25 de marzo de 2012

Tomás Alfaro Drake

El 11 de Marzo, inicié la publicación de una serie de 11 relatos que titulo genéricamente “Historias de otro mundos”. Este es el segundo. Son relatos con un cierto componente fantástico. Me han servido de modelo, en su barroquismo los relatos y cuentos de Oscar Wilde.

El constructor de catedrales

Cuentan, no sé si será verdad o no, que cierto día de fines de julio de 1182, Felipe II, el joven rey de Francia, fue a hacer una visita a las obras de la gran catedral de Nôtre Dame que estaba por entonces en construcción en la Isla de Francia, en el corazón de París. La agitación era inmensa. Un séquito de cortesanos acompañaba al rey y al maestro arquitecto mientras recorrían toda la obra, hablando con los principales responsables. Maestros canteros, maestros escultores, maestros carpinteros, ingenieros de trócolas y polipastos, capataces de centuria y un largo etcétera de expertos de gran importancia para la construcción y embellecimiento de la catedral. La visita había sido anunciada con antelación, por lo que la construcción marchaba a toda máquina. Ni una sola cuadrilla estaba ese día inactiva. Los días libres se habían suspendido para causar asombro al soberano con la marcha de las obras. Todo el mundo se movía febrilmente de un lado para otro. El día era uno de los más calurosos que recordaban los más viejos habitantes de París. Al mediodía el sol caía a plomo, inmisericorde, sobre todos, menos sobre el rey y sus más allegados que, naturalmente, iban cubiertos por un lujoso palio y eran abanicados con grandes abanicos de plumas de avestruz por pajes y valets de cámara. Cada maestro le explicaba al rey su participación en la obra, poniendo buen cuidado en que su majestad se diese cuenta de que su parte era la de mayor importancia en el conjunto. ¿Qué harían los diseñadores de arcos si nosotros, los canteros, no tallásemos cada piedra perfectamente adaptada a su sitio en la bóveda de crucería? ¿De qué servirían las piedras de formas cuidadosamente calculadas si nosotros, los maestros de trócolas, no diseñásemos un ingenio de poleas con el que izar cada piedra a su sitio? ¿Qué podrían hacer los ingenieros de trócolas si los carpinteros no diseñásemos andamios que sujetasen los arcos hasta que entrase en su sitio la piedra de clave y el arco pudiese mantenerse erguido por sí mismo? Así todos veían su parte como la más importante y menospreciaban las de los demás.

En el momento de más calor del día, el rey se fijó en un pobre hombre, ni débil ni fuerte, aunque más bien débil, ni viejo ni joven, aunque más bien viejo, ni torpe ni ágil, aunque más bien torpe, con el espinazo doblado bajo el peso de una enorme piedra que llevaba sobre su nuca. El monarca sintió lástima de ese casi anciano que sudaba copiosamente por el esfuerzo unido a la canícula insoportable. Saliéndose del protocolo, se paró en seco, conmocionando a todo el séquito de cortesanos y maestros que le seguían, haciendo que los de atrás se agolpasen sobre los de delante. Se dirigió hacia el hombre, casi hasta ponerse en medio de su camino. Éste, al ver que el rey se paraba a su lado y casi le cortaba el paso, se detuvo y levantó trabajosamente la cabeza para mirar, cosa impensable, a los ojos del rey. No pareció que al monarca le importase lo que podía ser considerado como un desacato, sino que con voz suave, casi paternal, a pesar de ser sólo un muchacho y de que el hombre podía ser su padre, le dijo:

- Duro trabajo ese de acarrear piedras, buen hombre.

- Se equivoca, majestad –le contestó el hombre– yo construyo catedrales, y me gusta.

La respuesta sonó como un trallazo. Más de un cortesano lanzó una exclamación de indignado asombro. ¡Se equivoca, majestad! ¿Se podía tolerar osadía semejante? Más de un cortesano había sido desterrado de la corte por no dirigirse al joven y orgulloso rey con el máximo respeto. ¡Cuánto más un miserable plebeyo! Pero el rey no pareció enfadarse. Al contrario, se asombró de la visión de conjunto, de proyecto, de futuro, que tenía el aldeano. Dicen que tras hablar con él largo rato, le asignó una renta para que pudiese disfrutar de descanso los últimos años de su vida. Y cuentan que tuvo una larga vida, llena de salud y vigor.

Pero no descansó ni dejó de construir catedrales. Siguió trabajando en Nôtre Dame y luego continuó trabajando, hasta el día de su muerte, en otras catedrales. Nunca aceptó otra tarea que la de acarrear piedras. Llegó a ser una leyenda entre los constructores de catedrales que se disputaban el que trabajase con ellos. Traía buena suerte. Las catedrales en las que trabajaba avanzaban con mayor rapidez y había menos accidentes en ellas. Pero los que estaban a su lado codo con codo sabían que no era suerte lo que traía. La gente le veía trabajar construyendo catedrales y todos se convertían, hiciesen lo que hiciesen, en constructores de catedrales. Todos sabían que estaban participando en un proyecto mucho más grande que ellos mismos para Alguien más grande que lo más grande que podían encontrar en su interior. Los canteros no perdían el tiempo discutiendo con los ingenieros de trócolas ni éstos con los carpinteros. Como contagiados por la ilusión de saberse constructores de catedrales, todos intentaban poner lo mejor de sí mismos en lo que hacían, fuese lo que fuese.

Parece ser que otro día de calor sofocante de otro mes de Julio, años más tarde, nuestro hombre se derrumbó muerto bajo el peso de una enorme piedra, como fulminado por el rayo, pero que su cara expresaba una enorme placidez. Y dicen, que cada veintiuno de Julio del primer año después de uno bisiesto, justo un mes después del solsticio de verano, al mediodía, un dorado rayo de sol que pasa por un pequeño hueco del muro sur de la catedral de Chartres, señala un lugar en el que puede verse un tosco bajorrelieve de un hombre con una enorme piedra sobre su nuca. Allí dicen que fueron puestos sus restos cuando murió. Si queréis comprobarlo, tan sólo hay que ir a la catedral de Chartres el día adecuado en el momento justo. Claro, que con la reforma gregoriana del calendario, tal vez ya no sea ese el día ni la hora. Cualquier hora o día pueden ser buenos. Y si no encontráis el bajorrelieve, sí puede ocurrir que el constructor de catedrales os encuentre a vosotros y os contagie su visión de la vida.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tomás, quizá ese constructor de catedrales, sea también un masón, como Oscar Wilde.
Se sabe que intervino algún maestro masón en algunas de las esculturas de Notre Dame y por eso también se relaciona con la simbología masónica una parte del pavimento y algún detalle más. Asimismo también se dice por los francmasones que hay símbolos visibles en la catedral de Chartres.
Desde luego como estilo, me llega más el románico, incluso el prerrománico y el ramirense asturiano, más aún. En estos templos, claro está, no hay "peligro" que existan signos masónicos.
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan, soy Tomás. El relato es totalmente inventado por mí, de forma que este constructor de catedrales, en cuanto invención mía, no es masón.

De todas maneras, y hasta donde yo sé, eso de que los masones fueron constructores de catedrales es un invento de los propios masones para dar más lustre a la masonería, por antigüedad y por arte. Siempre hasta donde yo sé, la masonería nació en el siglo XVII, mal que les pese y las catedrales góticas las construyeron cristianos que daban así gloria a Dios. El gótico lo "inventó" el abad Suger en París. Ya les gustaría a los masones haber sido capaces de hacer algo así. Lo de la catedral de Chartres es, siempre, hasta donde yo sé, una patraña de un masón que se hace llamar Fulcanelli que escribió un libro inventado sobre eso. A mí me gusta más el gótico que el románico, pero eso va en gustos.

Respecto a Oscar Wilde, ciertamente sí era masón, pero lo que poca gente sabe de él es que está absolutamnte documentado que se confesó en articulis mortis, por lo que, sin duda, la misericordia de Dios lo tendrá en su seno.

Si tienes interés, mándame tu mail en un comentario que no publicaré y te envío dos cosas. Una sobre Oscar Wilde y otra sobre el nacimiento y desarrollo del gótico.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

El caso es que paradójicamente, al menos una Logia, la denominada "Caballeros de La Rosa", debe contar con muchos católicos entre sus miembros, si no son todos según me cuenta un amigo masón, que me dice que hay varios católicos metidos en la masonería. Veáse el programa del verano pasado que incluye la asistencia a la "Santa Misa en la Capilla":
http://www.gprdh.org/descargas-de-archivos/programa-sj-2011.pdf
Ya sabemos lo que dice el Magisterio de la Iglesia sobre esto, por eso digo que es parádójico....¿Que sacerdote habra celebrado esa Eucaristía?
Juan.

Anónimo dijo...

Hola Juan, soy Tomás:

Verdaderamente, muy paradójico. Los masones, hasta donde yo sé, dicen que se puede ser catolico y pertenecer a la masonería, siempre que se admita que jesucristo no es Dios, que el cristianismo es una vía religiosa más para llegar al absoluto, etc. Es decir, siempre que no se sea católico. Pero, el mundo en que vivimos está lleno de paradojas y hay mucha gente que se traga este tipo de contradicciones como si tal cosa. Y para ellos, cualquier coto de pesca es bueno y si, además, socaban la base de la Iglesia, pues mejor. Desde luego, a la Iglesia no se le ha pasado este gazapazo y ha puesto los puntos sobre las íes en lo que a la masonería se refiere. En fin que sí, que habría que ver qué se le pasa por la cabeza al sacerdote que celebró la misa.

Cosas veredes amigo Sancho.

Un abrazo.

Tomás