21 de febrero de 2010

Invictus

Tomás Alfaro Drake

Es impresionante cómo Clint Eastwood, que empezó como actor en películas de serie C, ha acabado siendo uno de los mejores y más prolíficos directores de cine del momento. Sus películas se cuentan por éxitos y aparecen a un ritmo de varias al año. Y todas ellas son películas que te hacen pensar y que dan pie a interesantes conversaciones posteriores. La última, “Invictus”, sobre Nelson Mandela, ha conseguido superar, a mi entender, a la magnífica “Gran Torino”. Muchas cosas podrían decirse de la trayectoria vital de Nelson Mandela antes y después de ser Presidente de Sudáfrica, pero Eastwood habla de él tomando como telón de fondo algo que podría parecer de importancia secundaria: el rugby. A través de este deporte se despliega una personalidad gigantesca en la que el perdón inteligente, la bondad sencilla, la falta de odio o, siquiera, de justo rencor, nos va llenando de profunda admiración hacia un tipo de liderazgo, encarnado en un tipo de persona, que el mundo y los dirigentes de las naciones necesitan a gritos.

Pero no es de Nelson Mandela de quien quiero hablar en estas líneas. En un momento de la película, Mandela llama a su despacho al capitán del equipo de rugby emblemático de Sudáfrica. Está teniendo unos resultados lamentables y en menos de un año se va a jugar en su país el mundial de rugby de 1995. Mandela se impone la casi imposible tarea de hacer del rugby, símbolo del poder blanco y deporte odiado por los negros, un vehículo de unión nacional de unos y otros. El Presidente pregunta al jugador cómo lidera a su equipo. El joven capitán lo dice que lo hace con el ejemplo.

- Eso está muy bien, hijo –le dice, más o menos, el Presidente al jugador– pero hace falta algo
más. Es necesaria la inspiración. Hay que darles inspiración. Yo, en mis peores momentos de
los 27 años que estuve en la prisión de Robben island, encontré mi inspiración en un poema de
un escritor victoriano. ¿Le importa que se lo de?

Le entrega entonces una hoja de papel con el poema. En la película, en unos y otros momentos, van apareciendo retazos de ese poema, pero nunca se recita entero. Ni siquiera por partes se recita la poesía entera. Tampoco se habla del autor. Al día siguiente de ver la película, una sobrina mía que la vio conmigo me mandó un mail en el que, junto con el poema, venían algunos pequeños detalles de la vida del autor, William Ernest Henley. Confieso mi incultura diciendo que nunca había oído este nombre. Es de este poema, “Invictus”, más que de la película, de lo que quiero hablar aquí.

Henley nació en 1849 y a los 12 años, a causa de la tuberculosis en los huesos, tuvo que serle amputada una pierna. Alumno de Oxford, escribió su poema “Invictus” en 1875, con 26 años, enfermo en un hospital. Murió a los 53 años tras una vida de éxito como poeta, editor y crítico literario. He aquí el texto del poema en inglés y la mejor traducción que he sabido hacer de él:

Out of the night that covers me,
Black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul.

In the fell clutch of circumstance
I have not winced nor cried aloud.
Under the bludgeonings of chance
My head is bloody, but unbowed.

Beyond this place of wrath and tears
Looms but the Horror of the shade,
And yet the menace of the years
Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,
How charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.


He aquí la traducción:

Desde fuera de la noche que me cubre,
negra como un pozo de polo a polo,
doy gracias a cualquier dios que pudiera existir,
por mi alma inconquistable.

Atrapado en las garras de las circunstancias
no he tenido una mueca de dolor ni he gritado con fuerza,
apaleado por el azar
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de rabia y lágrimas
sólo yace el Horror de las sombras
y, sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará siempre sin miedo.

No importa cuan estrecha sea la puerta,
cuan cargada de castigos la sentencia,
yo soy el dueño de mi suerte:
yo el capitán de mi alma.

Este poema me produce un enorme respeto y admiración, acompañados, como en un “arrière goût”, de un sentimiento muy extraño, que me ha costado definir y clarificar y que podría ser como una mezcla de ternura, lástima y asombro. Son estos sentimientos los que me gustaría explicar.

Los primeros, los de respeto y admiración, no creo que necesiten explicación. Todo ser humano que es capaz de sobreponerse a una suerte adversa con su voluntad de vivir y de ser más fuerte que su adversidad, tiene forzosamente que producir esos sentimientos. No creo que pueda haber nadie que no los experimente ante este poema y las circunstancias vitales de su autor. Ya desde el primer verso el autor nos hace ver cómo es capaz de trascender la negra noche que le cubre, y todo el poema es una lucha titánica para acabar proclamándose el dueño de su suerte y el capitán de su alma.

Más difíciles de explicar son los segundos: ternura, lástima y asombro. Intentaré describir pobremente ese “arrière goût”. No hablaré de cada uno de los tres por separado, porque las tres palabras son sólo eso, pobres palabras que malamente pueden ser capaces de describir un sentimiento tan complejo. Para expresar esta pobreza tomaré prestadas unas palabras a Chesterton. Nos dice:

“El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de un bosque otoñal... cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo”.

También Borges, en su famoso relato de “El Aleph” se lamenta de la imposibilidad de transmitir con palabras su visión de un Aleph:

“... empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten;
Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura y falsedad. [...] Algo, sin embargo, recogeré”
.

¿Qué sentimientos puede despertar un niño que llora en la noche, pero que no quiere abrir la puerta a sus padres que llaman a ella para entrar y consolarle? ¿O un guerrero romántico que luchase por el bien, arrostrando los embates del enemigo, superior en número y en armamento, sin querer ponerse una cota de malla de “mithril”, cómoda, flexible e impenetrable que se le ofrece ni aceptar una Excalibur buena y poderosa?

El poema transmite la sensación del deseo de una absoluta autonomía basada en la propia fortaleza, a costa de desdeñar cualquier consuelo o ayuda procedente de fuera de la noche que nos cubre, negra como un pozo de polo a polo. No excluye, es cierto, el agradecimiento a unos hipotéticos dioses que pudieran existir, que tal vez fuesen los donantes de esa fortaleza. Pero si existen o alguna vez existieron tales dioses, son impotentes para ayudarnos en la lucha de la vida o no quieren hacerlo. Y, sin embargo, ¿por qué ha de ser así? En nombre de qué razonamiento lógico se excluye la existencia, la omnipotencia o el deseo de ayuda de esos dioses o de un sólo Dios. Hay como una especie de romanticismo –un poco nietzschiano, si se quiere–, un mucho orgulloso y totalmente estéril en esa negación. Pareciera como si ese enrocamiento en la soledad ante el destino fuese síntoma de fortaleza, pero no lo es. El sabor a ternura de ese “arrière goût” me impide decir que es, más bien, estupidez. Me dan ganas de preguntarle al autor, ¿por qué te empeñas en que nadie pueda sufrir contigo, en que nadie pueda tener compasión contigo? La palabra compasión, en ese mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos que es el lenguaje, nos produce rechazo, nos hiere como una humillación. Pero la etimología de las palabras les quita a veces algo de su arbitrariedad. Compasión viene de “padecer con”. Por eso no he escrito “compasión de ti”, sino “compasión contigo”. Y esa negación, me da lástima, que es un enternecimiento y compasión por los males de otro. Por eso me dan ganas de abrazar al pobre protagonista del poema y decirle lo que sé. Que sí hay quien padezca con nosotros, que ese alguien ya lo ha padecido antes con él, que sí hay quien nos ayude.

Confieso que de todos los horrores que envuelven la vida del autor, he experimentado sólo unos pocos aparte de la amenaza de los años, que también a mí me encuentra, hoy, sin miedo, aunque sí bastante cansado. Pero no comparto con él que más allá de este lugar de rabia y lágrimas sólo yace el Horror de las sombras. Más allá de este valle de lágrimas, brilla el país de la Vida. Y quien ha padecido con nosotros todos nuestros males, también conducirá nuestros necesarios esfuerzos, a través del Horror de las sombras, hacia ese país. Entonces sí resultaremos finalmente victoriosos de la vida, aunque hayamos sufrido muchas derrotas en ella y no podamos jactarnos de haberlo conseguido solos. Pero ¿alguien cree que tener que agradecer a alguien su ayuda para obtener la victoria más allá de las derrotas es menos enriquecedor que sentirse su único artífice? ¿O que el orgullo es más humanizador que el agradecimiento, no sólo por los dones, sino también por la ayuda a nuestra insuficiencia?

Además, si no fuese así, tendría que dar la razón a Sartre cuando dice en su obra de teatro Barioná: “la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza”. Tiene razón Sartre, en parte. Nadie sale invicto de la vida. Todos sufrimos derrotas. S no hubiese ese alguien, ni el protagonista del poema ni yo, ni ningún ser humano, resultaría nunca victorioso al final y no habría lugar para la última esperanza. Todos seríamos vencidos, al menos una vez, la decisiva, en última instancia, por la guadaña de la muerte. A no ser que alguien haya vencido a la muerte por todos nosotros. A no ser que alguien, por muy cargada de castigos que venga la sentencia de esta vida, haya comprado para todos nosotros una sentencia absolutoria para la otra. Sólo así resultaríamos victoriosos. Que se acepte gratuitamente la visión sartriana de la vida es algo que no puede sino llenarme de asombro. ¿Por qué? ¿Quien ha demostrado nunca que las cosas sean así? El peso de la prueba, ¿no debería recaer sobre esta visión absurdamente catastrofista? ¿Por qué tanta gente la ha aceptado?

Creo que la razón estriba en que se piensa que aceptarla es propio de personas fuertes. Pero, ¿lo es? No lo creo. Puede ser, en todo caso, propio de personas más duras, pero no más fuertes. Más duros con nosotros y con los demás. Nada más frígido que la dureza. ¿Cómo vamos a tener compasión de los otros –padecer con ellos– o lástima– enternecernos con las penas del otro– si no nos podemos dejar enternecer con las nuestras, ni padecerlas? La fortaleza, en cambio, sí puede ser cálida si está más cerca de la humildad que en la soberbia.

No se me entienda mal. No digo, ni de lejos, que debamos caer en la blanda autocompasión o en el victimismo. Creo que la recia voluntad de victoria, de superación de nuestros dolores y adversidades, el seguir caminando con toda nuestra fuerza por este lugar de ira y lágrimas con la cabeza ensangrentada, pero erguida, es una actitud magnífica, poderosa y digna del mayor respeto y admiración. A fin de cuentas, estamos hablando de la virtud de la fortaleza. Pero ignorar nuestros límites, despreciar la cota de malla de “mithril”, tirar a Excalibur, negarnos a aceptar ningún consuelo desde fuera de la noche que nos cubre, negra como un pozo de polo a polo, creernos superhombres, es un error tan terrible como enternecedor, lastimoso y asombroso. Ningún error que tenga éxito es un error completo. Todos los errores que triunfan pasan por tomar la parte por el todo. El mito del superhombre no ha hecho sino incrementar el Horror de las sombras para la humanidad. Por eso es terrible. Así pues, renuncio a ser el capitán de mi alma. Seré un aguerrido soldado a sus órdenes. Diré, como Walt Whitman decía ante el cadáver del Presidente Lincoln recién asesinado, “¡Oh Capitán, mi Capitán!” Sólo que mi Capitán ha vencido a la muerte.

Por todo esto intento decir con un balbucientemente mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos lo que me ha hecho sentir este poema. Probablemente, los dioses que puedan existir me hayan negado una imagen que pueda expresar mi Aleph. Sin embargo, este escrito, que puede estar contaminado de literatura, no lo está de falsedad. Pero es posible que el Dios que sí existe abra los oídos de la mente de alguien que pueda leer estas líneas, para entender el respeto, la admiración y ese “arrière goût” formado de cosas que pueden parecerse a la ternura, la lástima y el asombro que me ha causado el poema “Invictus”.

Tal vez, en una próxima entrada hable un poco más de mi Aleph. Tal vez pueda proporcionar algo de inspiración para vivir la vida con sana fortaleza.


Post scriptum:

Después de escribir lo anterior, a punto ya de publicarlo en el blog, un amigo mío me puso al corriente de dos hechos relacionados con Invictus.

El primero, más relacionado con la pelicula y la vida de Mandela que con el poema Invictus, que lo que había escrito en el papel que el Presidente de Sudáfrica le dio al capitán del equipo de rugby de su país, no era el poema “Invictus” de Henley, sino un extracto de un discurso pronunciado en 1910 por el Presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosvelt. Lo escrito en ese papel era:

“It is not the critic who counts; not the man who points out how the strong man stumbles, or where the doer of deeds could have done them better. The credit belongs to the man who is actually in the arena, whose face is marred by dust and sweat and blood; who strives valiantly; who errs, who comes short again and again, because there is no effort without error and shortcoming; but who does actually strive to do the deeds; who knows great enthusiasms, the great devotions; who spends himself in a worthy cause; who at the best knows in the end the triumph of high achievement, and who at the worst, if he fails, at least fails while daring greatly, so that his place shall never be with those cold and timid souls who neither know victory nor defeat”.

Que traducido al español sería:

“No es el hombre crítico el que cuenta; tampoco el que señala cómo se tambalea el hombre fuerte, o qué podría haber hecho mejor el hombre de acción. El mérito es para el que está realmente en la arena, cuyo rostro está manchado de polvo y sudor y sangre; que lucha valientemente; que se equivoca; que fracasa una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error ni fracaso; pero que sigue luchando con los hechos; que conoce grandes entusiasmos y profesa grandes devociones; que se gasta a sí mismo por una causa valiosa; que en los buenos momentos sabe que el triunfo está, al final, en los grandes logros y, en los malos, que si falla, al menos falla atreviéndose a la grandeza, de forma que su sitio no estará nunca entre las almas frías y tímidas que nunca conocerán ni la victoria ni la derrota”.

El segundo hecho es que alguien, al leer el poema “Invictus”, ha sentido un “arrière goût” parecido al mío. Se trata de Dorothea Day –por favor, no confundir con la actriz americana de comedias dulzonas, Doris Day. Dorothea Day fue una periodista americana, activista social y anarquista nacida en 1897 y que en 1930 se convirtió al catolicismo. Murió en 1980 y Juan Pablo II autorizo el inicio de su causa de beatificación. En algún momento entre 1930 y su muerte, escribió un poema, titulado “My Captain”, en el que expresa ese “arrière goût” parafraseando verso a verso el poema “Invictus” de Henley. Dice así:

Out of the night that dazzles me,
Bright as the sun from pole to pole,
I thank the God I know to be
For Christ the conqueror of my soul.

Since His the sway of circumstance,
I would not wince nor cry aloud.
Under that rule which men call chance
My head with joy is humbly bowed.

Beyond this place of sin and tears
That life with Him! And His the aid,
Despite the menace of the years,
Keeps, and shall keep me, unafraid.

I have no fear, though strait the gate,
He cleared from punishment the scroll.
Christ is the Master of my fate,
Christ is the Captain of my soul.

Cuya traducción podría ser:

Desde fuera de la noche que me deslumbra,
brillante como el sol de polo a polo,
doy gracias a Dios al que reconozco
en Cristo como el conquistador de mi alma.

Gracias a su dominio de las circunstancias,
no he tenido una mueca de dolor mi he gritado con fuerza.
Bajo esa ley que los hombres llaman azar
mi cabeza está alegre y humildemente inclinada.

Más allá de este lugar de pecado y lágrimas
¡qué vida con Él! Y su ayuda,
a pesar de la amenaza de los años,
me mantiene y siempre me mantendrá sin miedo.

Nada temo a pesar de lo estrecho de la puerta.
Él ha limpiado de castigo la sentencia.
Cristo es el dueño de mi suerte,
Cristo es el capitán de mi alma.

Me rindo ante esta magistral forma de expresar y corregir el arrière goût que me quedaba en el fondo de la boca con el poema “Invictus”.

¿Quién es el capitán de tu alma?

11 comentarios:

CARLOS IRISARRI dijo...
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CARLOS IRISARRI dijo...

Un lector común me ha señalado un curioso paralelismo entre este post y otro recién publicado en mi blog (www.carlosirisarri.blogspot.com). Ciertamente, ambos nos quejamos de que no se cite a Henley en la película... Muy interesantes tus reflexiones, además. Se puede ahondar en ellas desde el propio Henley (a quien sí conozco hace tiempo, afortunadamente): recomiendo el libro citado "In Hospital", donde la convalecencia, la enfermedad, las operaciones, el sufrimiento, con todo lo que ello conlleva, son retratados, analizados y desmenuzados en magistrales versos. Seguiré este blog... un abrazo.

Juan GM dijo...

Gracias, Tomás,
Me ha emocionado profundamente tu reflexión, y finalmente el poema de Dorothea Day. Me lo imprimo para tenerlo cerca.
Y hay pocas cosas que frustren más que no poder ayudar a alguien que lo necesita, porque lo sabes, y no se deja o te lo pone complicado, estando tú mismo necesitado de dar ayuda. Creo que se crea una especie de vacío tremendo, en medio de dos personas que no se pueden-saben-quieren acercar. ¿Lo podemos llenar con Dios? ¿Nos puede ayudar Dios a entender estos misterios de las personas?
Un abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Hola Juan: Soy Tomás.

Tienes razón, qué desgarradora puede llegar a eser la incomunicación humana.El no poder ayudar, porque no se dejan o porque somos impotentes para ello a las èrsonas a las que queremos. Me preguntas si ese vacío-desgarro lo podemos llenar con Dios,que si Él nos puede ayudar a entender el misterio de las personas. Quien, si no. Si no es en Él, a través de Él, no hay esperanza de comunicación. Él es el único que conoce nuestro misterio y el de todo ser humano, sencillamente porque nos ha creado por amor. Y sólo con esa receta podemos acercarnos a los demás. Pero con paciencia. Los tiempos de Dios no son los nuestros y el amor no funciona como quien aprieta un botón y enciende el microondas. El amor funciona por una especie de ósmosis muy lenta que necesita empapar, envolver, permear, lenta y parsimoniosamente, muy poco a poco, con mucha oración y dejando a Dios que actúe cómo y cuando quiera. ¿Sabes que alguien le dijo a santa Mónica, cuando rezaba llorando por la conversión de su hijo Agustín; "háblale menos a tu hijo de Dios y háblale más a Dios de tu hijo"? Hávblale mucho a Dios de la persona a la que quieres ayudar y no se deja. Y déjale a Dios ser Dios.

Un abrazo.

Tomás

Juan GM dijo...

Gracias sinceramente, Tomás. ¡Me acordaré tanto como pueda de esto que dices!
Un fuerte abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Hola Juan GM, soy Tomás:

Las gracias son mías.

Un abrazo.

Tomás

Juan GM dijo...

Hola, Tomás,

La verdad es que esto ha calado en mí más de lo que podía pensar. Ya desde hace días pienso en el poema de Invictus y en el de Dorothea Day. Los he tenido muy presentes, así como tus palabras, en un viaje de peregrinación que he hecho hace unos días. Se los he contado a mis amigos, y a mi familia. Tanto uno como otro son ejemplos de vida: uno por la superación de las debilidades, el otro por la confianza en Cristo. Hoy mismo resonaban en mí las palabras "Cristo es el capitán de mi alma", y me han reconfortado mucho. Las he repetido muchas veces. Es en cierto modo algo parecido a lo que decía el peregrino ruso con su oración continua: "Señor mío, ten misericordia de mi". Quizá las del poema me gustan más, por relacionarlas con algo épico, pero tengo que aprender también de las segundas.
Un fuerte abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Querido Juan, soy Tomás:

me emociona pensar que algo escrito por mí pueda tener esa repercusión en ti. Misterios de la comunicación. Es cierto lo de repetir a Dios una frase corta como oración ayuda mucho. Siempre la piedad cristiana lo ha hecho, llamándolas jaculatorias. En este mundo escéptico y un poco lerdo en el que vivimos, si dices que rezas con jaculatorias te miran como si fueses idiota. Pero si dices que recitas mantras, que es repetir cosas sin sentido al vacío, te llaman gurú. Bueno pues que me llamen como les de la gana. me encanta rezar con jaculatorias.

Crieto es el capitán de mi alma puede ser una. Señor mío, ten misericordia de mí, puede ser otra. Las hay a miles. ¿Qué tal, no se haga mi voluntad sino la tuya? o ¿Sagrado corazón de Jesús, en ti confío? o ¿desde el abismo clamo a ti, Señor, no quede yo defraudado? Las hay a miles, consulan mucho y Dios las oye.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

necesidad de comprobar:)

Arturo dijo...

Lei el artículo y al anexo.
Al respecto es válido citar que el poema que más le gustará a cada uno podría ser aquel que se encuadre mejor en su credo.
Ambos podrían ser igual de bellos, con una pequeña ventaja a favor de la originalidad para el de Henley.
A mi entender debemos valorar ambos a partir del sentimiento que los guía: la templanza ante la desesperanza en el original y la protección que brinda la Fe en el de Dorothea Day.
Si hoy leyera la plegaria de un escriba egipcio de hace cuatro mil años debería tener la sensibilidad como para apreciarla en toda su medida, pues tal rezo responderería a sus necesidades de entonces.
Lo mismo vale para los poemas publicados, ambos muestran con belleza dos posiciones ante la vida, quizá igualmente válidas.

Anónimo dijo...

Hola Arturo, soy Tomás.

Firmo todas y cada una de las palabras de tu comentario.

Un abrazo y que venza tu voluntad inquebrantable.

Tomás