5 de mayo de 2013

Kant y la moral católica


Tomás Alfaro Drake

¿Quién podría atreverse a dudar que Kant fue un gran filósofo? Yo no, desde luego. Suscribo en sus dos partes su archiconocida frase: “Dos cosas llenan mi alma de renovada y creciente admiración y reverencia: el firmamento estrellado por encima de mí y la ley moral dentro de mí.” También me parece magnífico, como norma ética, su imperativo categórico: “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal”[1]. Sin embargo, me cuesta más aceptar la razón que aduce Kant para cumplir con ese imperativo categórico. Esta razón se reduce, en última instancia, al deber por el deber. Si la razón me dice que esa es la forma racional de actuar y quiero comportarme racionalmente, así debo de actuar. Y, por supuesto, estoy de acuerdo con esto. Toda norma moral debe ser aceptable por la razón. Pero, y perdóneseme, a lo largo de estas líneas, la redundancia y el uso equívoco de la palabra razón, creo que la razón no puede ser la única razón para cumplir el código moral. Porque si la razón fuese la única razón estaríamos ante un código moral frío que se convertiría, más bien pronto que tarde, en árido y que haría del cumplirlo una obligación odiosa. Y los seres humanos, y otra vez incurro adrede en redundancia, odiamos cumplir obligaciones odiosas.

Sin embargo, parece como si, por alguna razón que desconozco, los católicos nos hayamos empeñado en aceptar la razón kantiana como única razón para cumplir con el código de la moral cristiana y hacerlo, de esta manera, odioso. Peor aún. Los católicos hemos aceptado como otra razón el miedo al castigo. Si cumplir una norma sólo porque nuestra razón nos la impone puede hacerse odioso, el cumplirla por miedo al castigo la hace doblemente insufrible. También se oye a veces decir a algunos católicos que la moral es un conjunto de normas que se tienen que cumplir si se quiere pertenecer al “club”. Y así, vemos como mucha gente rechaza de plano la moral católica, opta por irse del “club”, y acaba por rechazar cualquier otro tipo de moral, cayendo en el relativismo y el subjetivismo moral, con consecuencias bastante deplorables.

Sin embargo, nada hay más lejano que el miedo o la pura razón kantiana de la auténtica razón por la que los católicos debemos cumplir con nuestras normas morales. Esta moral nace del amor de Dios al hombre y del agradecimiento del hombre a Dios por ese amor. Y si realmente sentimos que nace de ahí, cumplir con sus normas, lejos de ser algo frío, árido u odioso, es algo cálido, jugoso y amable.

En efecto, el Dios que nos ama y que nos ha creado por amor, sabe cómo somos, sabe de qué estamos hechos, porque nos ha hecho él. Sabe que lo que más deseamos en este mundo es ser felices y sabe cómo tenemos que actuar para serlo. Y nos ha dado unas normas para ello. Por supuesto que se puede llegar con la razón a la razón de ser de esas normas, pero sería demasiado largo y tedioso hacerlo así y estaría fuera del alcance de la mayoría de la gente. Por eso nos ha dado un código para ser felices. Sin embargo, los hombres somos unos bichitos bastante miopes y, casi siempre, preferimos lo que nos va a producir alguna satisfacción a corto plazo, aunque nos haga profundamente desgraciados, a lo que nos va a hacer verdaderamente felices más adelante, pero que requiere algún tipo de privación a corto plazo. Y con ello nos hacemos expertos en labrar nuestra infelicidad.

Hace años leí en el libro “Inteligencia emocional” de Daniel Goleman una historia reveladora. Se trataba de un experimento real de largo plazo llevado a cabo con un grupo de niños de primaria. Un profesor llagaba a una clase con una enorme bolsa de caramelos. La dejaba encima de la mesa y decía a los niños que iba a salir del aula. Les avisaba de que podían, mientras él no estuviese, levantarse y coger un caramelo, pero que a los que esperasen a que él volviese sin coger el caramelo, les daría varios a su regreso. Tras eso salía de clase, pero una cámara oculta grababa lo que pasaba en ella. Naturalmente, en cuanto salía del aula había niños que se levantaban y cogían uno o un puñado de caramelos. Otros se quedaban sentados esperando la vuelta del profesor. Cuando éste volvía, llamaba en privado a cada niño y le preguntaba si había tomado un caramelo. Si el niño le decía que sí, no había nuevo caramelo, pero si decía que no, con independencia de lo que realmente hubiese hecho, le daba varios caramelos. Durante los siguientes treinta años –cuenta Goleman– se llevaba a cabo un seguimiento de la vida profesional, social y emocional de las personas que habían participado en el experimento. Básicamente había tres grupos. Los que habían tomado uno o varios caramelos, habían dicho que no habían tomado ninguno y habían recibido la recompensa. Los que habían tomado caramelos, lo reconocían y no recibían recompensa y, por último, los que no lo habían tomado y recibían la justa recompensa. Con una fuerte correlación –aunque, obviamente, no del 100%–, los del primer grupo, en los siguientes treinta años, fracasaban en todos los ámbitos vitales. A veces estrepitosamente, llegando, en algunos casos a la delincuencia. Entre los del segundo grupo había un poco de todo. Pero entre los del tercer grupo se daban altos porcentajes de éxito en muy distintos aspectos de la vida. Goleman lo llamaba “el éxito de saber aplazar la recompensa”.

Pues Dios, que nos ama, nos da las normas a seguir para alcanzar la felicidad. El amor de Dios es tal que Él mismo sufre si nosotros no somos felices. ¿Cómo puede un Dios sufrir si los hombres no somos felices? Haciéndose auténticamente hombre, encarnándose. Por eso, cuando nosotros hacemos algo contra las normas de la moral revelada por Dios, nos alejamos del círculo de felicidad que nos tiene reservado, empezamos a labrar nuestra desgracia y le hacemos sufrir a Él. Porque este Dios que nos ha amado hasta encarnarse es, además, esclavo de nuestra libertad y cuando salimos del círculo de felicidad que nos ha dado, sólo puede esperarnos en el límite del círculo, triste y apesadumbrado. No viene mal al respecto una lectura de la parábola del hijo pródigo en el evangelio de san Lucas (15, 11-32). Si esto es así, ¿cuál sería la postura más racional? Cumplir las normas para alcanzar esa felicidad. Pero no cumplirlas sólo por eso –aunque intentar alcanzar la felicidad es una cosa perfectamente lícita y honesta– sino además, porque amor con amor se paga y es de bien nacidos ser agradecidos. Pero también el agradecimiento puede ser una carga si no va acompañado del amor. El amor, en cambio, es feliz cuando ve la felicidad del ser amado. Si Dios nos ha amado primero, si lo ha hecho hasta el punto de hacer de nuestra desgracia su sufrimiento, si nos ha dado unas normas para lograr la felicidad, ¿no es sensato, cálido, jugoso y amable e incluso, delicioso, seguir esas normas?

¿Será verdad todo esto? Saberlo en las propias carnes lleva toda una vida. Pero podemos mirar a nuestro alrededor. Yo lo hago y, al hacerlo, encuentro muchos tipos de personas. La gama entre los dos extremos que voy a exponer es un degradé que va de uno a otro muy paulatinamente, no caeré en el simplismo del blanco y el negro. Y también está lleno de excepciones. Pero me atrevo a decir que hay una clara tendencia. En un extremo están las personas que hacen alarde de ponerse al mundo por montera y no aceptar ninguna regla de vida. Casi sin excepción son personas que han tirado su vida a la basura y son profundamente desgraciadas. Tristemente, son muchos más los que están más cerca de este extremo que del otro. En el otro extremo están los que siguen unas sanas normas morales, cristianas o no, y lo hacen con alegría, entendiendo su sentido. Aunque no siempre, estos suelen ser personas de una profunda fe, vivida desde un compromiso libre, son esencialmente felices y tienen una vida plena que está relativamente poco influenciada por los avatares y desgracias de la vida. La casuística es, sin embargo, inmensa. Hay gente que se aferra a una norma moral por sí misma, incluso cristiana, con un estoicismo kantiano y sienten una gran amargura interna. Hay gente que ha encontrado el camino hacia este extremo sin ninguna base religiosa, mediante una moral puramente humana. Naturalmente, estas apreciaciones son siempre peligrosas, porque rara vez la cara que nos muestran las personas refleja su auténtico estado de felicidad interna. Pero si se observa a personas con los que uno tiene una larga relación, es difícil que el fondo no se haga evidente.

Pero Dios, en su amor al hombre, no le ha bastado con crearlo para la felicidad, con darle unas normas para alcanzarla, con encarnarse en Cristo para tener la capacidad de sufrir con su desgracia, sino que se ha quedado hecho Sacramento y luz en su Iglesia.

Sacramento, porque sabe lo difícil que es mantener el amor primero y la ilusión para cumplir con esas normas, que a menudo son arduas. Sabe que es imposible de conseguir si no es con su Gracia. Por eso nos ha dejado su Sacramento, que es Cristo, que a través de la Iglesia, que administra los sacramentos –con minúscula–, nos da el medio ordinario para recibir esa imprescindible Gracia. Pero Gracia viene de gratis. No compramos esa gracia con los sacramentos. Nos es regalada con ellos. Por eso nuestro agradecimiento debe ser inmenso. Y la gratuidad de la Gracia, que es la misericordia de Dios, puede hacer que la Gracia llegue a quien Él quiera por medios extraordinarios. Nadie, ni siquiera la Iglesia, puede poner límites a la fuerza de la misericordia de Dios. Por eso a veces vemos personas aparentemente alejadas de Cristo que reciben esa Gracia de forma misteriosa y extraordinaria. Esa es la ilimitada fuerza de su misericordia.

Luz, porque no cesa de avisar de cuáles son los caminos que llevan a la felicidad y cuáles los que nos precipitan en la desgracia. Y, al hacer esto, al ser luz, se gana muy a menudo el odio o la incomprensión de quienes no quieren la luz, de quienes les desagrada que alguien les diga que persiguiendo sus apetencias momentáneas están labrando su desgracia, de quienes, a menudo con buena voluntad e ingenuamente, prefieren los cantos de las sirenas asesinas de la Odisea a llegar a la Ítaca de la felicidad.

Ciertamente, la Iglesia, que es ese Sacramento, esposa de Cristo y su Cuerpo Místico, está también formada por esos bichitos imperfectos que somos los seres humanos. Y mucho más a menudo de lo que sería de desear los seres humanos que formamos la Iglesia, que deberíamos ser luz con nuestras vidas, damos un ejemplo lamentable y ahuyentamos a la gente.

Y el primer mal ejemplo es la pésima forma de enseñar esas normas morales. Somos nosotros los que hemos caído en el kantismo. Somos nosotros los que hemos caído en la moral de pertenencia a un club. Somos nosotros los que hemos caído en la moral del miedo. Demasiado a menudo se ha transmitido la moral sin ternura, sin el más mínimo atisbo de su causa, el deseo de Dios de la felicidad del hombre, su amor, su ternura y su misericordia, para convertirla en una especie de mercado en el que a, base de cumplir normas, creemos ir ganando puntos que nos dan derecho, si ganamos suficientes, a un cielo adulterado que no puede apetecer a nadie, y en el que si no ganamos suficientes puntos, nos espera un infierno en el que, a fuerza de abusar de él, se ha dejado de creer. Pues vaya desgracia. Y hasta nos gloriamos de comparar los puntos que creemos tener con los que atribuimos a los otros y les despreciamos si creemos tener más que ellos. Llegamos a veces, como el hermano mayor del hijo pródigo, a indignarlos con la misericordia de Dios y a lamentar que quien creemos que tiene menos puntos que nosotros sea amado por Dios como nosotros. Lamentable. Convendría también leer la parábola de los trabajadores de la última hora (Mateo 20, 1-16).

El segundo mal ejemplo es nuestro propio comportamiento ético. Demasiado a menudo, los católicos nos comportamos éticamente igual o peor que muchos no cristianos o no creyentes. Y, si de verdad creyésemos en lo que decimos creer, no debería ser así. Nuestras obras deberían dar continuo testimonio de lo que somos. Sin ningún tipo de vana gloria, sino sabiendo, como dice san Pablo, que llevamos un tesoro en vasijas de barro. Pero, aún en vasijas de barro, ese tesoro debería hacerse patente y que ocurriese como ocurría con los primeros cristianos de los que los paganos decían con admiración “¡Ved cómo se aman!”. Y no sólo como se aman entre ellos, sino cómo aman también a sus enemigos y a los que los persiguen. Sería, sin embargo, injusto, cargar las tintas sobre el comportamiento indiferenciado de muchos cristianos sin ver también el de otros. Sin tener que ir muy lejos, nos encontramos a menudo con gente discretamente excepcional, que pasa por la vida haciendo el bien de forma silenciosa y discreta y que lo hace por su fe y obtiene su fuerza de los sacramentos. Ello sin olvidar a los héroes actuales, aquellos que gastan su vida con entrega total por los más necesitados. Si tomamos un mapamundi y, con los ojos cerrados, ponemos el dedo en cualquier sitio, veremos que en ese rincón del mundo, sea el que sea, Nueva York o Ruanda, los que están con aquellos con los que nadie querría pasar una hora, son, en su mayoría, católicos. Y si se les pregunta –yo lo he hecho– por qué lo hacen, responden sin dudar que por amor a Jesucristo. Y si se les pregunta –también lo he hecho– de dónde sacan las fuerzas para dedicar toda su vida a ello, responden, también sin dudar, que de la Iglesia de Cristo y sus sacramentos. Ciertamente, tampoco quiero caer en la injusticia de decir que todos los que actúan así son católicos. Ya he hablado antes de la fuerza de la misericordia de Dios, que no conoce límites. Pero sí debo decir que entre este tipo de personas, la mayoría son católicos. Y que si tomamos el grupo de los que entregan TODA su vida, esa mayoría roza el 100%.

Volviendo al principio. Haríamos bien los católicos en librarnos del principio kantiano de la moral para recuperar la más auténtica esencia de nuestra moral. El amor de Dios al hombre, su misericordia sin límites, su ansia de que seamos felices, nuestro reconocimiento de ese amor, nuestro agradecimiento y nuestra reciprocidad en el amor hacia un Dios que sufre si no somos felices. Seguramente volveríamos a hacer de la moral católica algo admirado por los no cristianos y no creyentes. Tal vez, en una próxima entrada, me anime a aplicar estas ideas a un tema que hoy día se entiende mal, incluso entre muchos cristianos. La indisolubilidad del matrimonio y sus consecuencias.



[1] Hay otras dos formulaciones del imperativo categórico kantiano que me parecen igualmente magníficas: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio” y “Obra como si, por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de los fines”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En efecto, sucribo Tomás.
Paradójicamente Kant defendía la existencia de Dios, del alma inmortal y la libertad humana, verdades metafísicas pero como “la razón pura” esto no lo puede explicar, entonces afirmaba que son “postulados”, son objeto de fe pero sin fundamento alguno en la razón.
Así desliga fe y razón, es la huella del protestantismo, donde se educó. La religión por tanto obedece a la moral que más se parece a una “moral” laica basada en el cumplimiento del deber, de la exaltación de la persona como fin en sí misma, no como medio, que sería cumplir la voluntad de Dios. Esta idea, con el añadido de que solo sirve lo útil, fue muy influyente en el posterior laicismo de los pensadores posteriores y como bien apuntas, está impregnada en nuestra sociedad.
Y es que Kant Dice que la religión natural nace de la moral natural, -o sea la existencia de Dios se deriva de la moral-, al contrario de lo que decimos los cristianos que la moral es consecuencia de la religión.
Por eso en efecto, haríamos muy bien como apuntas en librarnos del principio kantiano de la moral para recuperar la más auténtica esencia de nuestra moral.
Abrazos
Juan

Anónimo dijo...

¡Pues claro que sí! Preciosa entrada, Tomás. Constato en mi experiencia tanto una como otra moral. ¡Qué daño hace a veces esa especie de razón práctica, que aunque tenga amor en el fondo, no llega a desarrollar la ternura del Amor de Dios!
Un abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Gracias Juan y Juan GM por vuestros comentarios.
Tomás