14 de marzo de 2010

Jorge Luis Borges escribió un inquietante relato que lleva por título El Aleph. Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo. Pero en ese relato de Borges, esa palabra significa otra cosa. Borges llama Aleph a un lugar donde están sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos. Todo el universo, todo lo que ha sido y lo que es. Y el propio Borges lo encuentra en el escalón diecinueve de una escalera de un sótano de una casa de la calle Garay en Buenos Aires. Así nos lo describe:

Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparán el mismo punto, sin superposición ni transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que tanscribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había enviado a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Pues bien, yo conozco algo mucho mayor que un Aleph. Si el gran escritor Jorge Luis Borges dice, al empezar a describir su Aleph: empieza, aquí, mi desesperación de escritor, imagínese la mía de mal escritor ante algo tan grande. Lo que yo conozco no es algo para iniciados, como el Aleph de Borges, que sólo algunos elegidos pueden contemplar. Esta magnificencia la puede ver quien quiera, casi en cualquier momento. Estaba, unos momentos antes de escribir estas líneas, delante de mí, expuesto a la contemplación de decenas de personas. Generalmente está oculto en un cofre pero a veces se expone para nuestra contemplación. Yo, hace unos momentos, lo he visto expuesto, pero es, si cabe, más impresionante cuando está oculto a las miradas, en su cofre. Me estoy refiriendo al Santísimo Sacramento, expuesto o en el sagrario. Porque en cada sagrario del mundo está Jesucristo. Y en Él se recapitulan todas las cosas. La antigua creación y la nueva creación. Los viejos cielos y los nuevos. La tierra vieja y la nueva. Es a Él al que miraba el ángel de Ezequiel con sus cuatro caras simultáneamente orientadas a Oriente, Occidente, Norte y Sur. Si se abre un sagrario cerrado se ve sólo un copón lleno de formas consagradas. Si se expone, los ojos de la carne ven sólo un círculo de pan blanco. Pero cuando el sagrario está cerrado, dentro, mientras nadie lo mira, hay algo más que un Aleph. Está Cristo, el Alfa y el Omega, el Aleph y el Tav, el Señor de la Historia, el Principio y el Fin. Hay mucho más que un Aleph. Porque un Aleph es algo y Cristo es alguien. En Él está todo lo visible y lo invisible, todas las cosas que hay entre el cielo y la tierra que ni nuestra filosofía ni nuestra ciencia pueden siquiera soñar. Un Aleph resume tres dimensiones y el tiempo hacia el pasado y Cristo recapitula el cosmos infinito con todas sus infinitas dimensiones y jerarquías de tiempos dentro de tiempos, presentes, pasados, futuros. Y todo eso, en cada instante, Cristo se lo está presentando, redimido de todas sus culpas, al Padre. En Él hay futuribles y pasados que pueden rescribirse por el arrepentimiento. En Él vemos la victoria final de nuestro Dios. En Él todas las culpas han sido perdonadas y todos los perdones renovados. Un Aleph muestra, pero no tiene ningún poder para actuar, mientras que Él actúa, hace. Es el Hacedor, el único Hacedor. El Hacedor de todo lo que pueda haber en un Aleph. El Hacedor de Alephs y el Aleph Hacedor. Un Aleph es sordo a las súplicas de los hombres mientras el Hacedor de Alephs escucha. No obedece, porque no está a nuestro servicio. Escucha nuestros anhelos –los escruta, pues ve hasta el fondo de nuestras almas– y, si le dejamos, nos concede lo que necesitamos, no lo que deseamos. Ambos anhelos rara vez coinciden. Un Aleph sólo se observa. El Aleph Hacedor nos transforma.

No hay nada extraño, para la ciencia del siglo XX, el siglo de la física cuántica, en el hecho de que al abrir un sagrario no se vea al Hacedor de Alephs, sino sólo algo que parece un trozo de pan. Bien saben los científicos, que conocen la física cuántica, que cuando un suceso que contiene en sí distintas posibilidades es expuesto a la observación, sólo una de ellas subsiste a la apreciación de los sentidos y los aparatos de medida. Por eso no es de extrañar que al abrir el sagrario sólo se vea algo que parece pan. Pero Jesucristo, el Aleph Hacedor, donde los espacios, las dimensiones y los tiempos se conjugan, se tejen y entretejen en madejas sólo por Él descifrables, actúa sobre nosotros y nos transforma, lo mismo cuando le vemos como pan que cuando está desplegado, fuera de nuestra vista, en sus infinitas y magníficas dimensiones.

Los poetas llegan siempre antes que los científicos donde los místicos ya han llegado. Que Dios puede borrar el pasado y rescribirlo en una nueva creación, es algo que los cristianos sabemos por la Revelación y que algunos místicos han sentido en lo más profundo de su ser. Después, un día, un poeta que tras una vida turbulenta encontró el arrepentimiento, Oscar Wilde, dijo:

Claro está que el pecador debe de arrepentirse. Pero, ¿por qué? Sencillamente porque de otra forma no podría comprender lo que ha hecho. El momento del arrepentimiento es el momento de la iniciación. Más que eso. Es el medio por el que uno altera su pasado. Los griegos lo tuvieron por imposible. A menudo dicen en sus aforismos gnómicos: <>. Cristo mostró que hasta el pecador más vulgar puede hacerlo.

Sólo la ciencia faltaba a la cita. Pero parece que ha llegado. De la mano también, como no, de la física cuántica. Recientes experimentos de óptica cuántica demuestran, hasta donde la ciencia puede demostrar algo, que en determinadas condiciones, la causa puede ser posterior al efecto. Si esto es así, y parece que lo es, la Revelación, los místicos y los poetas tendrían razón a un nivel mucho más literal que lo que se podría imaginar.

El inconcebible y secreto universo conjetural del que habla Borges, todo él, entero, y sus infinitas alternativas no realizadas, pueden ser un enorme entramado de ecuaciones cuánticas que desborda cualquier imaginación. El Gran Matemático y Señor de la Historia se ha valido de estas ecuaciones para hacer posible la Redención en Cristo, para reescribir el mejor pasado, latente entre millones en cada retazo de pasado, cuando ya no haya futuro. Él, quedándose con nosotros hasta el fin de los tiempos, se ha desdoblado en una red de Alephs Hacedores que abraza todo el mundo y que, con ayuda de la libertad de los hombres, recreará una Historia, donde todo empiece y acabe mejor que si no hubiese habido Pecado Original. También esto lo anticipa la Liturgia de Pascua de Resurrección cuando dice algo así como:

¡Oh feliz culpa, que mereciste tal Salvador!

¿Un sueño? ¿Una visión? ¿Realidad? Lo sabremos cuando nuestros ojos puedan contemplar cara a cara el Rostro en el que todas las ecuaciones están resueltas y en el que todas las preguntas y todos los por qués están respondidos. Mientras tanto tenemos que vivir con una mente y un corazón abiertos a las sorpresas de un Dios respetuoso con nuestra razón pero inmensamente más grande que ella. Asomados, colmados de maravilla, sobre los abismos de luz del Misterio en los que nuestra razón no puede penetrar sino sólo mojarse hasta donde da pie el océano que se extiende delante de ella. Abiertos a la contemplación de la belleza del Misterio, para poder sumergirnos en Él cuando todo sea eterno presente.

Hasta aquí mi desesperado intento de balbucear una miserable descripción de una maravilla que, escondida o expuesta, puedo contemplar a diario.

2 comentarios:

Fernando Caballero dijo...

Estimado Tomás:

Vuelvo a caer, con disfrute, en tu blog (ya estas en Mis favoritos y estos inesperados días de fiesta lo facilitan).

Preliminarmente, mi debido respeto a Borges, cuya capacidad de evocar con la palabra me suele transportar a un territorio limítrofe entre el asombro y la humillación (¡…y se permite hablar de desesperación de escritor!).

Dicho esto, me maravillo, no menos, ante la tarea que te impones (describir “Él” trozo de pan). Se me antoja mil veces más titánica que el simple ejercicio de estilo y recursos desplegados en El Aleph. Tras leer de un tirón la entrada, te transmito mi reconocimiento por el esfuerzo de escribir sobre “Él” tema. Si yo lo hubiese intentado me imagino atascado en algún requiebro gramatical, después de gastar el “Del” del teclado a base de abortar inicios.

Aunque hay varios aspectos más que gustaría comentar, en este post me ciño a la apelación a la física cuántica sobre la fenomenología de la Sagrada Forma ante nuestros limitados sentidos. Mis recursos en la materia son muy burdos, pero te agradezco esa mirada tan provocadora, que me ha dejado sumido en conjeturas. Supongo que es una proposición muy heterodoxa, tanto desde la ciencia, como desde la teología, pero te agradezco que la pongas en el tablero de juego. Me dará la ocasión de relectura y reflexión.

Rumiando precipitadamente al respecto, lo primero que me viene a la cabeza es el recuerdo de una viñeta gráfica que ahora no sabría localizar (creo que con ocasión de la muerte de Jean Guitton): en ella se veía a Dios Padre desde su omnipresencia en el espacio y en el tiempo, con una media sonrisa de complacencia y ternura, observando las limitadísimas elucubraciones diletantes del hombre mientras piensa: “¡Qué impacientes me salieron!”.

Acabas diciendo que nos mojamos en los abismos del Misterio “hasta donde da pie el océano…”. Supongo que algunos (como el propio Guitton) os atrevéis. Por el momento siento que yo solo me remango las perneras para chapotear en la espuma de las olas en retirada, a la espera que otros nos contéis vuestro chapuzón.

Gracias por tu esfuerzo. Por favor, sigue animándonos “a ponernos el bañador”.

Anónimo dijo...

Querido Fernando, soy Tomás:

me dejas sin palabras por lo que me dices. No soy sino un bañista playero.

Lo de la física cuántica es bastante heterodoxo, cierto, pero... algo de la firma del Señor del azar puede haber en ello. Ese es el título de un libro que escribí y que lamentablemente está agotado en editorial. Pero si te interesa, me das tu mail en un comentario y te envío por mail en soporte electrónico el libro entero y, separado, el capitulo que en el dedico a la física cuéntica.

Muchas gracias por ponerme en favoritos. Espero ser capaz de mantenerme ahí.

Un abrazo.

tomás