18 de noviembre de 2012

En busca de la felicidad


Creo que puedo afirmar sin temor a equivocarme que hay una cosa, y sólo una, en la que estamos de acuerdo todos los seres humanos: Queremos ser felices. Toda nuestra vida es un largo y tortuoso camino para lograr la felicidad. La busca el ladrón cuando roba, creyendo que los bienes robados le van a acercar a ella. La busca en drogadicto cuando empieza a adentrarse en los siniestros caminos de la droga, creyendo que su falso bienestar se la va a proporcionar. La busca el que trabaja compulsivamente en pos del éxito o, simplemente, del prestigio profesional, esperando encontrarla en estas cosas. La busca el que usa desordenadamente el sexo de cualquier forma que sea. La busca el masoquista cuando busca que alguien le haga daño. La busca también, cómo no, la gente normal, que lleva un vida corriente que no le llena del todo. Todos la buscamos y el que diga que no, miente, como creo que no era del todo sincero Einstein cuando, a la pregunta de un periodista sobre si era feliz, respondió: “no, ni falta que me hace”. Si, seguro que a Einstein también le hacía falta. Puede decirse que la búsqueda de la felicidad es el fin de toda vida humana. Si somos sinceros con nosotros mismos, no podemos negar que es el anhelo más profundo de nuestra alma.

Pero casi con la misma generalidad, el ser humano no conoce la felicidad plena. Todos hemos tenido atisbos más o menos intensos y fugaces de ella, pero siempre, después de esos momentos, se nos ha escapado. Incluso mientras los experimentábamos decíamos: “Sí, pero… falta algo…”. Algunos seres humanos parecen tener una vida bastante plena que les permite decir durante largos periodos de su vida: soy feliz. Pero tampoco ese soy feliz les basta. Además, un día, toda esa vida, que tenia apariencia de algo parecido a la felicidad, se les ha derrumbado como un castillo de naipes. O, al menos, el miedo a que esto ocurra empaña esa felicidad. Otros seres humanos parecen expertos en arruinar cualquier brote de felicidad en su vida. En general, los seres humanos parecemos unos bichitos que, queriendo ser felices por encima de todo, parecemos expertos en labrarnos nuestra desgracia.

Desde que existen testimonios escritos del pensamiento humano, tenemos constancia de que muchas de las mejores mentes de la humanidad se han preguntado cómo alcanzar la ansiada felicidad. Y ahí, las recetas son innumerables y, casi siempre, inútiles. Hasta tal punto ha sido así, que muchos hombres, ratificados por muchos grandes pensadores han llegado a la conclusión fatal: La felicidad no existe. Es un sueño inútil del corazón humano que hay que matar. Más aun, hay que matar, aunque sea en el sentido figurado del desprecio o el odio, al mensajero que nos dice que sí existe y que el conoce el camino. Hay que matar, incluso, hasta a la esperanza de la felicidad sustituyéndola por una “valiente” y “lúcida” desesperanza existencial para, desde ahí, ir tirando por la vida, aunque sea con náusea. O suicidarse. Albert Camus decía que la única decisión importante del ser humano era si suicidarse o no.

Pero, hay una cosa que, por lo dicho al principio, creo que resiste cualquier prueba empírica: El ansia de felicidad forma parte de lo más esencial de la naturaleza humana. Me parece, por tanto que la pregunta más racional y más inmediata sería: ¿De dónde nos viene ese ansia de felicidad que parece inalcanzable? ¿Podré esbozar en estas breves líneas un intento de respuesta? No lo sé, pero no puedo dejar de intentarlo.

Una cosa me parece clara. No nos puede venir por evolución. La evolución nunca produce algo novedoso radicalmente distinto de lo previamente existente. Se produce a pequeños pasos. Pero, el ansia de felicidad no existe en ningún grado en ningún otro ser vivo. No hay una gradación de “cosas” que se hayan ido transformando poco a poco, de especie en especie, hasta convertirse en el anhelo de felicidad del ser humano. Si un chimpancé pudiese entender y hablar y se le preguntase, ¿eres feliz? Nos contestaría algo así como: ¿mandeeee…?

Puede aducirse entonces que ese anhelo de felicidad es algo inducido por la cultura, algo así como un subproducto de la misma. Pero, entonces, la pregunta es, ¿de qué cultura? Porque es evidente que cada cultura tiene su estilo propio que nace de su propia evolución y desarrollo. Pero el ansia de felicidad es algo que trasciende a toda cultura. Ciertamente que las distintas respuestas a la pregunta acerca de cómo lograr esa felicidad sí están imbuidas de sustratos propios de cada cultura. Pero todas las culturas coinciden en ese anhelo. Y me atrevería a decir que es el único elemento común del que participan todas ellas. Por tanto, no me parece arriesgado decir que ese anhelo es esencial a la naturaleza humana y previo a toda cultura. Creo que cualquiera de los que leamos estas líneas compartimos ese anhelo con todo ser humano, incluso con el primero que, allá por hace unos 30.000 años, se preguntase qué era ese mundo en el que había sido arrojado a vivir y cómo podía vivirse en él siendo feliz.

Y no se me ocurre ninguna otra cosa en este mundo que nos haya inducido a todos los seres humanos a compartir este anhelo tan profundo y ambivalente. Por un lado, el ansia de felicidad y, por otro, la sensación de que nada nos permite obtenerla planamente. Si no nos ha venido por evolución desde dentro del mundo material ni es fruto de un proceso cultural ni de nada que conozcamos de este mundo, nos ha tenido que venir desde algún sitio que lo trascienda. Es decir, esa ansia de felicidad es algo trascendente a este mundo. Parece lógico decir que nos ha sido dado, puesto que, desde luego, los seres humanos no somos capaces de darnos a nosotros mismos algo que trasciende a nuestro mundo. ¿Dado? ¿Por quién? ¿Para qué? He ahí dos preguntas difíciles.

Naturalmente, hay infinitas respuestas a estas preguntas. Pero voy a intentar, con esta mayéutica de exploración racional de posibles respuestas, encontrar alguna pista.

El primer par de posibles respuestas a estas preguntas es: Por “algo” –un admirador de la serie de culto de la guerra de las galaxias podría llamarle a este “algo” “la fuerza”– y para nada. Lo primero que debo decir de esta posible doble respuesta es que es coherente. Es importante la distinción entre algo y alguien. Lo que distingue a un “algo” de un “alguien” es su intencionalidad. Si mañana, paseando por la calle, me cae un tiesto en la cabeza, es evidente que el tiesto no tenía ninguna intención al caer sobre mi cabeza. Simplemente, la ciega fuerza de la gravedad ha hecho que pasase así. Pero si algún posible enemigo que desea mi muerte me ha visto venir calle abajo y ha decidido que era un buen momento para matarme, bien ha podido tirar el tiesto con la intención de acabar conmigo. Por tanto, si ese anhelo lo ha puesto en los seres humanos un “algo”, es evidente que lo ha puesto sin ninguna intención, es decir, para nada. Pero la coherencia no es condición suficiente para la veracidad. Sigamos, por tanto analizando la primera parte de esa respuesta: Por “algo”.

¿Puede un “algo” tener sentimientos? Es evidente que no. ¿Puede “algo” que no tenga sentimientos inducir un anhelo en un ser humano el fortísimo sentimiento del ansia de felicidad? También es evidente que no. Por tanto, creo que no es arriesgado descartar esta respuesta. Parece razonable pensar que lo que sea que ha puesto en nosotros ese anhelo de felicidad es un “alguien”. Sin embargo, también podría ser coherente responder: por “alguien” y para nada. A fin de cuentas yo, que soy alguien, como tal alguien, tengo intenciones, pero eso no quiere decir que tenga una intención en todo lo que hago. Puedo, sin ninguna intención, haber dado un manotazo por descuido al tiesto del alfeizar de mi ventana y que este haya caído sobre la cabeza de alguien, causándole serios daños. Ahora bien, si eso ocurre, y yo no soy un ser malvado, intentaré, por todos los medios a mi alcance, aliviar lo que pueda del daño causado. Y si no sólo no soy malo, sino que soy bueno, hasta me privaré de algo para lograr el máximo alivio. Cuanto más bueno sea, más estaré dispuesto a sacrificar para lograr ese alivio. Lo que no hay es neutralidad. Si, tras tirar el tiesto por descuido, mi actitud es de indiferencia, se puede decir que estoy actuando mal. Por tanto, la maldad o la bondad perseguida por un “alguien” puede saberse por la intención de sus actos voluntarios o por la reacción ante actos involuntarios.

Por tanto, ante la respuesta “alguien”, no cabe el para nada. Luego, si es un “alguien”, como parece tras descartar razonablemente que sea un “algo”, es lícito, razonable y hasta obligado, preguntarse para qué. Ahora bien, ese anhelo de felicidad, si es inaccesible, imposible de satisfacer, es una pesada carga, es, en palabras coloquiales, una putada. Por tanto, ese anhelo, ¿nos ha sido dado para putearnos o para que podamos lograr colmarlo? Porque, si quien nos ha dado esa profunda aspiración nos la ha dado para que no podamos alcanzarla, podemos asegurar que ese alguien es perverso. Tendrían razón entonces los que opinan que el hombre es una pasión inútil (Sartre) o que la única cuestión existencialmente importante del ser humano e si suicidarse o no (Camus).

Si ese ansia de felicidad tiene un origen trascendente, su plenitud tiene que ser también trascendente. Y si quien nos ha dado ese anhelo no es un ser perverso, entonces, tiene que darnos las claves y los medios de alcanzar esa felicidad que ansiamos. Porque si esa felicidad es trascendente a este mundo, es imposible que nosotros lleguemos a encontrar el camino y alcanzar esa meta trascendente. De ahí la inutilidad de los intentos llevados a cabo por la humanidad hasta ahora. Pero, si ese “alguien”, además de bueno, no es estúpido, hará que los medios para alcanzar ese anhelo trascendente, sean los mismos que los que nos ayudan a saciar, aunque sólo sea un poco, esa sed, ya en este mundo en el que vivimos, a pesar de todas las trabas que encontremos para ello.


Ahora bien, ¿qué es lo que creemos los católicos? Exactamente eso. A ese alguien, le llamamos Dios. Creemos que Dios ha creado buenos al mundo y al hombre. Así nos lo dicen las primeras líneas del manual de instrucciones dado por ese Dios. Y ese manual de instrucciones nos permite conocer sus intenciones y sus razones y encontrar el camino hacia la felicidad, terrena y trascendente. Y ahondando ese se manual de instrucciones aprendemos que Dios ha creado el mundo por amor. Los filósofos griegos, ya habían llegado mediante el uso de la razón a la necesidad de una causa primera. No entendían, sin embargo, por qué esa causa primera, que era por esencia autosuficiente, causó. No necesitaba hacerlo. Y si no lo necesitaba, ¿por qué lo hizo? La causa estaba precisamente en eso, en el amor. Pero ellos no podían llegar a esto porque no podían aceptar que esa causa primera tuviese sentimientos y, por tanto que amase. El manual de instrucciones de Dios nos deja ver que, no es que Dios tenga sentimientos de Amor, es que ES AMOR. El amor es su esencia. Y es Amor porque es relación. Por eso, el manual de instrucciones nos va preparando para que entendamos esa relación. Dios, siendo Uno, es relación, y esa relación está unida por la fuerza esencial del Amor. El manual de instrucciones nos desvela esa relación, cuya mínima expresión es tres, los dos que aman y el amor esencial que los une. Y nosotros le llamamos Trinidad. Y ese Amor esencial de la Trinidad, es lo que crea de forma espontánea el mundo y al hombre, único ser de la creación capaz de responder al Amor esencial de la Trinidad de Dios, con amor. Y el manual de instrucciones nos dice que el hombre ha sido creado por amor, para amar y que, sumiéndose en ese Amor con su amor, encontrará, ya en este mundo, aunque de forma imperfecta, la felicidad para la que ha sido creado. Y cuando se consume la unión perfecta con ese Amor, la felicidad será plena.

Pero la condición sine qua non para poder amar es la libertad. Por eso Dios no creó al hombre sólo bueno. Lo creó, además, libre para que pudiese amar y dejarse amar. Y esa bondad en que lo creó, esa libertad y esa capacidad de amar es lo que hace que el libro de instrucciones nos diga, ya desde el principio que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. La felicidad está, por tanto, en estar unidos LIBREMENTE a Él respondiendo LIBREMENTE a su amor creador. Y escribo libremente con mayúsculas porque no hay amor sin libertad. ¿Alguien podría amar a alguien porque se lo ordenase? “Tienes que amarme por mis pistolas”. El que diga que sí, no sabe lo que dice.

Todo esto puede sonar bien, pero pueden parecer sólo palabras bonitas. Porque todos los hombres, creo que sin excepción, constatamos la existencia del mal y de su secuela, el dolor, la infelicidad y la frustración total, con la muerte, de alcanzar esa ansiada felicidad. Ante esto, muchos seres humanos han tirado la toalla: “No hay remedio –se han dicho– el mal es inherente al mundo. No hay esperanza”. Y esto les ha hecho o rechazar la idea de Dios o, peor aún, atribuir a Dios esa maldad, creyendo en un Dios malo y perverso que nos hace sufrir sádicamente. Otros muchos hombres constatan que junto al mal también existe el bien. Eso les ha llevado a creer en la existencia de dos principios equivalentes, el del bien y el del mal, en perpetua lucha –o armonía y complementareidad, según ciertas filosofías orientales del yin y el yang que han ganado un gran predicamento en occidente–, sin que ninguno tenga la posibilidad de prevalecer sobre el otro. En cualquiera de los casos, la conclusión es: “esto es lo que hay, el mal existe y nada ni nadie puede cambiar eso. Agua y ajo”. El taoísmo –filosofía madre del yin y yang– hasta quiere ver en esta coexistencia del bien y del mal una especie de juego suma cero, un equilibrio con cierta belleza. El budismo, como el epicureísmo y el estoicismo griegos quieren ver en esta coexistencia la posibilidad del ejercicio de una virtud que lleva a soportar el mal y el dolor si no con alegría, sí, al menos, con indiferencia. Pero me parece bastante evidente que, se disfrace como se disfrace, la existencia del mal y el dolor es un escándalo para ese anhelo de felicidad que alguien ha puesto en nosotros. El llamado problema del mal subyace debajo de todo esto y el hombre ha buscado siempre encontrarle una respuesta. A decir verdad, sin encontrar ninguna satisfactoria.

¿Qué nos dice el manual de instrucciones? Nos dice, en primer lugar, que el mal no tiene el mismo estatus que el bien. El mundo y el hombre han sido creados buenos. El mal se ha introducido en el mundo por la libertad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, libre y capaz de regir, por delegación y en representación de Dios, las fuerzas cósmicas. Fue –nos revela nuestro Dios– el mal uso que el hombre hizo de la libertad que le había sido concedida al querer dominar el mundo por su cuenta, lo que desencadenó la rebelión de esas fuerzas exteriores, la confusión de los medios, los fines y su escala de valores, oscureciendo su inteligencia y debilitando su voluntad. Así se introdujo el mal, el dolor y la muerte. El manual de instrucciones nos dice también que Dios creó a otras criaturas libres, sin cuerpo material, mucho más poderosas que el hombre. Y también algunas de esas criaturas, buenas en su creación, usaron mal su libertad y buscaron que el hombre tropezara en la misma piedra. Pero, y esto es lo importante, el manual de instrucciones nos dice que el mal es vencible. No con las fuerzas del propio hombre, desde luego, sino por la vuelta a la aceptación de nuestro papel subordinado a Dios en ello. Y también desde las primeras páginas del manual de instrucciones de Dios, se nos dice que se reestablecerá el equilibrio. “Pondré enemistad entre tú y la mujer –le dice Dios a la serpiente– entre tu estirpe y la suya. Ella te aplastará la cabeza y tú sólo la morderás en el calcañal”. Por lo tanto, existe la esperanza. Y esto es una muy buena noticia. Pero, para aceptarla y hacer que se pueda convertir en realidad, hará falta una virtud, distinta de la tan heroica como inútil aceptación estoica –o budista o taoísta– del mal como un hecho. Esta virtud se llama humildad. Pero, ¡ay!, el hombre parece preferir la heroica aceptación o la rebelión abierta contra Dios, antes que la humilde aceptación de su papel secundario de delegado. Y sólo así encontraremos la tan ansiada felicidad. Porque Dios ES la felicidad. Y en esas estamos.

En esto, al menos en parte, el manual de instrucciones de Dios, coincide con el pensamiento de los principales filósofos griegos. O, más bien al revés. Es la inteligencia del hombre la que ha buscado una parte de la solución de Dios, la parte que está a su alcance. Aunque de forma distinta, Platón y Aristóteles han concluido que el mal no existe como tal –ellos dicen que no tiene existencia ontológica–, sino que sólo lo percibimos porque es la ausencia de un bien al que aspiramos. Nos lamentamos de la muerte porque aspiramos a una vida sin fin, que es un bien. Si no hubiese vida no habría muerte. Nos apenamos si nos roban, porque nos quitan algo que tenemos. No es casualidad que en economía a las cosas se les llame bienes. El mal sería, por tanto, la sombra proyectada por la luz del sol. Este razonamiento no se puede hacer al revés. Nadie puede decir, razonablemente, que la vida se percibe porque existe la muerte. O que percibo mi coche porque alguien me lo puede robar. O que percibo el sol porque existe la sombra. Si alguien nos dijese eso abiertamente, nos reiríamos de él. Ahora bien, a lo largo de la historia ha habido quien ha sabido revestir un sinsentido así de un ropaje filosófico que ha hecho “respetable” el sinsentido. Y demasiados ingenuos que lo han aceptado. Así, la inteligencia del hombre, usada con lucidez, está acorde con lo que Dios nos ha revelado. Como no podía ser de otra manera.

Pero que el mal no tenga existencia ontológica, no consuela de nada. Nadie será feliz pensando que la desgracia no existe, que es sólo la ausencia de felicidad. Queremos la felicidad, no ideas abstractas sobre ella. Y el manual de instrucciones sigue. Su tema recurrente, contado de una u otra manera, es cómo el hombre, a lo largo de la historia, ha preferido, en general, el orgullo de la rebelión o la heroicidad de la aceptación estéril, a la humildad de devolver el protagonismo a Dios. Y junto a esta lamentable historia, una promesa, siempre una promesa, repetición con variaciones de la buena noticia del principio del manual de instrucciones. El linaje de la mujer aplastará la cabeza al mal. Dios tomará la iniciativa para poner las cosas en su sitio.

Más he aquí una cosa sorprendente, acorde con la incoherencia que viene de la mano de la rebelión. Generalmente quienes claman por la libertad absoluta del hombre en todos los terrenos, son los que, para achacar a Dios su maldad, le increpan por haber hecho al hombre libre. Rechazan a Dios porque no es un dictador del bien. Parece que le piden que lo sea. “¿Cómo un Dios bueno permite el mal? Que venga inmediatamente a arreglar las cosas”, se oye a menudo, con estas u otras palabras. A arreglarlas, naturalmente, como a mí me gustaría –porque todos hemos pedido eso alguna vez a Dios–. Es decir queremos un dictador del bien, pero a nuestras órdenes, que seríamos los auténticos dictadores. O sea que lo que queremos es un chico de los recados omnipotente, al genio de la lámpara de Aladino. ¿Sería imaginable el guirigay que se formaría si cada uno fuese el dictador de Dios, convertido en omnipotente chico de los recados?

Pero Dios ni es un dictador del bien –respeta la libertad que nos ha dado– ni, mucho menos, es el genio de nuestra lámpara de Aladino. Dios, contra viento y marea, a pesar de nuestra vana pretensión, nos sigue mostrando el camino con su manual de instrucciones que sigue prometiendo que el mal desaparecerá si ponemos las cosas en el orden debido. Esa promesa, en el pueblo judío, que fue el cauce privilegiado –no el único– a través del cual Dios nos enseñó el manual de instrucciones, tomó cuerpo en una persona, el mesías. Un día, ese mesías vendría a poner las cosas en su sitio y, entonces, se iban a enterar los que le rechazasen. Y las promesas de ese mesías en el manual de instrucciones se tradujo en una esperanza sectaria –el pueblo judío sería el privilegiado– y espectacular, terriblemente espectacular y vengadora. Pero no eran esos los planes de Dios. No faltan pasajes proféticos en el manual de instrucciones en los que se presenta a un mesías pacífico y manso. Incluso el profeta Isaías nos habla del siervo sufriente de Yavé, un mesías que salvará al mundo por su dolor y su sacrificio, cargando con el pecado de los hombres. Pero, ¿quién quiere oír este tipo de profecías?

Sin embargo, los cristianos creemos que ese mesías vino. Y lo hizo bajo esa forma de siervo sufriente anunciada 500 años antes por Isaías. Más aún, creemos que fue el mismo Dios el que se hizo hombre para ser el mesías enviado. Escándalo para los judíos. ¿Cómo Dios iba a hacerse hombre? Sin embargo, la cosa no carece de lógica. La enorme brecha abierta por un hombre, Adán que quiso asumir el papel de Dios, parece lógico pensar que sólo podría cerrarse por otro hombre, pero capaz de saltar ese abismo infinito, es decir, un segundo Adán que fuese Dios. O sea, Jesucristo, mesías y siervo sufriente en cuyas llagas hemos sido curados. Más escándalo para los judíos. ¿Dios una piltrafa humana colgada en la ignominia de la cruz para morir como un fracasado? Locura para los griegos y romanos. Pero sabiduría para los que le aceptan. Sabiduría que hace visible el amor de Dios, que nos manifiesta que Dios no es el principio frío que descubrieron los griegos, a los que faltó sabiduría para conocer la trinidad de Dios manifestada en el libro de instrucciones.  Además, esa encarnación y esa muerte, dan un mentís a los que piensan en un Dios malo que deja sufrir a los seres humanos en medio de su silencio y de su indiferencia. El silencio de Dios queda ahogado por el grito de amor de Jesucristo al morir en la cruz. Era necesario, sin embargo que ese Hombre-Dios resucitara para terminar su obra. Y resucitando, abrir una puerta para vencer a la muerte para todos y para alcanzar la felicidad en medio de las miserias de este mundo. No la felicidad del placer pasajero, sino la de la unión con ese Dios. No una unión que sea un antídoto contra el dolor del mundo, pero sí algo que lo transfigura. Y, además, una esperanza cierta en la felicidad, esta vez sí, totalmente plena y sin mancha, en la unión con ese amor trinitario.

Y los católicos creemos algo todavía más grandioso. Que ese Hombre-Dios no es sólo un recuerdo del pasado, sino que sigue vivo y que, a través de la Iglesia fundada por Él, hace cierta su última promesa: “Sabed que yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Así, lo podemos tener a nuestro lado, dentro de nosotros. Cada día, podemos volver a acercarnos a Él cuando nos alejamos. Se nos da Él mismo como alimento para ese largo camino que es superior a nuestras fuerzas. Nos lo encontraremos sólos, abandonados a nuestras fuerzas, en el lado de acá de la laguna Estigia de la muerte, cuando nos enfrentemos con Caronte y con el can Cerbero. Él le hará callar y nos hará caminar sobre las aguas de la estigia de la muerte.

¿Escándalo? ¿Locura? Que cada uno crea lo que quiera, pero es lo único que da respuesta al problema del mal, del sufrimiento y del anhelo de la felicidad que ha atormentado a la humanidad desde que existe. ¿Preferimos la “heroicidad” gratuita del nihilismo? Yo, desde luego, no. Elijo la humildad de dejarme salvar por Jesucristo. 

8 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

sin palabras, simplemente genial manera de decirlo... Gracias!

Anónimo dijo...

Gracias a ti, Javier.

Un abrazo.

Tomás

Edu dijo...

Parece razonable sumarse al camino de la humildad, sólo faltó la apuesta de Pascal...

Anónimo dijo...

Hola edu. Sumarse al camino de la humildad es SIEMPRE razonable.

Un abrazo.

Tomás

Pedro Francisco dijo...

Me parece precioso, para pensar.
Saludos.

Anónimo dijo...

Gracias Pedro Francisco.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

He visto, por lo que has escrito, que te has empapado con filosofías y ensayos de varios autores; Sartre o Camus por mencionar algunos.

En tu reflexión quedan bastantes cosas al aire, pero a pesar de eso, me ha gustado.


Anónimo dijo...

Hola Anónimo, soy Tomás. Inevitablemente, en toda reflexión que se precie tienen que quedar cosas en el aire y al aire. Más cuando eres un autodidacta, como lo soy yo.
Pero me alegro de que, a pesar de eso, te haya gustado.
Gracias por tu comentario.
Un abrazo.
Tomás