12 de mayo de 2010

La Iglesia y la pederastia VI

Tomás Alfaro Drake

Publico a continuación la carta de Marcello Pera al Director del Corriere della Sera del 17 de Marzo del 2010

Marcello Pera es un filósofo y político italiano. Fue Presidente del Senado italiano desde el 2001 hasta el 2006. Es un intelectual comprometido desde una perspectiva humanista, con la lucha contra el relativismo posmoderno y el crisol indiferenciado de culturas. Hasta donde yo sé, es agnóstico, pero ve en la Iglesia y en la cultura católica el cimiento de la civilización occidental y el mejor aliado en su lucha contra ese relativismo y contra la disolución de occidente. De hecho, es amigo personal del Papa y ha escrito con él algún libro (cuando era el cardenal Ratzinger) y le ha prorrogado otros.

No estoy de acuerdo con todo lo que dice en esta carta, pero creo que merece la pena leerla.

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Estimado director:

La cuestión de los sacerdotes pedófilos u homosexuales desencadenada últimamente en Alemania tiene como objetivo al Papa. Pero se cometería un grave error si se pensase que el golpe no irá más allá, dada la enormidad temeraria de la iniciativa. Y se cometería un error aún más grave si se sostuviese que la cuestión finalmente se cerrará pronto como tantas otras similares. No es así. Está en curso una guerra. No precisamente contra la persona del Papa ya que, en este terreno, es imposible. Benedicto XVI ha sido convertido en invulnerable por su imagen, por su serenidad, su claridad, firmeza y doctrina. Basta su sonrisa mansa para desbaratar un ejército de adversarios.

No, la guerra es entre el laicismo y el cristianismo. Los laicistas saben bien que, si una mancha de fango llegase a la sotana blanca, se ensuciaría la Iglesia, y si fuera ensuciada la Iglesia lo sería también la religión cristiana. Por esto, los laicistas acompañan su campaña con preguntas del tipo «¿quién más llevará a sus hijos a la Iglesia?», o también «¿quién más mandará a sus chicos a una escuela católica?», o aún también «¿quién hará curar a sus pequeños en un hospital o una clínica católica?».

Hace pocos días una laicista ha dejado escapar la intención. Ha escrito: «La entidad de la difusión del abuso sexual de niños de parte de sacerdotes socava la misma legitimidad de la Iglesia católica como garante de la educación de los más pequeños». No importa que esta afirmación carezca de pruebas, porque se esconde cuidadosamente «la entidad de la difusión»: ¿uno por ciento de sacerdotes pedófilos?, ¿diez por ciento?, ¿todos? No importa ni siquiera que la afirmación carezca de lógica: bastaría sustituir «sacerdotes» con «maestros», o con «políticos», o con «periodistas» para «socavar la legitimidad» de la escuela pública, del parlamento o de la prensa. Lo que importa es la insinuación, a pesar de lo grosero del argumento: los sacerdotes son pedófilos, por tanto la Iglesia no tiene ninguna autoridad moral, por ende la educación católica es peligrosa, luego el cristianismo es un engaño y un peligro.

Esta guerra del laicismo contra el cristianismo es una batalla campal. Se debe retroceder en la memoria hasta el nazismo y el comunismo para encontrar una similar. Cambian los medios, pero el fin es el mismo: hoy como ayer, lo que es necesario es la destrucción de la religión. Entonces Europa, pagó a esta furia destructora, el precio de la propia libertad. Es increíble que, sobre todo Alemania, mientras se golpea continuamente el pecho por el recuerdo del precio que hizo pagar a toda Europa, hoy, que ha vuelto a ser democrática, olvide y no comprenda que la misma democracia se perdería si se aniquilase el cristianismo.

La destrucción de la religión comportó, en ese momento, la destrucción de la razón. Hoy no comportaría el triunfo de la razón laicista, sino que traería otra barbarie. En el plano ético, es la barbarie de quien asesina a un feto porque su vida dañaría la «salud psíquica» de la madre. De quien dice que un embrión es un «grumo de células» bueno para experimentos. De quien asesina a un anciano porque no tiene una familia que lo cuide.

De quien acelera el final de un hijo porque ya no está consciente y es incurable. De quien piensa que «progenitor A» y «progenitor B» es lo mismo que «padre» y «madre». De quien sostiene que la fe es como el coxis, un órgano que ya no participa en la evolución porque el hombre ya no tiene necesidad de la cola y se mantiene erguido por sí mismo.

O también, para considerar el lado político de la guerra de los laicistas al cristianismo, la barbarie será la destrucción de Europa. Porque, abatido el cristianismo, queda el multiculturalismo, que sostiene que cada grupo tiene derecho a la propia cultura. El relativismo, que piensa que cada cultura es tan buena como cualquier otra. El pacifismo que niega que exista el mal.

Esta guerra al cristianismo no sería tan peligrosa si los cristianos fuesen conscientes de ella. Sin embargo, muchos de ellos participan de esa incomprensión. Son esos teólogos frustrados por la supremacía intelectual de Benedicto XVI. Esos obispos equívocos que sostienen que entrar en compromisos con la modernidad es el mejor modo de actualizar el mensaje cristiano. Esos cardenales en crisis de fe que comienzan a insinuar que el celibato de los sacerdotes no es un dogma y que tal vez sería mejor volver a pensarlo. Esos intelectuales católicos apocados que piensan que existe una «cuestión femenina» dentro de la Iglesia y un problema no resuelto entre cristianismo y sexualidad. Esas conferencias episcopales que equivocan la realidad y, mientras auspician la política de las fronteras abiertas a todos, no tienen el coraje de denunciar las agresiones que los cristianos sufren y las humillaciones que son obligados a padecer por ser todos, indiscriminadamente, llevados al banquillo de los acusados. O también esos senadores que exhiben un ministro de exteriores homosexual mientras atacan al Papa sobre cada argumento ético, o esos que, nacidos en Occidente, piensan que el Occidente debe ser «laico», es decir, anticristiano.

La guerra de los laicistas continuará, entre otros motivos porque un Papa como Benedicto XVI, que sonríe pero no retrocede un milímetro, la alimenta. Pero si se comprende el por qué, entonces se asume la situación y no se espera el próximo golpe. Quien se limita solamente a solidarizarse con él es uno que ha entrado en el huerto de los olivos de noche y a escondidas o, tal vez, uno que no ha entendido qué hace allí.

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Naturalmente, el hecho de que esta guerra exista, y de que el tema de la pederastia no sea para los laicistas más que un arma más, no quita ni un ápice de gravedad a los actos de abusos sexuales de sacerdotes, sean cuantos sean. Uno sería demasiado para una Iglesia que representa a Cristo en el mundo. Por desgracia, este desideratum es inalcanzable, pero la Iglesia debe luchar denodadamente por prevenir estos casos y, cuando se produzcan, denunciarlos sin miedo a la verdad. Sólo así podrá ganar esta guerra, que ya tiene ganada por la promesa de Cristo, sin perder a demasiados de sus hijos por el camino.

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