24 de diciembre de 2011

Mañana es Navidad

24-XII-2011


Esta mañana me he levantado con desánimo. Señor –te he dicho–, míranos. Estamos en crisis, hay casi cinco millones de parados en España y a saber cuántos millones de personas más en el mundo. Y parece que ese número va a crecer en los próximos meses. La primavera árabe parece que se transforma en fundamentalismo. Corea puede arder, el cambio climático nos acecha, etc., etc., etc. ¿No podrías este año hacer algo más contundente que recordarnos que hace unos 2000 años naciste en una cueva de un rincón del mundo, pobre y miserable? No es que eso no esté bien. Siempre son agradables esos sentimientos de bondad que parecen salir de su escondite en estos días pero, ¿crees que es suficiente? Yo creo que no. Así he empezado mi día.


Sin embargo, como hoy no tengo que trabajar, me dedicado, durante unos momentos de silencio, a buscar las respuestas junto al nacimiento de mi casa, en vez de en la turbamulta de pensamientos agitados de mi cabeza. Y, en ese silencio he oído tu voz. No estoy loco, no he oído una voz en off. Eran como ideas silenciosas, pero que fluían seguras y ciertas a mi cabeza desde otro lugar. Y yo sé que venían de Ti.


Mírame –me decías. Aquí estoy, pequeño e indefenso. Y, sin embargo, soy el Señor de la Historia y, por supuesto, el Señor de la Economía, que es menos que la Historia. Pero lo que no soy, ni seré nunca, es un dictador, ni siquiera del Bien. Por eso estoy como estoy, en un pesebre, junto a un buey y una mula. Yo también estoy en paro, esperando que vosotros, los hombres me contratéis. El buey y la mula me quieren contratar, pero no es a través de ellos como quiero traer mi Reino, sino a través de vosotros. Ya os lo dijo Isaías hace 2500 años. “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor: Pero mi pueblo no me conoce, no tiene entendimiento”. ¿Me equivoqué al confiaros la Historia a vosotros? No, no me equivoqué. Sois vosotros los que os equivocáis. Si en vez de tenerme en el paro, me pidieseis consejo todos los días, os lo daría. También os lo dijo Isaías: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y será su nombre; Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz”. Pero no sois capaces de pedirme consejo. Os lo impide vuestro orgullo, que os hace creeros poderosos y autosuficientes. También os lo dijo Juan: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, principio de la creación de Dios –es decir, yo–: Conozco tus obras, y sé que […] andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y que de nada tienes necesidad; ¡Pobre de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo?”. Si os sintieseis pobres y me pidieseis consejo, veríais que soy también Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Pero no puedo obligaros a que me contratéis como consejero. Es lo único que no puedo hacer. Porque os he hecho libres, y yo no me contradigo. Así es que me hago niño para ver si os gano por el lado de la ternura. Y lo consigo con muchos, aunque sea un ratito, todos los años. Pero luego, me mandáis al paro otra vez.


Entonces hoy, antes de la cena de Navidad, un ratito antes de que nazcas, te digo: Señor niño, Admirable Consejero, al menos yo hoy, esta Navidad, esta noche, cuando nazcas, te pediré consejo. Y te pediré, además, que me recuerdes todos los días de mi vida este consejo que me has dado hoy antes de nacer. Y te pediré que estés en mi consejo con un contrato blindado. Y que seas, cada día de mi vida, para mí, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Y procuraré hacer entender esto a mi alrededor.


Gracias por tu paciencia con nosotros. Gracias por otra Navidad.