la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada, además de ser miembro de la Congregación para la Educación Católica y los Consejos Pontificios para el Diálogo Interreligioso y para la Promoción de la Nueva Evangelización. Es un hombre de una vastísima cultura, abierto de mente y versado en el diálogo interreligioso y, al mismo tiempo, con ideas claras de las cosas que son irrenunciables en el mensaje de Cristo. Por tanto, a mi modo de ver es una persona idónea para ese diálogo, si llegara a abrirse..

Por supuesto, no falta quien, desde filas a mi modo de ver ultraconservadoras de católicos, ya están diciendo que tanto el Papa Francisco como Ravasi son masones y que quieren vender a la Iglesia a la masonería. Por haber, en determinados sectores “católicos” (lo pongo entre comillas porque no creo que lo sean) tachan de herejes a TODOS los Papas desde el concilio Vaticano II (Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y II, Benedicto XVI y, por supuesto, Francisco) y creen que la sede de Pedro está vacante desde entonces. Son los llamados “sedevacantistas”. Desgraciadamente, hay gente “pa to”. Bueno, mantengo lo de las comillas en “católicos”. Seguro que habrá gente que lea este mail y diga que yo también soy masón. Pues, me fumo un puro.

Por supuesto, mientras ultra”católicos” acusan a Francisco y Ravasi de masones, otros sectores de la masonería les acusan de masonófobos. Supongo que ellos (Francisco y Ravasi) también se fuman un puro hecho con las dos descalificaciones. El anciano Simeón ya profetizó cuando Jesús fue presentado en el templo que iba a ser signo de contradicción.

Espero que estas consideraciones te sirvan para algo. Te adjunto el artículo de Ravasi en Il Sole y la respuesta que le dio el gran maestre Stefano Bisi en el mismo diario unos días más tarde.

Un amistoso abrazo.

Tomás

Copio a continuación, en inglés, el cruce de cartas entre Ravasi y Basi:

Il Sole 24 ore February 14th, 2016

The Church & The Lodge
Dear Brothers Masons
Beyond the different identity, common values aren’t lacking: as communitarianism, charity, fight against materialism by Gianfranco Ravasi On an American review, some time ago, I was reading that the international bibliography on freemasonry exceeds one hundred thousand entries. The atmosphere of secrecy and mystery  enveloping the different “freemasonries” and masonic “rites” in a sort of nebula, whether right or wrong, surely contributes to this interest; not talking about the same genesis of freemasonry, which according to the English historian Frances Yates, “is one of the more discussed and disputable problems of all the field of historical research” (strangely, this essay was dedicated to the Enlightenment of Rosicrucianism, translated by Einaudi in 1976). Of course, we do not want to explore this hodgepodge of “lodges”, “orients”, “arts”, “affiliations” and denominations, the history of which, for better or for worse, often intersected with the political one of many nations, (I am thinking, for example, to Uruguay, where I recently attended some different dialogues with representatives of the community and the culture of masonic tradition), in the same way, to trace some demarcation lines  among the authentic freemasonry, and the false, the degraded, or the para‐ masonry, and the several esoteric or theosophical circles, is not possible. To draw a map of the ideology which contains a so fragmented universe, is also arduous, so that perhaps we can talk about an horizon and a method, more than about a codified doctrinal system. In this fluid setting, we find some rather defined crossroads, like an anthropology based on the freedom of conscience and intellect, and on the equality of rights, and a theism which recognises the existence of God, but leaving undefined the definitions of his identity. Therefore, anthropocentrism and spiritualism  are two routes rather well traced on a map that is variable and movable, that we are not able to trace in a meticulous way. Yet we are satisfied just to inform you about an interesting little book, that has the very circumscribed aim to define the relation between freemasonry and catholic church. Let us understand each other: this book is not an historical analysis of this relation, nor of the eventual contaminations between the two subjects. In fact, it is evident that freemasonry has acquired some Christian even liturgical models. We must not forget, in fact, that in the seventeenth century, many English lodges recruited some members and masters among the Anglican clergy, so much so that one of the first and fundamental masonic “constitution” was compiled   by the Presbyterian pastor James Anderson, who died in 1739. It stated, among other, that an adept “will not be a stupid atheist nor an unreligious libertine”, also if the proposed credo, in the end, was the most undefined, “the one of a religion all men agree with”. Now, the oscillation of the contacts between Catholic church and freemasonry was characterized by very different movements, coming also to evident hostilities, marked by anti‐clericalism, from one side, and excommunications, from the other side. In fact, on the 28th of April, 1738, pope Clemente XII, the Florentine Lorenzo Corsini, promulgated the first explicit document on freemasonry, the apostolic Letter In eminenti apostolatus specula, where he stated “the duty to condemn and forbid … the said Societies, Unions, Meetings, Assemblies, Gatherings or Conventicles of Free Masons and Françs Maçons or whatever called”. A condemn that has been reiterated by the popes who will follow, from Benedetto XIV to Pio IX and Leone XIII, who affirmed the incompatibility between the belonging to the Catholic church and the masonic affiliation. The Codice di Diritto Canonico (Code of Canon Law) of 1917, that at canon 2335 stated that “He who enrolled himself to the masonic sect or to any other associations of the same kind which plot against the Church or the legitimate civic authorities, ipso facto incurs the excommunication, reserved by the Holy See”,  was lapidary. The new Code, in 1983, tempered that formula, by avoiding the explicit reference to freemasonry, keeping the essence of the punishment, also if it was destined in a more general sense to “he who names an association plotting against the Church” (canone 1374). But the more articulated ecclesiastic text on the un‐ compatibility between the belonging to the Catholic church and freemasonry, is the Declaratio de associationibus massonicis, that was issued by the Vatican Congregation of the Doctrine of the Faith, on the 26th of November, 1983, signed by the Prefect at that time, cardinal Joseph Ratzinger. It stated indeed the English Translation Il Sole 24 ore February 14th, 2016 value of the assertion of the new Codice di Diritto Canonico, by reaffirming that “the judgement of the Church on the masonic associations” remained “unchanged, because their principles always have been considered un‐compatible with the doctrine of the Church and therefore the affiliation to that remains forbidden”. The little book we are now referring to, is interesting because ‐ besides of an introduction by the present Prefect of the Congregation, cardinal Gerhard Müller ‐ it presents two articles commenting this Declaratio, which had been published at that time by “Osservatore Romano” and “Civiltà Cattolica”, and two documents issued by two local episcopacies, the German Episcopal Conference (1980), and the one of the Philippines (2003). Both are significant texts, because they face the theoretical and practical reasons of the un‐compatibility between freemasonry and Catholicism, like the concepts of truth, religion, God, man and the world, spirituality, ethics, rituality, tolerance. In particular, the method used by the Philippine’s bishops is significant, because they articulate their argumentation in three trajectories: the historic one, a more specifically doctrinal one, and that of the pastoral leanings. All is articulated according to the scheme of the catechesis of questions and answers: they are 47 and allow us to go deep also in some particulars, like the ceremony of initiation, the symbols, the use of the Bible, the relation with the other religions, the oath of brotherhood, the hierarchical degrees, and so on. But those different declarations on un‐compatibility between the belonging to the Church and freemasonry do not prevent the dialogue, like it is explicitly stated in the document of the German bishops, who indeed at that time had listed some specific fields of discussion, like the communitarian dimension, the charity, the fight against the materialism, the human dignity, the mutual acquaintance.  Furthermore, that particular attitude of certain catholic fundamentalist milieu who – to damage some representatives, also the hierarchical ones ‐ used the arms of the apodictic accusation of their masonic affiliation, must be overtaken. Reaching the conclusion, we must overtake any mutual “hostility, outrages, prejudices”, because , “in comparison with past centuries, the tone, the level and the way to express the differences, are improved and changed”, also if these differences clearly persist.


Grand Master Stefano Bisi to the Editor of Italian newspaper “Il Sole 24 Ore”
Dear Sir, I have carefully read and appreciated the article published by Cardinale Ravasi on your eminent newspaper, on “Domenica”, the excellent cultural insert, of last 14th of February, 2016. With a greatly serene judgement, and with the right open‐mindedness, he has faced the rough relation and the un‐compatibility between the Catholic Church and the Freemasonry, lasting from centuries. I was happy to learn that, without prejudices and with the wide cultural view that identifies himself, he has talked about Freemasonry, and, beyond all the caveat and the Church’s official and written positions, widely known, he has admitted, without any preconceptions, that between the two realities, there are also some common values, which unites, also if not ipso facto cancelling the    different visions and the pronounced or even sharp differences. In articles 1 and 4 of the Constitution of Grande Oriente d’Italia‐Palazzo Giustiniani, the most ancient Masonic Grand Lodge, constituted in 1805, the identity of our organization is defined very clearly: (our organization) “ assimilating the Ancient Landmarks, pursues the search of Truth and the perfection of the Human Family; it acts in order to extend the bonds of love to all the mankind; it supports the Tolerance, the respect of oneself, the freedom of conscience and thought”. Universal Freemasonry, in its own nature, is neither a Religion, nor a substitute; is has not any dogmatic positions, does not propose any ways that are salvific for the soul; but to be admitted, it asks people only to believe in a Supreme Being. We simply call it Grand Architect of the universe, without giving any specific attribute to it, like Christian religion does. But I stop here, because the aim of this letter is not to discuss with Cardinale Ravasi about theology and Divinity, but with serenity, to try to start a constructive dialog, on some new and undisputed fields, respecting the different identities. From a long time, Grande Oriente d’Italia, is trying to do this, with the aim to demolish those walls, that nowadays are no more justified. On the occasion of my first celebration of the XX September [celebrating the facts of Risorgimento], I said that “my great dream was that one day a Pope and a Grand Master could attend together the celebration of Porta Pia, ending up a centuries‐old conflict”. Freemasonry is not an enemy of the Church, of any Churches, and always has been the House of dialogue and Tolerance”. It is not opposed to any religion, and leave the brethren free to follow their own faith. But time changes    and humanity is threatened by great dangers: like the fundamentalist terrorism, the decadence of values, the uncontrolled globalization. The greatness of laical, spiritual and religious institutions, to which Man adheres looking for some personal ways of improvement and elevation, is in the ability to face the delicate challenges, by taking part and sharing the raising necessities and problems. And the greatness is also in having the courage to go beyond any “mutual hostility, outrages, prejudices”, like between the Church and Freemasonry. As the president of the pontifical Council for Culture, wisely has remembered, quoting the document of the German bishops of 1983, the points of contact between Church and Freemasonry cannot be ignored, which find some common values in the communitarian dimension, in the human dignity, the fight against materialism, in the charity. On this, we can freely discuss, keeping the differences, but reducing the distance which the Philippines’ bishops in their document articulate. But the important thing is to start, also if with a limited reconciliation, and debate about it, and not to continue to profess an absolute and intransigent un‐reconciliation ex cathedra. Who owns Truth? Man or just God? Like the same Cardinale Ravasi, some years ago, wrote: “Truth is only one, but like a diamond it has many faces, from our point of view, we are able to see only one of those faces”. So, who is sure to be able to see all and hold the unique Truth, is a deluded soul. It is for this reason that freemasons, with humility and many doubts are perennially looking for it, leaving dogmas to the others. But always searching for the dialogue and debating with anyone. Stefano Bisi, Grand Master Grande Oriente d’Italia.

A raíz de este texto, con su anexo, que envié por mail antes de Semana Santa a una larga lista de destinatarios, recibí varias respuestas que se pueden catalogar en dos categorías. Unas podrían englobarse en la categoría de teoría de la conspiración. Otras entrarían en la de la profunda animadversión/odio de la masonería hacia la Iglesia. Respondo a las dos y, tras escribir lo que viene a continuación, me he dado cuenta de que, además, me he metido en algunas consideraciones sobre el bien y el mal. Ahí voy.

Por supuesto he oído muchas veces el argumento de que la masonería manipula los hilos de los gobiernos del mundo entero para conducir al mundo hacia una especie de degradación ética apocalíptica. La verdad es que soy poco proclive a creer en teorías conspirativas. Por supuesto, no puedo descartarlas totalmente, ya que por su propia naturaleza es imposible demostrar la no existencia de algo. Pero si uno se plantea las cosas con un poco de sentido común es posible sacar conclusiones que, sin ser demostrativas, sean bastante fiables. Es lo que voy a hacer a continuación.

Miro a mi alrededor y veo que es totalmente imposible que Alemania, Inglaterra, España, Francia, Rusia, EEUU, Argentina, etc., etc., etc., estén de acuerdo en algo. Nada, no hay nada en lo que esta larga lista de países esté de acuerdo. Sin embargo, la teoría de la conspiración exige que, en aquello en lo que se conspire, se llegue a ese acuerdo y, además, de una forma duradera y gobierne quien gobierne en esos países. Extraño. Tal vez para obviar esta dificultad, hay quien asciende un grado más en la teoría de la conspiración. Merkel, Cameron, Rajoy, Hollande, Putin, Obama, Macri, etc. no son, en esa ascensión conspirativa, sino marionetas que discuten entre ellos por “chorradas” pero están de acuerdo en lo que unos poderes superiores y ocultos les dictan.  Además, ese supuesto acuerdo, si lo hubiese, ya fuese a nivel de los Presidentes de gobiernos o de esa cúpula mundial del poder, se habría obtenido sin dejar ni rastro. Ni una sola cumbre, ni una sola reunión bilateral, ni una sola llamada telefónica, ni un solo mail. Vivimos en un mundo en el que si un Presidente de gobierno comete un desliz mandándole un mail a un miembro de su partido diciéndole: “¡Sé fuerte Luis!”, es inmediatamente transmitido a todo el mundo y se convierte en primera plana de todos los periódicos. Pero ese supuesto complot mundial pasa totalmente desapercibido. ¡Misterioso! Claro que, para solucionar este misterio pueden ampliarse aún más los límites de la conspiración. ¡Toda la prensa está en el ajo! ¡Hay una omertá mediática sobre este tema! ¡No publican las fugas de mails porque están en el ajo o porque tienen miedo a ese omnímodo poder oculto! La verdad, me cuesta mucho trabajo creerlo.

Además, si nos remontamos al inicio del pasado envío, el amigo masón del hermano de mi amigo, ingeniero español jubilado que va a cursos y conferencias, ostenta el máximo grado de una de esas sectas masónicas. Es, por tanto, según la teoría de la conspiración, parte de esa cúpula. Seguramente, entre curso y conferencia va a reuniones virtuales, a nivel mundial o se comunica con códigos secretos para dictar las consignas del día a Cameron y Merkel entre otros pobres diablos. Resulta que son él y otros como él los que rigen el mundo. Parecen abuelos cariñosos con sus nietos, pero no, son los que dirigen el mundo hacia el caos con hilos invisibles. Hombre, me cuesta más trabajo todavía creerlo.

Pero, además, resulta que todas las sectas en las que está dividida la masonería –todas dirigidas por abuelitos aparentemente inofensivos– están enfrentadas entre sí por muchísimas cuestiones. ¡Menos en lo fundamental!: precipitar al mundo al caos moral. Me cuesta todavía más difícil de creer.

Como he dicho al principio, todos estos sencillos razonamientos no demuestran que la teoría de la conspiración es falsa, pero…

Por supuesto, que niegue la teoría de la conspiración no significa que no crea en que ha habido a lo largo de la historia masones que han ejercido una parcela más o menos grande de poder político, militar, empresarial, etc. y que han usado esa parcela de poder para hacer algo malo para el mundo. Pero eso se puede aplicar a cualquier grupo de personas sin que por ello se pueda hablar de conspiración. Entre los miembros de un colegio de médicos puede haber colegiados que, puestos de acuerdo, hagan muchas perrerías y se apoyen unos a otros. Pero no creo que se pueda aplicar la teoría de la conspiración a semejante asociación. Es verdad que puede haber agrupaciones de cualquier tipo en la que, más o menos bajo cuerda, hagan pactos para ayudarse mediante tráfico de influencias. Incluso para derrocar un gobierno. Pero no hay que ser masón para eso y, en cualquier caso, su poder no es ni omnímodo ni perdurable. De todas estas cosas ha habido a montones en la historia de la humanidad, por supuesto, también antes de que existiese la masonería. Y, por supuesto, también hay casos de esto en la historia de la masonería. Podría citar algunos, dentro y fuera de la masonería. Cualquier persona que tenga mínimos conocimientos de historia puede hacerlo. Pero ninguna de estas conspiraciones ha llegado a dominar el mundo de forma estable y oculta.

Creo que la explicación de esa “supuesta” degradación moral del mundo es más sencilla (que no más simple), más profunda y más individual. Y digo lo de “supuesta” no porque no crea que hay muchos aspectos éticos del mundo profundamente degradados. Lo pongo entre comillas porque el mundo es un lugar muy complejo y, frente a aberraciones éticas terribles, hay también mejoras éticas notabilísimas. No es fácil asegurar que el mundo vaya hacia el desastre. Hay cosas en las que sí y otras en las que va muy a mejor. Y si tuviera que definirme acerca de qué pesa más, echando también un vistazo a la historia, diría que tienen más peso los procesos de mejora que los de deterioro, por supuesto, sin negar estos últimos. Pero la naturaleza humana es así. Tendemos a fijarnos más en lo malo que en lo bueno y queremos encontrar chivos expiatorios para lo malo.

Y creo que, tanto para lo bueno como para lo malo la respuesta hay que buscarla en la propia naturaleza humana de cada individuo. Los humanos somos, en lo profundo, muy iguales unos a otros. Me atrevería a decir que somos más iguales en las formas de hacer el mal que en las de hacer el bien. El mal es más monótono que el bien. Porque, a fin de cuentas, los seres humanos –según creemos los cristianos– hemos sido creados libres para el bien, aunque por el pecado original esta libertad haya quedado herida y se pueda orientar hacia el mal. Esta vocación hacia el bien encuentra plenitud en la libertad. La asimetría entre el bien y el mal funciona como un embudo. Hacia arriba, hacia el bien  hay muchos caminos que seguir, mientras que hacia abajo, hacia el mal, todo acaba en el mismo sumidero. Nos fijamos más en lo malo porque es más homogéneo y lo abarcamos con un solo golpe de vista, mientras que el bien es más amplio, más atomizado y, por lo tanto, más difícil de abarcar de un solo vistazo. Así pues, vemos el monótono mal y lo agregamos y, naturalmente, esa perspectiva nos hace ver conspiraciones donde no las hay. Pero concentrar las conspiraciones sólo en los masones es, además de una interpretación errónea, un reduccionismo a mi modo de ver absurdo.

El mal tiene, sin embargo, una “ventaja” sobre el bien: que va cuesta abajo. Pero, a pesar de eso, el bien está ahí. Y lo ha estado siempre. Y, me atrevería a decir que el balance entre el bien y el mal no ha dejado de mejorar en los últimos milenios. Quisiera volver por un momento a lo de la cuesta abajo y la cuesta arriba. Los cristianos creemos que para poder remontar la cuesta arriba y subir hacia el bien, es necesaria la gracia. Gracia que creemos que viene de Dios y que no podemos alcanzar con nuestras fuerzas. La historia de la lucha entre el bien y el mal es, a mi modo cristiano de ver, una lucha entre la aceptación de la gracia y su rechazo. Y, siempre a mi modo de ver cristiano, a la “ventaja” que tiene el mal por ir cuesta abajo se opone, con mayor fuerza, la “superventaja” de la presión osmótica del bien. Me explico. Es filosóficamente sabido que el mal sólo se puede entender como la negación de un bien. La muerte es un mal porque existe la vida, que es un bien. Sin ésta aquella no existiría. La recíproca, sin embargo no es cierta. Quitarle a alguien algo es un mal en tanto que lo que se le quita es un bien. Nadie hablaría de la distribución injusta de los bienes si estos no existiesen. Uno puede imaginar un mundo con sólo bienes, pero es imposible imaginar un mundo con sólo males. No porque no nos guste o sea feo, sino porque no tiene entidad. Es decir, podemos decir que el mal es el vacío y el bien tiene presión. El vacío, por definición no puede ejercer presión. Hacer el mal es crear una burbuja de vacío. Pero para mantener una burbuja de vacío sin que se espachrre es necesario construir un andamiaje que la sostenga “hinchada”. Además, por el más mínimo poro se acaba colando el aire y la burbuja de vacío deja de serlo. La lucha entre la presión osmótica del bien por un lado y el vacío del mal por el otro, siempre juega a favor del bien, por mucho que una bomba de vacío intente mantenerlo y de las muchas estructuras que se construyan para mantener la burbuja de vacío “hinchada”. Tolkien, en una carta a su hijo, en un momento en que éste estaba abrumado por el mal que veía a su alrededor, le escribía: “Ningún hombre puede jamás saber lo que está acaeciendo sub specie aeternitatis (en el plano de la eternidad)[1]. Todo lo que sabemos, y en gran medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito... en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él”. O dicho de otra manera, a la bomba de vacío del mal, tarde o temprano se le acabará la gasolina. Las estructuras que mantienen “hinchada la “burbuja” del mal se acabarán derrumbando. Y, entonces, el bien, germinará. Si como cristianos no creemos esto, entonces es que no creemos en la gracia, ni en la bondad de Dios y pensamos que la vida, muerte y resurrección de Cristo han sido inútiles. Es decir, ni somos cristianos ni “na”.

Por el contrario, sabemos que la gracia no termina, es infinita. Y, podríamos decir, además, que es un poco ciega. No me cabe duda que llueve más gracia allá dónde se la invoca. Pero siempre hay un excedente que llueve aleatoriamente. Dios hace salir el sol –en este caso, hace caer su lluvia– sobre buenos y malos, sobre cristianos y masones. Por favor, que nadie me interprete mal, no estoy estableciendo una correspondencia biunívoca entre cristianos-buenos y masones-malos. Una mera inspección de la realidad diría que no es así. Quiero decir que sobre los masones también puede llover la gracia de Dios. Y, ¿es que no puede ocurrir que esa gracia venga del diálogo? No lo sé, pero creo bastante plausible que el diálogo traiga más gracia para todos que la incomprensión, la descalificación y las teorías conspirativas en ambas direcciones, que también los masones tienen las suyas sobre la Iglesia. Por tanto, creo que es bueno abrir las puertas al diálogo, sin que esto signifique “cambiar cromos”. Así pues, basta de descalificaciones globales y de teorías conspirativas mutuas.

Y, ahora, dejando de lado las teorías de la conspiración, vamos al odio de los masones hacia la Iglesia. Sería una necedad por mi parte negar que ha habido a lo largo de la historia –y hay hoy en día– masones y logias masónicas que han odiado –y odian– a la Iglesia y han intentado destruirla. Pero sería una necedad mayor pensar que ese odio no tiene el más mínimo fundamento. La Iglesia, como institución humana, ha cometido muchos errores en la historia. Y quizá no sea el menor el hecho de que casi siempre se ha alineado con el poder absoluto, con los regímenes absolutistas. Al menos su jerarquía. Por supuesto que siempre ha habido miembros de la Iglesia –en su jerarquía y fuera de ella– al lado de los más pobres y miserables del mundo y que durante siglos la Iglesia ha sido –y sigue siendo hoy día de muchas maneras y en todo el mundo– la sanidad y la enseñanza públicas, encarnando numerosas obras de beneficencia etc. Pero eso no quita un ápice al hecho de la alianza, bastante común, de la alta jerarquía con el absolutismo. Y esto ha generado animadversión y odio en los sectores de la sociedad que han estado del lado de que el poder se distribuyese mejor creando sociedades más abiertas, es decir de los que podríamos encuadrar en el amplio término de “liberalistas”. De nuevo, la realidad es muy compleja y los simplismos de unos buenos del todo y otros malos del no funciona en ninguno de los dos sentidos. Todo tiene muchas facetas y hay miembros y miembros de la Iglesia y liberalistas y liberalostas. Por supuesto, ese odio, cuando se ha manifestado, ha producido episodios a menudo de extrema violencia contra la Iglesia. Y esos episodios han reforzado la tendencia de la jerarquía de la Iglesia a aliarse con el poder absoluto que representaba el orden y su protección. Y esto es lo más humano del mundo. ¿Alguien no lo haría? ¿Hay algo más humano esa reacción de la Iglesia tras acontecimientos como la revolución francesa o su persecución en la España de los años 30 del siglo pasado? Pero, empezase como empezase el proceso, el hecho es que a partir de un momento se produjo en la historia una terrible espiral de odio por un lado, respondido por el otro, no con odio, pero sí con encerramiento numantino y descalificaciones generalizadas.

Esto hizo que se polarizasen enormemente las posturas, confundiéndose en un totus revolutum cosas que, vistas desde una mayor frialdad y con mayor discernimiento no debieran confundirse. El concepto de libertad política y económica se unió, en la mentalidad liberalista con la pretensión cientifista de que los conocimientos científicos llegarían a explicar todas las facetas de la vida, excluyendo por ello la necesidad de un Dios sobrenatural, y con una visión filosófica que avanzaba en un humanismo que llegaba a la misma conclusión. Y, por el lado de la Iglesia esto llevó a una descalificación generalizada de toda corriente liberal, sin hacer distingos. Los masones se encuadraron, en su inmensa mayoría, en esa tendencia liberal y, a menudo, acabaron siendo liberalistas. En el campo de la Iglesia no pocos buenos cristianos liberales, que veían con buenos ojos las libertades políticas y económicas fueron víctimas de estas descalificaciones, fueron  confundidos con liberalistas y no pocos abandonaron la Iglesia por ello.

Uno de los momentos más álgidos de este enfrentamiento fue la promulgación por el Papa Pío IX, en 1864 de la encíclica “Quanta cura” y de su apéndice, el “Syllabus”, que suponían una condena de plano, y sin establecer prudentes distinciones, de todo lo que oliese a liberal, confundiendo burdamente liberal con liberalista. Muchos muy buenos cristianos, de ideas liberales, intentaron convencer al Papa de que no publicase estos documentos. En vano.

Sin embargo, entrado ya el siglo XX, la propia ciencia se empezó a dar cuenta de que, a pesar de sus inmensos y valiosísimos avances, estos no hacían sino llevar cada vez más lejos las fronteras del conocimiento y que ninca sería capaz de llegar a las últimas respuestas. Por otro lado, tuvo lugar la tragedia de la Primera Guerra Mundial, mal cerrada y continuada por la Segunda, con el ensayo general de la Guerra Civil española. Esto inició un proceso, en el que todavía estamos, con avances y retrocesos, que está haciendo ver a mucha gente que el mundo es un sitio demasiado peligroso si no se acepta que deben existir unas normas morales infranqueables. Esto ha generado en el último siglo una recapacitación por los miembros más sensatos de ambas partes. La ciencia, en gran medida, ha abdicado del positivismo excluyente decimonónico. Importantes corrientes humanistas han empezado a ver que el hombre sin ningún referente moral superior a él es perfectamente capaz de autodestruirse y han depuesto gran parte de su postura agresiva contra el cristianismo. La Iglesia, por su parte, se ha dado cuenta de que hay un liberalismo político y económico que es perfectamente compatible con sus principios, hasta llegar, hace poco más de 50 años, a derrumbar las murallas del ghetto en el que se había recluido, convocando el Concilio Vaticano II. La espiral que fue de violencia y descalificaciones en los siglos XVIII y XIX, encontró su propia vacuidad en el XX y empieza a dejar que la marea baje en el XXI. Por supuesto, todo este proceso es extremadamente complejo y sufre de grandes altibajos temporales y geográficos, pero visto en su conjunto, es innegable.

Como dijo Tolkien en la carta antes citada: “Ningún hombre puede jamás saber lo que está acaeciendo sub specie aeternitatis”. Pero la historia vista con perspectiva, nos brinda la visión más parecida que un hombre pueda llegar a tener de ese sub specie aeternitatis. Y si vemos bajo este enfoque el diálogo prudente entre masonería e Iglesia, sus frutos no pueden ser más que positivos. Más aún. Me atrevo a decir que los a menudo llamados “enemigos de la Iglesia” en determinados momentos históricos, la han ayudado, sin darse cuenta, a ir encontrando su camino a lo largo de esta historia. Alguien ha comparado alguna vez a la Iglesia con un jinete que cabalga un caballo desbocado y siempre está  a punto de caerse ora hacia un lado ora hacia el otro, pero que siempre ha sabido mantenerse sobre el caballo, en los XX siglos de existencia que tiene. Cosa que ninguna otra institución puede decir. Y creo que en esta corrección de la posición han tenido parte, “malgrée soi” los llamados “enemigos de la Iglesia”. Por tanto, tal vez sub specie aeternitatis, ésta deba estarles agradecida. Dios, que es el Señor de la Historia, tiene métodos desconcertantes en todo lo que hace. Alguien, me parece que fue Einstein, dijo: “Dios Nuestro Señor es sutil, pero de ninguna manera malicioso”. Y, visto así, ¿no se debe dialogar con los masones? ¿Será tal vez mejor seguir alimentando el desencuentro? ¿O debemos encontrarnos con ellos, como decía Benedicto XVI, en el atrio de los gentiles?



[1] La traducción es mía y más o menos aproximada. Desde luego, no aparece en el original. Tanto Tolkien como su hijo Christopher tenían la cultura clásica necesaria como para entenderlo con naturalidad, sin traducción.