25 de enero de 2009

La posibilidad de la libertad

Tomás Alfaro Drake

Este es el 31º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”, “Los primeros brotes del arbusto de la vida”, “La división del trabajo”, “La explosión del arbusto de la vida”, “¿Tiene Dios una inmoderada afición por los escarabajos?”, “Definamos la inteligencia”, “El linaje prehumano”, “¿Un Homo Sapiens sin inteligencia?”, “El coste de un cerebro desproporcionado”, “Si no hay nada que decir, hablar es muy peligroso”, “El regalo de la inteligencia”, “¿Cuántas Evas hubo?”, “El lado oscuro de la inteligencia” y “Regalos añadidos a la inteligencia”.

Si las leyes de la física fuesen deterministas, como se creía hasta principios del siglo XX, la libertad humana sería imposible. No cabría explicar cómo el alma podría interferir con el mundo material del que forma parte nuestro cuerpo para desviar el curso de nuestras acciones de su devenir determinista. En un mundo así o la libertad es una ficción causada por la complejidad de nuestras “ecuaciones”, o cada acto libre de cada hombre tendría que ser un milagro de Dios. Dios tendría que vulnerar continuamente sus propias leyes para que fuésemos libres. Si Dios quisiese, podría hacer un milagro en cada acto humano para permitir cada una de sus acciones libres, pero, de esta forma, el Diseñador estaría haciéndose continuamente trampa a sí mismo. Y creo que no es ese su estilo y forma de actuar. Dios es más elegante. Prefiere actuar a través de las leyes de la física creadas por Él y del ser humano, dotado por Él de libertad. Pero esto era incomprensible hasta que la inteligencia humana descubrió la física cuántica como una ley básica de la naturaleza.

A principios del siglo XX se creía que un electrón, por hablar de una partícula elemental, era una especie de bola muy pequeña de la que se podía saber, si se disponía de un aparato lo suficientemente preciso, su posición y su velocidad exactas. Pero la física cuántica nos ha venido a decir que el mundo físico no es así. Un electrón es, más bien, como una nube de vapor que, si se la deja “suelta”, se va expandiendo. ¿Dónde está la nube en un momento dado? No en un punto, sino en una zona del espacio que se va ampliando a medida que pasa más tiempo “suelta”. Se puede saber con precisión matemática qué forma tendrá la nube y su densidad en cada punto, mientras no se intente medir su posición. Cuando se intenta, la nube se concentra en un punto, para luego volver a expandirse en una nueva nube. Ahora bien, el punto de este colapso de la nube es imposible de determinar a priori. Nadie puede saber dónde se va a producir la concentración. En la física cuántica, la nube recibe el nombre de función de onda. La densidad de la nube en cada punto nos da, matemáticamente, la probabilidad de que el colapso se produzca en ese punto. Es decir la concentración de la nube en un punto, cuando se interfiere con ella, se produce completamente al azar, pero tiene distinta probabilidad de hacerlo en cada punto de ella. Pero que el que el colapso del electrón se produzca en un sitio u otro, puede cambiar el curso de la historia. Erwin Schrödinger diseñó un el siguiente experimento mental. La desintegración de un átomo radiactivo manifiesta la aleatoriedad del colapso de la función de onda. Se sabe con precisión la probabilidad de que un determinado átomo radiactivo se desintegre en la próxima hora, pero es imposible saber si lo hará o no. Supongamos que tenemos un gato en una cámara cerrada donde hay un átomo radiactivo que tiene un 50% de probabilidad de desintegrarse en las próximas 24 horas. Si lo hace, se dispara un detector que rompe un frasco con un gas venenoso y el gato muere. Si no, el gato vive. La historia de la humanidad seguramente no cambiaría mucho con un gato vivo o muerto, pero si en esa cámara está Hitler la víspera de la invasión de Polonia, la cosa es más crítica. Recordemos aquello de “por un clavo se perdió una herradura, por una herradura se perdió un caballo, por un caballo se perdió un general, por un general se perdió una batalla, por una batalla se perdió una guerra, etc...”. En el mundo que conocemos no suelen darse estas situaciones, porque la ley de los grandes números hace que las cosas pasen de una manera que parece determinista. Pero la verdad científica subyacente es que absolutamente todas las leyes de la física son aleatorias. Es perfectamente posible, aunque altísimamente improbable, que yo me tire por la ventana de un quinto piso y me quede flotando en el aire, porque la ley de la gravedad es también aleatoria. Las probabilidades de que eso ocurra son, sin embargo, tan infinitesimalmente bajas que no es una experiencia recomendable. Pero no es físicamente imposible que ocurra.

A la vista de lo expuesto más arriba, se puede decir que la física cuántica destruye el determinismo del mundo físico tan sólo para sustituirlo por un azar ponderado, si bien en el mundo macroscópico parece que este azar esta prácticamente determinado. Cierto, a menos que Dios sea el Señor del azar. Dios puede dejar que el universo se rija de la manera estándar la inmensa mayoría del tiempo, dando la impresión del rígido determinismo que se le atribuía hasta el siglo XX. Pero en un momento dado, sin contravenir sus leyes de la física diseñadas por Él, puede hacer que millones de funciones de onda colapsen en el sitio que Él elija[1]. Einstein, que nunca pudo aceptar la física cuántica, le decía a Niels Bohr; “Dios no juega a los dados”, a lo que le respondía Bohr; “no nos toca a nosotros, simples físicos, decirle a Dios cómo debe regir el mundo”. Yo creo que Dios, cuando quiere intervenir en el mundo, fuerza a los dados a que presenten el número que Él quiere. Por ejemplo, en una persona invadida por un cáncer que haya producido metástasis, en cada segundo están muriendo unas células cancerosas y reproduciéndose otras. La probabilidad de que en una hora se reproduzca una célula es mucho mayor de la de que muera. Por eso el cáncer se multiplica sin freno. Estadísticamente, la probabilidad de que en un instante se mueran todas las células cancerosas a la vez es despreciable, pero no imposible. Sin embargo, Dios puede hacerlo sin vulnerar las leyes creadas por Él, usando su prerrogativa especial de Señor del azar, que es parte de sus leyes.

Todo esto sólo explica la libertad de actuación de Dios, pero no nuestra libertad. ¿Puedo yo con un acto de mi libertad decidir levantar el brazo derecho o es un acto determinado por la posición de mis átomos a menos que Dios intervenga directamente? ¿o es un acto fruto del azar? Tenemos la firme convicción existencial de que somos libres, pero sólo hay una posible explicación: Dios ha delegado en nosotros un poco de su prerrogativa de controlar el azar. Sólo un poco. Desde luego, no podemos controlar la aleatoriedad con la que las células cancerosas se mueren y no podemos, por tanto, curar el cáncer.

Pero tal vez sí podamos controlar el azar del lugar de colapso de la función de onda de determinadas partículas de las neuronas de mi cerebro. Y un pequeño ajuste en este colapso puede conducir a que se altere el devenir de las cosas de forma que yo pueda levantar mi brazo derecho, simplemente porque me da la gana. O porque mi mente me dice que debo votar afirmativamente a una propuesta del presidente de mi empresa. Por un regalo de Dios, somos los pequeños señores del azar de nuestro cerebro.

Pero si no sabemos nada de física cuántica y no sabemos resolver la ecuación de Schrödinger, ¿cómo vamos a poder controlar dónde queremos que colapse la función de onda de una partícula de una neurona de nuestro cerebro? ¿Cuál es la neurona? ¿Cuál la partícula? Y, ¿dónde tiene que colapsar para que yo levante el brazo derecho? La respuesta es sencilla. Manejamos el azar de las partículas de nuestro cerebro de la misma manera que sin saber nada de química fabricamos todos los días la cantidad justa de ácido clorhídrico para hacer la digestión o de adrenalina para huir ante un peligro. En eso somos como cualquier mamífero, pero la delegación del control del azar en nuestro cerebro sí es un regalo exclusivo de Dios al ser humano. El resto de los mamíferos no son libres, huyen cuando su complejísimo mecanismo determinista dictamina que tienen que huir y atacan cuando les dice que tienen que atacar. Bendito sea Dios que nos ha regalado la inteligencia para distinguir el bien del mal, la voluntad para seguir lo que creemos que es el bien y la libertad para poder hacerlo, es decir, el alma.

[1] La doctrina cristiana sobre el milagro supone que las “leyes de la naturaleza son bastante sutiles para que la intervención de Dios pueda insertarse en ellas sin desbaratarlas y lo suficientemente estrictas para que esta intervención pueda inscribirse en ellas de una manera clara”. “Literatura del siglo XX y cristianismo” de Charles Moeller.

6 comentarios:

mariajo dijo...

Yo creo que Dios, cuando quiere intervenir en el mundo, fuerza a los dados a que presenten el número que Él quiere. Acaso no es Él , el señor del Universo? El creador de todo lo creado , el Omnipotente? El puede querer que los dados se muevan “naturalmente” como Él desea en un momento dado sin salirse de las leyes que ´creó pero por su poder hacerlas funcionar a su manera .
Todo esto sólo explica la libertad de actuación de Dios, pero no nuestra libertad.Pués si sí , podemos explicarla sin física y sin química , por que Dios nos hizo el regalo de darnos la libertad de aceptar el mundo tal y como El lo creó , y reconocerlo a partir de un electrón o del nacimiento de un niño, de un milagro o de una desgracia permitida en sus planes para quien sabe que bien se destilará de ello, incluso nos dio libertad para destruir su obra………….
Dios nos dio la libertad de elegir entre perdernos en teorías y teoremas o simplemente decir SI , ante el milagro del electrón y de la creación.
Mariajo

Anónimo dijo...

¿De qué libertad hablas si cuando uno libremente expresa su deseo de ser Ateo, Dios te persigue a través de su brazo ejecutor Rouco Varela y tu nos llamas "perros" en tu artículo sobre el autobús ateo? ("ladran, luego cabalgamos")

Anónimo dijo...

La libertad que te da Dios es como la libertad que te da el Presidente Chávez, que te da libertad de expresión pero si en el uso de esa libertad expresas algo contrario a él, entonces te cierra el periódico.

Anónimo dijo...

Hola Mariajo´(al final hay una disculpa para uno de los comentaristas anónimos):

Soy Tomás Alfaro. Totalmente de acuerdo contigo. La fe no necesita de todas estas físicas y químicas en las que aveces nos perdemos. Es un encuentro con Cristo seguido de un SÍ, como tú dices. Pero en la historia surgen discrepancias de gente que, con mayor o menor buena voluntad no cree y san Pedro nos dice que tenemos que saber dar razón de nuestra esperanza. Eso es lo que intento hacer yo. Concretamente, el tema de la libertad y la pregunta de cómo algo espiritual como el alma puede actuar sobre algo material como el cuerpo, es una cuestión que desde Descartes hasta Einstein y más se plantea en términos de dilema. Yo pretendo tan sólo hacer ver que no hay tal dilema. Nada más.

Para el comentarista anónimo. Creeme que no era mi intención llamar perro a nadie con la frase que puse al final de ladran luego cabalgamos. Es una frase hecha del quijote parafraseada por Carlos III. Si te ha molestado, mis más sinceras disculpas.

Un abrazo. Tomás

mariajo dijo...

Tomás, me alegra tu respuesta por dos motivos: el primero porque estás de acuerdo conmigo, el segundo por que haces hincapié en tu deseo de hacer ver la luz , aunque sea un poquito a aquellos, que en lugar de aceptar lo inexplicable intentan desde su intelecto , finito , comparado con Dios, explicar la misma existencia del Creador, creo que les puede ayudar , por que es pedagógica como no podría ser de otra forma. y clara.
Mi observación es que muchas veces esa necesidad tan humana de explicarse lo inexplicable lleva a la confusión, a una búsqueda que no tiene fin, y a una existencia no del todo satisfecha. A este tenor y “a mayor abundamiento” te envío un artículo sobre ello: No es fácil para nadie, pero es más llevadero vivir con Dios que sin El, no por que nos lo inventemos sino por que lo conocemos. El no se impone simplemente espera.

Joseph Ratzinger: La duda como lugar de comunicación entre el creyente y el no-creyente
Publicado Noviembre 7, 2008 Uncategorized 0 Comentarios

Extracto de Introducción al Cristianismo (pp. 43-45), escrito originalmente en 1968.

El creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la impugnación y de lo problemático; el océano de la inseguridad es el único lugar donde puede recibir su fe; pero no pensemos que el no creyente es el que, sin problema alguno, carece de fe. Como hemos notado antes, el creyente no vive sin problemática alguna, sino que siempre está amenazado por la caída en la nada. Pero los destinos de los hombres se entrelazan: tampoco el no-creyente vive dentro de una existencia cerrada en sí misma, ya que incluso a aquel que se comporta como positivista puro, a aquel que ha vencido la tentación e incitación de lo sobrenatural y que ahora vive una conciencia directa, siempre le acuciará la misteriosa inseguridad de si el positivismo siempre tiene la última palabra. Como el creyente se esfuerza siempre por no tragar el agua salada de la duda que el océano continuamente le lleva a la boca, así el no creyente duda siempre de su incredulidad, de la real totalidad del mundo en la que él cree. La separación de lo que él ha considerado y explicado como un todo, no le dejará tranquilo. Siempre le acuciará la pregunta de si la fe no es lo real. De la misma manera que el creyente se siente continuamente amenazado por la incredulidad, que es para él su más seria tentación, así también la fe siempre será tentación para el no-creyente y amenaza para su mundo al parecer cerrado para siempre. En una palabra: nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad que no puede negar de manera definitiva que la fe sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.

Un abrazo.Maríajo

Anónimo dijo...

Hoa Mariajo, soy Tomás. Qué maravilla el texto de Benedicro XVI cuando era Ratzinger. Lo conocía, pero se me había olvidado. En algún momento en ese libro, probablemente en las proximidades de texto que me envías, viene a decir algo así como que tanto los cristianos deberíamos ser capaces de presentar a los no creyentes aqello en lo que creemos de una forma tan atractiva, tan maravillosa que les hiciera preguntarse ¿Y si fuera verdad? Y creo que los cristianos si creyésemos de verdad lo que creemos, deberíamo decirnos con maravillado asombro ¿De verdad es verdad? Porque ¡¡¡es tan maravilloso encontrarse a Cristo Resucitado!!! Pero a veces pasa que los misms cristianos vivimos como si no nos lo creyésemos de verdad y, sin embargo, los no creyentes nos acusan de que es una mentira tan bonia que nos la hemos inventado. Como sialgo así pudiese inventarse. Como si una mentira hubiese podido engendrar tanta bondad, tanta generosodad, tanta entrega. Pero en fin, sólo tenemos una verdadera acción apostólica, que es brillar con la luz de Cristo. Pero para eso tenemos que creer nosotros tanto que le dejemos a Dios apagar nuestra luz para que Él pueda encender la suya en nosotros. Porque Dios, aunque es Dios es muy tímido, y si nosotros queremos billar con nuestra luz, Él no enciende la suya. ¡Y es tan difícil dejar brillar a Dios! En fin, recemos por ello. Un abrazo.

Tomás