29 de diciembre de 2007

Hoy es mi santo: Santo Tomás Becket

Tomás Alfaro Drake

29-XII-2007

Me llamo Tomás y hoy es mi santo. Todo el mundo me felicita el día de santo Tomás de Aquino, que no es mi santo. Unos pocos el día de santo Tomás apóstol, que tampoco lo es, pero nadie, salvo los que saben expresamente la fecha de mi santo, me felicita hoy. La verdad es que llevo el nombre de santo Tomás Becket, por casualidad. Mi bisabuelo nació el 29 de Diciembre y por la costumbre típica de épocas pasadas, le pusieron el santo del día. Mi bisabuelo no tuvo más que hijas, por lo que el nombre pasó directamente a su nieto, mi padre, que también llevó ese nombre. Pero no se lo puso a su hijo mayor, mi hermano, porque nació justo después de la guerra y le puso Francisco por su suegro, mi abuelo materno, asesinado en ella. Mi madre me tuvo a los cuarenta y cinco años, sorprendentemente. Pero a mis padres les hizo mucha ilusión mi nacimiento y estuvieron a punto de ponerme Buenaventura. Al final, se decidieron por la tradición y fui, casi de milagro, el tercer Tomás Becket de la saga. Mi hijo mayor se llama Tomás y varios de mis sobrinos también. Pero nunca hasta hace años me ocupé de saber nada de mi santo, aparte de una película de hace bastantes años con ese nombre, Becket, en el que el papel de santo Tomás lo hacía Richard Burton con Peter O`Toole como rey Enrique II. La verdad es que no presté mucha atención a la película e ignoraba todo acerca de él.

Pero hace años leí una novela sobre Becket y me pareció un santo muy humano y heroico al mismo tiempo. No voy a extenderme mucho en su semblanza, pero ahí va.

Compañero de andanzas amatorias y venatorias de Enrique II, allá por mediados del siglo XII, llegó a ser, por enchufe, Canciller del Reino. Pero la verdad es que lo hizo bastante bien, porque se tomaba muy en serio lo que tenía que hacer, fuese por las causas que fuese. Había seguido, desde su primera juventud, estudios religiosos y se ordenó diácono sin mucho convencimiento. Pero en su trabajo, antes de ser canciller del Reino, como canónigo de la catedral de Canterbury, realizó con gran solvencia ciertas misiones para el arzobispo primado de Inglaterra, al que aprendió a respetar, lo mismo que a la Iglesia a la que éste representaba.

Tomás gustaba del lujo y de la pompa tal vez más de la cuenta. Enrique era, en cambio, hombre de gran austeridad, por lo que en bastantes ocasiones, embajadores y nobles que vivían lejos de la corte, tomaban a Tomás por el rey, lo que a éste le hacía gracia y a veces utilizaba para obtener información con el engaño.

Durante los siete años que fue Canciller, litigó siempre del lado del rey, contra otros reyes e incluso contra la diócesis de Canterbury, celosa de preservar la independencia de la Iglesia frente al poder real. Cuando el arzobispo murió, el rey, ansioso por terminar con el problema y someter totalmente la Iglesia a su poder, pensó que nombrar a su amigo Tomás como Arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia de Inglaterra, sería una buena manera de lograrlo. Tomás intentó disuadir al rey, diciéndole que, caso de ser Arzobispo, desempeñaría su cargo cómo su conciencia le dictase. El rey se rió de sus escrúpulos y con el consentimiento servil del resto de los Obispos, hizo elegir a Tomás como Arzobispo de Canterbury. Justo el día antes fue ordenado sacerdote. Poco después, Enrique II se dio cuenta de su error. Tomás se transformó en un defensor ardiente de la independencia de la Iglesia, despertando la conciencia del adocenado clero inglés. Y no era sólo por un sentido de eficacia en el cargo. Era también porque en el disoluto Tomás estaba produciéndose un cambio interior. La semilla sembrada hacía años por su antiguo protector, el Arzobispo de Canterbury, empezó a dar fruto en lo más profundo de su alma. No así en su aspecto externo, pues Tomás siguió durante casi toda su vida gustando del lujo y del boato.

La tensión entre el rey y su antiguo amigo y Canciller fue creciendo, pues aquél no podía perdonar lo que consideraba una traición. Además, la jerarquía, el clero y el pueblo estaban recuperando un fuerte sentido de pertenencia a la Iglesia de Roma que el monarca consideraba que debilitaba a Inglaterra. Tras dos años como Primado de Inglaterra, Tomás fue condenado por traición y se le confiscaron todos sus bienes. Temió por su vida y huyó a Francia, dejando a toda la Iglesia de Inglaterra, a la que había enardecido en su unión con Roma y en la reivindicación de sus derechos canónicos, abandonada al capricho del rey. Seis años estuvo Tomás en Francia, la mayor parte en un convento benedictino, donde descubrió la virtud de la austeridad. Mientras, el rey campaba cada vez más por sus respetos, destituía y nombraba obispos a capricho, encarcelaba a los que no se doblegaban a su voluntad y secularizaba para su hacienda personal los bienes de conventos y abadías. En muchos casos, debido a su justo sistema de arrendamiento, estas propiedades de las abadías, suponían el único medio de subsistencia del pueblo, por lo que éste anhelaba su regreso.

Algunos obispos que intentaban resistirse consideraban a Tomás un cobarde y un traidor por haberles dejado en esa situación tras haberles inflamado el ánimo. Pero la mayoría se doblegó ante el poder real, sacando tajada de ello. Ante tal situación, Tomás, decidió volver a Inglaterra a hacerse cargo de nuevo de su sede, única para la que el rey no se había atrevido a nombrar un Arzobispo a su capricho. Tomás sabía, al volver a Inglaterra que, si Dios no lo remediaba, el enfrentamiento con Enrique acabaría con su muerte. Aún así, volvió. Desembarcó en Sándwich el 1º de Diciembre de 1170. Tuvo un multitudinario recibimiento popular y una amenazadora recepción oficial.

Efectivamente, el enfrentamiento fue de una gran virulencia desde el primer día de su vuelta, pero Tomás mantuvo el tipo frente al rey y destituyó a todos y cada uno de los obispos nombrados por Enrique. La tarde del día de Navidad del año 1170, el rey, exasperado por la continua resistencia de Tomás y en uno de los ataques de ira que con frecuencia le acometían en esas situaciones gritó ante sus caballeros:

"Ahí tenéis a un hombre que no comía caliente hasta que llegó a mi corte sin un céntimo. Hice de él un personaje importante. Me ha traicionado a mí y a los míos y no encuentro a quien vengue mi honor ultrajado".

Algunos nobles deciden cumplir los deseos del rey y se confabulan para matarle. El 29 de Diciembre, cuatro caballeros se presentan ante el capítulo de la catedral de Canterbury y dicen al Arzobispo que, por orden del rey, abandone inmediatamente Inglaterra. Tomás les contesta:

Ya basta; yo he puesto mi esperanza en el Rey del cielo que padeció en la cruz por los suyos. Jamás volverá a interponerse el mar entre mi Iglesia y yo. No trato de huir, y el que me quiera encontrar me encontrará aquí.

A la hora de vísperas, Tomás va a la catedral a rezarlas. Allí le esperan los cuatro caballeros, armados y con las espadas desenvainadas. Todos, menos dos o tres testigos huyen. Uno de los caballeros grita:

- ¿Dónde está Tomás Becket, traidor a su rey y al reino?

- Aquí estoy
–contesta Tomás con voz firme– no soy traidor a mi rey sino sacerdote. ¿Qué queréis de mí? Estoy dispuesto a sufrir por Aquél que me redimió con su sangre. No huiré ante la amenaza de vuestras espadas ni tampoco sacrificaré la justicia.

- ¡Perdonad a los que habéis excomulgado y reponedlos en sus funciones!
–le responde el caballero.

- No se han arrepentido, no los absolveré.

- Entonces, ¡váis a morir!

- Estoy dispuesto a morir por mi Señor. Que mi sangre salve la libertad de la Iglesia y la paz. Pero, en nombre de Dios, ¡no toquéis a los míos, clérigos o laicos! Dejadlos ir.

Los caballeros se lanzan sobre el y le asestan numerosos espadazos, Uno de ellos le abre completamente el cráneo y sus sesos se desparraman por el enlosado. Los caballeros escapan. Sólo un canónigo está al lado de Tomás recibiendo su último suspiro.

Casi desde el mismo momento de su muerte, miles de personas empezaron a peregrinar al lugar de su muerte en la catedral de Canterbury.

En 1172, el rey, puesto en interdicto personal por el Papa, aseguró que no había sido su propósito que esos nobles mataran al Arzobispo, organizó una ceremonia de juramento de la inocencia de su intención y de petición de perdón y cedió públicamente en todos los contenciosos que mantenía con la Iglesia de Inglaterra. El 21 de Febrero del año 1173 –menos de tres años después de su muerte–, el Papa Alejandro III canonizaba a Tomás Becket como mártir.

Pero la historia tiene un epílogo que se remonta al año 1538, casi cuatrocientos años más tarde. Cuando Enrique VIII consuma la ruptura de la Iglesia de Inglaterra con Roma, manda exhumar los restos de santo Tomás Becket, los hace quemar y reducir a polvo, los mezcla con pólvora y los dispara en una salva de cañón.

Este es el santo cuyo nombre llevo por casualidad. Pero “la palabra casualidad es una blasfemia; nada bajo el sol sucede por casualidad”. No sé por qué habrá ocurrido esta “casualidad”, pero me siento orgulloso de llevar este nombre.

2 comentarios:

Victoria dijo...

¡FELICIDADES TOMÁS¡ Que tengas un feliz año 2014. Esperamos poder seguir aprendiendo y disfrutando de la lectura de tus magníficos post.
Un abrazo de una lectora fiel aunque comente poco.
!Muchas gracias¡
Victoria

Anónimo dijo...

Gracias Victoria por acordarte. Yo también te deseo todo lo mejor para el 2014. Gracias por seguir el blog.

Un abrazo.

Tomás