16 de octubre de 2011
Ser abuelo
El 7 de Enero del 2007 fui abuelo por primera vez. Casi un mes más tarde, escribí algo sobre mis impresiones de esa experiencia. Hace unas semanas he sido abuelo por cuarta vez, repartiendo la abuelidad entre dos hijos. He vuelto a leer lo que escribí la primera vez y me parece que merece la pena publicarlo en el blog.
***
Ya hace casi un mes que fui abuelo por primera vez. Nunca me había parado a considerar si era algo que me haría ilusión, hasta hace poco. Hace unos años lo empecé a considerar y me dije a mí mismo, vagamente, que creía que sí, que me haría ilusión. Jamás tuve ningún tipo de impaciencia por ser abuelo, pero cuando hace unos meses, mi hijo y su mujer me dijeron que estaban esperando, me llevé una gran alegría. Desde ese día mi ilusión por ser abuelo empezó a crecer exponencialmente. Vi el embarazo de mi nuera avanzar y contaba los días. No sé qué tipo de sentimiento esperaba cuando naciese mi nieto, pero sé cuál no esperaba. No esperaba la sorpresa. A fin de cuentas, con unos días o unas semanas de incertidumbre, sabía cuando iba a nacer mi nieto. Se adelantó un par de semanas, es verdad, pero cuando me llamaron por teléfono para decirme que había nacido, no me sorprendió. Simplemente, había pasado lo que se esperaba que pasase. Sentí una gran alegría y arreglé los asuntos del día para poder ir a verle lo antes posible. A las dos horas de la llamada, me presenté en la clínica. Vi al niño y me lo pusieron en los brazos. Y experimenté muchos sentimientos, todos ellos mezclados, precisamente, con el único que no esperaba: la sorpresa.
He tenido ocho hijos y todos me han producido una gran alegría, pero lo que experimenté al tener a mi nieto en mis brazos fue muy distinto y, precisamente por eso, sorprendente. Voy a tratar de explicarlo. En una primera derivada creí que era un sentimiento de alegría sin responsabilidad. Cuando tienes un hijo, justo al lado de la alegría está el peso de la responsabilidad. Una vida que depende de ti para desarrollarse, para educarse, para formarse. Cargas emocionales, económicas. Sin que esto empañe la alegría, la matiza. Cuando tienes un nieto esa carga es mucho menor. No nula, pero sí mucho menor. Se dice que los abuelos pueden maleducar a los nietos. No estoy de acuerdo. Yo procuraré, con una responsabilidad subsidiaria a la de sus padres, colaborar en la formación de mis nietos. Espero ser un abuelo cariñoso y divertido, pero en ninguna forma maleducador. Pero, ciertamente, la responsabilidad es menor. Y a eso atribuí, en primera instancia, la diferencia de sentimientos entre mi recuerdo ya lejano de la paternidad y la recién estrenada “abuelidad”.
Pero enseguida me di cuenta de que no era eso. Al menos no era sólo eso. Ni siquiera era principalmente eso. Había algo más. Algo mucho más importante que no supe definir en primera instancia. Pero unas horas más tarde, de repente, me di cuenta de lo que era ese algo.
Mi primer hijo lo tuve con 23 años. Es cierto que era inmaduro, cómo iba a no serlo, pero también es cierto que, ciertas inmadureces aparte, era más maduro que la inmensa mayoría de los jóvenes de 23 años de esa época y mucho más maduro que los de 23 años de ahora. Pero no era la mayor o menor madurez lo que marcaba la diferencia. A fin de cuentas, nunca se es, afortunadamente, completamente maduro, por lo que la diferencia de madurez entre los 23 años y los 55 es cuantitativa. La diferencia realmente cualitativa la marca la perspectiva. Cuando tienes 23 años, tengas la madurez que tengas, ves la vida desde la altura de los 23 años. Cuando tienes 55, la ves desde un atalaya mucho más alta. La diferencia de la altura del atalaya de los 23 y la de los 55 es también cuantitativa. Pero esa diferencia cuantitativa te permite una perspectiva cualitativamente distinta. Ves valles que estaban ocultos a tu vista desde la altura de los 23 años. Ves caminos que antes estaban ocultos por los matorrales. Ves dentro de tu horizonte relaciones que antes se establecían fuera, etc.
En particular, tienes la perspectiva de la tradición. No me refiero a la tradición como repetición de cosas que has aprendido desde pequeño sin criticarlas. En ese sentido soy muy poco tradicionalista. Me refiero a la tradición en su sentido etimológico: tradere, entregar. Te das cuenta de que tu hijo está entregando un testigo que ha recibido de ti, que a tu vez lo has recibido de tus padres y que eres parte de una cadena que se remonta hacia atrás en una serie que se pierde en la noche de los tiempos y que se lanza hacia delante para proseguir la entrega hasta su fin. La tradición no es una trasmisión pasiva del testigo. Cada generación debe completarla, modificarla, añadir, tal vez quitar con respeto. Cambiar algo sin cambiar lo esencial. Adaptar lo esencial al signo de los tiempos. Esto de adaptar sin cambiar es sutil, pero fácil de entender con un ejemplo. Las dos leyes de la termodinámica son absolutamente inmutables. Nada que exista en este mundo las puede vulnerar. Sin embargo, el hombre no ha dejado de diseñar motores, de tracción orgánica o mecánica, que las utilicen cada vez mejor.
Como todos los símiles, éste tiene sus limitaciones. Las leyes de la termodinámica son inviolables en este mundo, pero las leyes que deben regir la evolución de una tradición sana sí pueden ser violadas y, desgraciadamente, lo son con frecuencia. ¿Cuáles son esas leyes? A mi entender son tres. La Verdad, la Bondad y la Belleza. Cuando nosotros recibimos el testigo al nacer, recibimos con él todo un mundo. Muchos mundos, en realidad. Desde el más próximo de nuestra familia, hasta el más alejado, en la India o en la Patagonia, pasando por una enorme cantidad de mundos concéntricos cada vez menos inmediatos. Y con el testigo recibimos una responsabilidad. Quizá la mayor sea la de educar y formar a nuestros hijos cuando nos llegue el turno, pero no la única. Tenemos también que transformar todos esos mundos, cada uno en la medida que podamos, mejorándolos, con las tres leyes de esa transformación, Verdad, Bondad y Belleza. Desgraciadamente, también podemos deteriorarlos con la falsedad, la maldad y la mediocridad. Además, mientras que la herencia genética se entrega de una sola vez, la herencia de la tradición se entrega en cada minuto de nuestra vida, y no sólo a nuestros hijos o nietos, sino en cada contacto con cada persona. O sea que, en realidad, ser abuelo es independiente de tener o no nietos. Depende tan sólo de la perspectiva de la vida. Tampoco depende de la edad, pues hay personas que adquieren relativamente pronto una cierta perspectiva de sabiduría, otras que tardamos mucho y otras que no la adquieren nunca –en realidad nadie la adquiere nunca del todo, sólo la tendremos plenamente cuando veamos a Dios–. Sin embargo, el tener un nieto puede ser una experiencia desencadenante. Por eso, cuando tenía en mis brazos a mi nieto le pedía a Dios que me iluminase para ser un buen edificador y trasmisor de esa tradición basada en la Verdad, la Bondad y la Belleza y no en sus adulteraciones. Ojalá sea capaz de entregarles a mis hijos, a mis nietos y al mayor número posible de personas, en el tiempo que Dios me conceda de vida, mundos con mayores espacios abiertos a la Verdad, donde la Bondad tenga más protagonismo y más impregnados del esplendor de la Belleza.
12 de octubre de 2011
Frases 12-X-2011
Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.
La fe no es una mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, a una fórmula sin contenido ya acaso; no es la afirmación de principios metafísicos o teológicos; no es eso, sino un acto de abandono y de entrega cordial de la voluntad, una serena confianza.
Miguel de Unamuno. Nicodemo el fariseo.
9 de octubre de 2011
Descanse en paz Steve Jobs
Es difícil decir algo sobre Steve Jobs, unos días después de su muerte, tras los ríos de tinta que han corrido.
Yo quiero, no obstante, aportar mi pequeño grano de arena. Y lo voy a hacer tras volver a ver, por enésima vez, su discurso a los graduandos de la Universidad de Stanford en 2005, hace poco más de seis años. Imagino que todo el que lea estas líneas lo habrá visto, pero si alguien no lo ha hecho, que no deje de hacerlo.
Su discurso no fue un discurso académico. Empezó manifestando públicamente, y no sin cierto orgullo, que él jamás se había graduado. Había en su tono un cierto desprecio por la institución universitaria. Desprecio que comparto. Porque, lamentablemente, la Universidad –en general, con honrosas excepciones– se ha convertido en una institución que vende saber enlatado, pero no pensamiento, técnicas orientadas a un supuesto éxito inmediato, pero no hacia la vida. En algún punto de la historia le ha pasado lo que decía el poeta T. S. Elliot: “¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo, dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento, dónde el conocimiento que hemos perdido en la información?” Por eso, su discurso fue sobre la vida. Sobre su vida. Contó tres sencillas pero profundas historias.
A la primera le dio el título de “connecting dots”. Los que nacimos en los años ´50 –él nació en el 55, yo en el 51– recordamos, seamos españoles o americanos, esos pasatiempos en los que aparecían unos puntos numerados. Si, con un utensilio antediluviano llamado lápiz, los uníamos siguiendo el orden, iba apareciendo poco a poco, de una manera casi mágica, la imagen de un águila o de un león. Pero sólo al final del proceso veías lo que se había formado.
Así veía su vida Steve Jobs. Desde ese momento del 2005, hasta antes de su nacimiento. Efectivamente, Jobs fue hijo de una joven estudiante preuniversitaria. Fue lo que hoy llamaríamos un hijo no deseado. Si en vez de correr el año 1955, esto hubiese ocurrido en nuestros días, Jobs hubiese tenido una altísima probabilidad de haber sido abortado. Y estoy seguro de que entre los millones de niños no deseados que acaban hoy cada año en el cubo de la basura de alguna clínica abortista hay bastantes Steves Jobs en el campo de la empresa, la política, el arte, la ciencia y otras muchas disciplinas. Imaginad un mundo con veinte Jobs más, pintores o músicos, veinte más, empresarios, veinte más, políticos, veinte más, científicos. Todos ellos líderes positivos en sus respectivos campos. El mundo sería más rico con ellos. Pero no están, los hemos condenado a las cloacas y somos mucho más pobres. Lloremos hoy también sobre sus cadáveres.
Pero, más adelante, ya en la universidad, dejó toda carrera reglada y se dedicó a estudiar, a su aire, cosas tan aparentemente inútiles como caligrafía. Gracias a eso, nos dice, cuando fundó Aple, se empeñó en que los tipos de letra fuesen bellos y abríó esa senda para los que le copiaron después. E imagino que también le llevó a que, además de tipos agradables de leer, el manejo fuese amigable, fácil, con iconos intuitivos. Si no hubiese sido por ello, hoy en día habría sólo dos millones de ordenadores relegados tan sólo para el uso de expertos. Y eligió estudiar caligrafía, porque amaba ese estudio. Y aprendió con ello que todo había que hacerlo con amor. Confiad –decía, más o menos, a los alumnos de Stanford– en que si hacéis las cosas con amor los puntos que conectéis tendrán sentido. Y textualmente: “Tenéis que confiad en algo, ya sea en vuestro Dios, en el destino, en la vida, en el karma, en lo que sea”. Ahí es donde discrepo respetuosamente de Jobs, porque si tengo que confiar en que algo ha preparado los puntos de mi vida para que una vez conectados tengan sentido, prefiero hacerlo en alguien más que en algo. Y en alguien que sea todopoderoso, sabio, bueno y que me quiera. Mejor eso que en un ciego destino, o en la misma vida que estoy intentando construir o en un karma ciego escrito por un ente impersonal que no sabe lo que es el amor. Más aún, en un alguien que cuando me cargo el dibujo uniendo los puntos mal unidos, si le dejo –sólo si le dejo– rediseña todo para que, a pesar de mi desaguisado pueda volver a construir un dibujo nuevo. Y ese alguien todopoderoso, sabio, bueno y que me quiere, en el que creo que puedo confiar, es el Dios encarnado en Jesucristo.
La segunda historia de Jobs a los alumnos de Stanford hablaba del amor y la pérdida. Del amor al trabajo con el que creó Aple y de la pérdida que sufrió cuando le echaron de la empresa fundada por él. Pensó en dejarlo todo, pero lo que le mantuvo es que se dio cuanta de que, a pesar de lo que había pasado, aún amaba lo que hacía. Y volvió a empezar de cero, sin las seguridades a las que había empezado a acostumbrarse. Y desde esa falta de seguridades empezó la fase más creativa de su vida. Fundó dos empresas y una familia. Y se dio cuenta de que cuando se encuentra aquello que se ama, sea trabajo o familia, si se persevera en ese amor, las cosas mejoran con los años. Efectivamente, años después, los puntos se conectaron y esa creatividad nacida de la pérdida de Aple, le llevó a crear dos empresas. Una de ellas, con una tecnología revolucionaria, fue comprada por Aple poco después, y Jobs volvió a tomar el timón de su antigua compañía. Nada de eso hubiera sido posible –decía Jobs– si no me hubieran echado de Aple. “A veces la vida te da con un ladrillo en la cabeza: No perdáis la fe” –afirma Jobs. ¿Qué fe nos puede ayudar en esos momentos –me pregunto yo– a creer que los puntos de la vida tienen sentido? ¿La fe en el destino, en la vida, en el karma? ¿O la fe en un Dios más fuerte y sabio que todas esas cosas y que nos ama hasta compartir la vida con nosotros?
La tercera historia de Jobs versaba sobre la muerte. Un diagnóstico parcialmente falso de un cáncer de páncreas, le hizo creer que le quedaban sólo unas semanas de vida. Entonces se acordó de una frase que oyó siendo aún adolescente: “Si uno vive cada día como si fuese el último de su vida, algún día, tendrá razón”. “Todos los días –afirmaba en su discurso –me miraba al espejo y me preguntaba: si éste fuese el último día de mi vida, ¿haría lo que voy a hacer hoy? Y si me contestaba que no varios días seguidos, sabía que tenía que cambiar algo”. Pero eso no le llevó a dejar sus amores, trabajo, familia, para hacer vaya usted a saber qué idioteces, sino a reafirmarse en su vocación. Porque eso es lo que significa vocación, hacer aquello que es el más profundo anhelo de tu corazón. Decía: “Tened el valor de seguir a vuestro corazón y a vuestro instinto. Ellos saben lo que realmente queréis ser”. ¿Lo saben –me pregunto yo? Si, lo saben. Pero tener un consejero, alguien que sea sabio y que nos quiera, no es mala cosa para ayudarnos a discernir con libertad entre la avalancha de cosas que tan a menudo nos desorientan. Efectivamente, él vivió cada día como si fuese el último y eso, entre otras cosas, le hizo grande. Y eso nos hará grandes a nosotros también.
“Nadie quiere morir. Ni siquiera los que quieren ir al cielo desean morir, y sin embargo, ese es el destino común de todos nosotros” –afirma en su discurso. Cierto, nadie quiere morir, pero saber que, cuando nos llegue ese destino común de todos los hombres, ese Dios que ha dibujado los puntos de nuestra vida, que ha vivido una vida como la nuestra y que ha hecho de ida y vuelta el camino de la muerte, nos acompañará en ese duro tránsito que no deseamos, es muy consolador.
“La vida es corta –dice Jobs. No perdáis el tiempo viviendo la vida de otros, no os dejéis atrapar por el dogma, que es vivir según los resultados de la vida de otros”. Muy cierto. Cuando el dogma es algo que nos viene de fuera, que nos es impuesto, que asumimos sin convicción, es una trampa que nos atrapa y empobrece nuestra vida. Pero cuando, aunque lo hayan pensado antes otros –nada hay nuevo bajo el sol–, es algo que entendemos, que hacemos nuestro, carne de nuestra carne y, sobre todo, que amamos porque vemos en él la garantía de que los puntos de nuestra vida tendrán sentido, entonces el dogma no es una trampa. Es alegría y libertad. Es confianza y esperanza ante la adversidad, ante los ladrillos con los que la vida nos golpea. Es lo que nos hace hacer cada día lo que haríamos si fuese el último día de nuestra vida. Es lo que hace nuestra vida grande.
Acaba Jobs su discurso con un consejo: “Stay hungry, stay foolish”. Si tradujese la palabra “foolish”, fuera de este contexto, la traduciría por estúpido, alocado, que es su significado corriente. Pero no creo que encaje con lo que quería decirles Steve Jobs a los alumnos de Stanford. Tal vez sería mejor algo así como “no-sensato” –libre de esa sensatez del sabemos perfectamente lo que queremos, que es diferente de insensato–, ingenuo –como abierto a la posibilidad de que las cosas sean buenas. Así, este consejo podría ser: “manteneos hambrientos, manteneos ingenuos”. Me parece un excelente consejo, que querría aplicarme a mí mismo hasta el día de mi muerte.
Steve Jobs tampoco quería morir. En su discurso expresaba la confianza en tener por delante varias décadas más. Han sido sólo seis años. Al final, el día en que tenía razón al decir que viviría cada día de su vida como si fuese el último, le ha llegado. Descanse en paz. Benedicto XVI, en su último viaje a Alemania dijo en uno de sus discursos una frase muy controvertida: “Los agnósticos que [...] tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios [...], sin que su corazón quede tocado por la fe”. No sé en qué creía o dejaba de creer Steve Jobs, pero por sus palabras, creo que era agnóstico. Pero no me parece que fuese un agnóstico instalado tranquilamente en su agnosticismo. Si él seguía los consejos que daba –y no me parece el tipo de persona que diese consejos en los que no creyrse–, estaba hambriento. Hambriento de saber, hambriento de encontrar. Y era ingenuo. Creía en la posibilidad del Bien. Por eso creo que él estaba más cerca del Reino de Dios que muchos de los que aceptamos todos los dogmas de forma más o menos rutinaria, como el resultado de la vida de otros, sin el fuego de la fe. Por eso creo, también, y lo deseo con toda mi alma, que Dios le haya acogido en su seno. Y no sólo lo creo y lo deseo, sino que rezo por ello. Espero que desde el cielo inspire a muchos hombres y mujeres de empresa su liderazgo positivo. Espero que desde allí transmita a muchos la lección magistral de la Vida.
Descanse en paz Steve Jobs.
5 de octubre de 2011
Frases 5-X-2011
Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.
La fe es una llama que se enciende en otra llama, una luz que se enciande en otra luz; es la llamada de los otros donde el hombre se despierta a sí mismo y a los otros.
Charles Moeller; Literatura del siglo XX y cristianismo. Tomo IV, capítulo dedicado a Ana Frank.
2 de octubre de 2011
El acontecimiento y la persona más importantes del siglo XX
Tomás Alfaro Drake
En mitad de la noche, cuando suelen sobrevenirme las ideas importantes, me he despertado con una de ellas. Me dormí, tras leer un poco de historia de la segunda guerra mundial, pensando que esa guerra y Wiston Churchill habían sido el acontecimiento y el personaje más importantes del siglo XX. Evidentemente estas afirmaciones son siempre discutibles, pero creo que no será difícil coincidir conmigo en lo que a la segunda guerra mundial se refiere. Más explicación necesitará Wiston Churchill.
1º de septiembre de 1939. Hitler, tras un pacto contra natura con la Unión Soviética, ataca Polonia. Francia e Inglaterra le declaran la guerra. Los cálculos de Hitler parecen bastante claros. Las mismas potencias, Francia e Inglaterra, que desde hace años venían admitiendo cobardemente su política de hechos consumados, las mismas que hace apenas un año habían salido de Munich satisfechas de su pusilánime actitud y traicionándose bajo cuerda la una a la otra, esas potencias, no serían ahora capaces de otra cosa que una débil política de gestos para salvar la cara. Así interpretó Hitler su negativa a aceptar la paz que él les propuso después de comerse Polonia en unos días. Los hechos le daban la razón una vez más a Hitler. Mientras él se comía, de segundo plato, a Dinamarca y Noruega, los franceses habían bautizado a su guerra contra Alemania con el nombre de “la drôle de guerre” que traducido con cierta libertad podría llamarse “la guerra de coña”. Ingleses y franceses intentaron tímidamente un desembarco en Norvik que quedó en fracaso. No es propio de la historia preguntarse por futuribles, pero hay veces que resulta difícil no hacerlo. ¿Qué hubiera pasado si Francia e Inglaterra, en vez de “la guerra de coña”, hubiesen lanzado un ataque en toda regla sobre Alemania? No lo sé, pero fuese cual fuese su resultado, el mensaje a Hitler hubiese sido muy otro.
En esta situación, unos meses después de que Hitler consumase su fechoría en Polonia, sabía que con un pequeño empujón más, Francia e Inglaterra estarían listas para un nuevo tratado como el de Munich. En Mayo de 1940, Hitler, saltándose la neutralidad de Bélgica y Holanda, ataca Francia que cede como mantequilla. En menos de un mes, se firma un armisticio vergonzante. Ahí queda para la historia comparada el heroico ejemplo del rey de los belgas, Leopoldo III, que se niega a ninguna conversación con los nazis, se niega a ningún armisticio, se niega a formar ningún gobierno títere, se niega a abandonar su patria y, prisionero en su palacio, amenazando con su debilidad al amenazador Hitler, le planta cara durante toda la guerra. Vergüenza histórica para Francia. Todo está sometido a la Alemania nazi. Sólo falta volver la vista a Gran Bretaña y firmar un nuevo y ventajoso tratado que saltarse cuando convenga. Y probablemente así hubiera sido si el mismo día del ataque a Francia, el 10 de Mayo de 1940, el primer ministro británico, Chamberlain, el alma del tragicómico tratado de Munich, no hubiese dimitido y no hubiese ocupado su puesto Wiston Churchill. Y ahí estaba Churchill, para sorpresa de Hitler, armado con el ejemplo de Leopoldo III, haciendo con los dedos la V de la victoria mientras prometía tan sólo “sangre, sudor y lágrimas”, haciendo posible el “nunca tantos han debido tanto a tan pocos” de la batalla aérea de Inglaterra y que la RAF se cubriese de gloria y heroísmo. Así empezó la mayor guerra justa de la historia. Por estas consideraciones pensaba yo que el personaje y el hecho más importantes del siglo XX habían sido Wiston Churchill y la segunda guerra mundial.
Pero el misterio de la mente humana me iba a despertar esta pasada noche para hacerme ver, no sé cómo ni por qué misteriosas relaciones mentales, que otro hecho y otra persona eran los más importantes del siglo XX. Y posiblemente, esta nueva elección me resulte mucho más difícil de justificar que la que acabo de enunciar. Con la llegada, no de un nuevo siglo, sino de un nuevo milenio, me he hartado de ver títulos de conferencias que repetían, después de un prefijo que podía referirse a los negocios, la informática, las telecomunicaciones o a vaya usted a saber qué otra multitud de cosas, la coletilla, “ante el nuevo milenio”. Nunca he tenido demasiada confianza en la capacidad del ser humano para prever el futuro a unos pocos años vista y, mucho menos, a un milenio. Por lo tanto, todas estas conferencias me exasperaban bastante. Eran títulos que pretendían estar orientados al marketing de esos eventos, pero que no pasaban del tópico manido. Por eso me cuesta ahora decir que la persona y el acontecimiento a los que me voy a referir, no sólo han sido los más importantes del siglo XX, sino que creo que serán el parteaguas entre el segundo y el tercer milenio, aunque éste todavía no había empezado ni cuando acabó el Concilio Vaticano II ni cuando murió Juan XXIII.
Contaba yo con once años cuando se inauguró el Concilio Vaticano II y sólo vagamente recuerdo que en el colegio religioso al que iba, rezábamos por él. Tenía doce cuando murió Juan XXIII y recuerdo, viendo en televisión su entierro, como las lágrimas corrían por las mejillas de mi padre, que era un anticlerical muy peculiar. Quizá fueron los efectos inmediatos del Concilio los que, sin yo ser consciente, permitieron que un rescoldo de cristianismo coexistiese en mí con una ideología y un moderado activismo comunista cuando contaba con veintitantos años. Poco a poco, en un largo coloquio conmigo mismo, imbuido de un honesto deseo de búsqueda de la Verdad, el rescoldo de cristianismo se ha hecho llama y mi comunismo se ha transformado en un rechazo frontal de esa ideología que ha traído la miseria y la muerte a muchos millones de seres humanos. Quizá por este cambio de actitud, nunca en los últimos años, hasta el insomnio de ayer, y a pesar de las lágrimas e mi padre, me he sentido muy atraído por el Concilio Vaticano II ni por la figura de Juan XXIII. Mi atención se fijaba en el caos que se apoderó de la Iglesia postconciliar y el avance de corrientes próximas al marxismo dentro de la misma. Me indignaba que pudiera ser verdad, y parecía serlo, el pacto de Metz según el cual, el Concilio no condenaría el comunismo, a cambio de que los obispos de los países del bloque del Este y el mismo Patriarca ortodoxo de Moscú pudiesen asistir al mismo. Creía que, después del daño hecho, parecía que las aguas, muy poco a poco, iban volviendo a su cauce de la mano firme de Juan Pablo II, aunque, por desgracia, dejando tras sí sólo desolación.
Esa era mi actitud hasta ayer. Pero esta noche, de repente, me he despertado pensando en lo difícil que me hubiese resultado ser católico en un una Iglesia como la del siglo XIX o la primera mitad del XX, completamente a la defensiva, amurallada dentro de su fortaleza asediada, aún contando con la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Me he preguntado desde cuándo la Iglesia empezó a encastillarse en su fortaleza. He tirado, en medio de la noche, de lo que mi memoria me recordaba sobre lo poco que sé de la historia de la Iglesia. ¿Cómo una Iglesia que había sido capaz de cristianizar un imperio pagano a fuerza de su sangre, que había podido conquistar a dos oleadas de bárbaros conquistadores, germanos y normandos, a cual más sanguinario, que había sabido guardar en su seno y entregar al mundo lo más valioso de la cultura helénica, cómo había llegado a ese aislamiento defensivo del mundo? He visto a la Iglesia como un nexo de unión entre la Eternidad y la Historia entre las que tiene que hacer que reine la armonía. Y he visto que en ese puente no suele reinar ésta, sino la discordia. Hay momentos en que la Eternidad dirige la Historia y otros en los que la Historia se opone a la Eternidad. Y, por desgracia, casi siempre, estas corrientes son tumultuosas en vez de pacíficas. Pero los flujos y reflujos de la Historia no son como los de las mareas, en las que hay una pleamar y bajamar nítidamente marcadas. Siempre hay momentos en que la marea sube y baja al mismo tiempo en el mismo sitio. Aún así, creo que la marea había dejado de subir cuando tuvo lugar la “guerra” de las investiduras. La primera vez que Hildebrando, Gregorio VIII, en 1076 excomulgó al Emperador Enrique IV, ganó una “batalla” que sin duda tenía que librar, pero que supuso el principio de la vuelta a los cuarteles de invierno. Es lo que Toynbee llama “el riesgo de militar en la tierra”. Aunque la Iglesia es una institución divina, tiene que luchar con “armas” y hombres de este mundo para traer el Reino de Dios. Y las más de las veces las unas son contraproducentes y los otros son demasiado pecadores. A partir de ese momento, la Eternidad empieza a replegarse. En 1170, Thomas de Canterbury gana, después de muerto, otra batalla que también supone un retroceso. Cuando, en 1302, Bonifacio VIII excomulga a Philippe le Bel de Francia, en vez de una obtener una victoria es secuestrado, ultrajado y humillado hasta la muerte, iniciándose así destierro del Papado a Avignon y el galicanismo. La marea está claramente bajando. Vendrá después la Reforma luterana, que en el fondo no es sino otro capítulo de la lucha, más política que doctrinal, entre Roma y los príncipes alemanes. El resultado ideológico de esta lucha será el idealismo alemán. El anglicanismo, derrotado por Thomas de Canterbury, pasará factura con Enrique VIII que creyendo destruir un símbolo, mezcla con pólvora las cenizas del santo y las dispara en una salva de cañón. El empirismo inglés es la vertiente ideológica de esta batalla política. El racionalismo, la ilustración y la revolución francesa son los subsiguientes capítulos del galicanismo. Y sin embargo, mezcladas con esta marea descendente están san Francisco de Asís, san Buenaventura, santo Tomás de Aquino, las Universidades, las catedrales góticas, y la evangelización de todo un continente, por citar algunas corrientes de ascenso en plena bajada de la marea.
Casi en el punto más bajo, la Iglesia pierde, en el proceso de la unificación de Italia, su poder temporal, los últimos vestigios de los Estados Pontificios, si exceptuamos la ciudad del Vaticano. Lo que ahora es difícil no ver como una bendición fue entonces la causa de la construcción de la más interior de las murallas. La Iglesia se encierra en una condena a ultranza de todo lo que se parezca a modernidad. Por eso decía antes que me hubiese costado mucho ser católico en el siglo XIX o principios del XX. Tal vez por estas fechas la marea, si no empezó a subir, dejó al menos de bajar. Los descubrimientos científicos de la relatividad y la física cuántica hacen que la ciencia parezca aproximarse a los principios de la fe. La primera guerra mundial y sus secuelas suponen una quiebra de la creencia en la capacidad de la humanidad para construir un paraíso en la tierra sólo con el dominio de la tecnología. Pero la Iglesia seguía encerrada en su castillo. Sin embargo, de tan estrecho que era, muchos católicos se sentían cada vez más incómodos en la seguridad de su recinto, hasta el punto de abandonarlo. Con pena y dolor en el corazón, pero abandonarlo. Y muchos de los que seguían dentro, dispuestos a morir de asfixia en la obediencia y la humildad si era necesario, pero sin resignarse pasivamente a ello, pedían a gritos aire fresco.
Pío XII, y antes incluso, Pío XI, pensaron en la posibilidad de convocar un Concilio. Pero los tiempos no estaban para ello. Además, su capacidad de análisis, que les hacía ver todos los riesgos de esta convocatoria, les frenaba. Tuvo que ser un Papa “insensato”, lleno de frescura él mismo, pero con una clara visión de Eternidad, el que se decidiese a romper las murallas. Y lo hizo, aunque no vivió para verlo. Había que renunciar a un Concilio que condenase y anatemizase. Ni al comunismo, ni a los cristianos separados, ni a los herejes, ni a los ateos. A nadie. Al contrario. Había que hacer un Concilio que abriese la Iglesia al mundo. No para admitir todas sus premisas. No se trataba, ni mucho menos, de identificarse con el comunismo ni el liberalismo. Ni con el idealismo, ni con el racionalismo, ni mucho menos con el “todo vale” del relativismo moral de la postmodernidad. Se trataba de llevar el “campo de batalla”, si se me perdona la expresión, al exterior en vez de soportar el asedio. Se trataba de tomar la iniciativa, pero una iniciativa de amor y comprensión. Defendiendo la Eternidad en la Historia, no contra la Historia. Guiando a la Historia desde dentro, llevando la Eternidad hasta lo más íntimo de su esencia. Atrayendo, no excluyendo. Anunciando a gritos, desde el campo abierto del mundo, la Buena Noticia; la salvación general en Cristo para todo hombre que lo acepte. ¡Qué importaba renunciar en Metz a la condena del comunismo, si Juan XXIII ya había renunciado a toda condena en su corazón! No se renunciaba a esta condena para que pudieran venir los obispos del Este o el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Moscú, se renunciaba a toda condena para atraer a todos. Para llegar a ser todo en todos. Por supuesto que cuando se derriba una muralla protectora se produce un gran desconcierto. Desde luego que era inevitable que hubiera malas interpretaciones del Concilio. Cuando un dique se rompe, el agua no va desde el principio por donde uno quiere, hace falta tiempo para reconducirla. Juan XXIII no era tan “insensato” como para no preverlo, pero lo era en grado suficiente como para tener fe en que el Espíritu Santo sería la nueva Muralla Invisible y el Nuevo Cauce que lleve el agua a los campos agostados a través de otros Papas santos. Supongo que también previó que, en el río revuelto de después del Concilio, muchos tomarían su nombre en vano, haciéndole paladín de una interpretación “progre” de la doctrina de la Iglesia que, de ninguna manera, era la suya. Si lo previó, no le importó. Ni tampoco a Juan Pablo II, que lo ha beatificado.
Pero la Eternidad necesita tiempo para penetrar el corazón de la Historia. Yo, que me he hecho adulto en un mundo postconciliar, he tenido que tener una casi revelación para darme cuenta de lo que Juan XXIII pretendía. Desde que acabó la segunda guerra mundial ha vuelto a haber multitud de guerras, justas e injustas, y por desgracia, las seguirá habiendo. La Historia seguirá dando hombres extraordinarios como Wiston Churchill y Juan XXIII. Pero, después de un segundo milenio regresivo, el tercer milenio, inaugurado antes de tiempo por el Concilio Vaticano II, será el milenio del progreso de la Eternidad, de la armonía entre la ésta y la Historia. Simplemente, demos tiempo a la Eternidad. Luchemos por ella desde la Historia armados con las armas de la caridad. Un profeta llamado Juan XXIII, guiado por el Espíritu Santo, lo vio y lo hizo. Por estas razones este Concilio y este Papa, han sido para mí el hecho y la persona más relevantes del siglo XX y el punto de arranque del milenio de la Eternidad.
28 de septiembre de 2011
Frases 28-IX-2011
Tomás Alfaro Drake
Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.
La fe es [...] la prueba de lo que no se ve.
Epístola de san Pablo a los hebreos, 14, 1
25 de septiembre de 2011
¿Se eqivocó Einstein?
Tomás Alfaro Drake
Empiezo por decir que me parecería apasionante que Einstein se hubiese equivocado. Demostraría, una vez más, que las “verdades” de la ciencia son siempre provisionales. Esto es algo inherente a la ciencia que no sorprende a ningún científico. Pero el imaginario popular ha llegado a creer que la ciencia sí descubre verdades inmutables. El último –que yo sepa– derrumbamiento de una de esas grandes “verdades” ocurrió hace poco más de diez años. Hasta entonces era “incuestionable” que el universo se estaba frenando en su expansión. La duda es si en ese frenado de su expansión llegaría un día a hacer que empezase a contraerse. Pues esa “verdad” se cayó por tierra cuando los científicos descubrieron que el universo se expandía cada vez más deprisa. Esto ha traído consigo que haya que revisar muchos conceptos y postular nuevas realidades como la constante cosmológica o la energía oscura. Y eso, a los buenos científicos, les encanta, porque abre nuevos caminos en el conocimiento de la realidad.
Ahora parece que se ha medido que unas partículas llamadas neutrinos han viajado a una velocidad ligerísimamente mayor que la de la luz. El adjetivo ligerísimamente, no quita ni un ápice a la importancia del descubrimiento, si se confirmase. La ruptura cualitativa –aunque sea mínima cuantitativamente– de una ley de la naturaleza que parecía un firme paradigma, es siempre un acontecimiento científico imponente. Esto les encanta a muchos científicos. También a los periodistas les encanta porque les da materia prima para titulares sensacionalistas que les ayudan a vender periódicos. Pero las motivaciones de científicos y periodistas no pueden ser más dispares. Unos se alegran cautamente, mientras esperan que las mediciones se confirmen y esto les permita avanzar en el conocimiento de la realidad, mientras que los otros se dejan llevar por el sensacionalismo intersado.
Pero, desgraciadamente, si tuviera que apostar, apostaría a que hay errores en las mediciones que las hacen incorrectas. Esto no es la expresión de un deseo –al contrario, mi deseo, como el de muchos científicos, es que se confirmen esos resultados, lo que sería muy excitante– sino que parte de un cierto conocimiento de la naturaleza de los neutrinos. En estos momentos miles de millones de neutrinos procedentes del Sol están atravesando la Tierra de un extremo a otro sin dejar la más mínima huella ni afectar para nada a un sólo átomo de nuestro planeta. Porque los neutrinos muy raramente interfieren con la materia “normal”. Como desde hace décadas los científicos quieren estudiar los neutrinos, han inventado para ello detectores de estas partículas. Consiste en llenar grandes minas abandonadas con agua pesada y otras sustancias que tienen una probabilidad mayor de interferir con los neutrinos que las sustancias que forman la Tierra. Así es el detector del Gran Sasso, lugar de llegada de los neutrinos del experimento. En estos detectores se detectan continuamente una mínima parte –aunque mayor de lo que detecta la Tierra entera– de los neutrinos que pasan por ellos. Por lo tanto, como están llegando a la tierra miles de millones de neutrinos cada segundo, siempre se están produciendo “disparos” por la detección de algunos de ellos, creando un “ruido” de fondo. Ni la densidad de neutrinos que vienen del sol es siempre la misma, ni el mínimo porcentaje detectados es siempre igual. Lo único que puede hacerse es acotar estadísticamente este ruido.
En punto de salida de esos neutrinos es el acelerador de partículas del CERN, instalado en Suiza. Los aceleradores no aceleran neutrinos. Aceleran átomos ionizados, protones, electrones u otras partículas cargadas eléctricamente, que hacen chocar entre sí. En estos choques se producen neutrinos que salen disparados en todas direcciones. Ahora bien, esos choques son “multitudinarios”. Es decir, los aceleradores aceleran un paquete de millones de partículas que chocan aleatoriamente con otro paquete que va en dirección contraria. Aunque esos paquetes están densamente empaquetados, en cada uno de ellos hay un primero y un último. Los choques no se pueden localizar en un momento exacto del tiempo. Puede chocar la primera de las partículas de un paquete con la primera del que viene de frente, con lo que el choque se produciría in poquito antes que si chocasen el último de un paquete con el último del otro. También el lapso de tiempo en el que se producen estos choques entre paquetes, se puede acotar estadísticamente, pero no con exactitud.
Así pues, los neutrinos producidos en el acelerador de Suiza, salen disparados en todas direcciones. Los que salen en la dirección del detector de neutrinos del Gran Sasso viajan 732 Km y llegan hasta el mismo. Una pequeña fracción de los mismos es detectada en él. Pero dado que el detector es una gran mina, la detección se puede producir el la parte de la mina más cercana a la fuente de neutrinos o en la más lejana. No se puede saber dónde se ha producido, pero puede haber varios cientos de metros de diferencia entre un posible lugar de detección y otro. El detector lo que mide es un aumento en el ruido de fondo de los “disparos” normales del detector. Aumento que se sale fuera de los rangos de la variación normal de ese ruido. Pero ese aumento de la frecuencia de “disparos” no se produce instantáneamente, sino que sube paulatinamente y es una cuestión estadística decidir cuándo se considera que ese aumento es inexplicable por variaciones aleatorias de los neutrinos emitidos por el Sol o del porcentaje de detección del detector. Si se supiese con exactitud la distancia entre el acelerador del CERN y el Gran Sasso, y el tiempo transcurrido entre las colisiones en el primero y el aumento de detecciones en el segundo, con sólo dividir lo uno por lo otro se obtiene la velocidad de los neutrinos. Ahora bien, ninguna de esas cosas se sabe con exactitud. No se sabe con exactitud la distancia, porque no se sabe en que lugar de la mina del Gran Sasso se han producido los “disparos”. No se sabe con exactitud el momento de partida de los neutrinos desde el acelerador, porque no se sabe el momento exacto de los impactos de las partículas del acelerador y no se sabe el momento exacto de llegada de los neutrinos al Gran Sasso, puesto que esto, como se ha visto antes, es una cuestión estadística. Por supuesto, todas estas posibles variaciones estadísticas han sido tenidas en cuenta por los científicos que han publicado sus resultados. Si no lo hubiesen hecho así, hubiesen hecho el ridículo en su presentación de los mismos. Pero el margen del supuesto exceso de velocidad de los neutrinos es mínimo. 60 milmillonésimas de segundo. Es decir, si los neutrinos viajasen a la velocidad de la luz deberían haber tardado 2,4 milisegundos en recorrer la distancia entre el acelerador del CERN y el Gran Sasso, cuando la estimación del tiempo es de 2,039994 milisegundos. Además, los científicos que han presentado ahora estos resultados, llevan bastantes años haciendo este tipo de medidas, y se supone que, si no han dicho nada, es porque los resultados estaban dentro de la normalidad. Un margen muy pequeño hecho en una sola medición entre muchas. Esto es razón más que suficiente para que la inmensa mayoría de los científicos opinen que hay que ser extremadamente cautos y esperar a que otros científicos repitan los resultados y, a ser posible, usando métodos diferentes. Así de prudente tiene que ser la ciencia, a diferencia de los periodistas.
Por otro lado, tenemos la propia teoría de la relatividad. Esta teoría está basada en unas ecuaciones matemáticas de una unidad y coherencia impresionantes. Esto quiere decir que no es posible que una parte de la teoría sea cierta y otra no. O es toda ella cierta o es toda ella falsa. En 1919, Eddington comprobó en un eclipse que la curvatura de los rayos de luz al pasar cerca del sol, respondía con exactitud a las predicciones de la teoría general de la relatividad, formulada en 1916. Desde entonces, ha habido una multitud de experimentos y medidas, basadas en los fenómenos más diversos, que han respaldado de forma impresionante la relatividad. Desde los relojes de desintegración de cesio hasta los agujeros negros. Desde la precesión de la órbita de mercurio hasta las lentes gravitatorias. Por tanto, antes que tirar a la basura una teoría con esa impresionante capacidad de predicción, hay que repetir y confirmar los resultados recientemente obtenidos. Ójala sean ciertos. Esto forzará a la ciencia a dar un paso más en la búsqueda de la verdad acerca de cómo es el universo y cómo funciona. Pero... hay que esperar y, como dije más arriba, me temo, como la mayoría de los científicos, que el tiempo dará la razón a la teoría de la relatividad y veremos dónde está el error de estas medidas.
Pero supongamos que las mediciones estuviesen bien y la teoría de la relatividad quedase obsoleta. Los periodistas, ávidos de sensacionalismo, afirman que, de ser así, serían posibles los viajes al pasado. Se basan en una frase de Eisntein, sacada de contexto, en la que afirma que si algo viajase más deprisa que la luz, serían posibles los viajes al pasado. Lo primero que se me ocurre decir es que si la teoría de la relatividad es falsa, la frase de Einstein, también. Pero lo que hay aquí es una mezcla de las churras con las merinas basada en la avidez periodística. Hay una “vieja” polémica, compatible con la teoría de la relatividad, sobre si son o no posibles los viajes al pasado. Y está, por otro lado, la paradoja de los gemelos plantada por la teoría de la relatividad. Empecemos por esta última.
Supongamos dos hermanos gemelos. Uno de ellos emprende un viaje estelar a la velocidad de la luz. La relatividad establece que si un cuerpo viaja a la velocidad de la luz, el tiempo se detiene en ese cuerpo, pero no en el resto del universo, que está “quieto”. Por tanto si el gemelo que se ha ido de viaje volviese tras haber transcurrido veinte años en la Tierra, él estaría exactamente igual que cuando partió, hecho un chaval, pero su hermano gemelo, y todo el mundo, estaría veinte años más viejo. El gemelo viajero ha viajado al futuro, no al pasado. Los viajes al futuro no tienen ninguna importancia causal. Las paradojas inquietantes se presentan, como se han encargado de explicar las películas de ciencia ficción, en los viajes al pasado, en los que yo puedo matar a mi abuelo y por lo tanto, no existir en el nuevo curso de los acontecimientos que se inicia en esa acción mía. Pero la paradoja de los gemelos, no permite viajes al pasado. Ahora bien, supongamos que el gemelo viajero viaja más deprisa que la luz. ¿Iría SU tiempo hacia atrás? Como esto falsearía la relatividad, vaya usted a saber. Pero admitamos que sí. Entonces él volvería más joven de lo que se fue, a un mundo veinte años más viejo que el que dejó. Es decir, él viajaría a SU pasado, pero NO al pasado del resto del mundo. También aquí hay paradojas. ¿Qué pasaría con él si SU tiempo fuese marcha atrás por un lapso mayor que su vida y su madre no fuese en la misma nave? Tal vez volviese otra vez al principio de su viaje. Pero son paradojas que le afectan sólo a él, no al resto del mundo. Esto es lo que hay respecto a los viajes al pasado directamente relacionado con la supuesta velocidad mayor que la de la luz de los neutrinos.
La “vieja” polémica sobre los viajes en el tiempo, dentro de la vigencia de la teoría de la relatividad, tienen que ver con la posibilidad teórica de existencia de unos hipotéticos entes que han recibido el nombre de “agujeros de gusano”. Es una polémica que está en el límite de lo científicamente serio y el juego de ingenio de los supuestos partidarios de una u otra postura. Pero insisto, esta discusión se desarrolla dentro del marco de la teoría de la relatividad, por tanto, si ésta fuese falsa, esta polémica, lejos de decantarse por la realidad de los viajes al pasado, dejaría de existir. Stephen Hawking es partidario, en esta polémica, de la posibilidad de esos viajes. Pero con un fair play admirable ha esgrimido un argumento en su contra. Dice: Lo que más me hace dudar de la posibilidad de los viajes al pasado es que, si fuesen posible, ya habríamos sido invadidos por una horda de turistas del siglo XXXV.
Aquí podría terminar esas líneas. Pero no quiero desaprovechar la ocasión para plantear un tema filosófico de calado. Esta provisionalidad de los conocimientos científicos, ¿no niega el propio concepto de verdad? A fin de cuentas, si una cosa que la ciencia da por verdadera hoy, mañana se demuestra falsa, ¿dónde está la verdad? Planteo esto porque es un argumento contra la verdad que corre de mano en mano como la moneda mala. Pero no es más que eso, moneda mala. Es evidente que lo que esto pone en cuestión no es el concepto de verdad, sino las limitaciones del método científico-empírico para conocerla. Ahí fuera hay un universo real, que es como es y funciona como funciona. El método científico-empírico, mide, pesa, cuenta, cronometra fenómenos materiales y, luego, relacionando unas medias con otras, establece leyes de funcionamiento. Es un método maravilloso. Pero, como todos los métodos de conocimiento, tiene sus límites. El primero, obvio, es que se limita a lo que se puede medir, pesar contar o cronometrar. Nada puede decir sobre cosas, indudablemente reales, como el amor o el odio, la justicia o la injusticia, la felicidad o la desgracia, la pena o la alegría. El segundo es que, como ya establecieron filósofos de la ciencia como Karl Popper y otros, puede proponer leyes que se vayan haciendo cada vez más firmes cuantos más experimentos empíricos los refrenden, pero basta un experimento, corroborado empíricamente, que lo desmienta, para que todo el edificio se derrumbe. Es lo que puede ocurrir con la teoría de la relatividad. Pero si esta teoría se derrumba, esto no querrá decir que el universo que nos rodea no sea un universo, en primer lugar, real y, en segundo, inteligible. Ese universo real que hay ahí fuera nos ha dado pruebas abundantísimas, gracias a la propia ciencia, de que es inteligible. Y aunque la ciencia pueda dar palos de ciego para entender esa inteligibilidad, ha avanzado de una forma impresionante que no hubiera sido posible si el universo no hubiese sido, esencialmente inteligible. Cierto que hay científicos que ponen en entredicho esta realidad objetiva e intligibilidad del cosmos pero no lo hacen en base a argumentos científicos-empíricos y, a decir verdad, sus planteamientos me suenan a irracionales y apriorísticos. Porque si hay ahí fuera un mundo material inteligible, es muy difícil negar que esa inteligibilidad no le haya sido dada por una inteligencia personal que ha diseñado unas leyes lo han hecho así.
Hay otros métodos de conocimiento que sirven para realidades que no se pueden medir, contar, pesar o cronometrar. Se ocupan de lo justo y lo injusto, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, etc., de los que no se puede ocupar la ciencia. De cosas que tienen que ver con que la red de relaciones del ser humano con sus semejantes y su entorno funcionen adecuadamente. También estos métodos tienen sus limitaciones. Ninguno puede decir que ha desentrañado en su totalidad la madeja de todas estas categorías para todas y cada una de las conductas humanas. Pero, a diferencia de la ciencia empírica, estos métodos no funcionan por prueba y error –planteamiento de hipótesis, comprobación empírica y refuerzo o refutación, en su caso. Lo hacen sobre bases de razonamiento lógico formal y sus conclusiones son definitivas, aunque no tengan respuesta para todo. Tienen lagunas, pero también descubren que hay una racionalidad no arbitraria en todos esos aspectos de la realidad y que ajustarse a esa racionalidad, hasta donde se puedan descubrir sus leyes, es vital para la existencia del ser humano como tal. Y si unos seres pueden tener el concepto de justo o injusto, bello o feo, bueno o malo, que no existen en la materia, es racional pensar que esos conceptos les han sido dados por algún principio externo a la materia. ¿El mismo que ha hecho inteligible el universo? Parece razonable pensar que sí. Y entonces esas leyes de lo justo, lo bueno, lo bello, tienen una racionalidad interna que puede y debe ser desentrañada por la razón, como las leyes de la física. No son leyes evidentes, pero se encuentran en la naturaleza de las cosas. Son por tanto objetivas y pueden ser desentrañadas. Son la ley natural y la labor de descubrirlas es función de la filosofía moral. Y si el hombre abdicase de descubrir estas leyes sería tan irracional como si abdicase de entender el funcionamiento del universo. Legislar acordemente con estas leyes es el derecho natural.
Y si nuestro concepto de justicia, amor, belleza, bondad, procede de ese principio, creo que, racionalmente, se pueden postular dos cosas de ese principio. Que es bueno, justo y bello por un lado y, por otro, que es un ser personal. Y si esto se puede postular racionalmente, también puede postularse racionalmente, como un corolario, que ese principio bueno y personal nos debe querer y poder decir de Él mismo cosas que de otra manera no podríamos saber y que son imprescindibles para entenderle y para que funcione esa red de conductas humanas que hacen la vida vivible. Es decir que ese Ser Personal quiere y puede revelarse a los hombres. Surge así otra forma de conocimiento. La de interpretar con lógica y coherencia esa revelación de ese Ser Personal a los hombres.