16 de julio de 2012

¡Cómo saldremos de esta crisis?


Tomás Alfaro Drake

¿Qué cómo saldremos de esta crisis? Como de todas, sin darnos cuenta y el día menos pensado (pero que nadie me pregunte cuándo será ese día, porque no lo sé). Seguramente alguien podrá decir que estoy chiflado, o que soy un simple que me dejo llevar por un optimismo estúpido. Ninguna de las dos cosas es cierta.

Empiezo por el optimismo estúpido. No veo esta crisis con optimismo. Como toda crisis, pagan justos por pecadores y deja mucho dolor, mucha angustia y mucho pesimismo. Pero, también como toda crisis, y sin minimizar ni un ápice lo dicho anteriormente, si se ve con perspectiva, se da uno cuenta de que no es sino una bajada en una senda de crecimiento y, a menudo, una oportunidad para rectificar errores que sólo en esas circunstancias pueden rectificarse. Por tanto, mi optimismo no es tal, es visión amplia y sin orejeras. Aun a riesgo de ser pesado, quiero insistir en que esto, que es ciertamente así, no es consuelo para las personas que sufren las consecuencias de la crisis.

Tampoco estoy chiflado. Ahora, cuando diga cómo veo la salida de la crisis, tampoco voy a decir nada que no haya ocurrido en el pasado y de lo que hay que sacar lecciones.

¿Cómo saldremos de esta crisis? Como hemos salido de la de los años 90’s o de la de los 70’s. Pero antes de ver cómo salimos de ellas, quisiera ver cómo entramos. Porque tampoco en sus inicios las crisis son originales. Más bien son todas bastante parecidas. Parece que en esto de entrar y salir de las crisis, la humanidad, como en tantas otras cosas, no es original. Quizá lo original fuese no entrar en ellas, para no tener que salir. También procuraré dar alguna receta, que imagino que nunca se cocinará, para alcanzar este tipo de originalidad.

Las entradas en las crisis son todas iguales. Un largo periodo de crecimiento y bienestar hace que se pierda conciencia de la realidad. En esos periodos ocurre a menudo que los tipos de interés están muy bajos, por lo que las familias, las empresas y los gobiernos se acostumbran a gastar con mucha alegría, a veces más de lo que ganan, pueden y deben. Esto estimula el consumo y hace que las empresas vayan muy bien, con lo que el ciclo se realimenta y, si se ve superficialmente, hasta puede parecer que es una espiral virtuosa. Pero no. Es una espiral que, en su propio ascenso tiene la semilla de su desplome. Me gustaría llamarle una espiral de Ícaro, el hijo del constructor del laberinto de Creta, Dédalo. Ambos, padre e hijo, Dédalo e Ícaro, para escapar de su propio laberinto, se hicieron unas alas de cera y plumas con las que salieron volando. Pero Ícaro, llevado de su inconsciencia, voló demasiado alto, acercándose al sol, se le derritió la cera de las alas y se precipito hacia el suelo, con fatales consecuencias.

Un día, tras años de alegre locura, alguien empieza a tener problemas para pagar su endeudamiento excesivo. Los bancos, frecuentemente se han dedicado a dar créditos con excesiva alegría, empiezan a no poder cobrar algunos de ellos. Como consecuencia, no tienen liquidez para seguir concediéndolos al mismo ritmo, lo que ralentiza el consumo. Esto hace que las empresas empiecen a ir peor. Entonces los bancos no sólo no aumentan el crédito, sino que empiezan a exigir que los préstamos se vayan amortizando. Con la bajada del consumo, las empresas empiezan a ir mal y tienen que despedir a gente. Las familias tienen que dedicar una parte de su renta a devolver los préstamos en vez de a consumir. Incluso las familias poco endeudadas y que tienen ingresos, que podrían seguir consumiendo, se ven invadidas por el miedo y empiezan a ahorrar, por si su futuro se ennegrece. Esto disminuye aún más el consumo e Ícaro se precipita al vacío en medio de la desolación, el pesimismo generalizado y el incremento meteórico del paro. Todo son nubarrones. Nadie ve salida posible y la profecía se autocumple para desgracia de todos. Este es el momento en el que estamos ahora.

Pero un día, tras largos y negros años, ocurre lo que tiene que ocurrir. Generalmente, en las crisis se cuentan las familias que están en paro, pero no las que tienen trabajo. Éstas, que han estado devolviendo poco a poco sus deudas y apretándose el cinturón, en medio del pesimismo, empiezan a verse aliviadas de ese peso. Otras familias, menos endeudadas o no endeudadas en absoluto al empezar la crisis, también habían reducido su consumo para hacerse un colchoncito de seguridad y, un día, ese colchoncito les hace sentirse un poco más seguras. Pero el pesimismo y el apretarse en cinturón, son cosas que agotan psicológicamente. Por eso, poco a poco, las familias que podían haber consumido durante toda la crisis, pero que se han abstenido para hacerse su colchoncito, junto con las que han ido aligerando trabajosamente su deuda, empiezan a pensar que ya está bien, que ha llegado el momento, si no de un homenaje, sí de una pequeña autoindulgencia, después de tantos esfuerzos, y empiezan a consumir responsablemente con más liberalidad. De repente, estas familias pasan de ser unas pocas a ser millones. Y empieza a aumentar el consumo, un consumo razonable, no insensato. Tímidamente al principio, pero cada vez con paso más firme. Y, poco a poco, como una locomotora de gran inercia que echa a andar después de una parada en la estación, las empresas empiezan a notar esa relajación del pensamiento negativo en un aumento de sus ventas y, por tanto de sus beneficios. Y piensan que va siendo el momento de contratar, porque empiezan a no dar abasto. Como consecuencia, el paro empieza a bajar. Ícaro, empieza a fabricarse nuevas alas para salir del laberinto. Y, un día, ¡hop! Se da cuenta de que está volando. ¡La crisis ha terminado!

Si alguien piensa que esto son simplezas, le diré que si lo son, están basadas en experiencias empíricas. He pasado por tres crisis en mi vida. La de 1973, la de 1992 y la del 2007. De las dos primeras hemos salido de la misma manera. Pero, además, puedo contar una experiencia personal de esto. Me referiré a la crisis del 92. Poco antes de esa fecha, mi familia política decidió hacer una promoción inmobiliaria en una villa costera del norte de España, ya muy saturada turísticamente. Un abuelo de mi mujer tenía, desde principios del siglo XX un terreno con una casa en lo que entonces era el más allá de la localidad, pero que con el tiempo se había quedado en el cogollito. Un día, decidimos hacer, en una parte del terreno, una promoción de cerca de cien viviendas y otros tantos trasteros y garajes. En el periodo previo a esa crisis se vendieron suficientes pisos como para pagar la construcción. Llegó la crisis del 92. Afortunadamente, no teníamos deudas, por lo que podíamos aguantar sin asfixia financiera. Nos pasamos más de siete años sin vender absolutamente nada. NADA. No era cuestión de precio. No había ni siquiera oportunidad de bajar precios porque nadie los preguntaba. Un día, de repente, empezamos a vender y en menos de un año habíamos vendido todo. ¿Qué había pasado? Lo que he explicado más arriba.

Así pues, ¿cómo saldremos de esta crisis? Pues así. ¿Quiere esto decir que las medidas que pueda tomar el gobierno no sirvan para nada? Ni mucho menos.

La primera medida útil es la lucha contra el déficit y la deuda públicos. Desde luego, de nada sirvió el malhadado plan Ẽ, sino para aumentar el déficit haciendo chorradas inútiles, cuando lo que había que hacer era exactamente lo contrario. Sí es necesario, en cambio, rebajarlo y, no sólo eso, sino repagar la deuda (para lo que hay que llegar a tener superávit). El déficit y la deuda públicos son malos, básicamente por dos motivos. El primero, porque el dinero que el Estado obtiene a través de impuestos es dinero que el ciudadano deja de gastar en cosas producidas por las empresas que dan trabajo. No estoy, ni de lejos, en contra de cierto nivel de redistribución de la renta por parte del Estado. Ni de un sensato estado del bienestar. Pero si esas dos funciones se extralimitan, las ineficiencias que se producen superan con creces a los beneficios y la redistribución de la renta se convierte en la redistribución de la pobreza y el estado del bienestar en el estado del maná, es decir del fomento de la picaresca y la vaguería y de la pérdida de competitividad internacional. Eso, incluso cuando el gasto público se produce en cosas útiles. Ni que decir tiene que cuando el gasto del Estado es para actividades improductivas de clientelismo, electoralismo, despilfarro u obras tan faraónicas como inútiles, la gravedad de la ineficiencia crece al infinito. Por tanto, austeridad del Estado. Un Estado delgado, nervudo y en forma, no uno fofo y elefanteásico. De huesos y músculo, no hinchado de moco y blandiblup[1]. Tal vez esta crisis pueda ser una oportunidad de oro para acabar –cosa que se me antoja imposible –o, cuanto menos darle una buena sesión de quimioterapia, a los cánceres de las Comunidades Autónomas y de la banca pública –léase Cajas de Ahorros. Ambos cánceres responden a las siglas CCAA, ¿será casualidad? Pero esos equilibrios presupuestario y de deuda deben conseguirse a base de cura de adelgazamiento, porque conseguirlos a base de subir los impuestos, aunque a veces no quede más remedio que hacerlo para subsanar abusos pasados, va contra el motor de la recuperación; el consumo. ¿Medidas de estímulo? La única medida de estímulo posible es el consumo razonable de los ciudadanos. Y una medida para ello, quizá no suficientemente apreciada por no ser “científica”, es la libertad de horarios comerciales. El segundo motivo por el que la deuda pública es mala es porque el dinero que toma prestado el Estado no está disponible para prestárselo a la economía productiva, que es la que crea puestos de trabajo. Ciertamente, para llegar a estas conclusiones no hace falta saber economía. Cualquier ama de casa sabe que nadie puede gastar indefinidamente más de lo que gana, y que quien lo hace, aunque sea un Estado soberano, lo paga caro. Tal vez tendríamos que poner a un ama de casa como ministro de economía en épocas de bonanza.

La segunda medida que puede tomar un gobierno, no sólo para salir de las crisis, sino para que cuando se entre en ella el paro no se dispare, es la liberalización del mercado de trabajo. El pleno empleo no se consigue protegiendo a ultranza el empleo que hay, sino haciendo que se creen más puestos de trabajo de los que se destruyen. Y esto se consigue con un mercado de trabajo libre y flexible, tanto en cantidad como en precio. Lo que ocurre es que las reformas necesarias para crear un mercado de trabajo libre y flexible conviene tomarlas cuando las cosas van bien. Pero, ¿quién es el político que se atreve a hacer eso en épocas de bonanza? En España hemos tenido que llegar a la situación a la que hemos llegado para hacerlo. Ningún gobierno con mayoría absoluta anterior, ni del PP ni del PSOE, ni de UCD si nos remontamos más en el pasado, ha tenido el valor para hacerlo. Sólo el ver las orejas al lobo nos ha hecho acometer esta reforma, completamente necesaria, en el peor momento, aunque tal vez en el único factible. Poco más puede hacer un gobierno para salir de la crisis. Y no es poco que haga esto. No sólo en tiempos de crisis, sino siempre.

Así saldremos de esta crisis y así caeremos en la siguiente si Ícaro no aprende a usar las alas como su padre, Dédalo. Es decir, sin remontarse tanto que la cera se derrita por el sol. Y, ¿cómo se hace eso? Muy fácil y muy difícil a la vez. Primero, con el consumo responsable, que no lleve al sobrecalentamiento artificial. Si los ciudadanos, como los Estados, consumiesen responsablemente, es decir gastando lo que razonablemente pueden sin endeudarse para consumir más allá de esos límites razonables y algo más para inversiones a largo plazo como la vivienda, nada de lo dicho ocurriría. Estaríamos ante un crecimiento sostenible, tal vez más bajo de los que presenciamos en los años de bonanza que siguen a una crisis y anteceden a la siguiente, pero sin los espasmos de las crisis que crean tanto sufrimiento e injusticia. Si las empresas se endeudasen también responsablemente, tampoco se encontrarían en la tesitura de suspender pagos cuando las cosas se torciesen un poco. Existen métodos, que no voy a exponer aquí, para ponerle cifras a lo que significa endeudamiento razonable en familias y empresas. Pero una vez más el sentido común nos da la receta. No hay que endeudarse más de los que uno puede devolver de esa deuda, en sus plazos establecidos, aún en el caso de que nos vaya mal.

Sin embargo, pedir esto a ciudadanos y empresas, tal vez sea demasiado pedir. Por eso decía que el usar las alas de Dédalo era muy fácil y muy difícil. Pero, líbrenos Dios de que el Estado vaya a decir por ley hasta dónde puede uno endeudarse. Primero porque se equivocaría y, segundo, porque nadie le haría caso. ¿Entonces? Entonces, hagamos que el dinero, en vez de ser un bien casi ilimitado y muy barato sea lo suficientemente escaso como para que tenga un precio que haga que la gente –particulares y empresas– se autoregule.

Cuando digo que el dinero es un bien casi ilimitado, debo aclarar qué quiero decir con ello, antes de que alguien se enfade conmigo. Todos sabemos que el dinero es escaso, sobre todo a fin de mes y, también, que es caro. Cuesta mucho trabajo ganarlo. No me refiero a eso. Me refiero a la cantidad de dinero del sistema monetario y al precio de los préstamos. La oferta de cualquier bien es limitada. Mientras no se invente la piedra filosofal, el oro será un recurso escaso. Y lo mismo podemos decir del petróleo, del acero o de la electricidad. Evidentemente, se puede sacar oro de las minas, petróleo de los pozos, fabricar más acero y generar más electricidad si hace falta. Pero hacerlo tiene un coste y no se sacará una sólo barril de petróleo que tenga un coste mayor que su precio.

Esto, que ocurre con todo, no pasa con el dinero. Las autoridades monetarias –que dependen, directa o indirectamente de los gobiernos y, siempre, de los políticos–  pueden crear, a coste cero, tanto dinero como quieran. No para metérnoslo en el bolsillo, evidentemente, sino para que esté en el sistema. Y la consecuencia de esto es que el precio del dinero, es decir, el interés a que se presta, puede acercarse a cero, si se crea demasiado. Por supuesto, las autoridades monetarias tienen todos los medios necesarios para definir exactamente cuánto dinero quieren que haya en el sistema. Y en la mayoría de los periodos de bonanza intercrisis, lo han creado en cantidades ingentes, entre otras motivaciones, para tener contento al ciudadano. Pero, como hemos visto, eso era exactamente lo que impulsaba a Ícaro a volar demasiado alto. Para que Ícaro use las alas como Dédalo, la cantidad de dinero tiene que estar restringida y, para eso, debe ser controlada por quien tiene poder para hacerlo. La lección sería: Las autoridades monetarias no pueden crear más dinero de lo que crezca la economía. De todas las crisis se sacan lecciones, aunque sean dolorosas, porque la humanidad sólo aprende cuando le ve las orejas al lobo. Sin embargo no soy de los que dicen que la humanidad no aprende. Aunque muy a menudo lo haga a palos, la humanidad no ha dejado de aprender desde que existe. De no ser así, estaríamos todavía en las cavernas. De esta crisis parece que van a salir dos lecciones importantes. La primera que los estados, como los particulares y las empresas no pueden gastar más de lo que ganan. La segunda, que si queremos realmente crear una Europa fuerte y unida, tenemos que superar una historia de enfrentamientos por la hegemonía, para realmente ceder soberanía cada uno de los Estados hacia una auténtica soberanía europea. No serían malas lecciones. Pero, a mi entender, falta, y es tan necesaria como el comer, la enunciada más arriba y que repito: Las autoridades monetarias no pueden crear más dinero de lo que crezca la economía. Con esta regla aplicada, Ícaro tendría muy complicado hacerse unas alas que le permitan volar demasiado alto.

Quiero expresar dos medidas adicionales. Ninguna de las dos se leerá jamás en ningún libro de economía, ni ningún gobierno la aplicará o pedirá que apliquen los ciudadanos. La primera porque no pasa de ser una boutade. La segunda porque es tan profunda que no cabe en los libros de economía ni es políticamente correcta para plantear a los ciudadanos.

Vamos con la primera. Sería poner un IVA del 2000% a los periódicos, de forma que su precio se multiplicase por 20 y no los comprase nadie. Nadie se engaña si dice que los periódicos están todos al borde de la quiebra. Y, ¡ay!, hay que vender como sea. Y por algún perverso mecanismo mental del ser humano, parece que el pesimismo, el alarmismo y el sensacionalismo venden más que el optimismo, la templanza y la veracidad. Por eso la prensa excita un pesimismo absolutamente nefasto para la recuperación económica. Y, en épocas de bonanza hace exactamente lo contrario. Es decir, colabora muy activamente a la creación de ciclos.

La segunda es la profunda. Rezar al Señor de la Historia, que es, con mayor motivo, el Señor de la economía. Rezar para que insufle sabiduría en el ánimo de quienes gobiernan y legislan, paciencia inteligente en la ciudadanía que tenga que soportar esa medidas y fortaleza y consuelo a los que sufren el paro. Dios, el Señor de la Historia y la economía actúa siempre a través de causas segundas, en este caso, los seres humanos, es decir, nosotros. Recemos pues para que nos ilumine a todos y cada uno de nosotros.

Para terminar, quiero puntualizar una cosa. Creo que de esta crisis saldremos así. Pero no soy ciego y sé que existen riesgos catastróficos. Es de una notable miopía pensar que porque las cosas hayan pasado de una determinada manera en el pasado, tienen que pasar necesariamente así en el futuro. Recientemente he leído un libro que lleva por título “El cisne negro” y cuyo autor es Nassim Nicholas Taleb. Me ha parecido un libro curioso e interesante. Un cisne negro es para Taleb un acontecimiento de muy baja probabilidad, impredecible mirando al pasado, pero que tiene unas consecuencias inmensas. Los cisnes negros pueden ser positivos o negativos. Según el autor, la historia progresa por cisnes negros más que por un avance lineal y pausado. La verdad es que me parece un razonamiento perspicaz y con una gran base empírica. Pero quiero contar una historia muy poco tranquilizadora que Taleb utiliza para ilustrar la dificultad de predecir el futuro por el análisis del pasado. Un pavo está siendo engordado para el día de acción de gracias (Taleb es libanés, pero está americanizado y, por tanto, si habla de pavos, habla del día de acción de gracias). Todos los días un simpático humano entra en el sitio donde está y le da de comer todo lo que quiere. El futuro es de color de rosa. Abundante comida garantizada. El pavo salta de alegría cada vez que el humano viene a traerle la pitanza cotidiana. Lo que no sabe el pavo es que el día de acción de gracias está cada día más cerca. Con esto quiero decir que existen riesgos catastróficos que pueden hacer que mi profecía no se cumpla. Pero, sinceramente, creo que tiene más probabilidades de cumplirse la mía que la de los agoreros marxistas que llevan diciendo desde 1848 que las contradicciones del sistema capitalista le llevarán a su ruina. De momento, son ellos los que se han ido a la catástrofe.


[1] El blandiblup es una sustancia viscosa y gelatinosa que se vendía como juguete hará unos veinte años. Yo usaba esa expresión para educar a mis hijos. ¡Huesos y músculos, que parece que estas hecho de moco y blandiblup!, les decía a menudo cuando se quejaban o cuando se desparramaban en una butaca dejándose llevar por la apatía y la ociosidad. Parece que me ha dado resultado.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo comparto contigo muchos aspectos. A bote pronto, lo primero que hace falta es liderazgo, que no lo hay, lo segundo un adelgazamiento como bien dices de políticos, de cargos improductivos, en las instituciones….¿Para que queremos 350 diputados, 266 senadores, multitud de d. autonómicos, europeos, diputaciones, consejeros políticos en empresas publicas, concejales….y sus respectivos cargos de confianza, si no hay actividad económica y la representación es en listas cerradas y a una vuelta? Si añadimos, subvenciones a partidos, sindicatos, patronal, organizaciones afines….pues es la ruina: De todo eso sobra el 80% por lo menos. Y por último, se necesitaría unidad de los españoles, que una vez que vea que se empieza por adelgazar los cargos políticos, si acogerá las medidas como propias y empezara a trabajar por España, porque ahora las compañías que funcionan, la gran mayoría, tiene las cuentas fuera: Solo en los primeros cuatro meses del año abandonaron España 122.000 millones de euros.
Esto, en mi humilde opinión, es una decadencia del capitalismo salvaje que no tiene límites, porque su único fin es el consumo por el consumo y nunca el consumo responsable, su fin es ganar dinero a costa de lo que sea. Se ha pergreñado una economía irreal, falsa, para ganar más, a costa de engañar, de vender productos artificiosos, en pirámide, sin respaldo, p. ej. Preferentes, ¡que vencen el 9.999! Economía falsa que viene de tiempo, permitida por el regulador, porque él o su Partido también ganaba. El trabajo el esfuerzo, la ética, la razón, la honradez, no se han valorado, porque al sistema capitalista eso le da igual.
Un sistema perverso que sustituye los valores y a Dios por el dinero, este último, es el Mammón a adorar.
Naturalmente el marxismo es mucho peor, pero al menos ya está fenecido, para mi, falta que muera este también, al menos tal y como está actualmente concebido.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan:

Totalmente de acuerdo contigo en lo del liderazgo y los políticos. Y también en lo del capitalismo salvaje y el consumo irresponsable. Mi discrepancia estriba en que el adjetivo salvaje detrás del capitalismo y el irresponsable después de consumo, no son consustanciales con los sustantivos a los que califican. La mayoría de las personas (tú y yo entrte ellas) no consumen irresponsablemente y la mayoría de las empresas no hacen productos artificiosos. Si miras lo que te has comprado tú en el último año, estoy seguro de que la mayoría de los productos son útiles y beneficiosos. Lo que pasa es que siempre el mal hace más ruido que el bien. Claro que hay atrocidades, pero eso no hace malo al capitalismo, sino a quien hace esas atrocidades que, por otra parte, existen desde que el hombre es hombre. El capitalismo ha hecho posible que tengas un coche, ¿porque lo tienes, no?, y una casa y ropa adecuada y coles para tus hijos y teléfono y... imposible enimerar las cosas buenas que el capitalismo ha hecho por la humanidad. Te propongo un test. fijater, durante el día de hoy en cada cosa o servicio que usas y piensa que eso lo ha hecho para ti una empresa. Yo lo hago cada día y, sinceramente, les estoy muy agradecido. También conozco (trabajo y he trabajado en ellas) empresas donde el trabajo el esfuerzo, la ética, la razón, la honradez son apreciados. Sé que hay otras que no, pero son la excepción. Permíteme ser un poco drástico. Salvando las distancias es como cuando los enemigos de la Iglesia dicen que los curas son pederastas y la Iglesia una organización perversa porque hay algunos curas pederastas. Esto es tomar la parte horrible por el todo. Hay que juzgar con perspectiva historica y global.

Y, por último, querer ganar dinero honestamente, haciendo productos honestos que, visto con esta perspectiva es lo que hacen la inmensa mayoría de las empresas, no es adorar al dios Mammon.

tengo un hijo y amigos empresarios y te aseguro que no adoran al dios Mammon.

Dicho esto, es muy estimulante cambiar contigo estas impresiones.

Un fuerte abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

El placer es mío, y muy agradecido por poder opinar y por tu cortesía al responder.
Naturalmente Tomás no puedo renegar del capitalismo en cuanto a que permite la iniciativa privada y la libertad, y claro que reconozco que el desarrollo de la industria y la técnica han contribuido, mediante este sistema, a la mejora del bienestar material.
Mi crítica, dejando ahora a un lado los fines en cuanto a sistema económico, es que es esas técnicas aplicadas al bienestar y el dinero, han fabricado los nuevos ídolos de la sociedad, esto es el paradigma de la ansiada “felicidad”. Por desgracia la técnica, versus ciencia, desde los años 40, no se ha utilizado casi en beneficio de la verdad o el bien, sino mas bien en lograr el máximo beneficio.
El sistema “democrático” busca eso, ofrecer al ciudadano el máximo beneficio social y se ha olvidado de lo importante, de los valores morales, no existen programas “humanistas” de este tipo, estos se han secularizado porque eso no importa ya en este sistema. Eso se queda en la conciencia de cada uno, ni mencionarlo, no sirve. Es, dijéramos, parafraseando a Nietzsche, “la lenta muerte de Dios”.
La verdad se ha transmutado en lo útil. Lo que priva es el confort, el lujo, el placer, el cambio rápido de un bien por otro con más prestaciones, porque el mismo sistema hace que se quede fuera de moda y si no lo compras, te quedas antiguo, viajas en tercera. Un sistema que mediante las técnicas de marketing más sofisticadas y el crédito fácil, ha desplazado a la economía responsable, más sensata; los valores tradicionales como el compromiso, el priorizar a las personas sobre las cosas, el conformarse y disfrutar de lo que se puede alcanzar, ha decaído en pro de “la felicidad” de tener, de gastar, de vivir el momento, del poder, de la moda. Es el mejor caldo de cultivo para el relativismo moral.
Por eso creo que el capitalismo necesita una revisión y me alegro, en pro de los valores que llevamos marcados por Dios en la conciencia, que entre en crisis profunda y afloren, con esta convulsión económica, algunas de sus vergüenzas, aunque hay otras mucho más sangrantes.
Respecto a lo que comentas, la jerarquía de la Iglesia también se ha visto atrapada por estas fauces voraces del poder y del dinero, hay casos antiguos muy graves que no se deben olvidar. Por citar uno solo, relativamente reciente, el famoso y desgraciado caso del Banco Ambrosiano. Pero a nosotros los católicos, no nos importa tanto el mensajero, que tendrá que rendir cuentas ante el Supremo, lo que nos importa es el mensaje y que gracias a ella, lo hemos podido recibir. En su libro “Introducción al Cristianismo”, ya decía Ratzinger hace casi 45 años, que la “Iglesia es el mayor problema para creer”.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

Hola Juan:

Bueno, digamos que el placer es mutuo.

Hace muchos años, siendo yo estudiante de ICAI, un profesor de matemáticas y geometría descriptiva, jesuíta de la antigua usanza, me dijo una frase que jamás olvidaré. "Para ser feliz hay que saber ver la hiel en la miel en vez de la miel en la hiel". Siempre la he intentado aplicar en mi vida a todo. A las personas con las que trato, a las instituciones y, en el caso que nos hace cambiar impresiones, al capitalismo.

El Evangelio también nos dice algo sobre el trigo y la cizaña. Por supuesto que en el capitalismo hay cizaña, pero está entre el trigo y no al revés. En el capitalismo hay hiel, pero está en la miel.

Dios no nos ha creado ángeles, espíritus puros, sino seres humanos, con un alma y con un cuerpo que necesita comer (etc.) y para ello, después del pecado original, crear riqueza material con el sudor de nuestra frente. Desde antes del pecado original Dios nos había bendecido con dos cosas, la inteligencia y la libertad/voluntad. Esas dos herramientas, aunque heridas, son las que tenemos que usar para ganar el pan con el sudor de nuestra frente. Y esas herramientas son las que usa el capitalismo. Y, a decir verdad, como he comentado en otros sitios, con éxito increíble en proveer a nuestras necesidades materiales. Por supuesto, el daño de esas dos herramientas daña también al capitalismo, como a todo lo humano. Pero tenemos que amar al ser humano herido y, por tanto a los sistemas que usa para proveerse de las necesidades materiales, si se basan en la inteligencia y en la libertad/voluntad, aunque también estén heridos. Debemos amarlos e intentar impregnarlos de los trascendentes: verdad, bondad y belleza. Y hay muchas empresas que aportan una extraordinaria dosis de esas tres cosas.

Creo, y perdoname si me meto donde nadie me llama, que deberías cambiar la mirada para ver la hiel en la miel y la cizaña entre el trigo. Seguro que lo haces en miles de cosas de tu vida personal. Tal vez si lo haces también con el capitalismo puedas amarlo y, amándolo, mejorarlo.

Un fuerte abrazo.

tomás

Pedro dijo...

Uf, como arreglar esta crsis, seria muy doloroso para algunos, y claro no ponen remedio porque no les interesa, se podría empezar por reducir senadores, ya que está comprobado que no son capaces de sacarnos de esta crsis y acabar con el paro, fuera esas jubilaciones de por vida para los políticos, que se paguen una jubilación, buscar responsables y que dicho responsable paguen por lo que han echo o no han echo, habria que verlo, y en fin muchas otras cosas, perocom odije antes no interesa porque se les toca a ellos.
SAludos y Feliz Verano.

Anónimo dijo...

Gracias Pedro:

Pues eso, muy feliz verano.

Tomás