5 de octubre de 2018

La Iglesia, herida y manchada por sus hijos


Creo que no se puede dudar de que la Iglesia está pasando por un terrible momento de su historia. Hay quien habla de un posible cisma. Y yo lo vivo con dolor. Con indignación también pero, sobre todo, con dolor. También con inmensa preocupación, pero con una confianza mucho mayor. Porque sé que esta Iglesia, dos veces milenaria, ha pasado por muchos momentos tan terribles o más que éste. Es odioso establecer comparaciones, porque cada uno de esos terribles momentos está marcado por el signo de su tiempo y esos signos no son comparables. Sin embargo, en su corta historia –¡qué son dos mil años frente a la eternidad a la que está llamada!–, ha visto derrumbarse imperios, reinos e instituciones que parecían eternos. Y en más de una ocasión, estos poderosos imperios, antes de derrumbarse, han dado por muerta a la Iglesia. Por eso mi preocupación y mi dolor, hirientes, no le han abierto la puerta al miedo. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ellas, nos ha dicho Jesucristo. Podría, por lo tanto, callarme y terminar aquí este escrito. ¿Qué puedo aportar yo a engrandecer esa promesa? Nada. Pero Dios quiere servirse para sus fines de insignificantes causas segundas y tal vez, sólo tal vez, yo pueda ser una de esas segundas causas. Si esto es estúpida osadía, estas líneas se disolverán en la nada. Pero si no lo es, tal vez una palabra llegue a un oído que necesitaba oírla. No lo sé. Pero ahí voy.

 En el signo de estos tiempos que nos toca vivir, son dos las amenazas que se ciernen sobre la Iglesia. La primera, tan terrible como repugnante, es la ola de pederastia que está pasando sobre ella. No escribo estas líneas para disculparla ni en lo más mínimo. Tal vez pudiera hacerlo sin faltar a la verdad. Podría hablar de la grave enfermedad moral por la que atraviesa esta sociedad y de la que la Iglesia se ha contagiado. Podría hablar de la inmensa cantidad de sacerdotes que son un ejemplo de entrega generosa y alegre a cuidar de ese mundo enfermo. Y si lo hiciese no estaría mintiendo. Pero no quiero hacerlo. Un caso sería demasiado y hay muchos más de uno. No quiero poner paliativos al momento. Lo he vivido de forma relativamente cercana. Cuando pertenecía al movimiento Regnum Christi, me di de bruces con la pederastia –y otros terribles pecados– de su ¿fundador?, al que creía un santo. Superar ese momento encarando, no sin dificultades, la dolorosa verdad, me ha hecho inmune a los paños calientes. Así que no los voy a usar. No es una cuestión de número, de cuantos pederastas hay en la estructura de la Iglesia. Ni de comparaciones del estilo de preguntarse si hay más pederastas entre los curas o entre los profesores de gimnasia (con perdón de los profesores de gimnasia que en su mayoría son gente estupenda) o en qué proporción superan los curas ejemplares a los repugnantes. Ya he dicho que uno de éstos sería demasiado. Es una cuestión peor. Es una cuestión de que los que sean, están unidos en un lobby que se apoya, se protege y se impulsa. Lobby que hay que romper. Me temo que hay que asumir el riesgo de contradecir –aparentemente, espero– a Cristo y quitar la cizaña antes de la siega. Pero con el máximo cuidado de no arrancar el trigo.

No sé que engaños, trampas, mentiras, conspiraciones y miedos han hecho que este lobby haya sido escondido debajo de la alfombra durante siglos –porque me temo que ese pecado no es privativo de los siglos XX y XXI–. Pero sí sé que Benedicto XVI empezó, antes de ser Papa, siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a intentar arrancar ese cáncer. Luego, como Papa, continuó esta lucha. Él levantó, gracias a Dios, el caso del turbio Maciel. Él fue –me atreveré a decir que el primero– que empezó a levantar alfombras en busca de la porquería que había acumulada debajo, para limpiarla. No creo equivocare si afirmo que fue el hedor de lo que encontró ahí debajo, su grado de incrustación, junto con su debilidad física, una de las causas más importantes que le movieron a dejar el pontificado. Pero él inició ese proceso de limpieza. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. ¿Ha tomado Francisco el testigo? Dejo mi respuesta a esta cuestión para más adelante, porque antes quiero decir algo de la segunda de las amenazas que he dicho que se ciernen sobre la Iglesia que es, me parece, menos repugnante, pero todavía más grave que la primera y que es la que podría llevar al cisma del que algunos avisan.

Hay ciertas cosas, más o menos accesorias que no me gustan de Francisco. No me gusta su populismo ni el giro que ha dado a la Doctrina Social de la Iglesia en las cosas que no son su núcleo magisterial. Y he sido muy crítico con esta corriente del Papa. Tengo sentimientos encontrados con su incontinencia verbal. Por un lado, creo que ha llegado la el momento histórico de que la Iglesia hable al mundo en román paladino, en el cual suele el pueblo hablar a su vecino, que no es tan letrado para entender otro latino, parafraseando a Gonzalo de Berceo. Pero a veces, en mi opinión, Francisco se expresa de una forma disparatada. Ninguna de estas dos cosas forma parte del núcleo de lo que es la función de Papa. Pero hay otras cosas de él, que me parecen que sí son parte de ese núcleo medular de su función, que me enamoraron desde antes de su pontificado. Su especial su manera de dar continuidad a lo empezado por el Concilio Vaticano II me fascinó desde casi antes del primer día de su pontificado. Efectivamente, poco después de su elección, el Arzobispo de La Habana –creo que fue él– hizo público, con autorización del ya Papa Francisco, un papel que había escrito con motivo de la reunión abierta de cardenales antes del cónclave. Este papel, escrito sobre la marcha, de su puño y letra dice:

- Se hizo referencia a la evangelización[1]. Es la razón de ser de la Iglesia.
- "La dulce y confortadora alegría de evangelizar" (Pablo VI).
- Es el mismo Jesucristo quien, desde dentro, nos impulsa.

1.- Evangelizar supone celo apostólico. Evangelizar supone en la Iglesia la parresía[2] de salir de sí misma. La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria.
2.- Cuando la Iglesia no sale de sí misma para evangelizar deviene autorreferencial y entonces se enferma (cfr. La mujer encorvada sobre sí misma del Evangelio). Los males que, a lo largo del tiempo, se dan en las instituciones eclesiales tienen raíz de autorreferencialidad, una suerte de narcisismo teológico. En el Apocalipsis Jesús dice que está a la puerta y llama. Evidentemente el texto se refiere a que golpea desde fuera la puerta para entrar... Pero pienso en las veces en que Jesús golpea desde dentro para que le dejemos salir. La Iglesia autorreferencial pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir.
3.- La Iglesia, cuando es autorreferencial, sin darse cuenta, cree que tiene luz propia; deja de ser el mysterium lunae y da lugar a ese mal tan grave que es la mundanidad espiritual (Según De Lubac, el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia). Ese vivir para darse gloria los unos a otros. Simplificando; hay dos imágenes de Iglesia: la Iglesia evangelizadora que sale de sí; la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans (“La que escucha religiosamente la Palabra de Dios y la proclama con confianza”. Traducción del transcriptor, probablemente deficiente), o la Iglesia mundana que vive en sí, de sí, para sí. Esto debe dar luz a los posibles cambios y reformas que haya que hacer para la salvación de las almas.
4.- Pensando en el próximo Papa: un hombre que, desde la contemplación de Jesucristo y desde la adoración a Jesucristo ayude a la Iglesia a salir de sí hacia las periferias existenciales, que la ayude a ser la madre fecunda que vive de "la dulce y confortadora alegría de la evangelizar".

Como he dicho, esto me enamoró de este Papa, por encima de las cosas secundarias que, más tarde, me han disgustado de él. Y hoy todavía prima, con gran diferencia, lo primero sobre lo segundo. Releer estas líneas renueva mi amor por él. Pero esto no gustó nada a quienes querían, precisamente, el tipo de Iglesia autorreferencial, encerrada en sí misma, aislada y “aduanera de la gracia[3]”. Y, desde el principio de su pontificado, esta iglesia (con minúscula) ya estaba en guardia. Y dado que el Papa ha seguido y está siguiendo fielmente el programa de acción expresado en las líneas anteriores, la tensión se ha incrementado hasta límites dramáticos. Esta tensión ha alcanzado su punto álgido con la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, que siguió a la clausura del sínodo de la familia. Muchos obispos y cardenales, así como muchos católicos, quieren ver en ella una vulneración de la sólida doctrina de la Iglesia sobre los sacramentos del matrimonio, la Eucaristía y la confesión. He leído y releído esta exhortación muchas veces intentando ver en ella esa vulneración. No la he encontrado por ninguna parte. Sí que hay en ella un acercamiento asintótico a ese límite. Acercamiento que nace de la necesidad de la Iglesia, expresada en las líneas programa que he citado más arriba, de acercarse a “las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia[4] religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria”. Y eso da –a mí también me lo da– cierto vértigo. Pero si creemos en la acción del Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre el Papa, debemos hacer que nuestra confianza sea mayor, mucho mayor, que nuestros miedos y vértigos. Ha habido en la historia una enorme cantidad de Papas terribles y lamentables en sus conductas personales. Los hay que han robado, que han fornicado, que han matado, que han hecho cosas horribles. Pero ninguno ha ido, ni por asomo, contra el depósito evangélico mantenido en la Tradición sobre la doctrina de Cristo. Ni uno sólo. Francisco tampoco lo ha hecho y, fiado en el Espíritu Santo, no creo que lo haga. Pero determinados sectores creen que sí. Incluso que ya lo ha traspasado. He pedido a algunos que así lo creen que me señalen una frase de esa exhortación que traspase esos límites. Me han contestado vaguedades, pero nunca me la han señalado. Ha habido cardenales que le han pedido, casi exigido públicamente, al Papa que les aclare determinados puntos. Me sorprende que no vean claras cosas que un pobre cristiano de a pie ve meridianamente con sólo leer el texto. Por eso este Papa ha recibido, recibe, y recibirá enormes críticas. Y me parece bien, porque la Iglesia ni es ni debe ser monolítica. Me parece bien siempre que esas críticas se mantengan los cauces que marca esa misma doctrina.

Alguno se preguntará: ¿Y, qué ha pasado con el tema de la pederastia? ¿Se te ha olvidado? No, de ninguna manera, lo retomo. Pero, antes de seguir, respondo a una pregunta que formulé más arriba y que, afirmaba, era el meollo de la cuestión: ¿Ha tomado Francisco el testigo, enarbolado por Benedicto XVI, de la lucha contra la hidra del lobby homosexual-pederasta en la Iglesia? Me atrevo a contestar a esta pregunta con un sí categórico. No soy vaticanista ni llevo un registro de todo lo que hace o dice el Papa, pero creo que mi memoria no me engaña al recordar los muchos palos que el Papa a dado a personajes de la alta jerarquía con un pasado de pederastia. Si algo le ha faltado, tal vez, ese algo sea tacto. ¿Pero hay que tener tacto con este asunto?

Sin embargo, tan recientemente como finales de Agosto, un Arzobispo de la Iglesia católica, Carlo María Viganò, ex Nuncio apostólico (Embajador) en EEUU desde 2011 hasta 2016, tras haberlo sido en otros países y haber ocupado cargos de responsabilidad en la Curia, ha lanzado una terrible carta a través de los medios. En ella acusa al Papa de haber encubierto durante años, desde el 2013, dice, la conducta pederasta del Arzobispo y Cardenal Theodore McCarrick. La carta es mucho más que una acusación al Papa por encubrimiento. Tiene dos partes. La primera habla de una larga lista de cardenales y miembros de la curia que, desde mucho antes de que Francisco accediese al papado, según Viganò, son encubridores del lobby pederasta-homosexual de la Iglesia. La verdad es que no deja títere con cabeza. El problema es que no aporta ninguna prueba. ¿Habrá en esa lista quien, efectivamente, forme parte de ese lobby que, sin lugar a dudas, existe? Seguramente. Hasta un reloj parado da bien la hora dos veces al día y si disparas a todas partes, seguro que cazas algún pato. El problema está en probar quienes son los que están en ese lobby. Una cosa es no esperar al juicio final para arrancar la cizaña y otra muy distinta arrancar trigo y cizaña en el mismo puñado, sin la más mínima preocupación. Esa no es manera de proceder para limpiar la Iglesia de ese lobby. La segunda parte, claramente señalada por una línea de asteriscos, ya va directamente contra Francisco. Y le acusa del encubrimiento directo de dicho cardenal. Lo que no dice ni en un solo lugar en la carta, es que en Junio de 2018, es decir, antes de que su autor la escribiese, el Papa aceptó la renuncia del cardenalato de McCarrick y le relegó a una vida retirada de oración y penitencia. Esto sucedió tan pronto como las autoridades eclesiásticas de los EEUU afirmaron que las acusaciones contra McCarrick de un seminarista del que abusó, parece, hace cuarenta y cinco años, eran creíbles. Lamentablemente, el delito estaría prescrito y la policía y la justicia civil americanas no tienen nada que decir al respecto, pero la condena eclesiástica ya se ha producido.

Pero lo que Viganò quiere “demostrar” en esa carta es que McCarrick era un abusador en serie, que él lo había denunciado repetidas veces bajo el papado de Juan Pablo II y Benedicto XVI y que todos los citados en la carta son encubridores de esa denuncia suya. En la segunda parte de la carta asegura que se lo había dicho al Papa Francisco en 2013, con ocasión de una rápida conversación que tuvo con él, recién nombrado Papa. También asegura que Benedicto XVI había hecho, ya en 2010, una condena a McCarrick similar a la que acaba de hacer en Junio pasado Francisco, y que éste la ignoró. Pero así como esta condena de Francisco a McCarrick es sobradamente conocida, como lo fue en su día la de Benedicto XVI contra Maciel, ésta no parece ser conocida por nadie.

Naturalmente, esto ha generado un gran revuelo. En el vuelo de vuelta del viaje papal a Irlanda, el 26 de Agosto, uno de los periodistas le pidió al Papa que diese su opinión sobre la carta de Viganò que acababa de ser publicada. El Papa, que la acababa de leer, dijo que no iba a decir ni una palabra sobre la carta, pero instó a los periodistas que la leyeran con su instinto, profesionalidad y espíritu crítico periodísticos y que, cuando la leyeran así, podría comentarla con ellos. Eso es lo que he hecho yo, leerla, aún sin ser periodista ni tener ese instinto y profesionalidad. Y es lo que recomiendo a quien quiera enterarse: que vaya a las fuentes. Pongo para ello un link a la carta.


 Y, la verdad, la carta me ha parecido absolutamente inconsistente. A mi entender es más bien un ataque personal, una especie de ajuste de cuentas, sin solidez argumental. La primera parte es, como he dicho, una larga lista negra en la que muchos cardenales y miembros de la curia son acusados, sin pruebas, de formar parte o ser encubridores del lobby homosexual-pederasta. La segunda parte va directamente contra Francisco. Especial debilidad argumental presentan las dos breves conversaciones sin testigos –una de ellas sólo un cruce de palabras en una fila para saludo protocolario en 2013 y la otra una conversación privada de 40 minutos– que son la única base para las acusaciones de Viganò a Francisco, además de otra supuesta conversación de Vigaró con McCarrick relatada en unos términos que parecen más bien propios de un reality show. La carta, por otro lado, presenta manifestaciones de que es el amor a la Iglesia la que le mueve a hacer público un documento así y frases en las que se pone a Dios como único testigo de la veracidad de lo que se dice. Y final, tras decir que hay muchos más casos, que no cita, en los que el Papa encubre a pederastas, pide su dimisión. Al más puro estilo de la política. Mi sensación, al terminar de leerla es la de haber leído un documento lamentable. A pesar de las frases de protesta de amor a la Iglesia y de deber moral de escribirla precisamente por ese amor, no percibo este sentimiento por ninguna parte. Y eso que la carta no fue escrita directamente por Viganò, sino que fue contada por él al periodista Marco Tosatti, que le dio la forma definitiva. Tosatti dice que el Arzobispo no aportó ninguna evidencia, que él suavizó la historia y que, eso sí, mantuvo la “poesía” de forma literal, sea eso lo que sea que quiera decir.

¿Qué puede mover a un arzobispo que ha ocupado durante años cargos de responsabilidad en la Iglesia a escribir algo así? No lo sé. Es cierto es que Francisco se ha hecho muchos enemigos en muchos frentes. Recién nombrado Papa tuvo que soportar una acusación inconsistente de haber colaborado con el régimen del general Videla, sin que por otro lado se haya librado de ser acusado de haber tomado partido por la teología de la liberación, acusación también falsa. Se ha ganado la animadversión de muchos que ven en él, no ya un buenista populista –cosa en la que coincido– sino un criptocomunista. También se ha ganado la acusación de hereje por parte de muchos de los que creen que ha desvirtuado los sacramentos del matrimonio, la Eucaristía y la confesión. Por supuesto, se ha granjeado la inquina de muchos de los que ha destituido –según ellos o sus seguidores, por sectarismo o venganza ideológica–. Hay quien dice que el hecho de no haber sido nombrado cardenal puede tener algún peso en las acusaciones de Viganò a diestro y siniestro. ¿Cabe preguntarse si puede haber algún tipo de connivencia, más o menos explícita entre todos estos frentes anti Francisco. No lo sé. Pero mi opinión es que esos conjuntos, no siendo ni mucho menos coincidentes, sí tienen un grado de solapamiento cuya magnitud ignoro, pero que seguro que no es exactamente cero. En lo que a mí respecta, estaré completamente fuera de todos ellos, aunque nunca he ocultado mi desacuerdo con la visión de la economía de este Papa. En cambio, rezaré por él con toda mi alma, como el pide que se haga, por él y por la Iglesia.

En lo que se refiere a la Iglesia, ojalá haya manos justas y firmes –incluidas, por supuesto, las de las autoridades civiles– que erradiquen, como he dicho antes, la cizaña del lobby homosexual-pederasta, sin dañar al trigo, que es abundante. Espero que esto no contradiga el espíritu de la parábola del trigo y la cizaña predicado por Cristo, pero nada en mi ser se inclina a esperar al juicio final para esta limpieza. No quiero, sin embargo, terminar estas líneas sin expresar mi amor a la Iglesia de la que, a pesar de todos los escándalos, me siento hijo. Seguramente me alargue más de la cuenta en este final, pero me resulta vitalmente necesario. A quien le parezca inútil, es muy libre de saltárselo y dar aquí por terminada la ya larga lectura de este texto.

Me siento hijo porque la Iglesia, más allá de estas espantosas miserias, me da a Cristo a través de todos los sacramentos. Y esa es la Iglesia. La que es santa, a pesar de las inmundicias de diversos tipos que echemos sobre ella los seres humanos. Quiero también decir que la Iglesia no es santa y pecadora. La Iglesia es sólo santa, tal y como la describe san Pablo:

“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra. Se preparó así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa, esplendorosa e inmaculada” (Efesios 5, 25-27)

Los pecadores somos los hombres que la formamos. Esa era la intención de san Ambrosio cuando la llamó, en atrevido símil, “Casta meretrix”. Trataba de decir que la Iglesia no hacía ascos a aceptar dentro de sí a todos los seres humanos, por muy pecadores que fuesen. O, precisamente, por ser muy pecadores. ¿Podría la Iglesia haber aspirado a ser un club de perfectos? ¡Jamás! Si hubiese pretendido ser eso, además de desaparecer, no hubiese respondido ni por un momento al designio misericordioso de Dios en Jesucristo. Benedicto XVI lo expresó magníficamente en la siguiente frase:

“[…] Yo diría que es importante reconocer que estar en la Iglesia no quiere decir formar parte de una asociación, sino estar en la red del Señor, que pesca peces buenos y malos de las aguas de la muerte para llevarlos a las tierras de la vida. Puede ser que en esta red haya peces malvados y lo siento, pero es verdad que no estoy aquí por éste o por el otro, sino porque es la red del Señor, que es algo diferente a todas las asociaciones humanas, una red que toca el fundamento de mi ser. Hablando con estas personas creo que tenemos que ir hasta el fondo de la cuestión: ¿qué es la Iglesia? ¿Cuál es su diversidad? ¿Por qué estoy en la Iglesia, aunque se den escándalos terribles? Así se puede renovar la conciencia del carácter específico de ser Iglesia, pueblo de todos los pueblos, pueblo de Dios, y aprender así a soportar también los escándalos y trabajar contra los escándalos, formando parte precisamente de esta gran red del Señor”. (respuesta a un periodista en el vuelo de regreso de su viaje a Alemania)

Si vemos a la Iglesia desfigurada y fea, tenemos que saber ver, a través de esa fealdad, a veces espantosa, la imagen de Cristo, desfigurado por nuestros pecados, de la que habla, cinco siglos antes, el profeta Isaías en el cuarto poema del Siervo Sufriente:

“Mi siervo va a prosperar, crecerá y llegará muy alto. Lo mismo que muchos se horrorizaban al verlo, porque estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos. […] Creció ante el Señor como un retoño, como una raíz en tieera árida. No había en él belleza ni esplendor, su aspecto no era atractivo. Despreciado, rechazado por los hombres y familiarizado con el sufrimiento, como alguien ante quien se vuelve el rostro, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sifrimientos. Aunque nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, eran nuestros pecados los que le traspasaban y nuestras culpas las que lo trituraban. Sufrió el castigo para nuestro bien y en sus llagas hemos sido curados. Andábamos todos errantes, cada cual por su camino, y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. […] Por haberse entregado en lugar de los pecadores, tendrá descendencia, prolongará sus días, y por medio de él tendrán éxito los planes del Seños. Después de una vida de aflicción comprenderá que no ha sufrido en vano. Mi siervo traerá a muchos la salvación cargando con sus culpas. Le daré un puesto de honor, un lugar entre los poderosos, por haberse entregado a la muerte y haber compartido la suerte de los pecadores.  Pues él cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores” (Isaías 52, 13 - 53, 12).

Sólo hay que cambiar el masculino por el femenino para ver a la Iglesia santa, herida por nuestros pecados, a través de la cual, tendrán éxito los planes del Señor.

Pero, a menudo, los “cristianos de cuna”, como llama el converso ex comunista francés André Frossard a los que hemos sido educados desde niños en la fe, tendemos a ver sólo, o sobre todo, la mediocridad o la estulticia o la perversión de muchos de los seres humanos que formamos la Iglesia en vez de su santidad (la de la Iglesia). En su magnífico libro “No estamos solos” (Belacqua de Ediciones y publicaciones, Barcelona 2005), dice:

“La Iglesia es una institución divina porque es Dios quien le confía las almas, y no al contrario, como piensan ciertos burócratas de sacristía que seleccionan los niños para el bautismo. A este tipo de Iglesia no le he dado yo mi apoyo; he sido conducido a ella como un niño a quien se lleva a la escuela cogido por la mano, o llevado a su familia, desconocida para él. Esta sensación de connivencia entre la Iglesia y lo divino ha sido tan intensa que siempre me ha retenido […]. Sobre la Iglesia nunca he tenido la menor tentación de proferir el más pequeño de los juicios. Su santidad invisible me impresiona, sus debilidades e imperfecciones en la tierra me tranquilizan y me la hacen más próxima. Porque la realidad es que yo tampoco soy un ser perfecto.

Desde el primer día la Iglesia me ha parecido una institución hermosa. Los cristianos de cuna, como denominan los americanos al fiel que ha nacido en el seno de una familia cristiana, a menudo me han preguntado –con la cara del indígena que quiere conocer la opinión del turista sobre las últimas iniciativas municipales– si la Iglesia no ha decepcionado a ese joven converso que fui durante mi juventud. Cuando me planteaban esta cuestión no se daban cuenta del contraste absoluto que la Iglesia presentaba para mí en comparación con el bagaje ideológico recibido durante mi infancia. Durante este tiempo viví –y ahora soy plenamente consciente de ello– a expensas de algunas ideas cristianas desviadas de su fin, arrancadas de sus raíces naturales, colocadas en conserva, y que presionaban sobre la tapa que las cubría”.

No es Frossard el único converso que ve así a la Iglesia. Así la veía también Edith Stein, venida desde el judaísmo pasando por el ateísmo. O Gertrud von Le Fort, venida del mundo protestante. De ésta, Olegario González de Cardedal, en el prólogo al libro de Gertrud, “Himnos a la Igleisa”, dice:

“El libro de Gertrud es una palabra dirigida a la Iglesia por alguien que está en camino hacia ella y la saluda de lejos, tras haberla descubierto. Es el canto alborozado de quien viene de una larga navegación, que ha avanzado muchas millas entre la niebla, emitiendo largos gemidos sonoros con la sirena para evitar choques y lanzando ráfagas de luz desde sus propios faros, para ver si divisa tierra. Por fin la tierra aparece en su figura, espesor y luminosidad. Es el saludo jubiloso de quien ya la ve real y se dispone a desembarcar en ella, aun cuando todavía esté a una distancia. Ésta es la situación vital en que está escrito el libro. Saludo a la Iglesia católica de quien todavía no pertenece a ella”.

Y, ya puestos, no puedo dejar de transcribir, aún parcialmente, la visión sobrenatural y eterna que Gertrud tenía de la Iglesia y que plasma magistralmente, hablando como si ella misma fuera la Iglesia, en uno de los poemas de ese libro:

“Pero cuando un día se inicie

el gran fin de todos los misterios,
cuando el Escondido surja como un relámpago
en las tremendas tempestades
del amor desencadenado,
cuando su regreso suene como tormenta
por el universo,
y dé gritos de júbilo la soterrada añoranza
de su creación,
cuando los globos de los astros estallen en llamas
y surja de su ceniza la luz liberada,
cuando.. [...],
cuando...[...],
cuando...[...],
cuando...[...]:
Entonces el revelado levantará mi cabeza
y, ante su mirada, mis velos se alzarán en fuego,
y yo estaré postrada
cual espejo desnudo ante la faz de los mundos.
Y los astros reconocerán en mí su luz glorificante
y los tiempos reconocerán en mí lo que tienen de eterno,
y las almas reconocerán en mí lo que tienen de divino,
y Dios reconocerá su amor en mí.
Y ya no recaerá sobre mi cabeza ningún velo
como el deslumbramiento de mi Juez.
En él se sumergirá el mundo.
Y el velo se llamará Gracia,
y la gracia se llamará Infinitud...
y la Infinitud de llamará Bienaventuranza.
Amén”.

Otro católico, criado en la dificultad precisamente por serlo, J.R.R. Tolkien, le escribe una carta a su hijo, ese sí, católico de cuna, que se siente escandalizado por el comportamiento de los miembros de la Iglesia, hasta el punto de pensar en abandonarla. Le dice:

“Yo creo que soy tan sensible como tú (o como cualquier otro cristiano) a los ‘escándalos’, tanto del clero como de los laicos. He sufrido dolorosamente en mi vida por causa de sacerdotes estúpidos, cargantes, negados e incluso malvados; pero sé lo suficiente de mí mismo como para ser consciente de que no abandonaría la Iglesia (lo que para mí sería romper una alianza con Nuestro Señor) por esos motivos: si yo abandonara la Iglesia lo haría porque dejase de creer... porque negase el Santísimo Sacramento, es decir, porque llamase a Nuestro Señor en su propia cara: ‘eres un fraude’.

Si Él es un fraude, y los Evangelios son un fraude –es decir relatos ornamentados de un megalómano demente (que es la única alternativa)–, entonces por supuesto que el espectáculo que ha exhibido la Iglesia... en la historia es simplemente evidencia de un gigantesco fraude. Mas si no es así, entonces este espectáculo es ¡Dios santo! tan solo lo que cabría esperar. Comenzó el día mismo de la primera Pascua y es algo que no afecta nuestra Fe en absoluto –salvo en que nos hace sentir profundamente doloridos–. Pero hemos de dolernos en Nuestro Señor y en su favor, sintiéndonos más cercanos a los escandalizadores que a los santos, dejando de gritar que no podemos ‘aceptar’ a un Judas Iscariote, o inclusive a un absurdo y cobarde Simón Pedro. Ni a esas mujeres tontas, como la madre de Santiago, tratando de promover a sus hijos”.

La verdad es que, en este caso, en el que los escándalos vienen de pederastas, me costaría sentirme más cerca de los escandalizadores que de los santos. Pero el principio es el mismo.

No caigamos, sin embargo, en pensar que para ver así a la Iglesia hay que venir de fuera de ella. Conozco a muchos católicos de cuna que tienen de ella una magnífica visión sobrenatural, infinita y eterna y que llevan dentro dentro de sí fuertísimos sentimientos de amor hacia ella. No obstante, yo le doy gracias a Dios porque me haya permitido alejarme durante años de Él y de su Iglesia, para que, siendo un cristiano de cuna, albergue en mí esas visiones y esos sentimientos a través de un proceso de reacercamiento. No creo que hubiese sido capaz de tenerlos si no me hubiese alejado. Pero sólo Dios sabe a través de qué medios le da a cada uno la gracia para tenerlos. Por eso, esta idea me da atrevimiento para vencer mi vergüenza de mal poeta, sobre todo viniendo detrás de Gertrud von Le Fort, y acabar estas páginas, ya demasiado largas con una poesía mía a la Iglesia.

La escribí en Roma, el día del cierre de la puerta santa el 5 de Enero de 2001, en el jubileo de fin de siglo. Fue una ceremonia próxima, íntima, en la Basílica de Santa María la Maggiore, el día antes de la mucho más solemne ceremonia del día siguiente en San Pedro. Para el cierre de la Puerta Santa, salimos todos de la Basílica, que quedó vacía. Acabada la ceremonia de cierre de la puerta, volvimos a entrar todos para un Te Deum. Al entrar, percibí una corriente de gente que se desviaba hacia la izquierda de la puerta de entrada de la Basílica, hacia la Puerta Santa del Perdón que ahora estaba cerrada. Seguí la corriente y vi que algunas personas se arrodillaban ante ella apoyando las palmas de las manos y la frente en sus hojas. Lo hice yo también. Me sentí invadido por una gozosa corriente de alegría. El Te Deum fue magnífico. Mi cabeza estaba llena de imágenes. Al terminar, allí mismo, en un banco, buena o mala, no sabría decirlo, escribí esta poesía:

Madre cuyo claustro siempre espera mi retorno.
Cansado, todavía casi viejo, con algo de nieve en la cabeza,
imploro el palpitante útero protector de tus entrañas.
Nave salvadora, flotante arca de Noé con rumbo,
en tu seno cabe la humanidad entera
rescatando a la naturaleza gemidora.
Dos veces milenaria, aún eres joven
y si alguna vez fuiste dura con tus hijos
el reciente perdón, pedido y ofrecido,
convierte en lágrimas los ácidos reproches.
Puente de suspiros de cárcel a palacio,
permites que cuantos a ti acuden te recorran.
Muchedumbres incontables,
en la gran tribulación errantes,
como ovejas sin pastor a ti se acogen
para lavar sus ropas en la sangre del Cordero
que atesoras en insondables pozos de agua viva.
Brillante luna circular de plata,
reflejando la luz del Sol de soles
haces más clara esta larga noche,
que sería tenebrosa si tú no la alumbraras.
Jerusalén eterna con un pie aquí
y el otro en las celestes tierras prometidas.
Manchada y pura novia del Eterno,
ataviada para bodas de vinos generosos,
cuerpo amante y amado de un Dios enamorado,
deseante, deseado.
A través de ti, tan sólo por estar en ti,
también yo soy amado y deseado.
No será el hediondo barro con el que tus hijos
podamos manchar tus vestidos esponsales
lo que pueda hacer que éste, que lo es tuyo,
te ame menos.
Le he pedido a ese Dios enamorado
que me preste su mirada amante,
para ver, a través de nuestras faltas,
el mismo cuerpo rutilante que Él desea
con ardor de novio tembloroso.
Y me ha sido dado ver cerrarse
la puerta que hace un año abriste,
y en fugaz visión, a través de un último resquicio,
te he contemplado en tu prístina y última belleza.
Así, como el Dios-Hombre que locamente te ama,
he quedado, para siempre, en ti prendado.
Hoy, en eso que creí un instante, he visto eternamente abierta
la puerta del Camino, de la Verdad y de la Vida,
Un día, lo sé, entraré por ella, pródigo mendigo,
en ese palpitante útero protector de tus entrañas,
a celebrar tus eternos esponsales con Aquél que te creado,
con Aquél que me ha creado”.

Amén, amén.


[1] Todos los subrayados que aparecen aquí, lo están en el papel escrito a mano por el entonces cardenal Bergoglio.
[2] La palabra “Parresía” proviene del griego, y significa libertad para hablar, valentía, sinceridad, alegría, confianza.
[3] La expresión es de Francisco.
[4] Acción y efecto de prescindir.

21 de septiembre de 2018

Mi memoria histórica familiar


En una maravillosa novela que escribió mi madre, con el título de “Esa fina arena” aparece una frase que siempre me ha producido un enorme respeto. Dice: “No merece ser referido a la historia lo que no es digno de ella”. La frase está escrita en la parte del libro, pequeña y tangencial, en la que se refiere a la Guerra Civil española. Pero mi madre sabía muy bien lo que decía al escribir esta frase. Quienes conocemos por lo que pasaron ella y mi padre durante la guerra, sabemos a qué se refería con “lo que no es digno de ella” (de la historia). Y, sin embargo, he escrito esto que no sé si daré a la luz algún día. Lo que voy a contar es un relato espeluznante y, al mismo tiempo, con inmensa grandeza de espíritu. Nunca lo he oído contar de seguido. Lo he ido reconstruyendo en mi memoria uniendo retazos escuchados aquí y allá desde mi infancia y usando el diario de mi padre. Aparte de la memoria de lo que me fue contado y del citado diario, me han ayudado los recuerdos de infancia de mis hermanas mayores Merche y Asun con las que, ya adulto, he hablado a menudo, aunque nunca de seguido, sobre esto. Para mí, nacido en 1951, los personajes de esta historia, mi abuelo Paco, mis tíos Paco, Federico, Manolo y Rafael, hermanos de mi madre, así como el marido de su hermana Luisa, Carlos Martínez Repullés, no son sino nombres sin rostro, si no es por alguna fotografía de color sepia ajada por el tiempo. Pero mis hermanas, mucho mayores que yo –yo soy el vástago de mis padres que llegó cuando nadie lo espera y que fue recibido con alborozo– tenían por aquel entonces unos 8 y 7 años cada una. Ellas sí guardan en su memoria, de una manera vívida a pesar de los años –o más bien, conservadas por ellos– las caras y las vidas de mi abuelo y de mis tíos. Nunca, en ninguno de los retales que me han permitido estructurar esta historia, ni en los escritos de mi padre, ni en las conversaciones con mis hermanas, he percibido el más mínimo atisbo de odio o deseo de venganza. Al contrario, siempre me fueron contados con más énfasis los aspectos que había de grandeza en él. No he contado nunca a casi nadie esa reconstrucción. Una vez se la conté a un historiador amigo mío que me dijo que merecía ser contada. Más aún, que debía ser contada. No le hice caso, pero la escribí, y aquí está

Pero ahora, cuando desde el gobierno de España se quieren desenterrar los trapos sucios de la guerra, eso sí, con una visión sesgada mirando sólo a los de un solo bando, creo que, efectivamente, como me dijo mi amigo historiador, tengo la obligación de contarla. Y lo hago, como me fue contada en sus retazos, como lo que he leído del diario de mi padre, sin el más mínimo atisbo de odio ni de venganza. Lo hago para sacar a la luz el aspecto de grandeza que tiene esta historia, no su aspecto espeluznante, aunque para resaltar lo primero haya que desvelar lo segundo. Vamos a la historia. Desde el principio[1].

Mi madre María Drake Santiago, nació en 1906. Era la hija mayor de los marqueses de Cañada Honda que tenían, además de ella, a otras tres hijas, Luisa, Fuencisla y Pepa y cuatro hijos más, los citados Paco, Federico, Manolo y Rafael. Su padre, mi abuelo Paco, aunque aristócrata, estaba casi arruinado. Mi madre fue, desde muy joven, una mujer de una entereza impresionante, fundida inextricablemente con una profunda sensibilidad. Quienes la conocieron ya madura, pero no a fondo, no sabían de esa sensibilidad, porque ella trataba de ocultarla sin que por ello se le hiciese callo en el alma. Pero si uno lee su novela, escrita en 1961, se ve inundado por esa tierna sensibilidad. Yo la releo cada varios años y siempre me recuerda lo importante que es saber salvaguardar esa sensibilidad por encima del callo que pueda hacernos la vida en el alma, sin dejarnos ganar de la sensiblería. Cuando tenía 17 años, allá por el año 1923, fue un verano a Vitoria. Allí conoció al que un año más tarde sería su marido y, muchos más tarde, mi padre. Mi padre había nacido en 1893. Era, por tanto, 7 años mayor que el siglo XX y 13 mayor que mi madre. Al volver de esa estancia en Vitoria a su casa en Madrid, mi madre anunció que antes de un año se iba a casar. En su casa la tomaron a broma. Ella se puso muy seria y dijo que era una decisión firme y que se casaría sí o sí. Y se casó. Se fue a vivir a Vitoria donde empezaron a nacer sus primeras hijas, mis hermanas mayores. Nació María Luisa, que murió con dos años. Antes de la muerte de su niña, nació su segunda hija, Merche. Cuenta mi madre que tras la muerte de María Luisa se pasó varios meses abrazando día y noche a su hija Merche. Poco después nació Asun. Mi padre Tomás Alfaro Fournier, era hijo de una familia de la burguesía industrial vitoriana. Su abuelo Heraclio Fournier había fundado en Vitoria la fábrica de naipes con ese nombre. Pero mi padre no estaba ni poco ni mucho interesado en el negocio familiar. Tenía sus propias ideas y cuando en 1923 se produjo, con el consentimiento del rey, Alfonso XIII, el golpe de estado que trajo la dictadura de Primo de Rivera, decidió hacerse republicano, contra la voluntad de su abuela materna, doña Nieves Partearroyo, matriarca de la familia. Ya antes había sido un poco bohemio y enfant terrible. Desde muy joven se dedicó a pintar y tuvo como maestros a dos grandes pintores vitorianos, Díaz Olano y Amárica. A buen seguro hubiese sido un gran pintor si la vida no hubiese dictado otras cosas para él.

Pero antes de eso, en los años 1921 y 1922 se fue de voluntario a la guerra de África con el grado de Teniente, donde vivió de cerca el desastre de Annual. Allí sacó más de 300 fotografías que están ahora en el Archivo Municipal de Vitoria como un documento gráfico de gran valor. En 1923 se hizo republicano y en 1924 se casó con mi madre. El periódico local dijo el día de su boda: “Presume de antimilitarista y se va voluntario a África, presume de bohemio y es hijo de una familia industrial, presume de republicano y se casa con una aristócrata”. No era cierto. Mi padre no presumía de nada. Simplemente hacía lo que, acertada o equivocadamente, creía que debía hacer y era, en muchos sentidos, un espíritu libre que cultivaba, además de la pintura, la composición musical y la escritura. A pesar de ese espíritu, después de casado, estudió las carreras de Derecho y de Profesor Mercantil que era lo que más tarde llegó a ser Ciencias Económicas.

Porque, una vez casado y con sus hijas viniendo una detrás de otra, tuvo que olvidar su diletantismo para dedicarse a trabajar duro, ya que al hacerse republicano en contra de la voluntad de la “abuelita Nieves” y también por su carácter independiente, no tenía mucho hueco en la fábrica de naipes familiar. Se hizo representante de una empresa local fabricante de sacos. Pero, además, se dedicó con ahínco a la política local. A través del partido republicano de Manuel Azaña llegó a ser Teniente Alcalde de Vitoria. Y, más tarde, debido a la enfermedad del Alcalde, ocupó el cargo de Alcalde en funciones en el ayuntamiento vitoriano. Nunca se sintió cómodo en medio de las mezquindades de la política de esos años, pero desempeñó sus cargos con solvencia, rectitud y altitud de miras. Y en esas funciones de Alcalde le sorprendió el levantamiento militar de 1936. El 18 o 19 de Julio, no lo sé a ciencia cierta, el entonces Teniente Coronel Camilo Alonso Vega, jefe del batallón de montaña Flandes nº 5, con sede en Vitoria, entró en su despacho del Ayuntamiento para detener a mi padre, que hizo constar por escrito que entregaba el Ayuntamiento por la fuerza, pero no de su grado. Fue inmediatamente detenido y salió esposado de su despacho, no sin antes dar un abrazo al que le iba a sustituir en la Alcaldía, que era amigo suyo. Tal vez el hecho de estar entregado en cuerpo y alma a la política le libró de estar en ese fatídico mes de Julio en la finca “El Calderín”, propiedad de mi abuelo paterno.

La finca “El Calderín” era, es, pues todavía existe, una pequeña propiedad situada en la provincia de Toledo, entre las poblaciones de Urda y Los Yébenes. Estaba en el término municipal de la primera, pero más cerca de la segunda (no sería capaz de poner la mano en el fuego de si era así o al revés en lo que respecta a los ayuntamientos). Desde siempre, mi abuelo había reclutado a gente del pueblo más cercano, Los Yébenes, como mano de obra para las labores del campo de la finca. Al promulgarse en la República la ley de términos municipales, que obligaba a contratar a personas del término municipal donde estaba la finca, los habitantes de Urda vinieron a pedir a mi abuelo que despidiese a los de Los Yébenes y contratase a vecinos de Urda. Mi abuelo se negó, con gran indignación de la gente de Urda. Cuando las cosas se empezaron a poner negras en Madrid, con el asesinato de Calvo Sotelo, mi abuelo pensó que estarían mucho más seguros en la finca que en la capital. Y allí se fue con su mujer, sus los hijos menores Manolo y Rafael, este último de 17 años y sus tres hijas, Luisa –la mayor de las tres, con su marido, Carlos, y sus dos hijos pequeños, Pispa y Mariamer– y las otras dos, más pequeñas, Fuenla y Pepa. Paco, el mayor de los chicos, era artillero y estaba destinado en el Cuartel de la Montaña en Madrid, y el otro hermano, Federico, era un viva la virgen que nunca se sabía dónde estaba. Mi madre estaba, naturalmente, en Vitoria, con mi padre. Al atardecer de uno de los últimos días de Julio, estando todos en la casa, acompañados del párroco de Los Yébenes, oyeron ruido de gente que venía y el ladrido de los perros. Acto seguido escucharon una descarga de armas de fuego y los perros dejaron de ladrar. Salieron a ver lo que pasaba. Una parida de personas, armadas con escopetas de caza, se acercaba a la casa. Al frente de esta gente, venía el tío Rollo. Del tío Rollo, mis dos hermanas mayores, que iban todos los veranos a pasar una temporada en El Calderín, recuerdan haber estado sentadas, una en cada una de sus rodillas, mientras les contaba cuentos. Nunca han sido capaces de explicarse como aquel hombre, ya entrado en años y de talante bondadoso, pudo convertirse en un personaje tan cruel. Sin mediar palabra, descerrajaron un tiro al cura, dejándolo malherido. Fueron a buscar a su habitación a Manolo, que estaba enfermo de tifus y apenas se podía tener en pie. Los detuvieron a todos, los montaron en un camión y los llevaron a la iglesia de Urda, que había sido profanada, para juzgarlos, según decían, por un tribunal del pueblo. En el camino hacia allí, le dieron un terrible culatazo en la cabeza al hijo pequeño, Rafael, que iba increpándoles, rompiéndole el cráneo. En los días siguientes, fueron sacándolos de la iglesia para matarlos. Primero al cura y poco después a mi abuelo. Pocos días después sacaron a Rafael, el más joven que llevaba días con el cráneo roto sufriendo atrozmente, junto con mi tío Carlos. Al día siguiente sacaron a mi tío Manolo, enfermo de tifus, como he dicho. Mi abuela y sus hijas nunca más los vieron vivos, aunque tampoco les dijeron que los habían matado. Pasaron unos días terribles en los que dejaron solas a mi abuela, sus tres hijas y los dos niños. Les llevaban algo de comida y les dejaban la puerta de la iglesia abierta. Mi abuela tuvo que decir a sus hijas que ni se les ocurriera atravesar la puerta porque muy probablemente les disparasen aplicándoles la ley de fugas. Por fin, sus vigilantes dijeron a mis tías, con los niños, que se fuesen y, dos días más tarde, soltaron a mi abuela. Jamás he oído referir el terrible periplo que debieron pasar esas pobres mujeres y esos niños. Por otro lado, mi tío Paco, que estaba destinado en el Cuartel de la Montaña, sobrevivió a la matanza que allí tuvo lugar y fue llevado a la cárcel Modelo. Pero poco le duró esa prórroga de su vida, porque fue sacado de allí en Noviembre de 1936 para morir asesinado en Paracuellos del Jarama.

He dicho antes que, para mí, mi abuelo y sus hijos y yerno, no eran para mí sino nombres sin rostro, salvo la imagen de algunas viejas fotos. Pero mis hermanas Merche y Asun sí les conocieron y me han contado sus nítidos recuerdos. La enorme simpatía de sus tíos, los paseos a caballo que les llevaban a dar a ellas y a los hijos de mi tía Luisa y otros muchos detalles llenos de vida. Pero el recuerdo que más nítidamente tiene grabado Asun es un día en que se cogió una rabieta enorme y se metió debajo de la mesa de comedor de El Calderín y cómo su abuelo Paco, a gatas, se metió con ella debajo de la mesa y estuvo un buen rato consolándola y hablándola suavemente hasta que la convenció de que saliese de debajo de la mesa con una sonrisa, como si nada hubiera pasado.

Mientras tanto, mi padre estaba preso en la cárcel de Vitoria. Desde muy joven había tomado la costumbre de registrar meticulosamente en un diario todo lo que le pasaba. No era un diario de sentimientos íntimos, sino del simple relato de los acontecimientos del día, a poco que hubiese algo que contar. Mientras estuvo en la cárcel muy poco podía escribir, pero al recuperar su libertad, nada más acabar la guerra, escribió lo que su memoria recordaba de ese tiempo. Todo está registrado. No voy a contarlo todo, porque estas páginas se harían demasiado largas, pero sí algunas cosas que creo pueden ser de utilidad para el objetivo de esta historia. Una de las cosas que le oí contar a mi madre y que sólo viene registrado como al vuelo en el diario de mi padre es lo que pasó cuando las tropas de Mola bombardearon Bilbao, todavía bajo dominio republicano. La población de Bilbao, indignada por el bombardeo, asaltó la cárcel y, ante la pasividad de los guardianes de la misma, sacaron de ella a muchos presos y los mataron. La población de Vitoria, enterada de lo que en Bilbao había pasado, quiso hacer lo mismo con la cárcel de Vitoria y se amontonó en su puerta pidiendo que les dejasen entrar a sacar a los presos. Ni que decir tiene la angustia con la que mi padre y sus compañeros de prisión oían lo que pasaba, con el alma en un hilo, pensando que les podían sacar a ellos en cualquier momento para lincharlos. Nada de eso ocurrió, la Guardia Civil evitó a toda costa que se produjese el asalto y ni un solo preso fue sacado de allí.

A primeros de Marzo de 1937, mi abuela y sus hijas, junto con los dos hijos de mi tía Luisa, llegaron a Vitoria tras un periplo del que, como he dicho, jamás he sabido nada. Supieron oficialmente a primeros de Octubre de ese año que a sus maridos, hijos y hermanos los habían matado. Mi hermana Asun cuenta cómo recuerda perfectamente la tarde en que alguien llegó a la casa de Vitoria y mi madre, que estaba con su amiga Conchita Zuazola, salió del cuarto de estar para hablar a solas con esa persona. Y cómo volvió a entrar, con la cara lívida y desencajada acertando a decir sólo dos palabras: “¡A todos!”. Luego, llanto y dolor.  Las cartas cruzadas entre mi padre y mi madre sobre este tema son de una tristeza y un dolor inefables. Pero sin un sólo reproche. Al revés, hablan de la unión a través del dolor. Lo primero que hicieron mi abuela y mis tías al llegar a Vitoria fue ir a visitar a mi padre a la cárcel y darle un fuerte y cariñoso abrazo. ¡Eso es grandeza! Cuenta mi padre en su diario cómo se le saltaban las lágrimas de dolor y agradecimiento hacia mi abuela y sus cuñadas. En una situación así, no es de extrañar que mi padre sufriese el “síndrome de Estocolmo” que queda muy vivamente reflejado en su diario.

Por otro lado, mi padre tenía un hermano más pequeño, Ignacio, que era Alférez de Navío de la Marina y, cosa rara en la oficialidad de la marina, comunista. En Julio de 1936 estaba en Cartagena, que quedó en el bando republicano. La marinería detuvo a todos los oficiales, y los encerró en la bodega del mercante “España nº 3” junto con otros militares, aviadores de la base de San Javier y Guardias Civiles. Como mi tío Ignacio era comunista, le dijeron que podía quedar libre y con mando, como ocurrió con el Teniente de Navío Antonio Ruiz González y otros oficiales. Pero mi tío dijo que él quería seguir la suerte de sus compañeros de armas. A las 2 y media de la madrugada del 15 de Agosto, el “España nº 3” salió del puerto de Cartagena y, una vez en alta mar, los 215 detenidos, mi tío entre ellos, fueron colocados en proa y popa y ametrallados. Luego se arrojaron al mar sus cadáveres, atados a lastres para que se hundiesen.

El vigilante jefe de la cárcel de Vitoria era un tal Galo Zabalza, al cual mi padre llama en sus memorias D. Galo. Debía ser un personaje siniestro, un don nadie que se sentía poderoso. En los libros del diario de mi padre se pueden ver fotos con él y con todos los presos y sus líneas están impregnadas de esa ligera pero patente adulación hacia quien tiene el poder de hacer la vida insoportable o llevadera e, incluso, de marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Es patético ver cómo en una situación así hay que buscar estar a bien con este tipo de personajes. Cuando se empezó a preparar el asalto a Bilbao por parte de las tropas del general Mola, hubo “paseos”. Al amanecer del día 30 de Marzo fusilaron a un tal Bazán, tras haberle sacado a golpes la confesión de sus supuestas culpas. Todos los presos pudieron oír el brutal interrogatorio. He oído contar, aunque no a nadie de mi familia, que en esos interrogatorios se utilizaba a Paulino Uzcudun, una vieja gloria del boxeo, guipuzcoano, que, como más tarde haría Urtáin, había sido campeón de España y de Europa. La noche de ese mismo día 30, sacaron de diversas celdas a diez presos. Todos creían que iban a pasearlos, pero al día siguiente se enteraron de que los habían liberado y habían llegado sanos y salvos a sus casas. La noche del 31 de Marzo, a eso de las 11 y media de la noche, D. Galo entró en la celda de mi padre y dijo: “Collel y Conca, vístanse. Están en libertad”. Collel era el compañero de petate de mi padre. Convencido de que le iban a dar la libertad, como a los del día anterior, se vistió con sus mejores galas. Antes de salir le dio un fuerte abrazo a mi padre que le pidió que, una vez en libertad, fuese a decir a mi madre que él estaba bien. El infeliz, al salir, le dio las gracias a D. Galo. ¡Pobres! A ellos, junto con otros catorce de otras celdas, entre los que estaba el Alcalde oficial de Vitoria, Teodoro González de Zárate, al que sustituyó mi padre como Alcalde por su enfermedad, los montaron en cuatro automóviles y los llevaron por la carretera de Pamplona. Allí les bajaron del coche y les fusilaron. Al día siguiente volvieron a liberar a otro grupo de presos. El tal D. Galo, para explicar que un día llamaran a unos para liberarlos y al siguiente para pasearlos, dijo la siniestra frase: “Entre col, y col… lechuga”. Aunque no hubo más paseos en grupo, sí que se producía de cuando en cuando la saca de algún preso para fusilarle tras el correspondiente interrogatorio. Mi hermana Asun me dice que ella le había oído decir a nuestro padre el dolor de conciencia que le producía el hecho de que, junto a la terrible pena que le produjo el asesinato de Collel algún otro compañero y amigo suyo, se alzaba, más fuerte que la pena, la alegría de no haber sido él el elegido. El año pasado, leyendo el magnífico libro de Manuel Chaves Nogales “España a sangre y fuego” –que recomiendo encarecidamente–, en el que se narran historias reales y terribles de ambos bandos, encontré una que era muy similar a lo que acabo de contar.

La vida de mi madre en Vitoria tampoco era fácil. Su principal preocupación era que no paseasen a mi padre. El entonces coronel Solchaga, a la sazón comandante de una de las columnas del asalto a Bilbao con sede en Vitoria, la hizo llamar un día, antes de que empezasen las sacas y los paseos, y le dijo: “En deferencia a la tragedia que ha asolado a su familia, haré todo lo posible porque a su marido no le pase nada”. “¿Qué le puede pasar?”, preguntó mi madre que todavía no era consciente del peligro. “Mejor que no me haga esta pregunta”, le contestó Solchaga. Sea como fuere, mi padre sobrevivió a las sacas, pero mi madre, cada vez que tenía ocasión, le recordaba su promesa a Solchaga. También contaba mi madre cómo Alonso Vega la llamó a un día y, por la misma razón que Solchaga, le dijo: “Este es el papel que firmó su marido al entregar la alcaldía. Pudiera ser comprometido para él que se hiciera público. Por eso, aquí mismo, delante de usted, lo rompo” y, dicho y hecho lo rompió en cuatro y le dio los papeles a mi madre. En Vitoria, sin embargo, era una apestada social. Sólo la familia de mi padre, su amiga Conchita Zuazola, casada con Jesús Velasco, y algunos pocos amigos más fueron un apoyo para ella. Jesús Velasco era combatiente en el ejército de Mola y en más de una ocasión salió también fiador de mi padre. Pero, aparte de esta zozobra, estaba el tema de la subsistencia material. Porque mi madre no tenía un duro de ingresos. La familia de mi padre, en especial su madre, mi abuela Mercedes, les ayudó económicamente, con gran generosidad, a salir adelante. Ayuda que fue devuelta años más tarde, después de la guerra, en cuanto mi padre tuvo medios para hacerlo. Mi madre intentó trabajar como enfermera, pero su solicitud le fue denegada sin tener para ello menos méritos que otras que sí eran aceptadas.

Desde la cárcel se le permitía a mi padre escribir y recibir cartas de cuando en cuando. Todas las que él mandó están pegadas en su diario, pues mi madre las guardaba celosamente. Mi padre no pudo, en cambio, guardar todas las que le enviaba mi madre, sino sólo algunas. Son cartas que parten el corazón cuando se leen. Sin embargo, junto con cada carta que escribía a mi madre, adjuntaba otra para sus hijas Merceditas y Mari-Asun, como él las llamaba. En estas cartas no se traslucía nada de la tristeza que le embargaba y que empapaba las dirigidas a su mujer. En algunas de ellas les contaba cuentos de su invención, que ilustraba con magníficos dibujos a pluma. No en vano era un excelente pintor. Esas cartas y cuentos están también guardadas como un tesoro. Muchas veces se los he leído a mis hijos, cuando eran pequeños, que veían maravillados los dibujos de su abuelo. Pienso que debería publicar estas cartas, tanto en letras de imprenta como en facsímil del texto, junto con los dibujos. Espero hacerlo algún día.

Tras unos meses en la cárcel de Vitoria, que se iba atestando a medida que llegaban nuevos prisioneros del frente norte, trasladaron a una parte de los presos, mi padre entre ellos, al Convento del Carmen, habilitado como prisión. Cuenta mi padre cómo, cargados de sus enseres, recorrieron Vitoria desde la prisión de la calle, que después de la guerra se llamó de la Paz (ignoro si antes de la guerra se llamaba así), hasta la calle del Sur, hoy Manuel Iradier, donde estaba el convento. Y cómo la gente les miraba, con curiosidad unos, con desprecio otros, con conmiseración algunos e insultándoles unos pocos. También allí el hacinamiento era espantoso. Más adelante, cuando cayó Bilbao, le trasladaron a Murguía cerca de Vitoria en el camino a la capital vizcaína, donde estaba un poco mejor instalado. La prisión estaba en una parte del Convento de los PP Paules, habilitado para tal. Allí, debido a su formación, se convirtió en persona imprescindible para llevar a cabo las labores administrativas de la prisión, además de hacerse muy amigo de los padres Paules, que estaban en otra parte del convento. Esto hizo su prisión mucho más llevadera. Más tarde fue trasladado a Burgos, en donde tuvo lugar su proceso judicial del que salió exculpado de todo cargo. No obstante, permaneció en prisión, trasladado al Fuerte de Guadalupe, en Fuenterrabía, transformado en penal. Al final de la guerra estuvo unos meses en arresto domiciliario en Burgos, en casa de unos primos suyos, padres de los militares de aviación, hermanos Alfaro, que llegaron a ser ambos miembros del Alto Estado Mayor del Aire. El agradecimiento de mi padre hacia ellos por la cálida acogida y estancia que le depararon era inmenso. Hay en casa una acuarela de mi padre en la que se ve el paseo del Espolón, al que daba el mirador de la casa de sus primos. Las ramas de los plátanos de ese paseo, sin hojas, se entrelazan entre sí como si fueran rejas. En el paseo se ve a los dos guardias encargados de vigilar la casa para que no se fugase ni saliese a dar un paseo por el Espolón.

Es imposible exagerar el soporte que mi madre supuso para mi padre en su permanencia en prisión. Sin ella, se hubiera hundido y hasta es posible que hubiese sido paseado. Le visitaba muy a menudo, siempre que podía, y cuando estaba en Murguía, le llevaba frecuentemente a sus hijas Merceditas y Mari-Asun, que eran un bálsamo para él. Le escribía cartas casi a diario levantándole el ánimo, que mi padre tenía por los suelos. Las que se conservan son un ejemplo de apoyo constante, llenas de solicitud y amor. No paró, junto con su madre, mi abuela Luisa, de hacer gestiones a todos los niveles para velar por su seguridad y procurar su liberación. Fue, en una palabra, su ángel de la guarda en esos durísimos años.

Acabada la guerra mi madre y mi tía Luisa tuvieron que ir a desenterrar, en las zanjas en las que los habían sido arrojados los cuerpos de su padre, su marido y sus hermanos. Es más que probable que entre los que les sirvieron de guías para saber dónde estaban estuviera alguno de sus asesinos. Pero tampoco oí nunca una expresión de odio contra ellos. Los reconocieron por la ropa. Trasladaron sus cadáveres al cementerio de Paracuellos de Jarama, donde reposan, no se sabe en qué lugar exacto, junto con el de su hermano Paco. A mi padre le liberaron nada más acabar la guerra. Pero el ambiente de Vitoria de la posguerra, aunque ya estaba totalmente desengañado de la política, era irrespirable para él. Siempre contó con el apoyo de sus amigos Velasco, Zuazola, Areizaga y otros que no conozco y, siempre, su agradecimiento y el de mi madre hacia ellos fue inmenso. Pero, a pesar de esta entrañable amistad, le resultaba imposible vivir en Vitoria, por lo que se vino a vivir a Madrid. Intentó ejercer la abogacía, pero para inscribirse en el Colegio de Abogados tenía que jurar los principios del movimiento, cosa que se negó a hacer. Lo pasó muy mal, económicamente hablando. Pero como no tenía otro oficio, decidió fundar una empresa. En aquellos momentos de posguerra, en España no había de casi nada. Decidió entonces obtener la representación de una fábrica alemana de maquinaria naval. La obtuvo sin dificultad y, junto con su cuñado, mi tío Manolo Bergareche, marido de mi tía Pepa, hermana de mi madre, fundaron una empresa, SIMA, que empezó a ir bien. Después fundaron otra, PROMA que fue todavía mejor y, por último, COTEDISA, que culminó el éxito.

Entre tanto, nació mi hermano Paco en 1940, mi hermana Maria Victoria, en 1945. En los años de la II Guerra Mundial mi padre se alineó claramente con el bando aliado. Se hizo socio del Club Británico y desde él celebraba con sus amigos ingleses y americanos el giro favorable que tomaba la guerra para su bando. Mi hermana Merche le recuerda en ese club formando en línea junto con sus amigos británicos, muy serios, mientras cantaban al unísono:

We don’t want to march like the infantry,
(Mientras hacían que marcaban el paso)
ride like the cavalry,
(Mientras que hacían como que montaban a caballo)
shoot like the artillery,
(Mientras hacían que disparaban un rifle)
we don’t want to fly over Germany,
(Mientras que extendían los brazos como su fueran las alas de un avión en planeo)
we are de king’s navy!
(Mientras se cuadraban y saludaban militarmente).

De la celebración de la victoria aliada viene nombre de mi hermana María Victoria, nacida precisamente en Octubre del año 1945. Mi hermana tuvo por padrino al músico e intelectual irlandés Walter Starkie, traductor de El Quijote al inglés y violinista reputado, también socio del Club Británico. Finalmente, en 1951, nací yo. A mis padres les hizo una enorme ilusión mi nacimiento y pensaron ponerme Buenaventura, y no precisamente por Buenaventura Durruti, sino por la alegría que les produjo mi llegada a este mundo. Al final, desecharon este simbólico nombre y me llamaron Tomás. Pero a mi padre seguía sin gustarle ni poco ni mucho el mundo de la empresa y los negocios. Si había que dedicarse a él para salir adelante, pues manos a la obra. Pero en cuanto las cosas fueron suficientemente bien, dejó los negocios en manos de su cuñado y más tarde, de mi hermano Paco y el se volvió a dedicar al diletantismo artístico.

En los años 50 murió de tuberculosis mi tío Federico, hermano de mi madre, por lo que, muy a su pesar, heredó el título de Marquesa de Cañada Honda que, según el sistema de herencia de títulos nobiliarios de entonces, debería haber correspondido a alguno de sus hermanos por orden de edad. Desgraciadamente, no había ninguno para heredarlo.

Pero, a pesar de haberse venido a vivir a Madrid, mi padre no podía olvidar su ciudad, Vitoria. Cuando su situación económica mejoró, al tiempo que devolvió la ayuda prestada por su madre, le compró una casa, Villa Paula, con un magnífico jardín en lo que entonces eran las afueras de Vitoria, cerca del manantial de Armentia, y todos los veranos y vacaciones escolares nos íbamos allí. Poco a poco fue recuperando amistades, echando al olvido los desplantes y desaires que hubiera podido tener en el pasado. Su casa se convirtió en centro de las tertulias más entretenidas de Vitoria. A casa venían todas las fuerzas vivas de la ciudad, alcaldes y otros políticos, periodistas, escritores, músicos, etc., etc., etc. Recuerdo haber tenido invitados en casa al guitarrista Regino Saenz de la Maza o a los cantantes franceses Jacqués Brel y Gilbert Bacaud. Además, descubrió su vena de paisajista, e hizo del jardín de Villa Paula y del de Geldi-Geldi, otra casa que compró en Fuenterrabía, dos jardines espectaculares.

Volvió a pintar y, aunque ya se le había pasado el arroz, pintaba francamente bien. De hecho, mi hermana María Victoria tiene un cuadro de la peña de Amboto que fue empezado en 1922, antes de casarse, y terminado en 1960. No tenía ni ganas ni necesidad de vender sus cuadros, por lo que no dio a conocer su obra. No obstante, realizó varias exposiciones con notable éxito. En la enciclopedia de pintores y escultores vascos del siglo XX, hay una sección dedicada a él. Casi todos sus cuadros están en la familia. Uno de sus cuadros de gran formato, que representa la entrada del General Álava en Vitoria en la Guerra de la Independencia de 1808, está expuesto en la Diputación Foral de Álava. Compuso música, cuyas partituras están en mi casa y se dedicó a escribir. Escribió una excelente biografía del Rey Pedro I de Castilla, llamado el Cruel, epíteto con el que él no estaba de acuerdo y, así, lo tituló “Las justicias del rey”. Pero, sobre todo escribió dos libros que eran una crónica de la historia de su ciudad, Vitoria. Son, “Vida de la Ciudad de Vitoria”, desde la fundación de la ciudad hasta el principio del siglo XX y “Una ciudad desencantada” desde el principio de ese siglo, hasta después de la Primera Guerra Mundial. Nunca quiso seguir adelante. Esos libros, editados por la Diputación de Álava, fueron leídos por un entonces joven doctorando de historia de la Universidad del País Vasco, hoy Catedrático de la misma, Antonio Rivera. Antonio estaba haciendo su tesis doctoral sobre determinados aspectos de la vida de Vitoria. Se puso en contacto con mi familia para preguntarnos si teníamos alguna documentación que pudiera servirle para su tesis. Por supuesto, le dimos acceso a todos los diarios de mi padre que se remontaban a finales del primer decenio del siglo XX. Se quedó maravillado y, años más tarde propuso y logró que a una residencia universitaria del campus de Vitoria de la UPV se le pusiera el nombre de Tomás Alfaro Fournier.

Pero, aunque estoy hablando mucho de mi padre, la verdadera alma de la casa y de la familia era mi madre. A pesar de su fuertísima personalidad, siempre era mi padre el que brillaba, estando ella en un segundo plano mientras llevaba el día a día de la familia. No puedo dejar de contar tres anécdotas suyas que reflejan su carácter. Las dos primeras están relacionadas con sendos accidentes de coche.

Primera. En los primeros años de su matrimonio, en Vitoria, mi madre tuvo un grave accidente de coche. Iba con dos amigas y dieron varias vueltas de campana. Las dos amigas quedaron inconscientes. Mi madre estaba consciente, pero no veía nada, porque un largo corte en el cuero cabelludo hacía que éste le cayese por delante de los ojos. Se lo levantó y sujetó con una mano en la frente y echó a nadar en busca de ayuda. Como estaban en mitad de ningún sitio y por aquel entonces no pasaban apenas coches por las carreteras, tuvo que andar así varios kilómetros. La primera persona que la vio fue un aldeano que salió corriendo. Por fin llegó a una casa en la que la atendieron. Lo primero que pidió fue un espejo. Tras mirarse, dijo dónde había sido el accidente y se desmayó. Sus amigas fueron atendidas y resultaron ilesas.

Segunda. Hacia 1960, yo lo recuerdo, debía tener 9 o 10 años, mi madre venía de Vitoria sola en coche. La esperábamos a eso de las 5 de la tarde, pero a las 10 de la noche no había llegado. Por fin llegó. El coche venía con la parte de atrás hundida contra el asiento. Había volcado de medio lado y, en el deslizamiento, el coche había chocado contra un poste de telégrafos de los que en esa época estaban al borde de la carretera. Toda la parte trasera se hundió. Si hubiese habido alguien allí, hubiese muerto aplastado. El primer coche que pasó la atendió y entre varias personas pusieron el coche otra vez sobre sus cuatro ruedas. A pesar de la ayuda que le ofrecían, mi madre decidió seguir conduciendo los 60 Km que la separaban de Madrid. Al llegar a casa dijo que estaba bien y que sólo necesitaba descansar. No admitió que se llamase a un médico. “Mañana –decía–, ahora necesito descansar”. A la mañana siguiente vino el médico. Tenía roto el esternón. Nos confesó que al llegar estaba convencida de que estaba reventada por dentro y de que iba a morir esa noche. Cuando se enteró de que “sólo” era el esternón, se llevó una alegría.

Tercera. Mi tío Heraclio, hermano de mi padre, fue un genio de la aeronáutica. En 1914 construyó el aeroplano Alfaro I con el que voló delante de 25.000 personas. En 1920 se va a Estados Unidos hasta 1922, en que vuelve a España y construye el Alfaro XI. La primera mujer, y la única de Vitoria, que voló en ese avión fue mi madre. Mi tío Heraclio volvió a EEUU, donde tuvo una meteórica carrera en el mundo de la aviación americana, trabajando como free lance para muchas de las grandes empresas aeronáuticas, desarrollando 21 patentes en este país. Volvió a Vitoria en 1945, enfermo de párkinson, donde murió en 1962.

El brillo de mi padre no debía ser barato porque hacia 1955, tuvo que vender la casa de Fuenterrabía que debía ser una carga excesiva. En el verano de1961, en Villa Paula, fue cuando mi madre escribió, por espíritu de contradicción, como ella dice, la novela de la que he empezado hablando, “Esa fina arena”. Empieza así:

Escribir es lo que todo aficionado se propone hacer en vacaciones, pensando que sólo son sus ocupaciones de invierno las que le han impedido realizar el libro que todos creemos llevar dentro, propósito que se queda, después de comprar cuartillas y bolígrafos, en el campo o en la playa.

Por espíritu de contradicción he hecho yo el mío... Bueno o malo.

Me han prestado palabras el refranero español, fragmentos de lecturas que se han ido grabando en mi memoria y el Evangelio, maestro de almas.

Mi padre murió en Villa Paula, su casa de Vitoria el 31 de Agosto de 1965. El día antes habían venido, como casi todos los días, varias personas a la tertulia cotidiana. Se acostó lleno de vida y por la mañana, un derrame cerebral acabó súbitamente con ella. Mi madre fue a ver qué era lo último que había escrito en ese diario que llevaba ininterrumpidamente desde su primera juventud. Con fecha del 30 de Agosto a las 11,48h de la noche –la hora estaba cuidadosamente anotada–, las últimas palabras del diario rezaban, literalmente, así: “... Amo el nirvana pensante. El sueño sabiendo que se vive. La profundidad sapiente que une a Dios, que no hace nada, porque todo lo tiene hecho. ¡Bendito sea Dios!”. En el recordatorio de su muerte, mi madre escribió: “Quiso a los suyos, amó a Cristo, buscó a Dios y Él le dio la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna”. Tengo muchos y muy profundos motivos para saber que así fue. A su funeral asistieron todas las fuerzas vivas de Vitoria. Nadie que estuviera en él podría pensar que era el funeral de una persona que había tenido que dejar Vitoria en 1939, condenada al ostracismo por el rechazo a su actividad política. Unos años después de la muerte de mi padre, mi madre vendió Villa Paula. Supongo que se le hacía demasiado cuesta arriba estar en ella. Años después, la ciudad de Vitoria dedicó una calle a mi padre con el nombre de Pintor Tomás Alfaro. Después vino lo que he contado de la residencia universitaria. Años más tarde, Alfonso Alonso, a la sazón alcalde de Vitoria, con excelente criterio, cambió el nombre de la calle por el de Alcalde Tomás Alfaro.

Mi madre, aquejada de un enfisema pulmonar contra el que luchó valerosamente los últimos años de su vida, murió en Madrid, con todos sus hijos ya casados y 20 nietos –que llegarían hasta 26–, el 11 de Enero de 1977. Había celebrado la Nochebuena en su casa con toda la familia, hijos y nietos, como si no le pasara nada. No quiso de ninguna manera que la ingresasen. Quería morir en casa, rodeada de sus hijos y nietos. Creo poder decir que fui para ella una buena ventura en sus últimos años. Como ella lo fue para mí.

Pudo morir diciendo “cumplí”, como decía en su libro, pero sus últimas palabras, recogidas por mi mujer, que estaba en ese momento en su turno de vela a su cabecera, fueron: “¡Dios mío!”, pronunciadas al exhalar su último aliento. Después, se fue por el puente del que habla en su libro, pero el de verdad, no el de los sueños de huida, sino el que lleva a la Eternidad.

Como he dicho, aunque de esta historia terrible no se hablaba mucho en casa, tampoco se hacía de ella tabú. Pero jamás he oído contar ninguno de sus retazos con odio ni espíritu de venganza. Al revés, siempre se ponía el acento en los pasajes en los que brillaba la grandeza. Por eso ni yo ni ninguno de mis hermanos sabemos lo que es odiar. Sencillamente, no lo hemos mamado en nuestra casa.

Todos los seres humanos tenemos nuestras luces y nuestras sombras. Leí en su día las memorias de Manuel Azaña. Sé algo de historia. Aunque tengo por mi padre una enorme cariño y una inmensa admiración, no tengo por qué estar de acuerdo con él en todo. Tampoco sé cuál sería su pensamiento con la perspectiva de hoy. Con todo eso, creo que en Manuel Azaña las sombras fueron mucho más profundas que la luz. Pero creo también que es bueno saber ver la luz de cada persona, sean cuales sean sus sombras. Por eso, casi casi, acabo con una frase de Manuel Azaña que atravesó sus sombras para ilumuinar. Es un párrafo de un discurso suyo dado en Barcelona, como Presidente de la república, el 18 de Julio de 1938. Dijo:

“... y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción,  que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón”.

He dicho que casi, casi, iba a acabar con esta frase. Pero, ya que mi madre decía en su libro que el Evangelio, maestro de almas, le había prestado palabras, yo también acabo con una frase evangélica: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”.

  Quizá esta memoria histórica familiar pueda ser una lección en los tiempos de memoria histórica sesgada y revanchista en los que vivimos. Si es así, merecerá la pena haber escrito estas páginas. Sólo si es así merecerá ser referida a la historia y no estaré faltando el respeto a la frase de mi madre con la que empecé a escribir esto en su día. No sé. Espero que sí lo merezca [2].


[1] Este párrafo en cursiva lo he añadido justo antes de dar a la luz estas páginas.
[2] Escrito justo antes de ser publicado.