7 de febrero de 2010

La fe en Cristo II ¿Podemos saber algo de Jesús?

Tomás Alfaro Drake


En el artículo anterior, de la mano de autores de la antigüedad, vimos que era innegable que en el siglo I vivió un rabino judío, creador de una secta del judaísmo, que fue crucificado por los romanos en connivencia con los jefes de los judíos. Pero ¿podemos saber lo que realmente dijo e hizo ese rabí? Cierta crítica decimonónica –especialmente la de David Strauss y Ernest Renan–, afirmaba que nada podemos saber del Jesús histórico –ellos no dudaban de su existencia–, pero decían que su figura histórica había quedado absorbida y eclipsada por el Jesús mitificado por los cristianos, y que realmente los únicos datos que disponíamos de su vida provenían del evangelio, al que no consideraban fiable.

Hay que aclarar el concepto de mito. Un mito es una historia con una base real, pero que al transmitirse por vía oral durante siglos, antes de ponerse por escrito, va deformando su contenido, dejando vagos retazos de la historia real, desfigurados. Tal sería el caso de la guerra de Troya. Sabemos que la ciudad de Troya era una próspera ciudad prehelénica minoica, del siglo XII a. de C., que controlaba el comercio a través del Helesponto. Los aqueos, por entonces un pueblo bárbaro, la saquearon para quedarse con sus riquezas. Esta gesta fue transformándose con el tiempo, hasta que en el siglo VIII a. de C. Homero escribió la Iliada, contándonos el mito de la guerra que los aqueos hicieron para rescatar a Helena, mujer de Menelao, rey de Esparta, seducida por Paris, hijo del rey de Troya. En la Iliada aparecen personajes de leyenda, posiblemente con alguna base real, como los citados más Héctor, Aquiles, Odiseo, etc. Para que el mito apareciera fueron necesarios cuatro siglos de deformaciones orales. La investigación histórica ha sacado a la luz la realidad de la guerra de Troya.

Veamos ahora la tesis de las críticas que afirman el origen mítico de los evangelios: Sobre la figura del Jesús histórico se habrían ido acumulando leyendas inventadas por sus seguidores hasta que, en el siglo IV, se habrían puesto por escrito los evangelios que sancionaban esta mitificación. El mismo Strauss en su “Vida de Jesús” dice: “La historia evangélica sería inatacable si se probase que había sido escrita por testigos oculares o por lo menos por autores cercanos a los sucesos”. De ahí que asegurasen, sin ningún criterio fiable, que los evangelios se habían puesto por escrito en el siglo IV. Su razonamiento apriorístico era como sigue: “Como los evangelios tienen que ser un mito, han tenido que ser escritos en una época tardía”. Pero, ¿es esto cierto? Categóricamente no. Hoy sabemos con casi total seguridad que, al menos el evangelio de Marcos, fue escrito antes del año 50. Veamos por qué se sabe.

Empiezo por un hecho muy concreto. En 1947 unos niños palestinos que pastoreaban sus rebaños, descubrieron unas cuevas excavadas en las paredes del mar Muerto –las cuevas de Qumrán. En ellas había miles de ánforas selladas, que contenían pergaminos. Qumrán fue el refugio de los esenios, una secta judía que vivía en comunidades y se dedicaban al estudio de las Sagradas Escrituras. Buscaban todo tipo de manuscritos religiosos judíos, generalmente en arameo o hebreo. Qumrán fue abandonada en el año 68 d. de C. Se han llevado a cabo miles de investigaciones acerca de esos pergaminos. Desgraciadamente, la conservación de los pergaminos es muy deficiente y, al descubrirse las cuevas, se encontraron, sobre todo, pequeñas piezas con unas pocas palabras. Pero no hay una de esas piezas que no haya pasado por el escrutinio de muchos paleógrafos. Una de ellas es el fragmento P7Q5 (Papiro de la cueva 7 de Qumrán, fragmento 5), de sólo unos pocos centímetros cuadrados. Se encontró en un ánfora sellada llegada de Roma el año 50 d. de C. La cueva 7 de Qumrán contenía documentos en griego, en su mayoría del Antiguo Testamento. En este pequeño fragmento pueden verse unos retazos de 5 líneas en griego. En la línea que más caracteres tiene pueden verse siete y en la que menos, tan sólo uno. José O’Callaghan, paleógrafo jesuita de reconocido prestigio científico investigó este fragmento. Para descubrir de qué escrito era el fragmento, O’Callaghan recurrió a un método ingenioso, corriente entre este tipo de investigadores. Se toman miles de textos escritos en el mismo idioma que el fragmento investigado. Se ponen en una escritura del tamaño y el interlineado del fragmento, suponiendo varios anchos del pergamino. Después se ve si en alguna parte del texto analizado se produce una superposición con el fragmento. Si no es así, se estima que el fragmento no es parte de ese texto. Si se produce esta superposición se estima altamente probable que el fragmento sea parte del mismo. Como casi todos los textos de la cueva eran de la Torá, O’Gallaghan cotejó el fragmento con todos los textos de la versión griega de ésta. Después de muchos intentos fallidos, probó con los evangelios. ¡Eureka! En el de san Marcos texto se superponía con Marcos 6, 52-53 que dice: “llegaron a tierra en Genesaret”. Antes de publicarlo, O’Callaghan lo discutió con varios colegas que corroboraron su conclusión. Cuando lo publicó, se desató una polémica llena descalificaciones “ad hominem” más que científicas. Pero, poco a poco, gran mayoría de los paleógrafos han llegado a reconocer que el fragmento P7Q5 se corresponde con Marcos 6, 52-53.

Este hallazgo es de gran importancia. Nos dice que el evangelio de Marcos ya circulaba por Roma en el año 50, hasta el punto de atraer el interés de los esenios. Si para el año 50 ya era popular en Roma, con las comunicaciones de la época, ya debería estar escrito hacia el año 40, es decir, menos de una década después de la muerte de Cristo. Pero hay más. Cualquiera que sepa francés, si lee en un libro que cree escrito originalmente en español una frase como: “Luis tenía gran afecto por María y por lo tanto, la abandonó”, se da cuenta de que es una traducción del francés hecha por alguien que no conoce bien ese idioma. Porque la palabra francesa pourtant no quiere decir “por lo tanto” –como pensaría quien no sepa bien francés– sino “sin embargo”. Entonces la frase tiene sentido “Luis tenía gran afecto por María y sin embargo, la abandonó”. El evangelio de Marcos y el de Mateo, aparentemente escritos originalmente en griego, están llenos de traducciones serviles de ese estilo provenientes del arameo. Esto indica que fueron escritos originalmente en esa lengua y no en griego. Este hecho adelanta aún más la redacción del evangelio de Marcos. Por tanto, parece que fue escrito antes del año 40 y en arameo. Pero esto tiene nuevas implicaciones. Todos los escrituristas coinciden en que en el evangelio de Marcos hay hechos y afirmaciones que indican que se escribió bajo la influencia de Pedro. Ahora bien, por esas fechas, Pedro estaba todavía en Judea o en Antioquía, a tiro de piedra del lugar donde tuvieron lugar los hechos narrados en él.

Todos los estudiosos del fenómeno de la creación de mitos, afirman que para que el mito aparezca, es necesario que lo que narra no pueda ser contrastado por las personas que presenciaron los hechos. Si un americano de los años 80 del siglo XX afirmase que Elvis Presley, además de cantante de rock, era doctor en filología clásica por la universidad de Indiana, absolutamente nadie le tomaría en serio. Pero si un profesor sueco de lenguas clásicas del siglo XXV lo afirmase en su tesis doctoral, la cosa podría tomarse por cierta (Debo esta ingeniosa comparación al Prof. Doctor D. Salvador Antuñano de la Universidad Francisco de Vitoria). Por eso los estudiosos de los mitos establecen tres condiciones para que se pueda forjar uno: otro lugar, otro tiempo, otra lengua. Por eso Strauss partiendo de la premisa mayor de que los evangelios tenían que ser un mito, concluyó que tenían que haber sido escritos en Roma o Constantinopla, siglos más tarde y en griego. Pero parece que no. Parece que, al contrario de lo que pasó con el mito de Troya, en el que las investigaciones han desmentido la historia mítica, en el caso de los evangelios ocurre lo contrario. Las investigaciones muestran a cada hallazgo con más certidumbre, que al menos dos evangelios fueron escritos en la proximidad geográfica al lugar de los hechos, inmediatamente después de éstos y en la lengua materna de quienes los habían presenciado. Por tanto, recorriendo a la inversa el mismo razonamiento de Strauss, parece que debemos concluir que los evangelios no pueden ser un mito. Podrían ser una burda mentira como si yo cuento hoy lo de Elvis Presley, pero no un mito. Más adelante analizaré la posibilidad de la mentira. Pero aún se puede apuntalar más la credibilidad de los evangelios.

Para juzgar la fiabilidad de un documento antiguo, hay tres criterios. El primero, la cercanía a los hechos de la primera vez que se pusieron por escrito. Hemos visto la diferencia entre los evangelios y la Iliada en este punto. Evangelios, unos años, Iliada, cuatro siglos. Pero ocurre que ni uno solo de los manuscritos originales de ningún texto de la antigüedad ha llegado a nuestros días. Todos se han perdido. Lo que tenemos es copias de copias de copias, todas ellas hechas a mano hasta la invención de la imprenta. Y en estas copias, van acumulándose los errores involuntarios y las interpolaciones voluntarias. Por tanto, y como segundo criterio, es muy importante saber cuánto tiempo ha transcurrido desde que el manuscrito original y la copia más antigua existente. Por último, y como tercer criterio, es importantísimo el número de copias disponibles. Cada una de ellas ha recorrido un diferente camino histórico de copias y recopias. Cotejando las diferencias entre ellas, se puede saber cuánto ha sido manipulado el texto y sacar un denominador común fiable. Volvamos a comparar los evangelios con la Iliada. De la Iliada se conservan 643 copias –entre fragmentos y copias enteras– de las que, los fragmentos más antiguos se remontan al año 400 a. de C. –es decir, 400 años después de la fecha estimada en que Homero escribió la Iliada– y la primera copia completa es del año 900 d. de C., es decir 1700 años después de Homero (conviene decir que estas joyas de la literatura universal se conservan gracias a los monasterios que en la “oscura edad media” se dedicaban a copiarlas). Si, para comparar el Nuevo Testamento con la Iliada, tomamos todas las copias del mismo anteriores a la imprenta –fragmentos y copias completas–, la cifra es impresionante. Son unos 5.000 manuscritos griegos, unos 10.000 latinos y unos 9.300 en otras lenguas como el siríaco, árabe, copto, armenio, etc. En total unas 24.000. O sea, unas cuarenta veces más que la Iliada y de mucha mayor fiabilidad por estar muchísimo más próximas al original. Pero la Iliada es, de lejos, el campeón de la fiabilidad comparado con el resto de documentos del mundo antiguo de los que nadie dudaría. De la Historia de Herodoto, escrita hacia el año 450 a. de C. disponemos de 8 copias incompletas, la más antigua del año 900 d. de C. De los Diálogos de Platón, que nos permiten saber lo que dijo Sócrates hacia el año 400 a. de C., tenemos 7 copias, la más antigua del año 900 d. de C. De la Guerra de las Galias de Julio César, en el siglo I a. de C, disponemos de 10 copias, las primeras del año 900. De la Historia de Roma de Tito Livio, escrita en los primeros años de nuestra era, tenemos el lujo de 19 copias, la más antigua del año 400. Pero lo más impresionante es que las 24.000 copias del Nuevo Testamento tienen una coincidencia asombrosa. Prácticamente literal. Sólo algunos pasajes no se encuentran en algunas copias. Lo que indica que en esas copias se saltaron esos pasajes y no que se añadiesen en la mayoría de copias en las que aparecen.

Pido disculpas por este apabullante aluvión de cifras (que debo, como mucho de lo aquí escrito, al Prof. Dr. D. Salvador Antuñano de la Universidad Francisco de Vitoria), pero era necesario para ver cómo, si creemos saber lo que dijo e hizo Sócrates a través de los escritos de Platón, con mucha mayor seguridad podemos creer que sabemos lo que hizo y dijo Cristo.

Pero tengo que dar una vuelta más a la tuerca. Y lo hago con otro ejemplo, tomado también del Prof. Antuñano. ¿Qué pasaría si se perdieran todas las copias, en todas las lenguas, de la novela “La familia de Pascual Duarte” de nuestro premio Nobel Camilo José Cela? Es muy posible que rebuscando en todo lo que se ha escrito en el mundo sobre esta obra, ensayos, tesis doctorales, artículos, etc., se pudiese reconstruir la novela entera con casi total exactitud. Pues eso pasa con el Nuevo Testamento. Si tomamos los escritos de los padres de la Iglesia de los primeros tres siglos, se reúnen 32.289 citas del Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento tiene en total unos 8.000 versículos. Si suponemos que una cita tiene 10 versículos, las citas repiten el Nuevo Testamento unas 40 veces. Con esas citas se puede reconstruir el Nuevo Testamento casi al 100% de su extensión, con numerosas redundancias, prácticamente todas coincidentes. Los pasajes que no se pueden reconstruir son irrelevantes y los más importantes para la fe tienen redundancias superiores a 100 veces.

Por último, unas palabras sobre los evangelios apócrifos. Hay quien piensa que los apócrifos guardan secretos insondables que podrían dar al traste con la Iglesia y que, por tanto, ésta ha tenido buen cuidado en ocultarlos. En la biblioteca de mi casa tengo un libro en el que se pueden leer todos los apócrifos. No está editado por ninguna editorial esotérica, sino por la Biblioteca de Autores Cristianos, cuyo slogan dice “El pan de la cultura católica”. Cuando alguien, en mi casa, me saca este tema, voy a mi biblioteca, tomo el libro y le pido que lo abra al azar por la página que quiera. Pocas veces me falla. Suele encontrarse con un relato cuyo estilo fantasioso contrasta con la sobriedad de los textos evangélicos canónicos. Los evangelistas eran conscientes de que los hechos que narraban eran, de por sí, suficientemente extraordinarios como para no ser necesario aderezarlos con alharacas. Y creo que lo hacían a propósito para evitar la mitificación de los hechos. La mayoría de los apócrifos son historias piadosas, claramente míticas, escritas muy tardíamente, estos sí, hacia el siglo IV, aunque hay algunos anteriores. Y la Iglesia de ninguna manera ha querido, ni ahora ni nunca, que la historia de Jesús presenciada por al menos dos de los evangelistas, se mezcle con historias fantasiosas, por muy pías que sean. ¿Por qué se sabe que son del siglo IV en adelante? Porque, a diferencia de lo dicho con los evangelios canónicos, hay muy pocas citas de los apócrifos en los padres de la Iglesia anteriores al siglo IV. Son por tanto míticos, aunque las historias que cuentan sean “edificantes”.

Concluyendo: Los evangelios no pueden ser un mito forjado lentamente en la tradición oral a lo largo de los siglos, ya que, al menos dos fueron escritos en arameo, en la propia Palestina y muy pocos años después de que ocurrieran los hechos que narran. Es decir, vulneran los tres criterios establecidos como necesarios por los estudiosos de la aparición de historias míticas.

Pero el hecho de que no sean mitos no implica que no puedan ser un engaño urdido por los apóstoles. Podemos afirmar que si los evangelios no son una mentira urdida por los apóstoles de Cristo, no sólo podemos saber algo sobre Jesús, sino que de hecho, sabemos mucho. Juzgaremos la veracidad de los apóstoles en un próximo artículo. Pero antes de esto, y una vez descartado el mito, veremos lo que los autores de los evangelios dicen que dijo e hizo Jesús de Nazaret.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

si se acuerdan del personaje al que dios le dio un hijo despues de viejo?y que despues el mismo dios le mando a qu lo apuñalara para probar su fe?YO no creo eso porque un dios cuyos mandamientos son "no matar" entre otros...no puede violar su propia ley

Anónimo dijo...

Querido Anónimo, soy Tomás:

Efectivamente, tienes razón en que Dios no puede violar su propia ley, pero en ese pasaje del que hablas, no la viola, porque, si lo relees (Génesis 22, 1-19), verás que no acaba con la muerte de Isaac, sino que Dios, en el último momento para el brazo de Abraham (así se llaman los personajes, Abraham el padre e Isaac el hijo) y hace que sus ojos se fijen en un carnero enredado por los cuernos en unas zarzas.

Abraham estaba igual de convencido que tú de que Dios no podía contradecirse y se fiaba tanto de eso que llevaba a su hijo sabiendo que, al final, si confiaba en Dios, habría una solución que no contradijese las promesas, Él encontraría una solución. Porque, tiempo atrás, haría unos quince años, Dios había dicho Abraham que tendría un hijo al que llamaría Isaac y que, a través de él, le daría una descendencia perpetua de la que saldrían reyes. Esto lo puedes leer en Génesis 15, 2-6; 17, 4-8; y 17, 19-21. Así, cuando en el viaje desde su casa al monte Moira, en el que supuestamente debía sacrificar a Isaac, Abraham contestaba a las preguntas extrañadas su hijo con un Dios proveerá, no le engañaba, sino que manifestaba su consentimiento. La confianza de Abraham en Dios estriba, por tanto, no en que estuviese dispuesto a sacrificar a su hijo, sino que confiaba en que una promesa de Dios, hecha hace quince años y casi borrada en la memoria, pero guardada en el corazón, era una promesa eterna que Dios no incumpliría.

¿Por qué pidió Dios esta prueba a Abraham? Desde luego, para ver si confiaba en su palabra, pero además, quiso dar una lección al pueblo elegido de una forma inolvidable. Los pueblos que vivían en Palestina en tiempos de Abraham y muchos siglos después, sacrificaban a sus hijos al dios Moloch pasándolos por el fuego. Dios quiso dejar patente a su pueblo que Él aborrecía esos sacrificios. Y quiso hacerlo de una forma tan fuerte que fuese difícil de olvidar. Porque con su omnisciencia sabía que su pueblo, siglos más tarde, caería en la idolatría de los dioses de Canán y volvería a sacrificar a sus hijos. Así fue, los reyes y la nobleza de Judá, víctimas de la idolatría, volvieron a sacrificar a sus hijos. Léete del libro 2º de los Reyes cómo cuando el rey de Judá, Josías en el 630 antes de Cristo, descubre en unas obras del templo el libro de la ley de Dios que se había perdido y olvidado. Como consecuencia de eso, al ver que la ley de Dios prohibía los sacrificios de los hijos, “profanó el crematorio de Ben Hinón, para que nadie pasase a sus hijos por el fuego en honor de Moloch” (2 Reyes 23, 10). O sea, que lo de Abraham e Isaaac fue una lección para que no se hiciesen sacrificios humanos.

Por último, la Biblia se debe leer en una segunda lectura simbólica, que anuncia a Cristo. Ese es el papel de Isaac. Reprsentar el sacrificio de Dios a su Hijo Jesucristo, al que hizo traspasar el umbral de la muerte, pero con el que cumplió su promesa a Abraham de una descendencia real eterna, resucitándolo. A lo mejor te interesa la entrada del 13 de Abril del 2009, con título “Un “pequeño” detalle sibre José de Arimatea y la muerte y resurrección de Cristo” en la que hablo sobre esto.

En fin, Anónimo, que si lees bien la Biblia, puedes creer en Dios.

Un abrazo.

Tomás