25 de julio de 2011

La estructura de la teoría de la evolución 7

Tomás Alfaro Drake

Acabo de terminar de leer la que, con toda seguridad, es la opera magna de Stephen Jay Gould. Me refiero a “The structure of the evolutionary theory”. Soy un profundo admirador de Charles Darwin. Hasta ayer me definía como católico darwinista. De hecho, los cinco primeros posts de este blog, de julio del 2007, versan sobre este tema. Ahora sigo siendo ambas cosas –católico y darwinista–, pero gracias a Gould, soy darwinista de una forma mucho más rica. Y ese enriquecimiento de mi darwinismo me ha hecho ser, si no más católico, si tener aún más admiración por la inteligencia con que este Dios, en el que creo y al que adoro, ha creado el cosmos y le ha dado las leyes para que se desarrolle. El libro de Gould, “The structure of the evolitionary theory”, ha operado este enriquecimiento. Por eso me siento obligado a llevar a cabo este somero, casi ridículo, compendio (32 páginas de 1443) de su opera magna. Lo publico en 7 partes de la que esta es la séptima y última. D que esta entrada son todo todo conclusiones particulares mías, lo pongo todo entre triple paréntesis como hago siempre que algo es más mío que de Gould.

(((Mis conclusiones particulares

Efectivamente, como dije al final del capítulo anterior, creo que existe una contradicción entre la paradoja de la evolvability y la negación, por parte de Gould, de la idea de progreso en la evolución de la que hablé en el capítulo anterior. Efectivamente, las constricciones genéticas y los macrocanales de la evolución que el mismo Gould describe con el magnífico ejemplo del estilo corintio, persisten a lo largo de la historia. Gould ve cómo los bauplan se van sucediendo en la corriente del gran canal, superando incluso la tercera grada del tiempo, más aún creados por esta grada. Toso esto indica claramente, a mi entender, que sí hay una tendencia hacia la perfección en la evolución. Esta es la contradicción de que hablé al final del capítulo anterior. Creo que Gould, como todo ser humano, es incapaz de libarse de un cierto provincialismo, por la sencilla razón de que nuestra inteligencia es limitada. Está en su esencia ser provinciana, al menos en cierta medida. Es decir, somos esencialmente provincianos. Ni que decir tiene que estoy de acuerdo con Gould en la contingencia de la evolución y del ser humano. Pero el hecho es que aquí estamos, él escribiendo su magna obra “The structure...”, yo resumiéndola y quien tenga las vista posada en estas líneas asombrado de su perspicacia. Gould habla de que el Renacimiento hubiera ocurrido sin Miguel Ángel y la teoría de la evolución se hubiese descubierto sin Darwin, aunque dice que seguramente ambos hechos serían más pobres. Pero ni el Renacimiento, ni el descubrimiento de la teoría de la evolución se hubiesen producido si no hubiese aparecido la inteligencia. Ya sé que podemos decir que, en ese caso, ¡qué le íbamos a hacer! O, escuchando nuestro más profundo fuero interno que sabe que eso sería un sinsentido, pretender que en miles de millones de planetas ha aparecido la vida y que si en el nuestro la evolución hubiese seguido otro curso distinto, habría un planeta en el que alguien estaría descubriendo la evolución y en el que algo parecido al estilo corintio y su redescubrimiento en algo parecido al renacimiento, hubiesen tenido lugar (esto no lo dice Gould, pero forma parte de la panoplia de argumentos cientifistas, que no científicos, para negar un plan superior). La aparición de la vida es, aunque muchos quieran negarlo para evitar su contradicción, un fenómeno increíblemente improbable. Y que esa vida llegue a crear el hardware que pueda soportar la inteligencia es todavía más improbable, como queda claro al leer al propio Gould. Y, a fortiori, la conjunción de estas dos improbabilidades es inmensamente más improbable que el inmenso número de estrellas en las que, tal vez, pudiera haber planeta como la Tierra. Por eso, esto de que en algún sitio del cosmos hubiesen aparecido la vida y la inteligencia su no hubiesen aparecido aquí, no pasa de ser una elucubración altamente improbable y, desde luego, totalmente acientífica.

Por supuesto que somos contingentes. Por supuesto que podríamos no existir. Pero si se mira toda la evolución y, más aún, toda la historia del universo intentando verla con ojos lo menos provincianos posible, cabe poca duda que el fin de este complejo y maravilloso universo es la aparición de la inteligencia simbólica. Entiendo que Gould diría que esta visión mía, lejos de ver el universo con un mínimo de provincialismo, supone el máximo exponente del mismo. Pero creo que sólo hay una manera de romper el provincialismo esencial del ser humano. Y esa manera es escuchar lo que nos dice el único ser libre de todo provincialismo, es decir Dios. Robert Jastrow reconoce, con pesar, que la ciencia está descubriendo cosas que la Revelación ya había dicho: “No es cuestión de otro año ni de otra década, ni de descubrir una nueva teoría, –dice– hoy parece que la ciencia nunca será capaz de levantar el velo que cubre el misterio de la creación. Vemos que la evidencia astronómica lleva a una visión bíblica del mundo. Los detalles difieren, pero lo esencial de las exposiciones de la Biblia y la astronomía coinciden... Para el científico que ha basado su vida en la fe en el poder de la razón, la historia acaba como un mal sueño. Ha escalado las montañas de la ignorancia, está a punto de conquistar el pico más alto y, cuando se alza sobre la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban sentados allí desde hace siglos[1]. Y lo que Jastrow dice de la astronomía, se puede decir, con más motivo, de la evolución. Creo que pecaríamos de provincialismo si creyésemos que los mecanismos de la evolución están ya dilucidados. La realidad es siempre más compleja que lo que nuestra mente humana pueda abarcar. Como en todas las ramas de la ciencia, cada vez que se encuentra una respuesta, surgen innumerables nuevas preguntas. Es obligación del hombre seguir tirando continuamente de ese hilo de Ariadna, pero no como un Sísifo condenado a ver rodar por la ladera de la montaña la roca que intenta llevar esforzadamente a la cima. Más bien con la capacidad de sorpresa de ver que de cada respuesta surgen cientos de nuevas preguntas. Y de las respuestas a estas subsiguientes preguntas, que a su vez generan otras nuevas, en una cadena interminable, va surgiendo una estructura de una belleza impensable e inabarcable que refleja, al menos desde mis creencias, un ápice de la Belleza del rostro de Dios.

En una ocasión Alfred Kühn terminó una conferencia con una frase de Goethe que decía: “La mayor dicha del hombre que piensa es haber explorado incansablemente lo explorable y haber reverenciado tranquilamente lo inexplorable”. Cuando el público empezó a aplaudir alzó las manos pidiendo silencio y añadió: “No señores. Tranquilamente, no. Nunca tranquilamente”. Cierto, nunca tranquilamente. La tranquilidad es la muerte de la curiosidad. Pero sí confiadamente. Confiando en que, más allá de los limites de nuestra inteligencia, esencialmente provinciana, esta la respuesta. La última y única respuesta a todas las preguntas. Y no sólo a las preguntas de la ciencia, del cómo, sino a las más vitales, las que están más allá de la ciencia, la de los porqués y la de los para qués últimos. ¿Por qué me pasan las cosas maravillosas o terribles que me pasan en la vida¿ Esas cosas que me hacen repetir sin entender, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué? ¿Para qué estoy en ella? ¿Tengo una misión que cumplir en ella? ¿Por qué y para qué existe mi identidad, mi yo? ¿Tengo sentido o, por el contrario, soy una pasión inútil? ¿Es la historia del universo un cuento sin sentido contado con gran aparato por un idiota, un salto de pulga entre dos nadas infinitas? ¿Qué va a ser de mí? Existe esta respuesta y está en Dios. El libro de Job dice: “.. después de que mi piel se haya consumido, con mi propia carne veré a Dios. Yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño”. Y al contemplarlo, caerá el velo de nuestro provincialismo.

Pero, no quisiera acabar este libro remarcando lo que me separa de la manera de ver el mundo de Gould y Darwin, sino resaltando lo que me une a ellos. Suscribo plenamente una frase del libro de Gould que cito textualmente, aunque ligeramente expandida por mí: “Y así, una expansión de la primera pata por la selección jerárquica, un reforzamiento de la segunda por las constricciones estructurales y un ensanchamiento de la tercera por el equilibrio puntuado, la macroevolución y la paradoja de la primera grada del tiempo, construye realmente un “darwinismo de mayor altura” de mayor sofisticación y de mayor poder explicativo”.

En una carta que escribí imaginariamente a Darwin, y que puede leerse en mi libro “Al sueño de la muerte hablo despierto” editado por la B.A.C., le digo:

“No sé que pensarán las personas que tan violentamente se oponen a la evolución, pero a mí, oír con la inteligencia cómo la vida se despliega en el tiempo como una sinfonía compuesta por Dios, me parece de una belleza imponente. Es la Belleza de la Verdad. Es la Belleza de la mente de Dios. El comentario de Haldane al que antes me referí, me hace imaginarme al Creador componiendo la sinfonía de la vida. Lo imagino sonriendo entre divertido y amoroso al ver cómo, mientras él compone la línea melódica principal, la del hombre, aparecen, gracias al azar y a sus reglas de la armonía, acompañamientos de una enorme diversidad y riqueza formados por millones de especies de jirafas, virus, abedules, ornitorrincos y ballenas. Y escarabajos, muchos escarabajos. Y tú, que has intuido la partitura, me has abierto los ojos de la mente para hacerme capaz de intuirla y entenderla yo también. Leo el último párrafo de ‘El origen de las especies’:

‘De esta manera, el objeto más impresionante que somos capaces de concebir, o sea, la producción de animales superiores, es resultado directo de la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte. Existe grandeza en esta concepción de que la vida, con sus distintas facultades, fue originalmente alentada por el Creador en una o varias formas, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un comienzo tan simple, infinidad de formas cada vez más hermosas e impresionantes’.

Por eso te estoy enormemente agradecido. Por hacerme entender mejor el objeto más impresionante que somos capaces de concebir. Los nautilus espirales, los bosques de abedules, los cardúmenes de atunes, las manadas de elefantes y los hombres. La procesión de la vida. Por eso te escribo esta carta. Por eso espero que cuando mi tiempo en esta vida termine, pueda tener una localidad a tu lado para contemplar en el grandioso teatro de la eternidad, la representación de la vida y oír contigo, dirigida por Dios, la inefable música de la que sólo he podido ver de reojo la partitura que tú me has enseñado.

Mientras llega ese momento, recibe un abrazo.

Tomás”.

Quiero hacer esta carta extensiva a Gould, ya que su darwinismo de mayor altura, de mayor sofisticación y de mayor poder explicativo, es, además, de mayor capacidad para despertar mi asombro por la inteligencia de Dios. Cuando Darwin, Gould, yo y todos aquellos a los que este asombro les lleve a amar más a Dios, veamos la auténtica representación de la vida y oigamos su sinfonía en todos sus registros, entonces y sólo entonces, lo veremos sin sombra de provincialismo en nuestros ojos.)))



[1] Robert Jastrow, God and the astronomers, 2ª edición, Norton, New York 1992, pp 14, 103-107

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La teoría de la evolución incluye la idea de formas inferiores de vida evolucionando hacia formas superiores. Por eso se cree que también los seres humanos somos descendientes de alguna forma inferior de vida. Se enseña que humanos y simios habrían tenido el mismo progenitor, de características animales; por ello los científicos tratan de encontrar esqueletos. Su accionar está profundamente influido por preconceptos y expectativas. Suponen que seres vivientes como los seres humanos han estado sobre el planeta por cientos de miles de años, a pesar de la evidencia histórica mostrando que la historia de la humanidad no se extiende más allá de unos 5,000 años atrás. A continuación vamos a analizar la evidencia relacionada con estos hallazgos y cuán satisfactorios son estos.

http://www.jariiivanainen.net/teoriadelaevolucion.html

Anónimo dijo...

Querido Anónimo, soy Tomás.

Veo que te has leído la serie sobre la evolución, lo que te agradezco enormemente.

Los seres humanos, en cuanto a lo que nos distingue, que es la inteligencia simbólica hemos aparecido hace unos 30 o 40.000 años. Pero el cuerpo del hombre proviene de una larguísima evolución y es parte de ella. Te sugiero, abusando de tu paciencia, que leas la serie de entradas de Dios y la ciencia (no estoy seguro de que se llame así) que podrás encontrar en este blog.

Gracias por llerme y un abrazo.

Tomás